Lista de Poemas

Tres encuentros

Primer encuentro
Un niño de tersa frente
y la muerte carcomida,
en la senda de la vida
y en el borde de una fuente,
por su bien o por su mal
una mañana se hallaron
y sedientos se inclinaron
sobre el líquido cristal.
Se inclinaron, y en la esfera
cristalina vióse al punto
de un niño el rostro muy junto
a una seca calavera.
La Muerte dijo: "¡Qué hermoso!"
-"¡Que horrible!"-el niño pensó;
bebió aprisa y se escapó
por el bosque presuroso.

Segundo encuentro
Pasó el tiempo, y cierto día,
ya el sol en toda su altura,
en la misma fuente pura
bebieron en compañía,
por su bien o por su daño
la Muerte y un hombre fuerte;
la de siempre era la muerte;
el hombre el niño de antaño.
Como vióse de los dos
la imagen en el cristal
con la luz matutinal
que manda a los mundos Dios,
la del hombre, áspera tez,
y la imagen hosca y fiera
de su helada compañera,
se pintaron esta vez.
Bajo el agua limpia y fría
sus reflejos observaron:
como entonces se miraron
se miraron todavía.
Ella dijo no sé qué
señalando hacia el espejo.
Él murmuró: "¡Pobre viejo!",
bebió despacio y se fue.

Tercer encuentro
Cae la tarde; el sol anega
en pardas nubes su luz;
envuelta en negro capuz
medrosa la noche llega.
Dos sombras van a la fuente,
las dos beben a porfía,
y aún no sacia el agua fría
sed atrasada y ardiente.
Se miran y no se ven;
pero pronto por fortuna
subirá al cielo la luna
y podrán mirarse bien.
Al fin su luz transparente
el espacio iluminó,
y en espejo convirtió
los cristales de la fuente.
Y eran las dos sombras ideales,
bajo el agua sumergidas,
de tal modo parecidas,
que al partir las sombras reales
de sus destinos en pos,
o por darse mala maña,
o por confusión extraña,
cada sombra de las dos
tomó en el líquido espejo
lo primero que encontróse,
y, sin notarlo, llevóse
de la otra sombra el reflejo.
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Cómo hago dramas

Escojo una pasión, cojo una idea,
un problema, un carácter... y lo infundo,
cual densa dinamita, en lo profundo
de un personaje que mi mente crea.

La trama al personaje le rodea
de unos cuantos muñecos, que en el mundo
o se revuelcan por el cieno inmundo,
o se calientan a la luz febea.

La mecha enciendo. El fuego se propaga,
el cartucho revienta sin remedio,
y el astro principal es quien lo paga.

Aunque a veces también en este asedio
que al Arte pongo y que al instinto halaga,
¡me coge la expresión de medio a medio!
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La lucha eterna

Oye: yo te he querido con locura,
y aquí en mi corazón fuiste señora;
yo cifré en tu cariño mi ventura,
y has alumbrado mi existencia obscura
con reflejos dulcísimos de aurora.

Tú llenaste mi pecho de consuelo,
y aún por tí el alma a mi pesar suspira;
tuve en tí tanta fe como en el cielo,
y busqué tu cariño con anhelo,
y me juraste amor... ¡y fue mentira!


Mira, ve lo que has hecho:
aquí hubo un corazón dentro del pecho
que latió para tí, para tí sola,
y hoy tu gran ingratitud me inmola,
te lo vengo a pedir, y está deshecho.


Escucha: has sido infiel, me has engañado;
hay huellas en tu faz que te delatan
y que van pregonando tu pecado.

Vé por qué vengo a hablarte con enojos,
y vé por qué mis penas se desatan,
pues comprendí la vida por tus ojos,
y ahora tus ojos son los que me matan.

¡Aparta!... ¡Huye de mí! No quiero verte.
¡Déjame, que no puedo!
Yo debo aborrecerte,
y tus ojos me impulsan a quererte,
y miro al corazón... ¡y tengo miedo!
¡Huye!... Comprende lo que estoy penando,
y perder este amor lo que me cuesta...
¿Ves? Te quiero olvidar, y estoy llorando;
¡que la razón, que es fuerte, te detesta,
pero te quiere el corazón que es blando!
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