Lista de Poemas
Lied
Los espinos llenan, desde el pórtico en ruinas, la hondonada.
Tejen sus ramas siniestramente, figurando coronas de martirio.
La dama de la corza blanca se entrega a cantar, al sentir en torno la
magia lunar.
El eco burlesco augura la muerte desde el matorral.
Nadie podría decir el susto de la corza blanca.
Hasta ese momento no se había cantado en la mansión
desierta.
Cansancio
Gratitud más que amor siento por esa
adolescente que cada tarde, a mi paso por delante de su ventana,
recompensa con una sonrisa mi trabajo agobiador del día entero.
Su inocencia no se ha espantado de mi tristeza que trasciende y
contagia; para calmar mi desesperación, ella responde a mi
galantería con un tímido silencio, mientras me envuelve
en la más persistente de sus miradas dormidas, atenuando mi
propio dolor y el que acabo de recoger a mi paso por los barrios de la
miseria y del vicio.
Imposible el amor cuando el porvenir ha caído
al suelo, y la enfermedad de vivir arrecia como una lluvia helada y
triste. Gratitud nada más para la adolescente que me protege
contra la desgracia por todo el resto del día,
siguiéndome con la vista hasta que desaparezco entre los
transeúntes de la calle interminable. Gratitud también
para la naturaleza que a esta hora del año se viste de funerales
atavíos, haciéndome comprender que no estoy solo, que
cuanto vive sufre, y todo vive.
Sólo ella aparece eludiendo la
fatalidad del dolor; sobre su juventud se prolonga la inconsciente
ventura de la infancia; ninguna pena ha paralizado la alegre locura de
su risa, que es la de sus primeros años, a pesar de que ninguna
frescura es tan deleznable en manos del tiempo como la de esa
manifestación del regocijo. Se diría que la naturaleza no
resiste a su gracia y se deja vencer; cuando la luz solar proclama su
victoria, triunfa en sus ojos la noche, más luminosa cuanto
más espesa, como algunos mares tropicales más
fosforescentes cuanto más oscuros.
Con su tranquila alegría no se aviene la
aflicción que traza surcos en mi frente y doblega mi vida.
Envenenaría su inocencia si la iniciara en el afán de la
batalla sin reposo, si en cambio de su misericordia la hiciera
comprender cómo asfixia la angustia por la ambición
asesinada. No he de ayudar en contra de su bienestar a la desgracia
oculta en cada momento que se acerca como una ola hinchando el seno
rugidor. Es cruel adelantarla en pocos días a los
desengaños que no aplazan su venida y a los torvos pensamientos
que ciñen las frentes mustias en fúnebre ronda.
Con misericordia correspondo a la suya, si de su
quietud me alejo con el estéril miedo de la vida, huyendo de la
sonrisa que enlaza. Ni vale más el amor que este suave recuerdo
que conservaré de su aparición en momentos de mi
más rudo vivir. Hundiéndose en el tiempo, su figura
despierta afectos tranquilos, cual convienen a espíritus
cansados; y ya el mío sólo alcanza fuerza para esa
melancólica simpatía con que el viajero en reposo
contempla la palmera lejana, encendida en el último adiós
del sol, única compañera sobre la vasta soledad.
El Familiar
Los campesinos se retraían de señalar el curso del
tiempo. Empezaban, con el día, las faenas de la tierra y se
juntaban y citaban prendiendo una hoguera en el campo raso.
Yo distinguía desde mi balcón, retiro
para el soliloquio y el devaneo, la humareda veleidosa nacida sobre la
raya del horizonte.
Disfrutaba, después de mi juventud
intemperante, el sosiego de una ciudad extinta.
El arco iris, joya de la celeste fragua, era diadema
perpetua de su monte.
Yo recorría sus avenidas, percibiendo el
desconsuelo del ciprés y del mármol. Cavilaba en sus
plazas opacas y húmedas, esteradas de hojas. Adivinaba, en el
espejo de sus estanques y de sus fuentes, cabelleras profusas velando
desnudos cuerpos fluidos.
Yo defendía el reposo del agua. La oí
cantar, en cierta ocasión, una escala de lamentos al sentirse
herida por la rama desprendida de un árbol.
Miraba una vez las imágenes voluptuosas,
cuando sentí sobre el hombro izquierdo el contacto de una mano
fría, adunca. El importuno me interpelaba, al mismo tiempo, con
una voz honda, bronca.
El estanque de mi contemplación se
había mudado en un abismo.
Desde entonces me siguió aquel hombre
imperioso. No osaba verle de frente, su cuerpo alto y desarticulado
prometía un rostro demasiado irregular. Bajo sus pasos resonaba
hondo el suelo de la calle. Pisaba arrastrando zapatos desmesurados.
Provocaba, al pasar, el ladrido de los perros supersticiosos.
No puedo recordar el tema de su conversación.
Sus ideas eran vagas, referentes a edad olvidada. Una vez solo, me
esforzaba inútilmente dando sentido y contorno a sus palabras
molestas.
Los habitantes de mi ciudad, capital de un reino
abolido, empezaron a hablar de espantajos y maravillas. Notaban la fuga
de formas equívocas al despertar del sueño matinal.
Insistían en el resentimiento de los antiguos
reyes, olvidados en su catacumba.
Reposaban en un valle, al pie de cerros tapizados de
vegetación menuda, donde la luz y el aire divertían con
variaciones de terciopelo verde.
Yo me junté a la caterva de jóvenes
animosos, esperanzados de reducir los difuntos, por medio de
increpaciones, dentro de los límites de su reino indeciso.
Nos acercamos a la puerta de la cripta y dudamos
entrar. Sobrevino mi azaroso compañero y se nos adelantó
resueltamente.
Volvió en compañía de los reyes
y de los héroes incorporados de su urna de piedra.
Estábamos mudos de terror.
Observé entonces, por primera vez, su faz
enjuta, blanquiza, de cal.
Acerté con su origen espantoso.
Había desertado de entre los muertos.
A Un Despojo Del Vicio
Pábulo hasta entonces de la brutalidad,
ignorante de la misericordia y del afecto, caíste en mis brazos
amorosos tú, que habías caído y eras casta,
reducida por la adversidad a lastimosa condición de ave cansada,
de cordero querelloso y herido. Interrumpida por quejas fue la historia
de tu vida, toda dolor o afrenta. Expósita sacrificada de
algún apellido insigne, fuiste recogida por quien explotó
más tarde tu belleza. Ahora pensabas que tu muerte sería
pública, como tu aparición en el mundo; que algún
día vendría ella a liberarte de tus enemigos, la miseria,
el dolor y el vicio; que la crónica de los periódicos,
registrando el suceso, no diría tu nombre de emperatriz o de
heroína, sustituyéndolo por el apodo infamante.
Agobiaba tu frente con estigma oprobioso la
injusticia; doblegaba tus hombros el peso de una cruz. Cerca de
mí, dolorosa y extenuada, hablabas con los ojos bajos que, muy
rara vez levantados, dejaban descubrir, vergonzosos, ilusión de
paraísos perdidos de amor.
Tanto como por esos pensamientos, se elevaba tu
queja por la belleza marchita casi al comienzo de la juventud, por la
mustia energía de los músculos en los brazos
anémicos, por los hombros y espaldas descarnados, propicios a la
tisis, por la fealdad que acompañaba tu flaqueza... Era la tuya
una queja intensa, como si estuviera aumentada por la de antepasados
virtuosos que lamentaran tu ignominia. Era la primera vez que no la
sofocabas en silencio, como hasta entonces, a los cielos demasiado
lejanos, a los hombres demasiado indiferentes. Y prometías
recordar y bendecirme a mí, a aquel hombre, decías, el
único que te había compadecido, sin cuya caridad te
habrías encontrado más aislada, que tenía los
brazos abiertos a todas las desventuras, pues fijo como a una cruz
estaba por los dolores propios y ajenos. Por no afligirte más,
te dejé ignorar que yo, soñador de una imposible
justicia, iba también quejumbroso y aislado por la vida, y que,
más infeliz que tú, sin aquel afecto que moriría
pronto contigo, estaría solo.
El Fugitivo
Huía ansiosamente, con pies doloridos, por el descampado. La
nevisca mojaba el suelo negro.
Esperaba salvarme en el bosque de los abedules, incurvados por la
borrasca.
Pude esconderme en el antro causado por el desarraigo de un
árbol. Compuse las raíces manifiestas para defenderme del
oso pardo, y despedí los murciélagos a gritos y palmadas.
Estaba atolondrado por el golpe recibido en la cabeza. Padecía
alucinaciones y pesadillas en el escondite. Entendí escaparlas
corriendo más lejos.
Atravesé el lodazal cubierto de juncos largos, amplectivos, y
salí a un segundo desierto. Me abstenía de encender
fogata por miedo de ser alcanzado.
Me acostaba a la intemperie, entumecido por el frío.
Entreveía los mandaderos de mis verdugos metódicos. Me
seguían a caballo, socorridos de perros negros, de ojos de fuego
y ladrido feroz. Los jinetes ostentaban, de penacho, el hopo de una
ardita.
Divisé, al pisar la frontera, la lumbre del asilo, y
corrí a agazaparme a los pies de mi dios.
Su imagen sedente escucha con los ojos bajos y sonríe con
dulzura.
Omega
Cuando la muerte acuda finalmente a mi ruego y sus avisos me hayan
habilitado para el viaje solitario, yo invocaré un ser
primaveral, con el fin de solicitar la asistencia de la armonía
de origen supremo, y un solaz infinito reposará en mi semblante.
Mis reliquias, ocultas en el seno de la oscuridad y
animadas de una vida informe, responderán desde su destierro al
magnetismo de una voz inquieta, proferida en un litoral desnudo.
El recuerdo elocuente, a semejanza de una luna
exigua sobre la vista de un ave sonámbula, estorbará mi
sueño impersonal hasta la hora de sumirse, con mi nombre, en el
olvido solemne.
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