Lista de Poemas
Renacentista
La veneciana altiva de tez nevada, escucha las
barcarolas desde la azotea de su mansión bizantina. Mira la
tarde fantástica, de celajes dispersos, semejanza de tesoros
volcados sobre el piso de un palacio roto a la fuerza. Un soplo del mar
desata los cabellos de luz sobre la veste azul y le besa el rostro
mortificado.
Defiende a veces con la diestra los ojos
deslumbrados, adornándose con el atributo de una ceguedad
temprana y divinatoria, y la breve sombra de la mano aumenta la
dignidad de la faz muda.
La mujer nota el arribo de las galeras alegres,
ostentosas de blasones dominantes, animadas con el atavío de las
banderolas triangulares y volubles. Vienen de visitar naciones
índicas, de alma sinuosa, de prosperidad inficionada, sujetas a
la voluntad de reyes disipados.
Reconoce a los vencedores del mar fluctuoso,
deshecho en montes, marinos prendados de constelaciones hechiceras,
rescatados y salvados por algún vuelo de aves de vida
continental; y desadvierte la hazaña de la juventud aguerrida,
de fuerza probada en el océano patente.
La virgen refractaria condena las mercedes de la
fama, siguiendo la voz de un orgullo terminante. Conoce las ideas de su
tiempo, recreo de un ideal soberbio, enemigo de la fe tradicional.
Resume el infortunio de su casta, de porte senatorial, extinguida bajo
la saña de una facción victoriosa, y oculta su vida y su
nombre en la morada bizantina, arruinada secretamente por el mar,
celador previsto de su lápida.
La Resipisencia De Fausto
Fausto quiere pacificar su curiosidad, encontrar
razones con que explicar de una vez por todas el espejismo del
universo. Ha solicitado la inspiración de la soledad y domina
abrupta cima, teniendo debajo de sí un apretado cerco de nubes.
Huella con ligereza de ave una mole de aristas resaltadas. La borrasca
embiste sin tregua el paraje sublime, adecuado para la
meditación del problema fundamental.
Fausto ha abandonado el estudio parsimonioso y el
amor suave de Margarita, desde que trata con cierto personaje
recién aportado al pueblo: un hombre de sospechosa parla, que
desordena el vecindario con prestigios de invención
diabólica, señalados por más de un detalle
arlequinesco.
Él propone a Fausto las interrogaciones
últimas, inspirándole una curiosidad descontenta y
soberbia, habilitándolo con máximas feroces, enemigas de
contemplaciones y respetos. Fausto lo rechaza de su trato y amistad con
términos violentos, proferidos en la abrupta cima, redoblados
por los ecos temerosos del precipicio; y el seductor se retira
gesticulando grandiosamente y sin compás, obstinado en visajes y
maniobras de truhán. Parte confiado en la germinación de
su influjo malsano.
Fausto prueba a aliviar con el viaje distante,
dividido en peligros y orgías, la enfermedad de aquel ideal
orgulloso, infundida por la ciencia; pero encuentra la desesperanza al
cabo de las nuevas emociones. Solicita las vivaces comarcas
meridionales; atraviesa, menos que fugitivo, un reino tenebroso, obseso
de la matanza y de la hoguera, de alma sacerdotal con vistas a la
muerte, y renegado del esfuerzo y de la vida.
Pero llega finalmente a un país elíseo
donde los mirtos y los laureles, criados bajo un cielo primaveral,
tremolan al paso del aire melodioso y montan guardia al lado y en torno
de los mármoles ejemplares y de las ruinas sempiternas. Descansa
en una ciudad quimérica, de lagunas y palacios, visitada por las
aves; y deja entonces la investigación desconsolada.
Crédulo en la mayor veracidad de los símbolos del arte,
espera dar con una explicación musical y sintética del
universo.
El Ensueño Del Cazador
Yo me había avecindado en un país
remoto, donde corrían libres las auras de los cielos. Recuerdo
la ventura de los moradores y sus costumbres y sus diversiones
inocentes. Habitaban mansiones altas y francas. Se entretenían
en medio del campo, al pie de árboles dispersados, de talla
ascendente. Corrían al encuentro de la aurora en naves floridas.
Se decían dóciles al consejo de sus
divinidades, agentes de la naturaleza, y sentían a cada paso los
efectos de su presencia invisible. Debían abominar los dictados
del orgullo e invocarlas, humildes y escrupulosos, en la ocasión
de algún nacimiento.
Señalaban a la hija de los magnates,
olvidados de la invocación ritual, y a su amante, el cazador
insumiso.
El joven había imitado las costumbres de la
nación vecina. Renegaba el oficio tradicional por los azares de
la montería y retaba, fiado en sí mismo, la saña
del bisonte y del lobo.
Olvidó las gracias de la armada y las
tentaciones de la juventud, merced a un sueño desvariado,
fantasma de una noche cálida. Perseguía un animal
soberbio, de giba montuosa, de rugidos coléricos, y sobresaltaba
con risas y clamores el reposo de una fuente inmaculada. Una mujer
salía del seno de las aguas, distinguiéndose apenas del
aire límpido.
El cazador despertó al fijar la
atención en la imagen tenue.
Se retiró de los hombres para dedicarse, sin
estorbo, a una meditación extravagante.
Rastreaba ansiosamente los indicios de una belleza
inaudita.
El Rezagado
La tempestad invade la noche. El viento imita los
resoplidos de un cetáceo y bate las puertas y ventanas. El agua
barre los canales del tejado.
He dejado mi lecho, y me he asomado, por mirar la
calle, a la ventana de la sala en ruinas. Los meteoros alumbran un
panorama blanco.
Estoy a solas en la oscuridad restablecida, velando
el sueño de la tierra.
Mis compañeros, avezados al trajín de
estepas y desiertos, me abandonaron pérfidamente en esta aldea,
etapa de jornada arriesgada. Rehusaron admitirme al aprovechamiento de
sus riquezas, guardando para sí solos el secreto de sus metales
y piedras. Mentaban un lago verde y salobre, escondido en una selva de
pinos, amenazada por la brumazón.
La aldea es el campamento de una banda feroz.
Hombres de tez amarillenta circulan inquietos, la espada en el
puño, calado el sombrero cónico.
Aliento la esperanza de volver a mi suelo
meridional, ceca del mar bruñido por el sol.
He tratado mi fuga con un hombre menesteroso, de la
aviltada raza aborigen.
Ofrece conducirme por caminos desusados, a espaldas
de salteadores homicidas.
Él y yo escaparemos definitivamente de este
lugar, donde las víctimas escarpiadas invitan las aves de
rapiña, criadas entre las nubes torvas.
El Hijo Del Anciano
Unas rayas de buril bastarían para el
trasunto del paisaje elemental.
Algún árbol enjuto, esqueleto de
palos, signo de blasón, vivía sobre el suelo calcinado.
Montes negros, de perfil translúcido,
encerraban el valle.
Mi casa desaparecía, al cabo de un día
incierto, en la inundación de la noche fluida.
Los ruidos subterráneos duraban hasta el
advenimiento del sol retardado. Fuerzas sobrehumanas removían la
piedra de los sepulcros.
Yo dividía la vida uniforme entre la lectura
de epopeyas y tragedias y los hábitos de una mocedad inquieta.
Concebí la imagen de una infanta, amenazada
por los silenciarios en el palacio del miedo. Yo sólo besaba de
rodillas la franja de su manto.
Salí una vez al pasatiempo de la caza en
día venerado, no obstante los avisos de mi progenitor. El
anciano de los dichos infalibles, aficionado a narrar, descansaba en
una silla majestuosa, de arte primitivo.
Una bocina invisible, perdida en la montaña,
extravió los perros de mi jauría.
Después de una jornada infructuosa,
penetré a descansar en la cámara de una vivienda
ilusoria. Las quimeras surgieron paulatinamente de las tinieblas de mi
sopor. Creía visitar el palacio del miedo, en donde la infanta
de mi pasión afrontaba, en un suplicio, el trance de la muerte.
Los ministros y los criados avisaban e imponían el secreto. Las
lámparas agotadas soltaban cabelleras de humo en la sala
encubertada de negro.
Desperté, cerca de la mañana, en medio
del campo.
Mi cabeza reposaba sobre una piedra. Tenía
los cabellos húmedos de rocío y, en el rostro, la luz de
una luna diluida.
El Rapto
El follaje exánime de un sauce roza, en la
isla de los huracanes, su lápida de mármol.
Yo la había sustraído de su patria, un
lugar desviado de las rutas marítimas. Los más
hábiles mareantes no acertaban a recordar ni a reconstituir el
derrotero. La consideraba un don funesto y quería devolverla.
Pero también deseaba sorprender a mis
compatriotas con aquella criatura voluntariosa, de piel cetrina, de
cabellos lacios y fuertes. Su lenguaje constaba de sones indistintos.
Enfermó de nostalgia a la semana de la
partida. Los marinos de ojos verdes, abochornados con el sol de las
regiones índicas, escuchaban, inquietos, sus lamentos. Recalaron
para sepultarla, una vez muerta, en sitio retraído. Se
abstuvieron de arrojarla al agua, temerosos de la soltura de su alma
sollozante en la inmensidad.
La compasión y el pesar desmadejaron mi
organismo. Pedí y conseguí mi licencia del servicio
naval. Me he retirado al pueblo nativo, internado en un país
fabril, donde las fraguas y las chimeneas arden sobre el suelo de
hierro y de carbón.
Mi salud sigue decayendo en medio del descanso y de
la esquivez. Siento la amenaza de una fatalidad inexorable. Al
descorrer las cortinas de mi lecho, ante la suspirada aparición
del día, he de reconocer en un viejo de faz inexpresiva,
más temible cuando más ceremonioso, al padre de la
niña salvaje, resuelto a una venganza inverosímil.
El Tesoro De La Fuente Cegada
Yo vivía en un país intransitable,
desolado por la venganza divina. El suelo, obra de cataclismos
olvidados, se dividía en precipicios y montañas,
eslabones diseminados al azar. Habían perecido los antiguos
moradores, nación desalmada y cruda.
Un sol amarillo iluminaba aquel país de
bosques cenicientos, de sombras hipnóticas, de ecos ilusorios.
Yo ocupaba un edificio milenario, festonado por la
maleza espontánea, ejemplar de una arquitectura de
cíclopes, ignaros del hierro.
La fuga de los alces huraños alarmaba las
selvas sin aves.
Tú sucumbías a la memoria del mar
nativo y sus alciones. Imaginabas superar con gemidos y plegarias la
fatalidad de aquel destierro, y ocupabas algún intervalo de
consolación musitando cantinelas borradas de tu memoria
atribulada.
El temporal desordenaba tu cabellera, aumento de una
figura macilenta, y su cortejo de relámpagos sobresaltaba tus
ojos de violeta.
El pesar apagó tu voz, sumiéndote en
un sopor inerte. Yo depuse tu cuerpo yacente en el regazo de una fuente
cegada, esperando tu despertamiento después de un ciclo
expiatorio.
Pude salvar entonces la frontera del país
maléfico, y escapé navegando un mar extremo en un bajel
desierto, orientado por una luz incólume.
La Presencia Del Náufrago
La dama singular y gentil se disponía a
comunicarme esa tarde la confidencia prometida una y otra vez.
Yo le servía una silla plegadiza en un retiro
de la playa aireada.
El disco del sol rodaba fugitivo hacia el
límite de un mar oscuro.
El azar nos había reunido en aquel
rincón del litoral italiano. Habíamos llegado por caminos
opuestos a reposar la fatiga y la melancolía de largos viajes.
Ocultaba su origen bajo el sello de una reserva
altiva. Era difícil acertar con su patria porque usaba
atinadamente cualquier idioma culto, y porque su persona física
armonizaba los rasgos y las prendas más nobles de razas
esculturales. Había nacido en alguna familia acaudalada, con
raíz en naciones divergentes.
Cabellos de oro, perdición de las flechas del
sol, y ojos verdes, memorias de alta mar, solemnizaban su hermosura
lozana y perdurable de deidad.
Declaraba haber contentado con sencilla gratitud las
finezas y los requiebros de los galantes, sin pasar a mayor afecto; y
convenía en referirme ahora la razón de su aislamiento
definitivo. Dejaba entrelucir el nombre de un criollo español,
mi compatriota.
Iba yo el año pasado, cantaba su voz
artística, en un vapor lujoso, invención de hadas, a
través del océano. Viajeros de distinto origen
sentían y propagaban una alegría vivaz, exaltada, y me
compusieron inmediatamente una corte enfadosa. Aquel bullicio
retrocedía ante el recato inexpugnable de un agitador
hispanoamericano, hombre de urbanidad sobria, idéntica.
Circulaba entre comentarios y leyendas su nombre de soldado. Aquel
retraimiento podía venir de una juventud infructuosa, de una
vida descabalada. Su duro semblante de asceta vencía las fachas
contentas y mofletudas. Vino un día de cerrazón y vapor
lujoso, herido por un témpano, bajó al abismo con
sacudidas de terremoto. Yo fui salvada de morir por aquel militar
hastiado, de fisonomía absorta. Me declaró su afecto y su
nombre y me llevó en peso hasta un bote, donde me había
cedido su puesto. Regresó al barco náufrago, donde
ocupó sucesivamente los lugares libres todavía de las
aguas. Poco después, el sitio mismo de la catástrofe se
borraba en el mar raso. Aquel hombre invitaba con la ilusión de
una vida intrépida en república desquiciada. De uniforme
azul, sobre un caballo blanco, debió de regir las montoneras
turbulentas, libres de escalafón, magnetizándolas con su
voz marcante, de una seducción irresistible...
Cesó de hablar, y la más espesa noche
completaba el pensamiento de la mujer desilusionada y casta. Se
habían roto las compuertas de las tinieblas.
A Una Desposada
recreo, olvidada en un valle profundo.
Yacían por tierra los faunos y demás
simulacros del jardín.
El vaho de la humedad enturbiaba el aire.
La maleza desmedraba los árboles de
clásica prosapia.
Algunos escombros estancaba, delante de mi retiro,
un río agotado.
Mis voces de dolor se prolongaban en el valle
nocturno. Un mal extraño desfiguraba mi organismo.
Los facultativos usaban, en medio del desconcierto,
los recursos más crueles de su arte. Prodigaban la saja y el
cauterio.
Recuerdo la ocasión alegre, cuando
sentí el principio de la enfermedad. Festejábamos,
después de mediar la noche, el arribo de una extranjera y su
belleza arrogante. La pesada lámpara de bronce cayó de
golpe sobre la mesa del festín.
Entreveía en el curso de mis sueños,
pausa de la desesperación, una doncella de faz seráfica,
fugitiva en el remolino de los cendales de su veste. Yo la imploraba de
rodillas y con las manos juntas.
Mi naturaleza venció, después de mucho
tiempo, el mal encarnizado. Salí delgado y trémulo.
Visité, apenas restablecido, una familia de
mi afecto, y encontré la virgen de rostro cándido, solaz
de mi pasada amargura.
Estaba atenta a una melodía crepuscular.
El recuerdo de mis extravíos me llenaba de
confusión y de sonrojo. La contemplaba respetuosamente.
Me despidió, indignada, de su
presencia.
Cualquier invención de mi enfermizo
numen desluciría las páginas de este álbum. Las
ofendería con el desentono de azarosa tela de araña en
una mansión regia. Mas conviene el relato de venturosas nupcias.
Sueño que lo escuché de virgen
lisonjera en una comarca del Asia inverosímil; que era de noche,
y estaba yo embriagado con la plácida expiración de
rumores, canciones y perfumes; que el paisaje exótico se
coronaba con la luna y con el cortejo de las estrellas mayores, porque
las menores no conseguían lucir en medio de la
irradiación de aquéllas, sus hermanas; y sueño
que, sobre la tierra y delante de mis ojos, fantástica ciudad de
cúpulas y torres dormía cabe el espejo de un río
fabuloso; y recuerdo que la virgen me refirió esta fábula
amena: Yo conocí una princesa prometida en matrimonio al
sultán de un país remoto. Veía en las bodas el
comienzo de un cautiverio, porque, retirada y asustadiza, imitaba las
selváticas gacelas. Buscaba mi compañía y luego la
contemplación de sí misma en el espejo de una fuente
ornamental. Era delgada, firme y de tupidos cabellos, que bajaban a
confundirse con las aguas del ensombrado tazón de mármol.
Hasta aquí vino una tarde cierto poeta errante, precursor del
cortejo nupcial cada vez más vecino. Él se dijo despedido
de entre los suyos para entretener a la princesa durante el viaje a la
capital del esposo prometido. Todos se reúnen y parten al
día siguiente, cuando ya la princesa acepta los agasajos del
poeta y lo ama sin manifestarlo. El cortejo recorre selvas y desiertos,
en medio de la lluvia rumorosa y del estío lento, cuando el sol
prefiere su carro de bueyes albos. El poeta ejerce, en su vez, el
valor, el gracejo y la piedad. Ofende al tigre de estirpe real; burla
al mono desvergonzado; acoge la mariposa blanda, de seda y lana;
reverencia al asceta absorto. Se muestra cortesano amable y jinete
aguerrido. Ella se acerca al término del viaje y divisa los
palacios dispuestos para hospedarla, y repara que más le
convendría el desierto en compañía del vate
gentilísimo. Entretanto, éste ha desaparecido de su lado,
y ella es introducida, con el rostro sumiso, a presencia de su
dueño; pero una voz oculta y bien conocida la exhorta a la
alegría. La princesa alza los ojos y observa que el
cortés poeta era el esposo prometido, quien había dejado
las galas de monarca para ganar afectuosamente la mano de la amada,
omitiendo el prestigio de su elevado puesto.
Así me dijo la virgen lisonjera en un
país distante, debajo de un árbol musical; y su relato y
mi único sueño venturoso terminaron cuando la aurora
llamaba, enamorada, a mi ventana.
El Culpable
Agonicé en la arruinada mansión de
recreo, olvidada en un valle profundo.
Yacían por tierra los faunos y demás
simulacros del jardín.
El vaho de la humedad enturbiaba el aire.
La maleza desmedraba los árboles de
clásica prosapia.
Algunos escombros estancaba, delante de mi retiro,
un río agotado.
Mis voces de dolor se prolongaban en el valle
nocturno. Un mal extraño desfiguraba mi organismo.
Los facultativos usaban, en medio del desconcierto,
los recursos más crueles de su arte. Prodigaban la saja y el
cauterio.
Recuerdo la ocasión alegre, cuando
sentí el principio de la enfermedad. Festejábamos,
después de mediar la noche, el arribo de una extranjera y su
belleza arrogante. La pesada lámpara de bronce cayó de
golpe sobre la mesa del festín.
Entreveía en el curso de mis sueños,
pausa de la desesperación, una doncella de faz seráfica,
fugitiva en el remolino de los cendales de su veste. Yo la imploraba de
rodillas y con las manos juntas.
Mi naturaleza venció, después de mucho
tiempo, el mal encarnizado. Salí delgado y trémulo.
Visité, apenas restablecido, una familia de
mi afecto, y encontré la virgen de rostro cándido, solaz
de mi pasada amargura.
Estaba atenta a una melodía crepuscular.
El recuerdo de mis extravíos me llenaba de
confusión y de sonrojo. La contemplaba respetuosamente.
Me despidió, indignada, de su presencia.
Comentarios (0)
NoComments
Rafael Castillo Zapata y Álvaro Mata conversan sobre José Antonio Ramos Sucre
El Signo Secreto Itinerario de José Antonio Ramos Sucre 1
José Antonio Ramos Sucre: imágenes de lo clásico y romántico dentro de la vanguardia.
La ruta poética de José Antonio Ramos Sucre
Reseña de 'Insomnio', de José Antonio Ramos Sucre, en 'La estación azul' de Radio Nacional de España
Biografía corta de José Antonio Ramos Sucre Por: Alexis Ortiz
46. “Obra completa” (1929) José Antonio Ramos Sucre
Preludio - José Antonio Ramos Sucre (Poema)
La ruta poética de José Antonio Ramos Sucre 2019-2020 (en la ciudad de Caracas)
Preludio de José Antonio Ramos Sucre (Adagio J.S Bach - Concierto de Brandeburgo nº 1)
VIDEO JOSE ANTONIO RAMOS SUCRE
JOSE ANTONIO RAMOS SUCRE Breve biografía ( 9 de junio de 1890- 13 de junio de 1930)
A orillas del mar eterno, José Antonio Ramos Sucre
Jose Antonio Ramos - La Alberca
La verdad - José Antonio Ramos Sucre (Audiopoema)
VERONAL- largometraje - Vida y Obra de José Antonio Ramos Sucre
La alucinada, por José Antonio Ramos Sucre
Jose Antonio Ramos - Timplango
VERONAL. Vida y obra de José Antonio Ramos Sucre
El superviviente de José Antonio Ramos Sucre
PROYECTO VERONAL VIDA Y OBRA DE JOSE ANTONIO RAMOS SUCRE
TVes.- 9 de junio 1890: Nace José Antonio Ramos Sucre
Literatura venezolana. José Antonio Ramos Sucre
JOSE ANTONIO RAMOS SUCRE POEMA "EL POETA" de Adriana Cabrera
José Antonio Ramos Sucre (Cumaná, 9 JUNIO 1890 – Ginebra, 13 JUNIO 1930) JARS infinito
"EL POETA NO DUERME" Dedicado al gran genio JOSE ANTONIO RAMOS SUCRE
Jose Antonio Ramos Sucre, un escritor poseído... por la Poesía. Tráiler de Biblioteca Ayacucho
El Familiar. José Antonio Ramos Sucre
La ruta poética de José Antonio Ramos Sucre
Entonces. De José Antonio Ramos Sucre
Preludio --- Jose Antonio Ramos Sucre
John Pollock reading "The Messenger" by Jose Antonio Ramos Sucre, translated by Guillermo Parra.
El Signo Secreto Itinerario de José Antonio Ramos Sucre 2
CRONOLOGÍA SELECTIVA DE JOSE ANTONIO RAMOS SUCRE
José Antonio Ramos Sucre - El mandarín
José Antonio RAMOS SUCRE, PRELUDIO. VERONAL, La tarea del Testigo
Micro José Antonio Ramos Sucre
JOSÉ ANTONIO RAMOS SUCRE, ESCRITOR Y POETA VENEZOLANO #TERTULIA24 - Prosa -Poesía
Conmemoración de los 133 del natalicio de José Antonio Ramos Sucre. #Shorts
Licencia Poetíca - José Antonio Ramos Sucre 1ra Parte
Poema dramático - José Antonio Ramos Sucre. Discurso contemplativo
VERONAL, vida y obra del poeta José Antonio Ramos Sucre
09 de junio 1890 -José Antonio Ramos Sucre poeta venezolano de talla mundial
Caracas en tiempos de José Antonio Ramos Sucre (El Arte de Escribir)
"Ocaso" de José Antonio Ramos Sucre
Omega Jose Antonio Ramos Sucre (poema)
El Signo Secreto Itinerario de José Antonio Ramos Sucre 3
LA RUTA JOSE ANTONIO RAMOS SUCRE
1era Promo Liceo José Antonio Ramos Sucre
La Plaga. José Antonio Ramos Sucre