El Asno
EL ASNO
Yo no podía sufrir la vivienda lóbrega
y discurría por la vega de la ciudad escolar.
Yo disfrutaba la soledad montado sobre un asno y me
detenía en presencia de un río sereno. Los pájaros
volaban al alcance de la mano y al amor de una ráfaga del
infinito. Yo buscaba en el seno de las nubes rasantes el origen de una
música de laúdes.
El senescal de un rey santo me había separado
de solicitar la salud por medio de las letras y me invitaba a abrazar
la humildad de las criaturas insipientes. El trato del senescal me
reposaba de la meditación febril.
El rey santo vivía afligido por los reparos
de una conciencia mórbida y se calificaba de soberbio al aceptar
de sus hermanos el ministerio de criados de su mesa. La etiqueta se
inspiraba en un paso de la Biblia.
El rey santo me había dirigido a pensar en
los rodeos y asaltos del diablo a las almas de los moribundos. El trote
modesto de mi cabalgadura facilitaba el arrobo y la pérdida de
mis facultades. El asno frugal y resignado, presente en las ceremonias
del culto, dividía conmigo la cuita suprema. Me salvó en
una carrera súbita al descubrir, en el enredo de unas
espadañas y lentejas fluviales, la obesidad innoble de una
esfinge de ojos oblicuos.
Yo no podía sufrir la vivienda lóbrega
y discurría por la vega de la ciudad escolar.
Yo disfrutaba la soledad montado sobre un asno y me
detenía en presencia de un río sereno. Los pájaros
volaban al alcance de la mano y al amor de una ráfaga del
infinito. Yo buscaba en el seno de las nubes rasantes el origen de una
música de laúdes.
El senescal de un rey santo me había separado
de solicitar la salud por medio de las letras y me invitaba a abrazar
la humildad de las criaturas insipientes. El trato del senescal me
reposaba de la meditación febril.
El rey santo vivía afligido por los reparos
de una conciencia mórbida y se calificaba de soberbio al aceptar
de sus hermanos el ministerio de criados de su mesa. La etiqueta se
inspiraba en un paso de la Biblia.
El rey santo me había dirigido a pensar en
los rodeos y asaltos del diablo a las almas de los moribundos. El trote
modesto de mi cabalgadura facilitaba el arrobo y la pérdida de
mis facultades. El asno frugal y resignado, presente en las ceremonias
del culto, dividía conmigo la cuita suprema. Me salvó en
una carrera súbita al descubrir, en el enredo de unas
espadañas y lentejas fluviales, la obesidad innoble de una
esfinge de ojos oblicuos.