Poemas en este tema

Animales y Naturaleza

Julián del Casal

Julián del Casal

La Perla

Alrededor de una perla
Que el mundo ostenta en su seno,
Como divino presente
De las manos del Eterno;

Hay dos aves de rapiña
Contemplando sus destellos:
Una de plumaje áureo,
Otra de plumaje negro.
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Julián del Casal

Julián del Casal

El Sueño En El Desierto

Cuando el hijo salvaje del desierto
Ata su blanca yegua enflaquecida
Al fuerte tronco de gigante planta.
Y, tregua dando a su mortal fatiga,
Cae en el lecho de tostada arena
Donde la luz reverberar se mira;
Sueña en los verdes campos anchurosos
En que se eleva la gallarda espiga
Dorada por el Sol resplandeciente;
En la plácida fuente cristalina
Que le apaga la sed abrasadora;
En la tribu que forma su familia;
En el lejano oasis misterioso
Cuya frescura a descansar convida;
Y en el harén, poblado de mujeres
Bellas como la luz del mediodía,
Que entre nubes de aromas enervantes,
Prodigan al sultán dulces caricias.
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Jaime Torres Bodet

Jaime Torres Bodet

Agosto

Va a llover... Lo ha dicho al césped
el canto fresco del río;
el viento lo ha dicho al bosque
y el bosque al viento y al río...

Va a llover... Crujen las ramas
y huele a sombra en los pinos...

Naufraga en verde el paisaje...
Pasan pájaros perdidos...

¡Qué solo te quedas tú
pobre corazón sin nido!
1.083
Jaime Sabines

Jaime Sabines

Me Encanta Dios

Me encanta Dios. Es un viejo magnífico que no se toma en serio.
A él le gusta jugar y juega, y a veces se le pasa la mano y nos
rompe una pierna o nos aplasta definitivamente. Pero esto sucede porque
es un poco cegatón y bastante torpe con las manos.
Nos ha enviado a algunos tipos excepcionales como Buda, o Cristo, o
Mahoma, o mi tía Chofi, para que nos digan que nos portemos bien.
Pero esto a él no le preocupa mucho: nos conoce. Sabe que el pez
grande se traga al chico, que la lagartija grande se traga a la pequeña,
que el hombre se traga al hombre. Y por eso inventó la muerte: para
que la vida —no tú ni yo— la vida, sea para siempre.
Ahora los científicos salen con su teoría del Big Bang...
Pero ¿qué importa si el universo se expande interminablemente
o se contrae? Esto es asunto sólo para agencias de viajes.
A mí me encanta Dios. Ha puesto orden en las galaxias y distribuye
bien el tránsito en el camino de las hormigas. Y es tan juguetón
y travieso que el otro día descubrí que ha hecho —frente
al ataque de los antibióticos— ¡bacterias mutantes!
Viejo sabio o niño explorador, cuando deja de jugar con sus soldaditos
de plomo y de carne y hueso, hace campos de flores o pinta el cielo de manera
increíble.
Mueve una mano y hace el mar, y mueve la otra y hace el bosque. Y cuando
pasa por encima de nosotros, quedan las nubes, pedazos de su aliento.
Dicen que a veces se enfurece y hace terremotos, y manda tormentas,
caudales de fuego, vientos desatados, aguas alevosas, castigos y desastres.
Pero esto es mentira. Es la tierra que cambia —y se agita y crece— cuando
Dios se aleja.
Dios siempre está de buen humor. Por eso es el preferido de mis
padres, el escogido de mis hijos, el más cercano de mis hermanos,
la mujer más amada, el perrito y la pulga, la piedra más
antigua, el pétalo más tierno, el aroma más dulce,
la noche insondable, el borboteo de luz, el manantial que soy.
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Jaime Sabines

Jaime Sabines

Adán Y Eva Iv

—Ayer estuve observando a los animales y me puse a pensar en ti. Las hembras
son más tersas, más suaves y más dañinas. Antes
de entregarse maltratan al macho, o huyen, se defienden. ¿Por qué?
Te he visto a ti también, como las palomas, enardeciéndote
cuando yo estoy tranquilo. ¿Es que tu sangre y la mía se
encienden a diferentes horas?
Ahora que estás dormida debías responderme. Tu respiración
es tranquilany tienes el rostro desatado y los labios abiertos. Podrías
decirlo todo sin aflicción, sin risas.
¿Es que somos distintos? ¿No te hicieron, pues, de mi
costado, no me dueles?
Cuando estoy en ti, cuando me hago pequeño y me abrazas y me
envuelves y te cierras como la flor con el insecto, sé algo, sabemos
algo. La hembra es siempre más grande, de algún modo.
Nosotros nos salvamos de la muerte. ¿Por qué? Todas las
noches nos salvamos. Quedamos juntos, en nuestros brazos, y yo empiezo
a crecer como el día.
Algo he de andar buscando en ti, algo mío que tú eres
y que no has de darme nunca.
¿Por qué nos separaron? Me haces falta para andar, para
ver, como un tercer ojo, como otro pie que sólo yo sé que
tuve.
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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Asno

EL ASNO


Yo no podía sufrir la vivienda lóbrega
y discurría por la vega de la ciudad escolar.

Yo disfrutaba la soledad montado sobre un asno y me
detenía en presencia de un río sereno. Los pájaros
volaban al alcance de la mano y al amor de una ráfaga del
infinito. Yo buscaba en el seno de las nubes rasantes el origen de una
música de laúdes.

El senescal de un rey santo me había separado
de solicitar la salud por medio de las letras y me invitaba a abrazar
la humildad de las criaturas insipientes. El trato del senescal me
reposaba de la meditación febril.

El rey santo vivía afligido por los reparos
de una conciencia mórbida y se calificaba de soberbio al aceptar
de sus hermanos el ministerio de criados de su mesa. La etiqueta se
inspiraba en un paso de la Biblia.

El rey santo me había dirigido a pensar en
los rodeos y asaltos del diablo a las almas de los moribundos. El trote
modesto de mi cabalgadura facilitaba el arrobo y la pérdida de
mis facultades. El asno frugal y resignado, presente en las ceremonias
del culto, dividía conmigo la cuita suprema. Me salvó en
una carrera súbita al descubrir, en el enredo de unas
espadañas y lentejas fluviales, la obesidad innoble de una
esfinge de ojos oblicuos.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

La Merced De La Bruma

LA MERCED DE LA BRUMA


Yo vivo a los pies de la dama cortés,
atisbando su benigna sonrisa de numen.

El cierzo invade la sala friolenta y cautiva en su
torbellino las quimeras y los fantasmas del hastío. Repite el
monólogo del pino desventurado y humedece ¡oh
lágrimas invisibles! la faz de los espejos y de las consolas de
un dorado triste.

Yo diviso a través de la ventana el
desmán de un oso y el sobresalto de unas aves lentas, de
sueño precoz. La tarde engalana el bosque de luces taciturnas.

El discurso de la mujer insinuante no consigue
mitigar la pesadumbre del exilio. Yo padezco el sortilegio de su
voluntad repentina y declaro en frases indirectas el pensamiento del
retorno al mediodía jovial. Mis palabras vuelan ateridas,
enfermas de la congoja del cielo.

La dama cortés adivina en lontananza un
mensaje benévolo. Recibe de manos de un jinete menudo y suspicaz
el secreto de la belleza inmortal, el iris de los polos, una flor
ignorada.


355
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Olvido

EL OLVIDO


Yo no pisaba las huellas del cazador extravagante.
Quería evitar el contagio de su pesadumbre.

Morábamos vecinos en un país de
belleza augusta. El azufre y demás fósiles predilectos
del fuego se juntaban en la composición de la tierra.

El cazador frecuentaba los montes de granito. Su
gesto valiente se dibujaba en la zona del éter cándido.
Una lumbre fugitiva dirigía sus pasos.

Había domesticado el ser más viejo
entre las gamuzas repentinas. Acertaba de espaldas con el objeto de sus
tiros.

No lo abordé sino una vez, para dar con el motivo de su desvío.

La manera grave de su discurso no me permitió
recoger una vislumbre.

Había fabricado su cabaña a la sombra de un pino glacial.

Yo la visité furtivamente al advertir su
ausencia de una semana. El cazador, libre de los efectos
deletéreos de la muerte, yacía en un ataúd de
piedra. El semblante helado, ajeno del pesar, no inspiraba conjeturas
sobre la causa del fallecimiento. Un reguero de carbunclos
magnéticos había caído de su diestra.

Un torrente, creado por la lluvia fortuita, arroja
sobre la cabaña un sedimento de arena y promete cegarla.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Resfrío

EL RESFRÍO


He leído en mi niñez las memorias de
una artista del violoncelo, fallecida lejos de su patria, en el sitio
más frío del orbe. He visto la imagen del sepulcro en un
libro de estampas. Una verja de hierro defiende el hacinamiento de
piedras y la cruz bizantina. Una ráfaga atolondrada vierte la
lluvia en la soledad.

La heroína reposa de un galope consecutivo,
espanto del zorro vil. El caballo estuvo a punto de perecer en los
lazos flexibles de un bosque, en el lodo inerte.

La artista arrojó desde su caballo al
sórdido río de China un vaso de marfil, sujeto por medio
de un fiador, e ingirió el principio del cólera en la
linfa torpe. Allí mismo cautivó y consumió unos
peces de sabor terrizo. La heroína usaba de modo preferente el
marfil eximio, la materia del olifante de Roldán.

Un sol de azufre viajaba a ras del suelo en la
atmósfera de un arenal lejano y un soplo agudo, mensajero de la
oscuridad invisible, esparció una sombra de terror en el cauce
inmenso.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Las Almas

LAS ALMAS


La nave tenía el nombre de una flor y de un
hada. Dividía rápidamente la superficie elástica
del mar. El grumete anunciaba a voz en grito la isla de las aves
procelarias. Sus rocas se dibujaban en el crepúsculo tenue,
simulando las reliquias de una ciudad. Significaban la guerra de los
elementos en un día inmemorial.

Una humareda se descomponía, a breve
distancia del suelo, en una serie de orbes distintos. Un ser aleve se
entretenía quemando leña verde en una atmósfera
alterada artificiosamente. De donde venían las figuras
inusitadas del humo.

En pisando tierra, descubrimos al autor del fuego.
La naturaleza había intentado de modo involuntario y a ciegas el
esbozo de una criatura humana. La malignidad del endemoniado se
transpintaba en su fisonomía rudimental. Encerraba el viento en
un odre.

Lo tratamos osadamente y sin respeto y lo dejamos
inerme y contrito. El nombre de nuestra nave despertó de su
letargo y redimió de su cautiverio una compañía de
formas aéreas. Nos siguieron en el tornaviaje y su presencia no
llenaba espacio.

Las condujimos al pie de un monte y penetraron en el
seno de unos árboles, para esconderse. Una laguna las rodeaba y
defendía con sus gases.

Quedaron bajo la encomienda de un ave libre de los
menesteres y limitaciones de la vida.


492
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Donaire

EL DONAIRE


Los enanos forjaban tridentes para las divinidades
marinas. Enseñaban a los naturales de la isla de las canteras el
arte de pescar las esponjas. Inventaron los espejos de obsidiana.

Se ocupaban de educar el ruiseñor y el
alción, los pájaros de la felicidad, y maldecían
la escasa inteligencia de las aves de rapiña. Habitaban en
viviendas de yeso y no se atrevían sino con las liebres. Fueron
desterrados por una muchedumbre de hormigas cáusticas.

Aristófanes se complacía refiriendo,
entre carcajadas homéricas, la sumersión de los enanos en
una ciénaga después de su brava resistencia en un bosque
de lirios y azafranes.

Los enanos habrían salido vencedores sin la
animadversión de unas grullas de pico incisivo, autoras de
lesiones incurables.

Los enanos corrieron a salvarse en la nave de los
argonautas y confesaron el origen de su infortunio. Habían
imitado de modo risueño el paso de Empous, una larva coja, de
pies de asno.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Tótem

EL TÓTEM

Yo había perdido un año en ceremonias
con el rey del país oculto. Los áulicos sagaces anulaban
mi solicitud y sufrían los desahogos de mi protesta con una
sonrisa neutral.

Yo procuraba intimidarlos con el nombre de mi
soberano y describía enfáticamente los recursos infinitos
de su armada. Se creían salvos en el recinto de sus montes.

Yo entretenía el sinsabor criticando el
estatuto de la familia. Me holgaba con el trato de las mujeres
infantiles y de los niños alegres y descubría los efectos
de una crianza atenida a la captura del presente rápido. Un
pasaje en verso, el primer asunto fiado a la memoria, escrito en una
cinta de seda, insistía de modo pintoresco en la realidad
sucesiva.

Nunca he visto igual solicitud por las criaturas
simples de la naturaleza. Los niños demostraban un alma
indulgente en su familiaridad con las cigarras y con las mariposas
recogidas, durante la noche, en una jaula de mimbre y se
divertían con las piruetas y remolinos de unos peces de
sustancia efímera, circulantes en un acuario de obsidiana.

Un cortesano, especie de senescal, me visitó
una vez con el mensaje de haber sido allanados los inconvenientes de mi
embajada. Yo debía presenciar, antes de mi retorno y en
señal de amistad, una fiesta dirigida a conciliarme los genios
defensores del territorio. El cortesano se alejó después
de asentarme en el hombro su abanico autoritario.

La fiesta se limitaba a recitar delante de un gamo
unicorne, símbolo de la felicidad, pintado en un lienzo
escarlata, unos himnos de significación abolida. Unos sacerdotes
calvos no cesaban de imprimir un sonido igual en sus tamboriles de
azófar.

Uno de los oficiantes renunció el vestido
faldulario y el instrumento desapacible con el propósito de
facilitar mi salida. Gobernó un día entero mi balsa
rústica, palanca en mano, según el curso de un río
tumultuoso.

El gamo unicorne, signo del feliz agüero, se
dejó ver sobre la cima de un volcán extinguido.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Páramo

EL PÁRAMO


Los huérfanos se han formado en las pradera
libres. Ejecutan solamente las veleidades de su albedrío.

Han descubierto los secretos de la medicina
rústica, mirando las costumbres de los animales. Discurren sobre
los ejemplares de la selva, desde el cedro hasta el hisopo, a semejanza
de Salomón, el monarca feliz. Un oso les ha cedido su caverna,
usando la condescendencia de un abuelo. Un pájaro estridente les
enseña el pronóstico de la lluvia.

Cantan en el retiro de la noche y el sapo verdinegro
danza en dos pies delante de una luna mortal.

Disipan las visiones de la sombra y del miedo
agitando en el aire un ramo de verbena céltica.

Se abstienen de encender lumbre en los días
sujetos a una constelación inicua. Una figura sangrienta,
vestida con la sotana de los supliciados, divide las fauces de la
tierra y se declara su progenitor.

Los huérfanos la ahuyentan
dirigiéndole motes indignos, reservados para el topo y
demás criaturas de vivienda sórdida.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Derrotero De Camõens

EL DERROTERO DE CAMÕENS

Nos proponíamos visitar a un reyezuelo
timorato. Pendía del asentimiento de la Gran Bretaña.

Mandó, para facilitarnos el viaje, una
escolta de sus ministros, vestidos de seda amarilla. Montaban un barco
fluvial, canoa de guerra, semejante a una mariposa desplegada.
¡Tan original era el aderezo de sus velas!

Teníamos siempre a la vista alguna pagoda de
forma de campana, situada en una tregua del bosque. La naturaleza
tropical soltaba el coro de sus voces innumerables y lo gobernaba el
grito de un mono colgado por una sola mano. Los ministros del reyezuelo
aumentaban la batahola sonando una música de carraca y tambor.

Superamos los rodeos del majestuoso caudal de agua y
llegamos al palacio de nuestro personaje, edificio de estilo
quimérico, en medio de una salva de cañones desusados.
Los espantajos del sueño y las fieras del desierto
constituían los motivos ornamentales de la arquitectura. El rey
incorporaba su propio nombre, una serie de calificativos y atributos
sanguinarios, holganza de su vanidad ingenua.

Nos recibió cortésmente y se dio por
satisfecho con nuestro saludo prosternado. Nos recitó, en la
primera entrevista, los preceptos relativos a la cólera y al
orgullo, para darnos una idea de las doctrinas de su raza.

Nos invitó, la noche siguiente, al pasatiempo
de un drama. La decoración poseía un olvidado sentido
litúrgico y los parlamentos, iguales y prolijos,
componían la historia de una venganza. El conflicto se
desenlazaba por medio de un acaso inverosímil y la
ilusión dramática cedía el puesto a un
desmán efectivo. Una mujer del serrallo, malquista del rey,
desempeñaba el papel más odioso y fue enterrada viva.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Los Hijos De La Tierra

LOS HIJOS DE LA TIERRA


Los nómades, reducidos a la indigencia,
habían fijado su tienda de campaña en medio de un llano
roído por el fuego. Los caballos, prácticos en el arte de
acertar con la hierba debajo de la nieve, mordían y trituraban
la paja renegrida. Habían sido soltados de unos carros innobles.
Una polvareda fortuita venía del horizonte a malograr la faena
de los herreros y de los albéitares, oficios reivindicados para
satisfacer las preguntas de la policía.

Los naturales del país, fieles de un dogma
tiránico, vigilaban la actitud de los peregrinos y los acusaban
de impíos y de rapaces. Yo no me aventuraba en su campamento
sino a caballo y provisto de un sable recurvo y después de
calarme hasta las orejas un gorro cilíndrico, de pelambre de
carnero.

Los nómades se decían ofendidos en su
credo rudimental y solicitaban el auxilio de unas divinidades obtusas,
fantasmas del caos desolado. Referían el origen de su raza a la
invasión de un cometa, en el principio de los siglos.

Decidieron alejarse en las últimas
oscilaciones del otoño. Volaban los cristales de la nieve
precoz. Las ráfagas del polo disolvían el sudario de una
virgen insepulta, en la noche estigia, en el límite del mundo.

Lastimaron, antes de su viaje, la fe de los
indígenas con el sacrificio de un perro en la actitud del
crucifijo. Consultaban de ese modo el éxito de sus pensamientos
y requerían el arribo inmediato y el socorro de la noche. La
invitaban a fustigar sin tregua la pareja de cuervos de su carro
taciturno.

La hueste famélica se dirigió al
encuentro de un sol precipitado.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Cereal

CEREAL


Los labradores se detuvieron a escuchar el ruido.
Habían llegado de la profundidad del horizonte, por sendas
vías, y coronaban una meseta. Se encontraban desconcertados.

Los perros miraban fijamente al suelo y lo
despolvoraban con sus resoplidos.

El rumor crecía por momentos y semejaba el de
una ciudad precipitada a su ruina.

Los labradores ahuyentan y matan un ave sanguinaria,
ensañada con un toro fugitivo de la muerte, herido por la segur
del sacrificio.

El sol arroja de sí mismo el velo de
azafrán, efecto del verano, y preside la salvación de la
víctima ensangrentada.

Los labradores observan el respeto de la vida y
aborrecen las prácticas de sus vecinos. Conjeturan su
pérdida en medio de un portento.

Los labradores emprenden el camino de su aldea y
reservan al predilecto del sol una ribera fecunda.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Peregrino De La Fe

EL PEREGRINO DE LA FE


Yo gustaba de perderme en la isla pobre, ajena del
camino usual. Descansaba en los cementerios inundados de flores
silvestres, en el ámbito de las iglesias de madera.

Mi pensamiento se desvanecía a la vista del
cielo de ámbar y una serranía azul.

Yo rompía al azar la flora voluble de los
prados. El iris mágico de una columna de agua aturdía la
serie de mis caballos imprudentes.

El sol fortuito invertía las horas de la
vigilia y del sueño, presidiendo el fausto de una latitud
excéntrica.

Los ríos verdes ocupaban un cauce de cenizas.
Merecían el privilegio de llevar al océano el
ataúd de una virgen desconsolada.

Yo recliné la cabeza en una piedra,
compadeciendo la frente proscrita de Jesús, y dormí en
una colina sobria, en donde crecía una maleza perfumada, cerca
del blando tapiz del mar.

Yo disfruté, en el curso de la noche
plácida, las visiones reservadas a Parsifal y recibí,
antes del alba, el mandamiento de alejarme del silencio.

Un prócer de la corte celeste, favorecido con
el semblante y la sabiduría de un San Jerónimo, me
esperaba a breve distancia en el barco del pasaje y lo dirigió
con la voz.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Capricornio

EL CAPRICORNIO


Fijamos la tienda de campaña en el suelo de
arena, invadido por el agua de una lluvia apacible. Vivíamos
sobre las armas con el fin de eludir la sorpresa de unos jinetes de
raza imberbe.

Unas aves de pupila de fuego, metamorfosis de unos
lobos empedernidos, alteraban la oscuridad secreta. Un lago
trémulo recogía en su cuenca la vislumbre de un cielo
versátil.

Sufríamos humildemente la penuria del clima.
Derribamos un cabrío, el primero de una tropa montaraz, y nos
limitamos a su vianda rebelde, coriácea. Los cuernos
repetían la voluta precisa de los del capricornio en la faja del
zodíaco.

Plutarco, prócer de un siglo decadente, cita
los ensueños torpes, derivados de los manjares aviesos, y
persiste en reprobar la cabeza del pólipo.

Los jinetes habían dirigido en nuestro
seguimiento el rebaño funesto. Esperanzados en el desperdicio de
nuestra pólvora, inventaron el ardid magistral de ponerlo a
nuestro alcance. De donde vinieron la captura y el aprovechamiento de
la res infame y la danza de unas formas lúbricas en el reposo de
la cena.

Disparamos erróneamente los fusiles sobre el
ludibrio de los sentidos. Unos gatos de orejas mútilas
cabriolaban, a semejanza de los sátiros ebrios de un Rubens, en
el seno de una llama venenosa.


520
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Cristiano

EL CRISTIANO


Yo lo veía diariamente sentado a la puerta de
su choza y con la cabeza entre las manos, hundido en una
reflexión intensa. Se mostraba en aquella actitud cerca de la
noche, cuando el cielo igual de la región se alteraba
ligeramente con delgados celajes de ámbar y violeta.

Él había perdido los años
más fértiles de la vida en el sufrimiento del presidio,
por efecto de una acusación injusta. Su honestidad se
había conservado intacta y lo había redimido al principio
de la vejez. Los superiores le habían permitido edificar su
vivienda en un descampado. Él se había insinuado en la
amistad de sus compañeros y había suavizado la ley de su
destino, esclareciéndoles las promesas del Evangelio.

Yo lo visitaba con frecuencia y lo seguía en
sus peregrinaciones hasta la orilla del océano de las ballenas y
de los témpanos. Había sustituido con un nombre fingido
el verdadero y se justificaba alegando su humildad y el
propósito de semejarse a la ola fundida en el mar.

Él me enseñó la caridad con los
animales. Antes de su muerte, me encontró digno de proteger sus
dos amigos más probados. Yo trasladé para mi casa, sobre
mis hombros, al ajuar de la suya y eché por delante un zorro
azul del polo y una liebre sedosa.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Justiciero

EL JUSTICIERO


Yo era un prelado riguroso. Mi autoridad pesaba sin
contemplaciones sobre un distrito fortificado. Mi palacio gobernaba el
río de la frontera, de cauce irregular, alterado por el
precipicio y la caverna. Mi estandarte, en figura de triángulo,
mandaba con acento vigoroso el concierto de escarpas, reductos y
atalayas.

Yo quería imponer, en su significación
cabal, los dragantes de mi blasón.

Me encarnizaba especialmente con los delitos de
condescendencia y de flaqueza. Vivía sumido en la
ventilación del problema de la gracia y del albedrío, y
sustraído al hechizo de la naturaleza sensible.

Yo ordené el castigo inhumano del
emparedamiento al saber el caso de una monja enamorada y
permanecí impasible a la súplica de sus deudos
arrodillados.

La infeliz se dirigió al sitio del suplicio
al compás de una música sorda y llevando a la diestra el
cirio de la penitencia.

Yo me enfermé de un mal incurable al recibir,
el día siguiente, la visita del progenitor de la víctima.
El anciano había aprendido, en la compañía de las
aves, un arte afectuoso. Habitaba, hasta ese momento, en la linde de
una floresta, en la vecindad de los ruiseñores, y los
había defendido de la saña innata del gavilán.

Las aves le habían referido, en trinos y
gorjeos, el cuento de esa vieja enemistad, notada, desde el alba de la
historia, en más de una teogonía venerable.

El anciano tañía el violón de
un ángel filarmónico, visto por mí en una
miniatura alegórica del paraíso.

Sus increpaciones, en el momento de alejarse, dieron
al traste con mi severidad.


470
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Ofir

OFIR


La borrasca nos había separado del rumbo,
arrojándonos fuera del litoral. Empezábamos a penetrar en
la noche insondable del océano.

Oíamos el gemido de unas aves perdidas en la
inmensidad y yo recordé el episodio de una fábula de los
gentiles, en donde el héroe escucha graznidos al cruzar una
laguna infernal. Los marineros, mudos de espanto, sujetaron a golpe de
remo el ímpetu de la corriente y salieron a una ribera de palmas.

Yo vi animarse, en aquella zona del cielo, las
figuras de las constelaciones y miré el desperezamiento del
escorpión, autor de la caída de Faetonte.

Nosotros desembarcamos en la boca de un río y
nos internamos siguiendo sus orillas de hierba húmeda. Los
naturales nos significaron la hospitalidad, brindándonos agua en
unas calabazas ligeras.

Subimos a reposar en una meseta y advertimos el
dibujo de una ciudad en medio de la atmósfera transparente. La
comparamos a la imagen pintada por la luz en el seno de un espejo.

El rey, acomodado en un palanquín, se
aventuraba a recorrer la campiña, seguido de una escolta montada
sobre avestruces. Gozaba nombre de sabio y se divertía
proponiendo acertijos a los visitantes de su reino.

Unos pájaros, de plumaje dispuesto en forma
de lira, bajaban a la tierra con vuelo majestuoso. Despedían del
pecho un profundo sonido de arpa.

Yo discurrí delante del soberano sobre los
enigmas de la naturaleza y censuré y acusé de impostores
a los mareantes empecinados en sostener la existencia de los
antípodas.

El rey agradeció mi disertación y me
llevó consigo, en su compañía habitual. Me
regaló esa misma noche con una música de batintines y de
tímpanos, en donde estallaba, de vez en cuando, el son
culminante del sistro.

Salí el día siguiente sobre un
elefante, dádiva del rey, a contemplar el ocaso, el prodigio
mayor del país, razón de mi viaje.

El sol se hundía a breve distancia,
alumbrando los palacios mitológicos del mar.


499
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Rajá

EL RAJÁ

Yo me extravié, cuando era niño, en
las vueltas y revueltas de una selva.

Quería apoderarme de un antílope recental. El rugido del
elefante salvaje me llenaba de consternación. Estuve a punto de
ser estrangulado por una liana florecida.

Más de un árbol se parecía al
asceta insensible, cubierto de una vegetación parásita y
devorado por las hormigas.

Un viejo solitario vino en mi auxilio desde su
pagoda de nueva pisos. Recorría el continente dando ejemplos de
mansedumbre y montado sobre un búfalo, a semejanza de Lao-Tse,
el maestro de los chinos.

Pretendió guardarme de la sugestión de
los sentidos, pero yo me rendía a los intentos de las ninfas del
bosque.

El anciano había rescatado de la servidumbre
a un joven fiel. Lo compadeció al verlo atado a la cola del
caballo de su señor.

El joven llego a ser mi compañero habitual.
Yo me divertía con las fábulas de su ingenio y con las
memorias de su tierra natal. Le prometí conservarlo a mi lado
cuando mi padre, el rey juicioso, me perdonase el extravío y me
volviese a su corte.

Mi desaparición abrevió los
días del soberano. Sus mensajeros dieron conmigo para advertirme
su muerte y mi elevación al solio.

Olvidé fácilmente al amigo de antes,
secuaz del eremita. Me abordó para lamentarse de su pobreza y
declararme su casamiento y el desamparo de su mujer y de su hijo.

Los cortesanos me distrajeron de reconocerlo y lo
entregaron al mordisco sangriento de sus perros.


566
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

La Verdad

LA VERDAD


La golondrina conoce el calendario, divide el
año por el consejo de una sabiduría innata. Puede
prescindir del aviso de la luna variable.

Según la ciencia natural, la belleza de la
golondrina es el ordenamiento de su organismo para el vuelo, una
proporción entre el medio y el fin, entre el método y el
resultado, una idea socrática.

La golondrina salva continentes en un día de
viaje y ha conocido desde antaño la medida del orbe terrestre,
anticipándose a los dragones infalibles del mito.

Un astrónomo desvariado cavilaba en su isla
de pinos y roquedos, presente de un rey, sobre los anillos de Saturno y
otras maravillas del espacio y sobre el espíritu elemental del
fuego, el fósforo inquieto. Un prejuicio teológico le
había inspirado el pensamiento de situar en el ruedo del sol el
destierro de las almas condenadas.

Recuperó el sentimiento humano de la realidad
en medio de una primavera tibia. Las golondrinas habituadas a rodear
los monumentos de un reino difunto, erigidos conforme una
aritmética primordial, subieron hasta el clima riguroso y
dijeron al oído del sabio la solución del enigma del
universo, el secreto de la esfinge impúdica.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre