El Poeta Y La Sirena

El poeta y la sirena


A mi buen amigo Carlos Noreña



Coronada de vivos resplandores

Luce la tarde en el azul del cielo,

Va tendiendo la noche su ancho velo

Y en el Ocaso se sepulta el Sol.

Su veste de esmeraldas pliega el césped,

Su cáliz las galanas florecillas,

Y truecan las celestes nubecillas

En armiño su bello tornasol.


La nacarada estrella de la tarde

Su luz, vertiendo, plácida y serena,

Semeja una purísima azucena

Sobre un manto de grana y de zafir,

Como virgen que oculta sus hechizos

Bajo el cendal flotante de una nube,

Así la Luna, majestuosa sube,

Bañada de alabastro hacia el cenit.


En un océano de plateadas luces

Flotan el monte, el valle y la pradera,

Y esparce la brillante primavera

De sus flores la esencia virginal.

En la margen de un lago bullicioso

Alza un poeta su inspirado acento,

Que se pierde en las ráfagas del viento,

O del lago en el límpido cristal.


Surge de entre las ondas azuladas

Una deidad risueña y misteriosa,

De frescos labios de color de rosa

Y un seno de marfil, encantador.

Su lúcido cabello de azabache

Rueda sobre sus hombros de alabastro,

Tienen sus ojos el fulgor de un astro

Y el fuego centelleante del amor.


Su breve pie de nacarado esmalte

Cubren sandalias de zafir hermoso,

Orna con cintas de color azul

Lleva en sus manos una lira de oro

Con cuerdas de diamante decorada,

Y el eco seductor de su trovada

Vuela a las nubes del celeste tul.


El genio misterioso de la noche

Las estrellas de mágicos fulgores,

Los silfos bellos y lucientes flores

En torno suyo se les ve girar.

Tendida entre la espuma cristalina,

Con halagüeña inspiración secreta,

Dirige el melancólico poeta

Este armonioso y seductor cantar:


—«Tú creas en la noche
fantásticas visiones

Radiantes de pureza, de gloria y de esplendor,

Pero tus gratos sueños se alejan y evaporan

Dejándote tan sólo recuerdos de dolor.


»Aquí bajo esta espuma de
armónicos rumores

Habito yo un palacio de perlas y coral;

Mi lecho forman rosas del valle más ameno,

De fúlgidos colores, de esencia virginal.


»Las sílfides y ondinas que moran en el
lago

Me cantan en la noche, sublime trovador,

Y a su argentino acento y al rayo de la Luna,

Apuro deleitosa la esencia del amor.


»Suspende esos cantares al céfiro del
valle

Que juega entre los lirios del plácido jardín,

O a la gentil violeta, o a la doncella pura

De Labios sonrosados y aliento de jazmín.


»La vida tiene encantos, poeta de los
sueños;

La gloria sólo ofrece martirios y dolor:

¡Oh!, ven a mis palacios de perlas y corales

Para apurar beodos la esencia del amor».
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .


—¡Cesa:—le dijo, un eco de los montes

Con voz de trueno asolador, profundo;—

Tú simbolizas el error del mundo

Y el poeta la luz de la verdad.

Despareció la maga entre la espuma

Exánime, sin vida y sin aliento;

Alzó el poeta su inspirado acento

Y el eco resonó en la eternidad.

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