El Hijo Del Anciano

EL HIJO DEL ANCIANO


Unas rayas de buril bastarían para el
trasunto del paisaje elemental.

Algún árbol enjuto, esqueleto de
palos, signo de blasón, vivía sobre el suelo calcinado.

Montes negros, de perfil translúcido,
encerraban el valle.

Mi casa desaparecía, al cabo de un día
incierto, en la inundación de la noche fluida.

Los ruidos subterráneos duraban hasta el
advenimiento del sol retardado. Fuerzas sobrehumanas removían la
piedra de los sepulcros.

Yo dividía la vida uniforme entre la lectura
de epopeyas y tragedias y los hábitos de una mocedad inquieta.

Concebí la imagen de una infanta, amenazada
por los silenciarios en el palacio del miedo. Yo sólo besaba de
rodillas la franja de su manto.

Salí una vez al pasatiempo de la caza en
día venerado, no obstante los avisos de mi progenitor. El
anciano de los dichos infalibles, aficionado a narrar, descansaba en
una silla majestuosa, de arte primitivo.

Una bocina invisible, perdida en la montaña,
extravió los perros de mi jauría.

Después de una jornada infructuosa,
penetré a descansar en la cámara de una vivienda
ilusoria. Las quimeras surgieron paulatinamente de las tinieblas de mi
sopor. Creía visitar el palacio del miedo, en donde la infanta
de mi pasión afrontaba, en un suplicio, el trance de la muerte.
Los ministros y los criados avisaban e imponían el secreto. Las
lámparas agotadas soltaban cabelleras de humo en la sala
encubertada de negro.

Desperté, cerca de la mañana, en medio
del campo.

Mi cabeza reposaba sobre una piedra. Tenía
los cabellos húmedos de rocío y, en el rostro, la luz de
una luna diluida.


425 Visualizaciones

Comentarios (0)

Iniciar sesión para publicar un comentario.