Los Gafos

LOS GAFOS


La noche disimulaba el litoral bajo, inundado. Unas
aves lo recorrían a pie y lo animaban con sus gritos. Igualaban
la sucedumbre de las arpías.

Yo me había perdido entre las cabañas
diseminadas de modo irregular. Me seguía una escolta de perros
siniestros, inhábiles para el ladrido. Una conseja los
señalaba por descendientes de una raza de hienas.

Yo no quería llamar a la puerta de uno de los
vecinos. Se habían enfermado de ingerir los frutos corrompidos
del mar y de la tierra y mostraban una corteza indolora en vez de
epidermis. La alteraban con dibujos penetrantes, de inspiración
augural. El vestido semejaba una funda y lo sujetaban por medio de
vendas y de cintas, reproduciendo, sin darse cuenta, el aderezo de las
momias.

Las líneas de una serranía se
pronunciaban en la espesura del aire. Daban cabida, antes, a la
aparición de una luna perspicaz. Un espasmo, el de la cabeza de
un degollado, animaba los elementos de su fisonomía.

El satélite se había alejado de
alumbrar el asiento de los pescadores, trasunto de un hospital. Yo me
dirigí donde asomaba en otro tiempo y lo esperé sin
resultado. Me detuve delante de un precipicio.

Los enfermos se juzgaron más infelices en el
seno de la oscuridad y se abandonaron hasta morir.


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