Lista de Poemas

El sentido del olfato se ve también necesariamente obligado a concurrir al cerebro. Las sensaciones del tacto pasan por los nervios al cerebro, y estos nervios se derraman en infinitas ramificaciones hasta la piel que circunda los miembros del cuerpo y las vísceras.
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Los nervios transmiten también la sensación y la voluntad a los músculos, los cuales obedecen, actualizando su obediencia en contracciones y tumefacciones Los nervios se internan, a través de los músculos, hasta los extremos de los dedos, y llevan finalmente al cerebro la sensación táctil.
El hombre posee gran razonamiento, pero en su mayor parte vano y falso; los animales lo tienen menor, pero útil y verídico, y más vale una pequeña certeza que un gran engaño.
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De un modo semejante, al sentido del oído bastaría la voz que resuena en las concavidades porosas del hueso pétreo, que se halla en el oído, sin que fuera necesario que ella recorriera el camino hasta el cerebro.
En cambio, el oído suele engañarse en cuanto a la situación y distancia de sus objetos; porque las representaciones de éstos no llegan a él por líneas rectas, como para el ojo, sino por líneas tortuosas y reflejas; y ocurre muchas veces que las cosas remotas parecen más cercanas que las próximas, por culpa de los recorridos del sonido. La voz del eco, sin embargo, sólo por líneas rectas se encamina al oído.
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El olfato indica con menos certeza el lugar de donde procede un olor; pero el gusto y el tacto sólo tienen la exacta noción del objeto que tocan.
El ojo, a una distancia y en condiciones medias, se equivoca menos en su oficio que cualquiera de los otros sentidos, porque no ve sino por líneas rectas: las que componen la pirámide base del objeto y las que la conducen al ojo, como espero demostrarlo.
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Yo he encontrado en la constitución del cuerpo humano, como en la de los otros animales, la más obtusa y grosera inventiva. Compuesto sin ingenio, de instrumentos en parte inapropiados para recibir el vigor de los sentidos.
Si la naturaleza hubiera fijado una sola regla para la calidad de los miembros, las fisonomías de todos los hombres serían semejantes, y no sería posible distinguirlas unas de otras; pero ella ha variado de tal modo las cinco partes del rostro que, aunque haya establecido una regla general para la proporción, no ha seguido ninguna para la calidad; de manera que es fácil reconocer cada semblante.
La marcha del hombre tiene el carácter general de la del cuadrúpedo, que mueve las patas en cruz. Como el caballo que trota, el hombre agita sus cuatro miembros en cruz: si adelanta el primero el pie derecho, adelantará al mismo tiempo el brazo izquierdo, o viceversa.

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