Poemas en este tema

Libertad

José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Sagitario

EL SAGITARIO


Subí la escalera de mármol negro en
solicitud de mi flecha, disparada sin tino. La hallé clavada en
la puerta de cedro, embellecida de dibujos simétricos.

Yo acostumbraba disparar el arco de plata semejante
al de Apolo, con el fin de interrogar a la fortuna. Yo estaba a punto
de salir en un bajel de vela cuadrada y no fiaba sino en los de vela
triangular. Había crecido satisfaciendo mis veleidades y
caprichos.

Una mujer salió a espaldas de mí, se
adelantó resueltamente a desprender la flecha trémula y
me la alargó sin decir una palabra. Su presencia había
impedido el acierto de mi disparo. Yo reconocí una de las
enemigas de Orfeo.

Quedé prendado de aquella mujer imperiosa,
ataviada con la piel de una pantera. Creí haberla visto a la
cabeza de una procesión ensañada con las ofrendas
tributadas al mausoleo del amante de Eurídice. Su gesto de
cólera desentonaba en la noche colmada.

Defendí una vez más las cenizas del
maestro y espanté la turba de las mujeres encarnizadas,
simulando, desde una arboleda, rugidos salvajes. Yo esperaba sufrir de
un momento a otro el desquite de aquella estratagema.

La mujer subió conmigo dentro de la nave y
llamó despóticamente a su servicio las fieras del mar,
ocultas en los arrecifes. Los marinos se entendieron con la mirada y
escogieron un rumbo nuevo. El sol trazó varias veces el arco de
su carrera sobre el circuito de las aguas. Un ave desconocida volaba
delante de nosotros.

Yo fui abandonado a mis propios recursos en un
litoral cenagoso, desde donde se veía, a breve distancia, un
monumento consagrado a las furias.

Yo descubrí el nombre del sitio recordando
una lamentación de Orestes.


540
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Hesperia

HESPERIA

El sacerdote refiere los acontecimientos
prehistóricos. Describe un continente regido por monarcas
iniciados, de ínfulas venerables y tiaras suntuosas, y
cómo provocaron el cataclismo en donde se perdieron, alzados
contra los númenes invulnerables.

El sacerdote se confesó heredero de la
sabiduría aciaga, recogida y atesorada por él mismo y los
de su casta.

Infería golpes al rostro de las panteras
frenéticas. Afrontaba la autoridad de los leones y
percudía su corona. Captaba, desde su observatorio, las
centellas del cielo por medio de un mecanismo de hierro.

Se ocupó de facilitar mi viaje de retorno. Su
galera de veinte remos por banda surcaba, al son de un pífano,
el golfo de las verdes olas.

Volví al seno de los míos, a celebrar
con ellos la ceremonia de una separación perdurable.

La belleza de la mañana aguzaba el
sentimiento de la partida.

Debía seguir el consejo del sacerdote
interesado en mi felicidad, fijándome, para siempre, en la
península de la primavera asidua.


489
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Ciego

EL CIEGO


El teólogo se había tornado macilento
y febril. Meditaba sin tregua una idea mortal y recorría, en
solicitud de alivio, los infolios cargados sobre los facistoles o
derramados sobre el pavimento.

Los autores de aquellos volúmenes
habían envejecido en el retiro escuchando los avisos de una
conciencia tímida. Salían de sus celdas para despertar,
con sus argumentos, el asombro de las universidades.

El teólogo demandaba el socorro de un
crucifijo sangriento, después de registrar con la mirada las
imágenes de unos diablos de tres cabezas y armados de tridentes,
en memoria y representación de los pecados capitales. Un
escultor de la edad media había usado tales figuras al componer
la filigrana de una abadía.

Yo me insinué en la amistad del penitente y
lo insté a confiarme la razón de su inquietud.
Pretendió retraerme de la pregunta usando alternativamente de
efugios y amenazas. Se paseaba en ese momento bajo el estímulo
de una alucinación apremiante.

Yo vine a quedar de rodillas al dirigirle el ruego
más apasionado.

Él impuso la mano sobre mi frente y
consintió en asociarme a su visión terrible

La vista de los suplicios infernales se fijó
profundamente en mis sentidos y me siguió de día y de
noche, hundiéndome en la desesperación.

Encontré mi salud cegando voluntariamente. He
abolido mis ojos y estoy libre y consolado.


674
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Las Ruinas

LAS RUINAS


Sentía bajo mis pies la molicie del musgo de color de herrumbre,
aficionado a la humedad. Proliferaba sobre el tejado y en la rotura de
las paredes y de las ménsulas.

Sobre la maciza escalinata había corrido un
tropel de caballos alados y de zueco de hierro, a la voz de un
héroe imberbe, lisonjeado por la victoria. Hería con una
maza ligera y usual como un cetro, de cabeza redonda y armada de puntas
metálicas.

Yo visitaba, después de un decenio, el
palacio de techo hundido. La lluvia, descolgada perpetuamente a
raudales, había desnudado, de su delgado tapiz de tierra, la
roca de granito situada a los pies y delante del edificio. Su acceso
había llegado a ser una cuesta difícil.

Yo me incliné delante de la imagen de un
santo, aposentada en su vetusta hornacina, orlada de parietarias, y
bajé a perderme en una senda de robles. Desde sus ramas bajaban
hasta el suelo de arena los sarmientos péndulos de una flora
adventicia.

Yo seguí por ese camino, solo y sin deponer
la espada, y vine a sentarme, ansioso de meditar y de leer, en un poyo
de piedra, ceñido al pie de un árbol imprevisto.

Sus hojas amarillas y de un revés
grisáceo viraban al unísono del mar indolente y una de
ellas, volando al azar, rozó mi cabeza y vino a llenar de
fragancia las páginas de mi libro de Amadís.


439
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Lección Bíblica

LECCIÓN BÍBLICA


Podría fingirse el aspecto de Moisés
con sólo recordar los días de la historia en que
prevalece su autoridad y subyuga su elocuencia. Varón de digno
porte y entera energía debió de ser en medio de su pueblo
ingrato. La majestad de su misión no mermaba con la pobreza de
su traje sencillo, el que visten de ordinario los hijos peregrinos del
desierto, el grueso vestido talar ceñido con una correa a la
cintura. Ni lo santo de su empresa padecía con la oscuridad de
su vida azarosa. Antes bien, los altibajos de su carrera
conducían a probar el favor divino que resguardaba su persona y
que legitimaba su lenguaje de entonación imperativa y audaz.

A toda hora deduce fuerza de la voz soberana que
domina el aparato alucinante de las zarzas y montañas
incendiadas. De ella escucha el precepto legal saludable que conviene a
cualquier tiempo y lugar, y recoge asombrado la historia primitiva del
universo. De igual origen viene la inspiración que lo posee y
levanta con vuelo inaudito. Así pudo elevarse a la dignidad de
interlocutores y de temas extraordinarios. Ni se concibe que de otro
modo hubiera serenado a su pueblo numeroso y turbulento cual la
abrasada arena de su senda. Ni reducido al propio ingenio pudo inventar
la serie desconcertante de prodigios, volcando sobre el reino del
soberbio la repleta cornucopia de los males.

El legislador de faz radiosa en cuya frente erige
Miguel Ángel los cuernos augustos de la fuerza. Logra disponer
en torno de la divinidad única un sistema de verdades
presentidas, consuela el clamor de aspiraciones difusas, y no olvida el
deber de la actividad despierta. No surge de su altar aquella
sugestión pesimista que petrifica los pueblos más viejos
del mismo continente, y que ha sido par el esclavo indocto el
más atroz fermento de su humor absurdo. Desnuda la torpeza de
las civilizaciones réprobas y el deshonor de los esclavos
mustios, y expande el ígneo espíritu civil que fragua las
sociedades libres. Surte de raudales eternos la moral de los hombres, y
arrulla el sueño de sus caravanas con las harpas de una
angélica aleluya.


418
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

La Tribulación Del Novicio

LA TRIBULACIÓN DEL NOVICIO


Bebedizos malignos, filtros mágicos,
ardientes misturas de cantárida no hubieran enardecido mi sangre
ni espoleado mi natural lujuria de igual modo que ésta mi
castidad incompatible con mi juventud. Vivo sintiendo el contactos de
carnes redondas y desnudas; manos ligeras y sedosas se posan sobre mis
cabellos, y brazos lánguidos y voluptuosos descansan sobre mis
hombros. A cada paso siento sobre mi frente los pequeños
estallidos de los besos. Una mujer con palabras acariciantes se inclina
hasta tocar con la suya mi mejilla. Su voz insinúa dentro de
mí el deseo como una sierpe de fuego. Todo mi ser está
embargado de fiebre y lo inquieta un loco deseo de transmitirse
encendiendo nuevas vidas. Barbas selváticas, cuernos torcidos,
cascos, todos los arreos del sátiro podrían ser
míos. Demasiado tarde he venido al mundo; mi puesto se halla en
el escondrijo sombrío de un bosque, desde el cual satisficiera
mi arrebato espiando la belleza femenina, antes de hacerla gemir de
dolor y de gozo.

Por desgracia otra es mi situación y muy duro
mi destino; me viste un grueso sayal más triste que un sudario;
vivo en una celda y no en medio de árboles frondosos en un campo
libre. Suspiro por un raudal modesto bajo la sombra de ramajes
enlazados y cuya superficie temblorosa señalara el vuelo de las
auras. Diera la vida por ver en la atmósfera matinal y serena un
instantáneo vuelo de palomas, como una guirnalda deshecha. Y en
una diáfana mañana, cuando recobran juventud hasta las
ruinas, desechar la última sombra del sueño, turbando con
mi cuerpo el éxtasis del agua, enamorada de los cielos. Huida la
noche, volviera yo a la vida, cuando el concierto de los pájaros
comienza a llenar el vasto silencio, despertara con más lujo que
un déspota oriental, segador de hombres. Bajo la luz paternal
del sol sintiera el júbilo de la tierra y contemplara el mar,
después de haber jadeado escalando un monte. Sufro por mi estado
religioso mayor esclavitud que un presidiario; con mortificaciones y
encierros pago un delito de esta rebosante juventud; aislado, herido
por desolación profunda, resguardo mis sentidos, y niego
satisfacción a mis deseos y hospitalidad a la alegría. El
mar palpitante, el viento incansable, el pensamiento volador exasperan
el enojo de mi cautiverio, recrudecen la tiranía de mi
condición, agravan los grillos que me aherrojan. Debo recatarme
de participar en la alegría de la tierra amorosa y robusta;
vestir perpetuo traje de oscuridad, cuando a todas partes la luz, rauda
viajera, lleva su aleluya; reemplazar con rigurosa seriedad la grave
sonrisa que conviene al espectador de la tragicomedia del mundo.
Sabiendo que el organismo cede con la satisfacción, he de
resistirle aunque reproduzca sus deseos con más furia que la
hidra sus cabezas, y merezca por insistente y por traidor su
personificación en Satán torvo y enrojecido.

No se calma este ardor con claustro inaccesible ni
con desierto desolado. Con esa abstinencia, la locura me haría
compañero de santos desequilibrados y extáticos. Ni la
penumbra de los templos abrigados me auxilia, porque es tibia como un
regazo y favorable al amor como un escondite. La oración tampoco
es defensa porque su lenguaje es el mismo que para cautivarse emplean
los hijos y las hijas de los hombres. Ni es para alejar del siglo la
belleza que resplandece en las efigies: algunas me recuerdan las
mujeres que hubiera podido amar, tienen los mismos ojos hermosos y
tranquilos, la misma cabellera destrenzada sobre las espaldas y los
hombros, y sobre los pies menudos y curiosos debajo del vestido
descansa la estatua soberbia del cuerpo. No es bastante el único
refugio que alcanzo a los pies del hijo de Dios extenuado y sangriento.
Más me apacigua comunicándome su dolor la madre Virgen a
los pies del grueso madero. Llora, mientras vencida bajo su
calcañar, según la lección bíblica, se
tuerce la serpiente perezosa y elástica. Pierden su brutalidad
los groseros anhelos, si atiendo a esos ojos lacrimantes, azules de un
azul doliente, como el cielo de un país de exilio...
Sería distinto, si fueran sus ojos negros, como aquellos otros
de brasa infernal, que me han envenenado con su lumbre.


430
Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez

Voces De Mi Copla - V - Vivo Y Muerto

Tierra, tierra, tierra, tierra.
Y ahora yo, yo, yo, yo.
¡Cielo puro, día libre,
sostenedme en mi ilusión!
781
Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez

El Ser Uno

Que nada me invada de fuera,
que sólo me escuche yo dentro.
Yo dios
de mi pecho.

(Yo todo: poniente y aurora;
amor, amistad, vida y sueño.
Yo solo
universo).

Pasad, no penséis en mi vida,
dejadme sumido y esbelto.
Yo uno
en mi centro.
537
Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez

Con Las Rosas

No, esta dulce tarde
no puedo quedarme;
esta tarde libre
tengo que irme al aire.

Al aire que ríe
abriendo los árboles,
amores a miles,
profundo, ondeante.

Me esperan las rosas
bañando su carne.
¡No me claves fines;
no quiero quedarme!
554
Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez

Cancioncillas Ideales - Nostaljia Grande

Hojita verde con sol,
tú sintetizas mi afán;
afán de gozarlo todo,
de hacerme en todo inmortal.
564
Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez

Alegría Nocturna

¡Allá va el olor
de la rosa!
¡Cójelo en tu sinrazón!

¡Allá va la luz
de la luna!
¡Cójela en tu plenitud!

¡Allá va el cantar
del arroyo!
¡Cójelo en tu libertad!
556
Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez

Entresueño

Que yo estoy en la tierra,
que yo soy calle oscura y mala,
jaula fría y mohosa,
campo cerrado siempre
¿quién lo podrá negar?

Que tú estás por el cielo,
que tú eres nube de colores,
pájaro errante y libre,
brisa de última hora,
¿quién lo podrá negar?
567
Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez

El Día Menos

¡Ya se arreglarán los sueños,
mañana se arreglarán!
¡Hoy, a soltar y a gozar!

Hoy para encontrar el amigo,
para olearse en los dos ríos,
para hablar con duras mujeres;
hoy para irisarse de césped,
para ventear a caballo,
para silbear en el árbol,
para acerarse en las montañas,
para huir por las luces anchas
perdido entre glorias ruidosas...
Hoy para la gran tensión fresca
de un vivir sin casa ni venda.

¡Ya se ordenarán los sueños,
mañana se ordenarán!
¡Hoy, a romper y a cantar!
551
Jorge Riechmann

Jorge Riechmann

4

Al individuo con sus correas ásperas
con su boca tapiada
con su triste inmunidad
aléjalo de mí.

Hemos nacido para soles más limpios.

Y no dejes de escribir
tu fiebre por las paredes.
418
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

Oda Xl De Mi Vida En La Aldea

Cuando a mi pobre aldea
feliz escapar puedo,
las penas y el bullicio
de la ciudad huyendo,

alegre me parece
que soy un hombre nuevo,
y entonces sólo vivo,
y entonces sólo pienso.

Las horas que insufribles
allí me vuelve el tedio,
aquí sobre mí vagan
con perezoso vuelo.

Las noches que allá ocupan
la ociosidad y el juego,
acá los dulces libros
y el descuidado sueño.

Despierto con el alba,
trocando el muelle lecho
por su vital ambiente,
que me dilata el seno.

Me agrada de arreboles
tocado ver el cielo
cuando a ostentar empieza
su clara lumbre Febo.

Me agrada, cuando brillan
sobre el cénit sus fuegos,
perderme entre las sombras
del bosque más espeso;

si lánguido se esconde,
sus últimos reflejos
ir del monte en la cima
solícito siguiendo;

o si la noche tiende
su manto de luceros,
medir sus direcciones
con ojos más atentos,

volviéndome a mis libros,
do atónito contemplo
la ley que portentosa
gobierna el universo.

Desde ellos y la cumbre
de tantos pensamientos
desciendo de mis gentes
al rústico comercio;

y con ellas tomando
en sus chanzas empeños
la parte que me dejan,
gozoso devaneo.

El uno de las mieses,
el otro del viñedo
me informan, y me añaden
las fábulas del pueblo.

Pondero sus consejas,
recojo sus proverbios,
sus dudas y disputas
cual árbitro sentencio.

Mis votos se celebran,
todos hablan a un tiempo,
la igualdad inocente
ríe en todos los pechos.

Llega luego el criado
con el cántaro lleno,
y la alegre muchacha
con castañas y queso,

y todo lo coronan
en fraternal contento
las tazas que se cruzan
del vino más añejo.

Así mis faustos días,
de paz y dicha llenos,
al gusto que los mide
semejan un momento.
698
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

El Céfiro

¡Cuál vaga en la floresta
el céfiro süave!
¡Cuál con lascivo vuelo
sus frescas alas bate,

sus alas delicadas,
que forman al mirarse
del sol en los reflejos
mil visos y cambiantes!

¡Cuán licencioso corre
de flor en flor, y afable
con soplo delicioso
las mece y se complace!

Ahora a un lirio llega,
ahora el jazmín lame,
la madreselva agita
y a los tomillos parte,

do entre mil amorcitos
vuela y revuela fácil
y los besa y escapa
con alegre donaire.

La tierna hierbezuela
se estremece delante
de sus soplos sutiles
y en ondas mil se abate.

Él las mira y se ríe,
y el susurro que hacen
le embelesa, y atento
se suspende a gozarle.

Luego rápido vuelve,
y alegre por los valles
no hay planta que no toque,
ni tallo que no halague.

Verasle ya en la cima
del olmo entre las aves
seguir con dulce silbo
sus trinos y cantares,

y en un punto en el suelo
acá y allá tornarse
con giro bullicioso,
festivo y anhelante.

Verasle entre las rosas
metido salpicarse
las plumas del rocío
que inquieto les esparce.

Verasle de sus hojas
lascivo abrir el cáliz
y empaparse las alas
de su aroma fragante.

Batiendo del arroyo
con ellas los cristales
verasle formar ledo
mil ondas y celajes.

Parece cuando vuela
sobre ellos que cobarde,
las puntas ya mojadas,
no acierta a retirarse.

¿Pues qué, si al prado siente
que las zagalas salen?
Verás a las más bellas
mil vueltas y mil darle.

Ora entre sus cabellos
se enreda y se retrae,
el seno les refresca
y ondéales el talle.

Sube alegre a los ojos,
y en sus rayos brillantes
se mira y da mil vueltas
sin que la luz le abrase.

Por sus labios se mete
y al punto raudo sale;
baja al pie y se lo besa,
y anda a un tiempo en mil partes.

Así el céfiro alegre,
sin nada cautivarle,
de todo lo más bello
felice gozar sabe.

Sus alas vagarosas
con giros agradables
no hay flor que no sacudan,
ni rosa que no abracen.

¡Ay Lisi!, ejemplo toma
del céfiro inconstante;
no con Aminta sólo
tu fino amor malgastes.
827
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

Canción Famosísima De Metastasio Llamada Graziè À Gl'inganni Moi Traducida Por Batilo

Merced a tus traiciones
al fin respiro, Nice;
al fin de un infelice
el cielo hubo piedad.

Ya rotas las prisiones,
libre está la alma mía;
no sueño, no, este día
mi dulce libertad.

Cesó la antigua llama,
y tranquilo y exento
ni aun un despique siento
do se disfrace amor.

Mi rostro no se inflama
si oigo tal vez nombrarte;
el pecho no al mirarte
palpita de temor.

Duermo en paz y no creo
tu imagen ser presente,
ni al despertar la mente
se empieza en ti a gozar.

Lejos de ti me veo,
sin que de ti haga cuenta
cerca estoy sin que sienta

ni gusto ni pesar.

Si hablo en tus perfecciones,
no enternecerme siento;
si mis errores cuento,
ni aun indignarme sé.

Delante te me pones,
y ya no estoy turbado;
con mi rival al lado
hablar de ti podré.


Mírame en rostro fiero,
háblame en faz humana:
tu altanería es vana,
y es vano tu favor;

que en mí el mandar primero
perdió tu hablar divino;
tus ojos no el camino
saben del corazón.

Lo que me place o enfada,
si estoy alegre o triste,
no en ser tu don consiste,
ni culpa tuya es;

que ya sin ti me agrada
el prado y selva hojosa;
toda estancia enojosa
me cansa aunque allí estés.

Mira si soy sincero:
aún me pareces bella,
pero no, Nice, aquella
que parangón no ha;

y, no el ser verdadero
te ofenda, algún defecto
noto en tu lindo aspecto,
que tuve por beldad.

Al romper las cadenas,
dígolo sonrojado,
mi corazón llagado
romper se vio y morir;

mas por salir de penas
y de prisión librarse,
en fin, por rescatarse
¡qué no es dado sufrir!

El colorín trabado
tal vez en blanda liga,
la pluma en su fatiga
deja por escapar;

mas presto matizado
se ve de pluma nueva,
ni, cauto con tal prueba,
le tornan a engañar.

Sé que aún no crees extinto
aquel mi ardor primero
porque callar no quiero
y de él hablando estó;

sólo el natal instinto
me aguija a hacerlo, Nice,
con que cualquiera dice
los riesgos que sufrió.

Pasadas iras cuento
tras tanto ensayo fiero.
De la herida el guerrero
muestra así la señal;

así muestra contento
cautivo que de penas
escapó, las cadenas
que arrastró por su mal.

Hablo, mas sólo hablando
satisfacerme curo;
hablo, mas no procuro
que crédito me des.

Hablo, mas no demando
si aprietas mis razones;
si a hablar de mí te pones,
que tan tranquila estés.

¿Yo pierdo una inconstante?
tú un corazón sincero:
yo no sé cuál primero
se deba consolar.

Sé que un tan fiel amante
no le has de hallar, traidora;
mas otra embaucadora
bien fácil es de hallar.
495
José María Hinojosa

José María Hinojosa

Ya No Me Besas

Un viento inesperado hizo vibrar las puertas
y nuestros labios eran de cristal en la noche
empapados en sangre dejada por los besos
de las bocas perdidas en medio de los bosques.

El fuego calcinaba nuestros labios de piedra
y su ceniza roja cegaba nuestros ojos
llenos de indiferencia entre cuatro murallas
amasadas con cráneos y arena de los trópicos.

Aquella fue la última vez que nos encontramos,
llevabas la cabeza de pájaros florida
y de flores de almendro las sienes recubiertas
entre lenguas de fuego y voces doloridas.

El rumbo de los barcos era desconocido
y el de las caravanas que van por el desierto
dejando sólo un rastro sobre el agua y la arena
de mástiles heridos y de huesos sangrientos.

Aquella fue la última noche que nuestros labios
de cristal y de sangre unieron nuestro aliento
mientras la libertad desplegaba sus alas
de nuestra nuca herida por el último beso.
392
José María Hinojosa

José María Hinojosa

Pasión Sin Límites

Vuela mi corazón
unido con los pájaros
y deja entre los árboles
un invisible rastro
de alegría y de sangre.

Las gotas de rocío
se helaron en las manos
abiertas y floridas
de los enamorados
perdidos en la brisa.

Vuela mi corazón,
mi corazón atado
con cadenas de estrellas
a la sombra de un árbol
atado con cadenas
y con cantos de pájaros.
412
José María Hinojosa

José María Hinojosa

Así Es

Porque siempre esté la puerta abierta
y sólo esperen ver siluetas.

Porque la luz camine desnuda
y la vistan de sombras mudas.

Porque lleva la mar en su frente
y la resaca no le hiere.

Porque si en tierra hunde su cabeza
sacan luego una calavera.

Se permiten dudar
de la isla y del oasis.
478
José María Hinojosa

José María Hinojosa

Ambiente

El barco es más barco
en alta mar,
entre las olas
y el huracán.

Y el águila, en el aire
sabe mejor mirar,
embistiendo a las nubes
que le impiden volar.

Rompe los zancos
y comienza a andar,
sobre la tierra,
sobre la tierra de verdad.
494
José Martí

José Martí

A Enrique Estrázulas

Téngame amistad mayor
Por no escribirle, que ese
Silencio, aunque a Vd. le pese,
No es silencio, que es pudor.

Y hágole aquí la limosna
De callar: ve que no vengo
Con usura; pero tengo
Mucho que hacer para el «Vosna»

Como ando al vuelo, me excusa
Tanta rima en participio,
Y tanto relleno y ripio,—
¡Los postizos de la Musa!

¡Oh, mi amigo,—esos retoños
De pensamiento en tortura!
¡Ese afeitar la hermosura
Con guirindainas y moños!

Gusto de echar del ardiente
Cerebro lo que en él danza,
Como danza en él:—¡si lanza,
Pues lanza resplandeciente!——

A gusto sólo me hallo
Libre como el indio esbelto:
¡Desnudo como él; resuelto
Como él; desnudo, a caballo!

Pero yo le diré al menos
Cómo fue; fue que creí
Que, como Vd. es bueno, así
Todos los hombres son buenos.

Sabe Vd. que para mí
No hay agua, ni pan, ni sol,
Mientras mande el español
En la tierra en que nací.

Y no por aquel brutal
Odio, que en mi alma no cabe;
Sino porque España sabe
Vivir bien y mandar mal.

Muy puestecitos de un lado
Estaban, y en su buen rollo,
Los cien pesos de mi escollo
Cuando dejé el Consulado:

Muy amenas de mirar,
Muy seguros de vencer,
Muy contentos de irlo a ver,
Muy ganoso de viajar...

Esto que en gorja le charlo,
Lo voy en gorja diciendo;
¡pero se me van saliendo
las lágrimas al contarlo!

Hallé que a poner corría,
So capa de santa guerra,
La libertad de mi tierra
Bajo nueva tiranía.

Hallé —¡oh cállelo!—que aquellos
A quienes todo me di,
So capa de patria, ¡ay mí!
Solo pensaban en ellos;

Y gemí, por la salud
De mi pueblo, y trastorné
Mi vida,—¡mas les negué
El manto de mi virtud!

De mí, a nadie cuenta di:
A nadie en mi ansia llamé,—
¡Siempre la soberbia fue
Defecto muy grande en mí!

El plan que urdí con cuidado
Se me vino a tierra, y miento
En eso del llamamiento:—
¡A un amigo,—sí he llamado!

Púseme a tajo y destajo
A buscar trabajo,—y digo
Que amén de Vd., no hay amigo
Más constante que el trabajo.

¡Hallelo, hallelo, por fin!—
Jamás novio recibió
A su novia, como yo
A este trabajo ruin.—

Por él en paz desafío
A cuanto torpe quisiera
Que al mundo prostituyera
El limpio espíritu mío;

Por él me quedo otra vez
Libre del odioso influjo
De los pueblos donde el lujo
Se compra con la honradez.

Viva yo en modestia oscura ;
Muera en silencio y pobreza;
¡Que ya verán mi cabeza
Por sobre mi sepultura!

¿Que en cuál cárcel mis ideas
Pongo ahora en duro recinto?
¿Que dónde me aprieto el cinto
Para mayores peleas?

No ría, amigo, no ría:
¡Tiene el silencio batallas
Donde suenan más ferrallas
Que en la mayor ferrería!

Y así vivo, y no lo sé:—
Comido de un mal ardiente:
¡Siempre una visión enfrente!
¡Siempre el alemán al pie!

¿Se entra un amor por el alma
Dulce como luz nocturna,
Como el ámbar entra en la urna,
O entra en el cielo una palma?

¿Se alza en el pecho un impulso
Que echa el cuerpo de la silla,
Y enciende en sol la mejilla
Y pone a galope el pulso?

¿Manda una voz singular
Al alma que ame, y se extienda?
—«¡Agradeço a sua encommenda
Pelos ferros d’engommar!
»

¿Salta el acero en la mano
O en los labios la palabra,
O en el alma Jesús?—«¡Abra
Conta ao Snr. Campuzano


¿Qué, si no el grato recuerdo
De su alma noble, pudiera
Calmar un poco esta hoguera
Que me come el lado izquierdo?
1.047
José Martí

José Martí

Bosque De Rosas

Allí despacio te diré mis cuitas,
¡Allí en tu boca escribiré mis versos!—
¡Ven, que la soledad será tu escudo!
Ven, blanca oveja, (*)
Pero, si acaso lloras, en tus manos
Esconderé mi rostro, y con mis lágrimas
Borraré los extraños versos míos,
¿Sufrir tú, a quien yo amo, y ser yo el casco
Brutal, y tú, mi amada, el lirio roto?
No, mi tímida oveja, yo odio el lobo, (*)
Ven, que la soledad será tu escudo. (*)
¡Oh! la sangre del alma, ¿tú la has visto?
Tiene manos y voz, y al que la vierte
Eternamente entre la sombra acusa.
¡Hay crímenes ocultos, y hay cadáveres
De almas, y hay villanos matadores!
Al bosque ven: del roble más erguido
¡Un pilón labremos, y en el pilón
Cuantos engañen a mujer pongamos!

Ésa es la lidia humana: ¡la tremenda
Batalla de los cascos y los lirios!
Pues los hombres soberbios, ¿no son fieras?
¡Bestias y fieras! Mira, aquí te traigo
Mi bestia muerta y mi furor domado.—
Ven, a callar, a murmurar, al ruido
De las hojas de Abril y los nidales.
Deja, oh mi amada, las paredes mudas
De esta casa ahoyada y ven conmigo
No al mar que bate y ruge sino al bosque
De rosas que hay al fondo de la selva.
Allí es buena la vida, porque es libre,—
Y la virtud, por libre, será cierta,
Por libre, mi respeto meritorio.
Ni el amor, si no es libre, da ventura.
¡Oh, gentes ruines, los que en calma gozan
De robados amores! Si es ajeno
El cariño, el placer de respetarlo
Mayor mil veces es que el de su goce;
¡Del buen obrar qué orgullo al pecho queda
Y cómo en dulces lágrimas rebosa,
Y en extrañas palabras, que parecen
Aleteos, no voces! Y ¡qué culpa
La de fingir amor! ¡Pues hay tormento
Como aquél, sin amar, de hablar de amores!

¡Ven, que allí triste iré, pues yo me veo!
¡Ven, que la soledad será tu escudo!
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José Martí

José Martí

Fuera Del Mundo

Fuera del mundo que batalla y luce
Sin recordar a su infeliz cautivo,
A un trabajo servil sujeto vivo
Que a la muerte temprano me conduce.

Mas hay junto a mi mesa una ventana
Por donde entra la luz; y no daría
Este rincón de la ventana mía
¡Por la mayor esplendidez humana!—
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