El Herbolario
José Antonio Ramos Sucre
EL HERBOLARIO
El topo y el lince eran los ministros de mi sabiduría secreta.
Me habían seguido al establecerme en un paisaje desnudo. Unos
pájaros blancos lamentaban la suerte de Euforión, el de
las alas de fuego, y la atribuían al ardimiento precoz, al deseo
del peligro.
El topo y el lince me ayudaban en el descubrimiento
del porvenir por medio de las llamas danzantes y de la efusión
del vino, de púrpura sombría. Yo contaba el privilegio de
rastrear los pasos del ángel invisible de la muerte.
Yo recorría la tierra, sufriendo la grita y
pedrea de la multitud.
No conseguí el afecto de mis vecinos
alumbrándoles aguas subterráneas en un desierto de cal.
Una doncella se abstuvo de censurar mi traje
irrisorio, presente de Klingsor, el mago infalible.
Yo la salvé de una enfermedad inveterada, de
sus lágrimas constantes. Un espectro le había soplado en
el rostro y yo le volví la salud con el auxilio de las flores
disciplinadas y fragantes del díctamo, lenitivo de la pesadumbre.
El topo y el lince eran los ministros de mi sabiduría secreta.
Me habían seguido al establecerme en un paisaje desnudo. Unos
pájaros blancos lamentaban la suerte de Euforión, el de
las alas de fuego, y la atribuían al ardimiento precoz, al deseo
del peligro.
El topo y el lince me ayudaban en el descubrimiento
del porvenir por medio de las llamas danzantes y de la efusión
del vino, de púrpura sombría. Yo contaba el privilegio de
rastrear los pasos del ángel invisible de la muerte.
Yo recorría la tierra, sufriendo la grita y
pedrea de la multitud.
No conseguí el afecto de mis vecinos
alumbrándoles aguas subterráneas en un desierto de cal.
Una doncella se abstuvo de censurar mi traje
irrisorio, presente de Klingsor, el mago infalible.
Yo la salvé de una enfermedad inveterada, de
sus lágrimas constantes. Un espectro le había soplado en
el rostro y yo le volví la salud con el auxilio de las flores
disciplinadas y fragantes del díctamo, lenitivo de la pesadumbre.
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