Guerra e Paz
Amália Bautista
A mulher do soldado
Recebi-o a chorar de alegria.
Regressava tão sujo e tão faminto
que dava nojo a qualquer um.
Sujo na farda, de sangue próprio
e alheio; faminto nos olhos
de um corpo de mulher à espera.
Beijei-lhe a lama e o sangue da boca
e lambi-lhe as feridas como um cão.
Amava-o, não podia fazer-me nojo.
Nem sequer me importou que rasgasse
com brusco deleite as meias de seda
que me esturraram as economias.
Não conseguia perguntar-lhe
se teve medo e pensou em fugir.
De novo o tinha. Regressado.
O resto não importava.
Jorge Luis Borges
Tamerlán (1336-1405)*
y cárceles y espadas ejecutan
la orden que no repito. Mi palabra
más ínfima es de hierro. Hasta el secreto
corazón de las gentes que no oyeron
nunca mi nombre en su confín lejano
es un instrumento dócil a mi arbitrio.
Yo, que fui un rabadán de la llanura,
he izado mis banderas en Persépolis
y he abrevado la sed de mis caballos
en las aguas del Ganges y del Oxus.
Cuando nací, cayó del firmamento
una espada con signos talismánicos;
yo soy, yo seré siempre aquella espada.
He derrotado al griego y al egipcio,
he devastado las infatigables
leguas de Rusia con mis duros tártaros,
he elevado pirámides de cráneos,
he uncido a mi carroza cuatro reyes
que no quisieron acatar mi cetro,
he arrojado a las llamas en Alepo
el Alcorán, El Libro de los Libros,
anterior a los días y a las noches.
Yo, el rojo Tamerlán, tuve en mi abrazo
a la blanca Zenócrate de Egipto,
casta como la nieve de las cumbres.
Recuerdo las pesadas caravanas
y las nubes de polvo del desierto,
pero también una ciudad de humo
y mecheros de gas en las tabernas.
Sé todo y puedo todo. Un ominoso
libro no escrito aún me ha revelado
que moriré como los otros mueren
y que, desde la pálida agonía,
ordenaré que mis arqueros lancen
flechas de hierro contra el cielo adverso
y embanderen de negro el firmamento
para que no haya un hombre sólo que no sepa
que los dioses han muerto. Soy los dioses.
Que otros acudan a la astrología
judiciaria, al compás y al astrolabio,
para saber qué son. Yo soy los astros.
En las albas inciertas me pregunto
por qué no salgo nunca de esta cámara,
por qué no condesciendo al homenaje
del clamoroso Oriente. Sueño a veces
con esclavos, con intrusos, que mancillan
a Tamerlán con temeraria mano
y le dicen que duerma y que no deje
de tomar cada noche las pastillas
mágicas de la paz y del silencio.
Busco la cimitarra y no la encuentro.
Busco mi cara en el espejo; es otra.
Por eso lo rompí y me castigaron.
¿Por qué no asisto a las ejecuciones,
por qué no veo el hacha y la cabeza?
Esas cosas me inquietan, pero nada
puede ocurrir si Tamerlán se opone
y Él, acaso, las quiere y no lo sabe.
Y yo soy Tamerlán. Rijo el Poniente
y el Oriente de oro, y sin embargo...
(*) Tamerlán. Mi pobre Tamerlán había leído, a fines del siglo diecinueve,
la tragedia de Christopher Marlowe y algún manual de historia.
"El Oro de los Tigres" (1972)
Jorge Luis Borges | "Poesia Completa", págs. 339 e 340 | Debolsillo, 3ª. edição, 2016
Jorge Luis Borges
A cierta sombra, 1940
el jabalí alemán y la hiena italiana.
Isla de Shakespeare, que tus hijos te salven
y también tus sombras gloriosas.
En esta margen ulterior de los mares
las invoco y acuden
desde el innumerable pasado,
con altas mitras y coronas de hierro,
con Biblias, con espadas, con remos,
con anclas y con arcos.
Se ciernen sobre mí en la alta noche
propicia a la retórica y a la magia
y busco la más tenue, la deleznable,
y le advierto: oh, amigo,
el continente hostil se apresta con armas
a invadir tu Inglaterra,
como en los días que sufriste y cantaste.
Por el mar, por la tierra y por el aire convergen los ejércitos.
Vuelve a soñar, De Quincey.
Teje para baluarte de tu isla
redes de pesadillas.
Que por sus laberintos de tiempo
erren sin fin los que odian.
Que su noche se mida por centurias, por eras, por pirámides,
que las armas sean polvo, polvo las caras,
que nos salven ahora las indescifrables arquitecturas
que dieron horror a tu sueño.
Hermano de la noche, bebedor de opio,
padre de sinuosos períodos que ya son laberintos y torres,
padre de las palabras que no se olvidan,
¿me oyes, amigo no mirado, me oyes
a través de esas cosas insondables
que son los mares y la muerte?
(1969)
Jorge Luis Borges | "Poesia Completa", págs. 308 e 309 | Debolsillo, 3ª. edição, 2016
Jorge Luis Borges
El guardián de los libros
la recta música y las rectas palabras,
los sesenta y cuatro hexagramas,
los ritos que son la única sabiduría
que otorga el Firmamento a los hombres,
el decoro de aquel emperador
cuya serenidad fue reflejada por el mundo, su espejo,
de suerte que los campos daban sus frutos
y los torrentes respetaban sus márgenes,
el unicornio herido que regresa para marcar su fin,
las secretas leyes eternas,
el concierto de orbe;
esas cosas o su memoria están en los libros
que custodio en la torre.
Los tártaros vinieron del Norte
en crinados potros pequeños;
aniquilaron los ejércitos
que el Hijo del Cielo mandó para castigar su impiedad,
erigieron pirámides de fugo y cortaron gargantas,
mataron al perverso y al justo,
mataron al esclavo encadenado que vigila la puerta,
usaron y olvidaron a las mujeres
y siguieron al Sur,
inocentes como animales de presa,
crueles como cuchillos.
En el alba dudosa
el padre de mi padre salvó los libros.
Aquí están en la torre donde yazgo,
recordando los días que fueron de otros,
los ajenos y antiguos.
En mis ojos no hay días. Los anaqueles
están muy altos y no los alcanzan mis años.
Leguas de polvo y sueño cercan la torre.
¿A qué engañarme?
La verdad es que nunca he sabido leer,
pero me consuelo pensando
que lo imaginado y lo pasado ya son lo mismo
para un hombre que ha sido
y que contempla lo que fue la ciudad
y ahora vuelve a ser el desierto.
¿Qué me impide soñar que alguna vez
descifré la sabiduría
y dibujé con aplicada mano los símbolos?
Mi nombre es Hsiang. Soy el que custodia los libros,
que acaso son los últimos,
porque nada sabemos del Imperio
y del Hijo del Cielo.
Ahí están en los altos anaqueles,
cercanos y lejanos a un tiempo,
secretos y visibles como los astros.
Ahí están los jardines, los templos.
"Elogio de la sombra" (1969)
Jorge Luis Borges | "Poesia Completa", págs. 316 e 317 | Debolsillo, 3ª. edição, 2016
Jorge Luis Borges
Los gauchos
Mestizos de la sangre del hombre blanco, lo tuvieron en poco, mestizos de la sangre del hombre rojo, fueron sus enemigos.
Muchos no habrán oído jamás la palabra gaucho, o la habrán oído como una injuria.
Aprendieron los caminos de las estrellas, los hábitos del aire y del pájaro, las profecías de las nubes del Sur y de la luna con un cerco.
Fueron pastores de la hacienda brava, firmes en el caballo del desierto que habían domado esa mañana, enlazadores, marcadores, troperos, capataces, hombres de la partida policial, alguna vez matreros; alguno, el escuchado, fue el payador.
Cantaba sin premura, porque el alba tarda en clarear, y no alzaba la voz.
Había peones tigreros; amparado en el poncho el brazo izquierdo, el derecho sumía el cuchillo en el vientre del animal, abalanzado y alto.
El diálogo pausado, el mate y el naipe fueron las formas de su tiempo.
A diferencia de otros campesinos, eran capaces de ironía.
Eran sufridos, castos y pobres. La hospitalidad fue su fiesta.
Alguna noche los perdió el pendenciero alcohol de los sábados.
Morían y mataban con inocencia.
No eran devotos, fuera de alguna oscura superstición, pero la dura vida les enseño el culto del coraje.
Hombres de la ciudad les fabricaron un dialecto y una poesía de metáforas rústicas.
Ciertamente no fueron aventureros, pero un arreo los llevaba muy lejos y más lejos las guerras.
No dieron a la historia un sólo caudillo. Fueron hombres de López, de Ramírez, de Artigas, de Quiroga, de Bustos, de Pedro Campbell, de Rosas, de Urquiza, de aquel Ricardo López Jordán que hizo matar a Urquiza, de Peñaloza y de Saravia.
No murieron por esa cosa abstracta, la patria, sino por un patrón casual, una ira o por la invitación de un peligro.
Su ceniza está perdida en remotas regiones del continente, en repúblicas de cuya historia nada supieron, en campos de batalla, hoy famosos.
Hilario Ascasubi los vio cantando y combatiendo.
Vivieron su destino como en un sueño, sin saber quienes eran o qué eran.
Tal vez lo mismo nos ocurre a nosotros.
"Elogio de la sombra" (1969)
Jorge Luis Borges | "Poesia Completa", págs. 318 e 319 | Debolsillo, 3ª. edição, 2016
Pablo Neruda
I - As Máscaras
alegres ou maltratados, o que não fizemos
foi por culpa de ninguém, faltou aço:
nós o gastamos em tanta inútil destruição,
não importa no balanço nada disto:
os anos padeceram de pústulas e guerras,
anos desfalecentes quando tremeu a esperança
no fundo das garrafas inimigas.
Muito bem, falaremos alguma vez, algumas vezes,
com uma andorinha para que ninguém escute:
tenho vergonha, temos o pudor dos viúvos:
morreu a verdade e apodreceu em tantas fossas:
é melhor recordar o que vai acontecer:
neste ano nupcial não há derrotados:
coloquemo-nos, cada um, máscaras vitoriosas.
Pablo Neruda
Morte E Perseguição Dos Pardais
naqueles dias,
quando Mao Tsé-Tung, sem entusiasmo,
decretou o imediato
falecimento de todos os pardais.
Com a mesma admirável
disciplina
com que se construiu a grande muralha
a multichina se multiplicou
e cada chinês procurou o inimigo.
Os meninos, os soldados, os astrônomos,
as meninas, as soldadas, as astrônomas,
os aviadores, os coveiros,
os cozinheiros chineses, os poetas,
os inventores da pólvora, os
camponeses do arroz sagrado,
os inventores de brinquedos, os
políticos de sorriso chinês,
todos se dirigiram
ao pardal
e este caiu com milionária morte
até que o último, um pardal supremo,
foi fuzilado por Mao Tsé-Tung.
Com admirável disciplina então
cada chinês partiu com um pardal,
com um triste, pequeno cadáver de pardal
no bolso,
cada um
de setecentos e trinta
milhões de
cidadãos chineses
com um pardal em
cada um
de setecentos e trinta
milhões de bolsos,
todos marcharam entoando antigos
hinos de glória e guerra
para enterrar lá longe,
nas montanhas da Lua Verde
um por um os pardais mortos.
Durante dezessete anos seguidos
cada um em pequeno mausoléu,
ossário individual, tumba florida
ou rápido cemitério coletivo
um por um sucessivamente
ficaram sepultados
completamente os pardais chineses.
Mas aconteceu algo estranho.
Quando se foram os enterradores
cantaram os pequenos enterrados:
um trovão de pardais
passou trovejando pela terra chinesa:
a voz de uma trombeta planetária.
E aquela voz despertou os mortais,
os antigos mortos,
os séculos de chineses enterrados.
Voltaram às suas vidas
aos seus arados, à sua economia.
Não faço censuras. Deixem-me tranquilo.
Mas assim fica bem claro
porque há mais chineses e menos pardais
a cada dia no mundo.
Carlos Drummond de Andrade
Morro da Babilônia
descem vozes que criam o terror
(terror urbano, cinqüenta por cento de cinema,
e o resto que veio de Luanda ou se perdeu na língua geral).
Quando houve revolução, os soldados se espalharam no morro,
o quartel pegou fogo, eles não voltaram.
Alguns, chumbados, morreram.
O morro ficou mais encantado.
Mas as vozes do morro
não são propriamente lúgubres.
Há mesmo um cavaquinho bem afinado
que domina os ruídos da pedra e da folhagem
e desce até nós, modesto e recreativo,
como uma gentileza do morro.
Pablo Neruda
Um Certo Monteiro
Montero) no tumulto
de uma guerra em que estive.
Ele estava grudado à política
como uma concha à geologia,
e parecia ser a coralífera
expressão, mais um do organismo,
vital e vitalício, jactancioso
de uma pureza como a do povo.
Agora, bem, aquele homem se rompeu
e sua autenticidade era mentira.
Não era aquilo, descobrimos,
não era uma uva do cacho escuro,
não era o gregário da vontade,
nem o capitão unânime:
tudo que levava caiu
como uma roupa velha. E ficou nu:
apenas um vociferante indivíduo
surgido de um lamaçal silvestre.
Mas o que importa ou o que não suporto
é que a falsidade deste ou daquele
achem máscaras e luvas e roupas
tão suntuosas e tão enfeitadas
que nós, os verdadeiros,
convencidos de tudo e boquiabertos
colaboramos em seu carnaval
sem saber direito onde está a vida.
Ah, e que não se chame de traidores
a tantos que ensinaram a verdade
vivendo-a talvez com inteireza
para chegar a ser seus inimigos
e odiaram desde então
o que eles foram e o que sempre somos.
O pobre renegado
de lugar em lugares vive,
sobrevive em hotéis presunçosos
condenando-se mais e mais amargo
até explicar-se ao vazio
já sem outra companhia além do umbigo.
Por que maldizê-los quando se gastaram
vertendo o frio que traziam dentro?
Carlos Drummond de Andrade
Madrigal Lúgubre
ó princesa! ó donzela!
em vossa casa, de onde o sangue escorre,
quisera eu morar.
Cá fora é o vento e são as ruas varridas de pânico,
é o jornal sujo embrulhando fatos, homens e comida guardada.
Dentro, vossas mãos níveas e mecânicas tecem algo parecido com um véu.
O mundo, sob a neblina que criais, torna-se de tal modo espantoso
que o vosso sono de mil anos se interrompe para admirá-lo.
Princesa: acordada, sois mais bela, princesa.
E já não tendes o ar contrariado dos mortos â traição.
Arrastar-me-ei pelo morro e chegarei até vós.
Tão completo desprezo se transmudará em tanto amor. . .
Dai-me vossa cama, princesa,
vosso calor, vosso corpo e suas repartições,
oh dai-me! que é tempo de guerra,
tempo de extrema precisão.
Não vos direi dos meninos mortos
(nem todos mortos, é verdade,
alguns, apenas mutilados).
Tampouco vos contarei a história
algo monótona talvez
dos mil e oitocentos atropelados
no casamento do rei da Ásia.
Algo monótono. . . Ásia monótona...
Se bocejardes, minha cabeça
cairá por terra, sem remissão.
Sutil flui o sangue nas escadarias.
Ah, esses cadáveres não deixam
conciliar o sono, princesa?
Mas o corpo dorme; dorme assim mesmo.
Imensa berceuse sobe dos mares,
desce dos astros lento acalanto,
leves narcóticos brotam da sombra,
doces ungüentos, calmos incensos.
Princesa, os mortos! gritam os mortos!
querem sair! querem romper!
Tocai tambores, tocai trombetas,
imponde silêncio, enquanto fugimos!
. . . Enquanto fugimos para outros mundos,
que esse está velho, velha princesa,
palácio em ruínas, ervas crescendo,
lagarta mole que escreves a história,
escreve sem pressa mais esta história:
o chão está verde de lagartas mortas. ..
Adeus, princesa, até outra vida.
João Gulart de Souza Gomos
batalha final
ou se o halley beijar sofregamente a terra
quero ver por último o brilho dos teus olhos
quando a praia vier dar no meu quintal
e todo magma exsudar na minha sala
vou inalar profundamente os teus cabelos
quando toda lava do vesúvio e
todo suspiro dos vendavais
assomarem à minha rua
será no teu colo que estarei deitado
(des)esperando o último momento
ainda que todo o sal dos oceanos
e toda terra das montanhas
aterrissem no meu teto
só teus lábios soterrarão meu corpo
os tanques cinzas do tio sam estacionarão no abaeté
e ferirão o farol com seus punhais
mas eu estarei deitado
acima, abaixo, sob, sobre, ao lado
em você, de qualquer jeito
quando todos se forem, míssil indetonado
e quando os patriots e exocets desfizerem minhas nuvens
não haverá dia seguinte:
estarei no túmulo dos teus braços
explodindo em milhões de átomos, desintegrando:
o último soldado desconhecido...
Goulart Gomes, Salvador, BA
Carlos Drummond de Andrade
Tristeza do Império
ante o colo ebúrneo
das donzelas opulentas
que ao piano abemolavam
"bus-co a cam-pi-na se-rena
pa-ra li-vre sus-pi-rar",
esqueciam a guerra do Paraguai,
o enfado bolorento de São Cristóvão,
a dor cada vez mais forte dos negros
e sorvendo mecânicos
uma pitada de rape,
sonhavam a futura libertação dos instintos
e ninhos de amor a serem instalados nos arranha-céus
[de Copacabana, com rádio e telefone automático.
João Nepomuceno Kubitschek
Eurico
De Favila a nobre filha,
Das Espanhas maravilha,
Mimoso esmero dos céus!
Ousei construir-lhe um templo
De adoração na minha alma,
Sonhei a vida tão calma,
Vendo o céu nos olhos seus!
Que era eu pra tão alto
Erguer meu amor ardente?
Era um tiufado valente,
Um gardingo, nada mais!
Na raça dos meus não tinha
Priscos brasões de nobreza,
Não tinha tanta riqueza
Como os cofres de seus pais.
O orgulho e a ambição se ergueram
Entre nós — muro gigante!
Quem pode transpô-lo ovante?
O leão rugiu de dor.
Entre nós abriu-se a fauce
De imenso abismo sem fundo:
De um lado, os homens, o mundo;
De outro lado, o nosso amor!
Era impossível! Que importa
Tivesse os afetos santos,
Como o diziam meus prantos,
Minhas lágrimas de fel?
Das esferas diamantinas,
Do céu azul da ventura,
Despenhei-me à noite escura,
Como o arcanjo revel.
Nunca da virgem o amículo
Beijará meu lábio ardente;
Sua alma pura, inocente,
Não me dará um sorrir;
Nunca a bênção do presbítero
Ligará nossos destinos;
Do noivado os santos hinos
No templo não hei de ouvir!
Nunca! Flama dos infernos
Que a flor da esperança abrasa;
Estilete agudo em brasa
Nas fibras do coração;
Nuvem prenhe de tormentas
Que no céu rugindo passa;
Hiena que despedaça
Minha mais bela ilusão!
Fugi dos homens! No claustro
Fui chorar minha desdita;
À santa virgem bendita
Fui pedir consolações;
Quis de mim próprio exilar-me,
Exilando-me do mundo,
Do olvido arrojar ao fundo
Do passado as aflições.
E o céu na profunda chaga
Doce bálsamo vertia;
Serena melancolia
Pairou no servo da cruz;
E dos meus lábios brotaram
Cânticos pios, suaves,
Que reboaram nas naves,
Das catedrais de Jesus.
Depois... travou-se o conflito
Entre Deus e a imagem linda,
Porque no meu peito ainda
Não se extinguira a paixão:
Ora a razão imperando
Na consciência — Deus — bradava
Ora em delírios clamava
— Hermengarda — o coração.
Em vão entre mim e o mundo
Ergui a imensa barreira,
E do templo na soleira
Lhe disse um eterno adeus;
Toda vestida de encantos,
Vinha a imagem da donzela
Sorrir-me na erma cela,
Qual mensageiro dos céus.
Ei-la — do cair das tardes
Nos coloridos vapores,
Da aurora nos resplendores,
Na branca luz do luar,
Na hóstia do sacrifício,
Nas flores ao pé das cruzes,
Dos bentos círios nas luzes,
Nos ornamentos do altar.
Dizei, virações noturnas,
Esta história de agonias,
Do Calpe nas penedias,
Na mais funda solidão!
Que não chegue ao mundo um eco
Deste amor que me acompanha,
Que como brônzea montanha,
Me pesa no coração.
Cala estas dores, minha alma...
A serpente do deserto
Já dispara o bote certo
E ensangüenta o chão natal;
Sobre um montão de ruínas
Campeia altivo o Crescente,
Por onde avança a torrente
Surgem os gênios do mal.
E tu, bela Espanha! o louro,
Colhido ao sol das vitórias,
Emblema das tuas glórias,
Te vai da fronte cair?
Na espúria raça de hoje
Não tens mais valentes filhos,
Que acendam de novo os brilhos
Da estrela do teu porvir?
Como tigres da vingança,
Teus soldados não mais rugem?
Embotou a vil ferrugem
Os gládios da nobre grei?
Não é mais fouce de morte
O franskisk do visigodo?
Não provaram-lhe o denodo
As águias do povo — rei?
Silêncio! O vento do norte
Lá passa em busca dos mares!
Silêncio! Ecoou nos ares
Um grito de maldição!
É o César das montanhas,
É o Pelaio, aceso em fúrias,
Na caverna das Astúrias
Bramindo como um leão.
Também no horror dos combates,
Eu fui um soldado forte,
Semeei o estrago, a morte,
Como um raio vingador;
Pela armadura de ferro
Troquei a estringe sagrada,
Pela borda ensangüentada
Meu cajado de pastor.
E as hostes fugiam lívidas
Diante do meu aspeito...
Nem uma flecha meu peito
Não veio rasgar sequer!
E ainda no caos revolto
Dessas guerreiras falanges,
No afuzilar dos alfanjes
Tu me sorrias, mulher!
Disseste-me um dia a história
De teus infantis amores...
Por que orvalhaste flores
Que não podiam viçar?
Fundir minha alma na tua
Em cadeia indestrutível...
Oh! nunca! nunca! impossível
Entre nós está o altar!
Ó Deus! do abismo do nada
Por que meu ser arrancaste?
Por que no mundo o atiraste,
Como em funesta prisão?
Que uma alma cristã não possa
Apagar da vida o lume,
Enterrar de um ferro o gume
Bem fundo no coração!...
Carlos Drummond de Andrade
Com o Russo Em Berlim
nem cansaço nem dor. Estou tranqüilo.
Um dia chegarei, ponta de lança,
com o russo em Berlim.
O tempo que esperei não foi em vão.
Na rua, no telhado. Espera em casa.
No curral; na oficina: um dia entrar
com o russo em Berlim.
Minha boca fechada se crispava.
Ai tempo de ódio e mãos descompassadas.
Como lutar, sem armas, penetrando
com o russo em Berlim?
Só palavras a dar, só pensamentos
ou nem isso: calados num café,
graves, lendo o jornal. Oh, tão melhor
com o russo em Berlim.
Pois também a palavra era proibida.
As bocas não diziam. Só os olhos
no retrato, no mapa. Só os olhos
com o russo em Berlim.
Eu esperei com esperança fria,
calei meu sentimento e êle ressurge
pisado de cavalos e de rádios
com o russo em Berlim.
Eu esperei na China e em todo canto,
em Paris, em Tobruc e nas Ardenas
para chegar, de um ponto em Stalingrado,
com o russo em Berlim.
Cidades que perdi, horas queimando
na pele e na visão: meus homens mortos,
colheita devastada, que ressurge
com o russo em Berlim.
O campo, o campo, sobretudo o campo
espalhado no mundo: prisioneiros
entre cordas e moscas; desfazendo-se
com o russo em Berlim.
Nas camadas marítimas, os peixes
me devorando; e a carga se perdendo,
a carga mais preciosa: para entrar
com o russo em Berlim.
Essa batalha no ar, que me traspassa
(mas estou no cinema, e tão pequeno
e volto triste à casa: por que não
com o russo em Berlim?)
Muitos de mim saíram pelo mar.
Em mim o que é melhor está lutando.
Possa também chegar, recompensado,
com o russo em Berlim.
Mas que não pare aí. Não chega o termo.
Um vento varre o mundo, varre a vida.
Este vento que passa, irretratável,
com o russo em Berlim.
Olha a esperança à frente dos exércitos,
olha a certeza. Nunca assim tão forte.
Nós que tanto esperamos, nós a temos
com o russo em Berlim.
Uma cidade existe poderosa
a conquistar. E não cairá tão cedo.
Colar de chamas forma-se a enlaçá-la,
com o russo em Berlim.
Uma cidade atroz, ventre metálico,
pernas de escravos, boca de negócio,
ajuntamento estúpido, já treme
com o russo em Berlim.
Essa cidade oculta em mil cidades,
trabalhadores do mundo, reuni-vos
para esmagá-la, vós que penetrais
COM O RUSSO EM BERLIM.
Glauco Mattoso
Bélico, 1999
são muitas vezes mais suficientes
para extinguir da Terra seus viventes,
e continuam sendo fabricadas.
Revólveres, canhões, fuzis, granadas,
torpedos, mísseis mis, bombas potentes,
festim, balas Dum Dum, cartuchos, pentes,
martelos, foices, paus, facões, enxadas.
Romanos, que eram bons de guerra e paz,
disseram: "Si vis pacem, para bellum.":
Parece que os modernos vão atrás.
Não quero exagerar no paralelo,
mas quanto menos ronda a bota faz,
mais folga ostentará o pé de chinelo.
In: MATTOSO, Glauco. Geléia de rococó: sonetos barrocos. São Paulo: Ciência do Acidente, 1999
Carlos Drummond de Andrade
Carta a Stalingrado
Depois de Madri e de Londres, ainda há grandes cidades!
O mundo não acabou, pois que entre as ruínas
outros homens surgem, a face negra de pó e de pólvora,
e o hálito selvagem da liberdade
dilata os seus peitos, Stalingrado,
seus peitos que estalam e caem
enquanto outros, vingadores, se elevam.
A poesia fugiu dos livros, agora está nos jornais.
Os telegramas de Moscou repetem Homero.
Mas Homero é velho. Os telegramas cantam um mundo novo
que nós, na escuridão, ignorávamos.
Fomos encontrá-lo em ti, cidade destruída,
na paz de tuas ruas mortas mas não conformadas,
no teu arquejo de vida mais forte que o estouro das bombas,
na tua fria vontade de resistir.
Saber que resistes.
Que enquanto dormimos, comemos e trabalhamos, resistes.
Que quando abrirmos o jornal pela manhã teu nome (em ouro oculto) estará firme no alto da página.
Terá custado milhares de homens, tanques e aviões, mas valeu a pena.
Saber que vigias, Stalingrado,
sobre nossas cabeças, nossas prevenções e nossos confusos pensamentos distantes
dá um enorme alento à alma desesperada
e ao coração que duvida.
Stalingrado, miserável monte de escombros, entre tanto resplandecente!
As belas cidades do mundo contemplam-te em pasmo e silêncio.
Débeis em face do teu pavoroso poder,
mesquinhas no seu esplendor de mármores salvos e rios não profanados,
as pobres e prudentes cidades, outrora gloriosas, entregues sem luta.
aprendem contigo o gesto de fogo.
Também elas podem esperar.
Stalingrado, quantas esperanças!
Que flores, que cristais e músicas o teu nome nos derrama!
Que felicidade brota de tuas casas!
De umas apenas resta a escada cheia de corpos;
de outras o cano de gás, a torneira, uma bacia de criança.
Não há mais livros para ler nem teatros funcionando
[nem trabalho nas fábricas,
todos morreram, estropiaram-se, os últimos defendem pedaços negros de parede,
mas a vida em ti é prodigiosa e pulula como insetos ao sol.
ó minha louca Stalingrado!
A tamanha distância procuro, indago, cheiro destroços sangrentos,
apalpo as formas desmanteladas de teu corpo,
caminho solitariamente em tuas ruas onde há mãos soltas e relógios partidos,
sinto-te como uma criatura humana, e que és tu, Stalingrado, senão isto?
Uma criatura que não quer morrer e combate,
contra o céu, a água, o metal a criatura combate,
contra milhões de braços e engenhos mecânicos a criatura combate,
contra o frio, a fome, a noite, contra a morte a criatura combate,
e vence.
As cidades podem vencer, Stalingrado!
Penso na vitória das cidades, que por enquanto é
[apenas uma fumaça subindo do Volga.
Penso no colar de cidades, que se amarão e se defenderão contra tudo.
Em teu chão calcinado onde apodrecem cadáveres,
a grande Cidade de amanhã erguerá a sua Ordem.
Carlos Drummond de Andrade
Mas Viveremos
Elas agora viajarão sozinhas.
Sem o fogo dos velhos contactos,
que ardia por dentro e dava coragem.
Desfeito o abraço que me permitia,
homem da roça, percorrer a estepe,
sentir o negro, dormir a teu lado,
irmão chinês, mexicano ou báltico.
Já não olharei sobre o oceano
para decifrar no céu noturno
uma estrela vermelha, pura e trágica,
e seus raios de glória e de esperança.
Já não distinguirei na voz do vento
(Trabalhadores, uni-vos...) a mensagem
que ensinava a esperar, a combater,
a calar, desprezar e ter amor.
Há mais de vinte anos caminhávamos
sem nos vermos, de longe, disfarçados,
mas a um grito, no escuro, respondia
outro grito, outro homem, outra certeza.
Muitas vezes julgamos ver a aurora
e sua rosa de fogo à nossa frente.
Era apenas, na noite, uma fogueira.
Voltava a noite, mais noite, mais completa.
E que dificuldade de falar!
Nem palavras nem códigos: apenas
montanhas e montanhas e montanhas,
oceanos e oceanos e oceanos.
Mas um livro, por baixo do colchão
era súbito um beijo, uma caricia,
uma paz sobre o corpo se alastrando,
e teu retrato, amigo, consolava.
Pois às vezes nem isso. Nada tínhamos
a não ser estas chagas pelas pernas,
este frio, esta ilha, este presídio,
este insulto, este cuspo, esta confiança.
No mar estava escrita uma cidade,
no campo ela crescia, na lagoa,
no pátio negro, em tudo onde pisasse
alguém, se desenhava tua imagem,
teu brilho, tuas pontas, teu império
e teu sangue e teu bafo e tua pálpebra,
estrela: cada um te possuía.
Era inútil queimar-te, cintilavas.
Hoje quedamos sós. Em toda parte,
somos muitos e sós. Eu, como os outros.
Já não sei vossos nomes nem vos olho
na boca, onde a palavra se calou.
Voltamos a viver na solidão,
temos de agir na linha do gasômetro,
do bar, da nossa rua: prisioneiros
de uma cidade estreita e sem ventanas.
Mas viveremos. A dor foi esquecida
nos combates de rua, entre destroços.
Toda melancolia dissipou-se
em sol, em sangue, em vozes de protesto.
Já não cultivamos amargura
nem sabemos sofrer. Já dominamos
essa matéria escura, já nos vemos
em plena força de homens libertados.
Pouco importa que dedos se desliguem
e não se escrevam cartas nem se façam
sinais da praia ao rubro couraçado.
Êle chegará, êle viaja o mundo.
E ganhará enfim todos os portos,
avião sem bombas entre Natal e China,
petróleo, flores, crianças estudando,
beijo de moça, trigo e sol nascendo.
Êle caminhará nas avenidas,
entrará nas casas, abolirá os mortos.
Êle viaja sempre, esse navio,
essa rosa, esse canto, essa palavra.
José de Oliveira Falcon
Prelúdio
cobrindo as éguas do alerta
os atalaias do alarme
na grande praça deserta
os galos rubros de guerra
espora crista e fanfarra
rasgando ao quebrar da barra
a gema de sol na serra
o heroísmo dos galos
com o levante na garganta
o galopar dos seus gritos
na luz que livre alevanta
madruga aurora madura
rompe a fanfarra na serra
brasão triunfo e estandarte
dos galos rubros de guerra
Luiz Felipe Coelho
Funcionários do ódio
raivosos de aço a convocar multidões
para jardins odiosos
onde genocídios saem dos dicionários
e empilham cadáveres na grama
enquanto os gritos do saque
e as ondas da maldade
respingam sangue distraídos.
Matar
e beber uma cerveja gelada,
matar
e ir dormir um pouco,
matar
e levar brinquedos para os filhos.
O horror da facilidade da morte e da raiva
para espalhar cadáveres homogêneos
tem a profundidade de grandes lagos alpinos
de águas límpidas, azuis, sem vida,
e as frias serras que se vêem ao longe
a carregar pedras, gêlo, vento e delírios arianos,
tem a secura dos grandes desertos a gerar deuses cruéis.
espelhados na dureza dos dias,
e a escrever o genocídio e a guerra santa
nos seus livros sagrados,
mas vai além.
Cambodja? Auschwitz?
Palestina? gueto de Varsóvia?
Ruanda? Bósnia? Soweto?
Assim os vemos e nos acalmamos,
estranhas consoantes e vogais enfileiradas
em distantes mapas,
e nós não somos eles
e nos regozijamos por sermos diferentes.
Mas, será? A distância é aparente,
o nome talvez seja sempre o mesmo
e seria fácil dizê-lo:
é a lógica das limpezas étnicas,
é a certeza dos estados nacionais,
é a manutenção da ordem social,
é o direito à revolução,
é uma única religião verdadeira
e só se diz em uma língua,
e admite apenas um alfabeto,
mas será mesmo?
Seu nome é muito mais que tudo isto,
êle é a densa maldade sem espelho
a falar calmamente
e a matar.
Carlos Drummond de Andrade
Noticias de Espanha
marcados de negra viagem,
aos homens que neles voltam
com cicatrizes no corpo
ou de corpo mutilado,
peço notícias de Espanha.
Às caixas de ferro e vidro,
às ricas mercadorias,
ao cheiro de mofo e peixe,
às pranchas sempre varridas
de uma água sempre irritada,
peço notícias de Espanha.
Às gaivotas que deixaram
pelo ar um risco de gula,
ao sal e ao rumor das conchas,
à espuma fervendo fria,
aos mil objetos do mar,
peço notícias de Espanha.
Ninguém as dá. O silêncio
sobe mil braços e fecha-se
entre as substâncias mais duras.
Hirto silêncio de muro,
de pano abafando boca,
de pedra esmagando ramos,
é seco e sujo silêncio
em que se escuta vasar
como no fundo da mina
um caldo grosso e vermelho.
Não há notícias de Espanha.
Ah, se eu tivesse navio!
Ah, se eu soubesse voar!
Mas tenho apenas meu canto,
e que vale um canto? O poeta,
imóvel dentro do verso,
cansado de vã pergunta,
farto de contemplação,
quisera fazer do poema
não uma flor: uma bomba
e com essa bomba romper
o muro que envolve Espanha.
Pablo Neruda
Eu Vinha de Longe
um saco
de negros sofrimentos,
a noite das minas
de minha pátria.
Quando o carvão
de Lota
na locomotiva
arde,
se põe rubro
e queima
não é fogo,
é sangue,
sangue dos mineiros de minha pátria,
escuro sangue que acusa.
E assim
dobrado
sob meu saco negro
de sangue e de carvão fui transgredindo
os caminhos da Europa,
a lua de prata gasta
pelos olhos humanos,
as velhas pontes quebradas
pela guerra,
as cidades vazias
com suas janelas ocas
e seus escombros onde o pasto cresce,
as urtigas,
o triste saramago,
com medo,
sem raízes.
Assim vaguei pelas ruas bombardeadas
buscando a verde esperança,
até que a encontrei
vestida de água e de ouro
nas margens duplas
de Budapeste um dia.
Pablo Neruda
Crescem Os Anos
duplo é teu rosto como uma medalha.
Eu te encontrei no verão
e era
teu perfil bosque e trigo:
o rápido verão
com seu manto de ouro
teu doce corpo verde recobria.
Mais tarde
te vi cheia de neve,
oh bela rosada
de dentes brancos e coroa branca,
estrela do inverno,
pátria da brancura!
E assim teu duplo rosto de medalha
amei passando sobre tuas pupilas
meus beijos bem-vindos na aurora,
porque construías
o sol que ia nascendo,
tua bandeira,
o passo de teu povo
nas estepes,
as ferramentas puras
da libertação, o aço
com que se forjaram as estrelas.
Junto a mim cresce
este tempo,
esta época
como um rápido bosque,
como planta vulcânica
cheia de vida e folhas,
minha época
de sangue e claridade, de noite fria
e esplendor matutino.
Novas cidades crescem,
amanhecem bandeiras,
se afirmam as repúblicas
do socialismo em marcha,
Vietnam palpita
porque em sangue e dores
nasce uma nova vida.
Minha época
loureiro e lua cheia,
amor e pólvora!
Eu vi
nascer, crescer os anos,
parir a velha terra
robustas, novas coisas.
Penso
no homem perdido
de outro tempo
que não viu nascer nada,
que se precipitou de rua em rua,
de noite em noite fria,
subiu escadas,
encheu-se de fumaça,
e nunca viu onde terminavam
os degraus nem a fumaça.
Aquele homem
foi como um cogumelo na selva,
na umidade escura
dissipou suas heranças,
não viu sobre o bosque a altura
tatuada com estrelas,
não vislumbrou sob seus pés
entrelaçar-se todos
os germes do bosque.
Eu sinto, olho, toco
o crescimento
do que sobrevêm,
vou de uma terra a outra constatando,
somando o indelével,
acrescendo os passos,
reunindo as sílabas
do canto do vento na terra.
Pablo Neruda
A Estação Se Inaugura
se preparam
as estações,
as seivas, as raízes,
as sementes,
o fogo,
a água
falam
buscando-se adereços,
polindo a caoba
da castanha futura,
endurecendo o níveo
marfim das amêndoas,
combinando os fios
das trepadeiras,
levantando o açúcar
verde dos cachos,
então
tudo está preparado:
o outono de mãos rubras,
ou a primavera pura,
ou o verão nos rios,
ou o inverno cor de estrela,
e França abre as portas:
inaugura-se o tempo.
Porque ali são mais belos
os bailes das folhas,
a seda crepitante
do outono nos bosques.
Ali as águas sabem
cantar de acordo
com o violino do vento.
Catedral e campina
faz já muitos anos
florescem recebendo
o mesmo beijo dúplice da chuva.
Ali no país de França
nasceu o vinho,
logo na transparência da taça
as palavras acharam
forma e som de cristal maduro
e os homens cantaram.
Ali
sempre os homens cantaram.
Chegou a guerra
como um alcatrão implacável,
mas do luto
a França saltou cantando.
Cantaram os valentes no muro
dos fuzilamentos. Cantaram
os comunistas da Comuna.
Cantou, decapitada,
a filha de Jean Richard. Canta
o povo da França,
enquanto os mercadores
atlânticos
vão preparando a carnificina.
Mas não apenas sala de espaçoso outono
ou primaveril pedraria
és, jardim
da França, rua
da França,
combatente,
escreveste com pedra e sangue
teu nome na muralha
do destino,
e como em ti os rios são seguros
de sua harmoniosa abundância,
assim teu povo,
rumo à plenitude, de margem a margem,
cumulado de lutas e dons,
restaurará, cantando,
a alegria.
Affonso Romano de Sant'Anna
Hamburg Hill
– 10 days of battle
– 3.000 feet high overlooking the Ashan Valley to the east
– 10 infantry assaults signs
– 10 May. 1967.
But it succumbed on 21th
11th attack as
1.000 troupes of the
101st. Airborne Division
– “It was a great victory by a gutty bunch of guys”
(said Major G. Melvin Zais)
– “Real victories don’t come easily” – he ended.
Many bodies were reported
found in deep bunkers
partly crushed by massive air strike.
– Celebrating the victory
marines went to spend two days at the beaches of Chinese Sea.