Miedo y Ansiedad
Poemas en este tema
Mario Benedetti
El Lugar Del Crimen
detectives / novelistas ingleses /
los asesinos en su mayoría
no vuelven al lugar del crimen
huyen por lo común despavoridos
en búsqueda de indultos
olvidos y fronteras
y cuando al fin suponen
que se encuentran a salvo
y consiguen un lecho
con mujer o sin ella
cierran los ojos sobre su fatiga
y penetran incautos en el sueño refugio
la sorpresa es que allí nunca hubo indultos
ni dispensas ni olvido ni fronteras
y de pronto se hallan
con que el lugar del crimen
los espera implacable
en el vedado de sus pesadillas
Mario Benedetti
Pobre Dios
pero tal vez sea Dios todo el silencio
que queda de los hombres
es imposible estar seguro
pero acaso Dios sea
la soledad total
irrevocable
más grave que la tuya
o que la mía
por lo menos más grave que la mía
que es soledad tan sólo
cuando el viejo crepúsculo me mira
como un toro furioso
y yo no tengo a mano
tus sabios labios para
olvidarme ele todo lo que temo
es imposible estar seguro
ah pero en ese caso
pobre Dios qué tristeza
debe ser su tristeza
pobre Dios
si una ver descendiera
a asir nuestra miseria
y respirara por unas pocas horas
el incesante miedo de la muerte
quizá mucho después
allá
solo y eterno
recordara esa tibia bocanada
como el único asueto
de su enorme
desolado Infinito.
Mario Benedetti
Nocturno
Nadie averigua acerca de mi corazón
ni de mi salud milagrosa y cordial,
porque es de noche, manantial de la noche,
viento de la noche, viento olvido,
porque es de noche entre silencio y uñas
y quedo desalmado como un reloj lento.
Húmeda oscuridad desgarradora,
oscuridad sin adivinaciones,
con solamente un grito que se quiebra a lo lejos,
y a lo lejos se cansa y me abandona.
Ella sabe qué palabras podrían decirse
cuando se extinguen todos los presagios
y el insomnio trae iras melancólicas
acerca del porvenir y otras angustias.
Pero no dice nada, no las suelta.
Entonces miro en lo oscuro llorando,
y me envuelvo otra vez en mi noche
como en una cortina pegajosa
que nadie nunca nadie nunca corre.
Por el aire invisible baja una luna dulce,
hasta el sueño por el aire invisible.
Estoy solo como con mi infancia de alertas,
con mis corrientes espejismos de Dios
y calles que me empujan inexplicablemente
hacia un remoto mar de miedos.
Estoy solo como una estatua destruida,
como un muelle sin olas, como una simple cosa
que no tuviera el hábito de la respiración
ni el deber del descanso ni otras muertes en cierne,
solo en la anegada cuenca del desamparo
junto a ausencias que nunca retroceden.
Naturalmente, ella
conoce qué palabras podrían decirse,
pero no dice nada,
pero no dice nada irremediable.
Mario Benedetti
Empero
Ahora no es, no puede ser la muerte.
Está el escarabajo a tropezones,
mi sed de ti, la baja tarde inmóvil.
De veras está todo como antes:
el cielo tan inerme,
la misma soledad tan maciza,
la luz que se devora y no comprende.
Todo está como antes
de tu rostro sin nubes,
todo aguarda como antes la anunciada
estación en suspenso,
pero también estaba entonces este pánico
de no saber huir y no saber
alejarme del odio.
De veras todo está
destruido, indescifrable,
como verdad caída inesperadamente
del cielo o del olvido
y si alguien, algo, me golpea los párpados
es una lenta gota empecinada.
Ahora no es, no puede ser la muerte.
Abro los ojos para convencerme.
Lope de Vega
A La Noche
loca, imaginativa, quimerista,
que muestras al que en ti su bien conquista,
los montes llanos y los mares secos;
habitadora de celebros huecos,
mecánica, filósofa, alquimista,
encubridora vil, lince sin vista,
espantadiza de tus mismos ecos;
la sombra, el miedo, el mal se te atribuya,
solícita, poeta, enferma, fría,
manos del bravo y pies del fugitivo.
Que vele o duerma, media vida es tuya;
si velo, te lo pago con el día,
y si duermo, no siento lo que vivo.
Leopoldo María Panero
Himno A Satán
la grandeza del lobo
la grandeza de Satán
vencedor de la piedra desnuda
de la piedra desnuda que amenaza al hombre
y que invoca en vano a Satán
señor del verso, de ese agujero
en la página
por donde la realidad
cae como agua muerta.
Leopoldo María Panero
Pasadizo Secreto
buitres castillos (murciélagos) os
curidad nueve buitres deses
pero nieve lobos casas
abandonadas ratas desespero o
scuridad nueve buitres des
"buitres", "caballos", "el monstruo es verde", "desespero"
bien planeada oscuridad
Decapitaciones.
Leopoldo María Panero
A Claudio Rodríguez
A Claudio Rodríguez, recordando el día en que, con un
cigarrillo temblándole en los labios, me dijo, en el Drugstore
de Fuencarral, «a esta gente hay que ganarla».
Aun cuando tejí mi armadura de acero
el terror en mis ojos muertos.
Aun cuando con mano blanca y nula
hice de silencio tus orines
y la nieve cae aún sobre mi cuerpo
pese a ello se impone un silencio aún más hondo
a los clavos que habían horadado mi cráneo:
aun cuando sean huesos quizá lo que no tiembla
aun cuando el musgo concluye mi pecho¹
el terror remueve las cuencas vacías.
¹ Este poema puede leerse también con la siguiente variante:
Aun cuando el musgo es certeza en mi pecho
Leopoldo Lugones
La Muerte De La Luna
Que con lánguidas brisas el cielo sahúma,
El ciprés, como un huso,
Devana un ovillo de de bruma.
El telar de la luna tiende en plata su urdimbre;
Abandona la rada un lúgubre corsario,
Y después suena un timbre
En el vecindario.
Sobre el horizonte malva
De una mar argentina,
En curva de frente calva
La luna se inclina,
O bien un vago nácar disemina
Como la valva
De una madreperla a flor del agua marina.
Un brillo de lóbrego frasco
Adquiere cada ola,
Y la noche cual enorme peñasco
Va quedándose inmensamente sola.
Forma el tic-tac de un reloj accesorio,
La tela de la vida, cual siniestro pespunte.
Flota en la noche de blancor mortuorio
Una benzoica insispidez de sanatorio,
Y cada transeúnte
Parece una silueta del Purgatorio.
Con emoción prosaica,
Suena lejos, en canto de lúgubre alarde,
Una voz de hombre desgraciado, en que arde
El calor negro del rom de Jamaica.
Y reina en el espíritu con subconsciencie arcaica,
El miedo de lo demasiado tarde.
Tras del horizonte abstracto,
Húndese al fin la luna con lúgubre abandono,
Y las tinieblas palpan como el tacto
De un helado y sombrío mono.
Sobre las lunares huellas,
A un azar de eternidad y desdicha,
Orión juega su ficha
En problemático dominó de estrellas.
El frescor nocturno
Triunfa de tu amoroso empeño,
Y domina tu frente con peso taciturno
El negro racimo del sueño.
En el fugaz desvarío
Con que te embargan soñadas visiones,
Vacilan las constelaciones;
Y en tu sueño formado de aroma y de estío,
Flota un antiguo cansancio
De Bizancio...
Languideciendo en la íntima baranda,
Sin ilusión alguna
Contestas a mi trémula demanda.
Al mismo tiempo que la luna,
Una gran perla se apaga en tu meñique;
Disipa la brisa retardados sonrojos;
Y el cielo como una barca que se va a pique,
Definitivamente naufraga en tus ojos.
León Felipe
Ii Sé Todos Los Cuentos
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre...
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos...
y sé todos los cuentos.
Julián del Casal
Horridum Somnium
Al señor don Raimundo Cabrera
¡Cuántas noches de insomnio pasadas
En la fría blancura del lecho,
Ya abrevado de angustia infinita,
Ya sumido en amargos recuerdos,
Perturbando la lóbrega calma
Difundida en mi espíritu enfermo,
Como errantes luciérnagas verdes
Del jardín en los lirios abiertos,
Ha venido a posarse en mi alma
Áureo enjambre de sacros ensueños!
Cual penetran los rayos de la luna,
Por la escala sonora del viento,
En el hosco negror del sepulcro
Donde yace amarillo esqueleto,
Tal desciende la dicha celeste,
En las alas de fúlgidos sueños,
Hasta el fondo glacial de mi alma
Cripta negra en que duerme el deseo.
Así he visto llegar a mis ojos
En la fría tiniebla etreabiertos,
Desde lóbregos mares de sombra
Alumbrados por rojos destellos,
A las castas bellezas marmóleas
Que, ceñidos de joyas los cuerpos
Y una flor elevada en las manos,
Colorea entre eriales roqueños
El divino Moreau; a las frías
Hermosuras de estériles senos
Que, cual flores del mal, han caído
De la vida al oscuro sendero;
A Anactoria, la amada doliente,
Emperlados de sangre los pechos
Y encendidos los ojos diabólicos
Por la fiebre de extraños deseos;
A María, la virgen hebrea,
Con sus tocas brillantes de duelo
Y su manto de estrellas de oro
Centelleando en sus largos cabellos;
A la mística Eloa, cruzadas
Ambas manos encima del pecho
Y tornados los húmedos ojos
Hacia el cálido horror del Infierno;
Y a Eleonora, la pálida novia,
Que, ahuyentando la sombra del cuervo,
Cicatriza mis rojas heridas
Con el frío mortal de sus besos.
Mas un día ¡oh, Rembrandt!, no ha trazado
Tu pincel otro cuadro más negro
Agrupados en ronda dantesca
De la fiebre los rojos espectros,
Al rumo de canciones malditas
Arrojaron mi lánguido cuerpo
En el fondo de fétido foso
Donde ariados croajaban los cuervos.
Como eleva la púdica virgen
Al dejar los umbrales del templo,
La mantilla de negros encajes
Que cubría su rostro risueño,
Así entonces el astro nocturno,
Los celajes opacos rompiendo,
Ostentaba su disco de plata
En el negro azulado de cielo.
Y, al fulgor que esparcía en el aire,
Yo sentí deshacerse mis miembros,
Entre chorros de sangre violácea,
sobre capas humeantes de cieno,
En viscoso licor amarillo
Que goteaban mis lívidos huesos.
Alrededor de mis fríos depojos,
En el aire, zumbaban insectos
Que, ensanchados los húmedos vientres
Por la sangre absorbida de mi cuerpo,
Ya ascendían en rápido impulso
Ya embriagados caían al suelo.
De mi cráneo, que un globo formaba
Erizado de rojos cabellos,
Descendían al rostro deforme,
Saboreando el licor purulento,
Largas sierpes de piel solferina
Que llegaban al borde del pecho
Donde un cuervo de pico acerado
Implacable roíame el sexo.
Junto al foso, espectrales mendigos
Sumergidos los pies en el cieno
Y rasgadas las ropas mugrientas,
Contemplaban el largo tormento
Mientras grupos de impuras mujeres,
En unión de aterrados mancebos,
Retorcían los cuerpos lascivos
Exhalando alaridos siniestros.
Muchos días, llenando mi alma
De pavor y de frío y de miedo,
He mirado este fúnebre cuadro
Resurgir a mis ojos abiertos,
Y al pensar que no pude en la vida
Realizar mis felices anhelos,
Con los ojos preñados de lágrimas
Y el horror de la muerte en el pecho,
Ante el Dios de mi infancia pregunto:
«Del enjambre incesante de ensueños
Que persiguen mi alma sombría
De la noche en el frío silencio,
¿Será sólo el ensueño pasado
el que logre palpar mi deseo
En la triste jornada terrestre?
¿Será el único ¡oh Dios! verdadero?»
Julián del Casal
Las Horas
De ovejas que caminan por el cielo
Entre el fragor horrísono del trueno,
Y bajo un cielo de color de estaño.
Cruzan sombrías en tropel huraño,
De la insondable Eternidad al seno,
Sin que me traigan ningún bien terreno,
Ni siquiera el temor de un mal extraño.
Yo las siento pasar sin dejar huellas,
Cual pasan por el cielo las estrellas,
Y aunque siempre la última acobarda,
De no verla llegar ya desconfío,
Y más me tarda cuanto más la ansío
Y más la ansío cuanto más me tarda.
Jaime Torres Bodet
Fuga
¡Huyes, pero es de ti!
J. R. Jiménez
Huías... pero era en mí
y de ti quien huías.
¿Cómo? ¿Adónde? ¿Para qué?
Por todo lo que es vial,
ascensor, tragaluz, puerto
para fugarse del hombre
en el hombre: por la voz,
por el pulso, por el sueño,
por los vértigos del cuerpo...
Por todo lo que la vida
ha puesto de catarata
en el alma y en el alba
huías... Pero era en mí.
Jaime Torres Bodet
Sangre
Me había pintado, en las rosas,
de rojo los dedos.
José Antonio Ramos Sucre
El Caballero Del Lucero
He recorrido el territorio de Elsinor para allegar
noticias acerca de Ofelia. Se atreve a comparecer, durante el
plenilunio, en el sitio donde perdió la vida. Allí mismo
se cultivan, por mi consejo, las flores de su cabellera y las
vírgenes lugareñas se abstienen de profanarlas.
Yo intentaba atravesar un puente de fresno cuando
una anciana me detuvo para invitarme a seguir la jornada con mis pies.
Yo faltaba a la modestia con explorar a caballo el reino hundido en la
pesadumbre.
El acento metálico y frío de una
trompeta me llenó de espanto. Un alférez la soplaba desde
la azotea visitada por el espectro.
La anciana se retrajo de tomar en cuenta el sonido
lúgubre. De otro modo, me dijo, quedaba yo cautivo en el
circuito de la melancolía.
Desprendió la rama de un sauce para componer
una imitación de la corona silvestre de la heroína.
Sus avisos me alejaron para siempre del
ámbito de la desgracia en donde circulaba el pensamiento
desesperado de Hamlet. Mi caballo debía sacarme por sí
mismo y sin el gobierno de mi mano a un lugar saludable y yo me
abandoné a su trote incierto. Sobresaltó con su relincho,
el día siguiente, los cisnes y las cigüeñas de
Copenhague.
José Antonio Ramos Sucre
La Taberna
Los libertinos disparaban en una risa abundante al
lanzar con el pie, en distintos sentidos, la gorra de la fondista. Su
embriaguez, efecto de un brebaje mortal, se confundía con la
enajenación. La llama de los reverberos imitaba el tinte del
ajenjo.
Un duende rojo volaba sobre las copas vacías
y derribadas.
El más viejo de los libertinos se
había tornado flemático y adiposo. Los compañeros
intentaban irritarlo con sobrenombres amenos. Pero nada lograban con el
veterano de la licencia y de la bacanal. Había arrojado de
sí mismo la caperuza de campanillas del bufón.
Alguien despidió una mecha encendida sobre el
fauno soñoliento y sobresaltó su torpeza y la
convirtió en aflicción y en miedo. Los calaveras le
formaron una rueda festiva y probaron a refrescarlo con aspersiones de
agua. Presenciaron, atónitos, la ignición del ebrio, caso
maravillado y hasta desmentido por la ciencia.
José Antonio Ramos Sucre
Azucena
El solitario divierte la mirada por el cielo en una
tregua de su desesperanza. Agradece los efluvios de un planeta
inspirándose en unas líneas de la Divina Comedia.
Reconoce, desde la azotea, los presagios de una mañana
lánguida.
El miedo ha derruido la grandeza y trabado las
puertas y ventanas de su vivienda lúcida. Un jinete de
máscara inmóvil retorna fielmente de un viaje irreal, en
medio de la oscuridad, sobre un caballo de mole espesa, y descansa en
un vergel inviolable, asiento del hastío. Las flores, de un azul
siniestro y semejantes a los flabelos de una liturgia remota, ofuscan
el aire, infiltran el delirio.
El solitario oye la fábrica de su
ataúd en un secreto de la tierra, dominio del mal. La muerte
asume el semblante de Beatriz en un sueño caótico de su
trovador.
Una doncella aparece entre las nubes tenues, armada
del venablo invicto, y cautiva la vista del solitario. Llega en el
nacimiento del día de las albricias, después del viernes
agónico, anunciada por un alce blanco, alumno de la primavera
celeste.
José Antonio Ramos Sucre
Los Gafos
La noche disimulaba el litoral bajo, inundado. Unas
aves lo recorrían a pie y lo animaban con sus gritos. Igualaban
la sucedumbre de las arpías.
Yo me había perdido entre las cabañas
diseminadas de modo irregular. Me seguía una escolta de perros
siniestros, inhábiles para el ladrido. Una conseja los
señalaba por descendientes de una raza de hienas.
Yo no quería llamar a la puerta de uno de los
vecinos. Se habían enfermado de ingerir los frutos corrompidos
del mar y de la tierra y mostraban una corteza indolora en vez de
epidermis. La alteraban con dibujos penetrantes, de inspiración
augural. El vestido semejaba una funda y lo sujetaban por medio de
vendas y de cintas, reproduciendo, sin darse cuenta, el aderezo de las
momias.
Las líneas de una serranía se
pronunciaban en la espesura del aire. Daban cabida, antes, a la
aparición de una luna perspicaz. Un espasmo, el de la cabeza de
un degollado, animaba los elementos de su fisonomía.
El satélite se había alejado de
alumbrar el asiento de los pescadores, trasunto de un hospital. Yo me
dirigí donde asomaba en otro tiempo y lo esperé sin
resultado. Me detuve delante de un precipicio.
Los enfermos se juzgaron más infelices en el
seno de la oscuridad y se abandonaron hasta morir.
José Antonio Ramos Sucre
Nocturno
Quise hospedarme solo en la casa de portada
plateresca.
Me esforcé mucho tiempo restableciendo el uso
de los cerrojos. Mis pasos herían el suelo sonoro y
descomponían la vieja alfombra de polvo.
Sujetos de formas vanas apagaban los fanales al
empezar la noche, rodeándome de tinieblas agónicas, y el
edificio de dos pisos desaparecía en la semejanza de una
cabellera desatada por el huracán.
Yo esperaba ansiosamente un prodigio.
He visto una mujer de fisonomía noble, de
rasgos esculpidos por la memoria de un pesar. Ocupaba una rotura
súbita de la sombra y acercaba el rostro a la cabecera de un
féretro.
La fractura de una fiola de cristal despedía
un sonido armonioso y la fantasmagoría zozobraba en la oscuridad
impenetrable.
José Antonio Ramos Sucre
El Ciego
El teólogo se había tornado macilento
y febril. Meditaba sin tregua una idea mortal y recorría, en
solicitud de alivio, los infolios cargados sobre los facistoles o
derramados sobre el pavimento.
Los autores de aquellos volúmenes
habían envejecido en el retiro escuchando los avisos de una
conciencia tímida. Salían de sus celdas para despertar,
con sus argumentos, el asombro de las universidades.
El teólogo demandaba el socorro de un
crucifijo sangriento, después de registrar con la mirada las
imágenes de unos diablos de tres cabezas y armados de tridentes,
en memoria y representación de los pecados capitales. Un
escultor de la edad media había usado tales figuras al componer
la filigrana de una abadía.
Yo me insinué en la amistad del penitente y
lo insté a confiarme la razón de su inquietud.
Pretendió retraerme de la pregunta usando alternativamente de
efugios y amenazas. Se paseaba en ese momento bajo el estímulo
de una alucinación apremiante.
Yo vine a quedar de rodillas al dirigirle el ruego
más apasionado.
Él impuso la mano sobre mi frente y
consintió en asociarme a su visión terrible
La vista de los suplicios infernales se fijó
profundamente en mis sentidos y me siguió de día y de
noche, hundiéndome en la desesperación.
Encontré mi salud cegando voluntariamente. He
abolido mis ojos y estoy libre y consolado.
José Antonio Ramos Sucre
La Plaga
Mi compañero, inspirado de una curiosidad
equívoca y de una simpatía vehemente por los seres
abatidos y réprobos, andaba de brazo con una joven extraviada.
Intenté disuadirlo de semejante
compañía, alegando el porte censurable de la mujer,
afectada por la memoria de un hermano vesánico, autor de su
propia muerte.
Nos separamos una noche memorable. Las fortunas se
hacían y deshacían en el garito de mayor estruendo. Los
reverberos derramaban una luz clorótica y aguzaban la
fisonomía de los tahúres. La angustia electrizaba el aire
del recinto y reprimía el aplauso y la risa de las mujeres
livianas.
Una muchedumbre de insectos alados, cayó, el
día siguiente, sobre la ciudad y difundió una peste
contagiosa. Sus larvas se domiciliaban en los cabellos de los hombres y
desde allí penetraban a devorar el encéfalo, socorridas
de un mecanismo agudo. Arrojaban de sí mismas un estuche fibroso
para defenderse de alguna loción medicinal. Herían, de
modo irreparable, los resortes del pensamiento y de la voluntad. Los
infectados corrían por las calles dando alaridos.
Mi compañero se resistió a mi consejo
de huir y vino a perecer, sin noticia de nadie, en su vivienda del
suburbio.
Los naturales del reino se abstenían de pisar
el contorno de la ciudad precita. Los agentes del orden, asentados en
lugares oportunos, impedían la visita de los rateros y
circunscribían la zona del mal.
Yo arrostré la prohibición y
conseguí descubrir la suerte de mi amigo.
Abrí, después de algún
forcejeo, la puerta de su casa y lo vi tendido en el suelo, mostrando
haberse revolcado.
Unas arañas, de ojos fosforescentes y de
patas blandas y trémulas, saltaban ágilmente sobre su
cadáver. La nueva ralea había despoblado la ciudad,
corriendo en pos de los supervivientes.
José Antonio Ramos Sucre
El Fugitivo
Huía ansiosamente, con pies doloridos, por el descampado. La
nevisca mojaba el suelo negro.
Esperaba salvarme en el bosque de los abedules, incurvados por la
borrasca.
Pude esconderme en el antro causado por el desarraigo de un
árbol. Compuse las raíces manifiestas para defenderme del
oso pardo, y despedí los murciélagos a gritos y palmadas.
Estaba atolondrado por el golpe recibido en la cabeza. Padecía
alucinaciones y pesadillas en el escondite. Entendí escaparlas
corriendo más lejos.
Atravesé el lodazal cubierto de juncos largos, amplectivos, y
salí a un segundo desierto. Me abstenía de encender
fogata por miedo de ser alcanzado.
Me acostaba a la intemperie, entumecido por el frío.
Entreveía los mandaderos de mis verdugos metódicos. Me
seguían a caballo, socorridos de perros negros, de ojos de fuego
y ladrido feroz. Los jinetes ostentaban, de penacho, el hopo de una
ardita.
Divisé, al pisar la frontera, la lumbre del asilo, y
corrí a agazaparme a los pies de mi dios.
Su imagen sedente escucha con los ojos bajos y sonríe con
dulzura.
Juan Ramón Jiménez
Trascielo Del Cielo Azul
¡Negro!
¡Negro de día en agosto!
¡Qué miedo!
¡Qué espanto en la siesta ardiente!
¡Negro!
¡Negro en las rosas y el río!
¡Qué miedo!
¡Negro con sol en mi tierra
(¡negro!)
sobre las paredes blancas!
¡Qué miedo!
Jorge Riechmann
19
me llega la noticia:
Berlín
ha desaparecido.
¿Quién da un paso hacia el centro del invierno?
La angustia dúctil se me enrosca en el vientre.
Hoy tengo ancianos los ojos cuando todo
todo está aún por hacer.