Lista de Poemas

Romance La Tarde

Ya el Héspero delicioso
entre nubes agradables,
cual precursor de la noche,
por el Occidente sale,

do con su fúlgido brillo
deshaciendo mil celajes,
a los ojos se presenta
cual un hermoso diamante.

Las sombras que le acompañan
se apoderan de los valles,
y sobre la mustia hierba
su fresco rocío esparcen.

Su corona alzan las flores;
y de un aroma süave,
despidiéndose del día,
embalsaman todo el aire.

El sol afanado vuela,
y sus rayos celestiales
contemplar tibios permiten,
al morir, su augusta imagen,

símil a un globo de fuego
que en vivas centellas arde,
y en la bóveda parece
del firmamento enclavarse.

Él de su altísima cumbre
veloz se despeña, y cae
del Océano en las aguas,
que a recibirlo se abren.

¡Oh! ¡qué visos! ¡qué colores!,
¡qué ráfagas tan brillantes
mis ojos embebecidos
registran de todas partes!

Mis sutiles nubecillas
cercan su trono, y mudables,
el cárdeno cielo pintan
con sus graciosos cambiantes.

Los reverberan las aguas,
y parece que retrae
indeciso el sol los pasos,
y en mirarlos se complace.

Luego vuelve, huye y se esconde,
y deja en poder la tarde
del Héspero, que en los cielos
alza su pardo estandarte,

como un cendal delicado,
que en su ámbito inmensurable,
en un momento extendido,
súbito al suelo se abate,

a que en tan rápida fuga
su vislumbre centellante,
envuelto en débiles nieblas,
ya sin pábulo desmaye.

Del nido al caliente abrigo
vuelan al punto las aves,
cuál al seno de una peña,
cuál a lo hojoso de un sauce;

y a sus guaridas los rudos
selváticos animales,
temblando al sentir la noche,
se precipitan cobardes.

Suelta el arador sus bueyes,
y entre sencillos afanes,
para el redil los ganados
volviendo van los zagales;

suena un confuso balido,
gimiendo que los separen
del dulce pasto, y las crías
corren, llamando a sus madres.

Lejos las chozas humean,
y los montes más distantes
con las sombras se confunden,
que sus altas cimas hacen.

De ellas a la excelsa esfera
grupándose desiguales
estas sombras en un velo
a la vista impenetrable,

el universo parece
que, de su acción incesante
cansado, el reposo anhela,
y al sueño va a abandonarse.

Todo es paz, silencio todo,
todo en estas soledades
me conmueve, y hace dulce
la memoria de mis males.

El verde oscuro del prado,
la niebla que undosa a alzarse
empieza del hondo río,
los árboles de su margen,

su deleitosa frescura,
los vientecillos que baten
entre las flores las alas,
y sus esencias me traen,

me enajenan y me olvidan
de las odiosas ciudades
y de sus tristes jardines,
hijos míseros del arte.

Liberal naturaleza,
porque mi pecho se sacie,
me brinda con mil placeres
en su copa inagotable.

Yo me abandono a su impulso;
dudosos los pies no saben
dó se vuelven, dó caminan,
dó se apresuran, dó paren.

Cruzo la tendida vega
con inquietud anhelante
por si en la fatiga logro
que mi espíritu se calme;

mis pasos se precipitan;
mas nada en mi alivio vale,
que aun gigantescas las sombras
me siguen para aterrarle.

Trepo, huyéndolas, la cima,
y al ver sus riscos salvajes,
«¡Ay!», exclamo, «¡quién, cual
ellos,
insensible se tornase!»

Bajo del collado al río,
y entre sus lóbregas calles
de altos árboles, el pecho
más pavoroso me late.

Miro las tajadas rocas,
que amenazan desplomarse
sobre mí, tornar oscuros
sus cristalinos raudales.

Llénanme de horror sus sombras,
y el ronco fragoso embate
de las aguas, más profundo
hace este horror, y más grave.

Así, azorado y medroso,
al cielo empiezo a quejarme
de mis amargas desdichas
y a lanzar dolientes ayes,

mientras de la luz dudosa
expira el último instante,
y el manto la noche tiende
que el crepúsculo deshace.
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Romance Los Segadores

«Segadores, a las mieses,
que ya la rubia mañana
abre sus rosadas puertas
al sol que de oriente se alza.

»Un vientecillo agradable
sigue su brillante marcha
meciendo en volubles ondas
del pan las débiles cañas.

»¡Ved cómo se pierde entre ellas!,
¡ved cuán susurrante vaga,
ora carga y las inclina,
ora raudo las levanta!

»Los desfallecidos pechos
su vital soplo repara,
y al trabajo interrumpido
con nuevo vigor nos llama,

»a par que las avecillas,
no bien despiertas el alba
saludan con mil gorjeos,
trinándole la alborada,

»y huyen las lóbregas sombras
y el horizonte se inflama,
y el luminar de los cielos
en su inmenso ardor nos baña.

»A las hoces pues, amigos,
que el tiempo fugaz se pasa;
y miles de espigas de oro
nos provocan sazonadas.

»De ellas la frente ceñida
nos sonríe la abundancia,
para henchir nuestros graneros
y colmar nuestra esperanza.

»Vedlas en qué remolinos
de aquí y de allá se esparraman,
moviéndose turbulentas
como la mar por las playas,

»mientras las áridas hojas
con su sonido retratan
el que forma la mar misma
si se aduerme en suave calma,

»y en su plácido murmullo
haciendo en pos una pausa,
tornan rápidas a alzarse
y a ondear muy más livianas.

»No, pues, tan rico tesoro
la pereza desmayada
o la ingratitud lo pierdan:
seguid alegres mis plantas.

»Seguidlas; de un pobre anciano
ved cómo las manos flacas
os dan del trabajo ejemplo
y a las vuestras se adelantan.

»Cuando fui mozo, ninguno
logró sacarme ventaja,
ni en el afán de una siega,
ni con el bieldo en la parva;

»mas hoy los años me encorvan,
y así las fuerzas desmayan
cual la pajilla voluble,
que el viento a su antojo arrastra.

»Sus pues; empezad festivos
de la siega la tonada
que vago nos vuelva el eco
desde la opuesta montaña;

»o en acento más sublime
y con voces alternadas
de la honrosa agricultura
resonad las alabanzas,

»santificada en Isidro,
gloriosa en el godo Wamba,
y allá en Edén por Dios mismo
al hombre aún sin culpa dada.

»El vicio es callado y triste;
la inocencia ríe y canta,
y el trabajo es pasatiempo
cuando el placer lo acompaña.

»¡Oh! ¡cómo aquél nos alegra
si la bendición alcanza
del cielo, que sus larguezas
ora por doquier derrama!,

»¡Cómo el corazón se goza
recordando las escarchas
y aguaceros con que enero
el ancho suelo inundaba!

»Aquellos hielos y lluvias
son las selvas erizadas
que hoy veis de doradas mieses,
y un Dios bueno nos regala.

ȃste es el orden que puso
con su omnipotencia sabia
al tiempo, que raudo vuela
con igualdad siempre varia.

»Así el sustento atesora
de esa infinidad que vaga
de vivientes por la tierra,
o tiende al viento las alas.

»Todos a su providencia
cual menesterosos claman,
y en sus manos paternales
piedad y alimento hallan.

»Hállelo el pobre en las vuestras:
si de ellas tal vez se escapa
quebrada la rica espiga,
guardaros bien de apañarla.

»Con negligencia oficiosa
dejadla, amigos, dejadla
a arbitrio de la indigencia,
que sigue vuestras pisadas.

»En ella su pan del día
de vuestra bondad aguarda
la inocencia desvalida
o la ancianidad cansada.

»Este pan es una deuda:
así la tierra nos paga
cuanto un día le fiamos
con usuras duplicadas.

»Así nos dan liberales
grato refrigerio el agua,
el aire vital aliento,
el sol su creadora llama.

»No, pues, cuando más profusa
de sus dones hace gala
y a sus hijos su ancha mesa
Naturaleza prepara;

»cuando la veis, que riente
de gavillas circundada
y de riquísimas frutas
en común a todos llama,

»o por árida codicia
o por vil desconfianza,
en nos solos vinculemos
los tesoros de sus gracias.

»De ellos vive el ave, y parte
la hormiga en sus trojes guarda;
téngala también el pobre
que humilde nos la demanda,

»y lleve con su hacecillo,
cual si un tesoro llevara,
el consuelo y la alegría
a su mísera morada,

»donde postrados acaso
sobre otras míseras pajas,
ya sus pequeñuelos hijos
de hambre transidos le aguardan.

»Así al buen Dios imitamos
que nos da con mano franca;
agradarle abrir las nuestras,
y enojarle es el cerrarlas.

»Abridlas, pues; y sus dones
entre todos se repartan,
que él los da a todos, y a todos
su inefable amor abraza».

Esto Plácido decía
a la puerta de su granja
en medio sus segadores,
que como a padre le acatan;

Plácido, en cuyo semblante
la inocencia de su alma
y el respeto impresos brillan
en sus venerables canas.

Alzando las corvas hoces
con bulliciosa algazara
todos al anciano siguen,
y él alegre les gritaba:

«Segadores, a las mieses,
que ya la rubia mañana
abre sus rosadas puertas
al sol que de oriente se alza».
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Letrilla El Lunarcito

La noche y el día,
¿qué tienen de igual?


¿De dónde, donosa,
el lindo lunar
que sobre tu seno
se vino a posar?

¿Cómo, di, la nieve
lleva mancha tal?
La noche y el día,
¿qué tienen de igual?


¿Qué tienen las sombras
con la claridad,
ni un oscuro punto
con la alba canal

que un val de azucenas
hiende por mitad?
La noche y el día,
¿qué tienen de igual?


Premiando sus hojas,
el ciego rapaz
por juego un granate
fue entre ellas a echar;

mirolo y riose,
y dijo vivaz:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»


En él sus saetas
se puso a probar,
mas nunca lo hallara
su punta fatal.

Y diz que picado,
se le oyó gritar:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»


Entonces su madre
la parda señal
por término puso
de gracia y beldad,

do clama el deseo
al verse estrellar:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»


Estréllase, y mira,
y torna a mirar,
mientra el pensamiento
mil vueltas le da,

iluso, perdido,
ansiando encontrar,
la noche y el día
¿qué tienen de igual?


Cuando tú lo cubres
de un albo cendal,
por sus leves hilos
se pugna escapar.

¡Señuelo del gusto!
¡dulcísimo imán!
La noche y el día,
¿qué tienen de igual?


Turgente tu seno
se ve palpitar,
y a su blando impulso
él viene y él va;

diciéndome mudo
con cada compás:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»


Semeja una rosa
que en medio el cristal
de un limpio arroyuelo
meciéndose está,

clamando yo al verle
subir y bajar:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»


¡Mi bien!, si alcanzases
la llaga mortal
que tu lunarcito
me pudo causar,

no así preguntaras,
burlando mi mal:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
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Letrilla La Flor Del Zurguén


Venid, avecillas,
venid a tomar
de mi zagaleja
lección de cantar.


Venid; de sus labios,
do la suavidad
suspira entre rosas
y miel y azahar,

la alegre alborada
canoras llevad,
para cuando el día
comience a rayar.

Venid, avecillas,
venid a tomar
de mi zagaleja
lección de cantar.


Con vuestros piquitos
dulces remedad
sus juegos alegres,
su tono y compás,

las fugas y vueltas
con que enajenar
de amor logra a cuantos
oyéndola están.

Venid, avecillas,
venid a tomar
de mi zagaleja
lección de cantar.


Seguid su elevado
y ardiente trinar,
o el desfallecido
blando suspirar,

que el alma penetra
de dulzura tal,
que en pos de sus ayes
se quiere exhalar.

Venid, avecillas,
venid a tomar
de mi zagaleja
lección de cantar.


Yo, que lo he sentido,
no alcanzo a explicar
cuál mueve y encanta
su voz celestial.

Venidlo, vosotras,
venidlo a probar,
por más que su gracia
tengáis que envidiar.

Venid, avecillas,
venid a tomar
de mi zagaleja
lección de cantar.


Venid, parlerillas;
no dejéis pasar
la ocasión dichosa,
pues cantando está.

Venid revolando;
que no ha de cesar
su voz regalada
con vuestro llegar.

Venid, avecillas,
venid a tomar
de mi zagaleja
lección de cantar.
👁️ 1.057

Letrilla La Flor Del Zurguén

Parad, airecillos,
y el ala encoged,
que en plácido sueño
reposa mi bien.

Parad y de rosas
tejedme un dosel,
do del sol se guarde
la flor del Zurguén.

Parad, airecillos,
parad, y veréis
a aquella que ciego
de amor os canté,

a aquella que aflige
mi pecho crüel,
la gloria del Tormes,
la flor del Zurguén.

Sus ojos luceros,
su boca un clavel,
rosa las mejillas;
y atónitos ved

do artero Amor sabe
mil armas prender,
si al viento las tiene
la flor del Zurguén.

Volad a los valles;
veloces traed
la esencia más pura
que sus flores den.

Veréis, cefirillos,
con cuánto placer
respira su aroma
la flor del Zurguén.

Soplad ese velo,
sopladlo, y veré
cuál late y se agita
su seno con él:

el seno turgente
do tanta esquivez
abriga en mi daño
la flor del Zurguén.

¡Ay cándido seno!
¡quién sola una vez
dolido te hallase
de su padecer!

Mas ¡oh! ¡cuán en vano
mi súplica es!,
que es cruda cual bella
la flor del Zurguén.

La ruego, y mis ansias
altiva no cree;
suspiro, y desdeña
mi voz atender.

Decidme, airecillos,
decidme: ¿qué haré,
para que me escuche
la flor del Zurguén.

Vosotros felices
con vuelo cortés
llegad, y besadle
por mí el albo pie.

Llegad, y al oído
decidle mi fe;
quizá os oiga afable
la flor del Zurguén.

Con blando susurro
llegad sin temer,
pues leda reposa,
su altivo desdén.

Llegad y piadosos,
de un triste os doled,
así os dé su seno
la flor del Zurguén.
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Canción Famosísima De Metastasio Llamada Graziè À Gl'inganni Moi Traducida Por Batilo

Merced a tus traiciones
al fin respiro, Nice;
al fin de un infelice
el cielo hubo piedad.

Ya rotas las prisiones,
libre está la alma mía;
no sueño, no, este día
mi dulce libertad.

Cesó la antigua llama,
y tranquilo y exento
ni aun un despique siento
do se disfrace amor.

Mi rostro no se inflama
si oigo tal vez nombrarte;
el pecho no al mirarte
palpita de temor.

Duermo en paz y no creo
tu imagen ser presente,
ni al despertar la mente
se empieza en ti a gozar.

Lejos de ti me veo,
sin que de ti haga cuenta
cerca estoy sin que sienta

ni gusto ni pesar.

Si hablo en tus perfecciones,
no enternecerme siento;
si mis errores cuento,
ni aun indignarme sé.

Delante te me pones,
y ya no estoy turbado;
con mi rival al lado
hablar de ti podré.


Mírame en rostro fiero,
háblame en faz humana:
tu altanería es vana,
y es vano tu favor;

que en mí el mandar primero
perdió tu hablar divino;
tus ojos no el camino
saben del corazón.

Lo que me place o enfada,
si estoy alegre o triste,
no en ser tu don consiste,
ni culpa tuya es;

que ya sin ti me agrada
el prado y selva hojosa;
toda estancia enojosa
me cansa aunque allí estés.

Mira si soy sincero:
aún me pareces bella,
pero no, Nice, aquella
que parangón no ha;

y, no el ser verdadero
te ofenda, algún defecto
noto en tu lindo aspecto,
que tuve por beldad.

Al romper las cadenas,
dígolo sonrojado,
mi corazón llagado
romper se vio y morir;

mas por salir de penas
y de prisión librarse,
en fin, por rescatarse
¡qué no es dado sufrir!

El colorín trabado
tal vez en blanda liga,
la pluma en su fatiga
deja por escapar;

mas presto matizado
se ve de pluma nueva,
ni, cauto con tal prueba,
le tornan a engañar.

Sé que aún no crees extinto
aquel mi ardor primero
porque callar no quiero
y de él hablando estó;

sólo el natal instinto
me aguija a hacerlo, Nice,
con que cualquiera dice
los riesgos que sufrió.

Pasadas iras cuento
tras tanto ensayo fiero.
De la herida el guerrero
muestra así la señal;

así muestra contento
cautivo que de penas
escapó, las cadenas
que arrastró por su mal.

Hablo, mas sólo hablando
satisfacerme curo;
hablo, mas no procuro
que crédito me des.

Hablo, mas no demando
si aprietas mis razones;
si a hablar de mí te pones,
que tan tranquila estés.

¿Yo pierdo una inconstante?
tú un corazón sincero:
yo no sé cuál primero
se deba consolar.

Sé que un tan fiel amante
no le has de hallar, traidora;
mas otra embaucadora
bien fácil es de hallar.
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Filis, Ingrata Filis

Filis, ingrata Filis,
tu paloma te enseña;
ejemplo en ella toma
de amor y de inocencia.

Mira cómo a tu gusto
responde, cómo deja
gozosa, si la llamas,
por ti sus compañeras.

¿Tu seno y tus halagos
olvida, aunque severa
la arrojes de la falda,
negándote a sus quejas?

No, Fili; que aun entonces,
si intento detenerla,
mi mano fiel esquiva
y a ti amorosa vuela.

¡Con cuánto suave arrullo
te ablanda! ¡Cómo emplea
solícita sus ruegos,
y en giros mil te cerca!

¡Ah crédula avecilla!
En vano, en vano anhelas;
que son para tu dueño
agravio las finezas.

Pues ¿qué cuando en la palma
el trigo le presentas,
y al punto de picarlo,
burlándote la cierras?

¡Cuán poco del engaño,
incauta, se recela,
y pica, aunque vacía,
la mano que le muestras!

¡Qué fácil se entretiene!
Un beso le consuela;
siempre festiva arrulla,
siempre amorosa juega.

Su ejemplo, Filis, toma,
pero conmigo empieza,
y repitamos juntos
lo que a su lado aprendas.
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Oda Vii De Lo Que Es Amor

Pensaba cuando niño
que era tener amores
vivir en mil delicias,
morar entre los dioses.

Mas luego rapazuelo
Dorila cautivome,
muchacha de mis años,
envidia de Dïone,

que inocente y sencilla,
como yo lo era entonces,
fue a mis ruegos la nieve
del verano a los soles.

Pero cuando aguardaba
no hallar ansias ni voces
que a la gloria alcanzasen
de una unión tan conforme,

cual de dos tortolitas
que en sus ciegos hervores
con sus ansias y arrullos
ensordecen el bosque,

probé desengañado
que amor todo es traiciones
y guerras y martirios
y penas y dolores.
👁️ 748

Oda Vii Del Amor

Pensaba cuando niño
que era tener amores
vivir en mil delicias,
morar entre los dioses.

Mas luego grandecillo
Dorila cautivome,
muchacha de mis años,
envidia de Dïone:


que inocente y sencilla,
como yo lo era entonces,
fue a mis ruegos la nieve
del verano a los soles.

Pero cuando aguardaba
no hallar ansias ni voces
que a la gloria alcanzasen
de una unión tan conforme,

cual de dos tortolitas
que en sus ciegos hervores
con sus ansias y arrullos
ensordecen el bosque,

Y hallé desengañado,
que amor todo es traiciones
y guerras y martirios
y penas y dolores.
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