Lista de Poemas
El Error Vespertino
Unos jinetes bravíos me escoltaban durante la
visita al país de las ruinas legendarias. Nos detuvimos a
maravillar los arabescos y perfiles de un puente de arcos ojivales.
Invadimos la ciudad fatídica por una avenida
de cipreses violados. Yo me extasiaba en el ambiente de pureza, a la
vista de un cielo de tintes ideales. La imagen de un alminar brillante
se dibujaba en el río de linfas indolentes.
Yo adelantaba, peregrino del desencanto, en el
sosiego inverosímil.
Un cortejo nupcial, pregonado por los sones de una
melodía sensible, me despertó del ensueño, me
volvió a la presencia del infortunio. La joven se dirigía
al cautiverio en un carro de usanza agreste.
Yo traté de seguir los vestigios sutiles del
cortejo a la luz del crepúsculo de éter y me
encontré solo y a ciegas en el circuito de unas tumbas
idénticas.
Preludio
Yo quisiera estar entre vacías tinieblas, porque el mundo
lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige, impertinente amada
que me cuenta amarguras.
Entonces me habrán abandonado los recuerdos: ahora huyen y
vuelven con el ritmo de infatigables olas y son lobos aullantes en la
noche que cubre el desierto de nieve.
El movimiento, signo molesto de la realidad, respeta mi
fantástico asilo; mas yo lo habré escalado de brazo con
la muerte. Ella es una blanca Beatriz, y, de pies sobre el creciente de
la luna, visitará la mar de mis dolores. Bajo su hechizo
reposaré eternamente y no lamentaré más la
ofendida belleza ni el imposible amor.
El Tejedor De Mimbres
Un ave espectral, imagen de la pesadumbre y del sacrificio, volaba
entre el humo y el ámbar de noviembre. Yo me perdía en la
contemplación del vuelo monótono.
Los hábitos indolentes, la afición al
ensueño, impedían mi rescate de la miseria. Yo me
escondía en la maleza de un río palustre.
Una beldad seráfica aparecía a
interrumpir mi desidia y me señalaba el camino del
océano. Yo me aventuraba a recoger unas hierbas salobres y,
pensando en el atavío de su persona, las despojaba de sus flores
de marfil, emitidas súbitamente en el día más
prolijo del año.
Yo asistí de lejos a la fiesta de sus bodas,
perdido en la muchedumbre de los descalzos. La doncella clemente
vestía de luto y las luces de la basílica, una joya
italiana, la rodeaban de un aura mortecina. Había nacido para el
embeleso de un amor ideal.
Pasó brevemente de esta vida. Su caballo la
derribó por tierra, al emprender un viaje fortuito.
Yo penetré en la sala de su vivienda, la
semana misma del llanto. Los deudos solemnes preguntaban el linaje de
sus flores de marfil, reunidas sobre un cojín de terciopelo. No
alcanzaban a comprender su origen de un mundo invisible.
La Ciudad De Los Espejismos
Yo cultivo las memorias de mi niñez meditabunda. Un campanario
invisible, perdido en la oscuridad, sonaba la hora de volver a casa, de
recogerme en el aposento.
Ruidos solemnes interrumpían a cada paso mi
sueño. Yo creía sentir el desfile de un cortejo y el
rumor de sus preces. Se dirigía a la tumba de un héroe,
en el convento de unos hermanos inflexibles, y transitaba la calle
hundida bruscamente en el río lánguido.
Yo me incorporaba de donde yacía, atinaba un
camino entre los muebles del estrado, sala de las ceremonias, y
abría en secreto las ventanas. Porfiaba inútilmente en
distinguir el cortejo funeral. Una vislumbre desvariada recorría
los cielos.
No puedo señalar el número de veces de
mi despertamiento y vana solicitud. Recuperaba a tientas mi dormitorio,
después de restablecer el orden en las alhajas de la sala. Un
insecto diabólico provocaba mi enfado ocultándose
velozmente en la espesura de la alfombra.
La ruina de las paredes había empolvado la
sala desierta. Mis abuelos, enfáticos y señoriles, no
recibían sino la visita de la muerte.
Yo no alcanzaba a desprenderme de los fantasmas del
sueño en el curso de la vigilia. La mañana invadía
de tintes lívidos mi balcón florido y yo reposaba la
vista en una lontananza de sauces indiferentes, en un ensueño de
Shakespeare.
La Huella
Una luz febril recorría los cielos en la noche del viernes santo.
Yo distinguía los perfiles de una ciudad
oculta en la sombra y el símbolo de una escala de sones
volátiles en el silencio penitente.
Yo me había asomado a la ventana
después de consignar en un escrito los azares de una
pasión ideal. Yo volvía el discurso al caso de Dante, a
sus cuitas de amor en la cámara del sobresalto y de la amargura.
Yo sufría del arrojo de mi pensamiento. Una
forma aviesa imitaba el objeto de mis devaneos y sugería con el
ademán la vista de un suplicio.
El temporal, nacido en unos montes lívidos,
fugaba delante de sí el tumulto de las tinieblas y
esparcía las voces de una multitud precita. Yo dije entre
alabanzas el nombre soberano, cifra de mis anhelos, y el fantasma
lacónico se deslizó de mi presencia, dejando en su vez un
reguero de polvo.
Elaina
La virgen duerme el sueño invariable en su ataúd de
vidrio. Una lámpara de piedra ilumina el bajo relieve de la
pasión en la iglesia nocturna. El reguero de la lluvia divide
las piezas del tejado y disemina en los muros una broza caduca.
La virgen se incorpora de donde yace, en los
días de portento y de amenaza. Su voz incoherente ha revelado
las maravillas de otro siglo, del mundo sobrenatural, el alivio de las
almas del purgatorio en el viernes santo.
Los naturales no se atreven a depositarla en el seno
de la tierra y admiran cómo pasó de una juventud alegre
al pensamiento ensimismado, a un afecto mortal y conflictivo. La
doctrina mística no consiente la desmedida afición de las
criaturas.
La virgen del sueño padece con las zozobras
de los enamorados y los endereza por el camino del remedio. Yo
vivía consumido por la desesperanza y di con el solaz
permaneciendo de rodillas al pie del ataúd de vidrio.
Yo no sabía de la virgen del sueño ni
de esa manera de salud durante los días de lluvia el año
marchito, cuando las nubes arrojaban sobre las colinas una gasa
fría. Descubrí la iglesia del prodigio y miré en
la actitud prosternada y humilde un requisito para el hallazgo del
júbilo, al romper el alba de la primavera y en vista de un
mensaje del hada golondrina.
La Cañonesa
Yo visité la ciudad de la penumbra y de los colores ateridos y
el enfado y la melancolía sobrevinieron a entorpecer mi voluntad.
El sol de un mes de lluvia provocaba el hechizo del
plenilunio en el espejo del suelo glacial. Yo salí a recrear la
vista por calles y plazas y pregunté el nombre de las estatuas
vestidas de hiedra. Prelados y caballeros, desde los zócalos
soberbios, infundían la nostalgia de los siglos armados de una
república episcopal.
Una iglesia esculpida y cincelada imitaba la de San
Sebaldo en la vetusta Nuremberg. Las imágenes de la puerta
reproducían el semblante del águila, del león y
del buey.
Los nativos se esmeraban en la fábrica de
juguetes infantiles, de tiorbas angélicas, salterios y
laúdes. Una doncella me separó de la reverencia a los
monumentos arcaicos, me otorgó el privilegio de su amistad y
vino a referirme su vida sombría, un ejemplo de sencillez y de
sacrificio. Ofrendaba su juventud a la memoria de un hermano fallecido
antes de tiempo y lo sustituía, conservándose pura y
célibe, en el consejo de una orden militar.
El Selenita
Yo no sabría distinguir, en las cartas más fieles de los
náuticos, dónde se hallaba la isla de mi cautiverio. Debe
de aparecer con el nombre de un arrecife. La luna deprimía su
vuelo a través de la oscuridad e inspiraba la ilusión de
comenzarlo desde una torre impenetrable. Yo me recliné sobre su
escalinata pulverulenta y fui adormecido por el pífano de un
pastor de bisontes. Soñé con una doncella de otras edades
y con un vestigio de su breve estancia en la isla de los torrentes. La
reliquia de su paso, oculta en unos escombros olvidados, podía
restituirme al seno del mundo civil.
Ignoro si yo había despertado cuando
emprendí la desmanda quimérica, la vía de la
sierra. No me dejé espantar de unas mujeres bellas e irascibles,
reunidas en tumulto y armadas de tallos y de ramos de ortigas.
El hechizo del pífano me suspendía en
los aires y yo volaba, convertido en una sustancia leve, sobre los
roquedos y precipicios. La isla estaba desierta y los residuos solemnes
de una raza difunta no se daban sino en la cima de los montes
incólumes.
Yo encontré un anillo de oro, la prenda
augurada, entre las ruinas de un alcázar, vivienda rupestre, en
donde circulaban todavía el estampido y el humo de un rayo.
El Caballero Del Lucero
He recorrido el territorio de Elsinor para allegar
noticias acerca de Ofelia. Se atreve a comparecer, durante el
plenilunio, en el sitio donde perdió la vida. Allí mismo
se cultivan, por mi consejo, las flores de su cabellera y las
vírgenes lugareñas se abstienen de profanarlas.
Yo intentaba atravesar un puente de fresno cuando
una anciana me detuvo para invitarme a seguir la jornada con mis pies.
Yo faltaba a la modestia con explorar a caballo el reino hundido en la
pesadumbre.
El acento metálico y frío de una
trompeta me llenó de espanto. Un alférez la soplaba desde
la azotea visitada por el espectro.
La anciana se retrajo de tomar en cuenta el sonido
lúgubre. De otro modo, me dijo, quedaba yo cautivo en el
circuito de la melancolía.
Desprendió la rama de un sauce para componer
una imitación de la corona silvestre de la heroína.
Sus avisos me alejaron para siempre del
ámbito de la desgracia en donde circulaba el pensamiento
desesperado de Hamlet. Mi caballo debía sacarme por sí
mismo y sin el gobierno de mi mano a un lugar saludable y yo me
abandoné a su trote incierto. Sobresaltó con su relincho,
el día siguiente, los cisnes y las cigüeñas de
Copenhague.
El Año Desierto
Yo subía despacio la escalera de piedra y
descansaba a mis solas en una silla grave, de autoridad secular. La
azotea dominaba una redonda fría, mortecina, y yo me guardaba de
recorrerla con la vista.
Una memoria infeliz me obligaba a permanecer
cabizbajo y me retraía de contemplar la maravilla del edificio,
refugio de mi desesperanza. Había surgido en una sola noche,
según la fábula de los humildes, y por un arte
réprobo. Los metales, los elementos más enérgicos
de la naturaleza, obedecían al punto la voluntad de un
arbitrista o demiurgo de faz inmóvil y de boca sellada y
florecían mágicamente en sus dedos.
Yo entretenía la pesadumbre leyendo las
páginas de Boecio y meditando el revés de su fortuna. Una
conseja le asignaba el invento de artificios de hierro, destituidos de
ejes y de ruedas y proporcionados a imitar la carrera de los planetas.
Recibían un movimiento perenne de manos de un ser invisible.
Yo demandaba el favor sobrenatural. La doncella
nostálgica había desaparecido de los caminos de la tierra
y volado con alas transparentes bajo el cielo mustio. Yo la invitaba
desde mi lasitud y desconsuelo a volver de la ausencia infinita. Una
forma aérea convino en aparecer, en sosegar mi sensibilidad
gemebunda. Recuerdo apenas el tinte de sus cabellos, lumbre de
volátil oriflama.
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