Lista de Poemas

Oda Xlii El Abanico

¡Con qué indecible gracia,
tan varia como fácil,
el voluble abanico,
Dorila, llevar sabes!

¡Con qué movimientos
has logrado apropiarle
a los juegos que enseña
de embelesar el arte!

Esta invención sencilla
para agitar el aire
da, abriéndose, a tu mano
bellísima el realce

de que sus largos dedos,
plegándose süaves,
con el mórbido brazo
felizmente contrasten.

Este brazo enarcando,
su contorno tornátil
ostentas cuando al viento
sobre tu rostro atraes.

Si rápido lo mueves,
con los golpes que bates
parece que tu seno
relevas palpitante;

si plácida lo llevas,
en las pausas que haces,
que de amor te embebece
dulcemente la imagen.

De tus pechos entonces,
en la calma en que yacen
medir los ojos pueden
el ámbito agradable.

Cuando con él intentas
la risita ocultarme
que en ti alegre concita
algún chiste picante,

y en tu boca de rosa,
desplegándola afable,
de las perlas que guarda
revela los quilates,

me incitas, cuidadoso,
a ver por tu semblante
la impresión que te causan
felices libertades.

Si el rostro, ruborosa,
te cubres por mostrarme
que en tu pecho, aun sencillo,
pudor y amor combaten,

al ardor que me agita
nuevo pábulo añades
con la débil defensa
que me opones galante.

Al hombro golpecitos,
con gracioso donaire,
con él dándome, dices:
«¿De qué tiemblas, cobarde?

»No es mi pecho tan crudo,
que no pueda apiadarse,
ni me hicieron los cielos
de inflexible diamante.

»Insta, ruega, demanda,
sin temor de enojarme;
que la roca más dura
con tesón se deshace».

Al suelo, distraída,
jugando se te cae,
y es porque cien rendidos
se inquieten por alzarle.

Tú, festiva, lo ríes,
y una mirada amable
es el premio dichoso
de tan dulces debates.

Mientras llamas de nuevo
con medidos compases
al fugaz cefirillo
a tu seno anhelante,

en mis ansias y quejas,
fingiendo no escucharme,
con raudo movimiento
lo cierras y lo abres;

mas súbito rendida,
batiéndolo incesante,
me indicas, sin decirlo,
las llamas que en ti arden.

Una vez que en tu seno
maliciosa lo entraste,
yo, suspirando, dije:
«¡Allí quisiera hallarme!»

Y otra vez ¡ay Dorila!
que a mi rival hablaste
no sé qué, misteriosa,
poniéndolo delante,

lloreme ya perdido,
creyéndote mudable,
y ardiéndoseme el pecho
con celos infernales.

Si quieres con alguno
hacer la inexorable,
le dice tu abanico:
«No más, necio, me canses».

Él a un tiempo te sirve
de que alejes y llames,
favorable acaricies,
y enojada amenaces.

Cerrado en tu alba mano,
cetro es de amor brillante,
ante el cual todos rinden
gustoso vasallaje;

o bien pliega en tu seno
con gracia inimitable
la mantilla, que tanto
lucir hace tu talle.

A la frente lo subes,
a que artero señale
los rizos que a su nieve
dan un grato realce.

Lo bajas a los ojos,
y en su denso celaje
se eclipsan un momento
sus llamas centelleantes

porque logren lumbrosos,
de súbito al mostrarse,
su triunfo más seguro
y como el rayo abrasen.

¡Ah, quién su ardor entonces
resista, y qué de amantes
burlándose, embebecen
sus niñas celestiales!

En todo eres, Dorila,
donosa; a todo sabes
llevar, sin advertirlo
tus gracias y tus sales.

¡Feliz mil y mil veces
quien en unión durable,
en ti correspondido,
cual yo merece amarte!
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Oda Xli El Amor Fugitivo

Por morar en mi pecho
el traidor Cupidillo,
del seno de su madre
se ha escapado de Gnido.

Sus hermanos le lloran,
y tres besos divinos
dar promete Citeres
si le entregan el hijo.

Mil amantes le buscan;
pero nadie ha podido
saber, Dorila, en dónde
se esconde el fugitivo.

¿Darele yo a Dione?,
¿le dejaré en su asilo?,
¿o iré a gozar el premio
de besos ofrecidos?

¡Tres de aquel néctar llenos
con que a su Adonis quiso
comunicar un día
las glorias del Olimpo!

¡Ay!, tú, a quien por su madre
tendrá el alado niño,
dame, dame otros tantos;
y tómale, bien mío.
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Oda Xl De Mi Vida En La Aldea

Cuando a mi pobre aldea
feliz escapar puedo,
las penas y el bullicio
de la ciudad huyendo,

alegre me parece
que soy un hombre nuevo,
y entonces sólo vivo,
y entonces sólo pienso.

Las horas que insufribles
allí me vuelve el tedio,
aquí sobre mí vagan
con perezoso vuelo.

Las noches que allá ocupan
la ociosidad y el juego,
acá los dulces libros
y el descuidado sueño.

Despierto con el alba,
trocando el muelle lecho
por su vital ambiente,
que me dilata el seno.

Me agrada de arreboles
tocado ver el cielo
cuando a ostentar empieza
su clara lumbre Febo.

Me agrada, cuando brillan
sobre el cénit sus fuegos,
perderme entre las sombras
del bosque más espeso;

si lánguido se esconde,
sus últimos reflejos
ir del monte en la cima
solícito siguiendo;

o si la noche tiende
su manto de luceros,
medir sus direcciones
con ojos más atentos,

volviéndome a mis libros,
do atónito contemplo
la ley que portentosa
gobierna el universo.

Desde ellos y la cumbre
de tantos pensamientos
desciendo de mis gentes
al rústico comercio;

y con ellas tomando
en sus chanzas empeños
la parte que me dejan,
gozoso devaneo.

El uno de las mieses,
el otro del viñedo
me informan, y me añaden
las fábulas del pueblo.

Pondero sus consejas,
recojo sus proverbios,
sus dudas y disputas
cual árbitro sentencio.

Mis votos se celebran,
todos hablan a un tiempo,
la igualdad inocente
ríe en todos los pechos.

Llega luego el criado
con el cántaro lleno,
y la alegre muchacha
con castañas y queso,

y todo lo coronan
en fraternal contento
las tazas que se cruzan
del vino más añejo.

Así mis faustos días,
de paz y dicha llenos,
al gusto que los mide
semejan un momento.
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Oda Xxxv De Mis Deseos

¿Qué te pide el poeta?
di, Apolo, ¿qué te pide
cuando derrama el vaso,
cuando el himno repite?

No que le des riquezas
que avaros le codicien,
ni puestos encumbrados
que mil cuidados siguen:

no grandes heredades,
que abracen con sus lindes
las fértiles dehesas
que el Guadiana ciñe;

ni menos de las Indias
el oro y los marfiles,
preciosas esmeraldas,
lumbrosos amatistes.

Goce, goce en buen hora,
sin que yo se lo envidie,
el rico sus tesoros,
aplausos el felice.

Y el mercader avaro,
que entre escollos y sirtes
sediento de oro vaga,
cuando la playa pise;

con generosos vinos
a sus amigos brine
en la dorada copa
que su opulencia indique.

Que yo en mi pobre estado,
y en mi estrechez humilde
con poco me contento,
pues con poco se vive.

Así te pido sólo
que en bailes y convites
mis dulces años corran
de amor en blandas lides:


Sin que a ninguno tema,
sin que a ninguno envidie,
ni la vejez cansada
de mi lira me prive.
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Oda Xxx De Las Navidades A Jovino

Pues vienen Navidades,
cuidados abandona
y toma por un rato
la cítara sonora.

Cantaremos, Jovino,
mientras que el Euro sopla,
con voces acordadas
de Anacreón las odas,

o a par del dulce fuego
las fugitivas horas
engañaremos juntos
en pláticas sabrosas.

Ellas van, y no vuelven
de las nocturnas sombras:
¿por qué, pues, con desvelos
hacerlas aún más cortas?

Yo vi en mi primavera
mi barba vergonzosa,
cual el dorado vello
que el albérchigo brota,

y en mis cándidas sienes
el oro en hebras rojas,
que ya los años tristes
oscuras me las tornan.

Yo vi al abril florido
que el valle alegre borda,
y al abrasado julio
vi marchitar su alfombra.

Vino el opimo octubre,
las uvas se sazonan;
mas el diciembre helado
le arrebató su pompa.

Los días y los meses
escapan como sombra,
y a los meses los años
suceden por la posta.

Así, a la triste vida
quitemos las zozobras
con el dorado vino
que bulle ya en la copa.

¿Quién los cuidados tristes
con él no desaloja
y al padre Baco canta
y a Venus Ciprïota?

Ciñámonos las sienes
de hiedra vividora;
brindemos; y aunque el Euro
combata con el Bóreas,

¿qué a nosotros su silbo,
si el pecho alegre goza
de Baco y sus ardores,
de Venus y sus glorias?

Acuérdome una tarde,
cuando Febo en las ondas
bañaba despeñado
su fúlgida carroza,

que yo al hogar cantaba
de mi inocente choza,
mientras bailaban juntos
zagales y pastoras,

de nuestro amor sencillo
la suerte venturosa,
riquísimo tesoro
que en ti mi pecho goza.

Y haciendo por tu vida,
que tanto a España importa,
mil súplicas al cielo
con voces fervorosas,

cogí en la diestra mano,
cogí la brindadora
taza y con sed amiga
por ti la apuré toda.

Quedaron admirados
zagales que blasonan
de báquicos furores
al ver mi audacia loca;

mas yo tornando al punto
con sed aun más beoda
segunda vez librela
del néctar que la colma,

cantando enardecido
con lira sonorosa
tu nombre y las amables
virtudes que le adornan.
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Oda Xxx Al Sr D Gaspar De Jovellanos Del Consejo De S m Mi Amigo

Pues vienen navidades,
cuidados abandona,
y toma por un rato
la cítara sonora.

Cantaremos, Jovino,
mientras que el Euro sopla
con liras acordadas
de Anacreón las odas:

o a par del dulce fuego
las fugitivas horas
engañaremos juntos
en pláticas sabrosas.

Ellas van, y no vuelven
de las obscuras sombras:
¿por qué, pues, con cuidados
hacerlas aún más cortas?

Yo vi en mi primavera
mi barba vergonzosa,
cual el dorado vello
que el melocotón brota.

Y en mis cándidas sienes
el oro en crenchas rojas,
que ya los años tristes
obscuras me las tornan.

Yo vi al abril florido
que el valle alegre borda,
y al abrasado julio
vi marchitar su alfombra.

Vino el opimo octubre,
las uvas se sazonan;
mas el diciembre helado
le arrebató su pompa.

Los días y los meses
escapan como sombra,
y a los meses los años
suceden por la posta.

Así, a la triste vida
quitemos las zozobras
con el dorado vino
que bulle ya en la copa.

¿Quién los cuidados tristes
con él no desaloja
y al padre Baco canta
y a Venus Ciprïota?

Ciñámonos las sienes
de pámpanos y rosa;
brindemos; y aunque el Euro
combata con el Bóreas,

¿qué a nosotros su silbo,
si el pecho alegre goza
de Baco y sus ardores,
de Venus y sus glorias?

Acuérdome una tarde,
cuando el sol entre sombras
bajaba despeñado
ya al reino de la aurora,

que yo al hogar cantaba
de mi inocente choza,
mientras bailaban juntos
zagales y pastoras,

de nuestro amor sencillo
la suerte venturosa,
riquísimo tesoro
que en ti mi pecho goza.

Y haciendo por tu vida,
que a España tanto importa,
mil súplicas al cielo
con voces fervorosas,

cogí en la diestra mano,
cogí la brindadora
taza y con ansia amante
por ti la apuré toda.

Quedaron admirados
zagales que blasonan
de báquicos furores
al ver mi audacia loca.

Y yo tornando al punto
con sed aun más beoda
segunda vez librela
del néctar que la colma.

Cantando enardecido
con lira sonorosa
tu nombre y las amables
virtudes que le adornan.
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Oda Xxvi Del Caer De Las Hojas

¡Oh, cuál con estas hojas
que en sosegado vuelo
de los árboles giran,
circulando en el viento,

mil imágenes tristes
hierven ora en mi pecho,
que anublan su alegría
y apagan mis deseos!

Símbolo fugitivo
del mundanal contento,
que si fósforo brilla,
muere en humo deshecho,

no hace nada que el bosque
florecidas cubriendo,
la vista embelesaban
con su animado juego,

cuando entre ellas vagando
el cefirillo inquieto,
sus móviles cogollos
colmó de alegres besos.

Las dulces avecillas
ocultas en su seno
el ánimo hechizaron
con sus sonoros quiebros;

y entre lascivos píos,
llagadas ya del fuego
del blando amor, bullían
de aquí y de allá corriendo,

los más despiertos ojos
su júbilo y el fresco
de las sombras amigas
solicitando al sueño.

Pero el Can abrasado
vino en alas del tiempo,
y a su fresca verdura
mancilló el lucimiento.

Sucediole el otoño;
tras de él, árido el cierzo
con su lánguida vida
acabó en un momento;

y en lugar de sus galas
y del susurro tierno
que al más leve soplillo
vagas antes hicieron,

hoy muertas y ateridas,
ni aun de alfombrar el suelo
ya valen, y la planta
las huella con desprecio.

Así sombra mis años
pasarán, y con ellos
cual las hojas fugaces,
volará mi cabello;

mi faz de ásperas rugas
surcará el crudo invierno,
de flaqueza mis pasos,
de dolores mi cuerpo;

y apagado a los gustos,
miraré como un puerto
de salud en mis males,
de la tumba el silencio.
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Oda Xxi A La Misma

¿De dó tus quejas vienen,
o dulce tortolilla?
¿El bien perdido lloras?
¿o en blando amor suspiras?

Amor, amor te inflama.
rindiose al fin la esquiva
constancia; bien tus ojos
incautos lo publican.

¡Cuál brillan!, ¡cuán alegres
se mueven sus pupilas!,
¡con qué ternura y gracia
al nuevo dueño miran!

Parece que al volverse
le dicen: «Ya las iras
cesaron, ven y goza
por premio mil delicias».

Él llega; y aun cobarde
con vueltas repetidas
cercándote, tu lado
gimiendo solicita.


Rueda y rueda, y se ufana;
tú pïando le animas,
y él más y más sus vueltas
estrecha y multiplica...


¡Oh, tórtola dichosa!,
¿dó vuelas?, ¿tus caricias
le niegas?, ¿o así huyendo
su ardiente amor irritas?

Ya paras; y a su arrullo
respondes; ya lasciva
le llamas, y al besarlo
ya el tierno pico inclinas.

Tu espléndido plumaje
se encrespa y al sol brilla;
tus alas se estremecen,
y gimes y te agitas.

¡Felice y tú, y tu amante,
feliz y esa florida,
haya que en blando lecho
con dulce paz os brinda!
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Oda Xx La Tortolilla

¡Oh dulce tortolilla!
no más la selva muda
con tus dolientes ayes
molestes importuna.

Deja el arrullo triste,
y al cielo no ya mustia
te vuelvas, ni angustiada
las otras aves huyas.

¿Qué valen ¡ay! tus quejas?
¿acaso de la obscura
morada de la muerte
tu dueño las escucha?,

¿le adularás con ellas?,
¿o allá en la fría tumba
los míseros que duermen
de lágrimas se cuidan?

¡Ay!, no; que do la parca
los guarda con ley dura
no alcanzan los gemidos,
por más que el aire turban.

En vano te querellas.
¿Dó vuelas?, ¿por qué buscas
las sombras, ¡oh infelice!,
negada a la luz pura?


¿Por qué sola, azorada,
de ti misma te asustas
y en tu arrullo te ahogas
en tu inmensa amargura?

Vuelve, cuitada, vuelve;
y a llantos de vïuda
del blando amor sucedan
de nuevo las ternuras.

Adorna el manso cuello,
los ojos desanubla,
y aliña las brillantes
las descuidadas plumas.

Verás cuál de tu pecho
sus dulces llamas mudan
en risas y placeres
los duelos y amargura.
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Oda Xviii De Mis Cantares

Las zagalas me dicen:
«¿Cómo, siendo tan niño,
tanto, Batilo, cantas
de amores y de vino?»

Yo voy a responderles;
mas luego de improviso
me vienen nuevos versos
de Baco y de Cupido,

porque las dos deidades,
sin poder resistirlo,
todo mi pecho, todo,
tienen ya poseído.
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