Sueños e Imaginación
Luis Antonio de Villena
Un Arte De Vida
tu corbata de tarde, la carta que le escribes
a un amigo, la opinión sobre un lienzo, que dirás
en la charla, pero que no tendrás el torpe gusto
de pretender escrita. Beber, que es un placer efímero.
Amar el sol y desear veranos, y el invierno
lentísimo que invita a la nostalgia (¿de dónde
esa nostalgia?). Salir todas las noches, arreglarte
el foulard con cariño esmerado ante el espejo,
embriagarte en belleza cuanto puedas, perseguir
y anhelar jóvenes cuerpos, llanuras prodigiosas,
todo el mundo que cabe en tanta euritmia.
Dejar de amanecida tan fantásticos lechos,
y olerte las manos mientras buscas taxi, gozando
en la memoria, porque hablan de vellos y delicias
y escondidos lugares, y perfumes sin nombre,
dulces como los cuerpos. ¡Qué frío amanecer
entonces,
qué triste es, qué bello! Las sábanas te
acogerán
después un tanto yermas, y esperarás el sueño.
Del día que vendrá no sabes nada. (No consultas
oráculos). Te quemarán hastíos y emociones,
tertulias y bellezas, las rosas de un banquete
suntuario, y las viejas callejas, donde se siente
todo, en el verano, como un aroma intenso.
Vivir sin hacer nada. Cuidar lo que no importa.
Y si todo va mal, si al final todo es duro,
como Verlaine, saber ser el rey de un palacio
de invierno.
Luis Alberto de Cuenca
El Otro Barrio De Salamanca
que muy pocos conocen. Los habita una raza
de príncipes y reyes, de bardos y de brujos.
¡Subsuelo de las calles de Velázquez y Goya!
¡Océanos secretos de aguas centelleantes
bajo Lista y Serrano, Jorge Juan y Hermosilla!
¡Cúpulas, altas torres de ciudades de plata!
¡Palacios encantados, templos de mármol negro
debajo de la calle Don Ramón de la Cruz!
¡Odaliscas ocultas bajo las tuberías
del gas, en el asiento de la calle de Ayala!
Conozco a una doncella de ese mundo perdido
que me envía señales de humo por teléfono.
No consigue olvidar la ciencia de mis manos.
Julián del Casal
Neurosis
De los cabellos color de aurora
Y las pupilas de verde mar,
Entre cojines de raso lila,
Con el espíritu de Dalila,
Deshoja el cáliz de un azahar.
Arde a sus plantas la chimenea
Donde la leña chisporrotea
Lanzando en tono seco rumor,
Y alzada tiene su tapa el piano
En que vagaba su blanca mano
Cual mariposa de flor en flor.
Un biombo rojo de seda china
Abre sus hojas en una esquina
Con grullas de oro volando en cruz,
Y en curva mesa de fina laca
Ardiente lámpara se destaca
De la que surge rosada luz.
Blanco abanico y azul sombrilla,
Con unos guantes de cabritilla
Yacen encima del canapé,
Mientras en la tapa de porcelana,
Hecha con tintes de la mañana,
Humea el alma verde del té.
Pero ¿qué piensa la hermosa dama?
¿Es que su príncipe ya no la ama
Como en los días de amor feliz,
O que en los cofres del gabinete
Ya no conserva ningún billete
De los que obtuvo por un desliz?
¿Es que la rinde cruel anemia?
¿Es que en sus búcaros de Bohemia
Rayos de luna quiere encerrar,
O que, con suave mano de seda,
Del blanco cisne que ama Leda
Ansía las plumas acariciar?
¡Ay! es que en horas de desvarío
Para consuelo del regio hastío
Que en su alma esparce quietud mortal,
Un sueño antiguo le ha aconsejado
Beber en copa de ónix labrado
La roja sangre de un tigre real.
Julián del Casal
Mi Ensueño
Tiñó de rojo el nebuloso cielo,
Quiso una alondra detener el vuelo
De mi alcoba sombría en la ventana.
Pero hallando cerrada la persiana
Fracasó en el cristal su ardiente anhelo
Y, herida por el golpe, cayó al suelo,
Adiós diciendo a su quimera vana.
Así mi ensueño, pájaro canoro
De níveas plumas y rosado pico,
Al querer en el mundo hallar cabida,
Encontró de lo real los muros de oro
Y deshecho, cual frágil abanico,
Cayó entre el fango inmundo de la vida.
Julián del Casal
A Un Crítico
Donde abraza el artista a la Quimera
Que dotó de hermosura duradera
En la tela, en el mármol o en la rima;
Yo sé que el soplo extraño que me anima
Es un soplo de fuerza pasajera,
Y que el Olvido, el día que yo muera,
Abrirá para mí su oscura sima.
Mas sin que sienta de vivir antojos
Y sin que nada mi ambición despierte,
Tranquilo iré a dormir con los pequeños,
Si veo fulgurar ante mis ojos,
Hasta el instante mismo de la muerte,
Las visiones doradas de mis sueños.
Julián del Casal
Horridum Somnium
Al señor don Raimundo Cabrera
¡Cuántas noches de insomnio pasadas
En la fría blancura del lecho,
Ya abrevado de angustia infinita,
Ya sumido en amargos recuerdos,
Perturbando la lóbrega calma
Difundida en mi espíritu enfermo,
Como errantes luciérnagas verdes
Del jardín en los lirios abiertos,
Ha venido a posarse en mi alma
Áureo enjambre de sacros ensueños!
Cual penetran los rayos de la luna,
Por la escala sonora del viento,
En el hosco negror del sepulcro
Donde yace amarillo esqueleto,
Tal desciende la dicha celeste,
En las alas de fúlgidos sueños,
Hasta el fondo glacial de mi alma
Cripta negra en que duerme el deseo.
Así he visto llegar a mis ojos
En la fría tiniebla etreabiertos,
Desde lóbregos mares de sombra
Alumbrados por rojos destellos,
A las castas bellezas marmóleas
Que, ceñidos de joyas los cuerpos
Y una flor elevada en las manos,
Colorea entre eriales roqueños
El divino Moreau; a las frías
Hermosuras de estériles senos
Que, cual flores del mal, han caído
De la vida al oscuro sendero;
A Anactoria, la amada doliente,
Emperlados de sangre los pechos
Y encendidos los ojos diabólicos
Por la fiebre de extraños deseos;
A María, la virgen hebrea,
Con sus tocas brillantes de duelo
Y su manto de estrellas de oro
Centelleando en sus largos cabellos;
A la mística Eloa, cruzadas
Ambas manos encima del pecho
Y tornados los húmedos ojos
Hacia el cálido horror del Infierno;
Y a Eleonora, la pálida novia,
Que, ahuyentando la sombra del cuervo,
Cicatriza mis rojas heridas
Con el frío mortal de sus besos.
Mas un día ¡oh, Rembrandt!, no ha trazado
Tu pincel otro cuadro más negro
Agrupados en ronda dantesca
De la fiebre los rojos espectros,
Al rumo de canciones malditas
Arrojaron mi lánguido cuerpo
En el fondo de fétido foso
Donde ariados croajaban los cuervos.
Como eleva la púdica virgen
Al dejar los umbrales del templo,
La mantilla de negros encajes
Que cubría su rostro risueño,
Así entonces el astro nocturno,
Los celajes opacos rompiendo,
Ostentaba su disco de plata
En el negro azulado de cielo.
Y, al fulgor que esparcía en el aire,
Yo sentí deshacerse mis miembros,
Entre chorros de sangre violácea,
sobre capas humeantes de cieno,
En viscoso licor amarillo
Que goteaban mis lívidos huesos.
Alrededor de mis fríos depojos,
En el aire, zumbaban insectos
Que, ensanchados los húmedos vientres
Por la sangre absorbida de mi cuerpo,
Ya ascendían en rápido impulso
Ya embriagados caían al suelo.
De mi cráneo, que un globo formaba
Erizado de rojos cabellos,
Descendían al rostro deforme,
Saboreando el licor purulento,
Largas sierpes de piel solferina
Que llegaban al borde del pecho
Donde un cuervo de pico acerado
Implacable roíame el sexo.
Junto al foso, espectrales mendigos
Sumergidos los pies en el cieno
Y rasgadas las ropas mugrientas,
Contemplaban el largo tormento
Mientras grupos de impuras mujeres,
En unión de aterrados mancebos,
Retorcían los cuerpos lascivos
Exhalando alaridos siniestros.
Muchos días, llenando mi alma
De pavor y de frío y de miedo,
He mirado este fúnebre cuadro
Resurgir a mis ojos abiertos,
Y al pensar que no pude en la vida
Realizar mis felices anhelos,
Con los ojos preñados de lágrimas
Y el horror de la muerte en el pecho,
Ante el Dios de mi infancia pregunto:
«Del enjambre incesante de ensueños
Que persiguen mi alma sombría
De la noche en el frío silencio,
¿Será sólo el ensueño pasado
el que logre palpar mi deseo
En la triste jornada terrestre?
¿Será el único ¡oh Dios! verdadero?»
Julián del Casal
Flores De Éter
A la memoria de Luis II de Baviera
Rey solitario como la aurora,
Rey misterioso como la nieve,
¿En qué mundo tu espíritu mora?
¿Sobre qué cimas sus alas mueve?
¿Vive con diosas en una estrella
Como guerrero con sus cautivas,
O está en la tumba blanca doncella
Bajo coronas de siemprevivas?...
Aún eras niño, cuando sentías,
Como legado de tus mayores,
Esas tempranas melancolías
De los espíritus soñadores,
Y huyendo lejos de los palacios
Donde veías morir tu infancia,
Te remontabas a los espacios
En que esparcíase la fragancia
De los sueños que, hora tras hora,
Minado fueron tu vida breve,
Rey solitario como la aurora,
Rey misterioso como la nieve.
Si así tu alma gozar quería
Y a otras regiones arrebatarte,
En bajel tuvo: la Fantasía,
Y un mar espléndido: el mar del Arte.
¡Cómo veías sobre sus ondas
Temblar las luces de nuevos astros
Que te guiaban a las Golcondas
Donde no hallabas del hombre rastros;
Y allí sintiendo raros deleites
Tu alma encontraba deliquios santos,
Como en los tintes de los afeites
Las cortesanas frescos encantos!
Por eso mi alma la tuya adora
Y recordándola se conmueve,
Rey solitario como la aurora,
Rey misterioso como la nieve.
Colas abiertas de pavos reales,
Róseos flamencos en la arboleda,
Fríos crepúsculos matinales,
Áureos dragones en roja seda,
Verdes luciérnagas en las lilas,
Plumas de cisnes alabastrinos,
Sonidos vagos de las esquilas,
Sobre hombros blancos encajes finos,
Vapor de lago dormido en calma,
Mirtos fragantes, nupciales tules,
Nada más bello fue que tu alma
Hecha de vagas nieblas azules
Y que a la mía sólo enamora
De las del siglo décimo nueve,
Rey solitario como la aurora,
Rey misterioso como la nieve.
Aunque sentiste sobre tu cuna
Caer los dones de la existencia,
Tú no gozaste de dicha alguna
Más que en los brazos de la Demencia.
Halo llevabas de poesía
Y más que el brillo de tu corona
A los extraños les atraía
Lo misterioso de tu persona
Que apasionaba nobles mancebos,
Porque ostentabas en formas bellas
La gallardía de los efebos
Con el recato de las doncellas.
Tedio profundo de la existencia,
Sed de lo extraño que nos tortura,
De viejas razas mortal herencia,
De realidades afrenta impura,
Visión sangrienta de la neurosis,
Deliscuescencia de las pasiones,
Entre fulgores de apoteosis
Tu alma llevaron a otras regiones
Donde gloriosa ciérnese ahora
Y eterna dicha sobre ella llueve,
Rey solitario como la aurora,
Rey misterioso como la nieve.
Julián del Casal
La Canción De La Morfina
Yo calmaré vuestro mal:
Soy la dicha artificial,
Que es la dicha verdadera.
Isis que rasga su velo
Polvoreado de diamantes
Ante los ojos amantes
Donde fulgura el anhelo;
Encantadora sirena
Que atrae, con su canción,
Hacia la oculta región
En que fallece la pena;
Bálsamo que cicatriza
Los labios de abierta llaga;
Astro que nunca se apaga
Bajo su helada ceniza;
Roja columna de fuego
Que guía al mortal perdido,
Hasta el país prometido
Del que no retorna luego.
Guardo, para fascinar
Al que siento en derredor,
Deleites como el amor,
Secretos como la mar.
Tengo las áureas escalas
De las celestes regiones;
Doy al cuerpo sensaciones;
Presto al espíritu alas.
Percibe el cuerpo dormido
Por mi mágico sopor,
Sonidos en el color,
Colores en el sonido.
Puedo hacer en un instante
Con mi poder sobrehumano,
De cada gota un océano,
De cada guija un diamante.
Ante la mirada fría
Del que codicia un tesoro,
Vierte cascadas de oro,
En golfos de pedrería.
Ante los bardos sensuales
De loca imaginación,
Abro la regia mansión,
De los goces orientales,
Donde odaliscas hermosas
De róseos cuerpos livianos,
Cíñenle, con blancas manos,
Frescas coronas de rosas,
Y alzan un himno sonoro
Entre el humo perfumado
Que exhala el ámbar quemado
En pebeteros de oro.
Julián del Casal
Juana Borrero
Pupilas de terciopelo
Que más que el azul del cielo
Ven del mundo los abrojos.
Cabellera azabachada
Que, en ligera ondulación,
Como velo de crespón
Cubre su frente tostada.
Ceño que a veces arruga,
Abriendo en sus alma una herida,
La realidad de la vida
O de una ilusión la fuga.
Mejillas suaves de raso
En que la vida fundiera
La palidez de la cera,
La púrpura del ocaso.
¿Su boca? Rojo clavel
Quemado por el estío,
Mas donde vierte el hastío
Gotas amargas de hiel.
Seno en que el dolor habita
De una ilusión engañosa,
Como negra mariposa
En fragante margarita.
Manos que para el laurel
Que a alcanzar su genio aspira,
Ora recorren la lira,
Ora mueven el pincel.
¡Doce años! Mas sus facciones
Veló ya de honda amargura
La tristeza prematura
De los grandes corazones.
Julián del Casal
El Poeta Y La Sirena
A mi buen amigo Carlos Noreña
Coronada de vivos resplandores
Luce la tarde en el azul del cielo,
Va tendiendo la noche su ancho velo
Y en el Ocaso se sepulta el Sol.
Su veste de esmeraldas pliega el césped,
Su cáliz las galanas florecillas,
Y truecan las celestes nubecillas
En armiño su bello tornasol.
La nacarada estrella de la tarde
Su luz, vertiendo, plácida y serena,
Semeja una purísima azucena
Sobre un manto de grana y de zafir,
Como virgen que oculta sus hechizos
Bajo el cendal flotante de una nube,
Así la Luna, majestuosa sube,
Bañada de alabastro hacia el cenit.
En un océano de plateadas luces
Flotan el monte, el valle y la pradera,
Y esparce la brillante primavera
De sus flores la esencia virginal.
En la margen de un lago bullicioso
Alza un poeta su inspirado acento,
Que se pierde en las ráfagas del viento,
O del lago en el límpido cristal.
Surge de entre las ondas azuladas
Una deidad risueña y misteriosa,
De frescos labios de color de rosa
Y un seno de marfil, encantador.
Su lúcido cabello de azabache
Rueda sobre sus hombros de alabastro,
Tienen sus ojos el fulgor de un astro
Y el fuego centelleante del amor.
Su breve pie de nacarado esmalte
Cubren sandalias de zafir hermoso,
Orna con cintas de color azul
Lleva en sus manos una lira de oro
Con cuerdas de diamante decorada,
Y el eco seductor de su trovada
Vuela a las nubes del celeste tul.
El genio misterioso de la noche
Las estrellas de mágicos fulgores,
Los silfos bellos y lucientes flores
En torno suyo se les ve girar.
Tendida entre la espuma cristalina,
Con halagüeña inspiración secreta,
Dirige el melancólico poeta
Este armonioso y seductor cantar:
«Tú creas en la noche
fantásticas visiones
Radiantes de pureza, de gloria y de esplendor,
Pero tus gratos sueños se alejan y evaporan
Dejándote tan sólo recuerdos de dolor.
»Aquí bajo esta espuma de
armónicos rumores
Habito yo un palacio de perlas y coral;
Mi lecho forman rosas del valle más ameno,
De fúlgidos colores, de esencia virginal.
»Las sílfides y ondinas que moran en el
lago
Me cantan en la noche, sublime trovador,
Y a su argentino acento y al rayo de la Luna,
Apuro deleitosa la esencia del amor.
»Suspende esos cantares al céfiro del
valle
Que juega entre los lirios del plácido jardín,
O a la gentil violeta, o a la doncella pura
De Labios sonrosados y aliento de jazmín.
»La vida tiene encantos, poeta de los
sueños;
La gloria sólo ofrece martirios y dolor:
¡Oh!, ven a mis palacios de perlas y corales
Para apurar beodos la esencia del amor».
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
¡Cesa:le dijo, un eco de los montes
Con voz de trueno asolador, profundo;
Tú simbolizas el error del mundo
Y el poeta la luz de la verdad.
Despareció la maga entre la espuma
Exánime, sin vida y sin aliento;
Alzó el poeta su inspirado acento
Y el eco resonó en la eternidad.
Jaime Torres Bodet
Paisaje
¿Otoño? No. Más bien, tras de la lluvia,
entre el líquido verde de las hojas,
amanecer sombrío de la luna.
Ambigua luz de incienso en las volutas
doradas de una música nocturna;
enrejado sutil de sicomoros
sobre la plata azul de una laguna:
paisaje sin momentos
y sin aristas bruscas,
diluído en matices,
hecho todo de ritmos sin premura,
más lento cada vez y realizado
en una flor perfecta y taciturna,
como se queda el alma sostenida
en esa onda última
alta, vibrante, sólida
de la marea blanda de la música...
Jaime Torres Bodet
Sinceridad
El sueño te viste
mejor que una túnica.
José Antonio Ramos Sucre
Omega
Cuando la muerte acuda finalmente a mi ruego y sus avisos me hayan
habilitado para el viaje solitario, yo invocaré un ser
primaveral, con el fin de solicitar la asistencia de la armonía
de origen supremo, y un solaz infinito reposará en mi semblante.
Mis reliquias, ocultas en el seno de la oscuridad y
animadas de una vida informe, responderán desde su destierro al
magnetismo de una voz inquieta, proferida en un litoral desnudo.
El recuerdo elocuente, a semejanza de una luna
exigua sobre la vista de un ave sonámbula, estorbará mi
sueño impersonal hasta la hora de sumirse, con mi nombre, en el
olvido solemne.
José Antonio Ramos Sucre
El Selenita
Yo no sabría distinguir, en las cartas más fieles de los
náuticos, dónde se hallaba la isla de mi cautiverio. Debe
de aparecer con el nombre de un arrecife. La luna deprimía su
vuelo a través de la oscuridad e inspiraba la ilusión de
comenzarlo desde una torre impenetrable. Yo me recliné sobre su
escalinata pulverulenta y fui adormecido por el pífano de un
pastor de bisontes. Soñé con una doncella de otras edades
y con un vestigio de su breve estancia en la isla de los torrentes. La
reliquia de su paso, oculta en unos escombros olvidados, podía
restituirme al seno del mundo civil.
Ignoro si yo había despertado cuando
emprendí la desmanda quimérica, la vía de la
sierra. No me dejé espantar de unas mujeres bellas e irascibles,
reunidas en tumulto y armadas de tallos y de ramos de ortigas.
El hechizo del pífano me suspendía en
los aires y yo volaba, convertido en una sustancia leve, sobre los
roquedos y precipicios. La isla estaba desierta y los residuos solemnes
de una raza difunta no se daban sino en la cima de los montes
incólumes.
Yo encontré un anillo de oro, la prenda
augurada, entre las ruinas de un alcázar, vivienda rupestre, en
donde circulaban todavía el estampido y el humo de un rayo.
José Antonio Ramos Sucre
El Año Desierto
Yo subía despacio la escalera de piedra y
descansaba a mis solas en una silla grave, de autoridad secular. La
azotea dominaba una redonda fría, mortecina, y yo me guardaba de
recorrerla con la vista.
Una memoria infeliz me obligaba a permanecer
cabizbajo y me retraía de contemplar la maravilla del edificio,
refugio de mi desesperanza. Había surgido en una sola noche,
según la fábula de los humildes, y por un arte
réprobo. Los metales, los elementos más enérgicos
de la naturaleza, obedecían al punto la voluntad de un
arbitrista o demiurgo de faz inmóvil y de boca sellada y
florecían mágicamente en sus dedos.
Yo entretenía la pesadumbre leyendo las
páginas de Boecio y meditando el revés de su fortuna. Una
conseja le asignaba el invento de artificios de hierro, destituidos de
ejes y de ruedas y proporcionados a imitar la carrera de los planetas.
Recibían un movimiento perenne de manos de un ser invisible.
Yo demandaba el favor sobrenatural. La doncella
nostálgica había desaparecido de los caminos de la tierra
y volado con alas transparentes bajo el cielo mustio. Yo la invitaba
desde mi lasitud y desconsuelo a volver de la ausencia infinita. Una
forma aérea convino en aparecer, en sosegar mi sensibilidad
gemebunda. Recuerdo apenas el tinte de sus cabellos, lumbre de
volátil oriflama.
José Antonio Ramos Sucre
La Procesión
Yo rodeaba la vega de la ciudad inmemorial en
solicitud de maravillas. Había recibido de un jardinero la
quimérica flor azul.
Un anciano se acercó a dirigir mis pasos. Me
precedía con una espada en la mano y portaba en un dedo la
amatista pontifical. El anciano había ahuyentado a Atila de su
carrera, apareciéndole en sueños.
Dirigió la palabra a las siete mil estatuas
de una basílica de mármol y bajaron de sus zócalos
y nos siguieron por las calles desiertas. Las estatuas representaban el
trovador, el caballero y el monje, los ejemplares más
distinguidos de la edad media.
Unas campanas invisibles difundieron a la hora del
ángelus el son glacial de una armónica.
El anciano y la muchedumbre de los personajes
eternos me acompañaron hasta el campo y se devolvieron de
mí cuando las estrellas profundas imitaban un reguero de perlas
sobre terciopelo negro, sugiriendo una imagen del fastuoso pincel
veneciano. Se alejaron elevando un cántico radiante.
Yo caí de rodillas sobre la hierba
dócil, rezando un terceto en alabanza de Beatriz, y un centauro
desterrado pasó a galope en la noche de la incertidumbre.
José Antonio Ramos Sucre
Entre Los Beduinos
Nos recogíamos en un cauce labrado por las
aguas de la lluvia y respirábamos del sobresalto perenne. Los
torbellinos de tierra cegaban el horizonte.
Las nubes regaban al azar y brevemente el
país del ensueño. El sol mitigaba la arena cándida
y el guijarro de bronco perfil esparciendo una gasa de amatista,
dibujando una ilusión vespertina del Bósforo.
No osábamos elevar la voz en el silencio
ritual. El pensamiento se anegaba en el éxtasis infinito. El
polvo continuaba indemne bajo el pie elástico del camello. Los
guías invocaban en secreto el nombre y la asistencia de
Moisés.
Los monjes de un convento secular, adictos al dogma
griego, comparecieron a facilitarnos la visita del área del
resol. Habían labrado su casa guerrera y feudal en presencia de
un bajo relieve esculpido en la faz de una piedra. Yo reconocí
la efigie de Sesostris.
Siempre he guardado algún desvío a las
reliquias del reino del Faraón y les he atribuido anuncios
malignos. Un salteador de los arenales, señalado por un tatuaje
supersticioso, me visitó con el fin de venderme un arco
infalible, de fábrica milenaria y de una sola saeta recurrente.
Yo pensé en el privilegio del martillo de Thor.
Yo disparé el arma falaz en seguimiento de
unas aves grifas, encarnizadas con las liebres. Yo perdía de
vista la fuga de la saeta en el seno del aire y el volátil
amenazado se desvanecía en la calina del estío.
Un dolor me derribó súbitamente en el
caudal de mi sangre.
José Antonio Ramos Sucre
Las Almas
La nave tenía el nombre de una flor y de un
hada. Dividía rápidamente la superficie elástica
del mar. El grumete anunciaba a voz en grito la isla de las aves
procelarias. Sus rocas se dibujaban en el crepúsculo tenue,
simulando las reliquias de una ciudad. Significaban la guerra de los
elementos en un día inmemorial.
Una humareda se descomponía, a breve
distancia del suelo, en una serie de orbes distintos. Un ser aleve se
entretenía quemando leña verde en una atmósfera
alterada artificiosamente. De donde venían las figuras
inusitadas del humo.
En pisando tierra, descubrimos al autor del fuego.
La naturaleza había intentado de modo involuntario y a ciegas el
esbozo de una criatura humana. La malignidad del endemoniado se
transpintaba en su fisonomía rudimental. Encerraba el viento en
un odre.
Lo tratamos osadamente y sin respeto y lo dejamos
inerme y contrito. El nombre de nuestra nave despertó de su
letargo y redimió de su cautiverio una compañía de
formas aéreas. Nos siguieron en el tornaviaje y su presencia no
llenaba espacio.
Las condujimos al pie de un monte y penetraron en el
seno de unos árboles, para esconderse. Una laguna las rodeaba y
defendía con sus gases.
Quedaron bajo la encomienda de un ave libre de los
menesteres y limitaciones de la vida.
José Antonio Ramos Sucre
El Páramo
Los huérfanos se han formado en las pradera
libres. Ejecutan solamente las veleidades de su albedrío.
Han descubierto los secretos de la medicina
rústica, mirando las costumbres de los animales. Discurren sobre
los ejemplares de la selva, desde el cedro hasta el hisopo, a semejanza
de Salomón, el monarca feliz. Un oso les ha cedido su caverna,
usando la condescendencia de un abuelo. Un pájaro estridente les
enseña el pronóstico de la lluvia.
Cantan en el retiro de la noche y el sapo verdinegro
danza en dos pies delante de una luna mortal.
Disipan las visiones de la sombra y del miedo
agitando en el aire un ramo de verbena céltica.
Se abstienen de encender lumbre en los días
sujetos a una constelación inicua. Una figura sangrienta,
vestida con la sotana de los supliciados, divide las fauces de la
tierra y se declara su progenitor.
Los huérfanos la ahuyentan
dirigiéndole motes indignos, reservados para el topo y
demás criaturas de vivienda sórdida.
José Antonio Ramos Sucre
Azucena
El solitario divierte la mirada por el cielo en una
tregua de su desesperanza. Agradece los efluvios de un planeta
inspirándose en unas líneas de la Divina Comedia.
Reconoce, desde la azotea, los presagios de una mañana
lánguida.
El miedo ha derruido la grandeza y trabado las
puertas y ventanas de su vivienda lúcida. Un jinete de
máscara inmóvil retorna fielmente de un viaje irreal, en
medio de la oscuridad, sobre un caballo de mole espesa, y descansa en
un vergel inviolable, asiento del hastío. Las flores, de un azul
siniestro y semejantes a los flabelos de una liturgia remota, ofuscan
el aire, infiltran el delirio.
El solitario oye la fábrica de su
ataúd en un secreto de la tierra, dominio del mal. La muerte
asume el semblante de Beatriz en un sueño caótico de su
trovador.
Una doncella aparece entre las nubes tenues, armada
del venablo invicto, y cautiva la vista del solitario. Llega en el
nacimiento del día de las albricias, después del viernes
agónico, anunciada por un alce blanco, alumno de la primavera
celeste.
José Antonio Ramos Sucre
Bajo El Velamen De Púrpura
Yo había pasado la mitad de la noche a la
vista de las frías constelaciones y vine a recogerme y a dormir
en una sopeña, a la manera de Orfeo.
Hallaba menos al joven compañero de mis
fatigas. Él era hijo de un rey precipitado de su trono y
había llegado hasta mí después de recorrer climas
distintos.
Me apareció en sueños y me
refirió su muerte a manos de unos cabreros insensibles. Su
cuerpo había sido abandonado en un desierto de piedras.
Allí reptaban pesadamente unos vestiglos nacidos del
océano.
Gimió inconsolable hasta el momento de
tenderle mi diestra, en seguridad de mi culto por su memoria. Él
temía especialmente a un sepulturero de la vecindad, encarnizado
en romper la cabeza de los difuntos. Se retiró en paz,
prometiéndome su inmediato retorno al originario torbellino del
sol.
Yo entregué al fuego su cadáver en la
mañana del día siguiente.
Guardo sus cenizas en una urna de ciprés
incorruptible, para sumarlas a las de mí mismo el día
supremo, y esa urna es el único tesoro ganado por mí en
este viaje involuntario.
José Antonio Ramos Sucre
La Suspirante
La hermosa ha regresado de muy lejos. Se encierra
nuevamente en su cámara inaccesible, satisfaciéndose con
el mueble esbelto y la baratija exótica. Impone el recuerdo de
una era señorial, rodeándose de las escenas sucesivas de
un tapiz.
La hermosa se pierde en la lectura de sucesos
extravagantes, acontecidos en reinos imaginarios, y narrados con
semblante de parodia. Vuelve sobre un pasaje burlesco, en donde alterna
un pastor con el bufón expulsado de la corte.
La dama displicente se engolfa en las peripecias de
un relato incomparable y suspende el entretenimiento cuando empieza una
batalla entre caballeros de sobrenombres ínclitos.
La dama renuente, aficionada a las quimeras de la
imaginación, sueña con huir de este mundo a otro ilusorio.
Nadie podría averiguar el derrotero de su
fuga.
La hermosa vuela sobre los caminos cegados por la
nieve y un búho solitario da el alarma en la noche fascinada por
el plenilunio.
José Antonio Ramos Sucre
Nocturno
Quise hospedarme solo en la casa de portada
plateresca.
Me esforcé mucho tiempo restableciendo el uso
de los cerrojos. Mis pasos herían el suelo sonoro y
descomponían la vieja alfombra de polvo.
Sujetos de formas vanas apagaban los fanales al
empezar la noche, rodeándome de tinieblas agónicas, y el
edificio de dos pisos desaparecía en la semejanza de una
cabellera desatada por el huracán.
Yo esperaba ansiosamente un prodigio.
He visto una mujer de fisonomía noble, de
rasgos esculpidos por la memoria de un pesar. Ocupaba una rotura
súbita de la sombra y acercaba el rostro a la cabecera de un
féretro.
La fractura de una fiola de cristal despedía
un sonido armonioso y la fantasmagoría zozobraba en la oscuridad
impenetrable.
José Antonio Ramos Sucre
La Noche
Yo estaba perdido en un mundo inefable. Un bardo
inglés me había referido las visiones y los sueños
de Endimión, señalándome su desaparecimiento de
entre los hombres y su partida a una lejanía feliz.
Yo no alcanzaba la suerte del pastor heleno.
Recorría el camino esbozado en medio de una selva, hacia el
conjunto de unas rocas horizontales, simulacro distante de una
vivienda. Desde la espesura, amenazaban y rugían las
alimañas usadas por los magos de otro tiempo en ministerios
perniciosos.
Un escarabajo fosforescente se colgó de mis
hombros. Yo había distinguido su imagen sobre la tapa de un
féretro, en la primera sala de un panteón cegado.
La luna mostraba la faz compasiva y llorosa de
Cordelia y yo gobernaba mis pasos conforme su viaje erróneo.
Salí a la costa de un mar intransitable y fui
invitado y agasajado por una raza de pescadores meditabundos.
Suspendían las redes sobre los matojos de un litoral austero y
vivían al aire libre, embelesados por una luz cárdena
difundida en la atmósfera. Hollaban un suelo de granito, el
más viejo de la tierra.