El Romance Del Bardo

EL ROMANCE DEL BARDO


Yo estaba proscrito de la vida. Recataba dentro de
mí un amor reverente, una devoción abnegada, pasiones
macerantes, a la dama cortés, lejana de mi alcance.

La fatalidad había signado mi frente.

Yo escapaba a meditar lejos de la ciudad, en medio
de ruinas severas, cerca de un mar monótono.

Allí mismo rondaban, animadas por el dolor,
las sombras del pasado.

Nuestra nación había perecido
resistiendo las correrías de una horda inculta.

La tradición había vinculado la
victoria en la presencia de la mujer ilustre, superviviente de una raza
invicta. Debía acompañarnos espontáneamente, sin
conocer su propia importancia.

La vimos, la vez última, víspera del
desastre, cerca de la playa, envuelta por la rueda turbulenta de las
aves marinas.

Desde entonces, solamente el olvido puede enmendar
el deshonor de la derrota.

La yerba crece en el campo de batalla, alimentada
con la sangre de los héroes.


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