Poemas en este tema

Fe, Espiritualidad y Religión

José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

La Cábala

LA CÁBALA


El caballero, de rostro famélico y de barba
salvaje, cruzaba el viejo puente suspendido por medio de cadenas.

Dejó caer un clavel, flor apasionada, en el
agua malsana del arroyo

Me sorprendí al verlo solo. Un jinete de
visera fiel le precedía antes, tremolando un jirón en el
vértice de su lanza.

Discutían a cada momento, sin embargo de la
amistad segura. El señor se había sumergido en la ciencia
de los rabinos desde su visita a la secular Toledo. Iluminaba su
aposento con el candelabro de los siete brazos, sustraído de la
sinagoga, y lo había recibido de su amante, una beldad
judía sentada sobre un tapiz de Esmirna.

El criado resuelve salvar al caballero de la
seducción permanente y lo persuade a recorrer un mar lejano, en
donde suenan los nombres de los almirantes de Italia y las
Cícladas, las islas refulgentes de Horacio, imitan el coro vocal
de las oceánidas.

Cervantes me refirió el suceso del caballero
devuelto a la salud. Se restableció al discernir en una
muchedumbre de paseantes la única doncella morena de Venecia.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Peregrino De La Fe

EL PEREGRINO DE LA FE


Yo gustaba de perderme en la isla pobre, ajena del
camino usual. Descansaba en los cementerios inundados de flores
silvestres, en el ámbito de las iglesias de madera.

Mi pensamiento se desvanecía a la vista del
cielo de ámbar y una serranía azul.

Yo rompía al azar la flora voluble de los
prados. El iris mágico de una columna de agua aturdía la
serie de mis caballos imprudentes.

El sol fortuito invertía las horas de la
vigilia y del sueño, presidiendo el fausto de una latitud
excéntrica.

Los ríos verdes ocupaban un cauce de cenizas.
Merecían el privilegio de llevar al océano el
ataúd de una virgen desconsolada.

Yo recliné la cabeza en una piedra,
compadeciendo la frente proscrita de Jesús, y dormí en
una colina sobria, en donde crecía una maleza perfumada, cerca
del blando tapiz del mar.

Yo disfruté, en el curso de la noche
plácida, las visiones reservadas a Parsifal y recibí,
antes del alba, el mandamiento de alejarme del silencio.

Un prócer de la corte celeste, favorecido con
el semblante y la sabiduría de un San Jerónimo, me
esperaba a breve distancia en el barco del pasaje y lo dirigió
con la voz.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Victoria

VICTORIA


Su veste blanca y de galones de plata sugería
la estola de los ángeles y las galas primitivas del lirio. Una
corona simple, el ramo de un olivo milenario, ocultaba sus sienes. Los
ojos diáfanos de esmeralda comunicaban el privilegio de la
gracia.

Los rasgos sutiles del semblante convenían
con los de una forma tácita, adivinada por mí mismo en el
valle del asombro, a la luz de una luna pluvial. Uno y otro fantasma,
el de la veste blanca y el de la voz tímida, se parecían
en el abandono de la voluntad, en la calma devota.

Yo recataba mi niñez en un jardín
soñoliento, violetas de la iglesia, jazmines de la Alhambra. Yo
vivía rodeado de visiones y unas vírgenes serenas me
restablecían del estupor de un mal infinito.

Mi fantasía volaba en una lontananza de la
historia, arrestos del Cid y votos de San Bruno. Yo alcancé una
vista épica, en un día supremo, al declinar mi frente
sobre la tierra húmeda del rocío matinal, reguero de
lágrimas del purgatorio. Yo vi el mismo fantasma, el de la voz
tímida y el de la veste de azucena, armado de una cruz de
cristal. Su nombre secreto era aclamado por los arcángeles
infatigables, de atavío de púrpura.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Cristiano

EL CRISTIANO


Yo lo veía diariamente sentado a la puerta de
su choza y con la cabeza entre las manos, hundido en una
reflexión intensa. Se mostraba en aquella actitud cerca de la
noche, cuando el cielo igual de la región se alteraba
ligeramente con delgados celajes de ámbar y violeta.

Él había perdido los años
más fértiles de la vida en el sufrimiento del presidio,
por efecto de una acusación injusta. Su honestidad se
había conservado intacta y lo había redimido al principio
de la vejez. Los superiores le habían permitido edificar su
vivienda en un descampado. Él se había insinuado en la
amistad de sus compañeros y había suavizado la ley de su
destino, esclareciéndoles las promesas del Evangelio.

Yo lo visitaba con frecuencia y lo seguía en
sus peregrinaciones hasta la orilla del océano de las ballenas y
de los témpanos. Había sustituido con un nombre fingido
el verdadero y se justificaba alegando su humildad y el
propósito de semejarse a la ola fundida en el mar.

Él me enseñó la caridad con los
animales. Antes de su muerte, me encontró digno de proteger sus
dos amigos más probados. Yo trasladé para mi casa, sobre
mis hombros, al ajuar de la suya y eché por delante un zorro
azul del polo y una liebre sedosa.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Ciego

EL CIEGO


El teólogo se había tornado macilento
y febril. Meditaba sin tregua una idea mortal y recorría, en
solicitud de alivio, los infolios cargados sobre los facistoles o
derramados sobre el pavimento.

Los autores de aquellos volúmenes
habían envejecido en el retiro escuchando los avisos de una
conciencia tímida. Salían de sus celdas para despertar,
con sus argumentos, el asombro de las universidades.

El teólogo demandaba el socorro de un
crucifijo sangriento, después de registrar con la mirada las
imágenes de unos diablos de tres cabezas y armados de tridentes,
en memoria y representación de los pecados capitales. Un
escultor de la edad media había usado tales figuras al componer
la filigrana de una abadía.

Yo me insinué en la amistad del penitente y
lo insté a confiarme la razón de su inquietud.
Pretendió retraerme de la pregunta usando alternativamente de
efugios y amenazas. Se paseaba en ese momento bajo el estímulo
de una alucinación apremiante.

Yo vine a quedar de rodillas al dirigirle el ruego
más apasionado.

Él impuso la mano sobre mi frente y
consintió en asociarme a su visión terrible

La vista de los suplicios infernales se fijó
profundamente en mis sentidos y me siguió de día y de
noche, hundiéndome en la desesperación.

Encontré mi salud cegando voluntariamente. He
abolido mis ojos y estoy libre y consolado.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

La Verdad

LA VERDAD


La golondrina conoce el calendario, divide el
año por el consejo de una sabiduría innata. Puede
prescindir del aviso de la luna variable.

Según la ciencia natural, la belleza de la
golondrina es el ordenamiento de su organismo para el vuelo, una
proporción entre el medio y el fin, entre el método y el
resultado, una idea socrática.

La golondrina salva continentes en un día de
viaje y ha conocido desde antaño la medida del orbe terrestre,
anticipándose a los dragones infalibles del mito.

Un astrónomo desvariado cavilaba en su isla
de pinos y roquedos, presente de un rey, sobre los anillos de Saturno y
otras maravillas del espacio y sobre el espíritu elemental del
fuego, el fósforo inquieto. Un prejuicio teológico le
había inspirado el pensamiento de situar en el ruedo del sol el
destierro de las almas condenadas.

Recuperó el sentimiento humano de la realidad
en medio de una primavera tibia. Las golondrinas habituadas a rodear
los monumentos de un reino difunto, erigidos conforme una
aritmética primordial, subieron hasta el clima riguroso y
dijeron al oído del sabio la solución del enigma del
universo, el secreto de la esfinge impúdica.


444
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

La Amada

LA AMADA


La hermosa vela y defiende mi vida desde un templo
orbicular, rotonda de siete columnas.

Su voz imperiosa desciende, por mi causa, a las
modulaciones del canto.

Salí confortado de su presencia, llevando,
por su mandamiento, una rama de cedro.

Descendí por una vereda montuosa hasta la
orilla del mar, donde se balanzaba mi esquife.

El cántico seguía sonando, ascendente
y magnífico.

Paralizaba el curso de la naturaleza. Me
alentó a salvar la zona de la borrasca.

El sol permaneció, horas enteras, asomado
sobre la raya del horizonte.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Castigo

EL CASTIGO


El visionario me enseñaba la
numeración valiéndose de un árbol de hojas
incalculables. Pasó a iniciarme en las figuras y
volúmenes señalándome el ejemplo del cristal y la
proporción guardada entre las piezas de una flor.
Descubría en el cuerpo más oscuro un átomo de la
luz insinuante.

El visionario desaparecía al caer la tarde en
un esquife de cabida superficial. Creaba la ilusión de zozobrar
en una lejanía ambigua, en medio de un tumulto de olas. Yo
miraba flotar las reliquias de su veste y de su corona de ciprés.

Volvía el día siguiente a escondidas
de mí, usando el mismo vestido solemne de un sacerdote hebreo,
conforme el ritual de Moisés.

Comentaba en ese momento el pasaje de un rollo de
pergamino, escrito sin vocales. La portada mostraba la imagen del
licaón, el lobo del África. Terminaba citando el nombre
de los profetas vengativos y soltaba a la faz de la mañana un
himno grandioso donde se agotaba el torrente de su voz.

Dejé de verlo cuando se puso al habla
temerariamente, a través del espacio libre, con un astro
magnético.

La rotonda, en donde se había acogido, vino
súbitamente al suelo, rodeada de llamas soberbias.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Geórgica

GEÓRGICA


Los dolientes, portando ramos de ciprés,
hollaban el camino de los sepulcros. Cantaban a una sola voz trenos
lentos, de ternura íntima, extinguidos en breve espacio.

Aquellos gemidos, propagados en la oquedad,
morían a la luz de un ocaso lívido. Todos vestían
de lienzo blanco en la procesión ocupada de contentar los manes.

Una mujer avanzaba en medio del concurso, juntado
para el aniversario de su hija, doncella muerta el pasado otoño;
y lo presidía con la dignidad de un sentimiento venerable. El
séquito constaba de paisanos, acudidos de los escondites de la
campiña, sensibles a la memoria de la virgen finada, y
dispuestos a sublimarla con los títulos de nueva deidad rural,
tutelar de sus faenas.

Siguieron hasta posar en un rellano, donde algunas
piedras, arrimadas a un árbol austero, defendían la fosa
y componían la mesa de un altar. Dejaron el canto por el
sacrificio de un animal negro, dedicado a los poderes tenebrosos,
conforme a un rito inmemorial; y dos mozos gentiles tributaron las
primicias de su numen, porfiando a sobresalir en las endechas.

Recordaron la hermosura de la joven, los prodigios
contemporáneos de su muerte y el acto de sepultarla bajo una
lluvia opaca. Todos callaron a la primera anunciación de la
luna, y de su esplendor escaso, dejaron encendida una antorcha
simbólica, y se dividieron y se alejaron consolados por la noche
apacible.


444
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Santoral

SANTORAL


El monje vive en la caverna, originada de
pretéritos asaltos del mar. El agua vehemente consiguió
practicar un portillo en la roca.

La costa retorcida, alba de tantas olas, es la orla
del manto de la noche cerrada.

La aspiración de las criaturas al infinito se
torna angustiosa bajo el peso de la sombra. Adivinan y sienten el cerco
de un cautiverio.

Seres informes se deslizan por el aire fluido. Son
agentes del mal, anteriores al nacimiento de la tierra, más
poderosos en el cambio de estación.

El monje está rodeado por las tentaciones del
miedo. Acude al oficio de la media noche, aprendido de una hermandad
sigilosa.

El socorro del cielo fuga las potencias enemigas de
la luz. Se manifiesta en el trueno hondo y espacioso, en el
relámpago entrecortado.

La faz del monje conserva para siempre el estupor de la noche del
prodigio.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

La Venganza Del Dios

LA VENGANZA DEL DIOS


El desafuero de los habitantes afeaba la fama de
aquella tierra amena, vestida de flores, rota por manantiales ariscos,
amada por la nube de gasa y el sol paternal. Tenía el nombre de
una piedra rara y al mar de tributario en perlas.

El Dios velaba el crimen de los hombres en el
inmerecido país, y quiso el nacimiento de un mensajero de salud
y concordia, lejos de ellos, en la más umbría selva. Nace
una noche del seno de una flor, a la luz de un relámpago que
pinta en su frente luminoso estigma. Crece al cuidado de las aves y de
los árboles y al apego de las fieras.

Aquellos hombres reciben la misión de virtud
con atrevimientos y excesos y pagan al enviado con trance de muerte
ignominiosa. El Dios los castiga engrandeciendo la riqueza de la tierra
que mancillan. La nutre de tesoros fatales que son desvelo de la
codicia, que dividen al pueblo en airados bandos de ricos y de pobres.
Los nuevos dones infestan de odios vengativos y pueblan con huesos
expiatorios.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Lección Bíblica

LECCIÓN BÍBLICA


Podría fingirse el aspecto de Moisés
con sólo recordar los días de la historia en que
prevalece su autoridad y subyuga su elocuencia. Varón de digno
porte y entera energía debió de ser en medio de su pueblo
ingrato. La majestad de su misión no mermaba con la pobreza de
su traje sencillo, el que visten de ordinario los hijos peregrinos del
desierto, el grueso vestido talar ceñido con una correa a la
cintura. Ni lo santo de su empresa padecía con la oscuridad de
su vida azarosa. Antes bien, los altibajos de su carrera
conducían a probar el favor divino que resguardaba su persona y
que legitimaba su lenguaje de entonación imperativa y audaz.

A toda hora deduce fuerza de la voz soberana que
domina el aparato alucinante de las zarzas y montañas
incendiadas. De ella escucha el precepto legal saludable que conviene a
cualquier tiempo y lugar, y recoge asombrado la historia primitiva del
universo. De igual origen viene la inspiración que lo posee y
levanta con vuelo inaudito. Así pudo elevarse a la dignidad de
interlocutores y de temas extraordinarios. Ni se concibe que de otro
modo hubiera serenado a su pueblo numeroso y turbulento cual la
abrasada arena de su senda. Ni reducido al propio ingenio pudo inventar
la serie desconcertante de prodigios, volcando sobre el reino del
soberbio la repleta cornucopia de los males.

El legislador de faz radiosa en cuya frente erige
Miguel Ángel los cuernos augustos de la fuerza. Logra disponer
en torno de la divinidad única un sistema de verdades
presentidas, consuela el clamor de aspiraciones difusas, y no olvida el
deber de la actividad despierta. No surge de su altar aquella
sugestión pesimista que petrifica los pueblos más viejos
del mismo continente, y que ha sido par el esclavo indocto el
más atroz fermento de su humor absurdo. Desnuda la torpeza de
las civilizaciones réprobas y el deshonor de los esclavos
mustios, y expande el ígneo espíritu civil que fragua las
sociedades libres. Surte de raudales eternos la moral de los hombres, y
arrulla el sueño de sus caravanas con las harpas de una
angélica aleluya.


418
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Fugitivo

EL FUGITIVO

Huía ansiosamente, con pies doloridos, por el descampado. La
nevisca mojaba el suelo negro.
Esperaba salvarme en el bosque de los abedules, incurvados por la
borrasca.
Pude esconderme en el antro causado por el desarraigo de un
árbol. Compuse las raíces manifiestas para defenderme del
oso pardo, y despedí los murciélagos a gritos y palmadas.
Estaba atolondrado por el golpe recibido en la cabeza. Padecía
alucinaciones y pesadillas en el escondite. Entendí escaparlas
corriendo más lejos.
Atravesé el lodazal cubierto de juncos largos, amplectivos, y
salí a un segundo desierto. Me abstenía de encender
fogata por miedo de ser alcanzado.
Me acostaba a la intemperie, entumecido por el frío.
Entreveía los mandaderos de mis verdugos metódicos. Me
seguían a caballo, socorridos de perros negros, de ojos de fuego
y ladrido feroz. Los jinetes ostentaban, de penacho, el hopo de una
ardita.
Divisé, al pisar la frontera, la lumbre del asilo, y
corrí a agazaparme a los pies de mi dios.
Su imagen sedente escucha con los ojos bajos y sonríe con
dulzura.


502
Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez

Voces De Mi Copla - I - Astros

Por fuera luz de plata,
por dentro fuego rojo,
como los cuerpos mundos
del eterno tesoro.
659
Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez

El Oasis

Verde brillor sobre el oscuro verde.
Nido profundo de hojas y rumor,
donde el pájaro late, el agua vive,
y el hombre y la mujer callan, tapados
(el áureo centro abierto en torno
de la desnudez única)
por el azul redondo de luz sola
en donde está la eternidad.

Pabellón vivo, firme plenitud,
para descanso natural del ansia,
con todo lo que es, fue, puede ser,
abierto en concentrada suma;
abreviatura de edén sur,
fruta un poco mayor (amparo solo
de la desnudez única)
en donde está la eternidad.

Color, jugo, rumor, curva, olor ricos
colman con amplitud caliente y fresca,
total de gloria y de destino,
la entrada casual a un molde inmenso
(encontrado al azar de horas y siglos,
para la desnudez única)
mina libre de luz eterna y sola
en donde está la eternidad.
530
Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez

Dios Primero

Días negros cual los días
de parada indiferencia
de dios antecreador.

(Todo duro, entero todo,
en mole de un orden negro,
como un yo tan sólo yo.)

De pronto, un día de gracia,
todo me ve con mis ojos,
me parto en mundos de amor.
552
Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez

Eternidad

Eternidad, belleza
sola, ¡si yo pudiese,
en tu corazón único, cantarte
igual que tú me cantas en el mío
las tardes claras de alegría en paz!

¡Si en tus éstasis últimos,
tú me sintieras dentro
embriagándote toda,
como me embriagas todo tú!

¡Si yo fuese, inefable,
como tú en mi instantánea primavera,
olor, frescura, música, revuelo
en la infinita primavera pura
de tu interior totalidad sin fin!
741
Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez

El Cambio

Lo terreno, por ti,
se hizo gustoso
celeste.

Luego,
lo celeste, por mí,
contento se hizo
humano.
671
Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez

La Fiesta

Todos los días yo soy
yo. Pero ¡qué pocos días
soy yo!

Todos los días el cielo
vive en mis ojos. Mas ¿cuándo
es dios?

Todos los días me hablas.
Y ¡qué pocas veces oigo
tu voz!
503
Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez

Dios De Amor

Lo que queráis, señor;
y sea lo que queráis.

Si queréis que entre las rosas
ría hacia los matinales
resplandores de la vida,
que sea lo que queráis.

Si queréis que entre los cardos
sangre hacia las insondables
sombras de la noche eterna,
que sea lo que queráis.

Gracias si queréis que mire,
gracias si queréis cegarme;
gracias por todo y por nada,
y sea lo que queráis.

Lo que queráis, señor;
y sea lo que queráis.
605
Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez

La Muerte Es El Reposo,

La muerte es el reposo,
del día de la vida;
para que despertemos descansados
en el día total del infinito.
594
Juan Pablo Forner y Segarra

Juan Pablo Forner y Segarra

Madrid

Esta es la villa, Coridón, famosa
que bañada del breve Manzanares
leyes impone a los soberbios mares
y en otro mundo impera poderosa.

Aquí la religión, zagal, reposa
rica en ofrendas, fértil en altares;
en las calles los hallas a millares;
no hay portal sin imagen milagrosa.

Y por que más la devoción entiendas
de este piadoso pueblo, a cada mano
ves presidir los santos en las tiendas.

Y dime, Coridón: ¿es buen cristiano
pueblo que al cielo da tantas ofrendas?
Eso yo no lo sé, cabrero hermano.
479
Juan Pablo Forner y Segarra

Juan Pablo Forner y Segarra

A Un Poeta Manchego Que Se Retiró A Su Patria

Así siempre de pámpanos y flores,
árida Mancha la estación suave
cubra tu suelo y su verde acabe
cuando esparza de nuevo sus favores:

Ópima copia aliente los rigores
que sufre tu cultor, y menos grave
el ábrego cruel no menoscabe
la esperanza feliz de sus sudores:

Si es tanta la virtud que relirados
a ti tus Don Quijotes sin violencia
cobran el seso en nuestro mal perdido;

¡Oh! líbranos de versos endiablados.
Cleón vuelve a tu seno: su dolencia
cura; y dente los cielos lo que pido.
400
Juan Pablo Forner y Segarra

Juan Pablo Forner y Segarra

A Un Rayo Que Mató A Un Burro

Arde consuena con horrendo estampido
Jove que en la nube iracundo inflama
y en la pálida lumbre que derrama
amagado el mortal teme encogido.

Al trueno horrendamente repetido
huye a esconderse en la apartada cama
lloroso el Niño, y tus piedades llama,
Jove, el justo varón descolorido.

Se estremece el Olimpo, y ya apercibe
tu mano el rayo que hasta al justo aterra
y fulminado en fin baja violento:

y cuando en vicios opulentos vive
el vil Ganion, azote de la tierra,
¿se ceba tu furor en un jumento?
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