Lista de Poemas

Nocturno

En la noche azulada y silenciosa
Del seno de la Tierra se levanta
Una voz sepulcral, triste, amorosa,
Que así a mi oído, entre las sombras, canta.

«Cruzando por los mares de la vida
Arribé de la muerte al firme puerto
Y observé, con el alma dolorida,
Que el mundo estaba para ti desierto.

»Por eso, al extender su denso manto
La noche, por los ámbitos del cielo,
Vengo a enjugar las gotas de tu llanto,
Vengo a ofrecer a tu dolor consuelo.

»Y como un padre por sus hijos vela
—Aun desde el triste reino del olvido—
Mi corazón, que tu ventura anhela,
Consejos te va a dar, hijo querido.

»Huye del mundo y de su pompa vana
Cual huye del milano la avecilla,
Y alcanzarás, al perecer mañana,
Muerte feliz tras vida sin mancilla.

»Prodiga el bien, con generosa mano,
Sin esperar el premio merecido,
Porque el ingrato corazón humano
Da premio al bien con el eterno olvido.

»No busques los aplausos o el renombre
En la lucha tenaz de la existencia:
Ten sólo por hermano a cada hombre
Y por único juez a tu conciencia.

»Ni sigas de la dicha la luz pura
Si ves brillar sus rayos a lo lejos;
La dicha es como el Sol: desde la altura
Sólo envía a la Tierra sus reflejos.

»Ni te seduzca la apariencia hermosa:
El mal se oculta bajo forma bella,
Como entre flores sierpe venenosa,
Como entre nubes hórrida centella.

»Donde tenga el dolor una morada
Dirige allí tus pasos vacilantes.
¡Vale más una lágrima enjugada
Que una corona de oro y de diamantes!

»Si algún pesar el alma te devora
Ocúltalo del pecho en lo profundo,
Y en soledad tu desventura llora
Antes que llegue a conocerlo el mundo».

Es la voz de mi padre. A su sonido
Feliz el corazón late en mi pecho,
Y, dando mis pesares al olvido,
Tranquilo duermo en solitario lecho;

Como el viajero errante y fatigado,
Lejos mirando el fin de su camino,
Se duerme sobre el césped perfumado
De un ave oyendo el armonioso trino.
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La Nube

En la fuente cristalina
De su jardín solitario,
Se baña la fiel sultana
De hermoso cuerpo rosáceo.

Ya no ocultan finas telas
De su seno los encantos,
Ni la red de hilos de oro
Sus cabellos destrenzados.

El sultán que la contempla,
Tras los vidrios del serrallo,
Dice: —«El eunuco vigila,
Yo solo la veo en el baño».

—«Yo también, —dice una nube
Que cruza el azul espacio—,
Veo su cuerpo desnudo
De mil perlas inundado».

Pálido Achmed, cual la Luna,
Toma el puñal en su mano
Y mata a la favorita...
Cuando la nube ha volado.
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Introducción

A Ricardo del Monte

al muy querido y muy venerado maestro,
dedica sus primeros versos
Julián del Casal


INTRODUCCIÓN

Árbol de mi pensamiento

Lanza tus hojas al viento

Del olvido,

Que, al volver las primaveras,

Harán en ti las quimeras

Nuevo nido;

Y saldrán de entre tus hojas,

En vez de amargas congojas,

Las canciones

Que en otro mayo tuvistes,

Para consuelo de tristes

Corazones.

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Amor En El Claustro

Al resplandor incierto de los cirios

Que, en el altar del templo solitario,

Arden, vertiendo en las oscuras naves

Pálida luz que, con fulgor escaso,

Brilla y se extingue entre la densa sombra;

En medio de esa paz y de ese santo

Recogimiento que hasta el alma llega;

Allí, do acude el corazón llagado

A sanar sus heridas; do renace

La muerta fe de los primeros años;

Allí, do un Cristo con amor extiende

Desde la cruz al pecador sus brazos;

De fervorosa devoción henchida,

El níveo rostro en lágrimas bañado,

La vi postrada ante el altar, de hinojos,

Clemencia a Dios y olvido demandando.


De sus mórbidas formas, el ropaje

Adivinar dejaba los encantos,

Como las sombras de ondulante nube

De blanca luna el ambarino rayo.

Sus ebúrneas mejillas transparentes

Conservaban aún el sonrosado

Tinte que ostentan las camelias blancas,

Al florecer en la estación de Mayo.

Brotaba de sus labios el aroma

De las fragantes flores del naranjo,

Y, en actitud angélica, elevaba

Hacia el Señor las suplicantes manos.


Cuando el reloj que asoma por la parda

Torre del gigantesco campanario,

Puebla el aire de acordes vibraciones,

Hiriendo el duro bronce, acompasado,

Para anunciar la misteriosa hora

De medianoche a los mortales; cuando

Las castas hijas del Señor reposan

En apacible sueño; y, solitario,

Pavor infunde al ánimo atrevido,

Con su imponente gravedad el claustro;

Ella entonces las naves atraviesa

Envuelta en negro, vaporoso manto,

Y se prosterna, con fervor ardiente,

Ante el altar del Dios crucificado.

Allí contrita reza: ¡reza y llora!

Mas ¿por quién vierte tan copioso llanto?

¿Es porque mira de la cruz pendiente

Tu cuerpo moribundo, ensangrentado,

Salvador inmortal? ¿Es que te pide

Perdón para sus culpas? ¿Será acaso

Que, en pugna lo divino y lo terreno

En su alma virginal, triunfa, del santo

Amor a que la ardiente fe la inclina,

El terrenal amor nunca olvidado?


¿Quién lo puede saber? Y ¿quién penetra

Del corazón el insondable arcano?

¿Quién puede descender hasta ese abismo

Donde se mezclan el placer y el llanto?
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .


Mas... ¡escuchad! Con voz dulce y sentida

Deja escapar de sus divinos labios

Esta plegaria que a los cielos sube

Bajo las formas de armonioso canto:


—«Cuando el aura de amor embalsamaba

De mi vida las quince primaveras

Y, en mi mente febril, revoloteaba

Áureo enjambre de fúlgidas quimeras;


»Cuando la juventud y la ventura

Me prodigaban sus mejores dones,

Y al poder de mi angélica hermosura

Vi doblegarse altivos corazones;


»Cuando del mundo en el sendero, hollaba

Blandas alfombras de fragantes flores,

Y mi virgínea frente coronaba

La diadema inmortal de los amores;


»La muerte arrebató con saña impía

Aquel que, de la vida en los vergeles,

Al conquistar mi corazón un día

Conquistaba del arte los laureles.


»Yo, dando mi postrer adiós al mundo,

Te consagré la flor de mi inocencia,

Y abismada en tu amor santo y profundo

En ti busqué la paz de la existencia.


»Mas como alterna con la noche el día

Y con las tempestades la bonanza,

¡Oh Dios! alterna así en el alma mía

Con tu amor otro amor sin esperanza.


»En el día, en la noche, a cada hora

La imagen de ese amor se me presenta,

Como brillante resplandor de aurora

En mi sombría noche de tormenta.


»Es tan bella ¡Señor! de tal encanto

Revestida a mis ojos aparece,

Que anubla mis pupilas triste llanto

Si alguna vez en sombras desparece.


»Haz que ese ardiente amor que me cautiva

Muera en mi corazón ¡Dios soberano!

Y que sólo en mi alma tu amor viva

Sin el consorcio del amor mundano».



Así dijo; dos lágrimas ardientes

Por sus blancas mejillas resbalaron,

Cual resbalan las gotas de rocío

Por el cáliz del lirio perfumado.

En el fondo del alma, los recuerdos

Las sombras del olvido disipando,

Hacen surgir, esplendorosa y bella,

La imagen inmortal de su adorado.

Pugna por desecharla ¡anhelo inútil!

Vuelve otra vez a orar ¡esfuerzo vano!

Que al dirigir sus encendidos ojos

Al altar que sostiene al Cristo santo,

Aun a través del mismo crucifijo

Aparece la imagen de su amado.

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El Poeta Y La Sirena

El poeta y la sirena


A mi buen amigo Carlos Noreña



Coronada de vivos resplandores

Luce la tarde en el azul del cielo,

Va tendiendo la noche su ancho velo

Y en el Ocaso se sepulta el Sol.

Su veste de esmeraldas pliega el césped,

Su cáliz las galanas florecillas,

Y truecan las celestes nubecillas

En armiño su bello tornasol.


La nacarada estrella de la tarde

Su luz, vertiendo, plácida y serena,

Semeja una purísima azucena

Sobre un manto de grana y de zafir,

Como virgen que oculta sus hechizos

Bajo el cendal flotante de una nube,

Así la Luna, majestuosa sube,

Bañada de alabastro hacia el cenit.


En un océano de plateadas luces

Flotan el monte, el valle y la pradera,

Y esparce la brillante primavera

De sus flores la esencia virginal.

En la margen de un lago bullicioso

Alza un poeta su inspirado acento,

Que se pierde en las ráfagas del viento,

O del lago en el límpido cristal.


Surge de entre las ondas azuladas

Una deidad risueña y misteriosa,

De frescos labios de color de rosa

Y un seno de marfil, encantador.

Su lúcido cabello de azabache

Rueda sobre sus hombros de alabastro,

Tienen sus ojos el fulgor de un astro

Y el fuego centelleante del amor.


Su breve pie de nacarado esmalte

Cubren sandalias de zafir hermoso,

Orna con cintas de color azul

Lleva en sus manos una lira de oro

Con cuerdas de diamante decorada,

Y el eco seductor de su trovada

Vuela a las nubes del celeste tul.


El genio misterioso de la noche

Las estrellas de mágicos fulgores,

Los silfos bellos y lucientes flores

En torno suyo se les ve girar.

Tendida entre la espuma cristalina,

Con halagüeña inspiración secreta,

Dirige el melancólico poeta

Este armonioso y seductor cantar:


—«Tú creas en la noche
fantásticas visiones

Radiantes de pureza, de gloria y de esplendor,

Pero tus gratos sueños se alejan y evaporan

Dejándote tan sólo recuerdos de dolor.


»Aquí bajo esta espuma de
armónicos rumores

Habito yo un palacio de perlas y coral;

Mi lecho forman rosas del valle más ameno,

De fúlgidos colores, de esencia virginal.


»Las sílfides y ondinas que moran en el
lago

Me cantan en la noche, sublime trovador,

Y a su argentino acento y al rayo de la Luna,

Apuro deleitosa la esencia del amor.


»Suspende esos cantares al céfiro del
valle

Que juega entre los lirios del plácido jardín,

O a la gentil violeta, o a la doncella pura

De Labios sonrosados y aliento de jazmín.


»La vida tiene encantos, poeta de los
sueños;

La gloria sólo ofrece martirios y dolor:

¡Oh!, ven a mis palacios de perlas y corales

Para apurar beodos la esencia del amor».
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .


—¡Cesa:—le dijo, un eco de los montes

Con voz de trueno asolador, profundo;—

Tú simbolizas el error del mundo

Y el poeta la luz de la verdad.

Despareció la maga entre la espuma

Exánime, sin vida y sin aliento;

Alzó el poeta su inspirado acento

Y el eco resonó en la eternidad.

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Juana Borrero

Tez de ámbar, labios rojos,
Pupilas de terciopelo
Que más que el azul del cielo
Ven del mundo los abrojos.

Cabellera azabachada
Que, en ligera ondulación,
Como velo de crespón
Cubre su frente tostada.

Ceño que a veces arruga,
Abriendo en sus alma una herida,
La realidad de la vida
O de una ilusión la fuga.

Mejillas suaves de raso
En que la vida fundiera
La palidez de la cera,
La púrpura del ocaso.

¿Su boca? Rojo clavel
Quemado por el estío,
Mas donde vierte el hastío
Gotas amargas de hiel.

Seno en que el dolor habita
De una ilusión engañosa,
Como negra mariposa
En fragante margarita.

Manos que para el laurel
Que a alcanzar su genio aspira,
Ora recorren la lira,
Ora mueven el pincel.

¡Doce años! Mas sus facciones
Veló ya de honda amargura
La tristeza prematura
De los grandes corazones.
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