Poemas neste tema
Angústia
David Mourão-Ferreira
Blocos
É isto vivemos dentro
de grandes blocos de gelo
sem aquecermos ao menos
com os dedos outros dedos
No fundo de nós temendo
que um dia se quebre o gelo
de grandes blocos de gelo
sem aquecermos ao menos
com os dedos outros dedos
No fundo de nós temendo
que um dia se quebre o gelo
3 829
1
Fernando Pessoa
No escuro mesmo destes pensamentos
No escuro mesmo destes pensamentos
Acordo às vezes e então eu sinto
Quão longe do real e do humano
Da superflcie lúcida da vida
Me acho sepulto confrangidamente
Com uma consciência e nitidez
Aguda e transcendente. Dolorido
Mais que alma até ao íntimo do ser.
Acordo às vezes e então eu sinto
Quão longe do real e do humano
Da superflcie lúcida da vida
Me acho sepulto confrangidamente
Com uma consciência e nitidez
Aguda e transcendente. Dolorido
Mais que alma até ao íntimo do ser.
1 419
1
Miguel Hernández
Eterna sombra
Eterna sombra
Yo que creí que la luz era mía
precipitado en la sombra me veo.
Ascua solar, sideral alegría
ígnea de espuma, de luz, de deseo.
Sangre ligera, redonda, granada:
raudo anhelar sin perfil ni penumbra.
Fuera, la luz en la luz sepultada.
Siento que sólo la sombra me alumbra.
Sólo la sombra. Sin rastro. Sin cielo.
Seres. Volúmenes. Cuerpos tangibles
dentro del aire que no tiene vuelo,
dentro del árbol de los imposibles.
Cárdenos ceños, pasiones de luto.
Dientes sedientos de ser colorados.
Oscuridad del rencor absoluto.
Cuerpos lo mismo que pozos cegados.
Falta el espacio. Se ha hundido la risa.
Ya no es posible lanzarse a la altura.
El corazón quiere ser más de prisa
fuerza que ensancha la estrecha negrura.
Carne sin norte que va en oleada
hacia la noche siniestra, baldía.
¿Quién es el rayo de sol que la invada?
Busco. No encuentro ni rastro del día.
Sólo el fulgor de los puños cerrados,
el resplandor de los dientes que acechan.
Dientes y puños de todos los lados.
Más que las manos, los montes se estrechan.
Turbia es la lucha sin sed de mañana.
¡Qué lejanía de opacos latidos!
Soy una cárcel con una ventana
ante una gran soledad de rugidos.
Soy una abierta ventana que escucha,
por donde ver tenebrosa la vida.
Pero hay un rayo de sol en la lucha
que siempre deja la sombra vencida.
Yo que creí que la luz era mía
precipitado en la sombra me veo.
Ascua solar, sideral alegría
ígnea de espuma, de luz, de deseo.
Sangre ligera, redonda, granada:
raudo anhelar sin perfil ni penumbra.
Fuera, la luz en la luz sepultada.
Siento que sólo la sombra me alumbra.
Sólo la sombra. Sin rastro. Sin cielo.
Seres. Volúmenes. Cuerpos tangibles
dentro del aire que no tiene vuelo,
dentro del árbol de los imposibles.
Cárdenos ceños, pasiones de luto.
Dientes sedientos de ser colorados.
Oscuridad del rencor absoluto.
Cuerpos lo mismo que pozos cegados.
Falta el espacio. Se ha hundido la risa.
Ya no es posible lanzarse a la altura.
El corazón quiere ser más de prisa
fuerza que ensancha la estrecha negrura.
Carne sin norte que va en oleada
hacia la noche siniestra, baldía.
¿Quién es el rayo de sol que la invada?
Busco. No encuentro ni rastro del día.
Sólo el fulgor de los puños cerrados,
el resplandor de los dientes que acechan.
Dientes y puños de todos los lados.
Más que las manos, los montes se estrechan.
Turbia es la lucha sin sed de mañana.
¡Qué lejanía de opacos latidos!
Soy una cárcel con una ventana
ante una gran soledad de rugidos.
Soy una abierta ventana que escucha,
por donde ver tenebrosa la vida.
Pero hay un rayo de sol en la lucha
que siempre deja la sombra vencida.
1 321
1
Everaldo Moreira Verás
Estranhas Formas
O zumbido me atormenta
já cresceu tanto que me engravidou.
De onde vem?
Por que me persegue?
Sei que não sei
mas sei
que é regular
singular
como a máquina fabricando o demônio de três pernas.
Esta ressonância equilibrada
me confunde:
a espada de fogo me aponta
direções opostas e complicadas.
Se corro — a repetição me busca.
Se paro — a desigualdade me ofusca.
Tenho dois ouvidos incompletos.
Por um entra a disciplina
da razão calma e delicada.
Por outro o desconexo, triste grito,
em ritmo de
eu-tu-ele-nós-vós-eles.
já cresceu tanto que me engravidou.
De onde vem?
Por que me persegue?
Sei que não sei
mas sei
que é regular
singular
como a máquina fabricando o demônio de três pernas.
Esta ressonância equilibrada
me confunde:
a espada de fogo me aponta
direções opostas e complicadas.
Se corro — a repetição me busca.
Se paro — a desigualdade me ofusca.
Tenho dois ouvidos incompletos.
Por um entra a disciplina
da razão calma e delicada.
Por outro o desconexo, triste grito,
em ritmo de
eu-tu-ele-nós-vós-eles.
733
1
Frederico Barbosa
Rarefacto
otra trilogía del tedio
Traducción de Manuel Ulacia
I
Ninguna voz humana aquí se pronunciallueve un fantasma anárquico, demolidor
extensa nada en el vacío de este desiertose anuncia como ausencia, carne en uña
olor silencioso en el viento escarpacorte de un espectro que se posa en el agua
II
Sentía el fin correr en las venas.Hay prisa: veía.Hubo un momento grave.(La película era mala. El cine, repleto.En la luz neblina, escondido, un cigarro.)Imposible escapar al pánico,prever el vacío probable.De pronto: el estallido.Terminal,la conciencia del cero rodando.Estado, condición, estado.Abre:
III
Avasallado por la piedra, insomne,descolorido, el crimen principiaen la alta hora de la noche vacíagana cuerpo en el transcurrir del día.
Gana cuerpo en el transcurrir del día,avasallado por la piedra insomnedolor de náusea delicada e infamede la alta hora de la noche vacía.
Dolor de náusea delicada, infame,en la alta hora en la noche vacíagana cuerpo en el transcurso, en el díaavasallada por la piedra, insomne.
Gana cuerpo en el transcurrir del día,dolor de náusea delicada e infamedescolorido, el crimen principiase alía al tedio impune y se disipa.
Poema em português
Traducción de Manuel Ulacia
I
Ninguna voz humana aquí se pronunciallueve un fantasma anárquico, demolidor
extensa nada en el vacío de este desiertose anuncia como ausencia, carne en uña
olor silencioso en el viento escarpacorte de un espectro que se posa en el agua
II
Sentía el fin correr en las venas.Hay prisa: veía.Hubo un momento grave.(La película era mala. El cine, repleto.En la luz neblina, escondido, un cigarro.)Imposible escapar al pánico,prever el vacío probable.De pronto: el estallido.Terminal,la conciencia del cero rodando.Estado, condición, estado.Abre:
III
Avasallado por la piedra, insomne,descolorido, el crimen principiaen la alta hora de la noche vacíagana cuerpo en el transcurrir del día.
Gana cuerpo en el transcurrir del día,avasallado por la piedra insomnedolor de náusea delicada e infamede la alta hora de la noche vacía.
Dolor de náusea delicada, infame,en la alta hora en la noche vacíagana cuerpo en el transcurso, en el díaavasallada por la piedra, insomne.
Gana cuerpo en el transcurrir del día,dolor de náusea delicada e infamedescolorido, el crimen principiase alía al tedio impune y se disipa.
Poema em português
1 150
1
Fernando Pessoa
Nada fica de nada. Nada somos. [2]
Nada fica de nada. Nada somos.
Um pouco ao sol e ao ar nos atrasamos
Da irrespirável treva que nos pese
Da humilde terra imposta,
Cadáveres adiados que procriam.
Leis feitas, estátuas vistas, odes findas —
Tudo tem cova sua. Se nós, carnes
A que um íntimo sol dá sangue, temos
Poente, por que não elas?
Somos contos contando contos, nada.
Um pouco ao sol e ao ar nos atrasamos
Da irrespirável treva que nos pese
Da humilde terra imposta,
Cadáveres adiados que procriam.
Leis feitas, estátuas vistas, odes findas —
Tudo tem cova sua. Se nós, carnes
A que um íntimo sol dá sangue, temos
Poente, por que não elas?
Somos contos contando contos, nada.
3 420
1
Pablo Neruda
Canto X - O Fugitivo
I
O fugitivo (1948)
Pela alta noite, pela vida inteira,
de lágrima a papel, de roupa em roupa,
andei nestes dias angustiados.
Fui o fugitivo da polícia:
na hora de cristal, na mata
de estrelas solitárias,
cruzei cidades, bosques,
chácaras, portos,
da porta de um ser humano a outro,
da mão de um ser a outro ser, a outro ser.
Grave é a noite, mas o homem
dispôs seus signos fraternais,
e às cegas por caminhos e por sombras
cheguei à porta iluminada, ao pequeno
ponto de estrela que era o meu,
ao fragmento de pão que no bosque os lobos
não haviam devorado.
Uma vez a uma casa, na campina,
cheguei à noite, a ninguém
antes daquela noite havia visto,
nem adivinhado aquelas existências.
O que faziam, as suas horas
eram novas a meu conhecimento.
Entrei, eram cinco da família:
todos como na noite dum incêndio
se haviam levantado.
Apertei uma
e outra mão, vi um rosto e outro rosto,
que nada me diziam: eram portas
que antes não vi na rua,
olhos que não conheciam meu rosto,
e na alta noite, apenas
recebido, me entreguei ao cansaço,
para adormecer a angústia de minha pátria.
Enquanto vinha o sonho,
o eco inumerável da terra
com seus roucos ladridos e suas fibras
de solidão, continuava a noite,
e eu pensava: “Onde estou? Quem
são? Por que me abrigam hoje?
Por que eles, que até hoje não me viram,
abrem suas portas e defendem meu canto?”
E ninguém respondia
a não ser um rumor de noite desfolhada,
um tecido de grilos se construindo:
a noite inteira mal
parecia tremer na folhagem.
Terra noturna, a minha janela
chegavas com os teus lábios,
para que eu dormisse docemente,
como a cair sobre milhares de folhas,
de estação em estação, de ninho em ninho,
de ramo em ramo, até ficar de súbito
adormecido como um morto em tuas raízes.
II
Era o outono das uvas.
Tremia o parreiral numeroso.
Os cachos brancos, velados,
escarchavam seus doces dedos,
e as negras uvas enchiam
seus pequenos ubres repletos
de um secreto rio redondo.
O dono da casa, artesão
de magro rosto, me lia
o pálido livro terrestre
dos dias crepusculares.
Sua bondade conhecia o fruto,
o ramo principal e o trabalho
da poda que deixa à árvore
sua despida forma de taça.
Com os cavalos conversava
como com imensas crianças: seguiam
atrás dele os cinco gatos
e os cachorros daquela casa,
alguns arqueados e lentos,
outros a correr loucamente
sob os frios pessegueiros.
Conhecia ele cada ramo,
cada cicatriz das árvores,
e sua antiga voz me ensinava
acariciando os cavalos.
III
Outra vez aí à noite recorri.
Ao cruzar a cidade a noite andina,
a noite derramada abriu a sua rosa
sobre minha roupa.
Era inverno no sul.
A neve havia
subido a seu alto pedestal, o frio
queimava com mil pontas congeladas.
O rio Mapocho era de neve negra.
E eu, entre rua e rua de silêncio
pela cidade manchada do tirano.
Ai! era eu como o próprio silêncio
olhando quanto amor e amor caía
através dos meus olhos em meu peito.
Porque essa rua e a outra e o umbral
da noite nevada, e a noturna
solidão dos seres, e meu povoado
enterrado, obscuro, em seu arrabalde de mortos,
tudo, a última janela
com seu pequeno ramo de luz falsa,
o apertado coral negro
de casa em casa, o vento
jamais gasto de minha terra,
tudo era meu, tudo
para mim no silêncio levantava
uma boca de amor cheia de beijos.
IV
Um jovem casal abriu uma porta
que antes tampouco conheci.
Era ela
dourada como o mês de junho,
e ele era um engenheiro de altos olhos.
Desde então com eles pão e vinho
compartilhei,
pouco a pouco
cheguei a sua intimidade desconhecida.
Me disseram: “Estávamos
separados,
nossa dissensão já era eterna:
hoje nos unimos para receber-te,
hoje te esperamos juntos”.
Lá, na pequena
casa reunidos,
fizemos uma silenciosa fortaleza.
Guardei o silêncio até no sonho.
Estava no pleno
centro da cidade, quase escutava
os passos do Traidor, junto aos muros
que me apartavam, ouvia
as vozes sujas dos carcereiros,
suas gargalhadas de ladrão, suas sílabas
de bêbados metidos entre balas
na cintura da minha pátria.
Quase roçavam por minha pele silenciosa
as eructações de Holgers e Pobletes,
seus passos, arrastando-se, tocavam
quase o meu coração e suas fogueiras:
eles mandando os meus para o tormento,
eu reservando a minha saúde de espada.
E outra vez, na noite, adeus, Irene,
adeus, Andrés, adeus, amigo novo,
adeus aos andaimes, à estrela,
adeus talvez à casa inconclusa
que diante de minha janela parecia
povoar-se de fantasmas lineares.
Adeus ao ponto ínfimo de monte
que recolhia em meus olhos cada tarde,
adeus à luz verde néon que abria
com seu relâmpago cada nova noite.
V
Outra vez, outra noite, fui mais longe.
Toda a cordilheira da costa,
a vasta margem do mar Pacífico,
e logo entre as ruas retorcidas,
rua e ruela, Valparaíso.
Entrei numa casa de marinheiros.
A mãe me esperava.
“Só soube ontem”, me disse; “meu filho
me chamou, e o nome de Neruda
me percorreu como um calafrio.
Falei com ele: que conforto,
meus filhos, podemos dar a ele?” “Ele pertence
a nós, os pobres”, me respondeu,
“ele não zomba nem despreza
a nossa pobre vida, ele a exalta
e defende.
” “Eu falei: está bem,
e esta é a sua casa a partir de hoje.
”
Ninguém me conhecia nessa casa.
Olhei a límpida toalha, a jarra d'água
pura como essas vidas que do fundo
da noite como asas
de cristal a mim chegavam.
Fui à janela: Valparaíso abria suas mil pálpebras
que tremiam, a aragem
do mar noturno entrou em minha boca,
as luzes dos morros, o tremor
da lua marítima na água,
a escuridão como uma monarquia
enfeitada de diamantes verdes,
todo o novo repouso que a vida
me entregava.
Olhei: a mesa estava posta,
o pão, o guardanapo, o vinho, a água,
e uma fragrância de terra e ternura
umedeceu os meus olhos de soldado.
Junto a essa janela de Valparaíso
passei dias e noites.
Os navegantes de minha nova casa
cada dia procuravam
um barco em que partir.
Eram
enganados uma vez e mais outra vez.
O Atomena
não podia levá-los, o Sultana
também não.
Me explicaram:
eles pagavam a gorjeta ou o suborno
a esse ou àquele chefe.
Outros
davam mais.
Tudo estava podre
como no palácio de Santiago.
Aqui se abriam os bolsos
do capitão, do secretário,
não eram tão grandes como os bolsos
do presidente, porém roíam
o esqueleto dos pobres.
Triste república chicoteada
como uma cadela por ladrões,
uivando sozinha nos caminhos,
espancada pela polícia.
Triste nação gonzalizada,
arrojada pelos trapaceiros
ao vômito do delator,
vendida nas esquinas rotas,
desmantelada num arremate de leilão.
Triste república na mão
do que vendeu sua própria filha
e sua própria pátria entregou
ferida, muda e manietada.
Voltavam os dois marinheiros
e partiam carregando nos ombros
sacos, bananas, comestíveis,
com saudade do sal das ondas,
do pão marinho, do alto céu.
No meu dia solitário o mar
se afastava: olhava então
a chama vital dos morros,
cada casa pendurando, o
pulsar de Valparaíso:
os altos morros a transbordar
de vidas, as portas pintadas
de turquesa, escarlate e rosa,
as escadas desdentadas,
os cachos de portas pobres,
as vivendas frouxas,
a névoa, a fumaça estendendo suas
redes de sal sobre as coisas,
as árvores desesperadas
agarrando-se às quebradas,
a roupa pendurada nos braços
das mansões desumanas,
o rouco silvo de repente
filho das embarcações,
o som da salmoura,
da névoa, a voz marinha,
feita de golpes e sussurros,
tudo isso envolvia meu corpo
como um novo traje terrestre,
e habitei a bruma de cima,
a alta aldeia dos pobres.
VI
Janela dos morros! Valparaíso, estanho frio,
partido em um e outro grito de pedras populares!
Olha comigo do meu esconderijo
o porto cinzento tachonado de barcas,
água lunar apenas movediça,
imóveis depósitos de ferro.
Em outra hora longínqua,
povoado esteve teu mar, Valparaíso,
pelos delgados navios do orgulho,
os Cinco Mastros com sussurro de trigo,
os disseminadores do salitre,
os que dos oceanos nupciais
a ti vieram, transbordando tuas adegas.
Altos veleiros do dia marinho,
comerciais cruzados, estandartes
inflados pela noite marinheira,
convosco o ébano e a pura
claridade do marfim, os aromas
do café e da noite em outra lua,
Valparaíso, a tua paz perigosa
vieram envolvendo-te em perfume.
Tremia o Potosí com os seus nitratos
avançando no mar, pescado e flecha,
turgência azul, baleia delicada,
para outros negros portos da terra.
Quanta noite do sul sobre as velas
enroladas, sobre os empinados
peitos da máscara do barco,
quando sobre a Dama do navio,
rosto daquelas proas balançadas,
toda a noite de Valparaíso,
a noite austral do mundo, baixava.
VII
Era o amanhecer do salitre nos pampas.
Palpitava o planeta do adubo
até encher o Chile como um navio
de nevadas adegas.
Hoje olho quanto ficou de todos
os que passaram sem deixar sinal
nas areias do Pacífico.
Olhai o que eu olho,
o hostil detrito
que deixou na garganta de minha pátria
como um colar de pus, a chuva de ouro.
Que te acompanhe, caminheiro,
este olhar imóvel que perfura,
atado ao céu de Valparaíso.
Vive o chileno
entre lixeira e vendaval, escuro
filho da dura Pátria.
Vidraças despedaçadas, tetos partidos,
paredes aniquiladas, cal leprosa,
porta enterrada, piso de barro,
sujeitando-se apenas ao vestígio
do solo.
Valparaíso, rosa imunda,
pestilencial sarcófago marinho!
Não me firas com tuas ruas de espinhos,
com tua coroa de azedas ruelas,
não me deixes olhar o menino ferido
por tua miséria de mortal pântano!
Me dói em ti meu povo,
toda a minha pátria americana,
tudo o que roeram de teus ossos
deixando-te cingida pela espuma
como miserável deusa despedaçada,
em cujo doce peito partido
urinam os cachorros famintos.
VIII
Amo, Valparaíso, tudo o que encerras,
tudo o que irradias, noiva do oceano,
até mais além de teu nimbo surdo.
Amo a luz violenta com que socorres
o marinheiro na noite do mar,
e aí és - rosa de laranjeiras -
luminosa e nua, fogo e névoa.
Que não venha ninguém com um martelo turvo
para golpear o que amo, para defender-te:
ninguém senão meu ser pelos teus segredos:
ninguém senão minha voz pelas tuas abertas
fileiras de rocio, pelas tuas escadarias
onde a maternidade salobre
do mar te beija, ninguém senão meus lábios
em tua coroa fria de sereia,
elevada na aragem das alturas,
oceânico amor, Valparaíso.
Rainha de todas as costas do mundo,
verdadeira central de ondas e navios,
és em mim como a lua ou como
a direção da brisa no arvoredo.
Amo as tuas ruelas criminosas,
a tua lua de punhal sobre os morros,
e entre as tuas praças a marinhagem
a revestir de azul a primavera.
Que se entenda, te peço, porto meu,
que tenho eu o direito
de escrever-te o bom e o perverso
e sou como lâmpadas amargas
quando iluminam garrafas quebradas.
IX
Eu percorri os afamados mares,
o estame nupcial de cada ilha,
sou o mais marinheiro do papel
e andei, andei, andei,
até a última espuma,
mas teu penetrante amor marinho
foi marcado em mim como nenhum outro.
És a montanhosa
cabeça capital
do grande oceano,
e na tua celeste garupa de centaura
teus arrabaldes reluzem a pintura
vermelha e azul dos brinquedinhos.
Caberias num frasco marinheiro
com tuas pequenas casas e o “Latorre”
como uma prancha cinzenta num lençol
se não fora a grande tormenta
do mais imenso mar,
o golpe verde
das rajadas glaciais, o martírio
de teus terrenos sacudidos, o horror
subterrâneo, a marulhada
de todo o mar contra a tua tocha,
te fizeram magnitude de pedra sombria,
ciclônica igreja da espuma.
Te declaro meu amor, Valparaíso,
e tornarei a viver a tua encruzilhada,
quando tu e eu formos livres
de novo, tu em teu trono
de mar e vento, eu em minhas úmidas
terras filosofais, veremos como surge
a liberdade entre o mar e a neve.
Valparaíso, Rainha só,
só na soledade do solitário
sul do oceano,
olhei cada penhasco
amarelo de tua altura,
toquei teu pulso torrencial, tuas mãos
de portuária me deram o abraço
que minha alma te pediu na hora noturna
e te relembro reinando no brilho
do fogo azul que teu reino respinga.
Não há outra como tu sobre a areia,
Albacora do sul, Rainha da água.
X
Assim, pois, de noite em noite,
aquela longa hora, a treva
mergulhada em todo o litoral chileno,
fugitivo passei de porta em porta.
Outras casas humildes, outras mãos
em cada ruga da Pátria estavam
esperando os meus passos.
Tu passaste
mil vezes por essa porta que nada te disse,
por essa parede sem pintura, por essas
janelas com flores murchas.
Para mim era o segredo:
estava para mim palpitando,
era nas zonas do carvão,
empapadas pelo martírio,
era nos portos da costa
junto ao antártico arquipélago,
era, escuta, talvez nessa
rua sonora, entre a música
do meio-dia das ruas,
ou junto ao parque essa janela
que ninguém distinguiu entre as outras
janelas, e que me esperava
com um prato de sopa clara
e o coração sobre a mesa.
Todas as portas eram minhas,
todos disseram: “É meu irmão,
queiram traze-lo a esta casa pobre”,
enquanto minha pátria se tingia
com tantos castigos
como um lagar de vinho amargo.
Veio o pequeno latoeiro,
a mãe daquelas raparigas,
o camponês desajeitado,
o homem que fazia sabões,
a doce romancista, o jovem
cravado como um inseto
ao escritório desolado,
vieram e em sua porta havia
um signo secreto, uma chave
defendida como uma torre
para que eu entrasse de imediato,
à noite, de tarde ou de dia,
e sem conhecer ninguém
dissesse: “Irmão, já sabes quem eu sou,
parece que me esperavas”.
XI
Que podes tu, maldito, contra o ar?
Que podes tu, maldito, contra tudo
o que floresce e surge c cala e olha,
c me espera e te julga?
Maldito, com as tuas traições
está o que compraste, o que deves
regar a cada instante com moedas.
Maldito, podes
expatriar, apresar e dar tormentos,
e apressadamente pagar prontamente,
antes de que o vendido se arrependa,
poderás dormir apenas
rodeado de compradas carabinas,
enquanto no regaço de minha pátria
vivo eu, o fugitivo da noite!
Como é triste tua pequena e passageira
vitória! Enquanto Aragon, Ehrenburg,
Éluard, os poetas
de Paris, os valentes
escritores
da Venezuela e outros c outros e outros
estão comigo,
tu, Maldito,
entre Escanilla e Cuevas,
Peluchoneaux e Poblete!
Eu por escadas que o meu povo assume,
em socavões que o meu povo esconde,
sobre a minha pátria e sua asa de pomba
durmo, sonho e derrubo as tuas fronteiras.
XII
A todos, a vós,
os silenciosos seres da noite
que tomaram a minha mão nas trevas, a vós,
lâmpadas
de luz imortal, linhas de estrela,
pão das vidas, irmãos secretos,
a todos, a vós,
digo: não há obrigado,
nada poderá encher as taças
da pureza,
nada pode
conter todo o sol nas bandeiras
da primavera invencível
como vossas caladas dignidades.
Somente
penso
que fui talvez digno de tanta
singelez, de flor tão pura,
por eu ser vós talvez, isso mesmo,
essa migalha de terra, farinha e canto,
essa massa natural que sabe
de onde sai e onde fica.
Não sou um sino de tão longe,
nem um cristal enterrado tão profundo
que não possas decifrar, sou apenas
povo, porta escondida, pão escuro,
e quando me recebes, recebes
a ti mesmo, a esse hóspede
tantas vezes batido
e tantas vezes
renascido.
A tudo, a todos,
a quantos não conheço, a quantos nunca
ouviram este nome, aos que vivem
ao largo de nossos grandes rios,
ao pé dos vulcões, à sombra
sulfúrica do cobre, a pescadores e labregos,
a índios azuis na margem
de lagos cintilantes como vidros,
ao sapateiro que a esta hora interroga
pregando o couro com antigas mãos,
a ti, ao que sem saber me esperou,
eu pertenço e reconheço e canto.
XIII
Areia americana, solene
plantação, cordilheira,
filhos, irmãos debulhados
por velhas tormentas,
juntemos todos o grão vivo
antes que torne à terra,
e que o novo milho que nasce
haja escutado as tuas palavras
e as repita e se repitam.
E se cantem de dia e de noite,
e se mordam e se devorem,
e se propaguem pela terra,
se façam, de súbito, silêncio,
se afundem debaixo das pedras,
encontrem as portas noturnas,
e outra vez voltem a nascer,
a repartir-se, a conduzir-se
como o pão, como a esperança,
como a brisa dos navios.
O milho leva o meu canto,
saído das raízes
de meu povo, para nascer,
para construir, para cantar,
e para ser outra vez semente
mais numerosa na tormenta.
Aqui estão minhas mãos perdidas.
São invisíveis, mas tu
as vês através da noite,
através do vento invisível.
Dá-me tuas mãos, eu as vejo
sobre as ásperas areias
de nossa noite americana,
e escolho a tua e a tua,
essa mão e aquela outra,
a que se levanta para lutar
e a que volta a ser semeada.
Não me sinto só na noite,
na escuridão da terra.
Sou povo, povo inumerável.
Tenho em minha voz a força pura
para atravessar o silêncio
e germinar nas trevas.
Morte, martírio, sombra, gelo,
cobrem de repente a semente.
E o povo parece enterrado.
Mas o milho volta à terra.
Atravessaram o silêncio
suas implacáveis mãos vermelhas.
Da marte renascemos.
O fugitivo (1948)
Pela alta noite, pela vida inteira,
de lágrima a papel, de roupa em roupa,
andei nestes dias angustiados.
Fui o fugitivo da polícia:
na hora de cristal, na mata
de estrelas solitárias,
cruzei cidades, bosques,
chácaras, portos,
da porta de um ser humano a outro,
da mão de um ser a outro ser, a outro ser.
Grave é a noite, mas o homem
dispôs seus signos fraternais,
e às cegas por caminhos e por sombras
cheguei à porta iluminada, ao pequeno
ponto de estrela que era o meu,
ao fragmento de pão que no bosque os lobos
não haviam devorado.
Uma vez a uma casa, na campina,
cheguei à noite, a ninguém
antes daquela noite havia visto,
nem adivinhado aquelas existências.
O que faziam, as suas horas
eram novas a meu conhecimento.
Entrei, eram cinco da família:
todos como na noite dum incêndio
se haviam levantado.
Apertei uma
e outra mão, vi um rosto e outro rosto,
que nada me diziam: eram portas
que antes não vi na rua,
olhos que não conheciam meu rosto,
e na alta noite, apenas
recebido, me entreguei ao cansaço,
para adormecer a angústia de minha pátria.
Enquanto vinha o sonho,
o eco inumerável da terra
com seus roucos ladridos e suas fibras
de solidão, continuava a noite,
e eu pensava: “Onde estou? Quem
são? Por que me abrigam hoje?
Por que eles, que até hoje não me viram,
abrem suas portas e defendem meu canto?”
E ninguém respondia
a não ser um rumor de noite desfolhada,
um tecido de grilos se construindo:
a noite inteira mal
parecia tremer na folhagem.
Terra noturna, a minha janela
chegavas com os teus lábios,
para que eu dormisse docemente,
como a cair sobre milhares de folhas,
de estação em estação, de ninho em ninho,
de ramo em ramo, até ficar de súbito
adormecido como um morto em tuas raízes.
II
Era o outono das uvas.
Tremia o parreiral numeroso.
Os cachos brancos, velados,
escarchavam seus doces dedos,
e as negras uvas enchiam
seus pequenos ubres repletos
de um secreto rio redondo.
O dono da casa, artesão
de magro rosto, me lia
o pálido livro terrestre
dos dias crepusculares.
Sua bondade conhecia o fruto,
o ramo principal e o trabalho
da poda que deixa à árvore
sua despida forma de taça.
Com os cavalos conversava
como com imensas crianças: seguiam
atrás dele os cinco gatos
e os cachorros daquela casa,
alguns arqueados e lentos,
outros a correr loucamente
sob os frios pessegueiros.
Conhecia ele cada ramo,
cada cicatriz das árvores,
e sua antiga voz me ensinava
acariciando os cavalos.
III
Outra vez aí à noite recorri.
Ao cruzar a cidade a noite andina,
a noite derramada abriu a sua rosa
sobre minha roupa.
Era inverno no sul.
A neve havia
subido a seu alto pedestal, o frio
queimava com mil pontas congeladas.
O rio Mapocho era de neve negra.
E eu, entre rua e rua de silêncio
pela cidade manchada do tirano.
Ai! era eu como o próprio silêncio
olhando quanto amor e amor caía
através dos meus olhos em meu peito.
Porque essa rua e a outra e o umbral
da noite nevada, e a noturna
solidão dos seres, e meu povoado
enterrado, obscuro, em seu arrabalde de mortos,
tudo, a última janela
com seu pequeno ramo de luz falsa,
o apertado coral negro
de casa em casa, o vento
jamais gasto de minha terra,
tudo era meu, tudo
para mim no silêncio levantava
uma boca de amor cheia de beijos.
IV
Um jovem casal abriu uma porta
que antes tampouco conheci.
Era ela
dourada como o mês de junho,
e ele era um engenheiro de altos olhos.
Desde então com eles pão e vinho
compartilhei,
pouco a pouco
cheguei a sua intimidade desconhecida.
Me disseram: “Estávamos
separados,
nossa dissensão já era eterna:
hoje nos unimos para receber-te,
hoje te esperamos juntos”.
Lá, na pequena
casa reunidos,
fizemos uma silenciosa fortaleza.
Guardei o silêncio até no sonho.
Estava no pleno
centro da cidade, quase escutava
os passos do Traidor, junto aos muros
que me apartavam, ouvia
as vozes sujas dos carcereiros,
suas gargalhadas de ladrão, suas sílabas
de bêbados metidos entre balas
na cintura da minha pátria.
Quase roçavam por minha pele silenciosa
as eructações de Holgers e Pobletes,
seus passos, arrastando-se, tocavam
quase o meu coração e suas fogueiras:
eles mandando os meus para o tormento,
eu reservando a minha saúde de espada.
E outra vez, na noite, adeus, Irene,
adeus, Andrés, adeus, amigo novo,
adeus aos andaimes, à estrela,
adeus talvez à casa inconclusa
que diante de minha janela parecia
povoar-se de fantasmas lineares.
Adeus ao ponto ínfimo de monte
que recolhia em meus olhos cada tarde,
adeus à luz verde néon que abria
com seu relâmpago cada nova noite.
V
Outra vez, outra noite, fui mais longe.
Toda a cordilheira da costa,
a vasta margem do mar Pacífico,
e logo entre as ruas retorcidas,
rua e ruela, Valparaíso.
Entrei numa casa de marinheiros.
A mãe me esperava.
“Só soube ontem”, me disse; “meu filho
me chamou, e o nome de Neruda
me percorreu como um calafrio.
Falei com ele: que conforto,
meus filhos, podemos dar a ele?” “Ele pertence
a nós, os pobres”, me respondeu,
“ele não zomba nem despreza
a nossa pobre vida, ele a exalta
e defende.
” “Eu falei: está bem,
e esta é a sua casa a partir de hoje.
”
Ninguém me conhecia nessa casa.
Olhei a límpida toalha, a jarra d'água
pura como essas vidas que do fundo
da noite como asas
de cristal a mim chegavam.
Fui à janela: Valparaíso abria suas mil pálpebras
que tremiam, a aragem
do mar noturno entrou em minha boca,
as luzes dos morros, o tremor
da lua marítima na água,
a escuridão como uma monarquia
enfeitada de diamantes verdes,
todo o novo repouso que a vida
me entregava.
Olhei: a mesa estava posta,
o pão, o guardanapo, o vinho, a água,
e uma fragrância de terra e ternura
umedeceu os meus olhos de soldado.
Junto a essa janela de Valparaíso
passei dias e noites.
Os navegantes de minha nova casa
cada dia procuravam
um barco em que partir.
Eram
enganados uma vez e mais outra vez.
O Atomena
não podia levá-los, o Sultana
também não.
Me explicaram:
eles pagavam a gorjeta ou o suborno
a esse ou àquele chefe.
Outros
davam mais.
Tudo estava podre
como no palácio de Santiago.
Aqui se abriam os bolsos
do capitão, do secretário,
não eram tão grandes como os bolsos
do presidente, porém roíam
o esqueleto dos pobres.
Triste república chicoteada
como uma cadela por ladrões,
uivando sozinha nos caminhos,
espancada pela polícia.
Triste nação gonzalizada,
arrojada pelos trapaceiros
ao vômito do delator,
vendida nas esquinas rotas,
desmantelada num arremate de leilão.
Triste república na mão
do que vendeu sua própria filha
e sua própria pátria entregou
ferida, muda e manietada.
Voltavam os dois marinheiros
e partiam carregando nos ombros
sacos, bananas, comestíveis,
com saudade do sal das ondas,
do pão marinho, do alto céu.
No meu dia solitário o mar
se afastava: olhava então
a chama vital dos morros,
cada casa pendurando, o
pulsar de Valparaíso:
os altos morros a transbordar
de vidas, as portas pintadas
de turquesa, escarlate e rosa,
as escadas desdentadas,
os cachos de portas pobres,
as vivendas frouxas,
a névoa, a fumaça estendendo suas
redes de sal sobre as coisas,
as árvores desesperadas
agarrando-se às quebradas,
a roupa pendurada nos braços
das mansões desumanas,
o rouco silvo de repente
filho das embarcações,
o som da salmoura,
da névoa, a voz marinha,
feita de golpes e sussurros,
tudo isso envolvia meu corpo
como um novo traje terrestre,
e habitei a bruma de cima,
a alta aldeia dos pobres.
VI
Janela dos morros! Valparaíso, estanho frio,
partido em um e outro grito de pedras populares!
Olha comigo do meu esconderijo
o porto cinzento tachonado de barcas,
água lunar apenas movediça,
imóveis depósitos de ferro.
Em outra hora longínqua,
povoado esteve teu mar, Valparaíso,
pelos delgados navios do orgulho,
os Cinco Mastros com sussurro de trigo,
os disseminadores do salitre,
os que dos oceanos nupciais
a ti vieram, transbordando tuas adegas.
Altos veleiros do dia marinho,
comerciais cruzados, estandartes
inflados pela noite marinheira,
convosco o ébano e a pura
claridade do marfim, os aromas
do café e da noite em outra lua,
Valparaíso, a tua paz perigosa
vieram envolvendo-te em perfume.
Tremia o Potosí com os seus nitratos
avançando no mar, pescado e flecha,
turgência azul, baleia delicada,
para outros negros portos da terra.
Quanta noite do sul sobre as velas
enroladas, sobre os empinados
peitos da máscara do barco,
quando sobre a Dama do navio,
rosto daquelas proas balançadas,
toda a noite de Valparaíso,
a noite austral do mundo, baixava.
VII
Era o amanhecer do salitre nos pampas.
Palpitava o planeta do adubo
até encher o Chile como um navio
de nevadas adegas.
Hoje olho quanto ficou de todos
os que passaram sem deixar sinal
nas areias do Pacífico.
Olhai o que eu olho,
o hostil detrito
que deixou na garganta de minha pátria
como um colar de pus, a chuva de ouro.
Que te acompanhe, caminheiro,
este olhar imóvel que perfura,
atado ao céu de Valparaíso.
Vive o chileno
entre lixeira e vendaval, escuro
filho da dura Pátria.
Vidraças despedaçadas, tetos partidos,
paredes aniquiladas, cal leprosa,
porta enterrada, piso de barro,
sujeitando-se apenas ao vestígio
do solo.
Valparaíso, rosa imunda,
pestilencial sarcófago marinho!
Não me firas com tuas ruas de espinhos,
com tua coroa de azedas ruelas,
não me deixes olhar o menino ferido
por tua miséria de mortal pântano!
Me dói em ti meu povo,
toda a minha pátria americana,
tudo o que roeram de teus ossos
deixando-te cingida pela espuma
como miserável deusa despedaçada,
em cujo doce peito partido
urinam os cachorros famintos.
VIII
Amo, Valparaíso, tudo o que encerras,
tudo o que irradias, noiva do oceano,
até mais além de teu nimbo surdo.
Amo a luz violenta com que socorres
o marinheiro na noite do mar,
e aí és - rosa de laranjeiras -
luminosa e nua, fogo e névoa.
Que não venha ninguém com um martelo turvo
para golpear o que amo, para defender-te:
ninguém senão meu ser pelos teus segredos:
ninguém senão minha voz pelas tuas abertas
fileiras de rocio, pelas tuas escadarias
onde a maternidade salobre
do mar te beija, ninguém senão meus lábios
em tua coroa fria de sereia,
elevada na aragem das alturas,
oceânico amor, Valparaíso.
Rainha de todas as costas do mundo,
verdadeira central de ondas e navios,
és em mim como a lua ou como
a direção da brisa no arvoredo.
Amo as tuas ruelas criminosas,
a tua lua de punhal sobre os morros,
e entre as tuas praças a marinhagem
a revestir de azul a primavera.
Que se entenda, te peço, porto meu,
que tenho eu o direito
de escrever-te o bom e o perverso
e sou como lâmpadas amargas
quando iluminam garrafas quebradas.
IX
Eu percorri os afamados mares,
o estame nupcial de cada ilha,
sou o mais marinheiro do papel
e andei, andei, andei,
até a última espuma,
mas teu penetrante amor marinho
foi marcado em mim como nenhum outro.
És a montanhosa
cabeça capital
do grande oceano,
e na tua celeste garupa de centaura
teus arrabaldes reluzem a pintura
vermelha e azul dos brinquedinhos.
Caberias num frasco marinheiro
com tuas pequenas casas e o “Latorre”
como uma prancha cinzenta num lençol
se não fora a grande tormenta
do mais imenso mar,
o golpe verde
das rajadas glaciais, o martírio
de teus terrenos sacudidos, o horror
subterrâneo, a marulhada
de todo o mar contra a tua tocha,
te fizeram magnitude de pedra sombria,
ciclônica igreja da espuma.
Te declaro meu amor, Valparaíso,
e tornarei a viver a tua encruzilhada,
quando tu e eu formos livres
de novo, tu em teu trono
de mar e vento, eu em minhas úmidas
terras filosofais, veremos como surge
a liberdade entre o mar e a neve.
Valparaíso, Rainha só,
só na soledade do solitário
sul do oceano,
olhei cada penhasco
amarelo de tua altura,
toquei teu pulso torrencial, tuas mãos
de portuária me deram o abraço
que minha alma te pediu na hora noturna
e te relembro reinando no brilho
do fogo azul que teu reino respinga.
Não há outra como tu sobre a areia,
Albacora do sul, Rainha da água.
X
Assim, pois, de noite em noite,
aquela longa hora, a treva
mergulhada em todo o litoral chileno,
fugitivo passei de porta em porta.
Outras casas humildes, outras mãos
em cada ruga da Pátria estavam
esperando os meus passos.
Tu passaste
mil vezes por essa porta que nada te disse,
por essa parede sem pintura, por essas
janelas com flores murchas.
Para mim era o segredo:
estava para mim palpitando,
era nas zonas do carvão,
empapadas pelo martírio,
era nos portos da costa
junto ao antártico arquipélago,
era, escuta, talvez nessa
rua sonora, entre a música
do meio-dia das ruas,
ou junto ao parque essa janela
que ninguém distinguiu entre as outras
janelas, e que me esperava
com um prato de sopa clara
e o coração sobre a mesa.
Todas as portas eram minhas,
todos disseram: “É meu irmão,
queiram traze-lo a esta casa pobre”,
enquanto minha pátria se tingia
com tantos castigos
como um lagar de vinho amargo.
Veio o pequeno latoeiro,
a mãe daquelas raparigas,
o camponês desajeitado,
o homem que fazia sabões,
a doce romancista, o jovem
cravado como um inseto
ao escritório desolado,
vieram e em sua porta havia
um signo secreto, uma chave
defendida como uma torre
para que eu entrasse de imediato,
à noite, de tarde ou de dia,
e sem conhecer ninguém
dissesse: “Irmão, já sabes quem eu sou,
parece que me esperavas”.
XI
Que podes tu, maldito, contra o ar?
Que podes tu, maldito, contra tudo
o que floresce e surge c cala e olha,
c me espera e te julga?
Maldito, com as tuas traições
está o que compraste, o que deves
regar a cada instante com moedas.
Maldito, podes
expatriar, apresar e dar tormentos,
e apressadamente pagar prontamente,
antes de que o vendido se arrependa,
poderás dormir apenas
rodeado de compradas carabinas,
enquanto no regaço de minha pátria
vivo eu, o fugitivo da noite!
Como é triste tua pequena e passageira
vitória! Enquanto Aragon, Ehrenburg,
Éluard, os poetas
de Paris, os valentes
escritores
da Venezuela e outros c outros e outros
estão comigo,
tu, Maldito,
entre Escanilla e Cuevas,
Peluchoneaux e Poblete!
Eu por escadas que o meu povo assume,
em socavões que o meu povo esconde,
sobre a minha pátria e sua asa de pomba
durmo, sonho e derrubo as tuas fronteiras.
XII
A todos, a vós,
os silenciosos seres da noite
que tomaram a minha mão nas trevas, a vós,
lâmpadas
de luz imortal, linhas de estrela,
pão das vidas, irmãos secretos,
a todos, a vós,
digo: não há obrigado,
nada poderá encher as taças
da pureza,
nada pode
conter todo o sol nas bandeiras
da primavera invencível
como vossas caladas dignidades.
Somente
penso
que fui talvez digno de tanta
singelez, de flor tão pura,
por eu ser vós talvez, isso mesmo,
essa migalha de terra, farinha e canto,
essa massa natural que sabe
de onde sai e onde fica.
Não sou um sino de tão longe,
nem um cristal enterrado tão profundo
que não possas decifrar, sou apenas
povo, porta escondida, pão escuro,
e quando me recebes, recebes
a ti mesmo, a esse hóspede
tantas vezes batido
e tantas vezes
renascido.
A tudo, a todos,
a quantos não conheço, a quantos nunca
ouviram este nome, aos que vivem
ao largo de nossos grandes rios,
ao pé dos vulcões, à sombra
sulfúrica do cobre, a pescadores e labregos,
a índios azuis na margem
de lagos cintilantes como vidros,
ao sapateiro que a esta hora interroga
pregando o couro com antigas mãos,
a ti, ao que sem saber me esperou,
eu pertenço e reconheço e canto.
XIII
Areia americana, solene
plantação, cordilheira,
filhos, irmãos debulhados
por velhas tormentas,
juntemos todos o grão vivo
antes que torne à terra,
e que o novo milho que nasce
haja escutado as tuas palavras
e as repita e se repitam.
E se cantem de dia e de noite,
e se mordam e se devorem,
e se propaguem pela terra,
se façam, de súbito, silêncio,
se afundem debaixo das pedras,
encontrem as portas noturnas,
e outra vez voltem a nascer,
a repartir-se, a conduzir-se
como o pão, como a esperança,
como a brisa dos navios.
O milho leva o meu canto,
saído das raízes
de meu povo, para nascer,
para construir, para cantar,
e para ser outra vez semente
mais numerosa na tormenta.
Aqui estão minhas mãos perdidas.
São invisíveis, mas tu
as vês através da noite,
através do vento invisível.
Dá-me tuas mãos, eu as vejo
sobre as ásperas areias
de nossa noite americana,
e escolho a tua e a tua,
essa mão e aquela outra,
a que se levanta para lutar
e a que volta a ser semeada.
Não me sinto só na noite,
na escuridão da terra.
Sou povo, povo inumerável.
Tenho em minha voz a força pura
para atravessar o silêncio
e germinar nas trevas.
Morte, martírio, sombra, gelo,
cobrem de repente a semente.
E o povo parece enterrado.
Mas o milho volta à terra.
Atravessaram o silêncio
suas implacáveis mãos vermelhas.
Da marte renascemos.
1 370
1
Fernando Assis Pacheco
Mas agora que vai descer a noite na minha vida
Mas agora que vai descer a noite na minha vida
Triste de mim mais triste que a tristeza
triste como a mão que segura o copo
como a luz do farol esgaçando a névoa
triste como o cão manco
deixado na estrada pelos caçadores
triste como a sopa entretanto azeda
mais triste que a idiotia congénita
ou que a palavra ampola
triste de mim triste e perdido
entre duas ruas
uma que vai para o Norte outra para o Sul
e ambas cortadas aos peões
que não cooperam devidamente
(com este governo de merda é claro)
triste como uma puta alentejana
num bar de Ourense
que me viu à cerveja e lesta
me chamou compadre
vozes que a gente colecciona
a tarde triste os anos tristes
a grande costura da tristeza
do esterno ao baixo ventre
triste e já sem nenhum reparo
a fazer à metafísica
senão que é um défice
porventura do córtex cerebral
Triste de mim mais triste que a tristeza
triste como a mão que segura o copo
como a luz do farol esgaçando a névoa
triste como o cão manco
deixado na estrada pelos caçadores
triste como a sopa entretanto azeda
mais triste que a idiotia congénita
ou que a palavra ampola
triste de mim triste e perdido
entre duas ruas
uma que vai para o Norte outra para o Sul
e ambas cortadas aos peões
que não cooperam devidamente
(com este governo de merda é claro)
triste como uma puta alentejana
num bar de Ourense
que me viu à cerveja e lesta
me chamou compadre
vozes que a gente colecciona
a tarde triste os anos tristes
a grande costura da tristeza
do esterno ao baixo ventre
triste e já sem nenhum reparo
a fazer à metafísica
senão que é um défice
porventura do córtex cerebral
1 385
1
Fernando Pessoa
APONTAMENTO
A minha alma partiu-se como um vaso vazio.
Caiu pela escada excessivamente abaixo.
Caiu das mãos da criada descuidada.
Caiu, fez-se em mais pedaços do que havia loiça no vaso.
Asneira? Impossível? Sei lá!
Tenho mais sensações do que tinha quando me sentia eu.
Sou um espalhamento de cacos sobre um capacho por sacudir.
Fiz barulho na queda como um vaso que se partia.
Os deuses que há debruçam-se do parapeito da escada.
E fitam os cacos que a criada deles fez de mim.
Não se zangam com ela.
São tolerantes com ela.
O que era um vaso vazio?
Olham os cacos absurdamente conscientes,
Mas conscientes de si-mesmos, não conscientes deles.
Olham e sorriem.
Sorriem tolerantes à criada involuntária.
Alastra a grande escadaria atapetada de estrelas.
Um caco brilha, virado do exterior lustroso, entre os astros.
A minha obra? A minha alma principal? A minha vida?
Um caco.
E os deuses olham-no, especialmente, pois não sabem porque ficou ali.
(publicado na Presença, nº 20, Abril-Maio de 1929)
Caiu pela escada excessivamente abaixo.
Caiu das mãos da criada descuidada.
Caiu, fez-se em mais pedaços do que havia loiça no vaso.
Asneira? Impossível? Sei lá!
Tenho mais sensações do que tinha quando me sentia eu.
Sou um espalhamento de cacos sobre um capacho por sacudir.
Fiz barulho na queda como um vaso que se partia.
Os deuses que há debruçam-se do parapeito da escada.
E fitam os cacos que a criada deles fez de mim.
Não se zangam com ela.
São tolerantes com ela.
O que era um vaso vazio?
Olham os cacos absurdamente conscientes,
Mas conscientes de si-mesmos, não conscientes deles.
Olham e sorriem.
Sorriem tolerantes à criada involuntária.
Alastra a grande escadaria atapetada de estrelas.
Um caco brilha, virado do exterior lustroso, entre os astros.
A minha obra? A minha alma principal? A minha vida?
Um caco.
E os deuses olham-no, especialmente, pois não sabem porque ficou ali.
(publicado na Presença, nº 20, Abril-Maio de 1929)
3 326
1
Fernando Pessoa
CLEARLY NON-CAMPOS!
CLEARLY NON-CAMPOS!
Não sei qual é o sentimento, ainda inexpresso,
Que subitamente, como uma sufocação, me aflige
O coração que, de repente,
Entre o que vive, se esquece.
Não sei qual é o sentimento
Que me desvia do caminho,
Que me dá de repente
Um nojo daquilo que seguia,
Uma vontade de nunca chegar a casa,
Um desejo de indefinido,
Um desejo lúcido de indefinido.
Quatro vezes mudou a estação falsa
No falso ano, no imutável curso
Do tempo consequente;
Ao verde segue o seco, e ao seco o verde,
E não sabe ninguém qual é o primeiro,
Nem o último, e acabam.
Não sei qual é o sentimento, ainda inexpresso,
Que subitamente, como uma sufocação, me aflige
O coração que, de repente,
Entre o que vive, se esquece.
Não sei qual é o sentimento
Que me desvia do caminho,
Que me dá de repente
Um nojo daquilo que seguia,
Uma vontade de nunca chegar a casa,
Um desejo de indefinido,
Um desejo lúcido de indefinido.
Quatro vezes mudou a estação falsa
No falso ano, no imutável curso
Do tempo consequente;
Ao verde segue o seco, e ao seco o verde,
E não sabe ninguém qual é o primeiro,
Nem o último, e acabam.
2 592
1
Fernando Pessoa
NADA
Ó Nada, esposa do Padre Eterno
Mãe deste mundo
Segundo reza o profundo
Saber que a Bíblia impinge a este inferno
Que é a cabeça de quem quer achar
A verdade, sem nunca a encontrar.
Omnimaterno ventre (se é que mesmo
Em poesia se pode isto dizer)
(…)
Mãe deste mundo
Segundo reza o profundo
Saber que a Bíblia impinge a este inferno
Que é a cabeça de quem quer achar
A verdade, sem nunca a encontrar.
Omnimaterno ventre (se é que mesmo
Em poesia se pode isto dizer)
(…)
1 282
1
Adélia Prado
O Ajudante de Deus
Invoquei o Santo Espírito,
Ele me disse: sofre,
come na paciência
esta amargura,
porque tens boca
e eu não.
Toma o pequeno cálice,
massa de cinza e fel
não transmutados.
É pão de mirra,
come.
Ele me disse: sofre,
come na paciência
esta amargura,
porque tens boca
e eu não.
Toma o pequeno cálice,
massa de cinza e fel
não transmutados.
É pão de mirra,
come.
1 904
1
Paulo Montalverne
Homenagem
Ah, o pecado!
Viva o pecado
Que esconde em si
A mais casta virtude.
Pequemos todos, então,
Pois a alternativa
É sermos todos pequenos e vãos.
Deixemos correr
Mãos sobre nádegas
E olhares incestuosos
Sobre nossas próprias amantes.
Degolemos padres e pastores
(que também pecam, só que pecam
escondidos)
Pelo horror de terem inventado
As velhas beatas que nunca souberam
pecar.
E pequemos sem culpa
Porque culpa e pecado
Não sabem dançar um maxixe,
Só valsas vienenses.
Quando muito!
O pecado é belo,
Fulgurante e molhado;
Feito para ser deliciado
Como outra língua em nossa boca.
Fiquemos apenas com a angústia
Do pecado mal feito
Ou do jamais cumprido.
Pequemos o aqui e no agora
O pecado doce
Da quase-castidade abandonada.
Sem o pecado
Não acredito na sinceridade de Deus.
Viva o pecado
Que esconde em si
A mais casta virtude.
Pequemos todos, então,
Pois a alternativa
É sermos todos pequenos e vãos.
Deixemos correr
Mãos sobre nádegas
E olhares incestuosos
Sobre nossas próprias amantes.
Degolemos padres e pastores
(que também pecam, só que pecam
escondidos)
Pelo horror de terem inventado
As velhas beatas que nunca souberam
pecar.
E pequemos sem culpa
Porque culpa e pecado
Não sabem dançar um maxixe,
Só valsas vienenses.
Quando muito!
O pecado é belo,
Fulgurante e molhado;
Feito para ser deliciado
Como outra língua em nossa boca.
Fiquemos apenas com a angústia
Do pecado mal feito
Ou do jamais cumprido.
Pequemos o aqui e no agora
O pecado doce
Da quase-castidade abandonada.
Sem o pecado
Não acredito na sinceridade de Deus.
882
1
Reinaldo Ferreira
Que culpa terão as ondas
...Que culpa terão as ondas
Dos movimentos que façam?
São os ventos que as impelem
E sulcos profundos traçam.
Aos ventos quem lhes ordena
Que rasguem rugas no mar?
São as nuvens inquietas
Que os não deixam sossegar.
E as nuvens, almas de névoa,
Porque não param, coitadas?
É que as asas das gaivotas
As trazem desafiadas.
Mas as asas das gaivotas
O cansaço há-de detê-las!
Juraram buscar descanso
Nas pupilas das estrelas.
E como as estrelas estão altas
E não tombam nem se alcançam,
As asas das pobrezinhas
Baldamente se cansam
Baldamente se cansam,
Baldamente palpitam!
As nuvens, por fatalismo,
Logo com elas se agitam;
Os impulsos que elas dão
Arrastam as ventanias;
As vagas arfam nos mares
Em macabras fantasias
Assim as almas inquietas
Prisioneiras de ansiedades,
Mal que se erguem da terra,
Naufragam nas tempestades!
Dos movimentos que façam?
São os ventos que as impelem
E sulcos profundos traçam.
Aos ventos quem lhes ordena
Que rasguem rugas no mar?
São as nuvens inquietas
Que os não deixam sossegar.
E as nuvens, almas de névoa,
Porque não param, coitadas?
É que as asas das gaivotas
As trazem desafiadas.
Mas as asas das gaivotas
O cansaço há-de detê-las!
Juraram buscar descanso
Nas pupilas das estrelas.
E como as estrelas estão altas
E não tombam nem se alcançam,
As asas das pobrezinhas
Baldamente se cansam
Baldamente se cansam,
Baldamente palpitam!
As nuvens, por fatalismo,
Logo com elas se agitam;
Os impulsos que elas dão
Arrastam as ventanias;
As vagas arfam nos mares
Em macabras fantasias
Assim as almas inquietas
Prisioneiras de ansiedades,
Mal que se erguem da terra,
Naufragam nas tempestades!
1 810
1
Antero de Quental
Nox
Noite, vão para ti meus pensamentos,
quando olho e vejo, à luz cruel do dia,
tanto estéril lutar, tanta agonia,
E inúteis tantos ásperos tormentos...
Tu, ao menos, abafas os lamentos,
Que se exalam da trágica enxovia...
O eterno mal , que ruge e desvaria,
Em ti descansa e esquece, alguns momentos...
Oh! antes tu também adormecesses
Por uma vez, e eterna, inalterável,
Caindo sobre o mundo, te esquecesses,
E ele, o mundo, sem mais lutar nem ver,
Dormisse no teu seio inviolável,
Noite sem termo, noite do Não-ser!
quando olho e vejo, à luz cruel do dia,
tanto estéril lutar, tanta agonia,
E inúteis tantos ásperos tormentos...
Tu, ao menos, abafas os lamentos,
Que se exalam da trágica enxovia...
O eterno mal , que ruge e desvaria,
Em ti descansa e esquece, alguns momentos...
Oh! antes tu também adormecesses
Por uma vez, e eterna, inalterável,
Caindo sobre o mundo, te esquecesses,
E ele, o mundo, sem mais lutar nem ver,
Dormisse no teu seio inviolável,
Noite sem termo, noite do Não-ser!
2 761
1
Maurício de Lima
Quando um homem ama uma mulher
Depois de um dia de labuta,
Quando as forças estão esgotadas,
O guerreiro quer abrigo,
Quer beber com um amigo,
Quer voltar para sua amada...
E o amor tem dessas coisas,
Admiração, respeito e cumplicidade...
Enquanto é cego é perfeito,
Pois no outro não há defeito,
Só se vê felicidade...
E se amar é uma vocação,
Beber é uma necessidade...
Por amor um homem se aniquila
Numa garrafa de tequila
Prá fugir da realidade...
Mas o homem só se destrói
Quando vê que sua amada
É um ser humano comum,
Como ele próprio é um,
E que de especial não tem nada...
Talvez veja nela a si mesmo,
Como num espelho se vê o reflexo...
Talvez veja nela a mediocridade,
Com alguns lampejos de vaidade...
Terá, enfim, algo complexo...
"Não sei se vou ou se fico",
Dirá a si mesmo o condenado...
Pois tudo o que sonhara na vida
Não passou da ilusão perdida
De um coração apaixonado...
Terá crises de consciência
Quando lembrar do passado...
E todos os erros e mazelas
Serão atribuídos a ela
Como se ele não fosse também culpado...
Pensará nas orgias vividas,
Nos excessos cometidos,
Nas mulheres possuídas,
Nos cigarros, nas músicas e nas bebidas...
"E com ela, como terá sido?"
"Quantos homens ela teve?"
"Quando, onde e como ela fodeu?"
"Será que ela pensa em algum amante?"
"Como foi que eu não vi tudo antes?"
"E a primeira vez, como aconteceu?"
Ficará cheio de dúvidas
E criará mil problemas...
Tomando "uma" esquecerá a dor...
Talvez sinta novamente o amor...
Talvez resolva seu dilema...
Pois somente um ser puro
É digno de ser amado...
E a bebida suaviza o que é duro,
Torna claro o que é escuro,
Mantém tudo bom e imaculado...
Bêbado, ela será uma santa...
Sóbrio, ela será uma cadela...
Bêbado, desejará tê-la ao leito...
Sóbrio, o orgulho lhe apertará o peito
E o afastará da presença dela...
Ela não entenderá como
Nem porquê tal transformação...
O homem da sua vida não bebia,
Não xingava nem lhe batia
E hoje só lhe traz humilhação...
Depois de algum tempo, já cansada
De tentar entender a mudança,
Ela passará a culpar a bebida
Por ele estar "broxando" na vida...
Perderá, por fim, as esperanças...
E o que antes não existia de fato,
Com gole de vinho seleto,
Sairá do plano abstrato,
Das idéias de um corno nato,
E passará para o plano concreto...
Um corpo feminino jovem e bonito
Não fica menos atraente
Quando é mal servido de carícias,
Quando do sexo não recorda as delícias,
Se os desejos se mantêm ardentes...
Assim nasce um corno...
Uma rotina, uma idéia e uma bebida...
Um diálogo não consumado, uma palavra mal colocada,
Um gesto impensado, uma ofensa lançada,
Uma vida destruída pelo silêncio...
Assim nasce um bêbado...
Uma rotina, uma idéia e uma bebida...
Uma paixão apagada, uma paisagem sem cor,
Um desejo de paz, um sofrimento sem dor...
Uma vida esquecida pela embriagues...
Beber para esquecer a dor de não poder mais aceitar
Os defeitos de quem amamos um dia...
Para aliviar a angústia e o arrependimento...
Para conseguir ser feliz nestes momentos,
Idolatrando bêbado o que sóbrio se via...
Ele não a abandona enquanto sóbrio
Porque o hábito o fará novamente embriagado...
Quando bêbado os defeitos dela desaparecem,
Seu amor, seu carinho novamente florescem,
Ele se sente sujo e envergonhado...
Agora que ela passou a ter amantes...
Ele é só mais um miserável
Que em nada se parece com o homem de antes...
Hoje ele bebe até cair na beira da calçada...
Sóbrio, diz não aceita "aquela" conduta...
Bêbado, chora até ficar com a boca travada...
Diz para si mesmo que é triste amar puta...
Principalmente as mais procuradas...
Quando as forças estão esgotadas,
O guerreiro quer abrigo,
Quer beber com um amigo,
Quer voltar para sua amada...
E o amor tem dessas coisas,
Admiração, respeito e cumplicidade...
Enquanto é cego é perfeito,
Pois no outro não há defeito,
Só se vê felicidade...
E se amar é uma vocação,
Beber é uma necessidade...
Por amor um homem se aniquila
Numa garrafa de tequila
Prá fugir da realidade...
Mas o homem só se destrói
Quando vê que sua amada
É um ser humano comum,
Como ele próprio é um,
E que de especial não tem nada...
Talvez veja nela a si mesmo,
Como num espelho se vê o reflexo...
Talvez veja nela a mediocridade,
Com alguns lampejos de vaidade...
Terá, enfim, algo complexo...
"Não sei se vou ou se fico",
Dirá a si mesmo o condenado...
Pois tudo o que sonhara na vida
Não passou da ilusão perdida
De um coração apaixonado...
Terá crises de consciência
Quando lembrar do passado...
E todos os erros e mazelas
Serão atribuídos a ela
Como se ele não fosse também culpado...
Pensará nas orgias vividas,
Nos excessos cometidos,
Nas mulheres possuídas,
Nos cigarros, nas músicas e nas bebidas...
"E com ela, como terá sido?"
"Quantos homens ela teve?"
"Quando, onde e como ela fodeu?"
"Será que ela pensa em algum amante?"
"Como foi que eu não vi tudo antes?"
"E a primeira vez, como aconteceu?"
Ficará cheio de dúvidas
E criará mil problemas...
Tomando "uma" esquecerá a dor...
Talvez sinta novamente o amor...
Talvez resolva seu dilema...
Pois somente um ser puro
É digno de ser amado...
E a bebida suaviza o que é duro,
Torna claro o que é escuro,
Mantém tudo bom e imaculado...
Bêbado, ela será uma santa...
Sóbrio, ela será uma cadela...
Bêbado, desejará tê-la ao leito...
Sóbrio, o orgulho lhe apertará o peito
E o afastará da presença dela...
Ela não entenderá como
Nem porquê tal transformação...
O homem da sua vida não bebia,
Não xingava nem lhe batia
E hoje só lhe traz humilhação...
Depois de algum tempo, já cansada
De tentar entender a mudança,
Ela passará a culpar a bebida
Por ele estar "broxando" na vida...
Perderá, por fim, as esperanças...
E o que antes não existia de fato,
Com gole de vinho seleto,
Sairá do plano abstrato,
Das idéias de um corno nato,
E passará para o plano concreto...
Um corpo feminino jovem e bonito
Não fica menos atraente
Quando é mal servido de carícias,
Quando do sexo não recorda as delícias,
Se os desejos se mantêm ardentes...
Assim nasce um corno...
Uma rotina, uma idéia e uma bebida...
Um diálogo não consumado, uma palavra mal colocada,
Um gesto impensado, uma ofensa lançada,
Uma vida destruída pelo silêncio...
Assim nasce um bêbado...
Uma rotina, uma idéia e uma bebida...
Uma paixão apagada, uma paisagem sem cor,
Um desejo de paz, um sofrimento sem dor...
Uma vida esquecida pela embriagues...
Beber para esquecer a dor de não poder mais aceitar
Os defeitos de quem amamos um dia...
Para aliviar a angústia e o arrependimento...
Para conseguir ser feliz nestes momentos,
Idolatrando bêbado o que sóbrio se via...
Ele não a abandona enquanto sóbrio
Porque o hábito o fará novamente embriagado...
Quando bêbado os defeitos dela desaparecem,
Seu amor, seu carinho novamente florescem,
Ele se sente sujo e envergonhado...
Agora que ela passou a ter amantes...
Ele é só mais um miserável
Que em nada se parece com o homem de antes...
Hoje ele bebe até cair na beira da calçada...
Sóbrio, diz não aceita "aquela" conduta...
Bêbado, chora até ficar com a boca travada...
Diz para si mesmo que é triste amar puta...
Principalmente as mais procuradas...
941
1
José Agostinho Baptista
Urgência
Levanta-te e deixa-me entrar,
diria se pudesse,
junto a esta cama onde a dor te contempla,
sob este tecto frio que não inventa qualquer
paisagem,
qualquer lembrança de barcos ancorados no
vazio da nossa alma,
diria que lá fora escuto a sirene que se
aproxima
e a chuva que bate com as suas gotas de
angústia na pedras da estrada,
diria que essas quatro rodas vão levar-te,ao
longo do pánico e da noite,
para outras paredes onde nenhum crucifixo
redime a desolação das casas,
diria que se afastaram para sempre os
dias antigos,
as suas laranjas,a sua água,
uma cerejeira breve onde os melros cantavam.
diria se pudesse,
junto a esta cama onde a dor te contempla,
sob este tecto frio que não inventa qualquer
paisagem,
qualquer lembrança de barcos ancorados no
vazio da nossa alma,
diria que lá fora escuto a sirene que se
aproxima
e a chuva que bate com as suas gotas de
angústia na pedras da estrada,
diria que essas quatro rodas vão levar-te,ao
longo do pánico e da noite,
para outras paredes onde nenhum crucifixo
redime a desolação das casas,
diria que se afastaram para sempre os
dias antigos,
as suas laranjas,a sua água,
uma cerejeira breve onde os melros cantavam.
1 917
1
Sophia de Mello Breyner Andresen
Da Transparência
Senhor libertai-nos do jogo perigoso da transparência
No fundo do mar da nossa alma não há corais nem búzios
Mas sufocado sonho
E não sabemos bem que coisa são os sonhos
Condutores silenciosos canto surdo
Que um dia subitamente emergem
No grande pátio liso dos desastres
No fundo do mar da nossa alma não há corais nem búzios
Mas sufocado sonho
E não sabemos bem que coisa são os sonhos
Condutores silenciosos canto surdo
Que um dia subitamente emergem
No grande pátio liso dos desastres
4 271
1
Sophia de Mello Breyner Andresen
Poesia de Inverno
«O inverno do nosso descontentamento»
Shakespeare, Ricardo III
I
Poesia de inverno: poesia do tempo sem deuses
Escolha
Cuidadosa entre restos
Poesia das palavras envergonhadas
Poesia dos problemas de consciência das palavras
Poesia das palavras arrependidas
Quem ousaria dizer:
Seda nácar rosa
Árvore abstracta e desfolhada
No inverno da nossa descrença
II
Pinças assépticas
Colocam a palavra-coisa
Na linha do papel
Na prateleira das bibliotecas
III
Quem ousaria dizer:
Seda nácar rosa
Porque ninguém teceu com suas mãos a seda — em longos dias em compridos fusos e com finos sedosos dedos
E ninguém colheu na margem da manhã a rosa — leve e pesada faca de doçura
Pois o rio já não é sagrado e por isso nem sequer é rio
E o universo não brota das mãos de um deus do gesto e do sopro de um deus da alegria e da veemência de um deus
E o homem pensando à margem do destino procura arranjar licença de residência na caserna provisória dos sobreviventes
IV
Meu coração busca as palavras do estio
Busca o estio prometido nas palavras
Shakespeare, Ricardo III
I
Poesia de inverno: poesia do tempo sem deuses
Escolha
Cuidadosa entre restos
Poesia das palavras envergonhadas
Poesia dos problemas de consciência das palavras
Poesia das palavras arrependidas
Quem ousaria dizer:
Seda nácar rosa
Árvore abstracta e desfolhada
No inverno da nossa descrença
II
Pinças assépticas
Colocam a palavra-coisa
Na linha do papel
Na prateleira das bibliotecas
III
Quem ousaria dizer:
Seda nácar rosa
Porque ninguém teceu com suas mãos a seda — em longos dias em compridos fusos e com finos sedosos dedos
E ninguém colheu na margem da manhã a rosa — leve e pesada faca de doçura
Pois o rio já não é sagrado e por isso nem sequer é rio
E o universo não brota das mãos de um deus do gesto e do sopro de um deus da alegria e da veemência de um deus
E o homem pensando à margem do destino procura arranjar licença de residência na caserna provisória dos sobreviventes
IV
Meu coração busca as palavras do estio
Busca o estio prometido nas palavras
4 210
1
T. S. Eliot
The Love Song of J Alfred Prufrock
The Love Song of J. Alfred Prufrock
Sio credesse che mia risposta fosse
A persona che mai tornasse al mondo,
Questa fiamma staria senza piu scosse.
Ma perciocche giammai di questo fondo
Non torno vivo alcun, siodo il vero,
Senza tema dinfamia ti rispondo.
LET us go then, you and I,
When the evening is spread out against the sky
Like a patient etherised upon a table;
Let us go, through certain half-deserted streets,
The muttering retreats
Of restless nights in one-night cheap hotels
And sawdust restaurants with oyster-shells:
Streets that follow like a tedious argument
Of insidious intent
To lead you to an overwhelming question...
Oh, do not ask, "What is it?"
Let us go and make our visit.
In the room the women come and go
Talking of Michelangelo.
The yellow fog that rubs its back upon the window-panes,
The yellow smoke that rubs its muzzle on the window-panes
Licked its tongue into the corners of the evening,
Lingered upon the pools that stand in drains,
Let fall upon its back the soot that falls from chimneys,
Slipped by the terrace, made a sudden leap,
And seeing that it was a soft October night,
Curled once about the house, and fell asleep.
And indeed there will be time
For the yellow smoke that slides along the street,
Rubbing its back upon the window-panes;
There will be time, there will be time
To prepare a face to meet the faces that you meet;
There will be time to murder and create,
And time for all the works and days of hands
That lift and drop a question on your plate;
Time for you and time for me,
And time yet for a hundred indecisions,
And for a hundred visions and revisions,
Before the taking of a toast and tea.
In the room the women come and go
Talking of Michelangelo.
And indeed there will be time
To wonder, "Do I dare?" and, "Do I dare?"
Time to turn back and descend the stair,
With a bald spot in the middle of my hair—
[They will say: "How his hair is growing thin!"]
My morning coat, my collar mounting firmly to the chin,
My necktie rich and modest, but asserted by a simple pin—
[They will say: "But how his arms and legs are thin!"]
Do I dare
Disturb the universe?
In a minute there is time
For decisions and revisions which a minute will reverse.
For I have known them all already, known them all:—
Have known the evenings, mornings, afternoons,
I have measured out my life with coffee spoons;
I know the voices dying with a dying fall
Beneath the music from a farther room.
So how should I presume?
And I have known the eyes already, known them all—
The eyes that fix you in a formulated phrase,
And when I am formulated, sprawling on a pin,
When I am pinned and wriggling on the wall,
Then how should I begin
To spit out all the butt-ends of my days and ways?
And how should I presume?
And I have known the arms already, known them all—
Arms that are braceleted and white and bare
[But in the lamplight, downed with light brown hair!]
It is perfume from a dress
That makes me so digress?
Arms that lie along a table, or wrap about a shawl.
And should I then presume?
And how should I begin?
. . . . .
Shall I say, I have gone at dusk through narrow streets
And watched the smoke that rises from the pipes
Of lonely men in shirt-sleeves, leaning out of windows?...
I should have been a pair of ragged claws
Scuttling across the floors of silent seas.
. . . . .
And the afternoon, the evening, sleeps so peacefully!
Smoothed by long fingers,
Asleep ... tired ... or it malingers,
Stretched on the floor, here beside you and me.
Should I, after tea and cakes and ices,
Have the strength to force the moment to its crisis?
But though I have wept and fasted, wept and prayed,
Though I have seen my head [grown slightly bald] brought in upon a platter,
I am no prophet—and heres no great matter;
I have seen the moment of my greatness flicker,
And I have seen the eternal Footman hold my coat, and snicker,
And in short, I was afraid.
And would it have been worth it, after all,
After the cups, the marmalade, the tea,
Among the porcelain, among some talk of you and me,
Would it have been worth while,
To have bitten off the matter with a smile,
To have squeezed the universe into a ball
To roll it toward some overwhelming question,
To say: "I am Lazarus, come from the dead,
Come back to tell you all, I shall tell you all"—
If one, settling a pillow by her head,
Should say: "That is not what I meant at all.
That is not it, at all."
And would it have been worth it, after all,
Would it have been worth while,
After the sunsets and the dooryards and the sprinkled streets,
After the novels, after the teacups, after the skirts that trail along the floor—
And this, and so much more?—
It is impossible to say just what I mean!
But as if a magic lantern threw the nerves in patterns on a screen:
Would it have been worth while
If one, settling a pillow or throwing off a shawl,
And turning toward the window, should say:
"That is not it at all,
That is not what I meant, at all."
. . . . .
No! I am not Prince Hamlet, nor was meant to be;
Am an attendant lord, one that will do
To swell a progress, start a scene or two,
Advise the prince; no doubt, an easy tool,
Deferential, glad to be of use,
Politic, cautious, and meticulous;
Full of high sentence, but a bit obtuse;
At times, indeed, almost ridiculous—
Almost, at times, the Fool.
I grow old ... I grow old...
I shall wear the bottoms of my trousers rolled.
Shall I part my hair behind? Do I dare to eat a peach?
I shall wear white flannel trousers, and walk upon the beach.
I have heard the mermaids singing, each to each.
I do not think that they will sing to me.
I have seen them riding seaward on the waves
Combing the white hair of the waves blown back
When the wind blows the water white and black.
We have lingered in the chambers of the sea
By sea-girls wreathed with seaweed red and brown
Till human voices wake us, and we drown.
Sio credesse che mia risposta fosse
A persona che mai tornasse al mondo,
Questa fiamma staria senza piu scosse.
Ma perciocche giammai di questo fondo
Non torno vivo alcun, siodo il vero,
Senza tema dinfamia ti rispondo.
LET us go then, you and I,
When the evening is spread out against the sky
Like a patient etherised upon a table;
Let us go, through certain half-deserted streets,
The muttering retreats
Of restless nights in one-night cheap hotels
And sawdust restaurants with oyster-shells:
Streets that follow like a tedious argument
Of insidious intent
To lead you to an overwhelming question...
Oh, do not ask, "What is it?"
Let us go and make our visit.
In the room the women come and go
Talking of Michelangelo.
The yellow fog that rubs its back upon the window-panes,
The yellow smoke that rubs its muzzle on the window-panes
Licked its tongue into the corners of the evening,
Lingered upon the pools that stand in drains,
Let fall upon its back the soot that falls from chimneys,
Slipped by the terrace, made a sudden leap,
And seeing that it was a soft October night,
Curled once about the house, and fell asleep.
And indeed there will be time
For the yellow smoke that slides along the street,
Rubbing its back upon the window-panes;
There will be time, there will be time
To prepare a face to meet the faces that you meet;
There will be time to murder and create,
And time for all the works and days of hands
That lift and drop a question on your plate;
Time for you and time for me,
And time yet for a hundred indecisions,
And for a hundred visions and revisions,
Before the taking of a toast and tea.
In the room the women come and go
Talking of Michelangelo.
And indeed there will be time
To wonder, "Do I dare?" and, "Do I dare?"
Time to turn back and descend the stair,
With a bald spot in the middle of my hair—
[They will say: "How his hair is growing thin!"]
My morning coat, my collar mounting firmly to the chin,
My necktie rich and modest, but asserted by a simple pin—
[They will say: "But how his arms and legs are thin!"]
Do I dare
Disturb the universe?
In a minute there is time
For decisions and revisions which a minute will reverse.
For I have known them all already, known them all:—
Have known the evenings, mornings, afternoons,
I have measured out my life with coffee spoons;
I know the voices dying with a dying fall
Beneath the music from a farther room.
So how should I presume?
And I have known the eyes already, known them all—
The eyes that fix you in a formulated phrase,
And when I am formulated, sprawling on a pin,
When I am pinned and wriggling on the wall,
Then how should I begin
To spit out all the butt-ends of my days and ways?
And how should I presume?
And I have known the arms already, known them all—
Arms that are braceleted and white and bare
[But in the lamplight, downed with light brown hair!]
It is perfume from a dress
That makes me so digress?
Arms that lie along a table, or wrap about a shawl.
And should I then presume?
And how should I begin?
. . . . .
Shall I say, I have gone at dusk through narrow streets
And watched the smoke that rises from the pipes
Of lonely men in shirt-sleeves, leaning out of windows?...
I should have been a pair of ragged claws
Scuttling across the floors of silent seas.
. . . . .
And the afternoon, the evening, sleeps so peacefully!
Smoothed by long fingers,
Asleep ... tired ... or it malingers,
Stretched on the floor, here beside you and me.
Should I, after tea and cakes and ices,
Have the strength to force the moment to its crisis?
But though I have wept and fasted, wept and prayed,
Though I have seen my head [grown slightly bald] brought in upon a platter,
I am no prophet—and heres no great matter;
I have seen the moment of my greatness flicker,
And I have seen the eternal Footman hold my coat, and snicker,
And in short, I was afraid.
And would it have been worth it, after all,
After the cups, the marmalade, the tea,
Among the porcelain, among some talk of you and me,
Would it have been worth while,
To have bitten off the matter with a smile,
To have squeezed the universe into a ball
To roll it toward some overwhelming question,
To say: "I am Lazarus, come from the dead,
Come back to tell you all, I shall tell you all"—
If one, settling a pillow by her head,
Should say: "That is not what I meant at all.
That is not it, at all."
And would it have been worth it, after all,
Would it have been worth while,
After the sunsets and the dooryards and the sprinkled streets,
After the novels, after the teacups, after the skirts that trail along the floor—
And this, and so much more?—
It is impossible to say just what I mean!
But as if a magic lantern threw the nerves in patterns on a screen:
Would it have been worth while
If one, settling a pillow or throwing off a shawl,
And turning toward the window, should say:
"That is not it at all,
That is not what I meant, at all."
. . . . .
No! I am not Prince Hamlet, nor was meant to be;
Am an attendant lord, one that will do
To swell a progress, start a scene or two,
Advise the prince; no doubt, an easy tool,
Deferential, glad to be of use,
Politic, cautious, and meticulous;
Full of high sentence, but a bit obtuse;
At times, indeed, almost ridiculous—
Almost, at times, the Fool.
I grow old ... I grow old...
I shall wear the bottoms of my trousers rolled.
Shall I part my hair behind? Do I dare to eat a peach?
I shall wear white flannel trousers, and walk upon the beach.
I have heard the mermaids singing, each to each.
I do not think that they will sing to me.
I have seen them riding seaward on the waves
Combing the white hair of the waves blown back
When the wind blows the water white and black.
We have lingered in the chambers of the sea
By sea-girls wreathed with seaweed red and brown
Till human voices wake us, and we drown.
2 444
1
Sophia de Mello Breyner Andresen
Que Poema, de Entre Todos Os Poemas
Que poema, de entre todos os poemas,
Página em branco?
Um gesto que se afaste e se desligue tanto
Que atinja o golpe de sol nas janelas.
Nesta página só há angústia a destruir
Um desejo de lisura e branco,
Um arco que se curve — até que o pranto
De todas as palavras me liberte.
Página em branco?
Um gesto que se afaste e se desligue tanto
Que atinja o golpe de sol nas janelas.
Nesta página só há angústia a destruir
Um desejo de lisura e branco,
Um arco que se curve — até que o pranto
De todas as palavras me liberte.
2 442
1
Sophia de Mello Breyner Andresen
Numa Disciplina Constante Procuro a Lei da Liberdade
Numa disciplina constante procuro a lei da liberdade medindo o equilíbrio dos meus passos.
Mas as coisas têm máscaras e véus com que me enganam, e, quando eu um momento espantada me esqueço, a força perversa das coisas ata-me os braços e atira-me, prisioneira de ninguém mas só de laços, para o vazio horror das voltas do caminho.
Mas as coisas têm máscaras e véus com que me enganam, e, quando eu um momento espantada me esqueço, a força perversa das coisas ata-me os braços e atira-me, prisioneira de ninguém mas só de laços, para o vazio horror das voltas do caminho.
1 932
1
Sophia de Mello Breyner Andresen
Dança
O quarto verde, os peixes da penumbra
Peso duplo do corpo no vazio
Gesto dilacerando os nós do frio.
Peso duplo do corpo no vazio
Gesto dilacerando os nós do frio.
2 153
1
Helena Parente Cunha
Bloqueio
onde sopra agora o vento
que levava o que eu dizia?
onde se perderam os nomes
que tantas coisas tiveram?
onde ficaram as coisas
chamadas em minha voz?
e minha voz
como assim subtraída?
gosto de pedra
na saliva em minha língua
as palavras me emparedam
onde houvera minha boca
que levava o que eu dizia?
onde se perderam os nomes
que tantas coisas tiveram?
onde ficaram as coisas
chamadas em minha voz?
e minha voz
como assim subtraída?
gosto de pedra
na saliva em minha língua
as palavras me emparedam
onde houvera minha boca
1 444
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