Lista de Poemas

Oda Xviii De Mis Cantares

Dícenme las zagalas
«¿Cómo, siendo tan niño
tanto, Batilo, cantas
de amores y de vino?»

Yo voy a responderles,
mas luego de improviso
me vienen nuevos versos
de Baco y de Cupido;

Porque las dos deidades,
sin poder resistirlo,
el pecho, todo, todo,
me tienen poseído.
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Oda Xvi A Un Pintor

En esta breve tabla,
discípulo de Apeles,
cual yo te la pintare,
retrátame mi ausente.


Retratada cual sale
al punto que amanece
tras unos corderillos

al valle a entretenerse.

Suelto el trenzado de oro,
y al céfiro, que leve
volando licencioso
le ondea y le revuelve.

Encima una guirnalda,
que sus tranquilas sienes
de púrpura matice
con rosas y claveles.


De do con aire hermoso
de majestad alegre
la tersa frente asome,
cual reluciente plata
salga la blanca frente.

Y para que le pongas
la gracia que ella tiene

la cándida azucena
darate olor y nieve.

Luego en las negras cejas
tu habilidad ordene
la majestad del arco
que nace cuando llueve:

Y al traidor Cupidillo
podrás también ponerme,
que en medio esté asentado
y el arco a todos fleche.

Los ojos de paloma
que a su pichón se vuelve
rendida ya de amores,
y un beso le promete;


Las niñas haz de llama

que bullan y se alegren,
y a Amor que como un niño
jugando en torno vuele.

Después para que apague
los fuegos que el enciende,
la nariz proporciona
tornátil y de nieve.

Y luego entre los labios
deshoja mil claveles,
que nunca puedes darle
la púrpura que tienen.

Su boca... pero aguarda,
primero van los dientes
de aljófares menudos,
que unidos no discrepen:

Y dentro has de pintarme
cuando la lengua mueve
como un panal que afuera
destile hibleas mieles.

Las Gracias como abejas,
que con susurro leve
volando en el verano
en torno van y vienen.

Y al lado de las mejillas
dos rosas, como suelen
quedar
cuando sus perlas
el alba en ellas llueve.

Cargando todo aquesto
con proporción decente
sobre el nevado cuello,
que mil corales cerquen.

Los hombros de él se aparten,
y en el hoyuelo empiece
el relevado pecho
tan albo que embelese.


Con dos bullentes pomas,
cual deliciosas fuentes

del néctar regalado
de la mansión celeste.

La airosa vestidura
de púrpura esplendente,
las puntas arrastrando
que el campo reflorecen.

Encima un bien rizado
pellico, y que le cuelgues
mil
trenzas de oro y seda
que su opulencia ostenten.

Pero ¡ay! déjalo, amigo,
que tú pintar no puedes
tan celestial sujeto,
por mucho que te esmeres.


Y yo a sus brazos corro,
donde el Amor me ofrece
el premio de mis ansias,
y el colmo de sus bienes.
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Oda Xv De Mis Niñeces

Siendo yo niño tierno,
con la niña Dorila
me andaba por la selva
cogiendo florecillas,

de que alegres guirnaldas,
con gracia peregrina
para ambos coronarnos,
su mano disponía.

Así en niñeces tales
de juegos y delicias
pasábamos felices
las horas y los días.

Con ellos poco a poco
la edad corrió de prisa,
y fue de la inocencia
saltando la malicia.


De suerte que al mirarme

Dorila se reía,
y a mí de sólo hablarla
también me daba risa.


Si yo le daba
flores
el pecho me latía,
y al ella coronarme
quedábase embebida.


Con esto ya una tarde
después de mil sencillas
promesas de mi pecho

se halagaban amigas,

y de gozo y deleite,
cola y alas caídas,
centellantes sus ojos,
desmayadas gemían.

Alentonos su ejemplo,
y entre honestas caricias
nos contamos turbados

le dije las fatigas:

Oyolas bien y al punto
voló de nuestra vista
la niñez, y por ella
nos dio el Amor sus dichas.
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Oda Xii De Una Rosa

La rosa de Citeres,
primicia del verano,
delicia de los dioses
y adorno de los campos,


objeto del deseo
de las bellas, del llanto
del Alba feliz hija,
del dulce Amor cuidado,

¡oh! ¡cuán atrás se queda
si necio la comparo
en púrpura y olores,
Dorila, con tus labios!


ora el virginal seno
al soplo regalado
de aura vital desplegue
del sol al primer rayo,

o inunde en grato aroma
tu seno relevado,
más feliz si tú inclinas
la nariz por gozarlo.
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Oda X De Las Riquezas

Ya de mis verdes años
como un alegre sueño
volaron diez y nueve
sin saber dónde fueron.

Yo los llamo afligido,
mas pararlos no puedo,
que cada vez más huyen
por mucho que les ruego;

y todos los tesoros
que guarda en sus mineros
la tierra, hacer no pueden
que cesen un momento.

Pues lejos, ea, el oro;
¿para qué el afán necio
de enriquecerse a costa
de la salud y el sueño?

Si más gozosa vida
me diera a mí el dinero,
o con él las virtudes
encerrara en mi pecho,

buscáralo, ¡ay!, entonces
con hidrópico anhelo;
pero si esto no puede,
para nada lo quiero.
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Oda X De Las Riquezas

Ya me [he] mis dulces años
como un alegre sueño
veintitrés han volado
sin saber dónde fueron.

Yo los llamo afligido,
mas pararlos no puedo,
que cada vez más huyen
por mucho que les ruego;

y todos los tesoros
que guarda en sus mineros
la tierra, hacer no pueden
que vuelvan un momento.

Pues lejos, ea, el oro;
¿para qué el afán necio
de enriquecer a costa
de la salud y el sueño?

Si más alegre vida
me diera a mí el dinero,
o con él las virtudes
metiera yo en mi pecho;

buscáralo ¡ay! entonces
con hidrópico anhelo;
pero si esto no puede,
para nada lo quiero.
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Oda Vii El Gabinete

¡Qué ardor hierve en mis venas!
¡Qué embriaguez! ¡Qué delicia!
¡Y en qué fragante aroma
se inunda el alma mía!

Éste es de Amor un templo:
doquier torno la vista
mil gratas muestras hallo
del numen que lo habita.

Aquí el luciente espejo
y el tocador, do unidas
con el placer las Gracias
se esmeran en servirla,

y do esmaltada de oro
la porcelana rica
del lujo preparados
perfumes mil le brinda,

coronando su adorno
dos fieles tortolitas,
que entreabiertos los picos
se besan y acarician.

Allí plumas y flores,
el prendido y la cinta
que del cabello y frente
vistosa en torno gira,

y el velo que los rayos
con que sus ojos brillan,
doblándoles la gracia,
emboza y debilita.

Del cuello allí las perlas,
y allá el corsé se mira
y en él de su albo seno
la huella peregrina.

¡Besadla, amantes labios...!
¡besadla...! Mas tendida
la gasa que lo cubre
mis ojos allí fija.

¡Oh, gasa...! ¡qué de veces...!
El piano...Ven, querida,
ven, llega, corre, vuela,
y mi impaciencia alivia.

¡Oh! ¡cuánto en la tardanza
padezco! ¡Cuál palpita
mi seno! ¡En qué zozobras
mi espíritu vacila!

En todo, en todo te halla
mi ardor... Tu voz divina
oigo feliz... Mi boca
tu suave aliento aspira;

y el aura que te halaga
con ala fugitiva,
de tus encantos llena,
me abraza y regocija.

Mas... ¿si serán sus pasos...?
Sí, sí; la melodía
ya de su labio oyendo,
todo mi ser se agita.

Sigue en tus cantos, sigue;
vuelve a sonar de Armida
los amenazantes gritos,
las mágicas caricias.

Trine armonioso el piano;
y a mi rogar benigna,
cual ella por su amante,
tú así por mí delira.

Clama, amenaza, gime;
y en quiebros y ansias rica,
haz que ardan nuestros pechos
en sus pasiones mismas,

que tú cual ella anheles
ciega de amor y de ira
y yo rendido y dócil
tu altiva planta siga.

Y tú sostenme, ¡oh Venus!
sostenme, que la vida
entre éxtasis tan gratos
débil sin ti peligra.
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Oda V De La Primavera

La blanda primavera
derramando aparece
sus tesoros y galas
por prados y vergeles.

Despejado ya el cielo
de nubes inclementes,
con luz cándida y pura
ríe a la tierra alegre.

El alba de azucenas
y de rosa las sienes
se presenta ceñidas,
sin que el cierzo las hiele.

De esplendores más rico
descuella por oriente
en triunfo el sol y a darle
la vida al mundo vuelve.

Medrosos de sus rayos
los vientos enmudecen,
y el vago cefirillo
bullendo les sucede,

el céfiro, de aromas
empapado, que mueven
en la nariz y el seno
mil llamas y deleites.

Con su aliento en la sierra
derretidas las nieves,
en sonoros arroyos
salpicando descienden.

De hoja el árbol se viste,
las laderas de verde,
y en las vegas de flores
ves un rico tapete.

Revolantes las aves
por el aura enloquecen,
regalando el oído
con sus dulces motetes;

y en los tiros sabrosos
con que el Ciego las hiere
suspirando delicias,
por el bosque se pierden,

mientras que en la pradera
dóciles a sus leyes
pastores y zagalas
festivas danzas tejen

y los tiernos cantares
y requiebros ardientes
y miradas y juegos
más y más los encienden.

Y nosotros, amigos,
cuando todos los seres
de tan rígido invierno
desquitarse parecen,

¿en silencio y en ocio
dejaremos perderse
estos días que el tiempo
liberal nos concede?

Una vez que en sus alas
el fugaz se los lleve,
¿podrá nadie arrancarlos
de la nada en que mueren?

Un instante, una sombra
que al mirar desparece,
nuestra mísera vida
para el júbilo tiene.

Ea, pues, a las copas,
y en un grato banquete
celebremos la vuelta
del abril floreciente.
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Oda Iv El Consejo Del Amor

Pensativo y lloroso,
contemplando cuán tibia
Dorila mi amor oye
por hermosa y por niña,

al margen de una fuente
me asenté cristalina,
que un rosal adornaba
con su pompa florida.

El voluble murmullo
de sus plácidas linfas
de mis penas agudas
amainaba las iras;

y en sus ondas rientes
encantada la vista,
invisibles cual ellas mis
cuidados se huían,

cuando en torno una rosa
que besar solicita
volar vi a un cefirillo
con ala fugitiva,

y entre blandos susurros
en voz dulce y sumisa
entendí que a la bella
cariñoso decía:

«¿Dó, insensible, te vueltes?
¿Por qué, injusta, te privas
en mis juegos vivaces
de mil tiernas caricias?

Mírame que rendido
cuando humillar podría
con soplo despeñado
tu presunción esquiva,

que te tornes te ruego,
y a mis labios permitas
que los ámbares gocen
que en tus hojas abrigas.

No temas, no, que ofendan
con culpable osadía
su rosicler hermoso,
aunque blanda te rindas.

Aun más fino que ardiente,
a nada más aspiran
que a un inocente beso
las esperanzas mías.

Por ti dejé en el valle,
por ti, beldad altiva,
con vuelo desdeñoso,
mil lindas florecitas .

Tú sola me embebeces,
tú sola», repetía
el céfiro, y más suelto
en torno de ella gira,

cuando súbito noto
que la rosa rendida
le presenta su seno,
y él cien besos le liba,

con los cuales mimosa
de aquí y de allá se agita,
otros y otros buscando
que muy más la mecían.

Y en aquel mismo punto
escuché que benigna
nueva voz me alentaba,
nuncio fiel de mis dichas:

«No de tímido ceses;
insta, anhela, suplica,
cefirillo incesante
de tu rosa Dorila;

y en sus dulces canciones
delicada tu lira
su tibieza y sus miedos
cual la nieve derritan.

Verás cómo a tus ansias
cede al fin y propicia
las finezas atiende,
por ti ciega suspira,

apurando en mi copa
las inmensas delicias
que a mis más fieles guardo,
que mi afecto le brinda».

Del Amor fue el consejo;
y así luego entre risas
vi a la esquiva en mis brazos
como mil rosas fina.
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Oda Iii Los Besos De Amor

Cuando mi blanda Nise
lasciva me rodea
con sus nevados brazos
y mil veces me besa,

cuando a mi ardiente boca
su dulce labio aprieta,
tan del placer rendida
que casi a hablar no acierta,

y yo por alentarla
corro con mano inquieta
de su nevado vientre
las partes más secretas,

y ella entre dulces ayes
se mueve más y alterna
ternuras y suspiros
con balbuciente lengua,

ora hijito me llama,
ya que cese me ruega,
ya al besarme me muerde,
y moviéndose anhela,

entonces, ¡ay!, si alguno
contó del mar la arena,
cuente, cuente, las glorias
en que el amor me anega.
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