Citas
Citas para inspirar y reflexionar
Cada cual, incluso el hombre más insignificante, se encuentra en su conciencia simple como el más real de todos los seres y reconoce en sí mismo, necesariamente, el auténtico centro del mundo e incluso la fuente originaria de toda realidad. [...] Tal es, pues, el resultado de la consideración orientada hacia el interior, mientras que la dirigida al exterior nos hace ver una montaña de cenizas como el fin de nuestra existencia.
Suele decirse que la barba es natural en el hombre, y, desde luego, es totalmente adecuada al hombre en su estado de naturaleza; pero, igualmente, lo es el hombre afeitado al hombre en estado de civilización, porque indica que la fuerza bruta del animal, cuya señal inmediatamente perceptible para todos es aquella excrecencia peculiar del sexo masculino, ha tenido que rendirse aquí ante la ley, el orden y la civilización.
El determinismo es un hecho indiscutible [...]. A consecuencia, el mundo deviene en un juego de marionetas movidas por hilos (motivos), sin saber a quién le divierte tal espectáculo: si la pieza teatral posee un guion y se aviene a un plan, hay entonces un funesto destino; si no lo hay, el director de tal espectáculo es entonces la ciega necesidad 3 .
Toda mentira es una injusticia. [...] Quien se niega a mostrarme el camino es sin más poco complaciente, pero quien me indica un camino falso me hace un mal.
Lo que se opone a que los hombres lleguen a ser más sabios y prudentes es, entre otras cosas, la brevedad de la vida. Cada treinta años llega una generación nueva que no sabe nada y tiene que empezar desde el comienzo. [apuntes Senilia para los Parerga]
Para reconocer y admitir valor en los otros, uno debe tener alguno en sí mismo.
Quien teme a los hombres es llamado cobarde y muestra falta de confianza en sus fuerzas corporales. Quien teme la soledad y muestra una falta de confianza en sus fuerzas espirituales, ¿cómo debería ser llamado?
Los amigos se dicen sinceros; los enemigos lo son. Por eso, tendríamos que emplear la censura de estos últimos para el autoconocimiento, como una amarga medicina.
Uno sólo se puede comprender por completo a sí mismo; a los demás, tan sólo a medias.
Quien no vive en soledad, tampoco vive en justa libertad; pues si no se está solo (y no se tiene sosiego) no se es libre.
Y ¿qué son los Estados, con toda su artificiosa maquinaria enfocada hacia el interior y el exterior y con sus instrumentos de poder, sino un dispositivo para limitar la ilimitada injusticia de los hombres?
El Estado se ocupa únicamente de los hechos, de lo que ha sucedido: sólo éstos son para aquél lo real. El Estado no prohíbe que yo maquine un asesinato o un envenenamiento, siempre y cuando sus herramientas inhiban mi voluntad para llevar el acto a cabo.
La ética pregunta: ¿cuáles son los deberes de la justicia para con los demás?, ¿qué debo hacer?
La auténtica y genuina amistad presupone la participación objetiva, vehemente y del todo desinteresada en la felicidad o desdicha del otro, así como la identificación real con el amigo, a lo que se opone el egoísmo de la naturaleza humana hasta tal punto que la verdadera amistad pertenece a ese tipo de cosas que, al igual que las enormes serpientes marinas, no se sabe si existen realmente o si se trata de fábulas.
Así como el papel moneda circula y sustituye a la plata, también circulan por el mundo, en lugar del auténtico respeto y la verdadera amistad, las demostraciones y afectaciones que los imitan de la forma más natural posible. Por otra parte, cabría preguntarse si en verdad hay gente que merezca tal amistad y respeto.
Que uno tenga más o menos razones para buscar o rehuir la compañía de la gente depende de si teme más el aburrimiento o la amargura.
La cortesía no es más que el disimulo acostumbrado y sistemático del egoísmo en las minucias del trato cotidiano, una hipocresía del todo reconocida. Sin embargo, se fomenta y elogia, pues lo que esconde, el egoísmo, resulta tan repulsivo que no se lo quiere ni ver, aunque se sepa que existe.
En los primeros años de nuestra juventud, observamos nuestra vida futura como niños frente al telón del teatro, y aguardamos, en tensa y alegre espera, las cosas que están por venir. Por fortuna, no sabemos qué ocurrirá realmente.
Así como no sentimos el peso de nuestro propio cuerpo, sino sólo el de los cuerpos extraños que deseamos mover, tampoco notamos nuestros propios vicios y faltas, aunque sí los ajenos.
Si a un estado indoloro se le añade, además, la ausencia de aburrimiento, se alcanza en esencia la llamada felicidad terrenal: el resto son quimeras.
El recién nacido se mueve incesantemente, alborota y grita: desea de un modo intenso, aunque todavía no sabe lo que desea, ya que el medio de los motivos, el intelecto, está aún sin desarrollar. La voluntad está a oscuras en el mundo externo, donde están sus objetos, y alborota como un preso contra las paredes y los barrotes de su celda. De modo paulatino, se hace la luz.
Lo fundamental, lo importante, son los acontecimientos en la vida de todos los hombres, pero ante todo esos mismos hombres, las «figuras engañosas y sombras fugaces» 17 que aparecen en escena. El mecanismo por el cual es llevado todo a efecto es el destino, el Fatum, con su instrumento, la necesidad, es decir, la cadena causal 18 .
Parece indudable que todos los bienes de la vida se hallan en poder del azar y nos volvemos desdichados cuando éste nos los quita, si hacemos consistir nuestra felicidad en ellos. Tan funesto destino ha de verse revocado por el correcto uso de la razón 19 .
¿Debe hacernos la contemplación de la miseria en los otros arrogantes o humildes? A uno le afectará de una manera, a otros de otra, y esto resultará característico.
Quien conoce y enseña la sabiduría, pero no la ejerce, es como quien ha de vigilar y exhibir exquisitos tesoros pero no le está permitido poseerlos ni disfrutarlos 16 .
Lo que se sabe tiene doble valor si, a la vez, se admite no saber lo que no se sabe .
La voluntad no consiente que se juegue con ella, pues todo hábito se convierte en una necesidad y por ello sólo puede renunciarse a él con fastidio; no cabe disfrutar sin apegarse al goce; un perro no permanece indiferente cuando se le arrebata de la boca un trozo de carne asada y tampoco un sabio, si está hambriento; entre desear y renunciar no hay término medio.
Nuestro sufrimiento siempre nace del desequilibrio entre nuestros deseos y el funcionamiento real del mundo.
Lo que hace infelices a los ricos no influye en modo alguno sobre el pobre, pues éste nunca ha aprendido a desearlo . La materia para la alegría y el dolor está delimitada entre lo que uno posee y aquello sobre lo que no abrigamos ninguna esperanza.
No hay rosa sin espinas, pero sí algunas espinas sin rosas.
Me parece que la auténtica razón del respeto que se profesa a la vejez consiste en el hecho de que un anciano ha superado al fin la prueba de una larga vida, preservando su integridad: tal es la condición de todo respeto.
Nada hay más útil para alimentar la paciencia en la vida y para llevar con serenidad los males y a los hombres que un recuerdo budista como el siguiente: «Esto es samsara: el mundo del placer y el deseo, y por ello, el mundo del nacimiento, la enfermedad, el envejecimiento y la muerte: tal es el mundo que no debería ser». Quisiera prescribir para todos que se repitieran esto con plena conciencia cuatro veces al día 13 .
La sabiduría que en el hombre se da sin más teóricamente, sin convertirse en práctica, se parece a la exuberante rosa que deleita a los demás a través del color y el olor, pero que declina sin haber dado fruto.
Para tener a mano una brújula segura que nos oriente en la vida y verla siempre a la luz adecuada sin errar, nada es más conveniente que habituarse a considerar este mundo como un lugar de penitencia, es decir, como un establecimiento penitenciario, a penal colony 12 .
Sólo es auténticamente feliz quien, en la vida, no quiere la vida, es decir, quien no ambiciona sus bienes. Así la carga se vuelve ligera. Imagínese un peso que descansa sobre apoyos, y a un hombre agazapado en cuclillas bajo él. Si se levanta e intenta sostenerlo, el peso se le vendrá encima: si se aparta de él y se recoge en sí mismo, no sostendrá nada y se sentirá ligero.
Así es precisamente la vida: sólo podemos perseguir seriamente y con fortuna un anhelo, sea placer, honor, riqueza, saber, arte o virtud, cuando renunciamos a cuantas pretensiones nos alejan del mismo. Por eso, justamente, ni el mero querer ni el mero poder resultan suficientes, sino que un hombre debe saber también lo que quiere y lo que puede: así mostrará carácter y podrá hacer algo a derechas.
¡Qué insensato resulta lamentarse y quejarse de tiempos remotos en los que se dejó pasar la ocasión para esta o aquella dicha, para este o aquel placer! ¿Qué se habría ganado con ello? La seca momia de un recuerdo. Aunque así ocurre con todo cuanto nos ha tocado en suerte. Por lo tanto, la forma del tiempo es ella misma el medio calculado para enseñarnos la nihilidad de todos los placeres terrenos.
Los hombres que luchan por una vida feliz, brillante y larga en vez de por una vida virtuosa son como insensatos actores que siempre desean representar deslumbrantes, largos y victoriosos papeles, porque no comprenden que el asunto no consiste en qué o cuánto interpretan, sino en cómo lo hacen.
El tiempo es un mecanismo de nuestro cerebro para dar a la por completo nula existencia de las cosas y de nuestro yo una apariencia de realidad mediante la duración.
Los buenos clientes de los médicos tienen a su cuerpo como un reloj u otro tipo de máquina, de manera que, cuando en ella se produce un desajuste, sólo puede ser arreglada si el mecánico la repara. Mas no es así, pues el cuerpo es una máquina que se repara a sí misma: gran parte de los desajustes que en él tienen lugar, tanto los grandes como los pequeños, desaparecen por sí mismos tras un tiempo más o menos largo, gracias a la vis naturae medicatrix [fuerza curativa de la naturaleza].
No son las cosas tal y como son realmente, en conexión con nuestra experiencia exterior, lo que nos hace felices o desgraciados, sino lo que son para nosotros en la manera en que las comprendemos.
La raíz de la planta precisa de oscuridad y calor; la corona precisa de luz.
Cuando queremos apresar y poseer algo, hemos de desestimar innumerables otras cosas a derecha e izquierda. Si no podemos decidirnos por nada, y más bien nos sentimos seducidos por cuanto nos atrae fugazmente, somos como niños en la feria. [...] Quien quiere serlo todo, no puede ser nada.
¡ Querer! ¡Gran palabra! ¡El fiel en la balanza del día del juicio final! ¡Puente entre el cielo y el infierno! La razón no es la luz que brilla desde el cielo, sino sólo un poste indicador que nosotros mismos colocamos en correspondencia con el destino al que apuntamos, y que nos muestra la dirección cuando el propio destino se oculta. Aunque puede conducirnos tanto al infierno como al cielo.
El calor es a la voluntad lo que la luz es al conocimiento .
En un corazón 6 sano sólo los actos pesan sobre la conciencia, no los deseos ni los pensamientos.
Hemos despertado y volveremos a despertar; la vida es una noche que llena un largo sueño que muy a menudo se convierte en un bochornoso fantasma.
Un deseo cumplido es como la limosna que recibe el mendigo: hoy le sirve, pero mañana se sentirá de nuevo hambriento. Sin embargo, la resignación es como una generosa herencia, pues libra para siempre a su propietario de toda preocupación.