Lista de Poemas

Tus Dientes

Tus dientes son el pulcro y nimio litoral
por donde acompasadas navegan las sonrisas,
graduándose en los tumbos de un parco festival.

Sonríes gradualmente, como sonríe el agua
del mar, en la rizada fila de la marea,
y totalmente, como la tentativa de un
Fiat Lux para la noche del mortal que te vea.
Tus dientes son así la más cara presea.

Cuídalos con esmero, porque en ese cuidado
hay una trascendencia igual a la de un Papa
que retoca su encíclica y pule su cayado.

Cuida tus dientes, cónclave de granizos, cortejo
de espumas, sempiterna bonanza de una mina,
senado de cumplidas minucias astronómicas,
y maná con que sacia su hambre y su retina
la docena de Tribus que en tu voz se fascina.

Tus dientes lograrían, en una rebelión,
servir de proyectiles zodiacales al déspota
y hacer de los discordes gritos, un orfeón;
del motín y la ira, inofensivos juegos,
y de los sublevados, una turba de ciegos.

Bajo las sigilosas arcadas de tu encía,
como en un acueducto infinitesimal,
pudiera dignamente el más digno mortal
apacentar sus crespas ansias... hasta que truene
la trompeta del Ángel en el Juicio Final.

Porque la tierra traga todo pulcro amuleto
y tus dientes de ídolo han de quedarse mondos
en la mueca erizada del hostil esqueleto,
yo los recojo aquí, por su dibujo neto
y su numen patricio, para el pasmo y la gloria
de la humanidad giratoria.
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Dejad Que La Alabe

¿Existirá? ¡Quién sabe!
Mi instinto la presiente;
dejad que yo la alabe
previamente.

Alerta el violín
del querubín
y susceptible al
manzano terrenal,
será a la vez risueña
y gemebunda,
como el agua profunda.

Su índice y su pulgar,
con una esbelta cruz,
esbelto persignar.

Diagonal de su busto,
cadena alternativa
de mirtos y nardos,
mientras viva.

Si en el nardo canónico
o en el mirto me ofusco,
Ella adivinará
la flor que busco;
y, convicta e invicta,
esforzará su celo
en serme, llanamente,
barro para mi barro
y azul para mi cielo.

Próvida cual ciruela,
del profano compás
siempre ha de pedir más.

Retozará en el césped,
cual las fieras del Baco
de Rubens;
y luego... la paloma
que baja de las nubes.

Riéndose, solemne;
y quebrándose, indemne.

Que me sea total
y parcial,
periférica y central;
y que al soltar mi mano
la antorcha de la vida,
con la antorcha caída
prenda fuego a mis lacios
cabellos, que han sido antes
ludibrio de las uñas
de las bacantes.

Que me rece con rezos abundantes
y con lágrimas pocas;
más negra de su alma
que de sus tocas.
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Mi Corazón Amerita

MI CORAZÓN AMERITA...


A Rafael López.


Mi corazón leal, se amerita en la sombra.

Yo lo sacara al día, como lengua de fuego

que se saca de un ínfimo purgatorio a la luz;

y al oírlo batir su cárcel, yo me anego

y me hundo en ternura remordida de un padre

que siente, entre sus brazos, latir un hijo ciego.

Mi corazón leal, se amerita en la sombra.

Placer, amor, dolor... todo le es ultraje

y estimula su cruel carrera logarítmica,

sus ávidas mareas y su eterno oleaje.

Mi corazón, leal, se amerita en la sombra.

Es la mitra y la válvula... Yo me lo arrancaría

para llevarlo en triunfo a conocer el día,

la estola de violetas en los hombros del alba,

el cíngulo morado de los atardeceres,

los astros, y el perímetro jovial de las mujeres.

Mi corazón, leal, se amerita en la sombra.

Desde una cumbre enhiesta yo lo he de lanzar

como sangriento disco a la hoguera solar.

Asi extirparé el cáncer de mi fatiga dura,

seré impasible por el este y el oeste,

asistiré con una sonrisa depravada

a las ineptitudes de la inepta cultura,

y habrá en mi corazón la llama que le preste

el incendio sinfónico de la esfera celeste.


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Las Desterradas

LAS DESTERRADAS


A Rafael Pimentel


Ya la provincia toda

reconcentra a sus sanas hijas en las caducas

avenidas, y Rut y Rebeca proclaman

la novedad campestre de sus nucas.

Las pobres desterradas

de Morelia y Toluca, de Durango y San Luis,

aroman la Metrópoli como granos de anís.

La parvada maltrecha

de alondras, cae aquí con el esfuerzo

fragante de las gotas de un arbusto

batido por el cierzo.

Improvisan su tienda

para medir, cuadrantes pesarosos,

la ruina de su paz y de su hacienda.

Ellas, las que soñaban

perdidas en los vastos aposentos,

duermen en hospedajes avarientos.

Propietarios de huertos y de huertas copiosas,

regatean las frutas y las rosas.

Con sus modas pasadas

y sus luengos zarcillos

y su mirar somero,

inmútanse a los brillos

de los escaparates de un joyero.

Y después, a evocar la sandía tropa

de pavos, y su susto manifiesto

cuando bajaban por aquel recuesto...

¡Oh siestas regalonas,

melindre ante la jícara que humea,

soponcio ante la recua intempestiva

que tumba las macetas de las pardas casonas;

lotería de nueces,

y Tenorio que flecha el historiado

postigo de las rejas antañonas!

Paso junto a las lentas fugitivas: no saben

en su desgarbo airoso y en su activo quietismo,

la derretida y pura

compensación que logra su ostracismo

sobre mi pecho, para ellas holgadamente

hospitalario, aprensivo y munificente.

Yo os acojo, anónimas y lentas desterradas,

como si a mí viniese

la lúcida familia de las hadas,

porque oléis al opíparo destino

y al exaltado fuero

de los calabazates que sazona

el resol del Adviento, en la cornisa

recoleta y poltrona.


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Himeneo

HIMENEO


A la señora Laura Martínez de Alba


Resígnanse los novios

con subconsciente pánico,

al soso parabién

del concurso inórganico.

Al fin, va la consorte

al pecho del anciano, cuyo porte

patriarcal solemniza

las bodas de su vástago

que lo trajeron de su hogar del Norte.

Y la agobiada mano agricultora

sumérgese en el raso de la espalda,

como la Tradición en el dechado

de la Aurora.

Sobre la luz del raso

se retarda y se engríe

la mano, como una rancia pena

en un tablero vívido que ríe.

Mano agrietada, rígida y terrosa,

que en el vaso metálico se posa,

cual si fuera una nuez

sobre la nitidez

de prístina bandeja inoficiosa...


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Despilfarras El Tiempo

Prolóngase tu doncellez
como una vacua intriga de ajedrez.

Torneada como una reina
de cedro, ningún jaque te despeina.

Mis peones tantálicos
al rondarte a deshora,
fracasan en sus ímpetus vandálicos.

La lámpara sonroja tu balcón;
despilfarras el tiempo y la emoción.

Yo despilfarro, en una absurda espera,
fantasía y hoguera.

En la velada incompatible,
frústrase el yacimiento espiritual
y de nuestras arterias el caudal.

Los pródigos al uso
que vengan a nosotros a aprender
cómo se dilapida todo el ser.

Tu destino y el mío, contrapuestos,
vuelcan el apogeo de la vida
febril e insomne que se va, en la ida
de un cofre que rebosa
y se malgasta en una fecha ociosa.

Las monedas excomulgadas
de nuestro adulto corazón
caen al vacío, con
lúgubre opacidad, cual si cayera
una irreparable sordera.

Y frente al ínclito derroche
de los tesoros que atesora
el yacimiento de las almas, algo
muy hondo en mí, se escandaliza y llora.
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No Me Condenes

Yo tuve, en tierra adentro, una novia muy pobre:
ojos inusitados de sulfato de cobre.
Llamábase María; vivía en un suburbio,
y no hubo entre nosotros ni sombra ni disturbio.
Acabamos de golpe: su domicilio estaba
contiguo a la estación de los ferrocarriles,
y ¿qué noviazgo puede ser duradero entre
campanadas centrífugas y silbatos febriles?

El reloj de su sala desgajaba las ocho;
era diciembre, y yo departía con ella
bajo la limpidez glacial de cada estrella.
El gendarme, remiso a mi intriga inocente,
hubo de ser, al fin, forzoso confidente.

María se mostraba incrédula y tristona:
yo no tenía traza de una buena persona.
¿Olvidarás acaso, corazón forastero,
el acierto nativo de aquella señorita
que oía y desoía tu pregón embustero?

Su desconfiar ingénito era ratificado
por los perros noctívagos, en cuya algarabía
reforzábase el duro presagio de María.

¡Perdón, María! Novia triste, no me condenes;
cuando oscile el quinqué y se abatan las ocho,
cuando el sillón te mezca, cuando ululen los trenes,
cuando trabes los dedos por detrás de tu nuca,
no me juzgues más pérfido que uno de los silbatos
que turban tu faena y tus recatos.
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Día 13

Mi corazón retrógrado
ama desde hoy la temerosa fecha
en que surgiste con aquel vestido
de luto y aquel rostro de ebriedad.

Día 13 en que el filo de tu rostro
llevaba la embriaguez como un relámpago
y en que tus lúgubres arreos daban
una luz que cegaba al sol de agosto,
así como se nubla el sol ficticio
en las decoraciones
de los Calvarios de los Viernes Santos.

Por enlutada y ebria simulaste,
en la superstición de aquel domingo,
una fúlgida cuenta de abalorio
humedecida en un licor letárgico.

¿En qué embriaguez bogaban tus pupilas
para que así pudiesen
narcotizarlo todo?

Tu tiniebla
guiaba mis latidos, cual guiaba
la columna de fuego al israelita.

Adivinaba mi acucioso espíritu
tus blancas y fulmíneas paradojas:
el centelleo de tus zapatillas,
la llamarada de tu falda lúgubre,
el látigo incisivo de tus cejas
y el negro luminar de tus cabellos.

Desde la fecha de superstición
en que colmaste el vaso de mi júbilo,
mi corazón oscurantista clama
a la buena bondad del mal agüero,
que si mi sal se riega, irán sus granos
trazando en el mantel tus iniciales;
y si estalla mi espejo en un gemido,
fenecerá diminutivamente
como la desinencia de tu nombre.

Superstición, consérvame el radioso
vértigo del minuto perdurable
en que su traje negro devoraba
la luz desprevenida del cénit,
y en que su falda lúgubre era un bólido
por un cielo de hollín sobrecogido...
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La Mancha De Púrpura

Me impongo la costosa penitencia
de no mirarte en días y días, porque mis ojos
cuando por fin te miren, se aneguen en tu esencia
como si naufragasen en un golfo de púrpura,
de melodía y de vehemencia.

Pasa el lunes, y el martes, y el miércoles... Yo sufro
tu eclipse, ¡oh creatura solar!, mas en mi duelo
el afán de mirarte se dilata
como una profecía; se descorre cual velo
paulatino; se acendra como miel; se aquilata
como la entraña de las piedras finas;
y se aguza como el llavín
de la celda de amor de un monasterio en ruinas.

Tú no sabes la dicha refinada
que hay en huirte, que hay en el furtivo gozo
de adorarte furtivamente, de cortejarte
más allá de la sombra, de bajarse el embozo
una vez por semana, y exponer las pupilas,
en un minuto fraudulento,
a la mancha de púrpura de tu deslumbramiento.

En el bosque de amor, soy cazador furtivo;
te acecho entre dormidos y tupidos follajes,
como se acecha un ave fúlgida; y de estos viajes
por la espesura, traigo a mi aislamiento
el más fúlgido de los plumajes:
el plumaje de púrpura de tu deslumbramiento.
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El Minuto Cobarde

EL MINUTO COBARDE


A Saturnino Herrán


En estos hiperbólicos minutos

en que la vida sube por mi pecho

como una marea de tributos

onerosos, la plétora de vida

se resuelve en renuncia capital

y en miedo se liquida.

Mi sufrimiento es como un gravamen

de rencor, y mi dicha como cera

que se derrite siempre en jubileos,

y hasta mi mismo amor es como un tósigo

que en la raíz del corazón prospera.

Cobardemente clamo, desde el centro

de mis intensidades corrosivas,

a mi parroquia, el ave moderada,

a la flor quieta y a las aguas vivas.

Yo quisiera acogerme a la mesura,

a la estricta conciencia y al recato

de aquellas cosas que me hicieron bien...

Anticuados relojes del Curato

cuyas pesas de cobre

se retardaban, con intención pura,

por aplazarme indefinidamente

la primera amargura.

Obesidad de aquellas lunas que iban

rodando, dormilonas y coquetas,

por un absorto azul

sobre los árboles de las banquetas.

Fatiga incierta de un incierto piano

en que un tema llorón se decantaba,

con insomnio y desgano,

en favor del obtuso centinela

y contra la salud del hortelano.

Santos de piedra que en el atrio exponen

su casulla de piedra a la herejía

del recio temporal.

Garganta criolla de Carmen García

que mandaba su canto hasta las calles

envueltas en perfume vegetal.

Cromos bobalicones,

colgados por estímulo a la mesa,

y que muestran sandías y viandas

con exageraciones

pictóricas; exánimes gallinas,

y conejos en quienes no hizo sangre

lo comedido de los perdigones.

Canteras cuyo vértice poroso

destila el agua, con paciente escrúpulo,

en el monjil reposo

del comedor, a cada golpe neto

con que las gotas, simples y tardías,

acrecen el caudal noches y días.

Acudo a la justicia original

de todas estas cosas;

mas en mi pecho siguen germinando

las plantas venenosas,

y mi violento espíritu se halla

nostálgico de sus jaculatorias

y del pío metal de su medalla.


12 de agosto de 1916

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