Poemas en este tema

Arte

Julián del Casal

Julián del Casal

El Poeta Y La Sirena

El poeta y la sirena


A mi buen amigo Carlos Noreña



Coronada de vivos resplandores

Luce la tarde en el azul del cielo,

Va tendiendo la noche su ancho velo

Y en el Ocaso se sepulta el Sol.

Su veste de esmeraldas pliega el césped,

Su cáliz las galanas florecillas,

Y truecan las celestes nubecillas

En armiño su bello tornasol.


La nacarada estrella de la tarde

Su luz, vertiendo, plácida y serena,

Semeja una purísima azucena

Sobre un manto de grana y de zafir,

Como virgen que oculta sus hechizos

Bajo el cendal flotante de una nube,

Así la Luna, majestuosa sube,

Bañada de alabastro hacia el cenit.


En un océano de plateadas luces

Flotan el monte, el valle y la pradera,

Y esparce la brillante primavera

De sus flores la esencia virginal.

En la margen de un lago bullicioso

Alza un poeta su inspirado acento,

Que se pierde en las ráfagas del viento,

O del lago en el límpido cristal.


Surge de entre las ondas azuladas

Una deidad risueña y misteriosa,

De frescos labios de color de rosa

Y un seno de marfil, encantador.

Su lúcido cabello de azabache

Rueda sobre sus hombros de alabastro,

Tienen sus ojos el fulgor de un astro

Y el fuego centelleante del amor.


Su breve pie de nacarado esmalte

Cubren sandalias de zafir hermoso,

Orna con cintas de color azul

Lleva en sus manos una lira de oro

Con cuerdas de diamante decorada,

Y el eco seductor de su trovada

Vuela a las nubes del celeste tul.


El genio misterioso de la noche

Las estrellas de mágicos fulgores,

Los silfos bellos y lucientes flores

En torno suyo se les ve girar.

Tendida entre la espuma cristalina,

Con halagüeña inspiración secreta,

Dirige el melancólico poeta

Este armonioso y seductor cantar:


—«Tú creas en la noche
fantásticas visiones

Radiantes de pureza, de gloria y de esplendor,

Pero tus gratos sueños se alejan y evaporan

Dejándote tan sólo recuerdos de dolor.


»Aquí bajo esta espuma de
armónicos rumores

Habito yo un palacio de perlas y coral;

Mi lecho forman rosas del valle más ameno,

De fúlgidos colores, de esencia virginal.


»Las sílfides y ondinas que moran en el
lago

Me cantan en la noche, sublime trovador,

Y a su argentino acento y al rayo de la Luna,

Apuro deleitosa la esencia del amor.


»Suspende esos cantares al céfiro del
valle

Que juega entre los lirios del plácido jardín,

O a la gentil violeta, o a la doncella pura

De Labios sonrosados y aliento de jazmín.


»La vida tiene encantos, poeta de los
sueños;

La gloria sólo ofrece martirios y dolor:

¡Oh!, ven a mis palacios de perlas y corales

Para apurar beodos la esencia del amor».
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .


—¡Cesa:—le dijo, un eco de los montes

Con voz de trueno asolador, profundo;—

Tú simbolizas el error del mundo

Y el poeta la luz de la verdad.

Despareció la maga entre la espuma

Exánime, sin vida y sin aliento;

Alzó el poeta su inspirado acento

Y el eco resonó en la eternidad.

667
Jaime Torres Bodet

Jaime Torres Bodet

Nocturno Ii

Principia, pues, aquí, tu obra futura,
Noche, y con lengua libre de falacia
explícame la edad, el sol, la acacia,
el río, el viento, el musgo, la escultura...

De los colores adjetivos cura
esta instantánea flor, póstuma gracia
de un idioma que fue —con pertinacia—
retórica guirnalda a la hermosura.

Brújula sin piedad, tiniebla pura,
orienta, Noche, mis sentidos hacia
las torres de tu intrépida estructura

y deja que, en racimos de luz dura,
se apague esta inquietud que nada sacia
sino el error de ser tiempo y figura.
679
Jaime Torres Bodet

Jaime Torres Bodet

Regreso Iii

¡Espejo, calla! Y tú, que en el furtivo
recuerdo el filo de la voz bisela,
eco, responde sin palabra. Y vela
porque en tu ausencia al menos esté vivo...

Del mármol con que el ocio me encarcela
quiero en vano extraer un brazo esquivo
hacia ese blando mundo infinitivo
en que todo está aún y todo vuela.

Estatua soy donde caí torrente,
donde canto pasé, silencio duro
y, donde llama ardí, ceniza esparzo.

Nada me afirma y nada me desmiente.
Sólo tu golpe, corazón oscuro,
a fuerza de latir agrieta el cuarzo.
615
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

La Procesión

LA PROCESIÓN


Yo rodeaba la vega de la ciudad inmemorial en
solicitud de maravillas. Había recibido de un jardinero la
quimérica flor azul.

Un anciano se acercó a dirigir mis pasos. Me
precedía con una espada en la mano y portaba en un dedo la
amatista pontifical. El anciano había ahuyentado a Atila de su
carrera, apareciéndole en sueños.

Dirigió la palabra a las siete mil estatuas
de una basílica de mármol y bajaron de sus zócalos
y nos siguieron por las calles desiertas. Las estatuas representaban el
trovador, el caballero y el monje, los ejemplares más
distinguidos de la edad media.

Unas campanas invisibles difundieron a la hora del
ángelus el son glacial de una armónica.

El anciano y la muchedumbre de los personajes
eternos me acompañaron hasta el campo y se devolvieron de
mí cuando las estrellas profundas imitaban un reguero de perlas
sobre terciopelo negro, sugiriendo una imagen del fastuoso pincel
veneciano. Se alejaron elevando un cántico radiante.

Yo caí de rodillas sobre la hierba
dócil, rezando un terceto en alabanza de Beatriz, y un centauro
desterrado pasó a galope en la noche de la incertidumbre.


446
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

La Redención De Fausto

LA REDENCIÓN DE FAUSTO


Leonardo da Vinci gustaba de pintar figuras
gaseosas, umbrátiles. Dejó en manos de Alberto Durero,
habitante de Venecia, un ejemplar de la Gioconda, célebre por la
sonrisa mágica.

Ese mismo cuadro vino a iluminar, días
después, la estancia de Fausto.

El sabio se fatigaba riñendo con un bachiller
presuntuoso de cuello de encaje y espadín, y con
Mefistófeles, antecesor de Hegel, obstinado en ejecutar la
síntesis de los contrarios, en equivocar el bien con el mal.
Fausto los despidió de su amistad, volvió en su juicio y
notó por primera vez la ausencia de la mujer.

La criatura espectral de Leonardo da Vinci
dejó de ser una imagen cautiva, posó la mano sobre el
hombro del pensador y apagó su lámpara vigilante.


463
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Donaire

EL DONAIRE


Los enanos forjaban tridentes para las divinidades
marinas. Enseñaban a los naturales de la isla de las canteras el
arte de pescar las esponjas. Inventaron los espejos de obsidiana.

Se ocupaban de educar el ruiseñor y el
alción, los pájaros de la felicidad, y maldecían
la escasa inteligencia de las aves de rapiña. Habitaban en
viviendas de yeso y no se atrevían sino con las liebres. Fueron
desterrados por una muchedumbre de hormigas cáusticas.

Aristófanes se complacía refiriendo,
entre carcajadas homéricas, la sumersión de los enanos en
una ciénaga después de su brava resistencia en un bosque
de lirios y azafranes.

Los enanos habrían salido vencedores sin la
animadversión de unas grullas de pico incisivo, autoras de
lesiones incurables.

Los enanos corrieron a salvarse en la nave de los
argonautas y confesaron el origen de su infortunio. Habían
imitado de modo risueño el paso de Empous, una larva coja, de
pies de asno.


502
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Casuista

EL CASUISTA


El rey desvariado preside la corte y juzga las controversias al pie de
un álamo de plata, en el territorio de lontananza fúnebre.

Un ave locuaz, presente de un rústico, imita
la voz humana e imprime un sesgo al pensamiento fortuito del rey.

El médico judío, alumno de una escuela
de Italia e inspirado en sus versos leoninos, desea restablecer la
salud. Cumple de ese modo con los méritos de Carlomagno, autor
de la cultura, ascendiente de las casas reales. Aprecia los efectos del
eléboro de los antiguos, hallazgo de un simple, y maravilla sus
flores originarias del manto del invierno patriarcal o de su barba
fluida.

El rey siente, después del ocaso, el vuelo
rumoroso de las almas en solicitud del infinito y se imagina en una
selva alegórica, donde una beldad imposible se distingue del
paisaje tenue.

Un hada, según los trovadores, viene furtiva
de Bretaña, el país de las siete florestas, a ocupar la
mente inválida. Un obispo reconoce en la forma espiritual un
trasunto de la Virgen María y se abstiene de corregir el
dispendio del rey en hábitos flamantes, costumbre de enamorado.
San Eloy, afecto de la piedad caballeresca, se vestía de las
estofas más ricas del Asia, durante su vida en el castillo del
rey Dagoberto.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

La Inspiración

LA INSPIRACIÓN


Yo me esforzaba en subir el curso de un río.
No soltaba de la mano los remos de un bajel fugaz, fabricado de una
corteza. Yo la había desprendido de un árbol
independiente, familiar de las alondras y pregonero de sus flores
virginales en una selva augusta, reflejada en el espejo del éter.

Yo dibujé en la frente del bajel la imagen
fácil del amor y redimí sus ojos del cautiverio de la
venda. Había usado en penetrar la corteza fragante un estilo de
hierro.

Vine a dar en una llanura libre, donde se encrespaba
y corría, vencedora de un asalto de leones, la hueste de unos
caballos ardientes.

Se adelantaba hasta la presencia del océano y
se volvía al sentir el sonido frenético de unas
trompetas. La belleza del porte y de la carrera me presentaba a cada
instante un motivo nuevo y singular de admiración. Yo pensaba en
unos retóricos de la gentilidad, divididos y hostiles al
calificar méritos en los caballos de un friso, agilitados por el
cincel de Fidias.

El sonido frenético de las trompetas
repercutía en el cielo diáfano y anunciaba la soberana
del país quimérico. Vino a la cabeza de una escolta de
monteros y de prohombres ancianos, pares de una orden cortés en
los días de una briosa juventud. Había dejado un mundo
inefable, a semejanza de Beatriz y con el mismo atavío de sus
llamas, y esgrimía el acero de Clorinda. Me invitó al
estribo de su carro e impuso en mi frente una señal de su
autoridad, por donde me visitaron pensamientos y sentimientos de una
grandeza ilimitada.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Rebelde

EL REBELDE


El cincelador italiano trabaja con el arcabuz al
lado. Trata a los magnates de su siglo mano a mano y sin rebozo,
arrogándose una majestad superior.

Sus pasiones no se coronan de flores,
ajustándose a la imagen de Platón, muy celebrado en esos
días, sino se exaltan y revuelven a la manera de la hueste
épica de las amazonas.

Los cortesanos de un rey batallador lo saludan con
un gesto de asombro y se dividen para formarle calle. Derrama en el
suelo y a los pies del trono las dádivas de su arte seguro y de
su numen independiente. Las joyas despiden en la oscuridad una luz
convulsa y reproducen la vegetación caprichosa del mar y las
quimeras del terror.

Se cree invulnerable y desahoga en aventuras y
reyertas la índole soberbia. Aleja de tal modo las insinuaciones
del amor y de los afectos humanos para seguir mereciendo el socorro de
la salamandra y de la república volante de las sílfides.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Valle Del Éxtasis

EL VALLE DEL ÉXTASIS


Yo vivía perplejo descubriendo las ideas y
los hábitos del mago furtivo. Yo establecía su parentesco
y semejanza son los músicos irlandeses, juntados en la corte por
una invitación honorable de Carlomagno. Uno de esos ministriles
había depositado entre las manos del emperador difunto, al
celebrarse la inhumación, un evangelio artístico.

El mago furtivo no cesaba de honrar la memoria de su
hija y sopesaba entre los dedos la corona de perlas de su frente. La
doncella había nacido con el privilegio de visitar el mundo en
una carrera alada. La muerte la cautivó en una red de aire,
artificio de cazar aves, armado en alto. Su progenitor la había
bautizado en el mar, siguiendo una regla cismática, y no
alcanzó su propósito de comunicarle la invulnerabilidad
de un paladín resplandeciente.

El mago preludiaba en su cornamusa, con el fin de
celebrar el nombre de su hija, una balada guerrera en el sosiego
nocturno y de esa misma suerte festejaba el arribo de la golondrina en
el aguaviento de marzo.

La voz de los sueños le inspiró el
capricho de embellecer los últimos días de su jornada
terrestre con la presencia de una joya fabulosa, a imitación de
los caballeros eucarísticos. Se despidió de mí
advirtiéndome su esperanza de recoger al pie de un árbol
invisible la copa de zafir de Teodolinda, una reina lombarda.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Carnaval

CARNAVAL


Una mujer de facciones imperfectas y de gesto
apacible obsede mi pensamiento. Un pintor septentrional la
habría situado en el curso de una escena familiar, para
distraerse de su genio melancólico, asediado por figuras
macabras.

Yo había llegado a la sala de la fiesta en
compañía de amigos turbulentos, resueltos a desvanecer la
sombra de mi tedio. Veníamos de un lance, donde ellos
habían arriesgado la vida por mi causa.

Los enemigos travestidos nos rodearon
súbitamente, después de cortarnos las avenidas. Admiramos
el asalto bravo y obstinado, el puño firme de los espadachines.
Multiplicaban, sin decir palabra, sus golpes mortales, evitando
declararse por la voz. Se alejaron, rotos y mohínos, dejando el
reguero de su sangre en la nieve del suelo.

Mis amigos, seducidos por el bullicio de la fiesta,
me dejaron acostado sobre un diván. Pretendieron alentar mis
fuerzas por medio de una poción estimulante. Ingerí una
bebida malsana, un licor salobre y de verdes reflejos, el sedimento
mismo de un mar gemebundo, frecuentado por los albatros.

Ellos se perdieron en el giro del baile.

Yo divisaba la misma figura de este momento.
Sufría la pesadumbre del artista septentrional y notaba la
presencia de la mujer de facciones imperfectas y de gesto apacible en
una tregua de la danza de los muertos.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

La Espía

LA ESPÍA


El licenciado escribe una breve novela de
equivocaciones y de casos imprevistos, ocupando las demoras de una
corte en donde juzga, mal remunerado y holgazán.

El licenciado no pernocta en la ciudad, sino en su
contorno. Se retira a una casa de corredores largos y cámaras
solemnes, revestidas de cal, agazapada en una aldea anónima. Los
ingenuos lugareños reparan en la acedía de la faz.

El licenciado se repone del tedio inventando lances
y percances. Imagina las ansias y las querellas de los amantes y las
graba en letras indelebles. Reclina, de vez en cuando, la frente del
pergamino, llena de memorias, en la mano derecha. Prolonga la faena
hasta el asomo de la mañana, bajo la mortecina luz de cera.

El licenciado abandona la pluma cuando la aurora
muestra su cara de moza rubicunda.

Pasa al aderezo de su persona ante un espejo de
Lorena, de esplendor mustio, y cuando retira los cabellos grises,
observa la calavera astuta de la muerte.


467
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Remordimiento

EL REMORDIMIENTO


El gentil hombre pinta a la acuarela una imagen de
la mujer entrevista. La vio en el secreto de su parque, aderezada para
salir a caza, en medio de una cuadrilla de monteros armados de venablos.

El gentil hombre imprime la visión fugaz,
marca la figura delgada y transparente.

Los caballos salieron a galope, ajando la hierba de
la pradera lustrada por la lluvia. El gentil hombre se incorporó
a la cabalgata, de donde toma la escena para el arte de su
afición.

Recuerda las peripecias y los casos de la partida y,
sobre todo, la muerte de su rival, precipitando dentro de un foso
inédito en el curso de la carrera.

El gentil hombre fue inhábil para salvar la
vida del jinete y llega hasta considerarse culpable. Abandona el pincel
y se cubre con las manos el rostro demudado por las sugestiones de una
mente sombría.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Convite

EL CONVITE


Thais era una cortesana de la antigüedad. Su
nombre constaba en la obra perdida de Menandro. El tiempo respetaba su
juventud y yo no he encontrado en los residuos de la era clásica
ninguna señal de su muerte.

He leído una hazaña de su perfidia en
un documento reconstituido. Si yo no revelara a los hombres ese
episodio, faltaría a los consejos de la moral de Plutarco.

Thais atrajo sus amantes a una celada,
después de reconciliarlos mutuamente. Se acomodaron en unas
curules de marfil, dignas de un senado de reyes. La mujer los
dejó maravillados y suspensos con la bizarría de su
imaginación y les ciñó una corona de adormideras,
mientras arrojaba al fuego un laurel seco. Ese laurel había
bastado para defender la vida de un héroe en la empresa de
visitar los infiernos.

Los invitados quedaron embelesados y perdidos en la
incertidumbre.

Thais había abolido su entendimiento y les
había inspirado la ilusión de estar siempre en medio de
los preludios del alba. Oían a veces un himno desvanecido en la
bruma cándida. Lo entonaban unas jóvenes coronadas de
jacintos.

Las arpías y las quimeras tejían un
vuelo circular y bajaban a colgarse de los brazos de un árbol
insociable.


518
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Las Ruinas

LAS RUINAS


Sentía bajo mis pies la molicie del musgo de color de herrumbre,
aficionado a la humedad. Proliferaba sobre el tejado y en la rotura de
las paredes y de las ménsulas.

Sobre la maciza escalinata había corrido un
tropel de caballos alados y de zueco de hierro, a la voz de un
héroe imberbe, lisonjeado por la victoria. Hería con una
maza ligera y usual como un cetro, de cabeza redonda y armada de puntas
metálicas.

Yo visitaba, después de un decenio, el
palacio de techo hundido. La lluvia, descolgada perpetuamente a
raudales, había desnudado, de su delgado tapiz de tierra, la
roca de granito situada a los pies y delante del edificio. Su acceso
había llegado a ser una cuesta difícil.

Yo me incliné delante de la imagen de un
santo, aposentada en su vetusta hornacina, orlada de parietarias, y
bajé a perderme en una senda de robles. Desde sus ramas bajaban
hasta el suelo de arena los sarmientos péndulos de una flora
adventicia.

Yo seguí por ese camino, solo y sin deponer
la espada, y vine a sentarme, ansioso de meditar y de leer, en un poyo
de piedra, ceñido al pie de un árbol imprevisto.

Sus hojas amarillas y de un revés
grisáceo viraban al unísono del mar indolente y una de
ellas, volando al azar, rozó mi cabeza y vino a llenar de
fragancia las páginas de mi libro de Amadís.


439
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Siglo De Oro

SIGLO DE ORO


El caballero sale de la iglesia a paso largo. Saluda
con gentil mesura a las señoras, abreviando ceremonias y
cumplimientos. Aprueba sus galas y las declara acordes con la belleza
descaecida.

Del río, avizor de la mañana y espejo
de sus luces, sopla un viento alado y correntón. Mece los
sauces, y penetra las calles solas, alzando torbellinos de polvo.

El caballero se retira a su casa desierta. Depone el
sombrero y la recorre lentamente, ensimismado en la meditación.
Apunta y considera los asomos de la vejez.

Los suyos se extinguieron en la contemplación
o se perdieron en la aventura. Él mismo llega de ejecutar
bizarrías en aguas levantinas. Decanta su juventud fanfarrona en
las urbes y cortes italianas.

Junta con la devoción una sabiduría
alegre, una sagacidad de caminante, allegada de tantas ocasiones y
lances.

El caballero se sienta a una mesa. Escucha, a
través de las letras contemporáneas, la voz jocunda de
las musas sicilianas. Pone por escrito una historia festiva, donde
personas de calidad, seguidas de su servidumbre, adoptan, por
entretenimiento y en un retiro voluntario, las costumbres de sus
campesinos.

El caballero finge discursos y controversias, dejos
y memorias del aula, referentes a la desazón amorosa.

Administra la ventura y el contratiempo, socorros de
la casualidad, y conduce dos fábulas parejas hasta su desenlace,
en las bodas simultáneas de amos y criados.


432
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Renacentista

RENACENTISTA


La veneciana altiva de tez nevada, escucha las
barcarolas desde la azotea de su mansión bizantina. Mira la
tarde fantástica, de celajes dispersos, semejanza de tesoros
volcados sobre el piso de un palacio roto a la fuerza. Un soplo del mar
desata los cabellos de luz sobre la veste azul y le besa el rostro
mortificado.

Defiende a veces con la diestra los ojos
deslumbrados, adornándose con el atributo de una ceguedad
temprana y divinatoria, y la breve sombra de la mano aumenta la
dignidad de la faz muda.

La mujer nota el arribo de las galeras alegres,
ostentosas de blasones dominantes, animadas con el atavío de las
banderolas triangulares y volubles. Vienen de visitar naciones
índicas, de alma sinuosa, de prosperidad inficionada, sujetas a
la voluntad de reyes disipados.

Reconoce a los vencedores del mar fluctuoso,
deshecho en montes, marinos prendados de constelaciones hechiceras,
rescatados y salvados por algún vuelo de aves de vida
continental; y desadvierte la hazaña de la juventud aguerrida,
de fuerza probada en el océano patente.

La virgen refractaria condena las mercedes de la
fama, siguiendo la voz de un orgullo terminante. Conoce las ideas de su
tiempo, recreo de un ideal soberbio, enemigo de la fe tradicional.
Resume el infortunio de su casta, de porte senatorial, extinguida bajo
la saña de una facción victoriosa, y oculta su vida y su
nombre en la morada bizantina, arruinada secretamente por el mar,
celador previsto de su lápida.


384
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

La Resipisencia De Fausto

LA RESIPISENCIA DE FAUSTO


Fausto quiere pacificar su curiosidad, encontrar
razones con que explicar de una vez por todas el espejismo del
universo. Ha solicitado la inspiración de la soledad y domina
abrupta cima, teniendo debajo de sí un apretado cerco de nubes.
Huella con ligereza de ave una mole de aristas resaltadas. La borrasca
embiste sin tregua el paraje sublime, adecuado para la
meditación del problema fundamental.

Fausto ha abandonado el estudio parsimonioso y el
amor suave de Margarita, desde que trata con cierto personaje
recién aportado al pueblo: un hombre de sospechosa parla, que
desordena el vecindario con prestigios de invención
diabólica, señalados por más de un detalle
arlequinesco.

Él propone a Fausto las interrogaciones
últimas, inspirándole una curiosidad descontenta y
soberbia, habilitándolo con máximas feroces, enemigas de
contemplaciones y respetos. Fausto lo rechaza de su trato y amistad con
términos violentos, proferidos en la abrupta cima, redoblados
por los ecos temerosos del precipicio; y el seductor se retira
gesticulando grandiosamente y sin compás, obstinado en visajes y
maniobras de truhán. Parte confiado en la germinación de
su influjo malsano.

Fausto prueba a aliviar con el viaje distante,
dividido en peligros y orgías, la enfermedad de aquel ideal
orgulloso, infundida por la ciencia; pero encuentra la desesperanza al
cabo de las nuevas emociones. Solicita las vivaces comarcas
meridionales; atraviesa, menos que fugitivo, un reino tenebroso, obseso
de la matanza y de la hoguera, de alma sacerdotal con vistas a la
muerte, y renegado del esfuerzo y de la vida.

Pero llega finalmente a un país elíseo
donde los mirtos y los laureles, criados bajo un cielo primaveral,
tremolan al paso del aire melodioso y montan guardia al lado y en torno
de los mármoles ejemplares y de las ruinas sempiternas. Descansa
en una ciudad quimérica, de lagunas y palacios, visitada por las
aves; y deja entonces la investigación desconsolada.
Crédulo en la mayor veracidad de los símbolos del arte,
espera dar con una explicación musical y sintética del
universo.


416
Jorge Riechmann

Jorge Riechmann

23

El dios egipcio Bes
tiene la barba hirsuta y las patas cortas
cola de león
greñas espeluznantes
y rápidas muecas torvas le alborotan la jeta.
Nadie lo tomaría por un dios
sino por un demonio muy poco frecuentable.

Y sin embargo Bes
es el más amable de los dioses:
ayuda en los partos
promueve la belleza de las mujeres
protege a los durmientes
y siembra alegría por todas partes bailando y tocando
música.

En la fealdad suma de este benefactor sin tacha
veo la prueba suprema de su delicadeza de espíritu:
como verdadero artista que es
no ha querido ponernos las cosas demasiado fáciles.
A su lado el apolíneo violador Apolo —por poner un ejemplo—
se revela ridículamente insensible para el matiz
y su grosera suficiencia asesina
—sea en asuntos de canto o de mujeres—
no corresponde a una persona discreta
sino a algún hampón de altos vuelos en un bar de alterne.

No adoraré nunca a Bes
pero le daré la mano
y apenas se presente ocasión me iré de vinos con él
por alguna ciudad de calles fértiles.
426
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

Oda Xvi A Un Pintor

En esta breve tabla,
discípulo de Apeles,
cual yo te la pintare,
retrátame mi ausente.


Retratada cual sale
al punto que amanece
tras unos corderillos

al valle a entretenerse.

Suelto el trenzado de oro,
y al céfiro, que leve
volando licencioso
le ondea y le revuelve.

Encima una guirnalda,
que sus tranquilas sienes
de púrpura matice
con rosas y claveles.


De do con aire hermoso
de majestad alegre
la tersa frente asome,
cual reluciente plata
salga la blanca frente.

Y para que le pongas
la gracia que ella tiene

la cándida azucena
darate olor y nieve.

Luego en las negras cejas
tu habilidad ordene
la majestad del arco
que nace cuando llueve:

Y al traidor Cupidillo
podrás también ponerme,
que en medio esté asentado
y el arco a todos fleche.

Los ojos de paloma
que a su pichón se vuelve
rendida ya de amores,
y un beso le promete;


Las niñas haz de llama

que bullan y se alegren,
y a Amor que como un niño
jugando en torno vuele.

Después para que apague
los fuegos que el enciende,
la nariz proporciona
tornátil y de nieve.

Y luego entre los labios
deshoja mil claveles,
que nunca puedes darle
la púrpura que tienen.

Su boca... pero aguarda,
primero van los dientes
de aljófares menudos,
que unidos no discrepen:

Y dentro has de pintarme
cuando la lengua mueve
como un panal que afuera
destile hibleas mieles.

Las Gracias como abejas,
que con susurro leve
volando en el verano
en torno van y vienen.

Y al lado de las mejillas
dos rosas, como suelen
quedar
cuando sus perlas
el alba en ellas llueve.

Cargando todo aquesto
con proporción decente
sobre el nevado cuello,
que mil corales cerquen.

Los hombros de él se aparten,
y en el hoyuelo empiece
el relevado pecho
tan albo que embelese.


Con dos bullentes pomas,
cual deliciosas fuentes

del néctar regalado
de la mansión celeste.

La airosa vestidura
de púrpura esplendente,
las puntas arrastrando
que el campo reflorecen.

Encima un bien rizado
pellico, y que le cuelgues
mil
trenzas de oro y seda
que su opulencia ostenten.

Pero ¡ay! déjalo, amigo,
que tú pintar no puedes
tan celestial sujeto,
por mucho que te esmeres.


Y yo a sus brazos corro,
donde el Amor me ofrece
el premio de mis ansias,
y el colmo de sus bienes.
509
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

A Cisparis En El Gran Día De Sus Años

Don grande es la alta fama;
y así como a la luna
oscurece del sol la ardiente llama,
así a par de Ciparis la fortuna
la hermosura abatió; mas si a quien ama
la Venus Dionea
donó lira sonora,
oh musa, ora la emplea
en cantar de este día. La alma aurora
de nieve y oro el yermo cielo dora.

Merced al verso aonio y al concepto
de docta poesía
cuando Apolo cantando calma el viento,
quedando a la dulcísona armonía
de la divina lira y sacro acento
la natura admirada;
ni pudo ser cantado
por cítara dorada
otro asunto mayor que el que ha tocado
a humilde musa por favor sagrado.

Suben al alto Olimpo los odores
de cinamomo panqueo
y anáraco fragante y otras flores;
mas cumple, oh dulce musa, alto deseo
y olvida un poco a Amor y tus dolores.
Canta de este gran día
a Eurídice la bella
dulcísima armonía
sonaba el cincio ardor, y a la doncella
mudada en lauro por huir su huella.

Cual deidad iba en nácar erictea
de la espuma engendrada
que blandamente el aura la menea,
tal hoy Ciparis sale acompañada
del coro que cantando la rodea
de las Gracias y amores;
el invierno aterido
huye al verla, y mil flores
da el campo, y por do arrastra su vestido
vese de rosas mil enriquecido.

¿Qué es, pues, la hermosura si adornada
de honestidad no brilla?
Cual palma que a las nubes elevada
con su pompa los árboles humilla,
mi señora a la bóveda estrellada
se ensalza glorïosa;
la garza generosa
desde el humilde suelo
bate las alas, y con raudo vuelo
la tierra olvida, remontada al cielo.

Ni de mayor virtud enriquecida
hubo jamás doncella;
si habla, de entre sus labios esparcida
corre la miel; las Gracias, tras la huella
de su planta veloz van de corrida,
y no tanta hermosura
el iris refulgente
muestra, tras nube obscura
por las doradas puertas del oriente,
como su undosa túnica esplendente.

Natura este gran día está admirada
y en él se está placiendo.
¿Qué es del invierno triste? Aun más templada
que en mayo el aura dulce va bullendo;
seguid pues, oh avecillas; sea loada
de vos mi alta señora.
Tú, Venus, oye pía,
y el templo olvida ahora
de Gnido, y del Olimpo la ambrosía:
tu vista solemnice este gran día.

De los años el curso arrebatado,
que tanto la hermosura
desaliña y ofende, tú has burlado.
Así del sacro Líbano en la altura
crece el eterno cedro al cielo alzado;
el tiempo te enriquece,
y el cielo tu alma vida
guarda, y grato te ofrece
don de belleza y juventud florida,
y luego a sus mansiones te convida.

Si a humano ser los dioses largamente
de sus dones colmaron
sobre mortal poder, ¡oh, cuán fulgente
sobre todos, señora, te elevaron!
Mas ¿quién podrá cantarte? En el oriente
el sol desvista solo?
Empero, si inspirada
mi voz fuese de Apolo,
tú serás algún día al cielo alzada
y en digno verso lírico cantada.
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José María Pemán

José María Pemán

Oración A La Luz

Señor: yo sé que en la mañana pura
de este mundo, tu diestra generosa
hizo la luz antes que toda cosa
porque todo tuviera su figura.

Yo sé que te refleja la segura
línea inmortal del lirio y de la rosa
mejor que la embriagada y temerosa
música de los vientos en la altura.

Por eso te celebro yo en el frío
pensar exacto a la verdad sujeto
y en la ribera sin temblor del río:

por eso yo te adoro, mudo y quieto:
y por eso, Señor, el dolor mío
por llegar a Ti se hizo soneto.
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Juan de Mena

Juan de Mena

Otra Vez Invoca

E ya, pues, desrama de tus nuevas fuentes
en mí tu subçidio, inmortal Apolo;
aspira en mi boca por que pueda sólo
virtudes e viçios narrar de potentes.
A estos mis dichos mostradvos presentes,
o fijas de Tespis, con vuestro thesoro,
y con armonía de aquel dulçe choro
suplid cobijando mis inconvenientes.
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José Martí

José Martí

Es Verdad

Es verdad. Si la máscara discreta
Oculta su tormento al corazón:
Nadie sabe el abismo que el poeta
En los dinteles de la vida vio.—

De verde fue, magnifico y sencillo—
A un suave amor su cuerpo sacudir,
Y tenderse, cruzado pajecillo,
Como en un nido fresco un colibrí.—

De verle fue, con férvida elocuencia,
Ruiseñor vocinglero, arrebatar—
Y luego, junto al libro de la ciencia,
¡Perdonar, sonreír, aletear!—

Fue la pública fama su riqueza,
Un martirio celeste su blasón,—
Y más que oro brillaba su pureza
A la luz de aquel sol que es más que sol.

Dicen que la malvada baila en fiestas
Y en calma escucha el sueño de Macbeth;
Dicen que rompe al son de las orquestas
Su corona primera de mujer:

Crece a la par de la gentil doncella
El árbol puro del primer amor:
Pero, sépalo al fin la infame aquella:
La pureza no da más que una flor.

El pobre mozo, los heroicos labios
Pliega, como quien quiere sonreír—
Y en pie, volviendo a sus infolios sabios
¡Adiós! llorando dice al mes de Abril.
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