Poemas en este tema

Tristeza y Melancolía

José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Los Gafos

LOS GAFOS


La noche disimulaba el litoral bajo, inundado. Unas
aves lo recorrían a pie y lo animaban con sus gritos. Igualaban
la sucedumbre de las arpías.

Yo me había perdido entre las cabañas
diseminadas de modo irregular. Me seguía una escolta de perros
siniestros, inhábiles para el ladrido. Una conseja los
señalaba por descendientes de una raza de hienas.

Yo no quería llamar a la puerta de uno de los
vecinos. Se habían enfermado de ingerir los frutos corrompidos
del mar y de la tierra y mostraban una corteza indolora en vez de
epidermis. La alteraban con dibujos penetrantes, de inspiración
augural. El vestido semejaba una funda y lo sujetaban por medio de
vendas y de cintas, reproduciendo, sin darse cuenta, el aderezo de las
momias.

Las líneas de una serranía se
pronunciaban en la espesura del aire. Daban cabida, antes, a la
aparición de una luna perspicaz. Un espasmo, el de la cabeza de
un degollado, animaba los elementos de su fisonomía.

El satélite se había alejado de
alumbrar el asiento de los pescadores, trasunto de un hospital. Yo me
dirigí donde asomaba en otro tiempo y lo esperé sin
resultado. Me detuve delante de un precipicio.

Los enfermos se juzgaron más infelices en el
seno de la oscuridad y se abandonaron hasta morir.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Penitencial

PENITENCIAL


El caballero de túnica de grana, la misma de
su efigie de mártir, aspira a divertirse del enfado jugando con
un guante.

Oye en secreto los llamamientos de una voluntad
omnímoda y presume el fin de su grandeza, el olvido en la cripta
desnuda, salvo el tapiz de una araña abismada en el
cómputo de la eternidad. Ha recibido una noche, de un monje
ciego, una corona risible de paja.

El caballero se encamina a verse con el prior de una
religión adusta y le propone la inquietud, el ansia del retiro.
Los adversarios se regocijan esparciendo rumores falaces y lo devuelven
a la polémica del mundo.

Las mujeres y los niños lamentan la muerte
del caballero inimitable en la mañana de un día previsto,
censuran el éxito de la cuadrilla pusilánime y besan la
tierra para desviar los furores de la venganza. El cielo negro,
mortificado, oprime la ciudad y desprende a veces una lluvia
cálida.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Malcasado

EL MALCASADO


Yo era el senescal de la reina del festín.
Habíamos constituido una sociedad jocunda y de breve existencia,
recordando los estatutos de la república jovial establecida en
el principio del Decamerón. Las cigarras fervientes molestaban,
a veces, desde los olivos.

Donceles o, mejor dicho, damiseles vanos amaestraban
en la danza los perros favoritos de las mujeres. Llorábamos de
risa al contemplar el gesto de una grulla de instintos imitativos.
Reproducíamos algunos momentos del genio extravagante de
Aristófanes.

Cuando volví del campo a la ciudad, redimido
de la petulancia faunesca, vinieron a mi encuentro los magnates de mi
trato y compañía, mercaderes habituados a la riqueza
hereditaria. Abandonaron un momento su actitud distinguida y el estrado
en donde pregonaban su dignidad y me enunciaron una misma frase
acompasada, en señal de condolencia. Mi noble señora
había salido de este siglo.

Una mano desconocida había depositado, antes
de mi deserción, una corona de flores lívidas en la mesa
de su oratorio. Esa corona, ceñida a la frente de la muerta,
bajó también al reino de las sombras. Encarecía el
rostro lánguido y lo asemejaba al de una santa en el arte
rutinario de un monje.

Yo descubrí el nombre del sitio recordando
una lamentación de Orestes.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Crepúsculo

CREPÚSCULO


Silvio resiste difícilmente el ingenio de
Beatriz. Las burlas irritan al galán presumido.

El gótico sol de los vitrales prima la orla
de una alegre nube, de forma alternativa.

Los follajes componen una oscuridad continua, a la hora de la tarde, en
la ciudad blanca.

Beatriz contempla el río, suspensa ante el
caudal transitorio y la figura idéntica.

El galán se aleja amenazando rivales
imaginarios. Beatriz usa, para despedirlo, una cortesía
juiciosa, abstinente.

La joven retorna, en presencia de una luna
eclipsada, a los severos pensamientos de su tedio.

Las tinieblas incoercibles, de pies suaves, de
carátula burlesca, soplan unas largas flautas de ébano o
de plata.

Un ladrido brusco, originado en los claustros
interiores de la tierra, consterna el bosque de laureles.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

La Alborada

LA ALBORADA


El revuelo de las golondrinas impide la serenidad de
la mañana celeste. Las aves seráficas observan su voto de
júbilo y pobreza. Sugieren una emoción nostálgica
y piadosa. Desaparecen repentinamente, inspirando la sospecha de acudir
al llamamiento de un ermitaño benévolo y anciano.

Las iglesias vetustas de la ciudad episcopal,
habitada por colegiales y doctores, conciertan ocasionalmente sus
campañas

El enfermo registra el contorno desde un
balcón retirado profundamente en su casa hermética.
Permanece, vestido de blanco, en una silla poltrona. Deja ver, en el
rostro cándido y marchito, los efectos de un mal
contraído desde la niñez.

He velado la noche entera, sintiendo los sones de
una orquesta lejana, a través del aire veleidoso. La
música insinuaba el pasatiempo de la danza en una sala radiante.

El enfermo ha desechado la fe de sus mayores.
Sobrelleva el ocio prolijo siguiendo el pensamiento de filósofos
desolados y réprobos y penetrando los secretos de los idiomas
antiguos, de belleza lapidaria. Rememora la amenaza de la fatalidad,
las leyes inexorables del universo en estrofas de sonoridad latina.

El enfermo se envuelve la faz con un lienzo recogido
de sus hombros. Quiere ocultar a las miradas de su criada afectuosa el
sentimiento de su última composición y la dice en voz
baja y suave.

El poeta se burla del privilegio del genio, merced
diabólica transformada en cenizas. La calavera del
símbolo domina en su canto de soledad y amargura y anuncia, por
medio de una trompeta de bronce, la soberanía perenne del olvido.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Romance Del Bardo

EL ROMANCE DEL BARDO


Yo estaba proscrito de la vida. Recataba dentro de
mí un amor reverente, una devoción abnegada, pasiones
macerantes, a la dama cortés, lejana de mi alcance.

La fatalidad había signado mi frente.

Yo escapaba a meditar lejos de la ciudad, en medio
de ruinas severas, cerca de un mar monótono.

Allí mismo rondaban, animadas por el dolor,
las sombras del pasado.

Nuestra nación había perecido
resistiendo las correrías de una horda inculta.

La tradición había vinculado la
victoria en la presencia de la mujer ilustre, superviviente de una raza
invicta. Debía acompañarnos espontáneamente, sin
conocer su propia importancia.

La vimos, la vez última, víspera del
desastre, cerca de la playa, envuelta por la rueda turbulenta de las
aves marinas.

Desde entonces, solamente el olvido puede enmendar
el deshonor de la derrota.

La yerba crece en el campo de batalla, alimentada
con la sangre de los héroes.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Fantasía De La Estación Adversa

FANTASÍA DE LA ESTACIÓN ADVERSA


El desfile de los días morosos, enlutados por
el invierno, visitados por la pesadumbre. Los pájaros del cielo,
emisarios de la tormenta, desbandados por la ventolera. La niebla
suspendida, de pies alados, esquivos del contacto de la tierra.

El palacio de los escombros fulminados sobresale en
la comarca ignota, orillas del mar de las aguas pesadas, y una selva le
cubre las espaldas.

El cortejo de los jóvenes alegres, venidos de
más allá del horizonte, profana cierto día las
salas y aposentos de la ruina feudal. Motejan las armas de la panoplia
antigua y su retozo descomunal despierta los ecos indignados.

Visitan la selva, donde cortan a raíz los
árboles macizos, reproduciendo a cada paso el derrumbe
estrepitoso de una torre, y componen esquife liviano, seguros de
continuar, por nuevos caminos, su peregrinación bulliciosa.

Partieron entre canciones volanderas, señal
de su humor desprevenido, a la exploración del mar
enigmático, y perecieron náufragos en sus aguas pesadas,
antes de comunicar el descubrimiento del palacio fatal.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Vislumbre Del Día Aciago

VISLUMBRE DEL DÍA ACIAGO


El prado fenece en una arboleda. Los vegetales, de
un verde luctuoso, prosperan libremente al aire embebido, fiados al sol
mortecino. Un ave friolenta, de gorjeo tenue, sube en demanda de la
luz. Vuela y trina en medio de un débil esplendor blanco. Posa
alguna vez sobre el techo rojo de un edificio, mansión de dos
pisos, aislada y abandonada.

Lamenta la primavera transparente, cuando revolaba,
trazando orbes y rayas fugaces. Soporta diluvios y torbellinos,
meteoros de la estación maligna. Observa el reposo de las nubes
y de las sombras amontonadas. Recibe la sugestión de la tierra
letárgica y permanece inmóvil, sumada al panorama
desanimado.

Resiste las energías calamitosas, soltadas de
su cárcel nocturna, juntando los débiles alientos de
sí misma, acostumbrada a las oscilaciones de la naturaleza
inmortal; y guarda semejanza con el espectador de una escena
litúrgica, preliminar del retorno indefectible del
júbilo, comentada por el viento en su triste pífano.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Mensajero

EL MENSAJERO


La luna, arrebatada por las nubes impetuosas, dora
apenas el vértice de los sauces trémulos, hundidos con la
tierra, en un mar de sombras.

Yo cavilaba a orillas del lago estéril,
delante del palacio de mármol, fascinado por el espanto de las
aguas negras.

Ella apareció bruscamente en el
vestíbulo, alta y serena, despertando leve rumor.

Pero volvió, pausada, a su refugio, cerrando
tras de sí la puerta de hierro, antes de volver en mi acuerdo y
mientras esforzaba, para hablarle, mi palabra anulada.

Yo rodeo la mansión hermética,
añadiendo mi voz al gemido inconsolable del viento; y espero,
sobre el suelo abrupto, el arribo del bajel sin velas, bajo el gobierno
del taumaturgo anciano, monarca de una isla triste, para ser absuelto
del pesado mensaje.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

La Ciudad

LA CIUDAD


Yo vivía en una ciudad infeliz, dividida por
un río tardo, encaminado al ocaso. Sus riberas, de
árboles inmutables, vedaban la luz de un cielo dificultoso.

Esperaba el fenecimiento del día ambiguo,
interrumpido por los aguavientos. Salía de mi casa desviada en
demanda de la tarde y sus vislumbres.

El sol declinante pintaba la ciudad de las ruinas
ultrajadas.

Las aves pasaban a reposar más adelante.

Yo sentía las trabas y los herrojos de una
vida impedida. El fantasma de una mujer, imagen de la amargura, me
seguía con sus pasos infalibles de sonámbula.

El mar sobresaltaba mi recogimiento, socavando la
tierra en el secreto de la noche. La brisa desordenaba los
médanos, cegando los arbustos de un litoral bajo, terminados en
una flor extenuada.

La ciudad, agobiada por el tiempo y acogida a un
recodo del continente, guardaba costumbres seculares. Contaba aguadores
y mendigos, versados en proverbios y consejas.

El más avisado de todos instaba mi
atención refiriendo la semejanza de un apólogo
hindú. Consiguió acelerar el curso de mi pensamiento,
volviéndome en mi acuerdo.

El aura prematinal refrescaba esforzadamente mi
cabeza calenturienta, desterrando las volaterías de un
sueño confuso.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Culpable

EL CULPABLE


Agonicé en la arruinada mansión de
recreo, olvidada en un valle profundo.

Yacían por tierra los faunos y demás
simulacros del jardín.

El vaho de la humedad enturbiaba el aire.

La maleza desmedraba los árboles de
clásica prosapia.

Algunos escombros estancaba, delante de mi retiro,
un río agotado.

Mis voces de dolor se prolongaban en el valle
nocturno. Un mal extraño desfiguraba mi organismo.

Los facultativos usaban, en medio del desconcierto,
los recursos más crueles de su arte. Prodigaban la saja y el
cauterio.

Recuerdo la ocasión alegre, cuando
sentí el principio de la enfermedad. Festejábamos,
después de mediar la noche, el arribo de una extranjera y su
belleza arrogante. La pesada lámpara de bronce cayó de
golpe sobre la mesa del festín.

Entreveía en el curso de mis sueños,
pausa de la desesperación, una doncella de faz seráfica,
fugitiva en el remolino de los cendales de su veste. Yo la imploraba de
rodillas y con las manos juntas.

Mi naturaleza venció, después de mucho
tiempo, el mal encarnizado. Salí delgado y trémulo.

Visité, apenas restablecido, una familia de
mi afecto, y encontré la virgen de rostro cándido, solaz
de mi pasada amargura.

Estaba atenta a una melodía crepuscular.

El recuerdo de mis extravíos me llenaba de
confusión y de sonrojo. La contemplaba respetuosamente.

Me despidió, indignada, de su presencia.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

La Balada Del Transeúnte

LA BALADA DEL TRANSEÚNTE

¡Cuánto recuerdo el cementerio de la
aldea! Dentro de las murallas mancilladas por la intemperie, algunas
cruces clavadas en el suelo, y también sobre túmulos de
tierra y alguna vez de mármol. El montón de urnas
desenterradas, puestas contra un rincón del edificio, deshechas
en pedazos y astillas putrefactas. Densa vegetación
desenvolvía una alfombra hollada sin ruido por el caminante.

De aquella tierra húmeda, apretada con
despojos humanos, brotaba en catervas el insecto para la marcha
laboriosa o para el vuelo rápido. Los árboles de follaje
oscuro, agobiados por las gotas de la lluvia frecuente, soplaban rumor
de oraciones, trasunto del oráculo de las griegas encinas.
Alguna que otra voz lejana se aguzaba en la tarde entremuerta,
zozobrando en el pálido silencio la solemnidad de la estrella
errante, precipitada en el mar.

Las nubes regazadas por el cielo, cual
procesión de angélicas novicias, dorándolas el sol
occidental, el que inunda de luz fantástica el santuario a
través de los góticos vitrales. Montes de manso declive,
dispuestos a ambos lados del valle del reposo, vestidos de nieblas
delgadas, que retozan en caballos veloces de valkirias, dejando
repentino arco iris en señal y despojo de la fuga.

Abandono aflictivo encarecía el horror del
paraje, aconsejaba el asimiento a la vida, ahuyentaba la enfermiza
delectación en la imagen de la fosa, mostrando en ésta el
pésimo infortunio, de acuerdo con la razón de los
paganos. La luz de aquel día descolorido secundaba la fuerza de
este parecer, siendo la misma que en las fábulas helenas instiga
la nostalgia de la tierra en el cortejo de las almas suspirantes a
través de los vanos asfódelos.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

La Hija De Valdemar

LA HIJA DE VALDEMAR


Los pinos aparecen humildes al pie del palacio que
alzaron con exaltación de aves de presa hombres soberbios. Su
mole oculta durante algún tiempo el ascenso de la luna
después que ha evadido el lomo del monte. Su fábrica
imponente deprime el osado proyecto del normando, que sólo se
acerca en son de paz. Concuerda con el sitio agreste donde el torrente
cae desde la cima silenciosa, frecuentada por águilas, e impera
el misterio de la vecina selva. Recibe del pasado luctuoso una tremenda
majestad que turban con el favor de la noche los duendes vocingleros.

La flor oculta en una gruta no se consume con mayor
desdicha que la hija del señor en el recato de la torre, muy
cerca de las nubes revueltas en la fuga de los vientos glaciales.
Demora en medio de la tempestad con la osadía del ave en el
vértice de un mástil. Se alivia del clima helado, del
cielo oscuro, del paisaje desierto, del árbol verdinegro con el
espectáculo de la nieve. Recuerda entonces el mármol
blanco y frío que guarda los despojos de su madre, a cuyo lado
anhela descansar.

Disfruta apenas la compañía del ciervo
familiar, cuya enramada testa abate la tierna gala de los montes y
prefiere el espejo de los lagos yertos. Ella lo tiene bajo sus pies
cuando suscita la angustia honda y trémula del arpa.

Canta el amoroso duelo del invierno que arriba del
norte a funerales nupcias con la tierra; el extravío de los
navegantes en el mar despoblado; la amenaza del pez deforme y la masa
del témpano; el desmayo del náufrago en la noche inmensa;
la luna blanca y torva que es nuncio de la muerte.

Escapa al cautiverio por la mística fuerza
del canto encumbrado y solitario. Cultiva el divino atributo a la
manera del pío ejercicio que consume la vida y apresura el
tiempo. Espera la hora última con himno melodioso por merecer de
tal modo el sitio que la fe del país augura entre las almas
aladas y errantes. Venturosa esperanza, rescate liberal del duro
encierro: una vez libre y con la nueva forma, seguirá a las aves
en el viaje al Sur festivo y musical.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Ocaso

OCASO


Mi alma se deleita contemplando el cielo a trechos
azul o nublado, al arrullo de un valse delicioso. Imita la quietud del
ave que se apresta a descansar durante la noche que avecina. Bendice el
avance de la sombra, como el de una virgen tímida a la cita, al
recogerse el día y su cohorte de importunos rumores. Crecen
silenciosamente sus negros velos, tornándose cada vez más
densos, hasta dar por el tinte uniforme y el suave desliz la
ilusión de un mar de aguas sedantes y maléficas.

Envuelto en la obscuridad providente, imagino el
solaz de yacer olvidado en el son de un abismo incalculable, emulando
la fortuna de aquellos personajes que el desvariado ingenio
asiático describe, felizmente cautivos por la fascinación
de alguna divinidad marina en el laberinto de fantásticas grutas.

Expiran los sones del valse delicioso cuando el sol
difunde sus postreras luces sobre el remanso de la tarde. A favor del
ambiente ya callado y oscuro disfrutan mis sentidos de su merecida
tregua de lebreles alertos. Y a detener sobre mi frente el perezoso
giro de su velo, surge del seno de la sombra el vampiro de la
melancolía.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Miércoles De Ceniza

MIÉRCOLES DE CENIZA


Sobresale en el concurso de los fieles ingenuos por
la severa majestad que levanta su hermosura decaída. Lucen las
galas últimas de la juventud con el doliente esplendor de la
tarde, y aridece y blanquea sus cabellos el implacable otoño que
arranca las hojas trémulas. Las melancólicas memorias de
sus años juveniles sugieren la nostalgia de espléndidos
festejos en un castillo señorial abandonado, y a oscurecer de
lágrimas sus ojos viene, en el umbral de la vejez, un mensaje
del pasado radiante en el recuerdo de anticuadas músicas.

El olvido, inexorable centinela, custodia su
ventana, y ya ante ella no sucumben las demandas suplicantes, como olas
rumorosas y humildes al pie de una roca inaccesible. Esquiva su alma a
la mundana agitación, y moderada por el desengaño, vuela
como la enlutada golondrina a recogerse en el ambiente místico
del templo. Allí queda cautiva de la música que surge y
se dilata cual la humareda lenta del incienso, y abomina del siglo
entre un rumor de fúnebres latines.

Ocupa su alma el pensamiento de lo que es divino e
inmortal desde que tuvo el espejo para su belleza mustia la censura
pesimista de la calavera, y viste desde entonces los sombríos
colores que simbolizan la desolación de nuestra vida y que son
propios para lamentar el estrago irremediable del tiempo. La injuria de
los años no oscurece el espejo de sus ojos que alumbran con vivo
esplendor, como en virtud de un rito perenne. Ellos prestan a su rostro
religiosa gravedad y la exhiben agotada y penitente cual si extenuara
su vida el culto de un numen adusto.

Arrepentida de profanos coloquios y ávida de
dolores, guarda para la cruz inflexible la confidencia de sus cuitas.
Con desear para su frente, por piadosa imitación, la corona de
sangrientas espinas ahuyenta el recuerdo de las fiestas. Para expiar
las mundanas ilusiones satisface el extremo de la enmienda y eleva
sobre el yermo de su vida, para alumbrar el resto de su viaje, el cirio
de cadavérica luz.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Duelo De Arrabal

DUELO DE ARRABAL


En la pobre vivienda de suelo desnudo, alumbrada con
una lámpara mezquina, las mujeres se congregaron a llorar.
Fuertes o extenuados alternativamente, no cesaban los trémulos
sollozos, palabras agotadas y confusas escapaban de los pechos
sacudidos, gestos de dolor suplicaban a los cielos mudos. En torno de
un pequeño ataúd crecía el clamor y llegaba al
delirio; contenía el cuerpo de un niño arrebatado por la
muerte a la vida de arrabal. Hacia un rincón estaban reunidos en
haz los juguetes recién abandonados, junto a los pobres
útiles de industrias femeninas, y, en irónica ofrenda a
los pies del Crucifijo, las drogas sobre la mesa descubierta. Nobles
sacrificios fracasaron en resguardo de su vida: el consumo del ahorro
miserable, los días de zozobra, las noches de vigilia. Aquel
día, cuando la oscuridad prosperaba hasta en el ocaso tinto de
sangrante sol, vino la muerte al amparo de las sombras leves y
benignas, con fría palidez sellando su victoria.

Vino a aquella mansión, como a muchas otras;
un mal tremendo, como aquel que de orden divina diezmó los
primogénitos de Egipto, apenas dejó casa pobre sin luto.
Por su influjo tuvieron de cuna el seno de la tierra innumerables
niños, despedidos por coros gemebundos, lamentados con llanto
breve y clamoroso, el llanto de quienes en la vida sin paz tienen peor
enemigo que la muerte.

Siguiendo el general destino de los tristes que, con
la urgente pobreza, desconocen el deleite del recuerdo lloroso, los
dolientes de la pobre vivienda, alumbrada con una lámpara
mezquina, también se lamentaron con desesperanza pasajera. Las
voces roncas gimieron hasta la partida del pequeño
cadáver; pero el olvido, ante el esperado afán del
día siguiente, hizo invasión con el sosiego de la primera
noche augusta y encendida.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Solterón

EL SOLTERÓN


El tiempo es un invierno que apaga la
ambición con la lenta, fatal caída de sus nieves. Pasa
con ningún ruido y con mortal efecto: la tez amanece un
día inesperado marchita, los cabellos sin lustre y escasos,
fácil presa a la canicie, menguado el esplendor de los ojos,
sellada de preocupaciones la frente, el semblante amargo, el
corazón muerto. Sobre el mundo en la hora de nuestra vejez llora
la amarilla luz del sol, y no asiste a dulces cuitas de amor la
romántica luna. Blancos, fríos rayos de acero
envía desde la altura melancólica. Paso la juventud
favorecida por el astro benéfico en las noches de ronda
donjuanesca. Desde hoy preside el desfile de los recuerdos en las noche
sen que despiertan pensamientos como ruidos en una selva honda.
Ha pasado el momento de unirse en amorosa
simpatía; hace ya tiempo que con la primera cana se
despidió para siempre el amor, espantado del egoísmo y la
avaricia que en los corazones viejos hacen su morada. Ahora comienza la
misantropía, el odio a lo bello y de lo alegre, el remordimiento
de los años perdidos, la queja por el aislamiento irremediable,
la desconfianza de sobrar en la familia que otro ha fundado. Trabaja,
pena la imaginación del soltero ya viejo, daría tesoros
por el retorno del pasado, no muy remoto, en que pudo prepararse para
la vejez voluptuoso nido en regazo de mujer.
La alegría ruidosa de los niños canta
en nuestro espíritu. Castigo inevitable sigue a quien la desecha
para sus años postreros, y es más feliz que todos los
mortales quien participa con interés de padre en ese inocente
regocijo, y se evita en la tarde de la vida la pesarosa calma que
aflige al egoísta en su desesperante soledad. A éste,
desligado de la vida, desinteresado de la humanidad, estorboso en el
mundo, lo espera con sus fauces oscuras la tumba. Fastidiado debe
ansiar la muerte, ya que su lecho frío semeja ataúd
rígido.
Cuando descansa en la noche con la nostalgia de
amorosa compañía, no le intimida el pensamiento de la
tierra sobre su cadáver. El horror del sepulcro es ya menos
grave que el hastío de la vida lenta y sin objeto. No le importa
el olvido que sigue a la muerte, porque sobreviviendo a sus amigos,
está sin morir desamparado. Quisiera apresurar sus día y
desaparecer por miedo al recuerdo de la vida pasada sin nobleza, como
un río en medio a estériles riberas. Huye también
de recordar antiguas alegrías, refinadamente crueles, que
engañaron al más sabio de los hombres,
convenciéndolo de la vanidad de todo. Así concluye
pensando el que de sus goces recogió espinas, y vivió
inútil. Aún más desolada convicción cabe a
quien ni procreando se unió en simpático lazo con la
humanidad... Ahora olvidado, triste, duro a todo afecto el
corazón, si derramara lágrimas, serían lavas
ardientes, venidas de muy hondo.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Cansancio

CANSANCIO

Gratitud más que amor siento por esa
adolescente que cada tarde, a mi paso por delante de su ventana,
recompensa con una sonrisa mi trabajo agobiador del día entero.
Su inocencia no se ha espantado de mi tristeza que trasciende y
contagia; para calmar mi desesperación, ella responde a mi
galantería con un tímido silencio, mientras me envuelve
en la más persistente de sus miradas dormidas, atenuando mi
propio dolor y el que acabo de recoger a mi paso por los barrios de la
miseria y del vicio.
Imposible el amor cuando el porvenir ha caído
al suelo, y la enfermedad de vivir arrecia como una lluvia helada y
triste. Gratitud nada más para la adolescente que me protege
contra la desgracia por todo el resto del día,
siguiéndome con la vista hasta que desaparezco entre los
transeúntes de la calle interminable. Gratitud también
para la naturaleza que a esta hora del año se viste de funerales
atavíos, haciéndome comprender que no estoy solo, que
cuanto vive sufre, y todo vive.
Sólo ella aparece eludiendo la
fatalidad del dolor; sobre su juventud se prolonga la inconsciente
ventura de la infancia; ninguna pena ha paralizado la alegre locura de
su risa, que es la de sus primeros años, a pesar de que ninguna
frescura es tan deleznable en manos del tiempo como la de esa
manifestación del regocijo. Se diría que la naturaleza no
resiste a su gracia y se deja vencer; cuando la luz solar proclama su
victoria, triunfa en sus ojos la noche, más luminosa cuanto
más espesa, como algunos mares tropicales más
fosforescentes cuanto más oscuros.
Con su tranquila alegría no se aviene la
aflicción que traza surcos en mi frente y doblega mi vida.
Envenenaría su inocencia si la iniciara en el afán de la
batalla sin reposo, si en cambio de su misericordia la hiciera
comprender cómo asfixia la angustia por la ambición
asesinada. No he de ayudar en contra de su bienestar a la desgracia
oculta en cada momento que se acerca como una ola hinchando el seno
rugidor. Es cruel adelantarla en pocos días a los
desengaños que no aplazan su venida y a los torvos pensamientos
que ciñen las frentes mustias en fúnebre ronda.
Con misericordia correspondo a la suya, si de su
quietud me alejo con el estéril miedo de la vida, huyendo de la
sonrisa que enlaza. Ni vale más el amor que este suave recuerdo
que conservaré de su aparición en momentos de mi
más rudo vivir. Hundiéndose en el tiempo, su figura
despierta afectos tranquilos, cual convienen a espíritus
cansados; y ya el mío sólo alcanza fuerza para esa
melancólica simpatía con que el viajero en reposo
contempla la palmera lejana, encendida en el último adiós
del sol, única compañera sobre la vasta soledad.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

A Un Despojo Del Vicio

A UN DESPOJO DEL VICIO

Pábulo hasta entonces de la brutalidad,
ignorante de la misericordia y del afecto, caíste en mis brazos
amorosos tú, que habías caído y eras casta,
reducida por la adversidad a lastimosa condición de ave cansada,
de cordero querelloso y herido. Interrumpida por quejas fue la historia
de tu vida, toda dolor o afrenta. Expósita sacrificada de
algún apellido insigne, fuiste recogida por quien explotó
más tarde tu belleza. Ahora pensabas que tu muerte sería
pública, como tu aparición en el mundo; que algún
día vendría ella a liberarte de tus enemigos, la miseria,
el dolor y el vicio; que la crónica de los periódicos,
registrando el suceso, no diría tu nombre de emperatriz o de
heroína, sustituyéndolo por el apodo infamante.
Agobiaba tu frente con estigma oprobioso la
injusticia; doblegaba tus hombros el peso de una cruz. Cerca de
mí, dolorosa y extenuada, hablabas con los ojos bajos que, muy
rara vez levantados, dejaban descubrir, vergonzosos, ilusión de
paraísos perdidos de amor.
Tanto como por esos pensamientos, se elevaba tu
queja por la belleza marchita casi al comienzo de la juventud, por la
mustia energía de los músculos en los brazos
anémicos, por los hombros y espaldas descarnados, propicios a la
tisis, por la fealdad que acompañaba tu flaqueza... Era la tuya
una queja intensa, como si estuviera aumentada por la de antepasados
virtuosos que lamentaran tu ignominia. Era la primera vez que no la
sofocabas en silencio, como hasta entonces, a los cielos demasiado
lejanos, a los hombres demasiado indiferentes. Y prometías
recordar y bendecirme a mí, a aquel hombre, decías, el
único que te había compadecido, sin cuya caridad te
habrías encontrado más aislada, que tenía los
brazos abiertos a todas las desventuras, pues fijo como a una cruz
estaba por los dolores propios y ajenos. Por no afligirte más,
te dejé ignorar que yo, soñador de una imposible
justicia, iba también quejumbroso y aislado por la vida, y que,
más infeliz que tú, sin aquel afecto que moriría
pronto contigo, estaría solo.


453
Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez

Retorno Fugaz

¿Cómo era, Dios mío, cómo era?
—¡Oh corazón falaz, mente indecisa!—
¿Era como el pasaje de la brisa?
¿Como la huida de la primavera?

Tan leve, tan voluble, tan lijera
cual estival villano... ¡Sí! Imprecisa
como sonrisa que se pierde en risa...
¡Vana en el aire, igual que una bandera!

¡Bandera, sonreír, vilano, alada
primavera de junio, brisa pura...
¡Qué loco fue tu carnaval, qué triste!

Todo tu cambiar trocose en nada
—¡memoria, ciega abeja de amargura!—
¡No sé cómo eras, yo qué sé qué
fuiste!
790
Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez

Siesta De La Tormenta

Murió, como un niño, el hijo
de tu loco corazón
y mi loco corazón.

(¡Ay nuestro amor!)

No sé si ríes o lloras
mirando muerto tu amor,
mirando muerto mi amor.

(¡Ay nuestro amor!)

Yo siento como si muertos
estuviéramos tú y yo,
estuviéramos los dos.
605
Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez

Mi Sitio

Tarde última y serena,
corta como una vida,
fin de todo lo amado
¡yo quiero ser eterno!

(Atravesando hojas,
el sol ya cobre viene
a herirme el corazón.
¡Yo quiero ser eterno!)

Belleza que yo he visto
¡no te borres ya nunca!
Porque seas eterna
¡yo quiero ser eterno!
629
Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez

Trascielo Del Cielo Azul

¡Qué miedo el azul del cielo!
¡Negro!
¡Negro de día en agosto!
¡Qué miedo!

¡Qué espanto en la siesta ardiente!
¡Negro!
¡Negro en las rosas y el río!
¡Qué miedo!

¡Negro con sol en mi tierra
(¡negro!)
sobre las paredes blancas!
¡Qué miedo!
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Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez

Ojos De Ayer

¡Ojos que quieren
mirar alegres
y miran tristes!

¡Ay, no es posible
que un muro viejo
dé brillos nuevos;
que un seco tronco
(abra otras hojas)
abra otros ojos
que estos, que quieren
mirar alegres
y miran tristes!

¡Ay, no es posible!
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