Alma
Manuel Machado
Oriente - Flores - Alma
FLORES
A Ramón del Valle Inclán
Antonio, en los acentos de Cleopatra encantado,
la copa de oro olvida que está de néctar llena.
Y, creyente en los sueños que evoca la sirena,
toda en los ojos tiene su alma de soldado.
La reina, hoja tras hoja, deshojando sus flores,
en la copa de Antonio las deja dulcemente...
Y prosigue su cuento de batallas y amores,
aprendido en las magas tradiciones de Oriente...
Detiénese... Y Antonio ve su copa olvidada...
Mas pone ella la mano sobre el borde de oro,
y, sonriendo, lenta hacia sí la retira...
Después, siempre a los ojos del guerrero asomada,
sella sus gruesos labios con un beso sonoro...
Y da la copa a un siervo, que la bebe y expira...
Manuel Machado
Retablo - Alma
los dos santos varones, el chantre y el cantado,
el Grant Santo Domingo de Silos venerado
y el Maestre Gonzalo de Berceo nommado.
Yo veo al Santo como en la sabida prosa
fecha en nombre de Christo y de la Gloriosa:
la color amariella, la marcha fatigosa,
el cabello tirado, la frente luminosa...
Y a su lado el poeta, romeo peregrino,
sonríe a los de ahora que andamos el camino,
y el galardón nos muestra de su claro destino:
una palma de gloria y un vaso de buen vino.
Manuel Machado
Encajes - Alma
tus hechizos...
Besos, besos
a millares. Y en tus rizos,
besos, besos a millares.
¡Siempre amores! ¡Nunca amor!
Los placeres
van de prisa:
una risa
y otra risa,
y mil nombres de mujeres,
y mil hojas de jazmín
desgranadas
y ligeras...
Y son copas no apuradas,
y miradas
pasajeras,
que desfloran nada más.
Desnudeces,
hermosuras,
carne tibia y morbideces,
elegancias y locuras...
No me quieras, no me esperes...
¡No hay amor en los placeres!
¡No hay placer en el amor!
Manuel Machado
Cantares - Alma
hacen los cantares de la patria mía...
Cantares...
Quien dice cantares, dice Andalucía.
A la sombra fresca de la vieja parra,
un mozo moreno rasguea la guitarra...
Cantares...
Algo que acaricia y algo que desgarra.
La prima que canta y el bordón que llora...
Y el tiempo callado se va hora tras hora.
Cantares...
Son dejos fatales de la raza mora.
No importa la vida, que ya está perdida.
Y, después de todo, ¿qué es eso, la vida?...
Cantares...
Cantando la pena, la pena se olvida.
Madre, pena, suerte; pena, madre, muerte;
ojos negros, negros, y negra la suerte.
Cantares...
En ellos, el alma del alma se vierte.
Cantares. Cantares de la patria mía...
Cantares son sólo los de Andalucía.
Cantares...
No tiene más notas la guitarra mía.
Manuel Machado
Melancolía - Alma
como una tarde del otoño viejo;
de saudades sin nombre,
de penas melancólicas tan lleno...
Mi pensamiento, entonces,
vaga junto a las tumbas de los muertos
y en torno a los cipreses y a los sauces
que, abatidos, se inclinan... Y me acuerdo
de historias tristes, sin poesía... Historias
que tienen casi blancos mis cabellos.
Manuel Machado
Antífonia - Alma
amante sin amores, sonrisa loca...
Ven, que yo sé la pena de tu alegría
y el rezo de amargura que hay en tu boca.
Yo no te ofrezco amores que tú no quieres;
conozco tu secreto, virgen impura;
Amor es enemigo de los placeres
en que los dos ahogamos nuestra amargura.
Amarnos... ¡Ya no es tiempo de que me ames!
A ti y a mí nos llevan olas sin leyes.
¡Somos, a un mismo tiempo, santos e infames;
somos, a un tiempo mismo, pobres y reyes!
¡Bah! Yo sé que los mismos que nos adoran
en el fondo nos guardan igual desprecio.
Y justas son las voces que nos desdoran...
Lo que vendemos ambos no tiene precio.
Así, los dos: tú, amores, yo poesía,
damos por oro a un mundo que despreciamos...
¡Tú, tu cuerpo de diosa; yo, el alma mía!...
Ven y reiremos juntos mientras lloramos.
Joven quiere en nosotros Naturaleza
hacer, entre poemas y bacanales,
el imperial regalo de la belleza,
luz, a la oscura senda de los mortales.
¡Ah! Levanta la frente, flor siempre viva,
que das encanto, aroma, placer, colores...
Diles, con esa fresca boca lasciva...,
¡que no son de este mundo nuestros amores!
Igual camino en suerte nos ha cabido,
un ansia igual nos lleva que no se agota,
hasta que se confundan en el olvido,
tu hermosura podrida, mi lira rota.
Crucemos nuestra calle de la Amargura
levantadas las frentes, juntas las manos...
¡Ven tú conmigo, reina de la hermosura!
¡Hetairas y poetas somos hermanos!
Manuel Machado
Otoño - Alma
Han cerrado
y, olvidado
en el parque viejo, solo
me han dejado.
La hoja seca,
vagamente,
indolente,
roza el suelo...
Nada sé,
nada quiero,
nada espero.
Nada...
Solo
en el parque me han dejado
olvidado,
...y han cerrado.
Manuel Machado
El Jardín Gris - Alma
A Francisco Villaespesa
¡Jardín sin jardinero!
¡Viejo jardín,
viejo jardín sin alma,
jardín muerto! Tus árboles
no agita el viento. En el estanque, el agua
yace podrida. ¡Ni una onda! El pájaro
no se posa en tus ramas.
La verdinegra sombra
de tus hiedras contrasta
con la triste blancura
de tus veredas áridas...
¡Jardín, jardín! ¿Qué tienes?
¡Tu soledad es tanta,
que no deja poesía a tu tristeza!
¡Llegando a ti, se muere la mirada!
Cementerio sin tumbas...
Ni una voz, ni recuerdos, ni esperanza.
¡Jardín sin jardinero!
¡Viejo jardín,
viejo jardín sin alma!
Manuel Machado
Mariposa Negra - Alma
A Rubén Darío
La hora cárdena... La tarde
los velos se va quitando...
El velo de oro..., el de plata.
La hora cárdena...
«Aún es temprano».
«Nada veo sino el polvo
del camino...»
«Aún es temprano».
«¿Gritaron, madre?»
«No, hija;
nadie habló... ¿Lloras?...»
«Lo blanco
del camino que contemplo
las lágrimas me ha saltado...»
«No es eso...»
«Yo no sé, madre».
«Él vendrá, que aún es temprano».
«Madre, el humo se está quieto,
las nubes parecen mármol...,
y los árboles diríase,
que tienden abiertos brazos».
Un mendigo horrible pasa,
y hacia el castillo ha mirado.
.....................................................................
Una negra mariposa
revolotea en el cuarto.
La hora cárdena... La tarde
los velos se va quitando...
El velo de oro, el de plata...,
el de celajes violados.
... Y el sol va a caer allá lejos,
guerrero herido en el campo.
¡Mal hayan los servidores
que sin su señor tornaron,
los que con él se partieron
y traen, sin él, su caballo!
Manuel Machado
Adelfos - Alma
A Miguel de Unamuno
Yo soy como las gentes que a mi tierra vinieron
soy de la raza mora, vieja amiga del Sol,
que todo lo ganaron y todo lo perdieron.
Tengo el alma de nardo del árabe español.
Mi voluntad se ha muerto una noche de luna
en que era muy hermoso no pensar ni querer...
Mi ideal es tenderme, sin ilusión ninguna...
De cuando en cuando, un beso y un nombre de mujer.
En mi alma, hermana de la tarde, no hay contornos...;
y la rosa simbólica de mi única pasión
es una flor que nace en tierras ignoradas
y que no tiene aroma, ni forma, ni color.
Besos ¡pero no darlos! Gloria.... ¡la que me deben!
¡Que todo como un aura se venga para mí!
¡Que las olas me traigan y las olas me lleven,
y que jamás me obliguen el camino a elegir!
¡Ambición! No la tengo. ¡Amor! No lo he sentido.
No ardí nunca en un fuego de fe ni gratitud.
Un vago afán de arte tuve... Ya lo he perdido.
Ni el vicio me seduce ni adoro la virtud.
De mi alta aristocracia dudar jamás se pudo.
No se ganan, se heredan, elegancia y blasón...
Pero el lema de casa, el mote del escudo,
es una nube vaga que eclipsa un vano sol.
Nada os pido. Ni os amo ni os odio. Con dejarme,
lo que hago por vosotros, hacer podéis por mí...
¡Que la vida se tome la pena de matarme,
ya que yo no me tomo la pena de vivir! ...
Mi voluntad se ha muerto una noche de luna
en que era muy hermoso no pensar ni querer...
De cuando en cuando un beso, sin ilusión ninguna.
¡El beso generoso que no he de devolver!
París, 1899
Manuel Machado
Los Días Sin Sol - Alma
A M. Leo Rouanet
El lobo blanco del invierno,
el lobo blanco viene,
con los feroces ojos inyectados
en sangre helada, fijos y crueles.
¡Maldito lobo invierno, que te llevas
los viejos y los débiles!
¡Reunámonos, que todos
tengan una familia,
un libro y fuego alegre!
Y mientras, fuera, el hacha
el tronco seco hiende,
que será rojo en el hogar, cerremos
la puerta y el balcón... ¡Dios no nos quiere!
¡Tregua! Seamos amigos...
La tibia paz entre nosotros reine
en torno de la lámpara, que esparce
la tranquila poesía del presente.
Y tú, mi amada, cuyos rojos labios
son ya la sola flor, dámelos..., ¡quiéreme!...
................................................................................
¡Que el lobo blanco del invierno
el lobo blanco viene!
Manuel José Quintana
Ariadna
eterno compañero
de este silencio lóbrego, responde
a mi agudo clamor, y mudamente
mi mal aumenta y mi dolor presente.
¿Y es aquesto verdad? ¿Pudo Teseo
sin mí partir, y pudo
desampararme así? ¡Pecho de bronce,
de todo amor y de piedad desnudo!
¿Qué te hice yo para tan vil huida?
Le vi, le amé; mi corazón, mi vida,
toda yo suya fui, toda... El ingrato,
¿Qué no me debe? Encadenado llega
a la cretense playa,
destinado a morir: su sangre odiosa
al monstruo horrible apacentar debía,
que en la prisión del laberinto erraba.
¿Qué hubiera él sido sin la industria mía?
Entra, combate, vence, y coronado
de nueva gloria se presenta al mundo.
Esto era poco: enfurecida y ciega,
frenética después, mi hogar, mi padre,
todo lo olvido a un tiempo, y me confío
al amable impostor enajenado
con su halago y su amor mi tierno pecho;
¡Falso amor, falso halago! ¿Qué se han hecho
pasión tan viva y perdición tan loca?
Yo lloro aquí desesperada en tanto
que el pérfido se ríe
de mi amor lamentable y de mi llanto.
Pero no, no es posible
que tan amantes lazos
los haga así pedazos
una argra ingratitud.
(Levántase exaltada hacia la tienda).
Dame lecho a mi bien. Ahí tú que fuiste
de mi gloria testigo mira ahora
el triste afán que mi interior devora.
¡Así mientras sus labios me halagaban,
y en tanto que sus brazos me ceñían,
ya allá en su pecho las traiciones viles
este lazo fatal me preparaban!
¡Oh unión inconcebible
de perfidia y placer! ¡conque engañoso
puede ser el halago, y la ternura
lleva tras sí maldad y alevosía!
Yo triste, envuelta en la inocencia mía,
al delirio de amor me abandonaba;
tú sabes cuál mi seno palpitaba,
tú viste cuál mi sangre se encendía,
y cómo de su boca engañadora
deleite, amor y perdición bebía.
Dos ayer éramos,
y hoy sola y mísera
me ves llorando
a par de ti.
Mira estas lágrimas,
mírame trémula,
donde gozando
me estremecí.
¿Qué se hizo el pérfido?
mi angustia muévate,
y haz que volando
torne hacia mí.
Vuelve, adorado fugitivo, vuelve,
yo te perdono. El ardoroso llanto
que ora inunda mi rostro y me le abraza,
enjugarás; reclinaré en tu pecho
mi atormentada frente, y aplicando
tu mano al corazón, verás cuál bate
de anhelo palpitante y de alegría.
Mas ¡oh! mísero y ciego devaneo;
mientras imploro al execrable amigo,
lleva el viento consigo
mi gritar, mi esperanza y mi deseo.
Y esto, ¡oh! dioses, sufrís y va seguro
y contento el perjuro
por medio de la mar, que le consiente
sin abrirse y tragarle. ¡Oh! tú, divino
astro del claro día, sol luciente,
sagrado autor de la familia mía.
Mira el trance terrible a que he venido,
mírame junto al mar volver llorando
la vista a todas partes, y en ninguna
asilo hallar a mi fatal fortuna,
mírame perecer sin un amigo
que dé a mi suerte lamentable lloro.
¿Donde, dónde volverme? ¿A quién imploro?
Muerte, no hay medio, muerte; este es el grito
que por do quiera escucho; ésta la senda
que encuentro abierta a mi infelice suerte.
Brama el mar, silba el viento, y dicen: «Muerte»
Y muerte hallaré yo... Las ondas fieras
que senda amiga al seductor abrieron,
me la darán... ¡Qué horror! Un sudor frío
baña mi triste frente, y el cabello
se eriza... Sí... Las veo;
Las furias del averno me arrebatan
tras de sí a fenecer... Voy desgraciada
víctima del amor... ¡Ah! Si el ingrato
presente ahora a mi dolor se hallara,
quizá al verme llorar también llorara.
¡Más no, mísera! Muere; el mar te espera,
el universo te olvidó, los dioses
airados te miraron
y sobre ti, cuitada, en un momento
el peso de su cólera lanzaron.
¡Oh qué triunfo tan bárbaro y fiero!
avergüénzate, cielo tirano,
avergüénzate, o dobla inhumano
mi tormento y tu odioso rencor.
¿Dudo? ¿Temo? ¿A qué atiendo?
¿Qué espero?.
dame ¡oh! mar, en tu seno un abrigo,
y las ondas escondan conmigo
mi infortunio, mi oprobio y mi amor.
(Arrójase al mar).
Manuel José Quintana
A Dafne, En Sus Días Romance
que en las riberas de Cádiz
es, por lo negra y lo hermosa,
la esposa de los cantares;
a la que en el mar nacida
la embebió el mar de sus sales,
cada ademan una gracia,
cada palabra un donaire;
ve volando, pensamiento,
y al besar los pies de Dafne,
dila que vas en mi nombre
a tributarle homenajes.
Hoy son sus alegres días;
mira cuál todo la aplaude;
menos fuego el sol despide,
más fresco respira el aire.
Los jazmines en guirnaldas
sobre su frente se esparcen;
los claveles en su pecho
dan esencias más süaves.
Y ya que yo, sumergido
en el horror de esta cárcel,
ni aun en pensamiento puedo
alzar la vista a su imagen,
rompe tú aquestas prisiones
y vuela allá a recrearte
en el raudal halagüeño
de su sabroso lenguaje.
Verás andar los amores
como traviesos enjambres,
ya trepando por sus brazos,
ya escondiéndose en su talle,
ya subiendo a su garganta
para de allí despeñarse
a los orbes deliciosos
de su seno palpitante.
Mas cuando tanto atractivo
a tu placer contemplares,
guárdate bien, no te ciegues
y sin remedio te abrases.
Acuérdate que en el mundo
los bienes van con los males,
las rosas tienen espinas
y las auroras celajes.
Vistiola, al nacer, el cielo
de aquella gracia inefable
que embelesa los sentidos
y avasalla libertades.
Los ojos que destinados
al Dios de amor fueron antes,
para que en vez de saetas
los corazones flechase,
a esa homicida se dieron
negros, bellos, centellantes,
a convertir en cenizas
cuanto con ellos alcance.
Y cuentan que Amor entonces
dijo picado a su madre:
«pues esos ojos me ciegan,
yo quiero ciego quedarme.
»Venza ella al sol con sus rayos;
pero también se adelante
en su mudanza a los vientos,
en su inconstancia a los mares».
Y fue así. Las ondas leves
que van de margen en margen,
los céfiros que volando
de flor en flor se distraen,
no más inciertos se miran
en sus dulces juegos, Dafne,
que tú engañosa envenenas
con tus halagos fugaces.
Dime, ¿aún se pinta el agrado
en tu risueño semblante,
y respiran tus miradas
aquella piedad süave
para con ceño y capricho
desvanecerla al instante,
trocar la risa en desvío
y el agasajo en desaires?
Y dime, a los que asesinas
con tan alevosas artes,
¿los obligas aún, crüel,
a consumirse y que callen?
Mas no importa: que padezcan
los que en tu lumbre se abrasen;
que tú, con sólo mirarlos,
harto felices los haces.
Yo también, a no decirme
la razón que ya era tarde,
y a presumir en mis votos
el bello don de agradarte,
te idolatrara, tú fueras
la mayor de mis deidades.
¿Pero quién es el que amando
no anhela porque le amen?
De amigo, pues, con el nombre
fue forzoso contentarme;
pero de aquellos amigos
que en celo y fe son amantes...
Basta, pensamiento; vuelve,
vuelve ya de tu mensaje,
y una sonrisa a lo menos
para consolarme trae.
Manuel José Quintana
Silva A Luisa Todi
al mágico poder? Su voz sonaba,
y el báratro profundo
de sus lóbregos senos alanzaba
el tremendo escuadrón que la servia.
viérase al punto de infernal veneno
toda inundarse en derredor la esfera,
arder el rayo y retumbar el trueno.
la rápida carrera
suspenderse del sol, bramar los vientos,
en sus hondos cimientos
estremecerse el mar y mal segura
la tierra contrastada,
de sus ejes eternos desquiciada.
Mas cuando al fin enamorada y ciega
el corazón indómito rendía,
y de perder su amante recelosa,
en los fines del orbe le escondía,
ya no era entonces la espantosa maga;
era ya una deidad. El polo yerto
ostentose cubierto
con el manto de Flora;
por los fecundos prados
las fuentes murmuraban
y de esencias bañados
los céfiros jugaban con las flores
volaban los Amores
las gracias y el deleite en pos de Armida
y ella entre tanto de Rinaldo asida
el coro de las aves escuchaba
que al placer y al amor la convidaba.
Tal fue entonces Armida; y tal ahora
Tú ¡oh! Poderosa Todi la presentas
ya en ternura y delicias anegada
temerosa después, y al fin furiosa
viendo su gloria y su beldad hollada.
Invención celestial. No, no es Armida
la que así nos enciende
y el agitado espíritu suspende
el mentido poder que por su encanto
tuvo en los elementos confundidos,
hoy en nuestros oídos*
lo alcanza el arte y lo renueva el canto.
¡Soberana armonía!
¿En qué sus dulces y halagüeñas flores
Más bien que en tus loores
Esparcir deberá la poesía?
Pero ¿cómo en su vuelo
La poderosa voz seguir podría
Que pasma al mundo y maravilla al cielo?
Ella parte suave;
Y ora orgullosa y grave
Del espacio los ámbitos domina,
Ora en quiebros dulcísimos se pierde,
Y delicada trina;
Ora sube al Olimpo, ora desciende,
Y ora como un raudal rico y sonoro
Vierte súbitamente en los oídos
De su riqueza armónica el tesoro.
Sola la admiración enmudecida
Seguirla puede en su veloz carrera;
¿Y do ha vivido el corazón de fiera
Que se negase esquivo
De su expresión celeste al atractivo?
¡Oh! No es posible el evitar su imperio
la fogosa energía
de su gesto y acción se le prometen,
y su mágico acento y melodía.
Aquí vence, aquí triunfa, aquí arrebata
vedla de gloria y majestad vestida
cuando del solio el esplendor retrata
vedla después, desesperada y llena
de cólera y soberbia amenazando
nube parece que espantosa truena,
o terrible Aquilón cuando soplando
con hórrido silbido,
sacude el universo combatido.
¿Mas cuál benigna suavidad se siente?
Él es, el blando Amor, el hijo ardiente
de la hermosa y divina Citerea.
Más dulce y grato que la miel hiblea,
más puro que los céfiros, su acento
sale inflamando el viento,
y por do quiera su ternura inspira.
ya tras el bien perdido
vaga anhelante y con dolor suspira;
en el dulce trinar pinta el gemido,
en los blandos gorjeos
aparecen los tímidos deseos,
la amorosa inquietud, las ansias tiernas,
la risa alegre y apacible juego
que ceban tanto el delicioso fuego.
Ya con tono más grave
la sublime constancia se ve ornada,
o en celeste deliquio modulada
del caro bien la posesión suave.
Entonces gime el insensible, entonces
Hasta los duros mármoles se agitan;
Amor aprende a amar, a amar incitan
El eco, el viento, y de tu voz herido,
Por su divino impulso es arrastrado
Mi corazón vencido.
Salta en el pecho, y sin cesar palpita,
Todo anegado en el amante anhelo
Que inspira el canto; su vehemente llama
Veloz discurre por mi sangre y venas,
Y en todas ellas su calor derrama;
Derrama su calor, que vuelto en llanto,
Sin ser posible a contenerle el seno,
Salta a la vista en delicioso encanto.
¿Quién de tu genio mesurar podría
la extensión y el ardor? Dinos, ¿en dónde
tuvo su oriente? En dónde
se adestró a desplegar tal osadía,
y de tanta riqueza Salió lleno?
¿Fue acaso allá donde el feliz Ismeno
corrió bañando la sonora Tebas?
¿O más bien sobre el Ísmaro sombrío,
do por la vez primera
los ecos de la música sonaron,
y tras sí arrebataron
los hombres y las fieras,
las rocas y los árboles? ¿Do Orfeo
su lira de oro celestial pulsaba
los vientos a su voz se condolían,
y a Eurídice llamaba,
y Eurídice los montes respondían?
Igual, empero, o superior, tú impeles
al seno del olvido
los pesares amargos y crueles.
Yo lo vi, lo sentí. Del hondo averno
por mi mal abortado
un esquivo cuidado devoraba
mi triste corazón, cuando presente
vi la sidonia reina, que el amaba
contra el troyano pérfido inclemente.
¡Bárbara atrocidad! Huye el ingrato
sin que bastantes sean
de la mísera amante las querellas
su fuga a suspender: huye, no cura
los preciosos tesoros
que fiel le prodigaba la hermosura;
tesoros ¡ay! De amor y de ternura,
y se entrega a la mar. ¡Qué de lamentos!
¡qué horrorosos acentos!
¡qué desesperación! En vano llora
la triste, y corre enfurecida, y gime;
en vano al cielo en su dolor implora,
y a los hombres también; hombres y dioses
al dolor y al horror la abandonaron
¿Morirá la infelice
sin hallar compasión? Grande, sublime,
terrible situación, que sorprehendido**
mi espíritu admiraba,
y olvidó su aflicción llorando a Dido.
¡Y que tan dulces horas
hayan de fenecer! Mantua te pierde,
Mantua, que tanto te admiró; desierto
se verá el gran teatro donde un día
al eco de tu canto y los aplausos
el soberbio artesón se estremecía.
Mustio el espectador, irá a buscarte
y no te encontrará; y en tal vacío,
¿Do está, dirá, la enamorada Elfrida,
la encantadora Elfrida? ¿Adónde fueron
la dulce Hipermenestra,
la arrogante Cleopatra y Cleofida?
Sombras sublimes, cuya hermosa idea
inventar y animar el genio pudo,
¿será que nunca ya mi mente os vea?
Anda, vive feliz, corre el sendero
que a tu brillante gloria abrió el destino;
mas ¿qué le falta a su esplendor divino?
El universo entero
su honor, su encanto, su deidad te aclama.
Llevada en raudo vuelo
por la sonante trompa de la fama,
pasmarás las edades, y asombrado
te nombrará el artista y confundido.
Por más osado que su genio sea,
tú el término serás de su esperanza,
dique a su presunción: él desde lejos
adorará tus soberanas huellas,
y lucirá tal vez con tus reflejos;
así en el alto Olimpo las estrellas
brillan, mas solamente en noche umbría,
cediendo el resplandor y la victoria
al gran planeta que preside al día.
Manuel José Quintana
A Don Nicasio Cienfuegos, Convidándole A Gozar Del Campo
miró desde el nacer; tú, en cuyo pecho
imprimió la virtud, y en larga mano
el don divino de pintarla diera,
Nicasio respetable, ¿por qué tardas,
y a la amistad que ansiosa te desea
no te abandonas? De enlazados ramos
espacioso dosel ora me ampara
del crudo ardor del polvoroso estío,
y los inquietos céfiros, vagando
en dulce fresco, en movimiento y vida,
los senos bañan del jardín. Mi mente
desalada entretanto hacia ti vuela;
vuela hacia ti, que a tu pesar sumido
en ese abismo pestilente y ciego,
los campos y las selvas solitarias
buscas, y aún dudas, y a gozar te niegas
placer tan puro y celestial conmigo.
¡Oh! No tardes, no tardes: bien tus pasos
lleves al bosque oculto, bien la vista
tiendas alegre en la abundosa vega,
o la dulce corriente te embelese
del río encantador; todo te llama
con delicioso afán, todo convida
tu enérgico pincel. No aquí ambiciosa
Natura ansiara desplegar su inmenso
poder, y ornada en majestad sublime,
nuestra vista asombrar: guardó el espanto,
guardó el terrible horror allá do esconde
su frente el Apenino entre las nubes.
Cúbrenle en torno las eternas nieves
que en vano bate el sol: si el viento suena
es proceloso el austro, en cuyas alas
retumba el trueno; entonces los torrentes
bajan furiosos a asolar los valles.
¿Qué es allí el hombre? Estremecido y solo,
atónito se para, y no cabiendo
impresión tan soberbia en sus sentidos,
al mudo pasmo y confusión se entrega.
Graciosa, empero, aquí, dulce, apacible,
sus dones todos liberal reparte
Naturaleza, y con placer se ríe.
Tal la beldad en su primer oriente,
de gracias sólo y suavidad bañada,
suele más tierna embelesar los ojos
y el corazón herir. Nicasio, el mío
más amó siempre que admiró. Doquiera
ternura aquí y amor. ¡Oh cuántas veces,
cuántas, mirando las sociales vides
enlazarse a los olmos, y lozanas
entre los ramos de su verde apoyo
sus hojas ostentar y alegre fruto,
en dulce llanto se bañó mi pecho!
¡Cuántas pavesas del incendio antiguo
plácidas se avivaron! Los suspiros,
las ansias tiernas, la inquietud dichosa,
las delicias inmensas que algún día
me inundaron, ¡ay, Dios!, y acaso huyeron
para nunca volver, todas volaron,
todas a un tiempo con igual ternura
me asaltaron allí: si desparece
y huye el amor, a la memoria acuden
padre, hermanos y amigos, y en un punto
afectos mil que a penetrar mi seno
aquel boscaje solitario inspira,
y absorto y melancólico me llevan.
Lejos allá su placentero ruido
la brillante cascada precipita
por el senoso peñascal, adonde
su curso rompe murmurando el río.
Corro y le miro, ¡oh, qué placer!, furioso
del dique opuesto a su violencia en vano
clamoroso agitarse, alzar la espalda,
luchar, vencer, hervir, y en alba espuma
deshecho y raudo arrebatarse al llano.
Vaga la vista entre los dulces juegos
que mil y mil con variedad graciosa
mágica el agua a su mirar presenta.
Bañan en ella sus sedientas alas
los apacibles céfiros, y llenos
de su grato frescor, ea vuelo alegre
van a esparcirla a la tendida vega;
mientras en dulce gratitud riendo,
la dócil caña, el intratable espino
y el álamo gentil, en la ribera
sus ramos tienden a besar las ondas.
Ondas preciosas que el colono activo
supo en raudales dividir, y en ellos
llevar la vida y la abundancia al campo.
Siquiera el cielo en su rigor se obstine
en negar el vivífico rocío,
don de las nubes, los endebles diques
rompe seguro el rústico, y al punto
vieras la tierra que inundada embebe
el cristalino humor; y fuerzas nuevas
con él cobrando, engalanar su frente
un fruto y otro fruto, y cien tras ellos.
Así la vista por do quier se baña
en verdura eternal; así Pomona
tiende su manto, y pródiga derrama
del almo cuerno el celestial tesoro.
¿Qué mucho si su templo delicioso
le plugo aquí sentar, y aquí adorada
del hombre ser? Todo la acata. El río,
en dos partido, con ardor la ciñe,
y ella en sus brazos y en su amor se goza.
Yo allí, mientras los árboles se mecen
al son del viento, en tanto que a sus hombros
sube contento las opimas cargas
el hortelano, y las zagalas ríen
en trises alegre y bullicioso juego,
llego al altar de la deidad que en medio
reina ostentando su silvestre pompa,
y a reverencia y religión me inclina.
¡Árboles prodigiosos! ¡Cuál la mente
que así os quiso agrupar? ¿Cuál fue la mano
que así os plantó? De majestad vestido
el añoso nogal, su cima alzando,
hasta la cumbre del Olimpo alcanza;
sube, y en su ambición tiende los brazos
lejos de sí, cual si ocupar con ellos
de la esfera los ámbitos quisiera;
y eternos a par de él, y a par sublimes,
seis lúgubres cipreses los lujosos
ramos le cercan, y en su faz sombría
la luz quebrantan del ardor febeo.
¡Oh, delicias! ¡Oh, magia! ¡Oh, cómo hundida
bajo esta hermosa bóveda se lleva
la mente a meditar! ¡Cuál se engrandecen
sus pensamientos! Y a la par mirados,
¡cuán breve el hombre, y su poder, su gloria,
toda su pompa! ¡Oh, qué de veces vieron
de su opulento dueño aquestos troncos
la afanosa inquietud! ¡Cuántas en vano
con su grato silencio le brindaban
al reposo, a la paz; y él orgulloso
en pos del mando y la ambición corría!
¡Qué de delitos no abortó el insano
para saciar su ardor! Bañose en sangre,
domó la tierra, y ¿qué logró? Estas plantas
le vieron perecer, y ellas quedaron:
quedaron a esparcir sus ramos bellos
sobre mí, que inclinado y reverente
canto su gloria, y vivirán: testigos
serán, ¡ay!, de mi fin cuando a su ocaso
llegue el aliento de mi endeble vida.
Todo al tiempo sucumbe: ellas un día,
ellas también... ¡Ah, bárbaro! Repara
la inclemente segur; muévante al menos
su sacro horror, su venerable sombra,
su augusta ancianidad. Pudo hasta entonces
respetarlas el tiempo, ¿y tú atrevido
su hojosa copa abatirás? Detente,
detente, y no en un punto así destruyas
la gloria del verjel. Nogal frondoso,
altos y melancólicos cipreses,
para siempre vivid, y que el ingrato
cuya mano sacrílega se atreva
vuestros troncos a herir, jamás encuentre
sombra refrigerante en el estío
cuando le hostigue el sol; nunca reposo,
nunca halle paz, y de su injusto pecho
huya por siempre la inocencia amable
que en el campo y los árboles se abriga.
Lejos, empero, de la frente mía
tan lúgubre pensar. Adiós, cipreses,
Pomona, adiós: los álamos del bosque
ya con su dulce amenidad me llaman.
Salve, repuesto valle; el sol ardiente
me hirió al venir, y fatigado el pecho
late anhelante, y con dolor respira.
Acógeme en tu seno; que tu yerba
verde, abundosa, a mis cansados miembros
sirva de alfombra; que el murmullo blando
del grato arroyo en agradable sueño
me envuelva y me regale, y que sacuda
Favonio en tanto el delicioso néctar
de su frescura, y mi sudor enjugue.
¡Ah! Que ni aquí del velador cuidado
el tósigo alcanzó, ni las espinas
del miedo agitador su punta emplean.
Todo es sosiego: al despertar, las aves
con su armónico acento en mis oídos
los ecos llevan del placer; las auras,
árboles, cielo y arroyuelo y prado,
todo me halaga y a mi vista ríe,
mientras la fuente retirada y pura
me ofrece el cáliz de sus ondas frías
a mitigar mi sed; y yo, embebido
con himnos mil, en mi delirio ciego
a sus graciosas Náyades imploro.
¡Oh Gesner! ¿dónde estás? Tú, a quien
desnuda,
llena de gracia y de inmortal belleza
Natura se mostró; tú, que inspirado
fuiste de la virtud; tú, que en las selvas
la paz y la inocencia y los amores
tan dulcemente resonar hacías.
¡Divino Gesner!, ven; lleva mis pasos
y enséñame a gozar. Contempla el suelo
cuál nuestra planta engaña, y cuán hermoso
se hunde aquí, se alza allá, forma ora un llano,
después un seno; a la alameda vuelve
la vista embelesada, y mira en ella
las gracias revolar; ve la ternura
con que al abrigo del robusto padre,
del recio invierno y rigoroso estío
los pequeñuelos árboles se amparan.
Pregunta al blando céfiro, que vuela
en sus copas dulcísimas moviendo
los sones del amor, cuántas zagalas
asaltó aquí festivo, y cuántas veces,
de su recato virginal burlando,
besó su frente y se empapó en su seno.
Pídele los tiernísimos suspiros
que llevados en él, por esta selva
andan vagando, y las querellas tristes
que el eco sordamente repetía.
Dímelo, ¡oh dulce fuente! Así tu curso
siempre abundante y puro, coronado
eternamente de verdor se vea;
las veces di que el amador inquieto
sus ansias vino a consultar contigo.
Aquí, en tus verdes márgenes sentado,
tal vez se vio de la beldad que ansiaba
gratamente acogido, y tal vez ella,
tímida, tierna, de rubor teñida,
le declaró su amor, y de sus ojos
se escapó alguna lágrima que en vano
luchó por contener; allá más lejos,
dentro de aquella gruta solitaria
que guarda el olmo en cavidad sombría,
¡quién sabe si el placer!... ¡Oh, ameno valle!
No tenías, no, que a revelar se atreva
mi lengua tus misterios silenciosos;
basta la envidia en que encender me siento,
basta el encanto en que tu amor me inunda.
¿Y tú tardas, Nicasio? ¿Y con tan puros,
tan mágicos placeres te convida
el campo, y tú le esquivas? Corre, vuela,
antes que el año en su incansable curso
lleve al verano y al verdor consigo.
Cuidadoso el jardín te guarda flores;
ven a gozarlas: si se agosta alguna,
yo con los ojos del dolor la sigo,
y pienso en ti, que su esperanza engañas.
Huye con pie veloz esos lugares,
digna morada de los tigres fieros
que los habitan, do respiran sólo
el negro horror que en sus entrañas ceban;
de donde huyó el sosiego, huyó por siempre
la dulce confianza; el pensamiento,
de la opresión sacrílega amagado,
no se atreve a romper el claustro oscuro
en que le hundió el temor; y las palabras,
cuando son de virtud, sordas, temblando,
doquier hallar con la maldad recelan.
¡Oh, pechos sin virtud! Jamás preciaron
los campos y las selvas que enmudecen
cuando sus plantas con desdén las huellan.
Sí, que el sublime y celestial lenguaje
de Natura entender sólo fue dado
a la inocente sencillez, y en ellos
los vicios viles y execrables moran
de esclavos a tiranos. Dulce amigo,
húyelos, y rendido a mis plegarias
ven a acogerte a mi apacible asilo.
Los árboles no venden, los arroyos
no aprenden a mentir; sereno el aire,
sereno el cielo, a respirar te brindan
en grata libertad; aquí segura
podrá tu mente en sus grandiosas alas
el vuelo descoger, ora en los valles
perderaste embebido, ora sonando
tu lira de oro, invocarás las Musas,
y las Musas vendrán; ellas amigas
del campo siempre y soledad han sido.
Y en tanto que suspensa, embelesada,
la esfera atienda a tu sublime canto,
yo, templando la cítara a tu ejemplo,
mi humilde acento ensayaré contigo.
Manuel José Quintana
El Amor Se Ha Desprendido
De los brazos de su madre,
Y alegrando el universo
Se está suspenso en el aire.
Él os contempla, zagalas,
Y mirándoos se complace
Al ver las gracias que os dieron
Las estrellas liberales.
Él al placer os convida,
Al regocijo y al baile:
¿Y seréis sordas vosotras
A sus influjos suaves?
Mirad, cuál todo se anima!
De flor se visten los valles,
De yerba se cubre el campo
Y el viento pueblan las aves.
Animaos también vosotras:
Gozad la estación amable,
Que sobrada vida os queda
Para devorar pesares.
Más rápido que una flecha
Que vuela hendiendo los aires,
El tiempo vuela y se muere,
Muere el tiempo y no renace.
Tiempo vendrá en que os aflijan
Las memorias lamentables
De placeres que perdisteis,
De horas que desperdiciasteis.
Ea pues: que nadase pierda,
Salid alegres al baile,
Los instrumentos resuenen
Y la risa os acompañe.
Ven tú, la alegre zagala,
Atención de mil amantes,
Y cuyos ojos, si miran,
No hay corazón que no abrasen:
Plácidamente severa,
Severamente agradable
Te acompañará tu hermana
Y alentaréis todo el valle;
Mientras que a encantarnos venga,
Mientras que enlazada sale
Con la gallarda Belisa
La linda y modesta Dafne.
Ven tú, en fin, ninfa divina,
Ven en fin y no te tardes,
Tú en cuya tez los claveles
Con la azucena combaten:
Tú en cuyos labios de rosa
Fabrica amor sus panales,
Y en cuyo soberbio seno
El placer viene a posarse.
¡Dichoso aquel que tu beldad admira,
Que tus gracias contempla atentamente,
Que el blando influjo de tu genio siente,
Que de amor puede hablarte, y que suspira!
Manuel José Othón
Idilio Salvaje
cubierta con el último celaje
de un crepúsculo gris?... Mira el paisaje,
árido y triste, inmensamente triste.
Si vienes del dolor y en él nutriste
tu corazón, bien vengas al salvaje
desierto, donde apenas un miraje
de lo que fue mi juventud existe.
Mas si acaso no vienes de tan lejos
y en tu alma aún del placer quedan los dejos,
puedes tornar a tu revuelto mundo.
Si no, ven a lavar tu ciprio manto
en el mar amarguísimo y profundo
de un triste amor, o de un inmenso llanto.
Miguel Florián
Cuerpo Nombrado
el pecho que se inflama,
tu savia azul, el río de tus astros.
Quiero nombrar tu cuerpo, tus caminos,
el laberinto tibio, las girándulas,
el sexo umbrío, las vísceras ocultas,
esa linfa secreta que va trenzando el tiempo.
Quiero nombrar tu cuerpo, los murmullos,
los labios cuando besan o nombran otros cuerpos,
el fuego de la lengua, la humedad de la piel.
Tu saliva que es áspera y amarga.
Quiero narrar tu espalda añil que delimita
con un dios impreciso, inabarcable.
Miguel Florián
Madre
y tú estabas allí, insomne, aguardando
la lenta aparición, la inminente presencia
de la luz, del alba que no llega (del fuego
que regresa de una estación desierta)
y tú estabas allí, profunda y blanca,
tendida sobre la multitud de los instantes,
apartando la turbiedad confusa de mi sueño,
labrando el tiempo firme, inmóvil, de la muerte
(la edad remota de insectos transparentes
y arroyos escondidos) con su amargura
de mano inalcanzable, de boca detenida
sobre la frente nueva, de beso que separa
el porvenir, y lo devuelve al seno de la tierra,
al estallido ciego de otra edad. Abrí los ojos
y tú estabas allí, mirándome, en medio de la muerte.
Miguel Florián
Filología
sentí su piel de musgo muy cerca de mis labios,
su ceniza y su luz coronando mis dientes,
diluirse en mi lengua, caer hacia el profundo
abismo de mi carne. Muy lenta, y torpemente,
como a aves fugaces, perseguí las palabras.
Miguel Florián
( Mujer Mía )
de pan cálido, de mar, te quiero,
mujer mía, en el costado
simiente de la noche.
Ave, estela lunar,
como de dios, como de ángel.
Dánae de oro,
mujer de arcilla tierna,
(Limpia, blanca, crepuscular...)
carne, saliva y sombra.
Miguel Florián
( Metales )
cuando crecen callados en la noche
y se adensan, y recogen los breves
destellos de los astros. Siento
su filo frío que después será mar,
su lamento de hielo y muda carne,
el osario de un dios propicio, enorme
en su tiniebla, un dios que festejamos
en la señal de su venida. Escucha,
estamos en el tiempo del renuevo,
de los juncales cubiertos por rocío,
de la hiedra que escala nuestro lecho,
del animal que nos acecha, inmenso,
detrás de las pupilas, oculto en otra
existencia infranqueable y ciega.
El tiempo lento y turbio de la espora,
de los metales mansos, del mineral
cerrado que sospecha la luz, lava
que persigue la levedad del polvo.
Entonces, desde una estación remota
regresan, entre brumas, las palabras,
narraciones de hadas y de héroes,
de resinas fragantes (el incienso,
la mirra y el benjuí), y de madréporas.
Los insectos describen amplios surcos,
vueltos a lo indecible, y el granito
recupera la voz dura y siniestra
de los astros. Venero en los metales
su permanencia muda, su oscura red
de eternidad, su intacta persistencia
de dureza semejante a la luz,
su fría rigidez cuando en invierno
rozan nuestras mejillas, el triste gris
de su materia inmensa, de su abismo.
Todo se encuentra atento a la llegada
de una voz, de un dios o de un incendio.
Y la sangre del hombre perseguida
en su país de níquel, vigilante
desde dentro del sueño, abandonada
a la quietud, aguardando otro ver,
un despertar distinto, otras pupilas
de facetas omnívoras, un nuevo
respirar... (Los círculos voraces,
la persistencia cerrada de los nombres.)
Esperan mirar de nuevo el mundo.
Comprendo a los metales, comparto su destino
tan parecido al mío, su existencia sin mácula.
(Toco su corazón, su savia detenida
cuando logra la forma del crepúsculo.)
Cristales indefensos que se quiebran
bajo la luz del alba, (tantos siglos
gestándose, poblados de simientes).
Me agrada abandonarme a ellos, acariciarlos
apretando mi mano contra su piel exacta,
en su luz de reflejos, de semillas y aristas.
Metal que es tiempo denso y generoso,
agua limpia para la sed del hombre.
Miguel Florián
( Pietà )
de la sombra, galopamos por los acantilados
de la miseria, ansiamos polvo, áspero polvo,
y dichosos caemos hacia la masa informe
de los gérmenes. Ansiamos raíces, nosotros,
los aéreos. Amamos polvo, oscuro, untoso polvo,
el osario donde se tienden los nombres, lava
gris de la hojarasca redimida, hacia el sueño
retrocedemos con nuestros cabellos enredados
en muérdagos. De nada sirve que la luz
nos envuelva con su manto espectral,
volvemos hacia atrás, buscamos la caída a lo ignorado,
necesitados de lo informe, avarientos de vértigos.
Nada anuncian las flores del almendro, intactas
y rojizas después de la nevada, ni el seno
abierto de la mujer como un ave indefensa.
Añoramos cada estallido de la herrumbre,
cada cicatriz sobre el tronco del roble,
los cascos del caballo sobre el légamo
cuando dispersan el tiempo, el sueño
que es olvido, y esa madre auríspice
que gime desde sus vísceras abiertas
y nos llama a su sangre, a lo innombrable.
Miguel Florián
( Álamos )
convierte en breve espejo cada hoja.
Es un árbol callado que se eleva
de la raíz hasta la línea firme
de la luz, y corren sus hogueras
por la carne profunda. Y si camina
se estremece igual que una muchacha
que se alza también hacia lo incierto.
(En mis pulmones siento cómo alienta
el aire que se interna y vivifica,
la ternura de algún sexo escondido
que aguarda la belleza, el cumplimiento,
su perfecto equilibrio sobre el mundo.)
He tomado su piel, siento en la boca
la savia perfumada de los álamos.