Pablo Neruda

Pablo Neruda

1904–1973 · vivió 69 años CL CL

Pablo Neruda fue un poeta y diplomático chileno, considerado uno de los escritores más importantes del siglo XX y una de las figuras literarias más influyentes de Hispanoamérica. Su obra, caracterizada por una gran versatilidad y profundidad emocional, abarca desde el amor y la naturaleza hasta la denuncia social y la reflexión histórica. Reconocido con el Premio Nobel de Literatura en 1971, Neruda dejó un legado literario vastísimo y universal, explorando las complejidades del ser humano y su relación con el mundo a través de un lenguaje rico y evocador que ha cautivado a lectores de todas las generaciones.

n. 1904-07-12, Parral · m. 1973-09-23, Santiago

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Tu Risa

Quítame el pan, si quieres,
quítame el aire, pero
no me quites tu risa.

No me quites la rosa,
la lanza que desgranas,
el agua que de pronto
estalla en tu alegría,
la repentina ola
de plata que te nace.

Mi lucha es dura y vuelvo
con los ojos cansados
a veces de haber visto
la tierra que no cambia,
pero al entrar tu risa
sube al cielo buscándome
y abre para mi todas
las puertas de la vida.

Amor mío, en la hora
más oscura desgrana
tu risa, y si de pronto
ves que mi sangre mancha
las piedras de la calle,
ríe, porque tu risa
será para mis manos
como una espada fresca.

Junto al mar en otoño,
tu risa debe alzar
su cascada de espuma,
y en primavera, amor,
quiero tu risa como
la flor que yo esperaba,
la flor azul, la rosa
de mi patria sonora.

Ríete de la noche,
del día, de la luna,
ríete de las calles
torcidas de la isla,
ríete de este torpe
muchacho que te quiere,
pero cuando yo abro
los ojos y los cierro,
cuando mis pasos van,
cuando vuelven mis pasos,
niégame el pan, el aire,
la luz, la primavera,
pero tu risa nunca
porque me moriría.
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Biografía

Identificación y contexto básico

Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, más conocido por su seudónimo Pablo Neruda, es una de las figuras literarias más universales de América Latina y de España. Nació el 12 de julio de 1904 en Parral, Chile. Falleció el 23 de septiembre de 1973 en Santiago de Chile. Hijo de un obrero ferroviario y una maestra, creció en un ambiente humilde y republicano en Temuco, al sur de Chile. Fue diplomático de carrera y militante comunista. Escribió en español. Vivió gran parte del siglo XX, un periodo de profundas transformaciones sociales, políticas y culturales a nivel global, incluyendo guerras mundiales, revoluciones y el auge de movimientos de izquierda y derecha.

Infancia y formación

Su infancia transcurrió en Temuco, donde su padre, José del Carmen Reyes, trabajaba como obrero ferroviario, y su madre, Rosa Basoalto, falleció poco después de su nacimiento. Fue criado por su madrastra, Trinidad Candia Marverde. Desde joven mostró una inclinación por la literatura, influenciado por lecturas de poetas como Rubén Darío, que luego se convertiría en una de sus grandes referencias. Su formación fue principalmente autodidacta, devorando libros en la biblioteca de Temuco. Asistió al Liceo de Aplicación en Santiago. Fue un ávido lector de literatura rusa, española y francesa. Las ideas socialistas y la preocupación por las injusticias sociales marcaron su pensamiento desde la juventud. La temprana muerte de su madre y la relación a veces tensa con su padre moldearon su sensibilidad.

Trayectoria literaria

Comenzó a escribir poesía a los trece años. Su primer libro, *Crepusculario*, fue publicado en 1923. El reconocimiento llegó con *Veinte poemas de amor y una canción desesperada* (1924), que lo catapultó a la fama. Su obra evolucionó desde el lirismo juvenil hacia una poesía más comprometida social y políticamente, y luego hacia una etapa de madurez con tintes épicos y metafísicos. Se pueden distinguir varias etapas: la de la poesía amorosa y existencial, la de la poesía de vanguardia y surrealista, la de la poesía social y política, y la de las *Odas Elementales*. Publicó prolíficamente a lo largo de su vida, con títulos como *Residencia en la tierra* (1933-1935), *Canto General* (1950), *Odas elementales* (1954-1957), *Estravagario* (1958) y *Memorial de Isla Negra* (1964-1972). Fue cónsul en Rangún, Colombo, Batavia, Singapur, Buenos Aires y Barcelona. Fue embajador en Francia durante el gobierno de Salvador Allende. Colaboró en numerosas revistas literarias y periódicos a lo largo de su carrera. Escribió una autobiografía titulada *Confieso que he vivido* (publicada póstumamente en 1974).

Obra, estilo y características literarias

Sus obras principales incluyen *Veinte poemas de amor y una canción desesperada* (1924), *Residencia en la tierra* (1933-1935), *Canto General* (1950), *Odas Elementales* (1954-1957) y *Confieso que he vivido* (1974). Los temas dominantes son el amor, la muerte, la naturaleza, la patria, la historia, la política, la soledad y lo cotidiano. Experimentó con diversas formas, desde el verso libre hasta estructuras más clásicas, aunque predominó la libertad métrica. Utilizó a menudo el verso largo y el encabalgamiento, buscando una musicalidad propia. Su estilo es conocido por su imaginería poderosa y sensorial, metáforas audaces y un lenguaje a la vez popular y culto. Su tono varía enormemente, desde la melancolía y la ternura hasta la épica y la denuncia social. La voz poética es frecuentemente confesional y personal, pero también adopta una perspectiva colectiva y universal, especialmente en su poesía política y social. Neruda integró elementos del surrealismo y del realismo social, innovando en la forma de abordar la experiencia humana y la realidad latinoamericana. Su obra dialoga con la tradición poética española e hispanoamericana, pero la proyecta hacia una modernidad comprometida.

Contexto cultural e histórico

Vivió en una época convulsa, marcada por la Guerra Civil Española (que lo afectó profundamente, llevándolo a un compromiso político antifascista), la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría y la Guerra de Vietnam. Fue un activo militante del Partido Comunista de Chile. Estuvo estrechamente vinculado a círculos literarios e intelectuales de izquierda en América Latina y Europa. Fue amigo de poetas como Federico García Lorca y Miguel Ángel Asturias. Se le asocia al movimiento del Nuevo Surrealismo y, sobre todo, a la poesía social y de compromiso. Su compromiso político y social fue una constante en su vida y obra, lo que le valió tanto admiración como críticas y persecución política, incluido el exilio. La realidad latinoamericana, sus luchas sociales y su identidad fueron motores fundamentales de su escritura. Tuvo relaciones complejas con otros escritores y figuras políticas de su tiempo. Su recepción en vida fue masiva, siendo considerado un poeta popular y de Estado, mientras que el reconocimiento póstumo ha consolidado su lugar como un clásico universal, a veces con debates sobre la objetividad de su legado político frente al valor de su poesía.

Vida personal

Tuvo varios matrimonios y relaciones amorosas significativas, como con María Antonieta Hagenaar Vogelzang, Delia del Carril y Matilde Urrutia, quienes inspiraron parte de su poesía amorosa y marcaron su vida. Fue amigo cercano de Salvador Allende, a quien apoyó fervientemente. Tuvo amistades y rivalidades con otros escritores de su época. Sufrió persecución política y periodos de exilio, lo que influyó en su estado de ánimo y su escritura. Además de su carrera diplomática, vivió de su escritura y de los reconocimientos recibidos. Sus creencias políticas y su visión humanista fueron centrales en su vida y su obra. Su compromiso cívico fue innegable, abogando por la justicia social y la paz.

Reconocimiento y recepción

Es uno de los poetas chilenos y latinoamericanos más reconocidos a nivel mundial. Ganó el Premio Nacional de Literatura de Chile en 1945 y el Premio Nobel de Literatura en 1971. Su obra ha sido traducida a innumerables idiomas y es estudiada en universidades de todo el mundo. Fue un poeta de enorme popularidad en vida, capaz de llegar a un público muy amplio. La recepción crítica ha sido generalmente muy positiva, destacando su maestría lírica y su capacidad para conectar con las emociones humanas universales, aunque también ha habido análisis críticos que cuestionan aspectos de su compromiso político o la sobrevaloración de su figura.

Influencias y legado

Fue influenciado por el simbolismo, el modernismo hispanoamericano (especialmente Rubén Darío), la poesía surrealista y autores como Walt Whitman y los poetas rusos. Su legado es inmenso. Ha influido a generaciones de poetas en todo el mundo, tanto en el ámbito lírico como en el del compromiso social. Su obra forma parte del canon literario universal. Sus poemas han sido musicalizados por numerosos artistas y adaptados a diferentes formatos. Existe una vasta bibliografía de estudios académicos dedicados a su obra.

Interpretación y análisis crítico

Su obra permite múltiples lecturas: desde el amor romántico y desgarrado hasta la crítica social, la meditación sobre la historia y la condición humana. Sus poemas exploran temas filosóficos como la fugacidad del tiempo, la soledad existencial y la búsqueda de identidad. Ha habido debates sobre la coherencia de su discurso político y su vida privada, así como sobre la objetividad de su poesía social, pero su capacidad para evocar emociones y crear imágenes poderosas es raramente cuestionada.

Infancia y formación

Vivió en diversas casas emblemáticas, como La Chascona en Santiago, que hoy son museos. Era conocido por su gran generosidad y hospitalidad. Su relación con la política a veces eclipsaba la apreciación de su lirismo puro. Fue un gran coleccionista de objetos y antigüedades, que a menudo aparecían en su poesía. Usaba la escritura como un acto cotidiano y casi ritual. Escribía a mano, a menudo en papel de envolver o cualquier soporte disponible. Su afición por los barcos y el mar se refleja en muchos de sus poemas.

Muerte y memoria

Falleció en Santiago, pocos días después del golpe de Estado de 1973, en circunstancias que han sido objeto de debate y investigación, aunque las causas oficiales apuntan a un cáncer de próstata. Tras su muerte se publicaron *Confieso que he vivido* y *Memorial de Isla Negra*. Su memoria es objeto de homenaje constante en Chile y el mundo, consolidando su imagen como el "poeta del pueblo" y un titán de la literatura universal.

Poemas

370

Oda A La Manzana

A ti, manzana,
quiero
celebrarte
llenándome
con tu nombre
la boca,
comiéndote.

Siempre
eres nueva como nada
o nadie,
siempre
recién caída
del Paraíso:
plena
y pura
mejilla arrebolada
de la aurora!

Qué difíciles
son
comparados
contigo
los frutos de la tierra,
las celulares uvas,
los mangos
tenebrosos,
las huesudas
ciruelas, los higos
submarinos:
tú eres pomada pura,
pan fragante,
queso
de la vegetación.

Cuando mordemos
tu redonda inocencia
volvemos
por un instante
a ser
también recién creadas criaturas:
aún tenemos algo de manzana.

Yo quiero
una abundancia
total, la multiplicación
de tu familia,
quiero
una ciudad,
una república,
un río Mississippi
de manzanas,
y en sus orillas
quiero ver
a toda
la población
del mundo
unida, reunida,
en el acto más simple de la tierra:
mordiendo una manzana.
1.108

Oda A Un Millonario Muerto

Conocí a un millonario.
Era estanciero, rey
de llanuras grises
en donde se perdían
los caballos.

Paseábamos su casa,
sus jardines,
la piscina con una torre blanca
y aguas
como para bañar a una ciudad.
Se sacó los zapatos,
metió los pies
con cierta
severidad sombría
en la piscina verde.

No sé por qué
una a una
fue descartando
todas sus mujeres.
Ellas
bailaban en Europa
o atravesaban rápidas la nieve
en trineo, en Alaska.

S. me contó cómo
cuando niño
vendía diarios
y robaba panes.
Ahora sus periódicos
asaltaban las calles temblorosas,
golpeaban a la gente con noticias
y decían con énfasis
sólo sus opiniones.

Tenía bancos, naves,
pecados y tristezas.

A veces con papel,
pluma, memoria,
se hundía en su dinero,
contaba,
sumando, dividiendo,
multiplicando cosas,
hasta que se dormía.

Me parece
que el hombre nunca
pudo salir de su riqueza
--lo impregnaba,
le daba
aire, color abstracto--,
y él se veía
adentro
como un molusco ciego
rodeado
de un muro impenetrable.

A veces, en sus ojos,
vi un fuego
frío, lejos,
algo desesperado que moría.

Nunca supe si fuimos enemigos.

Murió una noche
cerca de Tucumán.
En la catástrofe
ardió su poderoso Rolls
como cerca del río
el catafalco
de una
religión oscura.

Yo sé
que todos
los muertos son iguales,
pero no sé, no sé,
pienso
que aquel
hombre, a su modo, con la muerte
dejó de ser un pobre prisionero.
853

Oda Al Maíz

América, de un grano
de maíz te elevaste
hasta llenar
de tierras espaciosas
el espumoso
océano.
Fue un grano de maíz tu geografía.
El grano
adelantó una lanza verde,
la lanza verde se cubrió de oro
y engalanó la altura
del Perú con su pámpano amarillo.

Pero, poeta, deja
la historia en su mortaja
y alaba con tu lira
al grano en sus graneros:
canta al simple maíz de las cocinas.

Primero suave barba
agitada en el huerto
sobre los tiernos dientes
de la joven mazorca.
Luego se abrió el estuche
y la fecundidad rompió sus velos
de pálido papiro
para que se desgrane
la risa del maíz sobre la tierra.

A la piedra
en tu viaje, regresabas.
No a la piedra terrible,
al sanguinario
triángulo de la muerte mexicana,
sino a la piedra de moler,
sagrada
piedra de nuestras cocinas.
Allí leche y materia,
poderosa y nutricia
pulpa de los pasteles
llegaste a ser movida
por milagrosas manos
de mujeres morenas.

Donde caigas, maíz,
en la olla ilustre
de las perdices o entre los fréjoles
campestres, iluminas
la comida y le acercas
el virginal sabor de tu substancia.

Morderte,
panocha de maíz, junto al océano
de cantara remota y vals profundo.
Hervirte
y que tu aroma
por las sierras azules
se despliegue.

Pero, dónde
no llega
tu tesoro?

En las tierras marinas
y calcáreas,
peladas, en las rocas
del litoral chileno,
a la mesa desnuda
del minero
a veces sólo llega
la claridad de tu mercadería.

Puebla tu luz, tu harina, tu esperanza
la soledad de América,
y el hambre
considera tus lanzas
legiones enemigas.

Entre tus hojas como
suave guiso
crecieron nuestros graves corazones
de niños provincianos
y comenzó la vida
a desgranarnos.
1.204

Oda Al Limón

De aquellos azahares
desatados
por la luz de la luna,
de aquel
olor de amor
exasperado,
hundido en la fragancia,
salió
del limonero el amarillo,
desde su planetario
bajaron a la tierra los limones.

Tierna mercadería!
Se llenaron las costas,
los mercados,
de luz, de oro
silvestre,
y abrimos
dos mitades
de milagro,
ácido congelado
que corría
desde los hemisferios
de una estrella,
y el licor más profundo
de la naturaleza,
intransferible, vivo,
irreductible,
nació de la frescura
del limón,
de su casa fragante,
de su ácida, secreta simetría.
En el limón cortaron
los cuchillos
una pequeña
catedral,
el ábside escondido
abrió a la luz los ácidos vitrales
y en gotas
resbalaron los topacios,
los altares,
la fresca arquitectura.

Así, cuando tu mano
empuña el hemisferio
del cortado
limón sobre tu plato,
un universo de oro
derramaste,
una
copa amarilla
con milagros,
uno de los pezones olorosos
del pecho de la tierra,
el rayo de la luz que se hizo fruta,
el fuego diminuto de un planeta.
925

Oda A Un Gran Atún En El Mercado

En el mercado verde,
bala
del profundo
océano,
proyectil
natatorio,
te vi,
muerto.

Todo a tu alrededor
eran lechugas,
espuma
de la tierra,
zanahorias,
racimos,
pero
de la verdad
marina,
de lo desconocido,
de la
insondable
sombra,
agua
profunda,
abismo,
sólo tú sobrevivías
alquitranado, barnizado,
testigo
de la profunda noche.

Sólo tú, bala oscura
del abismo,
certera,
destruida
sólo en un punto,
siempre
renaciendo,
anclando en la corriente
sus aladas aletas,
circulando
en la velocidad,
en el transcurso
de
la
sombra
marina
como enlutada flecha,
dardo del mar,
intrépida aceituna.

Muerto te vi,
difunto rey
de mi propio océano,
ímpetu
verde, abeto
submarino,
nuez
de los maremotos,
allí,
despojo muerto,
en el mercado
era
sin embargo
tu forma
lo único dirigido
entre
la confusa derrota
de la naturaleza:
entre la verdura frágil
estabas
solo como una nave,
armado
entre legumbres,
con ala y proa negras y aceitadas,
como si aún tú fueras
la embarcación del viento,
la única
y pura
máquina
marina:
intacta navegando
las aguas de la muerte.
727

Oda A Don Jorge Manrique

Adelante, le dije,
y entró el buen caballero
de la muerte.

Era de plata verde
su armadura
y sus ojos
eran
como el agua marina.
Sus manos y su rostro
eran de trigo.

Habla, le dije, caballero
Jorge,
no puedo
oponer sino el aire
a tus estrofas.
De hierro y sombra fueron,
de diamantes
oscuros
y cortadas
quedaron
en el frío
de las torres
de España,
en la piedra, en el agua,
en el idioma.
Entonces, él me dijo:
«Es la hora
de la vida.
Ay
si pudiera
morder una manzana,
tocar la polvorosa
suavidad de la harina.
Ay si de nuevo
el canto…
No a la muerte
daría
mi palabra…
Creo
que el tiempo oscuro
nos cegó
el corazón
y sus raíces
bajaron y bajaron
a las tumbas,
comieron
con la muerte.
Sentencia y oración fueron las rosas
de aquellas enterradas
primaveras
y, solitario trovador,
anduve
callado en las moradas
transitorias:
todos los pasos iban
a una solemne
eternidad
vacía.
Ahora
me parece
que no está solo el hombre.
En sus manos
ha elaborado
como si fuera un duro
pan, la esperanza,
la terrestre
esperanza».

Miré y el caballero
de piedra
era de aire.

Ya no estaba en la silla.

Por la abierta ventana
se extendían las tierras,
los países,
la lucha, el trigo,
el viento.

Gracias, dije, don Jorge, caballero.

Y volví a mi deber de pueblo y canto.
745

Oda A La Araucaria Araucana

Alta sobre la tierra
te pusieron,
dura, hermosa araucaria
de los australes
montes,
torre de Chile, punta
del territorio verde,
pabellón del invierno,
nave
de la fragancia.

Ahora, sin embargo,
no por bella
te canto,
sino por el racimo de tu especie,
por tu fruta cerrada,
por tu piñón abierto.

Antaño,
antaño fue
cuando
sobre los indios
se abrió
como una rosa de madera
el colosal puñado
de tu puño,
y dejó
sobre
la mojada tierra
los piñones:
harina, pan silvestre
del indomable
Arauco.

Ved la guerra:
armados
los guerreros
de Castilla
y sus caballos
de galvánicas
crines
y frente
a ellos
el grito
de los
desnudos
héroes,
voz del fuego, cuchillo
de dura piedra parda,
lanzas enloquecidas
en el bosque,
tambor,
tambor
sagrado,
y adentro
de la selva
el silencio,
la muerte
replegándose,
la guerra.

Entonces, en el último
bastión verde,
dispersas
por la fuga,
las lanzas
de la selva
se reunieron
bajo las araucarias
espinosas.

La cruz,
la espada,
el hambre
iban diezmando
la familia salvaje.
Terror,
terror de un golpe
de herraduras,
latido de una hoja,
viento,
dolor
y lluvia.
De pronto
se estremeció allá arriba
la araucaria
araucana,
sus ilustres
raíces,
las espinas
hirsutas
del poderoso
pabellón
tuvieron
un movimiento
negro
de batalla:
rugió como una ola
de leones
todo el follaje
de la selva
dura
y entonces
cayó
una marejada
de piñones:
los anchos
estuches
se rompieron
contra la tierra, contra
la piedra defendida
y desgranaron
su fruta, el pan postrero
de la patria.

Así la Araucanía
recompuso
sus lanzas de agua y oro,
zozobraron los bosques
bajo el silbido
del valor
resurrecto
y avanzaron
las cinturas
violentas como rachas,
las
plumas
incendiarias del Cacique:
piedra quemada
y flecha voladora
atajaron
al invasor de hierro
en el camino.

Araucaria,
follaje
de bronce con espinas,
gracias
te dio
la ensangrentada estirpe,
gracias
te dio
la tierra defendida,
gracias,
pan de valientes,
alimento
escondido
en la mojada aurora
de la patria:
corona verde,
pura
madre de los espacios,
lámpara
del frío
territorio,
hoy
dame
tu
luz sombría,
la imponente
seguridad
enarbolada
sobre tus raíces
y abandona en mi canto
la herencia
y el silbido
del viento que te toca,
del antiguo
y huracanado viento
de mi patria.

Deja caer
en mi alma
tus granadas
para que las legiones
se alimenten
de tu especie en mi canto.
Árbol nutricio, entrégame
la terrenal argolla que te amarra
a la entraña lluviosa
de la tierra,
entrégame
tu resistencia, el rostro
y las raíces
firmes
contra la envidia,
la invasión, la codicia,
el desacato.
Tus armas deja y vela
sobre mi corazón,
sobre los míos,
sobre los hombros
de los valerosos,
porque a la misma luz de hojas y aurora,
arenas y follajes,
yo voy con las banderas
al llamado
profundo de mi pueblo!
Araucaria araucana,
aquí me tienes!
660

Oda Al Vino

Vino color de día,
vino color de noche,
vino con pies de púrpura
o sangre de topacio,
vino,
estrellado hijo
de la tierra,
vino, liso
como una espada de oro,
suave
como un desordenado terciopelo,
vino encaracolado
y suspendido,
amoroso,
marino,
nunca has cabido en una copa,
en un canto, en un hombre,
coral, gregario eres,
y cuando menos, mutuo.
A veces
te nutres de recuerdos
mortales,
en tu ola
vamos de tumba en tumba,
picapedrero de sepulcro helado,
y lloramos
lágrimas transitorias,
pero
tu hermoso
traje de primavera
es diferente,
el corazón sube a las ramas,
el viento mueve el día,
nada queda
dentro de tu alma inmóvil.
El vino
mueve la primavera,
crece como una planta la alegría,
caen muros,
peñascos,
se cierran los abismos,
nace el canto.
Oh tú, jarra de vino, en el desierto
con la sabrosa que amo,
dijo el viejo poeta.
Que el cántaro de vino
al beso del amor sume su beso.

Amor mío, de pronto
tu cadera
es la curva colmada
de la copa,
tu pecho es el racimo,
la luz del alcohol tu cabellera,
las uvas tus pezones,
tu ombligo sello puro
estampado en tu vientre de vasija,
y tu amor la cascada
de vino inextinguible,
la claridad que cae en mis sentidos,
el esplendor terrestre de la vida.

Pero no sólo amor,
beso quemante
o corazón quemado
eres, vino de vida,
sino
amistad de los seres, transparencia,
coro de disciplina,
abundancia de flores.
Amo sobre una mesa,
cuando se habla,
la luz de una botella
de inteligente vino.
Que lo beban,
que recuerden en cada
gota de oro
o copa de topacio
o cuchara de púrpura
que trabajó el otoño
hasta llenar de vino las vasijas
y aprenda el hombre oscuro,
en el ceremonial de su negocio,
a recordar la tierra y sus deberes,
a propagar el cántico del fruto.
1.051

Oda A César Vallejo

A la piedra en tu rostro,
Vallejo,
a las arrugas
de las áridas sierras
yo recuerdo en mi canto,
tu frente
gigantesca
sobre tu cuerpo frágil,
el crepúsculo negro
en tus ojos
recién desencerrados,
días aquéllos,
bruscos,
desiguales,
cada hora tenía
ácidos diferentes
o ternuras
remotas,
las llaves
de la vida
temblaban
en la luz polvorienta
de la calle,
tú volvías
de un viaje
lento, bajo la tierra,
y en la altura
de las cicatrizadas cordilleras
yo golpeaba la puertas,
que se abrieran
los muros,
que se desenrollaran
los caminos,
recién llegado de Valparaíso
me embarcaba en Marsella,
la tierra
se cortaba
como un limón fragante
en frescos hemisferios amarillos,
te quedabas

allí, sujeto
a nada,
con tu vida
y tu muerte,
con tu arena
cayendo,
midiéndote
y vaciándote,
en el aire,
en el humo,
en las callejas rotas
del invierno.

Era en París, vivías
en los descalabrados
hoteles de los pobres.
España
se desangraba.
Acudíamos.
Y luego
te quedaste
otra vez en el humo
y así cuando
ya no fuiste, de pronto,
no fue la tierra
de las cicatrices,
no fue
la piedra andina
la que tuvo tus huesos,
sino el humo,
la escarcha
de París en invierno.

Dos veces desterrado,
hermano mío,
de la tierra y el aire,
de la vida y la muerte,
desterrado
del Perú, de tus ríos,
ausente
de tu arcilla.
No me faltaste en vida,
sino en muerte.
Te busco
gota a gota,
polvo a polvo,
en tu tierra,
amarillo
es tu rostro,
escarpado
es tu rostro,
estás lleno
de viejas pedrerías,
de vasijas
quebradas,
subo
las antiguas
escalinatas,
tal vez
estés perdido,
enredado
entre los hilos de oro,
cubierto
de turquesas,
silencioso,
o tal vez
en tu pueblo,
en tu raza,
grano
de maíz extendido,
semilla
de bandera.
Tal vez, tal vez ahora
transmigres
y regreses,
vienes
al fin
de viaje,
de manera
que un día
te verás en el centro
de tu patria,
insurrecto,
viviente,
cristal de tu cristal, fuego en tu fuego,
rayo de piedra púrpura.
682

Oda A La Tristeza

Tristeza, escarabajo
de siete patas rotas,
huevo de telaraña,
rata descalabrada,
esqueleto de perra:
Aquí no entras.
No pasas.
Ándate.
Vuelve
al Sur con tu paraguas,
vuelve
al Norte con tus dientes de culebra.
Aquí vive un poeta.
La tristeza no puede
entrar por estas puertas.
Por las ventanas
entra el aire del mundo,
las rojas rosas nuevas,
las banderas bordadas
del pueblo y sus victorias.
No puedes,
Aquí no entras.
Sacude
tus alas de murciélago,
yo pisaré las plumas
que caen de tu manto,
yo barreré los trozos
de tu cadáver hacia
las cuatro puntas del viento,
yo te torceré el cuello,
te coseré los ojos,
cortaré tu mortaja
y enterraré tus huesos roedores
bajo la primavera de un manzano.
969

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