Poemas en este tema
Viajes y Horizontes
José Antonio Ramos Sucre
El Selenita
EL SELENITA
Yo no sabría distinguir, en las cartas más fieles de los
náuticos, dónde se hallaba la isla de mi cautiverio. Debe
de aparecer con el nombre de un arrecife. La luna deprimía su
vuelo a través de la oscuridad e inspiraba la ilusión de
comenzarlo desde una torre impenetrable. Yo me recliné sobre su
escalinata pulverulenta y fui adormecido por el pífano de un
pastor de bisontes. Soñé con una doncella de otras edades
y con un vestigio de su breve estancia en la isla de los torrentes. La
reliquia de su paso, oculta en unos escombros olvidados, podía
restituirme al seno del mundo civil.
Ignoro si yo había despertado cuando
emprendí la desmanda quimérica, la vía de la
sierra. No me dejé espantar de unas mujeres bellas e irascibles,
reunidas en tumulto y armadas de tallos y de ramos de ortigas.
El hechizo del pífano me suspendía en
los aires y yo volaba, convertido en una sustancia leve, sobre los
roquedos y precipicios. La isla estaba desierta y los residuos solemnes
de una raza difunta no se daban sino en la cima de los montes
incólumes.
Yo encontré un anillo de oro, la prenda
augurada, entre las ruinas de un alcázar, vivienda rupestre, en
donde circulaban todavía el estampido y el humo de un rayo.
Yo no sabría distinguir, en las cartas más fieles de los
náuticos, dónde se hallaba la isla de mi cautiverio. Debe
de aparecer con el nombre de un arrecife. La luna deprimía su
vuelo a través de la oscuridad e inspiraba la ilusión de
comenzarlo desde una torre impenetrable. Yo me recliné sobre su
escalinata pulverulenta y fui adormecido por el pífano de un
pastor de bisontes. Soñé con una doncella de otras edades
y con un vestigio de su breve estancia en la isla de los torrentes. La
reliquia de su paso, oculta en unos escombros olvidados, podía
restituirme al seno del mundo civil.
Ignoro si yo había despertado cuando
emprendí la desmanda quimérica, la vía de la
sierra. No me dejé espantar de unas mujeres bellas e irascibles,
reunidas en tumulto y armadas de tallos y de ramos de ortigas.
El hechizo del pífano me suspendía en
los aires y yo volaba, convertido en una sustancia leve, sobre los
roquedos y precipicios. La isla estaba desierta y los residuos solemnes
de una raza difunta no se daban sino en la cima de los montes
incólumes.
Yo encontré un anillo de oro, la prenda
augurada, entre las ruinas de un alcázar, vivienda rupestre, en
donde circulaban todavía el estampido y el humo de un rayo.
520
José Antonio Ramos Sucre
La Procesión
LA PROCESIÓN
Yo rodeaba la vega de la ciudad inmemorial en
solicitud de maravillas. Había recibido de un jardinero la
quimérica flor azul.
Un anciano se acercó a dirigir mis pasos. Me
precedía con una espada en la mano y portaba en un dedo la
amatista pontifical. El anciano había ahuyentado a Atila de su
carrera, apareciéndole en sueños.
Dirigió la palabra a las siete mil estatuas
de una basílica de mármol y bajaron de sus zócalos
y nos siguieron por las calles desiertas. Las estatuas representaban el
trovador, el caballero y el monje, los ejemplares más
distinguidos de la edad media.
Unas campanas invisibles difundieron a la hora del
ángelus el son glacial de una armónica.
El anciano y la muchedumbre de los personajes
eternos me acompañaron hasta el campo y se devolvieron de
mí cuando las estrellas profundas imitaban un reguero de perlas
sobre terciopelo negro, sugiriendo una imagen del fastuoso pincel
veneciano. Se alejaron elevando un cántico radiante.
Yo caí de rodillas sobre la hierba
dócil, rezando un terceto en alabanza de Beatriz, y un centauro
desterrado pasó a galope en la noche de la incertidumbre.
Yo rodeaba la vega de la ciudad inmemorial en
solicitud de maravillas. Había recibido de un jardinero la
quimérica flor azul.
Un anciano se acercó a dirigir mis pasos. Me
precedía con una espada en la mano y portaba en un dedo la
amatista pontifical. El anciano había ahuyentado a Atila de su
carrera, apareciéndole en sueños.
Dirigió la palabra a las siete mil estatuas
de una basílica de mármol y bajaron de sus zócalos
y nos siguieron por las calles desiertas. Las estatuas representaban el
trovador, el caballero y el monje, los ejemplares más
distinguidos de la edad media.
Unas campanas invisibles difundieron a la hora del
ángelus el son glacial de una armónica.
El anciano y la muchedumbre de los personajes
eternos me acompañaron hasta el campo y se devolvieron de
mí cuando las estrellas profundas imitaban un reguero de perlas
sobre terciopelo negro, sugiriendo una imagen del fastuoso pincel
veneciano. Se alejaron elevando un cántico radiante.
Yo caí de rodillas sobre la hierba
dócil, rezando un terceto en alabanza de Beatriz, y un centauro
desterrado pasó a galope en la noche de la incertidumbre.
446
José Antonio Ramos Sucre
El Resfrío
EL RESFRÍO
He leído en mi niñez las memorias de
una artista del violoncelo, fallecida lejos de su patria, en el sitio
más frío del orbe. He visto la imagen del sepulcro en un
libro de estampas. Una verja de hierro defiende el hacinamiento de
piedras y la cruz bizantina. Una ráfaga atolondrada vierte la
lluvia en la soledad.
La heroína reposa de un galope consecutivo,
espanto del zorro vil. El caballo estuvo a punto de perecer en los
lazos flexibles de un bosque, en el lodo inerte.
La artista arrojó desde su caballo al
sórdido río de China un vaso de marfil, sujeto por medio
de un fiador, e ingirió el principio del cólera en la
linfa torpe. Allí mismo cautivó y consumió unos
peces de sabor terrizo. La heroína usaba de modo preferente el
marfil eximio, la materia del olifante de Roldán.
Un sol de azufre viajaba a ras del suelo en la
atmósfera de un arenal lejano y un soplo agudo, mensajero de la
oscuridad invisible, esparció una sombra de terror en el cauce
inmenso.
He leído en mi niñez las memorias de
una artista del violoncelo, fallecida lejos de su patria, en el sitio
más frío del orbe. He visto la imagen del sepulcro en un
libro de estampas. Una verja de hierro defiende el hacinamiento de
piedras y la cruz bizantina. Una ráfaga atolondrada vierte la
lluvia en la soledad.
La heroína reposa de un galope consecutivo,
espanto del zorro vil. El caballo estuvo a punto de perecer en los
lazos flexibles de un bosque, en el lodo inerte.
La artista arrojó desde su caballo al
sórdido río de China un vaso de marfil, sujeto por medio
de un fiador, e ingirió el principio del cólera en la
linfa torpe. Allí mismo cautivó y consumió unos
peces de sabor terrizo. La heroína usaba de modo preferente el
marfil eximio, la materia del olifante de Roldán.
Un sol de azufre viajaba a ras del suelo en la
atmósfera de un arenal lejano y un soplo agudo, mensajero de la
oscuridad invisible, esparció una sombra de terror en el cauce
inmenso.
638
José Antonio Ramos Sucre
Entre Los Beduinos
ENTRE LOS BEDUINOS
Nos recogíamos en un cauce labrado por las
aguas de la lluvia y respirábamos del sobresalto perenne. Los
torbellinos de tierra cegaban el horizonte.
Las nubes regaban al azar y brevemente el
país del ensueño. El sol mitigaba la arena cándida
y el guijarro de bronco perfil esparciendo una gasa de amatista,
dibujando una ilusión vespertina del Bósforo.
No osábamos elevar la voz en el silencio
ritual. El pensamiento se anegaba en el éxtasis infinito. El
polvo continuaba indemne bajo el pie elástico del camello. Los
guías invocaban en secreto el nombre y la asistencia de
Moisés.
Los monjes de un convento secular, adictos al dogma
griego, comparecieron a facilitarnos la visita del área del
resol. Habían labrado su casa guerrera y feudal en presencia de
un bajo relieve esculpido en la faz de una piedra. Yo reconocí
la efigie de Sesostris.
Siempre he guardado algún desvío a las
reliquias del reino del Faraón y les he atribuido anuncios
malignos. Un salteador de los arenales, señalado por un tatuaje
supersticioso, me visitó con el fin de venderme un arco
infalible, de fábrica milenaria y de una sola saeta recurrente.
Yo pensé en el privilegio del martillo de Thor.
Yo disparé el arma falaz en seguimiento de
unas aves grifas, encarnizadas con las liebres. Yo perdía de
vista la fuga de la saeta en el seno del aire y el volátil
amenazado se desvanecía en la calina del estío.
Un dolor me derribó súbitamente en el
caudal de mi sangre.
Nos recogíamos en un cauce labrado por las
aguas de la lluvia y respirábamos del sobresalto perenne. Los
torbellinos de tierra cegaban el horizonte.
Las nubes regaban al azar y brevemente el
país del ensueño. El sol mitigaba la arena cándida
y el guijarro de bronco perfil esparciendo una gasa de amatista,
dibujando una ilusión vespertina del Bósforo.
No osábamos elevar la voz en el silencio
ritual. El pensamiento se anegaba en el éxtasis infinito. El
polvo continuaba indemne bajo el pie elástico del camello. Los
guías invocaban en secreto el nombre y la asistencia de
Moisés.
Los monjes de un convento secular, adictos al dogma
griego, comparecieron a facilitarnos la visita del área del
resol. Habían labrado su casa guerrera y feudal en presencia de
un bajo relieve esculpido en la faz de una piedra. Yo reconocí
la efigie de Sesostris.
Siempre he guardado algún desvío a las
reliquias del reino del Faraón y les he atribuido anuncios
malignos. Un salteador de los arenales, señalado por un tatuaje
supersticioso, me visitó con el fin de venderme un arco
infalible, de fábrica milenaria y de una sola saeta recurrente.
Yo pensé en el privilegio del martillo de Thor.
Yo disparé el arma falaz en seguimiento de
unas aves grifas, encarnizadas con las liebres. Yo perdía de
vista la fuga de la saeta en el seno del aire y el volátil
amenazado se desvanecía en la calina del estío.
Un dolor me derribó súbitamente en el
caudal de mi sangre.
409
José Antonio Ramos Sucre
Las Almas
LAS ALMAS
La nave tenía el nombre de una flor y de un
hada. Dividía rápidamente la superficie elástica
del mar. El grumete anunciaba a voz en grito la isla de las aves
procelarias. Sus rocas se dibujaban en el crepúsculo tenue,
simulando las reliquias de una ciudad. Significaban la guerra de los
elementos en un día inmemorial.
Una humareda se descomponía, a breve
distancia del suelo, en una serie de orbes distintos. Un ser aleve se
entretenía quemando leña verde en una atmósfera
alterada artificiosamente. De donde venían las figuras
inusitadas del humo.
En pisando tierra, descubrimos al autor del fuego.
La naturaleza había intentado de modo involuntario y a ciegas el
esbozo de una criatura humana. La malignidad del endemoniado se
transpintaba en su fisonomía rudimental. Encerraba el viento en
un odre.
Lo tratamos osadamente y sin respeto y lo dejamos
inerme y contrito. El nombre de nuestra nave despertó de su
letargo y redimió de su cautiverio una compañía de
formas aéreas. Nos siguieron en el tornaviaje y su presencia no
llenaba espacio.
Las condujimos al pie de un monte y penetraron en el
seno de unos árboles, para esconderse. Una laguna las rodeaba y
defendía con sus gases.
Quedaron bajo la encomienda de un ave libre de los
menesteres y limitaciones de la vida.
La nave tenía el nombre de una flor y de un
hada. Dividía rápidamente la superficie elástica
del mar. El grumete anunciaba a voz en grito la isla de las aves
procelarias. Sus rocas se dibujaban en el crepúsculo tenue,
simulando las reliquias de una ciudad. Significaban la guerra de los
elementos en un día inmemorial.
Una humareda se descomponía, a breve
distancia del suelo, en una serie de orbes distintos. Un ser aleve se
entretenía quemando leña verde en una atmósfera
alterada artificiosamente. De donde venían las figuras
inusitadas del humo.
En pisando tierra, descubrimos al autor del fuego.
La naturaleza había intentado de modo involuntario y a ciegas el
esbozo de una criatura humana. La malignidad del endemoniado se
transpintaba en su fisonomía rudimental. Encerraba el viento en
un odre.
Lo tratamos osadamente y sin respeto y lo dejamos
inerme y contrito. El nombre de nuestra nave despertó de su
letargo y redimió de su cautiverio una compañía de
formas aéreas. Nos siguieron en el tornaviaje y su presencia no
llenaba espacio.
Las condujimos al pie de un monte y penetraron en el
seno de unos árboles, para esconderse. Una laguna las rodeaba y
defendía con sus gases.
Quedaron bajo la encomienda de un ave libre de los
menesteres y limitaciones de la vida.
492
José Antonio Ramos Sucre
El Derrotero De Camõens
EL DERROTERO DE CAMÕENS
Nos proponíamos visitar a un reyezuelo
timorato. Pendía del asentimiento de la Gran Bretaña.
Mandó, para facilitarnos el viaje, una
escolta de sus ministros, vestidos de seda amarilla. Montaban un barco
fluvial, canoa de guerra, semejante a una mariposa desplegada.
¡Tan original era el aderezo de sus velas!
Teníamos siempre a la vista alguna pagoda de
forma de campana, situada en una tregua del bosque. La naturaleza
tropical soltaba el coro de sus voces innumerables y lo gobernaba el
grito de un mono colgado por una sola mano. Los ministros del reyezuelo
aumentaban la batahola sonando una música de carraca y tambor.
Superamos los rodeos del majestuoso caudal de agua y
llegamos al palacio de nuestro personaje, edificio de estilo
quimérico, en medio de una salva de cañones desusados.
Los espantajos del sueño y las fieras del desierto
constituían los motivos ornamentales de la arquitectura. El rey
incorporaba su propio nombre, una serie de calificativos y atributos
sanguinarios, holganza de su vanidad ingenua.
Nos recibió cortésmente y se dio por
satisfecho con nuestro saludo prosternado. Nos recitó, en la
primera entrevista, los preceptos relativos a la cólera y al
orgullo, para darnos una idea de las doctrinas de su raza.
Nos invitó, la noche siguiente, al pasatiempo
de un drama. La decoración poseía un olvidado sentido
litúrgico y los parlamentos, iguales y prolijos,
componían la historia de una venganza. El conflicto se
desenlazaba por medio de un acaso inverosímil y la
ilusión dramática cedía el puesto a un
desmán efectivo. Una mujer del serrallo, malquista del rey,
desempeñaba el papel más odioso y fue enterrada viva.
Nos proponíamos visitar a un reyezuelo
timorato. Pendía del asentimiento de la Gran Bretaña.
Mandó, para facilitarnos el viaje, una
escolta de sus ministros, vestidos de seda amarilla. Montaban un barco
fluvial, canoa de guerra, semejante a una mariposa desplegada.
¡Tan original era el aderezo de sus velas!
Teníamos siempre a la vista alguna pagoda de
forma de campana, situada en una tregua del bosque. La naturaleza
tropical soltaba el coro de sus voces innumerables y lo gobernaba el
grito de un mono colgado por una sola mano. Los ministros del reyezuelo
aumentaban la batahola sonando una música de carraca y tambor.
Superamos los rodeos del majestuoso caudal de agua y
llegamos al palacio de nuestro personaje, edificio de estilo
quimérico, en medio de una salva de cañones desusados.
Los espantajos del sueño y las fieras del desierto
constituían los motivos ornamentales de la arquitectura. El rey
incorporaba su propio nombre, una serie de calificativos y atributos
sanguinarios, holganza de su vanidad ingenua.
Nos recibió cortésmente y se dio por
satisfecho con nuestro saludo prosternado. Nos recitó, en la
primera entrevista, los preceptos relativos a la cólera y al
orgullo, para darnos una idea de las doctrinas de su raza.
Nos invitó, la noche siguiente, al pasatiempo
de un drama. La decoración poseía un olvidado sentido
litúrgico y los parlamentos, iguales y prolijos,
componían la historia de una venganza. El conflicto se
desenlazaba por medio de un acaso inverosímil y la
ilusión dramática cedía el puesto a un
desmán efectivo. Una mujer del serrallo, malquista del rey,
desempeñaba el papel más odioso y fue enterrada viva.
418
José Antonio Ramos Sucre
Los Hijos De La Tierra
LOS HIJOS DE LA TIERRA
Los nómades, reducidos a la indigencia,
habían fijado su tienda de campaña en medio de un llano
roído por el fuego. Los caballos, prácticos en el arte de
acertar con la hierba debajo de la nieve, mordían y trituraban
la paja renegrida. Habían sido soltados de unos carros innobles.
Una polvareda fortuita venía del horizonte a malograr la faena
de los herreros y de los albéitares, oficios reivindicados para
satisfacer las preguntas de la policía.
Los naturales del país, fieles de un dogma
tiránico, vigilaban la actitud de los peregrinos y los acusaban
de impíos y de rapaces. Yo no me aventuraba en su campamento
sino a caballo y provisto de un sable recurvo y después de
calarme hasta las orejas un gorro cilíndrico, de pelambre de
carnero.
Los nómades se decían ofendidos en su
credo rudimental y solicitaban el auxilio de unas divinidades obtusas,
fantasmas del caos desolado. Referían el origen de su raza a la
invasión de un cometa, en el principio de los siglos.
Decidieron alejarse en las últimas
oscilaciones del otoño. Volaban los cristales de la nieve
precoz. Las ráfagas del polo disolvían el sudario de una
virgen insepulta, en la noche estigia, en el límite del mundo.
Lastimaron, antes de su viaje, la fe de los
indígenas con el sacrificio de un perro en la actitud del
crucifijo. Consultaban de ese modo el éxito de sus pensamientos
y requerían el arribo inmediato y el socorro de la noche. La
invitaban a fustigar sin tregua la pareja de cuervos de su carro
taciturno.
La hueste famélica se dirigió al
encuentro de un sol precipitado.
Los nómades, reducidos a la indigencia,
habían fijado su tienda de campaña en medio de un llano
roído por el fuego. Los caballos, prácticos en el arte de
acertar con la hierba debajo de la nieve, mordían y trituraban
la paja renegrida. Habían sido soltados de unos carros innobles.
Una polvareda fortuita venía del horizonte a malograr la faena
de los herreros y de los albéitares, oficios reivindicados para
satisfacer las preguntas de la policía.
Los naturales del país, fieles de un dogma
tiránico, vigilaban la actitud de los peregrinos y los acusaban
de impíos y de rapaces. Yo no me aventuraba en su campamento
sino a caballo y provisto de un sable recurvo y después de
calarme hasta las orejas un gorro cilíndrico, de pelambre de
carnero.
Los nómades se decían ofendidos en su
credo rudimental y solicitaban el auxilio de unas divinidades obtusas,
fantasmas del caos desolado. Referían el origen de su raza a la
invasión de un cometa, en el principio de los siglos.
Decidieron alejarse en las últimas
oscilaciones del otoño. Volaban los cristales de la nieve
precoz. Las ráfagas del polo disolvían el sudario de una
virgen insepulta, en la noche estigia, en el límite del mundo.
Lastimaron, antes de su viaje, la fe de los
indígenas con el sacrificio de un perro en la actitud del
crucifijo. Consultaban de ese modo el éxito de sus pensamientos
y requerían el arribo inmediato y el socorro de la noche. La
invitaban a fustigar sin tregua la pareja de cuervos de su carro
taciturno.
La hueste famélica se dirigió al
encuentro de un sol precipitado.
446
José Antonio Ramos Sucre
Marginal
MARGINAL
Una crónica inicia el episodio de un
aventurero desengañado de sus correrías y lastimado por
la pobreza. No había alcanzado ninguna presea en medio de los
sobresaltos del campamento. Supo acaso la destitución de un rey
y su cautiverio de casi tres decenios sin otra compañía
sino la de su enano.
El aventurero interrumpe la crítica de las
rapsodias homéricas en el original griego, único solaz de
su decadencia, para abrazar en vano la empresa de soltarlo. El cautivo
había sido un déspota soberbio y se le acusaba de haber
lanzado su jauría al encuentro de un obispo solícito.
El aventurero volvía de una guerra con los
infieles en las praderas del Danubio. Sentado sobre un tambor de piel
de asno, ocuparía el desvelo de las noches de alarma en recoger
de un bizantino prófugo las noticias del idioma vibrante.
Debió de recrear el carácter desabrido en las vicisitudes
de la Ilíada y de esa misma escena puede escogerse el
símbolo del buitre, enemigo de los moribundos, con el objeto de
significar el estrago de su voluntad empedernida.
Una crónica inicia el episodio de un
aventurero desengañado de sus correrías y lastimado por
la pobreza. No había alcanzado ninguna presea en medio de los
sobresaltos del campamento. Supo acaso la destitución de un rey
y su cautiverio de casi tres decenios sin otra compañía
sino la de su enano.
El aventurero interrumpe la crítica de las
rapsodias homéricas en el original griego, único solaz de
su decadencia, para abrazar en vano la empresa de soltarlo. El cautivo
había sido un déspota soberbio y se le acusaba de haber
lanzado su jauría al encuentro de un obispo solícito.
El aventurero volvía de una guerra con los
infieles en las praderas del Danubio. Sentado sobre un tambor de piel
de asno, ocuparía el desvelo de las noches de alarma en recoger
de un bizantino prófugo las noticias del idioma vibrante.
Debió de recrear el carácter desabrido en las vicisitudes
de la Ilíada y de esa misma escena puede escogerse el
símbolo del buitre, enemigo de los moribundos, con el objeto de
significar el estrago de su voluntad empedernida.
442
José Antonio Ramos Sucre
La Cábala
LA CÁBALA
El caballero, de rostro famélico y de barba
salvaje, cruzaba el viejo puente suspendido por medio de cadenas.
Dejó caer un clavel, flor apasionada, en el
agua malsana del arroyo
Me sorprendí al verlo solo. Un jinete de
visera fiel le precedía antes, tremolando un jirón en el
vértice de su lanza.
Discutían a cada momento, sin embargo de la
amistad segura. El señor se había sumergido en la ciencia
de los rabinos desde su visita a la secular Toledo. Iluminaba su
aposento con el candelabro de los siete brazos, sustraído de la
sinagoga, y lo había recibido de su amante, una beldad
judía sentada sobre un tapiz de Esmirna.
El criado resuelve salvar al caballero de la
seducción permanente y lo persuade a recorrer un mar lejano, en
donde suenan los nombres de los almirantes de Italia y las
Cícladas, las islas refulgentes de Horacio, imitan el coro vocal
de las oceánidas.
Cervantes me refirió el suceso del caballero
devuelto a la salud. Se restableció al discernir en una
muchedumbre de paseantes la única doncella morena de Venecia.
El caballero, de rostro famélico y de barba
salvaje, cruzaba el viejo puente suspendido por medio de cadenas.
Dejó caer un clavel, flor apasionada, en el
agua malsana del arroyo
Me sorprendí al verlo solo. Un jinete de
visera fiel le precedía antes, tremolando un jirón en el
vértice de su lanza.
Discutían a cada momento, sin embargo de la
amistad segura. El señor se había sumergido en la ciencia
de los rabinos desde su visita a la secular Toledo. Iluminaba su
aposento con el candelabro de los siete brazos, sustraído de la
sinagoga, y lo había recibido de su amante, una beldad
judía sentada sobre un tapiz de Esmirna.
El criado resuelve salvar al caballero de la
seducción permanente y lo persuade a recorrer un mar lejano, en
donde suenan los nombres de los almirantes de Italia y las
Cícladas, las islas refulgentes de Horacio, imitan el coro vocal
de las oceánidas.
Cervantes me refirió el suceso del caballero
devuelto a la salud. Se restableció al discernir en una
muchedumbre de paseantes la única doncella morena de Venecia.
446
José Antonio Ramos Sucre
El Peregrino De La Fe
EL PEREGRINO DE LA FE
Yo gustaba de perderme en la isla pobre, ajena del
camino usual. Descansaba en los cementerios inundados de flores
silvestres, en el ámbito de las iglesias de madera.
Mi pensamiento se desvanecía a la vista del
cielo de ámbar y una serranía azul.
Yo rompía al azar la flora voluble de los
prados. El iris mágico de una columna de agua aturdía la
serie de mis caballos imprudentes.
El sol fortuito invertía las horas de la
vigilia y del sueño, presidiendo el fausto de una latitud
excéntrica.
Los ríos verdes ocupaban un cauce de cenizas.
Merecían el privilegio de llevar al océano el
ataúd de una virgen desconsolada.
Yo recliné la cabeza en una piedra,
compadeciendo la frente proscrita de Jesús, y dormí en
una colina sobria, en donde crecía una maleza perfumada, cerca
del blando tapiz del mar.
Yo disfruté, en el curso de la noche
plácida, las visiones reservadas a Parsifal y recibí,
antes del alba, el mandamiento de alejarme del silencio.
Un prócer de la corte celeste, favorecido con
el semblante y la sabiduría de un San Jerónimo, me
esperaba a breve distancia en el barco del pasaje y lo dirigió
con la voz.
Yo gustaba de perderme en la isla pobre, ajena del
camino usual. Descansaba en los cementerios inundados de flores
silvestres, en el ámbito de las iglesias de madera.
Mi pensamiento se desvanecía a la vista del
cielo de ámbar y una serranía azul.
Yo rompía al azar la flora voluble de los
prados. El iris mágico de una columna de agua aturdía la
serie de mis caballos imprudentes.
El sol fortuito invertía las horas de la
vigilia y del sueño, presidiendo el fausto de una latitud
excéntrica.
Los ríos verdes ocupaban un cauce de cenizas.
Merecían el privilegio de llevar al océano el
ataúd de una virgen desconsolada.
Yo recliné la cabeza en una piedra,
compadeciendo la frente proscrita de Jesús, y dormí en
una colina sobria, en donde crecía una maleza perfumada, cerca
del blando tapiz del mar.
Yo disfruté, en el curso de la noche
plácida, las visiones reservadas a Parsifal y recibí,
antes del alba, el mandamiento de alejarme del silencio.
Un prócer de la corte celeste, favorecido con
el semblante y la sabiduría de un San Jerónimo, me
esperaba a breve distancia en el barco del pasaje y lo dirigió
con la voz.
450
José Antonio Ramos Sucre
La Salva
LA SALVA
Una amante pérfida me había sugerido
en el deshonor. Su discurso ocupaba mi pensamiento con la imagen de una
carrera absurda, en un bajel proscrito. Yo desvariaba en la sala de una
orgía cínica.
Los cazadores de ballenas, aventurados antes de
Colón y Vasco de Gama en el derrotero de los países
inéditos, no habían previsto en sus cartas el sitio del
extravío. Las aves del mar sucumbieron de fatiga sobre los palos
y mesetas de mi galera. Yo me detuve al pie de unos cantiles inhumanos,
bajo un cielo gaseoso.
Recorría en la memoria los pasajes de la
Divina Comedia, donde alguna estrella, señalada por la vista
augural de Dante, sirve para encaminarlo entre el humo del infierno y
sobre el monte del purgatorio.
Mi viaje se verificaba en un mismo tiempo con la
orgía decadente. Quise interrumpir el hastío del litoral
grave, disparando el cañón de proa. El estampido redujo a
polvo la casa del esparcimiento infame.
Una amante pérfida me había sugerido
en el deshonor. Su discurso ocupaba mi pensamiento con la imagen de una
carrera absurda, en un bajel proscrito. Yo desvariaba en la sala de una
orgía cínica.
Los cazadores de ballenas, aventurados antes de
Colón y Vasco de Gama en el derrotero de los países
inéditos, no habían previsto en sus cartas el sitio del
extravío. Las aves del mar sucumbieron de fatiga sobre los palos
y mesetas de mi galera. Yo me detuve al pie de unos cantiles inhumanos,
bajo un cielo gaseoso.
Recorría en la memoria los pasajes de la
Divina Comedia, donde alguna estrella, señalada por la vista
augural de Dante, sirve para encaminarlo entre el humo del infierno y
sobre el monte del purgatorio.
Mi viaje se verificaba en un mismo tiempo con la
orgía decadente. Quise interrumpir el hastío del litoral
grave, disparando el cañón de proa. El estampido redujo a
polvo la casa del esparcimiento infame.
452
José Antonio Ramos Sucre
El Capricornio
EL CAPRICORNIO
Fijamos la tienda de campaña en el suelo de
arena, invadido por el agua de una lluvia apacible. Vivíamos
sobre las armas con el fin de eludir la sorpresa de unos jinetes de
raza imberbe.
Unas aves de pupila de fuego, metamorfosis de unos
lobos empedernidos, alteraban la oscuridad secreta. Un lago
trémulo recogía en su cuenca la vislumbre de un cielo
versátil.
Sufríamos humildemente la penuria del clima.
Derribamos un cabrío, el primero de una tropa montaraz, y nos
limitamos a su vianda rebelde, coriácea. Los cuernos
repetían la voluta precisa de los del capricornio en la faja del
zodíaco.
Plutarco, prócer de un siglo decadente, cita
los ensueños torpes, derivados de los manjares aviesos, y
persiste en reprobar la cabeza del pólipo.
Los jinetes habían dirigido en nuestro
seguimiento el rebaño funesto. Esperanzados en el desperdicio de
nuestra pólvora, inventaron el ardid magistral de ponerlo a
nuestro alcance. De donde vinieron la captura y el aprovechamiento de
la res infame y la danza de unas formas lúbricas en el reposo de
la cena.
Disparamos erróneamente los fusiles sobre el
ludibrio de los sentidos. Unos gatos de orejas mútilas
cabriolaban, a semejanza de los sátiros ebrios de un Rubens, en
el seno de una llama venenosa.
Fijamos la tienda de campaña en el suelo de
arena, invadido por el agua de una lluvia apacible. Vivíamos
sobre las armas con el fin de eludir la sorpresa de unos jinetes de
raza imberbe.
Unas aves de pupila de fuego, metamorfosis de unos
lobos empedernidos, alteraban la oscuridad secreta. Un lago
trémulo recogía en su cuenca la vislumbre de un cielo
versátil.
Sufríamos humildemente la penuria del clima.
Derribamos un cabrío, el primero de una tropa montaraz, y nos
limitamos a su vianda rebelde, coriácea. Los cuernos
repetían la voluta precisa de los del capricornio en la faja del
zodíaco.
Plutarco, prócer de un siglo decadente, cita
los ensueños torpes, derivados de los manjares aviesos, y
persiste en reprobar la cabeza del pólipo.
Los jinetes habían dirigido en nuestro
seguimiento el rebaño funesto. Esperanzados en el desperdicio de
nuestra pólvora, inventaron el ardid magistral de ponerlo a
nuestro alcance. De donde vinieron la captura y el aprovechamiento de
la res infame y la danza de unas formas lúbricas en el reposo de
la cena.
Disparamos erróneamente los fusiles sobre el
ludibrio de los sentidos. Unos gatos de orejas mútilas
cabriolaban, a semejanza de los sátiros ebrios de un Rubens, en
el seno de una llama venenosa.
520
José Antonio Ramos Sucre
El Escolar
EL ESCOLAR
La sonámbula sufría de la perfidia de
un amante. Había enfermado de considerar una aspiración
remota.
Merecía el nombre de visionaria y profetisa y
pasaba la mitad del día arrodillada delante de una imagen de
arcilla negra. Le tributaba siempre el exvoto de una flor cantada en
las hipérboles de la Biblia y conservada por muchas generaciones
devotas. La flor exhausta recuperaba su perfume bajo el rocío
del agua bendita. Había adornado el peto de un cruzado.
La sonámbula me predijo el éxito de
mis intentos y me inspiró la voluntad de aplicarme al juego de
manera más vehemente. Salía vencedor de los garitos en
medio del asombro y de la envidia de los perdularios. Malograron su
tiempo ordenándome asechanzas e invitándome a fiestas
campestres. Me rodeaban solapados y famélicos.
La sonámbula me separó de usar los
consejos de un médico en la crisis de una fiebre inopinada. Me
salvó de recibir los gérmenes de una enfermedad desaseada
y frustró una vez más el despecho de los perdidosos.
Yo la recibí en mi compañía y
la llevé a respirar las auras del mar de Sicilia, de donde vino
el restablecimiento de su hermosura.
Mis enemigos nos dispararon por última vez
sus arcabuces desde unas ruinas.
Yo había dejado mis lares nativos con el
propósito de reconstituir un momento deplorable de la
antigüedad bajo la sombra de Tucídides.
La sonámbula sufría de la perfidia de
un amante. Había enfermado de considerar una aspiración
remota.
Merecía el nombre de visionaria y profetisa y
pasaba la mitad del día arrodillada delante de una imagen de
arcilla negra. Le tributaba siempre el exvoto de una flor cantada en
las hipérboles de la Biblia y conservada por muchas generaciones
devotas. La flor exhausta recuperaba su perfume bajo el rocío
del agua bendita. Había adornado el peto de un cruzado.
La sonámbula me predijo el éxito de
mis intentos y me inspiró la voluntad de aplicarme al juego de
manera más vehemente. Salía vencedor de los garitos en
medio del asombro y de la envidia de los perdularios. Malograron su
tiempo ordenándome asechanzas e invitándome a fiestas
campestres. Me rodeaban solapados y famélicos.
La sonámbula me separó de usar los
consejos de un médico en la crisis de una fiebre inopinada. Me
salvó de recibir los gérmenes de una enfermedad desaseada
y frustró una vez más el despecho de los perdidosos.
Yo la recibí en mi compañía y
la llevé a respirar las auras del mar de Sicilia, de donde vino
el restablecimiento de su hermosura.
Mis enemigos nos dispararon por última vez
sus arcabuces desde unas ruinas.
Yo había dejado mis lares nativos con el
propósito de reconstituir un momento deplorable de la
antigüedad bajo la sombra de Tucídides.
483
José Antonio Ramos Sucre
Bajo El Velamen De Púrpura
BAJO EL VELAMEN DE PÚRPURA
Yo había pasado la mitad de la noche a la
vista de las frías constelaciones y vine a recogerme y a dormir
en una sopeña, a la manera de Orfeo.
Hallaba menos al joven compañero de mis
fatigas. Él era hijo de un rey precipitado de su trono y
había llegado hasta mí después de recorrer climas
distintos.
Me apareció en sueños y me
refirió su muerte a manos de unos cabreros insensibles. Su
cuerpo había sido abandonado en un desierto de piedras.
Allí reptaban pesadamente unos vestiglos nacidos del
océano.
Gimió inconsolable hasta el momento de
tenderle mi diestra, en seguridad de mi culto por su memoria. Él
temía especialmente a un sepulturero de la vecindad, encarnizado
en romper la cabeza de los difuntos. Se retiró en paz,
prometiéndome su inmediato retorno al originario torbellino del
sol.
Yo entregué al fuego su cadáver en la
mañana del día siguiente.
Guardo sus cenizas en una urna de ciprés
incorruptible, para sumarlas a las de mí mismo el día
supremo, y esa urna es el único tesoro ganado por mí en
este viaje involuntario.
Yo había pasado la mitad de la noche a la
vista de las frías constelaciones y vine a recogerme y a dormir
en una sopeña, a la manera de Orfeo.
Hallaba menos al joven compañero de mis
fatigas. Él era hijo de un rey precipitado de su trono y
había llegado hasta mí después de recorrer climas
distintos.
Me apareció en sueños y me
refirió su muerte a manos de unos cabreros insensibles. Su
cuerpo había sido abandonado en un desierto de piedras.
Allí reptaban pesadamente unos vestiglos nacidos del
océano.
Gimió inconsolable hasta el momento de
tenderle mi diestra, en seguridad de mi culto por su memoria. Él
temía especialmente a un sepulturero de la vecindad, encarnizado
en romper la cabeza de los difuntos. Se retiró en paz,
prometiéndome su inmediato retorno al originario torbellino del
sol.
Yo entregué al fuego su cadáver en la
mañana del día siguiente.
Guardo sus cenizas en una urna de ciprés
incorruptible, para sumarlas a las de mí mismo el día
supremo, y esa urna es el único tesoro ganado por mí en
este viaje involuntario.
446
José Antonio Ramos Sucre
El Clima Del Nopal
EL CLIMA DEL NOPAL
El ermitaño cuenta los sucesos y prodigios
del amor y se incorpora a la hueste de los personajes lacerados y sin
remedio. Se confiesa autor de más de un rapto y sugiere, por
medio de una locución viva, el susto de la fuga a rienda suelta,
bajo el alcance de las piedras y de los disparos.
Se finge delicado a la memoria de Mercedes,
constante en censurar sus mocedades y autora, una vez difunta, de su
retiro del siglo y de su arrepentimiento y humildad.
Describe la estancia en donde pasó esta vida
y quedó yacente, sin auxilio ni compañía. Un soplo
del norte rompía a cada paso los ventanales, arrojaba lejos el
perfume de los sahumerios y extinguía, delante del crucifijo de
marfil, un cirio de lumbre mustia.
Pasa a celebrar su propósito irrevocable de
vivir penitente, desde esa hora, en el hueco del monte, en medio de una
maleza parca y cenicienta.
El ermitaño da fin a su discurso y me
sorprende con la mención de sus compañeros y el reproche
de su tardanza. Los apellida por medio de un silbato de cobre.
Yo me vi amenazado, en breve espacio, por una rueda
de fusiles asestados. No podía alzar mi voz sobre la
greguería de los truhanes.
El capitán los persuadió a respetarme
la vida y me sacó a salvo por caminos despeñados, sin
dejar el hábito de monje, y contentándose con mi dinero y
la promesa de navegar la vuelta de mi patria.
Disparaba su pistola sobre unas aves de
rapiña juntadas, sobre mí, en revuelo furioso.
El ermitaño cuenta los sucesos y prodigios
del amor y se incorpora a la hueste de los personajes lacerados y sin
remedio. Se confiesa autor de más de un rapto y sugiere, por
medio de una locución viva, el susto de la fuga a rienda suelta,
bajo el alcance de las piedras y de los disparos.
Se finge delicado a la memoria de Mercedes,
constante en censurar sus mocedades y autora, una vez difunta, de su
retiro del siglo y de su arrepentimiento y humildad.
Describe la estancia en donde pasó esta vida
y quedó yacente, sin auxilio ni compañía. Un soplo
del norte rompía a cada paso los ventanales, arrojaba lejos el
perfume de los sahumerios y extinguía, delante del crucifijo de
marfil, un cirio de lumbre mustia.
Pasa a celebrar su propósito irrevocable de
vivir penitente, desde esa hora, en el hueco del monte, en medio de una
maleza parca y cenicienta.
El ermitaño da fin a su discurso y me
sorprende con la mención de sus compañeros y el reproche
de su tardanza. Los apellida por medio de un silbato de cobre.
Yo me vi amenazado, en breve espacio, por una rueda
de fusiles asestados. No podía alzar mi voz sobre la
greguería de los truhanes.
El capitán los persuadió a respetarme
la vida y me sacó a salvo por caminos despeñados, sin
dejar el hábito de monje, y contentándose con mi dinero y
la promesa de navegar la vuelta de mi patria.
Disparaba su pistola sobre unas aves de
rapiña juntadas, sobre mí, en revuelo furioso.
443
José Antonio Ramos Sucre
El Sagitario
EL SAGITARIO
Subí la escalera de mármol negro en
solicitud de mi flecha, disparada sin tino. La hallé clavada en
la puerta de cedro, embellecida de dibujos simétricos.
Yo acostumbraba disparar el arco de plata semejante
al de Apolo, con el fin de interrogar a la fortuna. Yo estaba a punto
de salir en un bajel de vela cuadrada y no fiaba sino en los de vela
triangular. Había crecido satisfaciendo mis veleidades y
caprichos.
Una mujer salió a espaldas de mí, se
adelantó resueltamente a desprender la flecha trémula y
me la alargó sin decir una palabra. Su presencia había
impedido el acierto de mi disparo. Yo reconocí una de las
enemigas de Orfeo.
Quedé prendado de aquella mujer imperiosa,
ataviada con la piel de una pantera. Creí haberla visto a la
cabeza de una procesión ensañada con las ofrendas
tributadas al mausoleo del amante de Eurídice. Su gesto de
cólera desentonaba en la noche colmada.
Defendí una vez más las cenizas del
maestro y espanté la turba de las mujeres encarnizadas,
simulando, desde una arboleda, rugidos salvajes. Yo esperaba sufrir de
un momento a otro el desquite de aquella estratagema.
La mujer subió conmigo dentro de la nave y
llamó despóticamente a su servicio las fieras del mar,
ocultas en los arrecifes. Los marinos se entendieron con la mirada y
escogieron un rumbo nuevo. El sol trazó varias veces el arco de
su carrera sobre el circuito de las aguas. Un ave desconocida volaba
delante de nosotros.
Yo fui abandonado a mis propios recursos en un
litoral cenagoso, desde donde se veía, a breve distancia, un
monumento consagrado a las furias.
Yo descubrí el nombre del sitio recordando
una lamentación de Orestes.
Subí la escalera de mármol negro en
solicitud de mi flecha, disparada sin tino. La hallé clavada en
la puerta de cedro, embellecida de dibujos simétricos.
Yo acostumbraba disparar el arco de plata semejante
al de Apolo, con el fin de interrogar a la fortuna. Yo estaba a punto
de salir en un bajel de vela cuadrada y no fiaba sino en los de vela
triangular. Había crecido satisfaciendo mis veleidades y
caprichos.
Una mujer salió a espaldas de mí, se
adelantó resueltamente a desprender la flecha trémula y
me la alargó sin decir una palabra. Su presencia había
impedido el acierto de mi disparo. Yo reconocí una de las
enemigas de Orfeo.
Quedé prendado de aquella mujer imperiosa,
ataviada con la piel de una pantera. Creí haberla visto a la
cabeza de una procesión ensañada con las ofrendas
tributadas al mausoleo del amante de Eurídice. Su gesto de
cólera desentonaba en la noche colmada.
Defendí una vez más las cenizas del
maestro y espanté la turba de las mujeres encarnizadas,
simulando, desde una arboleda, rugidos salvajes. Yo esperaba sufrir de
un momento a otro el desquite de aquella estratagema.
La mujer subió conmigo dentro de la nave y
llamó despóticamente a su servicio las fieras del mar,
ocultas en los arrecifes. Los marinos se entendieron con la mirada y
escogieron un rumbo nuevo. El sol trazó varias veces el arco de
su carrera sobre el circuito de las aguas. Un ave desconocida volaba
delante de nosotros.
Yo fui abandonado a mis propios recursos en un
litoral cenagoso, desde donde se veía, a breve distancia, un
monumento consagrado a las furias.
Yo descubrí el nombre del sitio recordando
una lamentación de Orestes.
540
José Antonio Ramos Sucre
Hesperia
HESPERIA
El sacerdote refiere los acontecimientos
prehistóricos. Describe un continente regido por monarcas
iniciados, de ínfulas venerables y tiaras suntuosas, y
cómo provocaron el cataclismo en donde se perdieron, alzados
contra los númenes invulnerables.
El sacerdote se confesó heredero de la
sabiduría aciaga, recogida y atesorada por él mismo y los
de su casta.
Infería golpes al rostro de las panteras
frenéticas. Afrontaba la autoridad de los leones y
percudía su corona. Captaba, desde su observatorio, las
centellas del cielo por medio de un mecanismo de hierro.
Se ocupó de facilitar mi viaje de retorno. Su
galera de veinte remos por banda surcaba, al son de un pífano,
el golfo de las verdes olas.
Volví al seno de los míos, a celebrar
con ellos la ceremonia de una separación perdurable.
La belleza de la mañana aguzaba el
sentimiento de la partida.
Debía seguir el consejo del sacerdote
interesado en mi felicidad, fijándome, para siempre, en la
península de la primavera asidua.
El sacerdote refiere los acontecimientos
prehistóricos. Describe un continente regido por monarcas
iniciados, de ínfulas venerables y tiaras suntuosas, y
cómo provocaron el cataclismo en donde se perdieron, alzados
contra los númenes invulnerables.
El sacerdote se confesó heredero de la
sabiduría aciaga, recogida y atesorada por él mismo y los
de su casta.
Infería golpes al rostro de las panteras
frenéticas. Afrontaba la autoridad de los leones y
percudía su corona. Captaba, desde su observatorio, las
centellas del cielo por medio de un mecanismo de hierro.
Se ocupó de facilitar mi viaje de retorno. Su
galera de veinte remos por banda surcaba, al son de un pífano,
el golfo de las verdes olas.
Volví al seno de los míos, a celebrar
con ellos la ceremonia de una separación perdurable.
La belleza de la mañana aguzaba el
sentimiento de la partida.
Debía seguir el consejo del sacerdote
interesado en mi felicidad, fijándome, para siempre, en la
península de la primavera asidua.
489
José Antonio Ramos Sucre
Ofir
OFIR
La borrasca nos había separado del rumbo,
arrojándonos fuera del litoral. Empezábamos a penetrar en
la noche insondable del océano.
Oíamos el gemido de unas aves perdidas en la
inmensidad y yo recordé el episodio de una fábula de los
gentiles, en donde el héroe escucha graznidos al cruzar una
laguna infernal. Los marineros, mudos de espanto, sujetaron a golpe de
remo el ímpetu de la corriente y salieron a una ribera de palmas.
Yo vi animarse, en aquella zona del cielo, las
figuras de las constelaciones y miré el desperezamiento del
escorpión, autor de la caída de Faetonte.
Nosotros desembarcamos en la boca de un río y
nos internamos siguiendo sus orillas de hierba húmeda. Los
naturales nos significaron la hospitalidad, brindándonos agua en
unas calabazas ligeras.
Subimos a reposar en una meseta y advertimos el
dibujo de una ciudad en medio de la atmósfera transparente. La
comparamos a la imagen pintada por la luz en el seno de un espejo.
El rey, acomodado en un palanquín, se
aventuraba a recorrer la campiña, seguido de una escolta montada
sobre avestruces. Gozaba nombre de sabio y se divertía
proponiendo acertijos a los visitantes de su reino.
Unos pájaros, de plumaje dispuesto en forma
de lira, bajaban a la tierra con vuelo majestuoso. Despedían del
pecho un profundo sonido de arpa.
Yo discurrí delante del soberano sobre los
enigmas de la naturaleza y censuré y acusé de impostores
a los mareantes empecinados en sostener la existencia de los
antípodas.
El rey agradeció mi disertación y me
llevó consigo, en su compañía habitual. Me
regaló esa misma noche con una música de batintines y de
tímpanos, en donde estallaba, de vez en cuando, el son
culminante del sistro.
Salí el día siguiente sobre un
elefante, dádiva del rey, a contemplar el ocaso, el prodigio
mayor del país, razón de mi viaje.
El sol se hundía a breve distancia,
alumbrando los palacios mitológicos del mar.
La borrasca nos había separado del rumbo,
arrojándonos fuera del litoral. Empezábamos a penetrar en
la noche insondable del océano.
Oíamos el gemido de unas aves perdidas en la
inmensidad y yo recordé el episodio de una fábula de los
gentiles, en donde el héroe escucha graznidos al cruzar una
laguna infernal. Los marineros, mudos de espanto, sujetaron a golpe de
remo el ímpetu de la corriente y salieron a una ribera de palmas.
Yo vi animarse, en aquella zona del cielo, las
figuras de las constelaciones y miré el desperezamiento del
escorpión, autor de la caída de Faetonte.
Nosotros desembarcamos en la boca de un río y
nos internamos siguiendo sus orillas de hierba húmeda. Los
naturales nos significaron la hospitalidad, brindándonos agua en
unas calabazas ligeras.
Subimos a reposar en una meseta y advertimos el
dibujo de una ciudad en medio de la atmósfera transparente. La
comparamos a la imagen pintada por la luz en el seno de un espejo.
El rey, acomodado en un palanquín, se
aventuraba a recorrer la campiña, seguido de una escolta montada
sobre avestruces. Gozaba nombre de sabio y se divertía
proponiendo acertijos a los visitantes de su reino.
Unos pájaros, de plumaje dispuesto en forma
de lira, bajaban a la tierra con vuelo majestuoso. Despedían del
pecho un profundo sonido de arpa.
Yo discurrí delante del soberano sobre los
enigmas de la naturaleza y censuré y acusé de impostores
a los mareantes empecinados en sostener la existencia de los
antípodas.
El rey agradeció mi disertación y me
llevó consigo, en su compañía habitual. Me
regaló esa misma noche con una música de batintines y de
tímpanos, en donde estallaba, de vez en cuando, el son
culminante del sistro.
Salí el día siguiente sobre un
elefante, dádiva del rey, a contemplar el ocaso, el prodigio
mayor del país, razón de mi viaje.
El sol se hundía a breve distancia,
alumbrando los palacios mitológicos del mar.
499
José Antonio Ramos Sucre
El Reino De Los Cabiros
EL REINO DE LOS CABIROS
Unas aves negras y de ojos encarnizados se alojaban
entre los mármoles derruidos. Infligían la afrenta de las
arpías soeces. Andaban a saltos menudos y alzaban un vuelo
inelegante.
La vega de la ciudad abundaba en arbustos malignos
citados, para memoria de la venganza y amargura, en más de un
libro sapiencial.
Un busto de mirada absorta, ceñido de
guirnalda de yedra, se alzaba a cada momento sobre su pedestal roto. El
suelo de los jardines violados había dado albergue, un siglo
antes, a las víctimas de una histórica epidemia.
La luz del día regurgitaba de una rotura del
globo del sol, y la noche, duradera cual las del invierno, estaba a
cargo de un astro, de orbe incompleto y de través.
Unos hombrecillos deformes brotaban del suelo, en
medio del sopor nocturno. Salían por una apertura semejante al
escotillón de un tablado. Sus ojos eran oblicuos y el cabello
lacio y espeso invadía la angosta zona de la frente.
Respondieron a mi interpelación valiéndose de un gesto
lúbrico y hube de asestarles el puño sobre la faz dura,
como de piedra. La mano me sangra todavía.
Yo no contaba otra amistad sino la de una mujer
desconsolada, atenta a mi bien y a las memorias de un mundo superior.
No sabría decir su nombre. Yo olvidaba, en el principio de cada
mañana, su discurso.
Ella misma me puso en el camino del mar y me
señaló una estrella sin ocaso.
A poco de soltar las velas al viento
próspero, vi alzarse, desde el sitio donde me habían
despedido con lamentos, una interminable espiral de humo.
Unas aves negras y de ojos encarnizados se alojaban
entre los mármoles derruidos. Infligían la afrenta de las
arpías soeces. Andaban a saltos menudos y alzaban un vuelo
inelegante.
La vega de la ciudad abundaba en arbustos malignos
citados, para memoria de la venganza y amargura, en más de un
libro sapiencial.
Un busto de mirada absorta, ceñido de
guirnalda de yedra, se alzaba a cada momento sobre su pedestal roto. El
suelo de los jardines violados había dado albergue, un siglo
antes, a las víctimas de una histórica epidemia.
La luz del día regurgitaba de una rotura del
globo del sol, y la noche, duradera cual las del invierno, estaba a
cargo de un astro, de orbe incompleto y de través.
Unos hombrecillos deformes brotaban del suelo, en
medio del sopor nocturno. Salían por una apertura semejante al
escotillón de un tablado. Sus ojos eran oblicuos y el cabello
lacio y espeso invadía la angosta zona de la frente.
Respondieron a mi interpelación valiéndose de un gesto
lúbrico y hube de asestarles el puño sobre la faz dura,
como de piedra. La mano me sangra todavía.
Yo no contaba otra amistad sino la de una mujer
desconsolada, atenta a mi bien y a las memorias de un mundo superior.
No sabría decir su nombre. Yo olvidaba, en el principio de cada
mañana, su discurso.
Ella misma me puso en el camino del mar y me
señaló una estrella sin ocaso.
A poco de soltar las velas al viento
próspero, vi alzarse, desde el sitio donde me habían
despedido con lamentos, una interminable espiral de humo.
389
José Antonio Ramos Sucre
Mar Latino
MAR LATINO
Estoy glosando el paisaje de la Ilíada en
donde los ancianos de Troya confiesan la belleza de Helena. Me escucha
una mujer floreciente del mismo nombre. Los dos sentimos la solemnidad
de ese momento de la epopeya y esperamos el fragor del desastre
suspendido sobre la ciudad.
Agamenón, el rey de las mil naves, puede
apresurar, apellidándolas, el desenlace de la contienda.
La sucesión de los visos del mar, presentes
en la memoria de Homero, desaparece bajo el único tinte de la
sangre.
La mujer me invita a dejar el recuento de las
calamidades fabulosas y a seguir el derrotero de una fantasía
más serena, en demanda de unas islas situadas en el occidente.
Horacio las recordaba cuando quería descansar de los males
contemporáneos.
Yo comprendo la excursión irreal
sirviéndome de los residuos lapidarios de una leyenda perdida.
Nuestro bajel solicita, a vela y remo, los jardines quiméricos
del ocaso. Nos hemos fiado a un piloto de la Eneida. Su nombre designa
actualmente un promontorio del Tirreno.
La voz mágica de mi compañera fuga las
sirenas ufanas de sus cabellos, en donde se enredan las algas y los
corales, y se muda en un canto flébil. Invita a comparecer, bajo
el cielo de lumbre desvanecida, la hueste de larvas
subterráneas, mensajeras de un mundo espectral.
Estoy glosando el paisaje de la Ilíada en
donde los ancianos de Troya confiesan la belleza de Helena. Me escucha
una mujer floreciente del mismo nombre. Los dos sentimos la solemnidad
de ese momento de la epopeya y esperamos el fragor del desastre
suspendido sobre la ciudad.
Agamenón, el rey de las mil naves, puede
apresurar, apellidándolas, el desenlace de la contienda.
La sucesión de los visos del mar, presentes
en la memoria de Homero, desaparece bajo el único tinte de la
sangre.
La mujer me invita a dejar el recuento de las
calamidades fabulosas y a seguir el derrotero de una fantasía
más serena, en demanda de unas islas situadas en el occidente.
Horacio las recordaba cuando quería descansar de los males
contemporáneos.
Yo comprendo la excursión irreal
sirviéndome de los residuos lapidarios de una leyenda perdida.
Nuestro bajel solicita, a vela y remo, los jardines quiméricos
del ocaso. Nos hemos fiado a un piloto de la Eneida. Su nombre designa
actualmente un promontorio del Tirreno.
La voz mágica de mi compañera fuga las
sirenas ufanas de sus cabellos, en donde se enredan las algas y los
corales, y se muda en un canto flébil. Invita a comparecer, bajo
el cielo de lumbre desvanecida, la hueste de larvas
subterráneas, mensajeras de un mundo espectral.
463
José Antonio Ramos Sucre
El Rajá
EL RAJÁ
Yo me extravié, cuando era niño, en
las vueltas y revueltas de una selva.
Quería apoderarme de un antílope recental. El rugido del
elefante salvaje me llenaba de consternación. Estuve a punto de
ser estrangulado por una liana florecida.
Más de un árbol se parecía al
asceta insensible, cubierto de una vegetación parásita y
devorado por las hormigas.
Un viejo solitario vino en mi auxilio desde su
pagoda de nueva pisos. Recorría el continente dando ejemplos de
mansedumbre y montado sobre un búfalo, a semejanza de Lao-Tse,
el maestro de los chinos.
Pretendió guardarme de la sugestión de
los sentidos, pero yo me rendía a los intentos de las ninfas del
bosque.
El anciano había rescatado de la servidumbre
a un joven fiel. Lo compadeció al verlo atado a la cola del
caballo de su señor.
El joven llego a ser mi compañero habitual.
Yo me divertía con las fábulas de su ingenio y con las
memorias de su tierra natal. Le prometí conservarlo a mi lado
cuando mi padre, el rey juicioso, me perdonase el extravío y me
volviese a su corte.
Mi desaparición abrevió los
días del soberano. Sus mensajeros dieron conmigo para advertirme
su muerte y mi elevación al solio.
Olvidé fácilmente al amigo de antes,
secuaz del eremita. Me abordó para lamentarse de su pobreza y
declararme su casamiento y el desamparo de su mujer y de su hijo.
Los cortesanos me distrajeron de reconocerlo y lo
entregaron al mordisco sangriento de sus perros.
Yo me extravié, cuando era niño, en
las vueltas y revueltas de una selva.
Quería apoderarme de un antílope recental. El rugido del
elefante salvaje me llenaba de consternación. Estuve a punto de
ser estrangulado por una liana florecida.
Más de un árbol se parecía al
asceta insensible, cubierto de una vegetación parásita y
devorado por las hormigas.
Un viejo solitario vino en mi auxilio desde su
pagoda de nueva pisos. Recorría el continente dando ejemplos de
mansedumbre y montado sobre un búfalo, a semejanza de Lao-Tse,
el maestro de los chinos.
Pretendió guardarme de la sugestión de
los sentidos, pero yo me rendía a los intentos de las ninfas del
bosque.
El anciano había rescatado de la servidumbre
a un joven fiel. Lo compadeció al verlo atado a la cola del
caballo de su señor.
El joven llego a ser mi compañero habitual.
Yo me divertía con las fábulas de su ingenio y con las
memorias de su tierra natal. Le prometí conservarlo a mi lado
cuando mi padre, el rey juicioso, me perdonase el extravío y me
volviese a su corte.
Mi desaparición abrevió los
días del soberano. Sus mensajeros dieron conmigo para advertirme
su muerte y mi elevación al solio.
Olvidé fácilmente al amigo de antes,
secuaz del eremita. Me abordó para lamentarse de su pobreza y
declararme su casamiento y el desamparo de su mujer y de su hijo.
Los cortesanos me distrajeron de reconocerlo y lo
entregaron al mordisco sangriento de sus perros.
566
José Antonio Ramos Sucre
Fragmento Apócrifo De Pausanias
FRAGMENTO APÓCRIFO DE PAUSANIAS
Teseo persiguió el ejército de las
amazonas, cautivó su reina y la sedujo. La tropa de las mujeres
huyó sobre el Bósforo congelado, montada en caballos de
alzada soberbia. Una de ellas murió en el sitio de su nombre,
donde los atenienses la recuerdan y la honran. Las fugitivas volvieron
a perderse en la estepa de su nacimiento, socorridas de la
brumazón.
Un autor anónimo refiere las valentías
del hijo de Teseo y de la amazona cautiva. Se atrevió a
solicitar el amor de la sacerdotisa de un culto severo, dedicado a una
divinidad telúrica, reverenciada y temida por los esclavos
asiáticos.
El joven licencioso contrajo una rara enfermedad de
la mente y vagaba delirando por la ciudad y su campiña,
amenazando con volverse lobo.
Teseo escucha el parecer de viajeros memoriosos,
habituados a la nave y a la caravana, y manda por un médico
hasta el valle del Nilo.
El sabio se presentó al cabo de un mes y
consiguió sanar al mozo delirante por medio de la palabra y
envolviéndolo en el humo de una rasina balsámica.
Teseo fiaba en la medicina de los egipcios y los
tenía por el pueblo más sano y longevo de la tierra.
El médico dejó, en memoria de su paso,
una efigie de su persona. Yo la he visto entre los simulacros y ensayos
de un arte rudimentario.
La figura del egipcio, de cráneo desnudo,
mostraba la actitud paciente y ensimismada de un escriba de la
nación.
Teseo persiguió el ejército de las
amazonas, cautivó su reina y la sedujo. La tropa de las mujeres
huyó sobre el Bósforo congelado, montada en caballos de
alzada soberbia. Una de ellas murió en el sitio de su nombre,
donde los atenienses la recuerdan y la honran. Las fugitivas volvieron
a perderse en la estepa de su nacimiento, socorridas de la
brumazón.
Un autor anónimo refiere las valentías
del hijo de Teseo y de la amazona cautiva. Se atrevió a
solicitar el amor de la sacerdotisa de un culto severo, dedicado a una
divinidad telúrica, reverenciada y temida por los esclavos
asiáticos.
El joven licencioso contrajo una rara enfermedad de
la mente y vagaba delirando por la ciudad y su campiña,
amenazando con volverse lobo.
Teseo escucha el parecer de viajeros memoriosos,
habituados a la nave y a la caravana, y manda por un médico
hasta el valle del Nilo.
El sabio se presentó al cabo de un mes y
consiguió sanar al mozo delirante por medio de la palabra y
envolviéndolo en el humo de una rasina balsámica.
Teseo fiaba en la medicina de los egipcios y los
tenía por el pueblo más sano y longevo de la tierra.
El médico dejó, en memoria de su paso,
una efigie de su persona. Yo la he visto entre los simulacros y ensayos
de un arte rudimentario.
La figura del egipcio, de cráneo desnudo,
mostraba la actitud paciente y ensimismada de un escriba de la
nación.
525
José Antonio Ramos Sucre
La Noche
LA NOCHE
Yo estaba perdido en un mundo inefable. Un bardo
inglés me había referido las visiones y los sueños
de Endimión, señalándome su desaparecimiento de
entre los hombres y su partida a una lejanía feliz.
Yo no alcanzaba la suerte del pastor heleno.
Recorría el camino esbozado en medio de una selva, hacia el
conjunto de unas rocas horizontales, simulacro distante de una
vivienda. Desde la espesura, amenazaban y rugían las
alimañas usadas por los magos de otro tiempo en ministerios
perniciosos.
Un escarabajo fosforescente se colgó de mis
hombros. Yo había distinguido su imagen sobre la tapa de un
féretro, en la primera sala de un panteón cegado.
La luna mostraba la faz compasiva y llorosa de
Cordelia y yo gobernaba mis pasos conforme su viaje erróneo.
Salí a la costa de un mar intransitable y fui
invitado y agasajado por una raza de pescadores meditabundos.
Suspendían las redes sobre los matojos de un litoral austero y
vivían al aire libre, embelesados por una luz cárdena
difundida en la atmósfera. Hollaban un suelo de granito, el
más viejo de la tierra.
Yo estaba perdido en un mundo inefable. Un bardo
inglés me había referido las visiones y los sueños
de Endimión, señalándome su desaparecimiento de
entre los hombres y su partida a una lejanía feliz.
Yo no alcanzaba la suerte del pastor heleno.
Recorría el camino esbozado en medio de una selva, hacia el
conjunto de unas rocas horizontales, simulacro distante de una
vivienda. Desde la espesura, amenazaban y rugían las
alimañas usadas por los magos de otro tiempo en ministerios
perniciosos.
Un escarabajo fosforescente se colgó de mis
hombros. Yo había distinguido su imagen sobre la tapa de un
féretro, en la primera sala de un panteón cegado.
La luna mostraba la faz compasiva y llorosa de
Cordelia y yo gobernaba mis pasos conforme su viaje erróneo.
Salí a la costa de un mar intransitable y fui
invitado y agasajado por una raza de pescadores meditabundos.
Suspendían las redes sobre los matojos de un litoral austero y
vivían al aire libre, embelesados por una luz cárdena
difundida en la atmósfera. Hollaban un suelo de granito, el
más viejo de la tierra.
449
José Antonio Ramos Sucre
El Emigrado
EL EMIGRADO
Quedé solo con mi hijo cuando la plaga
mortífera hubo devastado la capital del reino venido a menos.
Él no había pasado de la infancia y me ocupaba el
día y la noche.
Yo concebí y ejecuté el proyecto de
avecindarme en otra ciudad, más internada y en salvo.
Tomé al niño en brazos y atravesé la sabana
inficionada por los efluvios de la marisma.
Debía pasar un pequeño río. Me
vi forzado a disputar el vado a un hombre de estatura aventajada,
cabellos rojos y dientes largos. Su faz declaraba la
desesperación.
Yo lo compadecí a pesar de su actitud
impertinente y de su discurso injurioso.
Pude alojarme en una casa deshabitada largo tiempo y
acomodé al niño en una cámara de tapices y
alfombras. Él padecía una fiebre lenta y delirios
manifestados en gritos.
El mismo hombre importuno vino a ofrecerme,
después de una noche de angustia, el remedio de mi hijo. Lo
ofrecía a un precio exorbitante, burlándose interiormente
de mis recursos exiguos. Me vi en el caso de despedirlo y de maldecirlo.
Pasé ese día y el siguiente sin
socorro alguno.
Yo velaba cerca del alba, en la noche hostil, cuando
sentí, en la puerta de la calle, una serie de aldabonazos
vehementes.
Me asomé por la ventana y sólo vi la
calle anegada en sombras.
Mi hijo moría en aquel momento.
El hombre de carácter cetrino había
sido el autor del ruido.
Quedé solo con mi hijo cuando la plaga
mortífera hubo devastado la capital del reino venido a menos.
Él no había pasado de la infancia y me ocupaba el
día y la noche.
Yo concebí y ejecuté el proyecto de
avecindarme en otra ciudad, más internada y en salvo.
Tomé al niño en brazos y atravesé la sabana
inficionada por los efluvios de la marisma.
Debía pasar un pequeño río. Me
vi forzado a disputar el vado a un hombre de estatura aventajada,
cabellos rojos y dientes largos. Su faz declaraba la
desesperación.
Yo lo compadecí a pesar de su actitud
impertinente y de su discurso injurioso.
Pude alojarme en una casa deshabitada largo tiempo y
acomodé al niño en una cámara de tapices y
alfombras. Él padecía una fiebre lenta y delirios
manifestados en gritos.
El mismo hombre importuno vino a ofrecerme,
después de una noche de angustia, el remedio de mi hijo. Lo
ofrecía a un precio exorbitante, burlándose interiormente
de mis recursos exiguos. Me vi en el caso de despedirlo y de maldecirlo.
Pasé ese día y el siguiente sin
socorro alguno.
Yo velaba cerca del alba, en la noche hostil, cuando
sentí, en la puerta de la calle, una serie de aldabonazos
vehementes.
Me asomé por la ventana y sólo vi la
calle anegada en sombras.
Mi hijo moría en aquel momento.
El hombre de carácter cetrino había
sido el autor del ruido.
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