Poemas en este tema
Ética y Moralidad
Luis Palés Matos
Pueblo
¡Piedad, Señor, piedad para mi pobre pueblo
donde mi pobre gente se morirá de nada!
Aquel viejo notario que se pasa los días
en su mínima y lenta preocupación de rata;
este alcalde adiposo de grande abdomen vacuo
chapoteando en su vida tal como en una salsa;
aquel comercio lento, igual, de hace diez siglos;
estas cabras que triscan el resol de la plaza;
algún mendigo, algún caballo que atraviesa
tiñoso, gris y flaco, por estas calles anchas;
la fría y atrofiante modorra del domingo
jugando en los casinos con billar y barajas;
todo, todo el rebaño tedioso de estas vidas
en este pueblo viejo donde no ocurre nada,
todo esto se muere, se cae, se desmorona,
a fuerza de ser cómodo y de estar a sus anchas.
¡Piedad, Señor, piedad para mi pobre pueblo!
Sobre estas almas simples, desata algún canalla
que contra el agua muerta de sus vidas arroje
la piedra redentora de una insólita hazaña...
Algún ladrón que asalte ese banco en la noche,
algún Don Juan que viole esa doncella casta,
algún tahur de oficio que se meta en el pueblo
y revuelva estas gentes honorables y mansas.
¡Piedad, Señor, piedad para mi pobre pueblo
donde mi pobre gente se morirá de nada!
donde mi pobre gente se morirá de nada!
Aquel viejo notario que se pasa los días
en su mínima y lenta preocupación de rata;
este alcalde adiposo de grande abdomen vacuo
chapoteando en su vida tal como en una salsa;
aquel comercio lento, igual, de hace diez siglos;
estas cabras que triscan el resol de la plaza;
algún mendigo, algún caballo que atraviesa
tiñoso, gris y flaco, por estas calles anchas;
la fría y atrofiante modorra del domingo
jugando en los casinos con billar y barajas;
todo, todo el rebaño tedioso de estas vidas
en este pueblo viejo donde no ocurre nada,
todo esto se muere, se cae, se desmorona,
a fuerza de ser cómodo y de estar a sus anchas.
¡Piedad, Señor, piedad para mi pobre pueblo!
Sobre estas almas simples, desata algún canalla
que contra el agua muerta de sus vidas arroje
la piedra redentora de una insólita hazaña...
Algún ladrón que asalte ese banco en la noche,
algún Don Juan que viole esa doncella casta,
algún tahur de oficio que se meta en el pueblo
y revuelva estas gentes honorables y mansas.
¡Piedad, Señor, piedad para mi pobre pueblo
donde mi pobre gente se morirá de nada!
600
Leandro Fernández de Moratín
Epístola A Don Simón Rodríguez Laso, Rector Del Colegio De San Clemente De Bolonia
Laso, el instante que llamamos vida,
¿es poco breve, di, que el hombre deba
su fin apresurar? O los que al mundo
naturaleza dio males crueles,
¿tan pocos fueron, que el error disculpen
con que aspiramos a crecer la suma?
¿Ves afanarse en modos mil, buscando
riquezas, fama, autoridad y honores,
la humana multitud ciega y perdida?
Oye el lamento universal. Ninguno
verás que a la deidad con atrevidos
votos no canse, y otra suerte envidie.
Todos, desde la choza mal cubierta
de rudos troncos, al robusto alcázar
de los tiranos donde truena el bronce,
infelices se llaman. ¡Ay! y acaso
todos lo son: que de un afecto en otro,
de una esperanza, y otra, y mil creídos,
hallan, huyendo el bien, fatiga y muerte.
Así buscando el navegante asturo
la playa austral, que en vano solicita,
si ve, muriendo el sol, nube distante,
allá dirige las hinchadas lonas.
Su error conoce al fin; pero distingue
monte de hielo entre la niebla obscura,
y a esperar vuelve, y otra vez se engaña,
hasta que horrible tempestad le cerca,
braman las ondas, y aquilón sañudo
el frágil leño en remolinos hunde,
o yerto escollo de coral le rompe.
La paz del corazón, única y sola
delicia del mortal, no la consigue
sin que el furor de su ambición reprima,
sin que del vicio la coyunda logre
intrépido romper. Ni hallarle espere
en la estrechez de sórdida pobreza,
que las pálidas fiebres acompañan,
la desesperación y los delitos,
ni los metales que a mi rey tributa.
Lima opulenta poseyendo. El vulgo
vano, sin luz, de la fortuna adora
el ídolo engañoso; la prudente
moderación es la virtud del sabio.
Feliz aquél que en áurea medianía,
ambos extremos evitando, abraza
ignorada quietud. Ni el bien ajeno
su paz turbó, ni de insolente orgullo
las iras teme, ni el favor procura;
suena en su labio la verdad, detesta
al vicio; aunque del orbe el cetro empuñe
y envilecida multitud le adore.
Libre, inocente, obscuro, alegre vive,
a nadie superior, de nadie esclavo.
¿Pero cuál frenesí la mente ocupa
del hombre, y llena su existencia breve
de angustias y dolor? Tú, si en las horas
de largo estudio el corazón humano
supiste conocer, o en los famosos
palacios donde la opulencia habita,
la astucia y corrupción, ¿hallaste alguno
de los que el aura del favor sustenta,
y martiriza áspera sed de imperio,
que un placer guste, que una vez descanse?
¡Y cómo burla su esperanza, y postra
la suerte su ambición! Los sube en alto,
para que al suelo con mayor ruina
se precipiten. Como en noche obscura
centella artificial los aires rompe,
la plebe admira el esplendor mentido
de su rápida luz; retumba y muere.
¿Ves, adornado con diamantes y oro,
de vestiduras séricas cubierto
y púrpuras del sur, que arrastra y pisa,
al poderoso audaz? ¿La numerosa
turba no ves que le saluda humilde,
ocupando los pórticos sonoros
de la fábrica inmensa, que olvidado
de morir, ya decrépito, levanta?
¡Ay! no le envidies, que en su pecho anidan
tristes afanes. La brillante pompa,
esclavitud magnífica, los humos
de adulación servil, las militares
puntas que entorno a defenderle asisten,
ni los tesoros que avariento oculta,
ni cien provincias a su ley sujetas,
alivio le darán. Y en vano al sueño
invoca en pavorosa y luenga noche;
busca reposo en vano, y por las altas
bóvedas de marfil vuela el suspiro.
¡Oh tú, del Arlas vagaroso humilde
orilla, rica de las mies de Ceres,
de pámpanos y olivos! ¡Verde prado
que pasta mudo el ganadillo errante,
áspero monte, opaca selva y fría!
¿Cuándo será que habitador dichoso
de cómodo, rural, pequeño albergue,
templo de la Amistad y de las Musas,
al cielo grato y a los hombres, vea
en deliciosa paz los años míos
volar fugaces? Parca mesa, ameno
jardín, de frutos abundante y flores,
que yo cultivaré, sonoras aguas
que de la altura al valle se deslicen,
y lentas formen transparente lago
a los cisnes de Venus, escondida
gruta de musgo y de laurel cubierta,
aves canoras, revolando alegres
y libres como yo, rumor süave
que en torno zumbe del panal hibleo,
y leves auras espirando olores;
esto a mi corazón le basta... Y cuando
llegue el silencio de la noche eterna,
descansaré, sombra feliz, si algunas
lágrimas tristes mi sepulcro bañan.
¿es poco breve, di, que el hombre deba
su fin apresurar? O los que al mundo
naturaleza dio males crueles,
¿tan pocos fueron, que el error disculpen
con que aspiramos a crecer la suma?
¿Ves afanarse en modos mil, buscando
riquezas, fama, autoridad y honores,
la humana multitud ciega y perdida?
Oye el lamento universal. Ninguno
verás que a la deidad con atrevidos
votos no canse, y otra suerte envidie.
Todos, desde la choza mal cubierta
de rudos troncos, al robusto alcázar
de los tiranos donde truena el bronce,
infelices se llaman. ¡Ay! y acaso
todos lo son: que de un afecto en otro,
de una esperanza, y otra, y mil creídos,
hallan, huyendo el bien, fatiga y muerte.
Así buscando el navegante asturo
la playa austral, que en vano solicita,
si ve, muriendo el sol, nube distante,
allá dirige las hinchadas lonas.
Su error conoce al fin; pero distingue
monte de hielo entre la niebla obscura,
y a esperar vuelve, y otra vez se engaña,
hasta que horrible tempestad le cerca,
braman las ondas, y aquilón sañudo
el frágil leño en remolinos hunde,
o yerto escollo de coral le rompe.
La paz del corazón, única y sola
delicia del mortal, no la consigue
sin que el furor de su ambición reprima,
sin que del vicio la coyunda logre
intrépido romper. Ni hallarle espere
en la estrechez de sórdida pobreza,
que las pálidas fiebres acompañan,
la desesperación y los delitos,
ni los metales que a mi rey tributa.
Lima opulenta poseyendo. El vulgo
vano, sin luz, de la fortuna adora
el ídolo engañoso; la prudente
moderación es la virtud del sabio.
Feliz aquél que en áurea medianía,
ambos extremos evitando, abraza
ignorada quietud. Ni el bien ajeno
su paz turbó, ni de insolente orgullo
las iras teme, ni el favor procura;
suena en su labio la verdad, detesta
al vicio; aunque del orbe el cetro empuñe
y envilecida multitud le adore.
Libre, inocente, obscuro, alegre vive,
a nadie superior, de nadie esclavo.
¿Pero cuál frenesí la mente ocupa
del hombre, y llena su existencia breve
de angustias y dolor? Tú, si en las horas
de largo estudio el corazón humano
supiste conocer, o en los famosos
palacios donde la opulencia habita,
la astucia y corrupción, ¿hallaste alguno
de los que el aura del favor sustenta,
y martiriza áspera sed de imperio,
que un placer guste, que una vez descanse?
¡Y cómo burla su esperanza, y postra
la suerte su ambición! Los sube en alto,
para que al suelo con mayor ruina
se precipiten. Como en noche obscura
centella artificial los aires rompe,
la plebe admira el esplendor mentido
de su rápida luz; retumba y muere.
¿Ves, adornado con diamantes y oro,
de vestiduras séricas cubierto
y púrpuras del sur, que arrastra y pisa,
al poderoso audaz? ¿La numerosa
turba no ves que le saluda humilde,
ocupando los pórticos sonoros
de la fábrica inmensa, que olvidado
de morir, ya decrépito, levanta?
¡Ay! no le envidies, que en su pecho anidan
tristes afanes. La brillante pompa,
esclavitud magnífica, los humos
de adulación servil, las militares
puntas que entorno a defenderle asisten,
ni los tesoros que avariento oculta,
ni cien provincias a su ley sujetas,
alivio le darán. Y en vano al sueño
invoca en pavorosa y luenga noche;
busca reposo en vano, y por las altas
bóvedas de marfil vuela el suspiro.
¡Oh tú, del Arlas vagaroso humilde
orilla, rica de las mies de Ceres,
de pámpanos y olivos! ¡Verde prado
que pasta mudo el ganadillo errante,
áspero monte, opaca selva y fría!
¿Cuándo será que habitador dichoso
de cómodo, rural, pequeño albergue,
templo de la Amistad y de las Musas,
al cielo grato y a los hombres, vea
en deliciosa paz los años míos
volar fugaces? Parca mesa, ameno
jardín, de frutos abundante y flores,
que yo cultivaré, sonoras aguas
que de la altura al valle se deslicen,
y lentas formen transparente lago
a los cisnes de Venus, escondida
gruta de musgo y de laurel cubierta,
aves canoras, revolando alegres
y libres como yo, rumor süave
que en torno zumbe del panal hibleo,
y leves auras espirando olores;
esto a mi corazón le basta... Y cuando
llegue el silencio de la noche eterna,
descansaré, sombra feliz, si algunas
lágrimas tristes mi sepulcro bañan.
586
Leandro Fernández de Moratín
Epístola El Filosofastro
Ayer Don Ermeguncio, aquel pedante
locuaz, declamador, a verme vino
en punto de las diez. Si de él te acuerdas,
sabrás que no tan solo es importuno,
presumido, embrollón, sino que a tantas
gracias añade la de ser goloso
más que el perro de Filis. No te puedo
decir con cuántas indirectas frases
y tropos elegantes y floridos
me pidió de almorzar. Cedí al encanto
de su elocuencia, y vieras conducida
del rústico gallego que me sirve
ancha bandeja con tazón chinesco
rebosando de hirviente chocolate
(ración cumplida para tres prelados
benedictinos), y en cristal luciente,
agua que serenó barro de Andújar;
tierno y sabroso pan, mucha abundancia
de leves tortas y bizcochos duros,
que toda absorben la poción süave
de Soconusco, y su dureza pierden.
No con tanto placer el lobo hambriento
mira la enferma res, que en solitario
bosque perdió el pastor; como el ayuno
huésped el don que le presento opimo.
Antes de comenzar el gran destrozo,
altos elogios hizo del fragante
aroma que la taza despedía,
del esponjoso pan, de los dorados
bollos, del plato, del mantel, del agua;
y empieza a devorar. Mas no presumas
que por eso calló: diserta y come,
engulle y grita, fatigando a un tiempo
estómago y pulmón. ¡Qué cosas dijo!
¡Cuánta doctrina acumuló, citando
vengan al caso o no, godos y etruscos!
Al fin, en ronca voz: "¡Oh edad nefanda,
vicios abominables! ¡Oh costumbres!
¡Oh corrupción!" exclama, y de camino
dos tortas se tragó. "¡Qué a tanto llegue
nuestra depravación, y un placer solo
tantos afanes y dolor produzca
a la oprimida humanidad! Por este
sorbo llenamos de miseria y luto
la América infeliz, por él Europa,
la culta Europa en el Oriente usurpa
vastas regiones, porque puso en ellas
naturaleza el cinamomo ardiente;
y para que más grato el gusto adule
este licor, en duros eslabones
hace gemir al atezado pueblo
que en África compró, simple y desnudo.
¡Oh! ¡qué abominación!" Dijo, y llorando
lágrimas de dolor, se echó de un golpe
cuanto en el hondo cangilón quedaba.
Claudio, si tú no lloras, pues la risa
llanto causa también, de mármol eres,
que es mucha erudición, celo muy puro,
mucho prurito de censura estoica
el de mi huésped; y este celo, y esta
comezón docta, es general locura
del filosofador siglo presente.
Más difíciles somos y atrevidos
que nuestros padres, más innovadores,
pero mejores no. Mucha doctrina,
poca virtud. No hay picarón tramposo,
venal, entremetido, disoluto,
infame delator, amigo falso,
que ya no ejerza autoridad censoria
en la Puerta del Sol, y allí gobierne
los estados del mundo, las costumbres,
los ritos y las leyes mude y quite.
Próculo, que se viste y calza y come
de calumniar y de mentir, publica
centones de moral. Nevio, que puso
pleito a su madre y la encerró por loca,
dice que ya la autoridad paterna
ni apoyos tiene ni vigor, y nace
la corrupción de aquí. Zenón, que trata
de no pagar a su pupila el dote,
habiéndola comido el patrimonio
que en su mano rapaz la ley le entrega,
dice que no hay justicia, y se conduele
de que la probidad es nombre vano.
Rufino, que vendió por precio infame
las gracias de su esposa, solicita
una insignia de honor. Camilo apunta
cien onzas, mil, a la mayor de espadas,
en ilustres garitos disipando
la sangre de sus pueblos infelices,
y habla de patriotismo... Claudio, todos
predican ya virtud, como el hambriento
don Ermeguncio cuando sorbe y llora...
Dichoso aquél que la practica y calla.
locuaz, declamador, a verme vino
en punto de las diez. Si de él te acuerdas,
sabrás que no tan solo es importuno,
presumido, embrollón, sino que a tantas
gracias añade la de ser goloso
más que el perro de Filis. No te puedo
decir con cuántas indirectas frases
y tropos elegantes y floridos
me pidió de almorzar. Cedí al encanto
de su elocuencia, y vieras conducida
del rústico gallego que me sirve
ancha bandeja con tazón chinesco
rebosando de hirviente chocolate
(ración cumplida para tres prelados
benedictinos), y en cristal luciente,
agua que serenó barro de Andújar;
tierno y sabroso pan, mucha abundancia
de leves tortas y bizcochos duros,
que toda absorben la poción süave
de Soconusco, y su dureza pierden.
No con tanto placer el lobo hambriento
mira la enferma res, que en solitario
bosque perdió el pastor; como el ayuno
huésped el don que le presento opimo.
Antes de comenzar el gran destrozo,
altos elogios hizo del fragante
aroma que la taza despedía,
del esponjoso pan, de los dorados
bollos, del plato, del mantel, del agua;
y empieza a devorar. Mas no presumas
que por eso calló: diserta y come,
engulle y grita, fatigando a un tiempo
estómago y pulmón. ¡Qué cosas dijo!
¡Cuánta doctrina acumuló, citando
vengan al caso o no, godos y etruscos!
Al fin, en ronca voz: "¡Oh edad nefanda,
vicios abominables! ¡Oh costumbres!
¡Oh corrupción!" exclama, y de camino
dos tortas se tragó. "¡Qué a tanto llegue
nuestra depravación, y un placer solo
tantos afanes y dolor produzca
a la oprimida humanidad! Por este
sorbo llenamos de miseria y luto
la América infeliz, por él Europa,
la culta Europa en el Oriente usurpa
vastas regiones, porque puso en ellas
naturaleza el cinamomo ardiente;
y para que más grato el gusto adule
este licor, en duros eslabones
hace gemir al atezado pueblo
que en África compró, simple y desnudo.
¡Oh! ¡qué abominación!" Dijo, y llorando
lágrimas de dolor, se echó de un golpe
cuanto en el hondo cangilón quedaba.
Claudio, si tú no lloras, pues la risa
llanto causa también, de mármol eres,
que es mucha erudición, celo muy puro,
mucho prurito de censura estoica
el de mi huésped; y este celo, y esta
comezón docta, es general locura
del filosofador siglo presente.
Más difíciles somos y atrevidos
que nuestros padres, más innovadores,
pero mejores no. Mucha doctrina,
poca virtud. No hay picarón tramposo,
venal, entremetido, disoluto,
infame delator, amigo falso,
que ya no ejerza autoridad censoria
en la Puerta del Sol, y allí gobierne
los estados del mundo, las costumbres,
los ritos y las leyes mude y quite.
Próculo, que se viste y calza y come
de calumniar y de mentir, publica
centones de moral. Nevio, que puso
pleito a su madre y la encerró por loca,
dice que ya la autoridad paterna
ni apoyos tiene ni vigor, y nace
la corrupción de aquí. Zenón, que trata
de no pagar a su pupila el dote,
habiéndola comido el patrimonio
que en su mano rapaz la ley le entrega,
dice que no hay justicia, y se conduele
de que la probidad es nombre vano.
Rufino, que vendió por precio infame
las gracias de su esposa, solicita
una insignia de honor. Camilo apunta
cien onzas, mil, a la mayor de espadas,
en ilustres garitos disipando
la sangre de sus pueblos infelices,
y habla de patriotismo... Claudio, todos
predican ya virtud, como el hambriento
don Ermeguncio cuando sorbe y llora...
Dichoso aquél que la practica y calla.
868
Leandro Fernández de Moratín
Epístola A Don Gaspar De Jovellanos
Sí, la pura amistad, que en dulce nudo
nuestras almas unió, durable existe,
Jovino ilustre; y ni la ausencia larga,
ni la distancia, ni interpuestos montes
y proceloso mar que suena ronco,
de mi memoria apartarán tu idea.
Duro silencio a mi cariño impuso
el son de Marte, que suspende ahora
la paz, la dulce paz. Sé que en obscura,
deliciosa quietud, contento vives,
siempre animado de incansable celo
por el público bien, de las virtudes
y del talento protector y amigo.
Estos que formo de primor desnudos,
no castigados de tu docta lima,
fáciles versos, la verdad te anuncien
de mi constante fe; y el cielo en tanto
vuélvame presto la ocasión de verte
y renovar en familiar discurso
cuanto a mi vista presentó del orbe
la varia escena. De mi patria orilla
a las que el Sena turbulento baña,
teñido en sangre, del audaz britano,
dueño del mar, al aterido belga;
del Rhin profundo a las nevadas cumbres
del Apenino, y la que en humo ardiente
cubre y ceniza a Nápoles canora,
pueblos, naciones visité distintas.
Útil ciencia adquirí, que nunca enseña
docta lección en retirada estancia;
que allí no ves la diferencia suma
que el clima, el culto, la opinión, las artes,
las leyes causan. Hallarasla sólo,
si al hombre estudias en el hombre mismo.
Ya el crudo invierno que aumentó las ondas
del Tibre, en sus orillas me detiene,
de Roma habitador. ¡Fuéseme dado
vagar por ella, y de su gloria antigua
contigo examinar los admirables
restos que el tiempo, a cuya fuerza nada
resiste, quiso perdonar! Alumno
tú de las Musas y las artes bellas,
oráculo veraz de la alma historia,
¡cuánta doctrina al afluente labio
dieras, y cuántas, inflamado el numen,
imágenes sublimes hallarías
en los destrozos del mayor imperio!
Cayó la gran ciudad que las naciones
más belicosas dominó, y con ella
acabó el nombre y el valor latino;
y la que, osada, desde el Nilo al Betis
sus águilas llevó, prole de Marte,
adornando de bárbaros trofeos
el Capitolio, conduciendo atados
al carro de marfil reyes adustos,
entre el sonido de torcidas trompas
y el ronco aplauso de los anchos foros;
la que dio leyes a la tierra; horrible
noche la cubre, pereció. Ni esperes
en la que existe descendencia obscura,
torpe, abatida, del honor primero,
de la antigua virtud hallar señales.
Estos desmoronados edificios,
informes masas que el arado rompe,
circos un tiempo, alcázares, teatros,
termas, soberbios arcos y sepulcros,
donde (fama es común) tal vez se escucha,
en el silencio de la sombra triste,
lamento funeral, la gloria acuerdan
del pueblo ilustre de Quirino, y sólo
esto conserva a las futuras gentes
la señora del mundo, ínclita Roma.
¿Esto y no más, de su poder temido,
de sus artes quedó? ¡Que no pudieron
ni su virtud, ni su saber, ni unida
tanta opulencia, mitigar del hado
la ley tremenda o dilatar el golpe?
¡Ay! si todo es mortal, si al tiempo ceden,
como la débil flor, los fuertes muros;
si los bronces y pórfidos quebranta,
y los destruye, y los sepulta en polvo,
¿para quién guarda su tesoro intacto
el avaro infeliz? ¿a quién promete
nombre inmortal la adulación traidora,
que la violencia ensalza y los delitos?
¿por qué a la tumba presurosa corre
la humana estirpe vengativa, airada,
envidiosa...? ¿de qué?, si cuanto existe,
y cuanto el hombre ve, todo es rüinas.
Todo, que a no volver huyen las horas
precipitadas, y a su fin conducen
de los altos imperios de la tierra
el caduco esplendor. Solo el oculto
numen que anima el universo, eterno
vive, y él sólo es poderoso y grande.
nuestras almas unió, durable existe,
Jovino ilustre; y ni la ausencia larga,
ni la distancia, ni interpuestos montes
y proceloso mar que suena ronco,
de mi memoria apartarán tu idea.
Duro silencio a mi cariño impuso
el son de Marte, que suspende ahora
la paz, la dulce paz. Sé que en obscura,
deliciosa quietud, contento vives,
siempre animado de incansable celo
por el público bien, de las virtudes
y del talento protector y amigo.
Estos que formo de primor desnudos,
no castigados de tu docta lima,
fáciles versos, la verdad te anuncien
de mi constante fe; y el cielo en tanto
vuélvame presto la ocasión de verte
y renovar en familiar discurso
cuanto a mi vista presentó del orbe
la varia escena. De mi patria orilla
a las que el Sena turbulento baña,
teñido en sangre, del audaz britano,
dueño del mar, al aterido belga;
del Rhin profundo a las nevadas cumbres
del Apenino, y la que en humo ardiente
cubre y ceniza a Nápoles canora,
pueblos, naciones visité distintas.
Útil ciencia adquirí, que nunca enseña
docta lección en retirada estancia;
que allí no ves la diferencia suma
que el clima, el culto, la opinión, las artes,
las leyes causan. Hallarasla sólo,
si al hombre estudias en el hombre mismo.
Ya el crudo invierno que aumentó las ondas
del Tibre, en sus orillas me detiene,
de Roma habitador. ¡Fuéseme dado
vagar por ella, y de su gloria antigua
contigo examinar los admirables
restos que el tiempo, a cuya fuerza nada
resiste, quiso perdonar! Alumno
tú de las Musas y las artes bellas,
oráculo veraz de la alma historia,
¡cuánta doctrina al afluente labio
dieras, y cuántas, inflamado el numen,
imágenes sublimes hallarías
en los destrozos del mayor imperio!
Cayó la gran ciudad que las naciones
más belicosas dominó, y con ella
acabó el nombre y el valor latino;
y la que, osada, desde el Nilo al Betis
sus águilas llevó, prole de Marte,
adornando de bárbaros trofeos
el Capitolio, conduciendo atados
al carro de marfil reyes adustos,
entre el sonido de torcidas trompas
y el ronco aplauso de los anchos foros;
la que dio leyes a la tierra; horrible
noche la cubre, pereció. Ni esperes
en la que existe descendencia obscura,
torpe, abatida, del honor primero,
de la antigua virtud hallar señales.
Estos desmoronados edificios,
informes masas que el arado rompe,
circos un tiempo, alcázares, teatros,
termas, soberbios arcos y sepulcros,
donde (fama es común) tal vez se escucha,
en el silencio de la sombra triste,
lamento funeral, la gloria acuerdan
del pueblo ilustre de Quirino, y sólo
esto conserva a las futuras gentes
la señora del mundo, ínclita Roma.
¿Esto y no más, de su poder temido,
de sus artes quedó? ¡Que no pudieron
ni su virtud, ni su saber, ni unida
tanta opulencia, mitigar del hado
la ley tremenda o dilatar el golpe?
¡Ay! si todo es mortal, si al tiempo ceden,
como la débil flor, los fuertes muros;
si los bronces y pórfidos quebranta,
y los destruye, y los sepulta en polvo,
¿para quién guarda su tesoro intacto
el avaro infeliz? ¿a quién promete
nombre inmortal la adulación traidora,
que la violencia ensalza y los delitos?
¿por qué a la tumba presurosa corre
la humana estirpe vengativa, airada,
envidiosa...? ¿de qué?, si cuanto existe,
y cuanto el hombre ve, todo es rüinas.
Todo, que a no volver huyen las horas
precipitadas, y a su fin conducen
de los altos imperios de la tierra
el caduco esplendor. Solo el oculto
numen que anima el universo, eterno
vive, y él sólo es poderoso y grande.
390
Leandro Fernández de Moratín
Soneto La Noche De Montiel
¿Adónde adónde está, dice el Infante,
ese feroz tirano de Castilla?
Pedro al verle, desnuda la cuchilla,
y se presenta a su rival delante.
Cierra con él, y en lucha vacilante
le postra, y pone al pecho la rodilla
Beltrán (aunque sus glorias amancilla)
trueca a los hados el temido instante.
Herido el rey por la fraterna mano,
joven espira con horrenda muerte,
y el trono y los rencores abandona.
No aguarde premios en el mundo vano
la inocente virtud; si da la suerte
por un delito atroz, una corona.
ese feroz tirano de Castilla?
Pedro al verle, desnuda la cuchilla,
y se presenta a su rival delante.
Cierra con él, y en lucha vacilante
le postra, y pone al pecho la rodilla
Beltrán (aunque sus glorias amancilla)
trueca a los hados el temido instante.
Herido el rey por la fraterna mano,
joven espira con horrenda muerte,
y el trono y los rencores abandona.
No aguarde premios en el mundo vano
la inocente virtud; si da la suerte
por un delito atroz, una corona.
508
Leandro Fernández de Moratín
Inscripción Para El Sepulcro De D Francisco Gregorio De Salas
En esta venerada tumba, humilde,
yace Salicio: el ánimo celeste,
roto el nudo mortal, descansa y goza
eterno galardón. Vivió en la tierra
pastor sencillo, de ambición remoto,
a el trato fácil y a la honesta risa,
y del pudor y la inocencia amigo.
Ni envidia conoció, ni orgullo insano,
su corazón, como su lengua puro.
Amaba la virtud, amó las selvas.
Diole su plectro, y de olorosas flores.
guirnalda le ciñó, la que preside
al canto pastoril, divina Euterpe.
yace Salicio: el ánimo celeste,
roto el nudo mortal, descansa y goza
eterno galardón. Vivió en la tierra
pastor sencillo, de ambición remoto,
a el trato fácil y a la honesta risa,
y del pudor y la inocencia amigo.
Ni envidia conoció, ni orgullo insano,
su corazón, como su lengua puro.
Amaba la virtud, amó las selvas.
Diole su plectro, y de olorosas flores.
guirnalda le ciñó, la que preside
al canto pastoril, divina Euterpe.
368
Leandro Fernández de Moratín
Elegía A Las Musas
Esta corona, adorno de mi frente,
esta sonante lira y flautas de oro
y máscaras alegres, que algún día
me disteis, sacras Musas, de mis manos
trémulas recibid, y el canto acabe,
que fuera osado intento repetirle.
He visto ya cómo la edad ligera,
apresurando a no volver las horas,
robó con ellas su vigor al numen.
Sé que negáis vuestro favor divino
a la cansada senectud, y en vano
huera implorarle; pero en tanto, bellas
ninfas, del verde Pindo habitadoras,
no me neguéis que os agradezca humilde
los bienes que os debí. Si pude un día,
no indigno sucesor de nombre ilustre,
dilatarle famoso; a vos fue dado
llevar al fin mi atrevimiento. Sólo
pudo bastar vuestro amoroso anhelo
a prestarme constancia en los afanes
que turbaron mi paz, cuando insolente,
vano saber, enconos y venganzas,
codicia y ambición la patria mía
abandonaron a civil discordia.
Yo vi del polvo levantarse audaces
a dominar y perecer tiranos,
atropellarse efímeras las leyes,
y llamarse virtudes los delitos.
Vi las fraternas armas nuestros muros
bañar en sangre nuestra, combatirse,
vencido y vencedor, hijos de España,
y el trono desplomándose al vendido
ímpetu popular. De las arenas
que el mar sacude en la fenicia Gades,
a las que el Tajo lusitano envuelve
en oro y conchas, uno y otro imperio,
iras, desorden esparciendo y luto,
comunicarse el funeral estrago.
Así cuando en Sicilia el Etna ronco
revienta incendios, su bifronte cima
cubre el Vesubio en humo denso y llamas,
turba el Averno sus calladas ondas;
y allá del Tibre en la ribera etrusca
se estremece la cúpula soberbia,
que da sepulcro al sucesor de Cristo.*
¿Quién pudo en tanto horror mover el plectro?
¿Quién dar al verso acordes armonías,
oyendo resonar grito de muerte?
Tronó la tempestad: bramó iracundo
el huracán, y arrebató a los campos
sus frutos, su matiz; la rica pompa
destrozó de los árboles sombríos;
todas huyeron tímidas las aves
del blando nido, en el espanto mudas:
no más trinos de amor. Así agitaron
los tardos años mi existencia, y pudo
solo en región extraña el oprimido
ánimo hallar dulce descanso y vida.
Breve será, que ya la tumba aguarda
y sus mármoles abre a recibirme;
ya los voy a ocupar... Si no es eterno
el rigor de los hados, y reservan
a mi patria infeliz mayor ventura,
dénsela presto, y mi postrer suspiro
será por ella... Prevenid en tanto
flébiles tonos, enlazad coronas
de ciprés funeral, Musas celestes;
y donde a las del mar sus aguas mezcla
el Garona opulento, en silencioso
bosque de lauros y menudos mirtos,
ocultad entre flores mis cenizas.
esta sonante lira y flautas de oro
y máscaras alegres, que algún día
me disteis, sacras Musas, de mis manos
trémulas recibid, y el canto acabe,
que fuera osado intento repetirle.
He visto ya cómo la edad ligera,
apresurando a no volver las horas,
robó con ellas su vigor al numen.
Sé que negáis vuestro favor divino
a la cansada senectud, y en vano
huera implorarle; pero en tanto, bellas
ninfas, del verde Pindo habitadoras,
no me neguéis que os agradezca humilde
los bienes que os debí. Si pude un día,
no indigno sucesor de nombre ilustre,
dilatarle famoso; a vos fue dado
llevar al fin mi atrevimiento. Sólo
pudo bastar vuestro amoroso anhelo
a prestarme constancia en los afanes
que turbaron mi paz, cuando insolente,
vano saber, enconos y venganzas,
codicia y ambición la patria mía
abandonaron a civil discordia.
Yo vi del polvo levantarse audaces
a dominar y perecer tiranos,
atropellarse efímeras las leyes,
y llamarse virtudes los delitos.
Vi las fraternas armas nuestros muros
bañar en sangre nuestra, combatirse,
vencido y vencedor, hijos de España,
y el trono desplomándose al vendido
ímpetu popular. De las arenas
que el mar sacude en la fenicia Gades,
a las que el Tajo lusitano envuelve
en oro y conchas, uno y otro imperio,
iras, desorden esparciendo y luto,
comunicarse el funeral estrago.
Así cuando en Sicilia el Etna ronco
revienta incendios, su bifronte cima
cubre el Vesubio en humo denso y llamas,
turba el Averno sus calladas ondas;
y allá del Tibre en la ribera etrusca
se estremece la cúpula soberbia,
que da sepulcro al sucesor de Cristo.*
¿Quién pudo en tanto horror mover el plectro?
¿Quién dar al verso acordes armonías,
oyendo resonar grito de muerte?
Tronó la tempestad: bramó iracundo
el huracán, y arrebató a los campos
sus frutos, su matiz; la rica pompa
destrozó de los árboles sombríos;
todas huyeron tímidas las aves
del blando nido, en el espanto mudas:
no más trinos de amor. Así agitaron
los tardos años mi existencia, y pudo
solo en región extraña el oprimido
ánimo hallar dulce descanso y vida.
Breve será, que ya la tumba aguarda
y sus mármoles abre a recibirme;
ya los voy a ocupar... Si no es eterno
el rigor de los hados, y reservan
a mi patria infeliz mayor ventura,
dénsela presto, y mi postrer suspiro
será por ella... Prevenid en tanto
flébiles tonos, enlazad coronas
de ciprés funeral, Musas celestes;
y donde a las del mar sus aguas mezcla
el Garona opulento, en silencioso
bosque de lauros y menudos mirtos,
ocultad entre flores mis cenizas.
499
Leandro Fernández de Moratín
Soneto La Despedida
Nací de honesta madre: diome el cielo
fácil ingenio en gracias afluente;
dirigir supo el ánimo inocente
a la virtud el paternal desvelo.
Con sabio estudio, infatigable anhelo,
pude adquirir coronas a mi frente;
la corva scena resonó en frecuente
aplauso, alzando de mi nombre el vuelo.
Dócil, veraz, de muchos ofendido,
de ninguno ofensor, las musas bellas
mi pasión fueron, el honor mi guía.
Pero si así las leyes atropellas,
si para ti los méritos han sido
culpas, a Dios, ingrata patria mía.
fácil ingenio en gracias afluente;
dirigir supo el ánimo inocente
a la virtud el paternal desvelo.
Con sabio estudio, infatigable anhelo,
pude adquirir coronas a mi frente;
la corva scena resonó en frecuente
aplauso, alzando de mi nombre el vuelo.
Dócil, veraz, de muchos ofendido,
de ninguno ofensor, las musas bellas
mi pasión fueron, el honor mi guía.
Pero si así las leyes atropellas,
si para ti los méritos han sido
culpas, a Dios, ingrata patria mía.
666
Julián del Casal
A Un Dictador
Noble y altivo, generoso y bueno
Apareciste en tu nativa tierra,
Como sobre la nieve de alta sierra
De claro día el resplandor sereno.
Torpe ambición emponzoñó tu seno
Y, en el bridón siniestro de la guerra,
Trocaste el suelo que tu polvo encierra
En abismo de llanto, sangre y cieno.
Mas si hoy execra tu memoria el hombre,
No del futuro en la extensión remota
Tus manes han de ser escarnecidos;
Porque tuviste, paladín sin nombre,
En la hora cruel de la derrota,
El supremo valor de los vencidos.
Apareciste en tu nativa tierra,
Como sobre la nieve de alta sierra
De claro día el resplandor sereno.
Torpe ambición emponzoñó tu seno
Y, en el bridón siniestro de la guerra,
Trocaste el suelo que tu polvo encierra
En abismo de llanto, sangre y cieno.
Mas si hoy execra tu memoria el hombre,
No del futuro en la extensión remota
Tus manes han de ser escarnecidos;
Porque tuviste, paladín sin nombre,
En la hora cruel de la derrota,
El supremo valor de los vencidos.
605
José Antonio Ramos Sucre
El Justiciero
EL JUSTICIERO
Yo era un prelado riguroso. Mi autoridad pesaba sin
contemplaciones sobre un distrito fortificado. Mi palacio gobernaba el
río de la frontera, de cauce irregular, alterado por el
precipicio y la caverna. Mi estandarte, en figura de triángulo,
mandaba con acento vigoroso el concierto de escarpas, reductos y
atalayas.
Yo quería imponer, en su significación
cabal, los dragantes de mi blasón.
Me encarnizaba especialmente con los delitos de
condescendencia y de flaqueza. Vivía sumido en la
ventilación del problema de la gracia y del albedrío, y
sustraído al hechizo de la naturaleza sensible.
Yo ordené el castigo inhumano del
emparedamiento al saber el caso de una monja enamorada y
permanecí impasible a la súplica de sus deudos
arrodillados.
La infeliz se dirigió al sitio del suplicio
al compás de una música sorda y llevando a la diestra el
cirio de la penitencia.
Yo me enfermé de un mal incurable al recibir,
el día siguiente, la visita del progenitor de la víctima.
El anciano había aprendido, en la compañía de las
aves, un arte afectuoso. Habitaba, hasta ese momento, en la linde de
una floresta, en la vecindad de los ruiseñores, y los
había defendido de la saña innata del gavilán.
Las aves le habían referido, en trinos y
gorjeos, el cuento de esa vieja enemistad, notada, desde el alba de la
historia, en más de una teogonía venerable.
El anciano tañía el violón de
un ángel filarmónico, visto por mí en una
miniatura alegórica del paraíso.
Sus increpaciones, en el momento de alejarse, dieron
al traste con mi severidad.
Yo era un prelado riguroso. Mi autoridad pesaba sin
contemplaciones sobre un distrito fortificado. Mi palacio gobernaba el
río de la frontera, de cauce irregular, alterado por el
precipicio y la caverna. Mi estandarte, en figura de triángulo,
mandaba con acento vigoroso el concierto de escarpas, reductos y
atalayas.
Yo quería imponer, en su significación
cabal, los dragantes de mi blasón.
Me encarnizaba especialmente con los delitos de
condescendencia y de flaqueza. Vivía sumido en la
ventilación del problema de la gracia y del albedrío, y
sustraído al hechizo de la naturaleza sensible.
Yo ordené el castigo inhumano del
emparedamiento al saber el caso de una monja enamorada y
permanecí impasible a la súplica de sus deudos
arrodillados.
La infeliz se dirigió al sitio del suplicio
al compás de una música sorda y llevando a la diestra el
cirio de la penitencia.
Yo me enfermé de un mal incurable al recibir,
el día siguiente, la visita del progenitor de la víctima.
El anciano había aprendido, en la compañía de las
aves, un arte afectuoso. Habitaba, hasta ese momento, en la linde de
una floresta, en la vecindad de los ruiseñores, y los
había defendido de la saña innata del gavilán.
Las aves le habían referido, en trinos y
gorjeos, el cuento de esa vieja enemistad, notada, desde el alba de la
historia, en más de una teogonía venerable.
El anciano tañía el violón de
un ángel filarmónico, visto por mí en una
miniatura alegórica del paraíso.
Sus increpaciones, en el momento de alejarse, dieron
al traste con mi severidad.
470
José Antonio Ramos Sucre
El Protervo
EL PROTERVO
Nosotros constituíamos una amenaza efectiva.
Los clérigos nos designaban por medio de
circunloquios al elevar sus preces, durante el oficio divino.
Decidimos asaltar la casa de un magistrado
venerable, para convencerlo de nuestra actividad y de la ineficacia de
sus decretos y pregones.
Esperaba intimidarnos al doblar el número de
sus espías y de sus alguaciles y al lisonjearlos con la promesa
de una recompensa abundante.
Ejecutamos el proyecto sigilosamente y con
determinación y nos llevamos la mujer del juez incorruptible.
El más joven de los compañeros
perdió su máscara en medio de la ocurrencia y vino a ser
reconocido y preso.
Permaneció mudo al sufrir los martirios
inventados por los ministros de la justicia y no lanzó una queja
cuando el borceguí le trituró un pie. Murió dando
topetadas al muro del calabozo de piso hundido y de techo bajo y de
plomo.
Gané la mujer del jurista al distribuirse el
botín, el día siguiente, por medio de la suerte. Su
lozanía aumentaba el solaz de mi vivienda rústica. Sus
cortos años la separaban de un marido reumático y
tosigoso.
Un compañero, enemigo de mi fortuna, se
permitió tratarla con avilantez. Trabamos una lucha a muerte y
lo dejé estirado de un tratazo en la cabeza. Los demás
permanecieron en silencio, aconsejados del escarmiento.
La mujer no pudo sobrellevar la
compañía de un perdido y murió de vergüenza y
de pesadumbre al cabo de dos años, dejándome una
niña recién nacida.
Yo la abandoné en poder de unas criadas de mi
confianza, gente disoluta y cruel, y volví a mis aventuras
cuando la mano del verdugo había diezmado la caterva de mis
fieles.
Muchos seguían pendientes de su horca
,deshaciéndose a la intemperie, en un arrabal escandaloso.
Al verme solo, he decidido esperar en mi refugio la
aparición de nuevos adeptos, salidos de entre los pobres.
Dirijo a la práctica del mal, en medio de mis
años, una voluntad ilesa.
Las criadas nefarias han dementado a mi hija por
medio de sugestiones y de ejemplos funestos. Yo la he encerrado en una
estancia segura y sin entrada, salvo un postigo para el paso de escasas
viandas una vez al día.
Yo me asomo a verla ocasionalmente y mis sarcasmos
restablecen su llanto y alientan su desesperación.
Nosotros constituíamos una amenaza efectiva.
Los clérigos nos designaban por medio de
circunloquios al elevar sus preces, durante el oficio divino.
Decidimos asaltar la casa de un magistrado
venerable, para convencerlo de nuestra actividad y de la ineficacia de
sus decretos y pregones.
Esperaba intimidarnos al doblar el número de
sus espías y de sus alguaciles y al lisonjearlos con la promesa
de una recompensa abundante.
Ejecutamos el proyecto sigilosamente y con
determinación y nos llevamos la mujer del juez incorruptible.
El más joven de los compañeros
perdió su máscara en medio de la ocurrencia y vino a ser
reconocido y preso.
Permaneció mudo al sufrir los martirios
inventados por los ministros de la justicia y no lanzó una queja
cuando el borceguí le trituró un pie. Murió dando
topetadas al muro del calabozo de piso hundido y de techo bajo y de
plomo.
Gané la mujer del jurista al distribuirse el
botín, el día siguiente, por medio de la suerte. Su
lozanía aumentaba el solaz de mi vivienda rústica. Sus
cortos años la separaban de un marido reumático y
tosigoso.
Un compañero, enemigo de mi fortuna, se
permitió tratarla con avilantez. Trabamos una lucha a muerte y
lo dejé estirado de un tratazo en la cabeza. Los demás
permanecieron en silencio, aconsejados del escarmiento.
La mujer no pudo sobrellevar la
compañía de un perdido y murió de vergüenza y
de pesadumbre al cabo de dos años, dejándome una
niña recién nacida.
Yo la abandoné en poder de unas criadas de mi
confianza, gente disoluta y cruel, y volví a mis aventuras
cuando la mano del verdugo había diezmado la caterva de mis
fieles.
Muchos seguían pendientes de su horca
,deshaciéndose a la intemperie, en un arrabal escandaloso.
Al verme solo, he decidido esperar en mi refugio la
aparición de nuevos adeptos, salidos de entre los pobres.
Dirijo a la práctica del mal, en medio de mis
años, una voluntad ilesa.
Las criadas nefarias han dementado a mi hija por
medio de sugestiones y de ejemplos funestos. Yo la he encerrado en una
estancia segura y sin entrada, salvo un postigo para el paso de escasas
viandas una vez al día.
Yo me asomo a verla ocasionalmente y mis sarcasmos
restablecen su llanto y alientan su desesperación.
446
José Antonio Ramos Sucre
El Festín De Los Buitres
EL FESTÍN DE LOS BUITRES
Había pedido la seguridad y el atrevimiento
después de sacrificar a su mujer. La había sorprendido en
una entrevista con el enemigo y le infirió la muerte antes de
escuchar la primera disculpa.
Había quedado solo y casi inerme. La tribu
peregrina había sucumbido en la porfía con
ejércitos regulares. El superviviente no contaba otros bienes
sino su caballo y un carro encomendado a la fuerza de sus canes y en
donde se guarnecía de la lluvia. Habría muerto de hambre
si no se atreviera con las raíces incultas y con las viandas
aprovechadas por los gitanos en su dieta indigente.
Recibía a cada instante una advertencia de la
suerte. Llegó a desconocer el ruido de sus propios pasos y
giró sobre sí mismo para defenderse. Un aparecido
acostumbraba interrumpirle el sueño, violentando la puerta de su
vivienda en medio de la jauría consternada.
El proscrito decidió abandonarse a merced de
los sucesos. Se encontró fortuitamente con una mendiga lastimosa
el día de caer prisionero y de ser victimado. La ancianidad la
había convertido en una grulla de muletas.
La mendiga deseaba el fin de la guerra continua, en
donde había perdido sus hijos, y se prestaba al oficio de
espía.
Los vencedores sobrevinieron por vías
distintas y desvanecieron el último ademán de la defensa.
Lo hirieron a satisfacción.
La mendiga se limitó a sellar con un
puño de tierra la faz del héroe.
Había pedido la seguridad y el atrevimiento
después de sacrificar a su mujer. La había sorprendido en
una entrevista con el enemigo y le infirió la muerte antes de
escuchar la primera disculpa.
Había quedado solo y casi inerme. La tribu
peregrina había sucumbido en la porfía con
ejércitos regulares. El superviviente no contaba otros bienes
sino su caballo y un carro encomendado a la fuerza de sus canes y en
donde se guarnecía de la lluvia. Habría muerto de hambre
si no se atreviera con las raíces incultas y con las viandas
aprovechadas por los gitanos en su dieta indigente.
Recibía a cada instante una advertencia de la
suerte. Llegó a desconocer el ruido de sus propios pasos y
giró sobre sí mismo para defenderse. Un aparecido
acostumbraba interrumpirle el sueño, violentando la puerta de su
vivienda en medio de la jauría consternada.
El proscrito decidió abandonarse a merced de
los sucesos. Se encontró fortuitamente con una mendiga lastimosa
el día de caer prisionero y de ser victimado. La ancianidad la
había convertido en una grulla de muletas.
La mendiga deseaba el fin de la guerra continua, en
donde había perdido sus hijos, y se prestaba al oficio de
espía.
Los vencedores sobrevinieron por vías
distintas y desvanecieron el último ademán de la defensa.
Lo hirieron a satisfacción.
La mendiga se limitó a sellar con un
puño de tierra la faz del héroe.
482
José Antonio Ramos Sucre
Las Suplicantes
LAS SUPLICANTES
Las mujeres fugitivas se prosternan a los pies del
rey y se expresan en voces entrecortadas, sin ordenar el cuento de su
desgracia.
El rey no consigue entenderlas sino cuando se aparta
a un lado con la más serena y diserta.
No podían sufrir los oprobios de su
señor. Se horrorizaban de sus bigotes lacios, de su cara
cetrina, de su vientre descolgado sobre unas piernas de enano.
Yo salí inmediatamente a impedir la
generosidad del rey y lo disuadí de salvar a las fugitivas.
Yo había dominado, en esos días, una
sedición entre las mujeres de mi serrallo. Se dejaron aconsejar
de un eunuco malicioso y deforme, comparado por ellas mismas al
cebú.
Yo le había inferido el agravio más
pesado entre los musulmanes, arrojándole al rostro una de mis
pantuflas cuando me hallaba enfurecido por un brebaje de
cáñamo.
Las suplicantes fueron devueltas a su dueño
por mi consejo y bajo mi dirección. Marcharon a pie, atadas
entre sí por los cabellos, a través de un arenal ardiente
y bajo el azote de uno de mis esclavos.
Yo las puse en manos de su amo y le recomendé
un castigo memorable.
Las paseó, en medio de la gritería
popular, montadas de espaldas sobre unos camellos roídos de
sarna.
Unas viejas les salieron al encuentro,
dirigiéndoles motes desvergonzados y lanzándoles
puños de la basura de la calle.
Las mujeres fugitivas se prosternan a los pies del
rey y se expresan en voces entrecortadas, sin ordenar el cuento de su
desgracia.
El rey no consigue entenderlas sino cuando se aparta
a un lado con la más serena y diserta.
No podían sufrir los oprobios de su
señor. Se horrorizaban de sus bigotes lacios, de su cara
cetrina, de su vientre descolgado sobre unas piernas de enano.
Yo salí inmediatamente a impedir la
generosidad del rey y lo disuadí de salvar a las fugitivas.
Yo había dominado, en esos días, una
sedición entre las mujeres de mi serrallo. Se dejaron aconsejar
de un eunuco malicioso y deforme, comparado por ellas mismas al
cebú.
Yo le había inferido el agravio más
pesado entre los musulmanes, arrojándole al rostro una de mis
pantuflas cuando me hallaba enfurecido por un brebaje de
cáñamo.
Las suplicantes fueron devueltas a su dueño
por mi consejo y bajo mi dirección. Marcharon a pie, atadas
entre sí por los cabellos, a través de un arenal ardiente
y bajo el azote de uno de mis esclavos.
Yo las puse en manos de su amo y le recomendé
un castigo memorable.
Las paseó, en medio de la gritería
popular, montadas de espaldas sobre unos camellos roídos de
sarna.
Unas viejas les salieron al encuentro,
dirigiéndoles motes desvergonzados y lanzándoles
puños de la basura de la calle.
419
José Antonio Ramos Sucre
Rúnica
RÚNICA
El rey inmoderado nació de los amores de su
madre con un monstruo del mar. Su voz detiene, cerca de la playa, una
orca alimentada del tributo de cien doncellas.
Se abandona, durante la noche, al frenesí de
la embriaguez y sus leales juegan a herirse con los aceros afilados,
con el dardo de cazar jabalíes, pendiente del cinto de las
estatuas épicas.
El rey incontinente se apasiona de una joven
acostumbrada a la severidad de la pobreza y escondida en su
cabaña de piedras. Se embellecía con las flores del
matorral de áspera crin.
La joven es asociada a la vida orgiástica. Un
cortesano dicaz añade una acusación a su gracejo
habitual. El rey interrumpe el festín y la condena a morir bajo
el tumulto de unos caballos negros.
La víctima duerme bajo el húmedo musgo.
El rey inmoderado nació de los amores de su
madre con un monstruo del mar. Su voz detiene, cerca de la playa, una
orca alimentada del tributo de cien doncellas.
Se abandona, durante la noche, al frenesí de
la embriaguez y sus leales juegan a herirse con los aceros afilados,
con el dardo de cazar jabalíes, pendiente del cinto de las
estatuas épicas.
El rey incontinente se apasiona de una joven
acostumbrada a la severidad de la pobreza y escondida en su
cabaña de piedras. Se embellecía con las flores del
matorral de áspera crin.
La joven es asociada a la vida orgiástica. Un
cortesano dicaz añade una acusación a su gracejo
habitual. El rey interrumpe el festín y la condena a morir bajo
el tumulto de unos caballos negros.
La víctima duerme bajo el húmedo musgo.
475
Juan Ramón Jiménez
Dios De Amor
Lo que queráis, señor;
y sea lo que queráis.
Si queréis que entre las rosas
ría hacia los matinales
resplandores de la vida,
que sea lo que queráis.
Si queréis que entre los cardos
sangre hacia las insondables
sombras de la noche eterna,
que sea lo que queráis.
Gracias si queréis que mire,
gracias si queréis cegarme;
gracias por todo y por nada,
y sea lo que queráis.
Lo que queráis, señor;
y sea lo que queráis.
y sea lo que queráis.
Si queréis que entre las rosas
ría hacia los matinales
resplandores de la vida,
que sea lo que queráis.
Si queréis que entre los cardos
sangre hacia las insondables
sombras de la noche eterna,
que sea lo que queráis.
Gracias si queréis que mire,
gracias si queréis cegarme;
gracias por todo y por nada,
y sea lo que queráis.
Lo que queráis, señor;
y sea lo que queráis.
605
Jorge Riechmann
7
Nunca, jamás me vuelva a decir nadie
que el fin justifica los medios
o sintiéndolo mucho no respondo de mis fines
ni de mis medios
ni muchísimo menos de mis actos.
que el fin justifica los medios
o sintiéndolo mucho no respondo de mis fines
ni de mis medios
ni muchísimo menos de mis actos.
527
Juan Meléndez Valdés
El Filósofo En El Campo
Bajo una erguida populosa encina,
cuya ancha copa en torno me defiende
de la ardiente canícula, que ahora
con rayo abrasador angustia el mundo,
tu oscuro amigo, Fabio, te saluda.
Mientras tú, en el guardado gabinete
a par del feble ocioso cortesano
sobre el muelle sofá tendido yaces,
y hasta para alentar vigor os falta,
yo en estos campos por el sol tostado,
lo afronto sin temor, sudo y anhelo;
y el soplo mismo que me abrasa ardiente,
en plácido frescor mis miembros baña.
Miro y contemplo los trabajos duros
del triste labrador, su suerte esquiva,
su miseria, sus lástimas, y aprendo
entre los infelices a ser hombre.
¡Ay Fabio, Fabio! En las doradas salas,
entre el brocado y colgaduras ricas,
el pie hollando entallados pavimentos,
¡qué mal al pobre el cortesano juzga!
¡qué mal en torno la opulenta mesa,
cubierta de mortíferos manjares,
cebo a la gula y la lascivia ardiente,
del infeliz se escuchan los clamores!
Él carece de pan; cércale hambriento
el largo enjambre de sus tristes hijos,
escuálidos, sumidos en miseria;
y acaso acaba su doliente esposa
de dar ¡ay! A la patria otro infelice,
víctima ya de entonces destinada
a la indigencia y del oprobio siervo;
y allá en la corte, en lujo escandaloso
nadando en tanto, el sibarita ríe
entre perfumes y festivos brindis,
y con su risa a su desdicha insulta.
Insensibles nos hace la opulencia,
insensibles nos hace. Ese bullicio,
ese contino discurrir veloces
mil doradas carrozas, paseando
los vicios todos por las anchas calles;
esas empenachadas cortesanas,
brillantes en el oro y pedrería
del cabello a los pies; esos teatros,
de lujo y de maldades docta escuela,
do un ocioso indolente a llorar corre
con Andrómaca o Zaida, mientras sordo
al anciano infeliz vuelve la espalda
que a sus umbrales su dureza implora;
esos palacios y preciosos muebles,
que porque más y más se infle el orgullo,
labró prolijo el industrioso china;
ese incesante hablar de oro y grandezas;
ese anhelo pueril por los más viles
despreciables objetos, nuestros pechos
de diamante tornaron; nos fascinan,
nos embebecen y olvidar nos hacen
nuestro común origen y miserias.
Hombres, ¡ay! Hombres, Fabio amigo, somos,
vil polvo, sombra, nada; y engreídos
cual el pavón en su soberbia rueda,
deidades soberanas nos creemos.
«¿Qué hay», nos grita el orgullo,
«entre el colono
de común, y el señor? ¿Tu generosa
antigua sangre, que se pierde oscura
allá en la edad dudosa del gran Nino,
y de héroe en héroe hasta tus venas corre,
de un rústico a la sangre igual sería?
El potentado distinguirse debe
del tostado arador; próvido el cielo
así lo ha decretado, dando al uno
el arte de gozar, y un pecho al otro
llevador del trabajo. Su vil frente
del alba matinal a las estrellas
en amargo sudor los surcos bañe,
y exhausto expire a su señor sirviendo,
mientras él coge venturoso el fruto
de tan ímprobo afán, y uno devora
la sustancia de mil». ¡Oh, cuánto, cuánto
el pecho se hincha con tan vil lenguaje,
por más que grite la razón severa
y la cuna y la tumba nos recuerde
con que justa natura nos iguala!
No, Fabio amado, no; por estos campos
la corte olvida; ven y aprende en ellos,
aprende la virtud. Aquí, en su augusta,
amable sencillez, entre las pajas,
entre el pellico y el honroso arado,
se ha escogido un asilo, compañera
de la sublime soledad; la corte
las puertas le cerró, cuando entre muros
y fuertes torreones y hondas fosas,
de los fáciles bienes ya cansados
que en mano liberal su Autor les diera,
los hombres se encerraron imprudentes,
la primitiva candidez perdiendo.
En su abandono triste religiosas
en sus chozas pajizas la abrigaron
las humildes aldeas, y de entonces
con simples cultos fieles la idolatran.
Aquí los dulces, los sagrados nombres
de esposo, padres, hijos, de otro modo
pronuncia el labio y suenan al oído.
Del entrañable amor seguidos siempre,
y del tierno respeto; no tu vista
ofenderá la escandalosa imagen
del padre injusto que la amable virgen
hostia infeliz arrastra al santüario
y al sumo Dios a su pesar consagra
por correr libre del burdel al juego;
no la del hijo indigno que pleitea
contra el autor de sus culpables días
por el ciego interés; no la del torpe
impudente adulterio en la casada
que en venta al Prado sale, convidando
con su mirar y quiebros licenciosos
la loca juventud, y al vil lacayo,
si el amante tardó, se prostituye;
no la del impío abominable nieto
que cuenta del abuelo venerable
los lentos días, y al sepulcro quiere
llevarlo en cambio de su rica herencia;
del publicano el corazón de bronce
en la común miseria, de la insana
disipación las dádivas, y el precio
de una ciudad en histrïones viles;
ni, en fin, de la belleza melindrosa
que jamás pudo ver sin desmayarse
de un gusanillo las mortales ansias,
empero hasta el patíbulo sangriento
corre y con faz enjuta y firmes ojos
mira el trágico fin del delincuente,
lívida faz y horribles convulsiones,
quizá comprando este placer impío,
la atroz curiosidad te dará en rostro.
Otras, otras imágenes tu pecho
conmoverán, a la virtud nacido.
Verás la madre al pequeñuelo infante
tierna oprimir en sus honestos brazos,
mientra oficiosa por la casa corre,
siempre ocupada en rústicas tareas,
ayuda, no ruina del marido;
el cariño verás con que le ofrece
sus llenos pechos, de salud y vida
rico venero; juguetón el niño
ríe y la halaga con la débil mano,
y ella enloquece en fiestas cariñosas.
La adulta prole en torno le acompaña,
libre, robusta, de contento llena,
o empezando a ser útil, parte en todo
tomar anhela y gózase ayudando
con manecillas débiles sus obras.
En el vecino prado brincan, corren,
juegan y gritan un tropel de niños
al raso cielo, en su agradable trisca
a una pintados en los rostros bellos
el gozo y las pasiones inocentes,
y la salud en sus mejillas rubias.
Lejos, del segador el canto suena
entre el blando balido del rebaño
que el pastor guía a la apacible sombra,
y el sol sublime en el cénit señala
el tiempo del reposo; a casa vuelve,
bañado en sudor útil, el marido
de la era polvorosa; la familia
se asienta en torno de la humilde mesa.
¡Oh, si tan pobre no la hiciese el yugo
de un mayordomo bárbaro, insensible!
Mas expilada de su mano avara,
de Tántalo el suplicio verdadero
aquí, Fabio, verías: los montones
de mies dorada enfrente están mirando,
premio que el cielo a su afanar dispensa,
y hasta de pan los míseros carecen.
Pero, ¡oh buen Dios!, del rico con oprobio,
su corazón con reverentes himnos
gracias te da por tan escasos dones,
y en tu entrañable amor constante fía.
Y mientras charlan corrompidos sabios
de ti, Señor, para ultrajarte, o necios
tu inescrutable ser definir osan
en aulas vocingleras, él contempla
la hoguera inmensa de ese sol, tu imagen,
del vago cielo en la extensión se pierde,
siente el aura bullir, que de sus miembros
el fuego templa y el sudor copioso,
goza del agua el refrigerio grato,
del árbol que plantó la sombra amiga,
ve de sus padres las nevadas canas,
su casta esposa, sus queridos hijos,
y en todo, en todo con silencio humilde
te conoce, te adora religioso.
¿Y éstos miramos con desdén? ¿La clase
primera del estado, la más útil,
la más honrada, el santüario augusto
de la virtud y la inocencia hollamos?
Y ¿para qué? Para exponer tranquilos
de una carta al azar ¡oh noble empleo
del tiempo y la riqueza! Lo que haría
próvido heredamiento a cien hogares;
para premiar la audacia temeraria
del rudo gladiador que a sus pies deja
el útil animal que el corvo arado
para sí nos demanda; los mentidos
halagos con que artera al duro lecho,
desde sus brazos del dolor nos lanza
una impudente cortesana; el raro
saber de un peluquero, que elevando
de gasas y plumaje una alta torre
sobre muestras cabezas, las rizadas
hebras de oro en que ornó naturaleza
a la beldad, afea y desfigura
con su indecente y asquerosa mano.
¡Oh oprobio! ¡Oh vilipendio! La matrona,
la casta virgen, la vïuda honrada,
¿ponerse pueden al lascivo ultraje,
a los toques de un hombre? ¿Esto toleran
maridos castellanos? ¿El ministro
de tan fea indecencia por las calles,
en brillante carroza y como en triunfo,
atropellando al venerable anciano,
al sacerdote, al militar valiente,
que el pecho ornado con la cruz gloriosa
del Patrón de la patria, a pie camina?
Huye, Fabio, esa peste. ¿En tus oídos
de la indigencia mísera no suena
el suspirar profundo, que hasta el trono
sube del sumo Dios? ¿Su justo azote
amenazar no ves? ¿No ves la trampa,
el fraude, la bajeza, la insaciable
disipación, el deshonor lanzarlos
en el abismo del oprobio, donde
mendigarán sus nietos infelices,
con los mismos que hoy huellan confundidos?
Húyelos, Fabio, ven, y estudia dócil
conmigo las virtudes de estos hombres
no conocidos en la corte. Admira,
admira su bondad; ve cuál su boca,
llana y veraz como su honrado pecho,
sin velo, sin disfraz celebra, increpa
lo que aplaudirse o condenarse debe.
Mira su humanidad apresurada
al que sufre acorrer; de boca en boca
oirás volar ¡oh Fabio! Por la corte
esta voz celestial; mas no imprudente
en las almas la busques, ni entre el rico
brocado blando abrigo al infelice.
Sólo los que lo son, sólo en los campos
los miserables condolerse saben,
y dar su pan al huérfano indigente.
Goza de sus sencillas afecciones
el plácido dulzor, el tierno encanto;
ve su inocente amor con qué energía,
con qué verdad en rústicos conceptos
pinta sus ansias a la amable virgen,
que en mutua llama honesta le responde,
el bello rostro en púrpura teñido;
y bien presto ante el ara el yugo santo
el nudo estrechará que allá forjaran
vanidad o ambición, y aquí la dulce
naturaleza, el trato y la secreta
simpática virtud que unió sus almas.
Sus amistades ve; desatendida
en las altas ciudades do enmudece
su lengua el interés, sólo en el rudo
labio del labrador oirás las voces
de esta santa virtud, gozarás pura
sólo en su seno su celeste llama.
Admira su paciente sufrimiento,
o más bien llora, viéndolos desnudos,
escuálidos, hambrientos, encorvados,
lanzando ya el suspiro postrimero
bajo la inmensa carga que en sus hombros
puso la suerte. El infeliz navega,
deja su hogar, y afronta las borrascas
del inmenso Oceano, porque el lujo
sirva a tu gula, y su soberbio hastío,
el café que da Moca perfumado
o la canela de Ceilán. La guerra
sopla en las almas su infernal veneno,
y en insano furor las cortes arden;
desde su esteva el labrador paciente,
llorando en torno la infeliz familia,
corre a la muerte, y en sus duros brazos
se libra de la patria la defensa.
Su mano apoya el anhelante fisco;
la aciaga mole de tributos carga
sobre su cerviz ruda, y el tesoro
del Estado hinche de oro la miseria.
Ese sudor amargo con que inunda
los largos surcos que su arado forma,
es la dorada espiga que alimenta,
Fabio, del cortesano el ocio muelle.
Sin ella el hambre pálida... ¿Y osamos
desestimarlos? Al robusto seno
de la fresca aldeana confiamos
nuestros débiles hijos, porque el dulce
néctar y la salud felices hallen
de que los privan nuestros feos vicios.
¿Y por vil la tenemos? ¿Al membrudo
que nos defiende injustos desdeñamos?
sus útiles fatigas nos sustentan;
¿y en digna gratitud con pie orgulloso
hollamos su miseria, porque al pecho
la roja cinta o la brillante placa
y el ducal manto para el ciego vulgo
con la clara Excelencia nos señalen?
¿Qué valen tantas raras invenciones
de nuestro insano orgullo, comparadas
con el montón de sazonadas mieses
que crio el labrador? Débiles niños,
fináramos bien presto en hambre y lloro
sin el auxilio de sus fuertes brazos.
cuya ancha copa en torno me defiende
de la ardiente canícula, que ahora
con rayo abrasador angustia el mundo,
tu oscuro amigo, Fabio, te saluda.
Mientras tú, en el guardado gabinete
a par del feble ocioso cortesano
sobre el muelle sofá tendido yaces,
y hasta para alentar vigor os falta,
yo en estos campos por el sol tostado,
lo afronto sin temor, sudo y anhelo;
y el soplo mismo que me abrasa ardiente,
en plácido frescor mis miembros baña.
Miro y contemplo los trabajos duros
del triste labrador, su suerte esquiva,
su miseria, sus lástimas, y aprendo
entre los infelices a ser hombre.
¡Ay Fabio, Fabio! En las doradas salas,
entre el brocado y colgaduras ricas,
el pie hollando entallados pavimentos,
¡qué mal al pobre el cortesano juzga!
¡qué mal en torno la opulenta mesa,
cubierta de mortíferos manjares,
cebo a la gula y la lascivia ardiente,
del infeliz se escuchan los clamores!
Él carece de pan; cércale hambriento
el largo enjambre de sus tristes hijos,
escuálidos, sumidos en miseria;
y acaso acaba su doliente esposa
de dar ¡ay! A la patria otro infelice,
víctima ya de entonces destinada
a la indigencia y del oprobio siervo;
y allá en la corte, en lujo escandaloso
nadando en tanto, el sibarita ríe
entre perfumes y festivos brindis,
y con su risa a su desdicha insulta.
Insensibles nos hace la opulencia,
insensibles nos hace. Ese bullicio,
ese contino discurrir veloces
mil doradas carrozas, paseando
los vicios todos por las anchas calles;
esas empenachadas cortesanas,
brillantes en el oro y pedrería
del cabello a los pies; esos teatros,
de lujo y de maldades docta escuela,
do un ocioso indolente a llorar corre
con Andrómaca o Zaida, mientras sordo
al anciano infeliz vuelve la espalda
que a sus umbrales su dureza implora;
esos palacios y preciosos muebles,
que porque más y más se infle el orgullo,
labró prolijo el industrioso china;
ese incesante hablar de oro y grandezas;
ese anhelo pueril por los más viles
despreciables objetos, nuestros pechos
de diamante tornaron; nos fascinan,
nos embebecen y olvidar nos hacen
nuestro común origen y miserias.
Hombres, ¡ay! Hombres, Fabio amigo, somos,
vil polvo, sombra, nada; y engreídos
cual el pavón en su soberbia rueda,
deidades soberanas nos creemos.
«¿Qué hay», nos grita el orgullo,
«entre el colono
de común, y el señor? ¿Tu generosa
antigua sangre, que se pierde oscura
allá en la edad dudosa del gran Nino,
y de héroe en héroe hasta tus venas corre,
de un rústico a la sangre igual sería?
El potentado distinguirse debe
del tostado arador; próvido el cielo
así lo ha decretado, dando al uno
el arte de gozar, y un pecho al otro
llevador del trabajo. Su vil frente
del alba matinal a las estrellas
en amargo sudor los surcos bañe,
y exhausto expire a su señor sirviendo,
mientras él coge venturoso el fruto
de tan ímprobo afán, y uno devora
la sustancia de mil». ¡Oh, cuánto, cuánto
el pecho se hincha con tan vil lenguaje,
por más que grite la razón severa
y la cuna y la tumba nos recuerde
con que justa natura nos iguala!
No, Fabio amado, no; por estos campos
la corte olvida; ven y aprende en ellos,
aprende la virtud. Aquí, en su augusta,
amable sencillez, entre las pajas,
entre el pellico y el honroso arado,
se ha escogido un asilo, compañera
de la sublime soledad; la corte
las puertas le cerró, cuando entre muros
y fuertes torreones y hondas fosas,
de los fáciles bienes ya cansados
que en mano liberal su Autor les diera,
los hombres se encerraron imprudentes,
la primitiva candidez perdiendo.
En su abandono triste religiosas
en sus chozas pajizas la abrigaron
las humildes aldeas, y de entonces
con simples cultos fieles la idolatran.
Aquí los dulces, los sagrados nombres
de esposo, padres, hijos, de otro modo
pronuncia el labio y suenan al oído.
Del entrañable amor seguidos siempre,
y del tierno respeto; no tu vista
ofenderá la escandalosa imagen
del padre injusto que la amable virgen
hostia infeliz arrastra al santüario
y al sumo Dios a su pesar consagra
por correr libre del burdel al juego;
no la del hijo indigno que pleitea
contra el autor de sus culpables días
por el ciego interés; no la del torpe
impudente adulterio en la casada
que en venta al Prado sale, convidando
con su mirar y quiebros licenciosos
la loca juventud, y al vil lacayo,
si el amante tardó, se prostituye;
no la del impío abominable nieto
que cuenta del abuelo venerable
los lentos días, y al sepulcro quiere
llevarlo en cambio de su rica herencia;
del publicano el corazón de bronce
en la común miseria, de la insana
disipación las dádivas, y el precio
de una ciudad en histrïones viles;
ni, en fin, de la belleza melindrosa
que jamás pudo ver sin desmayarse
de un gusanillo las mortales ansias,
empero hasta el patíbulo sangriento
corre y con faz enjuta y firmes ojos
mira el trágico fin del delincuente,
lívida faz y horribles convulsiones,
quizá comprando este placer impío,
la atroz curiosidad te dará en rostro.
Otras, otras imágenes tu pecho
conmoverán, a la virtud nacido.
Verás la madre al pequeñuelo infante
tierna oprimir en sus honestos brazos,
mientra oficiosa por la casa corre,
siempre ocupada en rústicas tareas,
ayuda, no ruina del marido;
el cariño verás con que le ofrece
sus llenos pechos, de salud y vida
rico venero; juguetón el niño
ríe y la halaga con la débil mano,
y ella enloquece en fiestas cariñosas.
La adulta prole en torno le acompaña,
libre, robusta, de contento llena,
o empezando a ser útil, parte en todo
tomar anhela y gózase ayudando
con manecillas débiles sus obras.
En el vecino prado brincan, corren,
juegan y gritan un tropel de niños
al raso cielo, en su agradable trisca
a una pintados en los rostros bellos
el gozo y las pasiones inocentes,
y la salud en sus mejillas rubias.
Lejos, del segador el canto suena
entre el blando balido del rebaño
que el pastor guía a la apacible sombra,
y el sol sublime en el cénit señala
el tiempo del reposo; a casa vuelve,
bañado en sudor útil, el marido
de la era polvorosa; la familia
se asienta en torno de la humilde mesa.
¡Oh, si tan pobre no la hiciese el yugo
de un mayordomo bárbaro, insensible!
Mas expilada de su mano avara,
de Tántalo el suplicio verdadero
aquí, Fabio, verías: los montones
de mies dorada enfrente están mirando,
premio que el cielo a su afanar dispensa,
y hasta de pan los míseros carecen.
Pero, ¡oh buen Dios!, del rico con oprobio,
su corazón con reverentes himnos
gracias te da por tan escasos dones,
y en tu entrañable amor constante fía.
Y mientras charlan corrompidos sabios
de ti, Señor, para ultrajarte, o necios
tu inescrutable ser definir osan
en aulas vocingleras, él contempla
la hoguera inmensa de ese sol, tu imagen,
del vago cielo en la extensión se pierde,
siente el aura bullir, que de sus miembros
el fuego templa y el sudor copioso,
goza del agua el refrigerio grato,
del árbol que plantó la sombra amiga,
ve de sus padres las nevadas canas,
su casta esposa, sus queridos hijos,
y en todo, en todo con silencio humilde
te conoce, te adora religioso.
¿Y éstos miramos con desdén? ¿La clase
primera del estado, la más útil,
la más honrada, el santüario augusto
de la virtud y la inocencia hollamos?
Y ¿para qué? Para exponer tranquilos
de una carta al azar ¡oh noble empleo
del tiempo y la riqueza! Lo que haría
próvido heredamiento a cien hogares;
para premiar la audacia temeraria
del rudo gladiador que a sus pies deja
el útil animal que el corvo arado
para sí nos demanda; los mentidos
halagos con que artera al duro lecho,
desde sus brazos del dolor nos lanza
una impudente cortesana; el raro
saber de un peluquero, que elevando
de gasas y plumaje una alta torre
sobre muestras cabezas, las rizadas
hebras de oro en que ornó naturaleza
a la beldad, afea y desfigura
con su indecente y asquerosa mano.
¡Oh oprobio! ¡Oh vilipendio! La matrona,
la casta virgen, la vïuda honrada,
¿ponerse pueden al lascivo ultraje,
a los toques de un hombre? ¿Esto toleran
maridos castellanos? ¿El ministro
de tan fea indecencia por las calles,
en brillante carroza y como en triunfo,
atropellando al venerable anciano,
al sacerdote, al militar valiente,
que el pecho ornado con la cruz gloriosa
del Patrón de la patria, a pie camina?
Huye, Fabio, esa peste. ¿En tus oídos
de la indigencia mísera no suena
el suspirar profundo, que hasta el trono
sube del sumo Dios? ¿Su justo azote
amenazar no ves? ¿No ves la trampa,
el fraude, la bajeza, la insaciable
disipación, el deshonor lanzarlos
en el abismo del oprobio, donde
mendigarán sus nietos infelices,
con los mismos que hoy huellan confundidos?
Húyelos, Fabio, ven, y estudia dócil
conmigo las virtudes de estos hombres
no conocidos en la corte. Admira,
admira su bondad; ve cuál su boca,
llana y veraz como su honrado pecho,
sin velo, sin disfraz celebra, increpa
lo que aplaudirse o condenarse debe.
Mira su humanidad apresurada
al que sufre acorrer; de boca en boca
oirás volar ¡oh Fabio! Por la corte
esta voz celestial; mas no imprudente
en las almas la busques, ni entre el rico
brocado blando abrigo al infelice.
Sólo los que lo son, sólo en los campos
los miserables condolerse saben,
y dar su pan al huérfano indigente.
Goza de sus sencillas afecciones
el plácido dulzor, el tierno encanto;
ve su inocente amor con qué energía,
con qué verdad en rústicos conceptos
pinta sus ansias a la amable virgen,
que en mutua llama honesta le responde,
el bello rostro en púrpura teñido;
y bien presto ante el ara el yugo santo
el nudo estrechará que allá forjaran
vanidad o ambición, y aquí la dulce
naturaleza, el trato y la secreta
simpática virtud que unió sus almas.
Sus amistades ve; desatendida
en las altas ciudades do enmudece
su lengua el interés, sólo en el rudo
labio del labrador oirás las voces
de esta santa virtud, gozarás pura
sólo en su seno su celeste llama.
Admira su paciente sufrimiento,
o más bien llora, viéndolos desnudos,
escuálidos, hambrientos, encorvados,
lanzando ya el suspiro postrimero
bajo la inmensa carga que en sus hombros
puso la suerte. El infeliz navega,
deja su hogar, y afronta las borrascas
del inmenso Oceano, porque el lujo
sirva a tu gula, y su soberbio hastío,
el café que da Moca perfumado
o la canela de Ceilán. La guerra
sopla en las almas su infernal veneno,
y en insano furor las cortes arden;
desde su esteva el labrador paciente,
llorando en torno la infeliz familia,
corre a la muerte, y en sus duros brazos
se libra de la patria la defensa.
Su mano apoya el anhelante fisco;
la aciaga mole de tributos carga
sobre su cerviz ruda, y el tesoro
del Estado hinche de oro la miseria.
Ese sudor amargo con que inunda
los largos surcos que su arado forma,
es la dorada espiga que alimenta,
Fabio, del cortesano el ocio muelle.
Sin ella el hambre pálida... ¿Y osamos
desestimarlos? Al robusto seno
de la fresca aldeana confiamos
nuestros débiles hijos, porque el dulce
néctar y la salud felices hallen
de que los privan nuestros feos vicios.
¿Y por vil la tenemos? ¿Al membrudo
que nos defiende injustos desdeñamos?
sus útiles fatigas nos sustentan;
¿y en digna gratitud con pie orgulloso
hollamos su miseria, porque al pecho
la roja cinta o la brillante placa
y el ducal manto para el ciego vulgo
con la clara Excelencia nos señalen?
¿Qué valen tantas raras invenciones
de nuestro insano orgullo, comparadas
con el montón de sazonadas mieses
que crio el labrador? Débiles niños,
fináramos bien presto en hambre y lloro
sin el auxilio de sus fuertes brazos.
792
José Martí
Bosque De Rosas
Allí despacio te diré mis cuitas,
¡Allí en tu boca escribiré mis versos!
¡Ven, que la soledad será tu escudo!
Ven, blanca oveja, (*)
Pero, si acaso lloras, en tus manos
Esconderé mi rostro, y con mis lágrimas
Borraré los extraños versos míos,
¿Sufrir tú, a quien yo amo, y ser yo el casco
Brutal, y tú, mi amada, el lirio roto?
No, mi tímida oveja, yo odio el lobo, (*)
Ven, que la soledad será tu escudo. (*)
¡Oh! la sangre del alma, ¿tú la has visto?
Tiene manos y voz, y al que la vierte
Eternamente entre la sombra acusa.
¡Hay crímenes ocultos, y hay cadáveres
De almas, y hay villanos matadores!
Al bosque ven: del roble más erguido
¡Un pilón labremos, y en el pilón
Cuantos engañen a mujer pongamos!
Ésa es la lidia humana: ¡la tremenda
Batalla de los cascos y los lirios!
Pues los hombres soberbios, ¿no son fieras?
¡Bestias y fieras! Mira, aquí te traigo
Mi bestia muerta y mi furor domado.
Ven, a callar, a murmurar, al ruido
De las hojas de Abril y los nidales.
Deja, oh mi amada, las paredes mudas
De esta casa ahoyada y ven conmigo
No al mar que bate y ruge sino al bosque
De rosas que hay al fondo de la selva.
Allí es buena la vida, porque es libre,
Y la virtud, por libre, será cierta,
Por libre, mi respeto meritorio.
Ni el amor, si no es libre, da ventura.
¡Oh, gentes ruines, los que en calma gozan
De robados amores! Si es ajeno
El cariño, el placer de respetarlo
Mayor mil veces es que el de su goce;
¡Del buen obrar qué orgullo al pecho queda
Y cómo en dulces lágrimas rebosa,
Y en extrañas palabras, que parecen
Aleteos, no voces! Y ¡qué culpa
La de fingir amor! ¡Pues hay tormento
Como aquél, sin amar, de hablar de amores!
¡Ven, que allí triste iré, pues yo me veo!
¡Ven, que la soledad será tu escudo!
¡Allí en tu boca escribiré mis versos!
¡Ven, que la soledad será tu escudo!
Ven, blanca oveja, (*)
Pero, si acaso lloras, en tus manos
Esconderé mi rostro, y con mis lágrimas
Borraré los extraños versos míos,
¿Sufrir tú, a quien yo amo, y ser yo el casco
Brutal, y tú, mi amada, el lirio roto?
No, mi tímida oveja, yo odio el lobo, (*)
Ven, que la soledad será tu escudo. (*)
¡Oh! la sangre del alma, ¿tú la has visto?
Tiene manos y voz, y al que la vierte
Eternamente entre la sombra acusa.
¡Hay crímenes ocultos, y hay cadáveres
De almas, y hay villanos matadores!
Al bosque ven: del roble más erguido
¡Un pilón labremos, y en el pilón
Cuantos engañen a mujer pongamos!
Ésa es la lidia humana: ¡la tremenda
Batalla de los cascos y los lirios!
Pues los hombres soberbios, ¿no son fieras?
¡Bestias y fieras! Mira, aquí te traigo
Mi bestia muerta y mi furor domado.
Ven, a callar, a murmurar, al ruido
De las hojas de Abril y los nidales.
Deja, oh mi amada, las paredes mudas
De esta casa ahoyada y ven conmigo
No al mar que bate y ruge sino al bosque
De rosas que hay al fondo de la selva.
Allí es buena la vida, porque es libre,
Y la virtud, por libre, será cierta,
Por libre, mi respeto meritorio.
Ni el amor, si no es libre, da ventura.
¡Oh, gentes ruines, los que en calma gozan
De robados amores! Si es ajeno
El cariño, el placer de respetarlo
Mayor mil veces es que el de su goce;
¡Del buen obrar qué orgullo al pecho queda
Y cómo en dulces lágrimas rebosa,
Y en extrañas palabras, que parecen
Aleteos, no voces! Y ¡qué culpa
La de fingir amor! ¡Pues hay tormento
Como aquél, sin amar, de hablar de amores!
¡Ven, que allí triste iré, pues yo me veo!
¡Ven, que la soledad será tu escudo!
888
José Martí
En Los Tiempos
En los tiempos de la maravilla
Hubo una crueldad sumamente grande:
Claváronle a un hombre
Un hierro encendido
Junto a la tetilla
Y dijéronle: ¡ande!
Él anduvo una vida asombrosa:
Si se erguía, el hierro humeante
En el calor de su dolor nutrido
Por los ambos costados se salía
Y en los brazos clavábase triunfante:
Si reclinarse y reposar quería
De las artes de los hombres
Sorprendentes y extrañas,
Con todo su peso el hierro oprimía
En sus…, en sus nobles, en sus castas entrañas.
Hubo una crueldad sumamente grande:
Claváronle a un hombre
Un hierro encendido
Junto a la tetilla
Y dijéronle: ¡ande!
Él anduvo una vida asombrosa:
Si se erguía, el hierro humeante
En el calor de su dolor nutrido
Por los ambos costados se salía
Y en los brazos clavábase triunfante:
Si reclinarse y reposar quería
De las artes de los hombres
Sorprendentes y extrañas,
Con todo su peso el hierro oprimía
En sus…, en sus nobles, en sus castas entrañas.
581
José Martí
¿del Tirano? Del Tirano
¿Del tirano? Del tirano
Di todo, ¡di más!, y clava
Con furia de mano esclava
Sobre su oprobio al tirano.
¿Del error? Pues del error
Di el antro, di las veredas
Oscuras: di cuanto puedas
Del tirano y del error.
¿De mujer? Bien puede ser
Que mueras de su mordida;
¡Pero no empañes tu vida
Diciendo mal de mujer!
Di todo, ¡di más!, y clava
Con furia de mano esclava
Sobre su oprobio al tirano.
¿Del error? Pues del error
Di el antro, di las veredas
Oscuras: di cuanto puedas
Del tirano y del error.
¿De mujer? Bien puede ser
Que mueras de su mordida;
¡Pero no empañes tu vida
Diciendo mal de mujer!
913
José Martí
Odio El Mar
Odio el mar, sólo hermoso cuando gime
Del barco domador bajo la hendente
Quilla, y como fantástico demonio,
De un manto negro colosal tapado,
Encórvase a los vientos de la noche
Ante el sublime vencedor que pasa:
Y a la luz de los astros, encerrada
En globos de cristales, sobre el puente
Vuelve un hombre impasible la hoja a un libro.
Odio el mar: vasto y llano, igual y frío
No cual la selva hojosa echa sus ramas
Como sus brazos, a apretar al triste
Que herido viene de los hombres duros
Y del bien de la vida desconfía;
No cual honrado luchador, en suelo
Firme y pecho seguro, al hombre aguarda
Sino en traidora arena y movediza,
Cual serpiente letal. También los mares,
El sol también, también Naturaleza
Para mover al hombre a las virtudes,
Franca ha de ser, y ha de vivir honrada.
Sin palmeras, sin flores, me parece
Siempre una tenebrosa alma desierta.
Que yo voy muerto, es claro: a nadie importa
Y ni siquiera a mí: pero por bella,
Ígnea, varia, inmortal, amo la vida.
Lo que me duele no es vivir: me duele
Vivir sin hacer bien. Mis penas amo,
Mis penas, mis escudos de nobleza.
No a la próvida vida haré culpable
De mi propio infortunio, ni el ajeno
Goce envenenaré con mis dolores.
Buena es la tierra, la existencia es santa.
Y en el mismo dolor, razones nuevas
Se hallan para vivir, y goce sumo,
Claro como una aurora y penetrante.
Mueran de un tiempo y de una vez los necios
Que porque el llanto de sus ojos surge
Más grande y más hermoso que los mares.
Odio el mar, muerto enorme, triste muerto
De torpes y glotonas criaturas
Odiosas habitado: se parecen
A los ojos del pez que de harto expira
Los del gañán de amor que en brazos tiembla
De la horrible mujer libidinosa:
Vilo, y lo dije: algunos son cobardes,
Y lo que ven y lo que sienten callan:
Yo no: si hallo un infame al paso mío,
Dígole en lengua clara: ahí va un infame,
Y no, como hace el mar, escondo el pecho.
Ni mi sagrado verso nimio guardo
Para tejer rosarios a las damas
Y máscaras de honor a los ladrones:
Odio el mar, que sin cólera soporta
Sobre su lomo complaciente, el buque
Que entre música y flor trae a un tirano.
Del barco domador bajo la hendente
Quilla, y como fantástico demonio,
De un manto negro colosal tapado,
Encórvase a los vientos de la noche
Ante el sublime vencedor que pasa:
Y a la luz de los astros, encerrada
En globos de cristales, sobre el puente
Vuelve un hombre impasible la hoja a un libro.
Odio el mar: vasto y llano, igual y frío
No cual la selva hojosa echa sus ramas
Como sus brazos, a apretar al triste
Que herido viene de los hombres duros
Y del bien de la vida desconfía;
No cual honrado luchador, en suelo
Firme y pecho seguro, al hombre aguarda
Sino en traidora arena y movediza,
Cual serpiente letal. También los mares,
El sol también, también Naturaleza
Para mover al hombre a las virtudes,
Franca ha de ser, y ha de vivir honrada.
Sin palmeras, sin flores, me parece
Siempre una tenebrosa alma desierta.
Que yo voy muerto, es claro: a nadie importa
Y ni siquiera a mí: pero por bella,
Ígnea, varia, inmortal, amo la vida.
Lo que me duele no es vivir: me duele
Vivir sin hacer bien. Mis penas amo,
Mis penas, mis escudos de nobleza.
No a la próvida vida haré culpable
De mi propio infortunio, ni el ajeno
Goce envenenaré con mis dolores.
Buena es la tierra, la existencia es santa.
Y en el mismo dolor, razones nuevas
Se hallan para vivir, y goce sumo,
Claro como una aurora y penetrante.
Mueran de un tiempo y de una vez los necios
Que porque el llanto de sus ojos surge
Más grande y más hermoso que los mares.
Odio el mar, muerto enorme, triste muerto
De torpes y glotonas criaturas
Odiosas habitado: se parecen
A los ojos del pez que de harto expira
Los del gañán de amor que en brazos tiembla
De la horrible mujer libidinosa:
Vilo, y lo dije: algunos son cobardes,
Y lo que ven y lo que sienten callan:
Yo no: si hallo un infame al paso mío,
Dígole en lengua clara: ahí va un infame,
Y no, como hace el mar, escondo el pecho.
Ni mi sagrado verso nimio guardo
Para tejer rosarios a las damas
Y máscaras de honor a los ladrones:
Odio el mar, que sin cólera soporta
Sobre su lomo complaciente, el buque
Que entre música y flor trae a un tirano.
870
José Martí
Estrofa Nueva
Cuando, oh Poesía,
¡Cuando en tu seno reposar me es dado!
Ancha es y hermosa y fúlgida la vida:
¡Que éste o aquél o yo vivamos tristes,
Culpa de éste o aquél será, o mi culpa!
Nace el corcel, del ala más lejano
Que el hombre, en quien el ala encumbradora
Ya en sus ingentes brazos se diseña:
Sin más brida el corcel nace que el viento
Espoleador y flameador, al hombre
La vida echa sus riendas en la cuna!
Si las tuerce o revuelve, y si tropieza
Y da en atolladero, a sí se culpe
Y del incendio o del zarzal redima
La destrozada brida: sin que al noble
Sol y [ ..........manuscrito inacabado.............. ] vida desafíe.
De nuestro bien o mal autores somos,
Y cada cual autor de sí: la queja
A la torpeza y la deshonra añade
De nuestro error: ¡cantemos, sí, cantemos
Aunque las hidras nuestro pecho roan,
El Universo colosal y hermoso!
Un obrero tiznado, una enfermiza
Mujer, de faz enjuta y dedos gruesos:
Otra que al dar al sol los entumidos
Miembros en el taller, como una egipcia
Voluptuosa y feliz, la saya burda
Con las manos recoge, y canta, y danza:
Un niño que sin miedo a la ventisca,
Como el soldado con el arma al hombro,
Va con sus libros a la escuela: el denso
Rebaño de hombres que en silencio triste
Sale a la aurora y con la noche vuelve,
Del pan del día en la difícil busca,
Cual la luz a Memnón, mueven mi lira.
Los niños, versos vivos, los heroicos
Y pálidos ancianos, los oscuros
Hornos donde en bridón o tritón truecan
Los hombres victoriosos las montañas.
Astiánax son y Andrómaca mejores,
Mejores, sí, que las del viejo Homero.
Naturaleza, siempre viva: el mundo
De minotauro yendo a mariposa
Que de rondar el sol enferma y muere:
Dejad, por Dios, que la mujer cansada
De amar, con leches y menjurjes híbleos
Su piel rugosa y su beldad restaure
Repíntense las viejas: la doncella
Con rosas naturales se corone:
La sed de luz, que como el mar salado
La de los labios con el agua amarga
De la vida se irrita: la columna
Compacta de asaltantes, que sin miedo,
Al Dios de ayer sobre los flacos hombros
La mano libre y desferrada ponen,
Y los ligeros pies en el vacío,
Poesía son, y estrofa alada, y grito
Que ni en tercetos ni en octava estrecha
Ni en remilgados serventesios caben:
Vaciad un monte, en tajo de sol vivo
¡Tallad un plectro: o de la mar brillante
El seno rojo y nacarado, el molde
De la triunfante estrofa, nueva sea!
Como nobles de Nápoles, fantasmas
Sin carnes ya y sin sangre, que en polvosos
Palacios muertos con añejas chupas
De comido blasón, a paso sordo
Andan, y al mundo que camina enseñan
Como un grito sin voz la seca encía,
Así, sobre los árboles cansados,
Y los ciriales rotos, y los huecos
De oxidadas diademas, duendecillos
¡Con chupa vieja y metro viejo asoman!
No en tronco seco y muerto hacen sus nidos,
Alegres recaderos de mañana,
Las lindas aves cuerdas y gentiles:
Ramaje quieren suelto y denso, y tronco
Alto y robusto, en fibra rico y savia.
Mas con el sol se alza el deber: se pone
Mucho después que el sol: de la hornería
Y su batalla y su fragor cansada
La mente plena en el rendido cuerpo,
¡Atormentada duerme, como el verso
Vivo en los aires, Por la lira rota
Sin dar sonidos desolados pasa!
Perdona, pues, oh estrofa nueva, el tosco
Alarde de mi amor. Cuando, oh Poesía,
Cuando en tu seno reposar me es dado.
806
José Martí
Yugo Y Estrella
Cuando nací, sin sol, mi madre dijo:
Flor de mi seno, Homagno generoso
De mí y del mundo copia suma,
Pez que en ave y corcel y hombre se torna,
Mira estas dos, que con dolor te brindo,
Insignias de la vida: ve y escoge.
Éste, es un yugo: quien lo acepta, goza:
Hace de manso buey, y como presta
Servicio a los señores, duerme en paja
Caliente, y tiene rica y ancha avena.
Ésta, oh misterio que de mí naciste
Cual la cumbre nació de la montaña
Ésta, que alumbra y mata, es una estrella:
Como que riega luz, los pecadores
Huyen de quien la lleva, y en la vida,
Cual un monstruo de crímenes cargado,
Todo el que lleva luz se queda solo.
Pero el hombre que al buey sin pena imita,
Buey vuelve a ser, y en apagado bruto
La escala universal de nuevo empieza.
El que la estrella sin temor se ciñe,
¡Como que crea, crece!
Cuando al mundo
De su copa el licor vació ya el vivo:
Cuando, para manjar de la sangrienta
Fiesta humana, sacó contento y grave
Su propio corazón: cuando a los vientos
De Norte y Sur virtió su voz sagrada,
La estrella como un manto, en luz lo envuelve,
Se enciende, como a fiesta, el aire claro,
Y el vivo que a vivir no tuvo miedo,
¡Se oye que un paso más sube en la sombra!
Dame el yugo, oh mi madre, de manera
Que puesto en él de pie, luzca en mi frente
Mejor la estrella que ilumina y mata.
Flor de mi seno, Homagno generoso
De mí y del mundo copia suma,
Pez que en ave y corcel y hombre se torna,
Mira estas dos, que con dolor te brindo,
Insignias de la vida: ve y escoge.
Éste, es un yugo: quien lo acepta, goza:
Hace de manso buey, y como presta
Servicio a los señores, duerme en paja
Caliente, y tiene rica y ancha avena.
Ésta, oh misterio que de mí naciste
Cual la cumbre nació de la montaña
Ésta, que alumbra y mata, es una estrella:
Como que riega luz, los pecadores
Huyen de quien la lleva, y en la vida,
Cual un monstruo de crímenes cargado,
Todo el que lleva luz se queda solo.
Pero el hombre que al buey sin pena imita,
Buey vuelve a ser, y en apagado bruto
La escala universal de nuevo empieza.
El que la estrella sin temor se ciñe,
¡Como que crea, crece!
Cuando al mundo
De su copa el licor vació ya el vivo:
Cuando, para manjar de la sangrienta
Fiesta humana, sacó contento y grave
Su propio corazón: cuando a los vientos
De Norte y Sur virtió su voz sagrada,
La estrella como un manto, en luz lo envuelve,
Se enciende, como a fiesta, el aire claro,
Y el vivo que a vivir no tuvo miedo,
¡Se oye que un paso más sube en la sombra!
Dame el yugo, oh mi madre, de manera
Que puesto en él de pie, luzca en mi frente
Mejor la estrella que ilumina y mata.
901
José Martí
Yo Sacaré Lo Que En El Pecho Tengo
Yo sacaré lo que en el pecho tengo
De cólera y de horror. De cada vivo
Huyo, azorado, como de un leproso.
Ando en el buque de la vida: sufro
De náuseas y mal de mar: un ansia odiosa
Me angustia las entrañas: ¡quién pudiera
En un solo vaivén dejar la vida!
No esta canción desoladora escribo
En hora de dolor:
¡Jamás se escriba
En hora de dolor! el mundo entonces
Como un gigante a hormiga pretenciosa
Unce al poeta destemplado: escribo
Luego de hablar con un amigo viejo,
Limpio goce que el alma fortifica:—
¡Mas, cual las cubas de madera noble,
La madre del dolor guardo en mis huesos!
¡Ay! ¡mi dolor, como un cadáver, surge
A la orilla, no bien el mar serena!
Ni un poro sin herida: entre la uña
Y la yema, estiletes me han clavado
Que me llegan al pie; se me han comido
Fríamente el corazón: y en este juego
Enorme de la vida, cupo en suerte
Nutrirse de mi sangre a una lechuza.
¡Así hueco y roído, al viento floto
Alzando el puño y maldiciendo a voces,
En mis propias entrañas encerrado!
No es que mujer me engañe, o que fortuna
Me esquive su favor, o que el magnate
Que no gusta de pulcros, me querelle:
Es ¿quién quiere mi vida? es que a los hombres
Palpo, y conozco, y los encuentro malos.—
Pero si pasa un niño cuando lloro
Le acaricio el cabello, y lo despido
Como el naviero que a la mar arroja
Con bandera de gala un barco blanco.
Y si decís de mí blasfemia, os digo
Que el blasfemo sois vos: ¿a qué me dieron
Para vivir en un tigral, sedosa
Ala, y no garra aguda? ¿o por acaso
Es ley que el tigre de alas se alimente?
Bien puede ser: ¡de alas de luz repleto,
Daráse al fin de un tigre luminoso,
Radiante como el Sol, la maravilla!—
¡Apresure el tigral el diente duro!
¡Nútrase en mí: coma de mí: en mis hombros
Clave los grifos bien: móndeme el cráneo,
Y, con dolor, a su mordida en tierra
Caigan deshechas mis ardientes alas!
¡Feliz aquel que en bien del hombre muere!
¡Bésale el perro al matador la mano!
¡Como un padre a sus hijas, cuando pasa
Un galán pudridor, yo mis ideas
De donde pasa el hombre, por quien muero,
Guardo, como un delito, al pecho helado!
Conozco el hombre, y lo he encontrado malo.
¡Así, para nutrir el fuego eterno
Perecen en la hoguera los mejores!
¡Los menos por los más! ¡los crucifixos
Por los crucificantes! En maderos
Clavaron a Jesús: sobre sí mismos
Los hombres de estos tiempos van clavados.
Los sabios de Chichén, la tierra clara
Donde el aroma y el maguey se crían,
Con altos ritos y canciones bellas
Al hondo de cisternas olorosas
A sus vírgenes lindas despeñaban,
A su virgen mejor precipitaban.
Del temido brocal se alzaba luego
A perfumar el Yucatán florido
Como en talle negruzco rosa suave
Un humo de magníficos olores:—
Tal a la vida echa el Creador los buenos:
A perfumar: a equilibrar: ea! clave
El tigre bien sus garras en mis hombros:
Los viles a nutrirse: los honrados
A que se nutran los demás en ellos.
Para el misterio de la Cruz, no a un viejo
Pergamino teológico se baje:
Bájese al corazón de un virtuoso.
Padece mucho un cirio que ilumina:
¡Sonríe, como virgen que se muere,
La flor cuando la siegan de su tallo!
¡Duele mucho en la tierra un alma buena!
De día, luce brava: por la noche
Se echa a llorar sobre sus propios brazos:
Luego que ve en el aire la aurora
Su horrenda, lividez, por no dar miedo
A la gente, con sangre de sus mismas
Heridas, tiñe el miserable rostro,
Y emprende a andar, como una calavera
Cubierta, por piedad, de hojas de rosa!
De cólera y de horror. De cada vivo
Huyo, azorado, como de un leproso.
Ando en el buque de la vida: sufro
De náuseas y mal de mar: un ansia odiosa
Me angustia las entrañas: ¡quién pudiera
En un solo vaivén dejar la vida!
No esta canción desoladora escribo
En hora de dolor:
¡Jamás se escriba
En hora de dolor! el mundo entonces
Como un gigante a hormiga pretenciosa
Unce al poeta destemplado: escribo
Luego de hablar con un amigo viejo,
Limpio goce que el alma fortifica:—
¡Mas, cual las cubas de madera noble,
La madre del dolor guardo en mis huesos!
¡Ay! ¡mi dolor, como un cadáver, surge
A la orilla, no bien el mar serena!
Ni un poro sin herida: entre la uña
Y la yema, estiletes me han clavado
Que me llegan al pie; se me han comido
Fríamente el corazón: y en este juego
Enorme de la vida, cupo en suerte
Nutrirse de mi sangre a una lechuza.
¡Así hueco y roído, al viento floto
Alzando el puño y maldiciendo a voces,
En mis propias entrañas encerrado!
No es que mujer me engañe, o que fortuna
Me esquive su favor, o que el magnate
Que no gusta de pulcros, me querelle:
Es ¿quién quiere mi vida? es que a los hombres
Palpo, y conozco, y los encuentro malos.—
Pero si pasa un niño cuando lloro
Le acaricio el cabello, y lo despido
Como el naviero que a la mar arroja
Con bandera de gala un barco blanco.
Y si decís de mí blasfemia, os digo
Que el blasfemo sois vos: ¿a qué me dieron
Para vivir en un tigral, sedosa
Ala, y no garra aguda? ¿o por acaso
Es ley que el tigre de alas se alimente?
Bien puede ser: ¡de alas de luz repleto,
Daráse al fin de un tigre luminoso,
Radiante como el Sol, la maravilla!—
¡Apresure el tigral el diente duro!
¡Nútrase en mí: coma de mí: en mis hombros
Clave los grifos bien: móndeme el cráneo,
Y, con dolor, a su mordida en tierra
Caigan deshechas mis ardientes alas!
¡Feliz aquel que en bien del hombre muere!
¡Bésale el perro al matador la mano!
¡Como un padre a sus hijas, cuando pasa
Un galán pudridor, yo mis ideas
De donde pasa el hombre, por quien muero,
Guardo, como un delito, al pecho helado!
Conozco el hombre, y lo he encontrado malo.
¡Así, para nutrir el fuego eterno
Perecen en la hoguera los mejores!
¡Los menos por los más! ¡los crucifixos
Por los crucificantes! En maderos
Clavaron a Jesús: sobre sí mismos
Los hombres de estos tiempos van clavados.
Los sabios de Chichén, la tierra clara
Donde el aroma y el maguey se crían,
Con altos ritos y canciones bellas
Al hondo de cisternas olorosas
A sus vírgenes lindas despeñaban,
A su virgen mejor precipitaban.
Del temido brocal se alzaba luego
A perfumar el Yucatán florido
Como en talle negruzco rosa suave
Un humo de magníficos olores:—
Tal a la vida echa el Creador los buenos:
A perfumar: a equilibrar: ea! clave
El tigre bien sus garras en mis hombros:
Los viles a nutrirse: los honrados
A que se nutran los demás en ellos.
Para el misterio de la Cruz, no a un viejo
Pergamino teológico se baje:
Bájese al corazón de un virtuoso.
Padece mucho un cirio que ilumina:
¡Sonríe, como virgen que se muere,
La flor cuando la siegan de su tallo!
¡Duele mucho en la tierra un alma buena!
De día, luce brava: por la noche
Se echa a llorar sobre sus propios brazos:
Luego que ve en el aire la aurora
Su horrenda, lividez, por no dar miedo
A la gente, con sangre de sus mismas
Heridas, tiñe el miserable rostro,
Y emprende a andar, como una calavera
Cubierta, por piedad, de hojas de rosa!
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