Lista de Poemas
Bajo El Velamen De Púrpura
Yo había pasado la mitad de la noche a la
vista de las frías constelaciones y vine a recogerme y a dormir
en una sopeña, a la manera de Orfeo.
Hallaba menos al joven compañero de mis
fatigas. Él era hijo de un rey precipitado de su trono y
había llegado hasta mí después de recorrer climas
distintos.
Me apareció en sueños y me
refirió su muerte a manos de unos cabreros insensibles. Su
cuerpo había sido abandonado en un desierto de piedras.
Allí reptaban pesadamente unos vestiglos nacidos del
océano.
Gimió inconsolable hasta el momento de
tenderle mi diestra, en seguridad de mi culto por su memoria. Él
temía especialmente a un sepulturero de la vecindad, encarnizado
en romper la cabeza de los difuntos. Se retiró en paz,
prometiéndome su inmediato retorno al originario torbellino del
sol.
Yo entregué al fuego su cadáver en la
mañana del día siguiente.
Guardo sus cenizas en una urna de ciprés
incorruptible, para sumarlas a las de mí mismo el día
supremo, y esa urna es el único tesoro ganado por mí en
este viaje involuntario.
El Clima Del Nopal
El ermitaño cuenta los sucesos y prodigios
del amor y se incorpora a la hueste de los personajes lacerados y sin
remedio. Se confiesa autor de más de un rapto y sugiere, por
medio de una locución viva, el susto de la fuga a rienda suelta,
bajo el alcance de las piedras y de los disparos.
Se finge delicado a la memoria de Mercedes,
constante en censurar sus mocedades y autora, una vez difunta, de su
retiro del siglo y de su arrepentimiento y humildad.
Describe la estancia en donde pasó esta vida
y quedó yacente, sin auxilio ni compañía. Un soplo
del norte rompía a cada paso los ventanales, arrojaba lejos el
perfume de los sahumerios y extinguía, delante del crucifijo de
marfil, un cirio de lumbre mustia.
Pasa a celebrar su propósito irrevocable de
vivir penitente, desde esa hora, en el hueco del monte, en medio de una
maleza parca y cenicienta.
El ermitaño da fin a su discurso y me
sorprende con la mención de sus compañeros y el reproche
de su tardanza. Los apellida por medio de un silbato de cobre.
Yo me vi amenazado, en breve espacio, por una rueda
de fusiles asestados. No podía alzar mi voz sobre la
greguería de los truhanes.
El capitán los persuadió a respetarme
la vida y me sacó a salvo por caminos despeñados, sin
dejar el hábito de monje, y contentándose con mi dinero y
la promesa de navegar la vuelta de mi patria.
Disparaba su pistola sobre unas aves de
rapiña juntadas, sobre mí, en revuelo furioso.
La Ciudad De Las Puertas De Hierro
Yo rastreaba los dudosos vestigios de una fortaleza
edificada, tres mil años antes, para dividir el suelo de dos
continentes. Las torres se elevaban muy poco sobre las murallas,
conforme la costumbre asiática. La antigüedad de aquella
arquitectura se declaraba por la ausencia del arco.
El paso de Alejandro, el vencedor de los persas,
había difundido en aquel país un rumor imperecedero.
Yo observé, desde un mirador de las ruinas,
la disputa de Sergio y de Miguel, dos haraganes de origen ruso. Se les
acusaba de haber asesinado y despojado a un caballero, cuando lo
guiaban a través de un páramo. Se apropiaban de las reses
heridas por los cazadores del vecindario. Superaban la perfidia del
judío y del armenio.
Miguel se retiró después de infligir a
su adversario un golpe funesto y se encerró en la
hostería donde yo me había alojado. Ninguna otra persona
se había dado cuenta del caso.
El herido murió la noche de ese mismo
día, profiriendo injurias y maldiciones. Miguel no podía,
a tan larga distancia, conciliar el sueño y llamaba a voces los
compañeros de alojamiento para salvarse de alucinaciones
constantes. Yo contribuí a serenarlo y lo persuadí a
esperar, sin temor, hasta la mañana.
Lo dejamos solo cuando empezaba a dormirse.
Volvimos a su presencia después de entrado el
día. Lo encontramos ahogado por unas manos férreas,
distintas de las suyas.
El Malcasado
Yo era el senescal de la reina del festín.
Habíamos constituido una sociedad jocunda y de breve existencia,
recordando los estatutos de la república jovial establecida en
el principio del Decamerón. Las cigarras fervientes molestaban,
a veces, desde los olivos.
Donceles o, mejor dicho, damiseles vanos amaestraban
en la danza los perros favoritos de las mujeres. Llorábamos de
risa al contemplar el gesto de una grulla de instintos imitativos.
Reproducíamos algunos momentos del genio extravagante de
Aristófanes.
Cuando volví del campo a la ciudad, redimido
de la petulancia faunesca, vinieron a mi encuentro los magnates de mi
trato y compañía, mercaderes habituados a la riqueza
hereditaria. Abandonaron un momento su actitud distinguida y el estrado
en donde pregonaban su dignidad y me enunciaron una misma frase
acompasada, en señal de condolencia. Mi noble señora
había salido de este siglo.
Una mano desconocida había depositado, antes
de mi deserción, una corona de flores lívidas en la mesa
de su oratorio. Esa corona, ceñida a la frente de la muerta,
bajó también al reino de las sombras. Encarecía el
rostro lánguido y lo asemejaba al de una santa en el arte
rutinario de un monje.
Yo descubrí el nombre del sitio recordando
una lamentación de Orestes.
El Sagitario
Subí la escalera de mármol negro en
solicitud de mi flecha, disparada sin tino. La hallé clavada en
la puerta de cedro, embellecida de dibujos simétricos.
Yo acostumbraba disparar el arco de plata semejante
al de Apolo, con el fin de interrogar a la fortuna. Yo estaba a punto
de salir en un bajel de vela cuadrada y no fiaba sino en los de vela
triangular. Había crecido satisfaciendo mis veleidades y
caprichos.
Una mujer salió a espaldas de mí, se
adelantó resueltamente a desprender la flecha trémula y
me la alargó sin decir una palabra. Su presencia había
impedido el acierto de mi disparo. Yo reconocí una de las
enemigas de Orfeo.
Quedé prendado de aquella mujer imperiosa,
ataviada con la piel de una pantera. Creí haberla visto a la
cabeza de una procesión ensañada con las ofrendas
tributadas al mausoleo del amante de Eurídice. Su gesto de
cólera desentonaba en la noche colmada.
Defendí una vez más las cenizas del
maestro y espanté la turba de las mujeres encarnizadas,
simulando, desde una arboleda, rugidos salvajes. Yo esperaba sufrir de
un momento a otro el desquite de aquella estratagema.
La mujer subió conmigo dentro de la nave y
llamó despóticamente a su servicio las fieras del mar,
ocultas en los arrecifes. Los marinos se entendieron con la mirada y
escogieron un rumbo nuevo. El sol trazó varias veces el arco de
su carrera sobre el circuito de las aguas. Un ave desconocida volaba
delante de nosotros.
Yo fui abandonado a mis propios recursos en un
litoral cenagoso, desde donde se veía, a breve distancia, un
monumento consagrado a las furias.
Yo descubrí el nombre del sitio recordando
una lamentación de Orestes.
El Justiciero
Yo era un prelado riguroso. Mi autoridad pesaba sin
contemplaciones sobre un distrito fortificado. Mi palacio gobernaba el
río de la frontera, de cauce irregular, alterado por el
precipicio y la caverna. Mi estandarte, en figura de triángulo,
mandaba con acento vigoroso el concierto de escarpas, reductos y
atalayas.
Yo quería imponer, en su significación
cabal, los dragantes de mi blasón.
Me encarnizaba especialmente con los delitos de
condescendencia y de flaqueza. Vivía sumido en la
ventilación del problema de la gracia y del albedrío, y
sustraído al hechizo de la naturaleza sensible.
Yo ordené el castigo inhumano del
emparedamiento al saber el caso de una monja enamorada y
permanecí impasible a la súplica de sus deudos
arrodillados.
La infeliz se dirigió al sitio del suplicio
al compás de una música sorda y llevando a la diestra el
cirio de la penitencia.
Yo me enfermé de un mal incurable al recibir,
el día siguiente, la visita del progenitor de la víctima.
El anciano había aprendido, en la compañía de las
aves, un arte afectuoso. Habitaba, hasta ese momento, en la linde de
una floresta, en la vecindad de los ruiseñores, y los
había defendido de la saña innata del gavilán.
Las aves le habían referido, en trinos y
gorjeos, el cuento de esa vieja enemistad, notada, desde el alba de la
historia, en más de una teogonía venerable.
El anciano tañía el violón de
un ángel filarmónico, visto por mí en una
miniatura alegórica del paraíso.
Sus increpaciones, en el momento de alejarse, dieron
al traste con mi severidad.
Hesperia
El sacerdote refiere los acontecimientos
prehistóricos. Describe un continente regido por monarcas
iniciados, de ínfulas venerables y tiaras suntuosas, y
cómo provocaron el cataclismo en donde se perdieron, alzados
contra los númenes invulnerables.
El sacerdote se confesó heredero de la
sabiduría aciaga, recogida y atesorada por él mismo y los
de su casta.
Infería golpes al rostro de las panteras
frenéticas. Afrontaba la autoridad de los leones y
percudía su corona. Captaba, desde su observatorio, las
centellas del cielo por medio de un mecanismo de hierro.
Se ocupó de facilitar mi viaje de retorno. Su
galera de veinte remos por banda surcaba, al son de un pífano,
el golfo de las verdes olas.
Volví al seno de los míos, a celebrar
con ellos la ceremonia de una separación perdurable.
La belleza de la mañana aguzaba el
sentimiento de la partida.
Debía seguir el consejo del sacerdote
interesado en mi felicidad, fijándome, para siempre, en la
península de la primavera asidua.
El Protervo
Nosotros constituíamos una amenaza efectiva.
Los clérigos nos designaban por medio de
circunloquios al elevar sus preces, durante el oficio divino.
Decidimos asaltar la casa de un magistrado
venerable, para convencerlo de nuestra actividad y de la ineficacia de
sus decretos y pregones.
Esperaba intimidarnos al doblar el número de
sus espías y de sus alguaciles y al lisonjearlos con la promesa
de una recompensa abundante.
Ejecutamos el proyecto sigilosamente y con
determinación y nos llevamos la mujer del juez incorruptible.
El más joven de los compañeros
perdió su máscara en medio de la ocurrencia y vino a ser
reconocido y preso.
Permaneció mudo al sufrir los martirios
inventados por los ministros de la justicia y no lanzó una queja
cuando el borceguí le trituró un pie. Murió dando
topetadas al muro del calabozo de piso hundido y de techo bajo y de
plomo.
Gané la mujer del jurista al distribuirse el
botín, el día siguiente, por medio de la suerte. Su
lozanía aumentaba el solaz de mi vivienda rústica. Sus
cortos años la separaban de un marido reumático y
tosigoso.
Un compañero, enemigo de mi fortuna, se
permitió tratarla con avilantez. Trabamos una lucha a muerte y
lo dejé estirado de un tratazo en la cabeza. Los demás
permanecieron en silencio, aconsejados del escarmiento.
La mujer no pudo sobrellevar la
compañía de un perdido y murió de vergüenza y
de pesadumbre al cabo de dos años, dejándome una
niña recién nacida.
Yo la abandoné en poder de unas criadas de mi
confianza, gente disoluta y cruel, y volví a mis aventuras
cuando la mano del verdugo había diezmado la caterva de mis
fieles.
Muchos seguían pendientes de su horca
,deshaciéndose a la intemperie, en un arrabal escandaloso.
Al verme solo, he decidido esperar en mi refugio la
aparición de nuevos adeptos, salidos de entre los pobres.
Dirijo a la práctica del mal, en medio de mis
años, una voluntad ilesa.
Las criadas nefarias han dementado a mi hija por
medio de sugestiones y de ejemplos funestos. Yo la he encerrado en una
estancia segura y sin entrada, salvo un postigo para el paso de escasas
viandas una vez al día.
Yo me asomo a verla ocasionalmente y mis sarcasmos
restablecen su llanto y alientan su desesperación.
Ofir
La borrasca nos había separado del rumbo,
arrojándonos fuera del litoral. Empezábamos a penetrar en
la noche insondable del océano.
Oíamos el gemido de unas aves perdidas en la
inmensidad y yo recordé el episodio de una fábula de los
gentiles, en donde el héroe escucha graznidos al cruzar una
laguna infernal. Los marineros, mudos de espanto, sujetaron a golpe de
remo el ímpetu de la corriente y salieron a una ribera de palmas.
Yo vi animarse, en aquella zona del cielo, las
figuras de las constelaciones y miré el desperezamiento del
escorpión, autor de la caída de Faetonte.
Nosotros desembarcamos en la boca de un río y
nos internamos siguiendo sus orillas de hierba húmeda. Los
naturales nos significaron la hospitalidad, brindándonos agua en
unas calabazas ligeras.
Subimos a reposar en una meseta y advertimos el
dibujo de una ciudad en medio de la atmósfera transparente. La
comparamos a la imagen pintada por la luz en el seno de un espejo.
El rey, acomodado en un palanquín, se
aventuraba a recorrer la campiña, seguido de una escolta montada
sobre avestruces. Gozaba nombre de sabio y se divertía
proponiendo acertijos a los visitantes de su reino.
Unos pájaros, de plumaje dispuesto en forma
de lira, bajaban a la tierra con vuelo majestuoso. Despedían del
pecho un profundo sonido de arpa.
Yo discurrí delante del soberano sobre los
enigmas de la naturaleza y censuré y acusé de impostores
a los mareantes empecinados en sostener la existencia de los
antípodas.
El rey agradeció mi disertación y me
llevó consigo, en su compañía habitual. Me
regaló esa misma noche con una música de batintines y de
tímpanos, en donde estallaba, de vez en cuando, el son
culminante del sistro.
Salí el día siguiente sobre un
elefante, dádiva del rey, a contemplar el ocaso, el prodigio
mayor del país, razón de mi viaje.
El sol se hundía a breve distancia,
alumbrando los palacios mitológicos del mar.
El Reino De Los Cabiros
Unas aves negras y de ojos encarnizados se alojaban
entre los mármoles derruidos. Infligían la afrenta de las
arpías soeces. Andaban a saltos menudos y alzaban un vuelo
inelegante.
La vega de la ciudad abundaba en arbustos malignos
citados, para memoria de la venganza y amargura, en más de un
libro sapiencial.
Un busto de mirada absorta, ceñido de
guirnalda de yedra, se alzaba a cada momento sobre su pedestal roto. El
suelo de los jardines violados había dado albergue, un siglo
antes, a las víctimas de una histórica epidemia.
La luz del día regurgitaba de una rotura del
globo del sol, y la noche, duradera cual las del invierno, estaba a
cargo de un astro, de orbe incompleto y de través.
Unos hombrecillos deformes brotaban del suelo, en
medio del sopor nocturno. Salían por una apertura semejante al
escotillón de un tablado. Sus ojos eran oblicuos y el cabello
lacio y espeso invadía la angosta zona de la frente.
Respondieron a mi interpelación valiéndose de un gesto
lúbrico y hube de asestarles el puño sobre la faz dura,
como de piedra. La mano me sangra todavía.
Yo no contaba otra amistad sino la de una mujer
desconsolada, atenta a mi bien y a las memorias de un mundo superior.
No sabría decir su nombre. Yo olvidaba, en el principio de cada
mañana, su discurso.
Ella misma me puso en el camino del mar y me
señaló una estrella sin ocaso.
A poco de soltar las velas al viento
próspero, vi alzarse, desde el sitio donde me habían
despedido con lamentos, una interminable espiral de humo.
Comentarios (0)
NoComments
Rafael Castillo Zapata y Álvaro Mata conversan sobre José Antonio Ramos Sucre
El Signo Secreto Itinerario de José Antonio Ramos Sucre 1
José Antonio Ramos Sucre: imágenes de lo clásico y romántico dentro de la vanguardia.
La ruta poética de José Antonio Ramos Sucre
Reseña de 'Insomnio', de José Antonio Ramos Sucre, en 'La estación azul' de Radio Nacional de España
Biografía corta de José Antonio Ramos Sucre Por: Alexis Ortiz
46. “Obra completa” (1929) José Antonio Ramos Sucre
Preludio - José Antonio Ramos Sucre (Poema)
La ruta poética de José Antonio Ramos Sucre 2019-2020 (en la ciudad de Caracas)
Preludio de José Antonio Ramos Sucre (Adagio J.S Bach - Concierto de Brandeburgo nº 1)
VIDEO JOSE ANTONIO RAMOS SUCRE
JOSE ANTONIO RAMOS SUCRE Breve biografía ( 9 de junio de 1890- 13 de junio de 1930)
A orillas del mar eterno, José Antonio Ramos Sucre
Jose Antonio Ramos - La Alberca
La verdad - José Antonio Ramos Sucre (Audiopoema)
VERONAL- largometraje - Vida y Obra de José Antonio Ramos Sucre
La alucinada, por José Antonio Ramos Sucre
Jose Antonio Ramos - Timplango
VERONAL. Vida y obra de José Antonio Ramos Sucre
El superviviente de José Antonio Ramos Sucre
PROYECTO VERONAL VIDA Y OBRA DE JOSE ANTONIO RAMOS SUCRE
TVes.- 9 de junio 1890: Nace José Antonio Ramos Sucre
Literatura venezolana. José Antonio Ramos Sucre
JOSE ANTONIO RAMOS SUCRE POEMA "EL POETA" de Adriana Cabrera
José Antonio Ramos Sucre (Cumaná, 9 JUNIO 1890 – Ginebra, 13 JUNIO 1930) JARS infinito
"EL POETA NO DUERME" Dedicado al gran genio JOSE ANTONIO RAMOS SUCRE
Jose Antonio Ramos Sucre, un escritor poseído... por la Poesía. Tráiler de Biblioteca Ayacucho
El Familiar. José Antonio Ramos Sucre
La ruta poética de José Antonio Ramos Sucre
Entonces. De José Antonio Ramos Sucre
Preludio --- Jose Antonio Ramos Sucre
John Pollock reading "The Messenger" by Jose Antonio Ramos Sucre, translated by Guillermo Parra.
El Signo Secreto Itinerario de José Antonio Ramos Sucre 2
CRONOLOGÍA SELECTIVA DE JOSE ANTONIO RAMOS SUCRE
José Antonio Ramos Sucre - El mandarín
José Antonio RAMOS SUCRE, PRELUDIO. VERONAL, La tarea del Testigo
Micro José Antonio Ramos Sucre
JOSÉ ANTONIO RAMOS SUCRE, ESCRITOR Y POETA VENEZOLANO #TERTULIA24 - Prosa -Poesía
Conmemoración de los 133 del natalicio de José Antonio Ramos Sucre. #Shorts
Licencia Poetíca - José Antonio Ramos Sucre 1ra Parte
Poema dramático - José Antonio Ramos Sucre. Discurso contemplativo
VERONAL, vida y obra del poeta José Antonio Ramos Sucre
09 de junio 1890 -José Antonio Ramos Sucre poeta venezolano de talla mundial
Caracas en tiempos de José Antonio Ramos Sucre (El Arte de Escribir)
"Ocaso" de José Antonio Ramos Sucre
Omega Jose Antonio Ramos Sucre (poema)
El Signo Secreto Itinerario de José Antonio Ramos Sucre 3
LA RUTA JOSE ANTONIO RAMOS SUCRE
1era Promo Liceo José Antonio Ramos Sucre
La Plaga. José Antonio Ramos Sucre