Lista de Poemas

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José Martí

José Martí

Yo Pienso, Cuando Me Alegro

Yo pienso, cuando me alegro
Como un escolar sencillo,
En el canario amarillo,—
Que tiene el ojo tan negro!

Yo quiero, cuando me muera,
Sin patria, pero sin amo,
Tener en mi losa un ramo
De flores, —¡y una bandera!
968
Francisco Villaespesa

Francisco Villaespesa

A Rogelio Buendía Manzano Poeta Joven

¿El Bien y el Mal? ¿Quién sabe su camino...?
El crimen de la abeja se transforma
en miel. En tu anhelar sigue la norma
del instinto, lo único divino

que resta al barro humano. Peregrino
del Ensueño y creyente de la Forma,
comulga con tu espíritu y conforma
el ritmo de tu paso a tu destino.

Armoniza en tu voz, grave y sonora,
los ecos más remotos y diversos,
y al resplandor glorioso de tu aurora,

del aislamiento en la fecunda calma,
talla en la carne viva de tus versos
todo el lírico Olimpo de tu alma.
279
José Santos Chocano

José Santos Chocano

El Sueño Del Caimán

Enorme tronco que arrastró la ola,
yace el caimán varado en la ribera;
espinazo de abrupta cordillera,
fauces de abismo y formidable cola.

El sol lo envuelve en fúlgida aureola;
y parece lucir cota y cimera,
cual monstruo de metal que reverbera
y que al reverberar se tornasola.

Inmóvil como un ídolo sagrado,
ceñido en mallas de compacto acero,
está ante el agua estático y sombrío,

a manera de un príncipe encantado
que vive eternamente prisionero
en el palacio de cristal de un río.
666
Gerardo Diego

Gerardo Diego

Palabras Proféticas - Poemas Adrede (1941-1943)

Arrastrar largamente la cola del desmayo
sin miedo a una posible rebelión de fragancia
Dejarse florecer durante el mes de mayo
de alelíes las manos los ojos de distancia

Perdonar a la lluvia su vocación profunda
su amor de las estatuas su modelado egregio
perdonarla aunque luego sepamos que se inunda
de torsos mutilados el jardín del colegio

Olvidar los perfumes que lloran los colores
merecer los escorzos que renuevan el aire
Dimitir abdicar coronas y esplendores
corbatas fabulosas perdidas al desgaire

Porque querido amigo ya todo se compensa
mis deudas tus jazmines trastornos siderales
el muerto que se estira el caracol que piensa
y el ala de la tórtola prolongando hospitales
358
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Edad De Plata

EDAD DE PLATA


Yo vivía retirado en el campo desde el
fenecimiento de mi juventud. Lucrecio me había aficionado al
trato de la naturaleza imparcial. Yo había concebido la
resolución de salir voluntariamente de la vida al notar los
síntomas del tedio, al sentir las trabas y cadenas de la vejez.
Yo habría perecido cerca de la fuente del río oscuro y un
sollozo habría animado los sauces invariables. Mi cisne
enlutado, símbolo y memoria de un eclipse, habría vuelto
a su mundo salvaje.

Había dejado de visitar la ciudad vecina en
donde nací. Me lastimaba la imagen continua de su decadencia y
me consolaba el recuerdo de haber combatido por su soberanía.

Mis nacionales ejercitaban sentimientos afectuosos
en medio de la infelicidad y me llamaron del retiro a participar en un
duelo general. Rodeaban la familia de una doncella muerta en la
mañana de sus bodas.

Yo asistí a las exequias y dibujé el
movimiento circular de una danza en la superficie del ataúd
incorruptible. Meleagro, el mismo de la Antología,
escribió a mi ruego un solo verso en donde intentaba reconciliar
al Destino.


475
Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

En El Café

Desde hace una semana falta ese parroquiano
que tiene una mirada tan llena de tristeza
y, que todas las noches, sentado junto al piano
bebe, invariablemente, su vaso de cerveza

y fuma su cigarro. Que silenciosamente
contempla a la pianista que agota un repertorio
plebeyo, agradeciendo con aire indiferente
la admiración ruidosa del modesto auditorio.

Hace ya cinco noches que no ocupa su mesa,
y en el café su ausencia se nota con sorpresa.
¡Es raro, cinco noches y sin aparecer!

Entre los habituales hay algún indiscreto
que asegura a los otros, en tono de secreto,
que hoy está la pianista más pálida que ayer.
546
José Martí

José Martí

Yo Quiero Salir Del Mundo

Yo quiero salir del mundo
Por la puerta natural:
En un carro de hojas verdes
A morir me han de llevar.

No me pongan en lo oscuro
A morir como un traidor:
Yo soy bueno, y como bueno
¡Moriré de cara al sol!
1.709
Oliverio Girondo

Oliverio Girondo

No Se Me Importa Un Pito Que Las Mujeres Tengan Los Senos

1

No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como
magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un
aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy
perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el
primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso
sí! —y en esto soy irreductible— no les perdono, bajo
ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar
¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!

Ésta fue —y no otra— la razón de que me enamorase, tan
locamente, de María Luisa.

¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos
sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de
palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado?

¡María Luisa era una verdadera pluma!

Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor
a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando
realizaba sus compras, sus quehaceres.

¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de
algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido
entre las nubes, un puntito rosado. “¡María Luisa!
¡María Luisa!”... y a los pocos segundos, ya me abrazaba
con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.

Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos
anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un
espasmo.

¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera..., aunque
nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas! ¡Qué
voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes la de
pasarse las noches de un solo vuelo!

Después de conocer una mujer etérea, ¿puede
brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?
¿Verdad que no hay una diferencia sustancial entre vivir con una
vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho
centímetros del suelo?

Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una
mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor
más que volando.
622
Gerardo Diego

Gerardo Diego

Ante Las Torres De Compostela

También la piedra, si hay estrellas, vuela.
Sobre la noche biselada y fría
creced, mellizos lirios de osadía;
creced, pujad, torres de Compostela.

Campo de estrellas vuestra frente anhela,
silenciosas maestras de porfía.
En mi pecho —ay, amor— mi fantasía
torres más altas labra. El alma vela.

Y ella —tú— aquí, conmigo, aunque no alcanzas
con tus dedos mis torres de esperanzas
como yo estas de piedra con los míos,

contempla entre mis torres las estrellas,
no estas de otoño, bórralas; aquellas
de nuestro agosto ardiendo en sueños fríos.
635
Ramón Pérez de Ayala

Ramón Pérez de Ayala

La Paz Del Sendero

Con sayal de amarguras, de la vida romero,
topé, tras luenga andanza, con la paz de un sendero.
Fenecía del día el resplandor postrero.
En la cima de un álamo sollozaba un jilguero.

No hubo en lugar de tierra la paz que allí reinaba.
Parecía que Dios en el campo moraba,
y los sones del pájaro que en lo verde cantaba
morían con la esquila que a lo lejos temblaba.

La flor de madreselva, nacida entre bardales,
vertía en el crepúsculo olores celestiales;
víanse blancos brotes de silvestres rosales
y en el cielo las copas de los álamos reales.

Y como de la esquila se iba mezclando el son
al canto del jilguero, mi pobre corazón
sintió como una lluvia buena, de la emoción.
Entonces, a mi vera, vi un hermoso garzón.

Este garzón venía conduciendo el ganado,
y este ganado era por seis vacas formado,
lucidas todas ellas, de pelo colorado,
y la repleta ubre de pezón sonrosado.

Dijo el garzón: —¡Dios guarde al señor forastero!
—Yo nací en esta tierra, morir en ella quiero,
rapaz. —Que Dios le guarde. —Perdiose en el sendero...
En la cima del álamo sollozaba el jilguero.

Sentí en la misma entraña algo que fenecía,
y queda y dulcemente otro algo que nacia.
En la paz del sendero se anegó el alma mía,
y de emoción no osó llorar. Atardecía.
485
Meira Delmar

Meira Delmar

El Llamado

Tú estarás lejos.

Yo dejaré la vida
como un ramo de rosas
que se abandona para
proseguir el camino,
y emprenderé la muerte.

Detrás de mí, siguiéndome,
irán todas las cosas
amadas, el silencio
que nos uniera, el arduo
amor que nunca pudo
vencer el tiempo, el roce
de tus manos, las tardes
junto al mar, tus palabras.

Si donde estés tú oyes
que alguna voz te nombra,
seré yo que en el viaje
te recuerdo.

641
José Martí

José Martí

Estoy En El Baile Extraño

Estoy en el baile extraño
De polaina y casaquín
Que dan, del año hacia el fin,
Los cazadores del año.

Una duquesa violeta
Va con un frac colorado:
Marca un vizconde pintado
El tiempo en la pandereta.

Y pasan las chupas rojas,
Pasan los tules de fuego,
Como delante de un ciego
Pasan volando las hojas.
772
Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

Como Aquella Otra

Sí, vecina: te puedes dar la mano,
esa mano que un día fuera hermosa,
con aquella otra eterna silenciosa
«que se cansara de aguardar en vano».

Tú también, como ella, acaso fuiste
la bondadosa amante, la primera,
de un estudiante pobre, aquel que era
un poco chacotón y un poco triste.

O no faltó el muchacho periodista
que allá en tus buenos tiempos de modista
en ocios melancólicos te amó

y que una fría noche ya lejana,
te dijo, como siempre: «Hasta mañana»
pero que no volvió.
547
Francisco Villaespesa

Francisco Villaespesa

Canción Del Recuerdo

Este cuarto pequeño y misterioso
tiene algo de silencio funerario,
y es una tumba, el lecho hospitalario
donde al fin mi dolor halla reposo.

Dormir en paz, en un soñar interno,
sin que nada a la vida me despierte.
El sueño es el ensueño de la muerte,
como la muerte es un ensueño eterno.

Cerrar a piedra y lodo las ventanas
para que no entre el sol en las mañanas
y, olvidando miserias y quebrantos,

dormir eternamente en este lecho,
con las manos cruzadas sobre el pecho,
como duermen los niños y los santos.
336
Gerardo Diego

Gerardo Diego

Azucenas En Camisa

Venid a oír de rosas y azucenas
la alborotada esbelta risa
Venid a ver las rosas sin cadenas
las azucenas en camisa

Venid las amazonas del instinto
los caballeros sin espuelas
aquí al jardín injerto en laberinto
de girasoles y de bielas

Una música en níquel sustentada
cabellos curvos peina urgente
y hay sólo una mejilla acelerada
y una oropéndola que miente

Agria sazón la del febril minuto
todo picado de favores
cuando al jazmín le recomienda el luto
un ruiseñor de ruiseñores

Cuando el que vuelve de silbar a solas
el vals de «Ya no más Me muero»
comienza a perseguir por las corolas
la certidumbre del sombrero

No amigos míos Vuelva la armonía
y el bienestar de los claveles
Mi corazón amigos fue algún día
tierno galope de corceles

Quiero vivir La vida es nuevo estilo
grifo de amor grifo de llanto
Girafa del vivir Tu cuello en vilo
yo te estimulo y te levanto

Pasad jinetes leves de la aurora
hacia un oeste de violetas
Lejos de mí la trompa engañadora
y al ralantí vuestras corvetas

Toman las nubes a extremar sus bordes
más cada día decisivos
Y a su contacto puéblense de acordes
los dulces nervios electivos

Rozan mis manos dádivas agudas
lunas calientes y dichosas
Sabed que desde hoy andan desnudas
las azucenas y las rosas
504
Rafael Pombo

Rafael Pombo

Decíamos Ayer

Como Fray Luis tras de su largo encierro

«Decíamos ayer...» también digamos.

¿Han pasado años? En la cuenta hay yerro,

O nosotros con ellos no pasamos.

Donde ayer lo dejamos, dulce dueño.

Recomencemos. Recogiendo amantes.

Los rotos hilos del antiguo sueño.

Sigamos arrullándolo como antes.

Respetuosa apartemos la mirada

de tumbas que haya entre partida y vuelta.

Y si hubiere una lágrima ya helada

ruede al calor del corazón disuelta.

Olvidemos la herrumbre que en el oro

de la rica ilusión depuso el llanto,

y los hielos que pálido, inodoro

dejaron el jardín que amamos tanto.

Olvidemos el hado que hizo injusto

de nuestros corazones su juguete,

y regalemos la orfandad del gusto

con el añejo néctar del banquete.

¡No es tarde, es tiempo! Olvida la ígnea huella

que al arador pesar cruzó en frente.

Para mis ojos tú siempre eres bella

yo para ti soy llama siempre ardiente:

Llama que hoy mismo a mi pupila fría

surge desde el recóndito santuario

pese a la nieve que en mi sien rocía

el invierno precoz del solitario.

Mírame en estos ojos que tu imagen

extáticos copiaron tantas veces.

Allí estas tú, sin lágrimas que te ajen

ni tiempo que interponga sus dobleces.

Búscame sólo allí, que yo entretanto

en los tiernos abismos de tus ojos

torno a encontrar mi disipado encanto,

la juventud que te ofrendé de hinojos.

¡Mi juventud!, espléndida al intenso

reverberar de tu alma ingenua y pura,

con brisas de verano por incienso,

y por palma de triunfo tu hermosura.

¡Mi juventud!, por título divino

espigadora en todo lo creado;

nauta en persecución del vellocino

de cuanto fuese de tu culto agrado.

Islas de luz del cielo, margaritas

de colgantes jardines y hondos mares,

néctar de espirituales sibaritas,

soplos de Dios a humanos luminares:

Las miradas del sabio más profundas

y del tal vez más sabio anacoreta;

las perlas de Arte, hijas de amor fecundas;

la suma voz de todo gran poeta.

Esas trombas de lírica armonía,

infiernos de pasión divinizados,

en que nos arrebatan a porfía

todos los embelesos conjurados:

Auras de aquella cima do confluyen

Hermosura y Verdad, pareja santa,

y las dos una misma constituyen,

y espíritu de amor sus nupcias canta.

Buscar palabra al silencioso drama

de la contemplación, mística guerra

entre Dios, Padre amante que reclama

al eterno extranjero de la tierra;

y esta madre de muerte, inmensa y bella

Venus que al por nos nutre y nos devora,

y presintiendo que escapamos de ella

con tanto hechizo nos abraza y llora.

Leer amor en tanta ruda espina

que escarnece a la fe y angustia al bueno.

Mostrar flores del alma en la ruïna,

luz en la oscuridad, oro en el cieno.

La flor de cuanto existe, oro celeste,

único que halagando tu alma noble

brindara en vago esparcimiento agreste

a nuestro doble ser regalo doble;

tal era mi tributo. Una confianza,

una sonrisa, una palabra tuya,

retorno abrumador, que en mi balanza

Dios, no un mortal, será quien retribuya.

Pero todo en redor, la limpia esfera,

el bosque, el viento, el pajarillo amable

semejaba, en tu obsequio, que quisiera

pagar por mí la dádiva impagable.

Aún veo sobre el carbón de tus pupilas

el arrebol fascinador de ocaso;

veo la vacada, escucho las esquilas:

va entrando en su redil paso entre paso.

Escucha, recelosa de la sombra,

la blanda codorniz que al nido llama

y al sentirnos parece que te nombra

y que por verte se empinó en la rama.

Escúchate a ti misma entre el concento

de aquella fiesta universal de amores,

cuando nos coronaba el firmamento

ciñéndonos de púrpura y de flores.

Esas flores murieron. Pero ¿has muerto

tú, fragancia inmortal del alma mía?

Años y años pasaron. Pero ¿es cierto

o es visión que existimos todavía?

Juntos aquí como esa tarde estamos,

y el mismo cielo es ara suntuosa

de aquel amor que entonces nos juramos

y hoy, en los mismos dos, arde y rebosa.

Ahí está el campo, el mirador collado,

el pasmoso horizonte, el sol propicio;

la cúpula y el templo no han variado.

Vuelva el glorificante sacrificio.

¿Y no ha herido tal vez tu fantasía

que aquella tarde insólita, imponente,

fue sólo misteriosa profecía

de este rnisteriosísimo presente...?

En aquel hinmo universal, un dejo

percibí melancólico; y al fondo

de una lágrima tuya vi el bosquejo

del duelo que hoy en lo pasado escondo.

Pasó... Pero esa tarde en su misterio

citó para otra tarde nuestra vida.

Y hela aquí. El alma recobró su imperio

del sol abrasador a la caída.

¡La tarde!, la hora del perfecto aroma,

la hora de fe, de intimidad perfecta,

cuando Dios sobre el sol que se desploma

el infinito incógnito proyecta.

Cuanto es ya el suelo en fuego y tintes falto,

es de ardiente el espíritu y profundo;

y abiertas las esclusas de lo alto

flotamos como en brisas de otro mundo.

Ve cómo el blanco Véspero fulgura,

pasando intacto el arrebol sangriento.

¡Es la Amistad!, la roca firme y pura

que sirve a nuestro amor de hondo cimiento.

Nadie dejó de amar si amó de veras.

Cuando en árido tronco te encarnices

con la segur, tal vez lo regeneras

si son como las nuestras sus raíces.

Y antes te sonará más dulcemente

templada en el raudal de los gemidos,

la antigua voz que murmuraba ardiente

la música de mi alma en tus oídos.

¿Han pasado años?... Puede ser. ¿Quién halla

que el Tiempo sólo arrumbe o dañe o borre?

¡Cuánta espina embotó! ¡Qué de iras calla!

¡Su olvido a cuántos míseros socorre!

Para los dos el ministerio suyo

fue de ungido de Dios y extremo amigo.

Te veo sagrada, y sacro cuanto es tuyo,

y como de un cristal al casto abrigo.

En torno a ti, y a cuanto es tuyo, encuentro

halo de luz, atmósfera de santo;

como al santuario a visitarte hoy entro

y algo hay solemne en tu adorable encanto.

¡Dulce es sentir que hay almas, y que aman!

Su amor.inerme el tiempo para ellas.

Las vuelve, al Dios que férvidas aclaman,

Como El las hizo.jóvenes y bellas.


Han pasado años, sí... ¡por fin pasaron!

¡Rudo tropel que atravesó el camino!

Ya, como un nubarrón se disiparon,

Y nuestro sol a reclamarnos vino.


¡Y ande el tiempo, y sin fin rondando siga

La fiel aguja que su afán nos muestra!

¿Qué hora marcará que no nos diga:

«Aquí os amasteis; yo también soy vuestra?».


En todo grato sueño nos parece

Que ya lo hemos soñado: ese es su hechizo.

Mi mejor sueño a ti te pertenece;

En ti el pasado mágico realizo.


Como a la aparición del rey del día,

De entre la nada lóbrega que espanta,

Brota un mundo de vida y poesía

En que todo ama y resplandece y canta;


Así tú para mí: foco potente.

Núcleo de una creación que he poseído,

Llegas, y en torno a ti surge esplendente

Mi portentoso hogar, y en él resido.


Y el corazón se me abre inmenso, en alas

De música ideal que lo acaricia;

Y tanto aroma y fuego en mi alma exhalas

Que a un tiempo vivo y muero de delicia.


Y tú y yo, tierra y cielo, mente y acto,

Hoy y ayer, la esperanza y la memoria,

Todo ya es uno, en inefable rapto,

Fruición anticipada de la gloria.


Y esa es la juventud: el fugitivo

Presagio de la eterna, que al conjuro

Vuelve de Amor, como en miraje esquivo,

A enseñarnos un bien siempre futuro.


¿Y el sueño cuál será? ¿La no apagada

Luz, o esta bruma efímera de invierno?

¡Ah! lo que pasa no es: es sombra, es nada;

Y no hay más que una realidad: lo Eterno.


Atando el hilo roto un largo instante

Sigamos, pues, llorada compañera,

Hacia atrás, y a la par hacia delante.

A nuestro gran será que hace años era.


Como Fray Luis saliendo del profundo

«Decíamos ayer» también digamos:

Corra el tiempo del mundo para el mundo

Nuestro tiempo, en el alma lo llevamos.



Bogotá, febrero 7 de 1889

371
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Isabel

ISABEL


Había recibido del cielo el presente de una
belleza infausta. Sus ojos benignos se abrieron, llenos de espanto, a
la maravilla del mundo y una estrella de lumbre matinal, embeleso de
los arcángeles aguerridos, se extinguió a esa misma hora
en el infinito. Yo velaba al margen de su cuna y concebía
pensamientos felices para allanarle el porvenir.

Yo la admití y la guardé en mis brazos
con el fin de salvar su infancia de los ejemplos de la tierra y
dirigí desde entonces su voz ferviente a cantar la agonía
del vía crucis y la resistencia de los mártires.

Yo me retiraba sobre el vértice de una colina
a vigilar y defender su esparcimiento en un valle recóndito. El
lirio galano de la parábola alternaba con el rosal nacido y
florecido en una misma noche sobre la tumba de Isolda.

Yo la seguí a una entrevista en la hora del
alba, cerca de un río transparente. Se enajenaba al fijarse en
el discurso de un anciano, doctor o caballero en el reino celeste, y se
perdía en la admiración del signo de la cruz, pintado
súbitamente en el aire. El himno de unas vírgenes la
invitaba con instancia desde un bajel rutilante.

Dijo mi nombre entre loores y promesas antes de
transfigurarse y perderse en el espacio y consiguió de tal modo
incorporarme del suelo, en donde me había derribado el
sentimiento de su ausencia.


472
Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

La Francesita Que Hoy Salió A Tomar El Sol

Un poco paliducha y adelgazada,
¡Estuvo tan enferma recientemente!
Caminando deprisa por la asoleada
vereda, va la rubia convaleciente

que, con rumbo a Palermo dobló hacia el Norte.
¡Salud, la linda rubia: cara traviesa,
gesto de ¡Viva Francia!, Y airoso el porte:
como que para eso nació francesa!

¿Será el desconocido que va delante
o es la gracia burlona con que camina
que ahuyentó aquel capricho sentimental?

¡Adiós los ojos tristes del estudiante
que vio junto a la cama de su vecina
en la tarde de un jueves del hospital!
302
José Martí

José Martí

Ayer La Vi En El Salón

Ayer la vi en el salón
De los pintores, y ayer
Detrás de aquella mujer
Se me saltó el corazón.

Sentada en el suelo rudo
Está en el lienzo: dormido
Al pie, el esposo rendido
Al seno el niño desnudo.

Sobre unas briznas de paja
Se ven mendrugos mondados:
Le cuelga el manto a los lados,
Lo mismo que una mortaja.

No nace en el torvo suelo
Ni una viola, ni una espiga:
¡Muy lejos, la casa amiga,
Muy triste y oscuro el cielo!...

¡Esa es la hermosa mujer
Que me robó el corazón
En el soberbio salón
De los pintores de ayer!
649
Oliverio Girondo

Oliverio Girondo

Yo No Sé Nada

Yo no sé nada
Tú no sabes nada
Ud. no sabe nada
Él no sabe nada
Ellos no saben nada
Ellas no saben nada
Uds. no saben nada
Nosotros no sabemos nada.

La desorientación de mi generación tiene su expli-
cación en la dirección de nuestra educación, cuya
idealización de la acción, era —¡sin discusión!—

una mistificación, en contradicción
con nuestra propensión a la me-
ditación, a la contemplación y
a la masturbación. (Gutural,
lo más guturalmente que
se pueda.) Creo que
creo en lo que creo
que no creo. Y creo
que no creo en lo
que creo que creo.
" Cantar de las ranas "
¡Y ¡Y ¿A ¿A ¡Y ¡T
su ba llí llá su ba
bo jo es es bo jo
las las tá? tá? las las
es es ¡A ¡A es es
ca ca quí cá ca ca
le le no no le le
ras ras es es ras ras
arri aba tá tá arrí aba
ba!... jo!... !... !... ba!... jo!...

1.156
Anónimo

Anónimo

Romance De Gerineldo Y La Infanta

—Gerineldo, Gerineldo, paje del rey más querido,
quién te tuviera esta noche en mi jardín florecido.
Válgame Dios, Gerineldo, cuerpo que tienes tan lindo.
—Como soy vuestro criado, señora, burláis conmigo.
—No me burlo, Gerineldo, que de veras te lo digo.
—¿Y cuándo, señora mía, cumpliréis lo prometido?
—Entre las doce y la una que el rey estará dormido.
Media noche ya es pasada. Gerineldo no ha venido.
«¡Oh, malhaya, Gerineldo, quien amor puso contigo!»
—Abráisme, la mi señora, abráisme, cuerpo garrido.
—¿Quién a mi estancia se atreve, quién llama así a mi postigo?
—No os turbéis, señora mía, que soy vuestro dulce amigo.
Tomáralo por la mano y en el lecho lo ha metido;
entre juegos y deleites la noche se les ha ido,
y allá hacia el amanecer los dos se duermen vencidos.
Despertado había el rey de un sueño despavorido.
«O me roban a la infanta o traicionan el castillo.»
Aprisa llama a su paje pidiéndole los vestidos:
«¡Gerineldo, Gerineldo, el mi paje más querido!»
Tres veces le había llamado, ninguna le ha respondido.
Puso la espada en la cinta, adonde la infanta ha ido;
vio a su hija, vio a su paje como mujer y marido.
«¿Mataré yo a Gerineldo, a quien crié desde niño?
Pues si matare a la infanta, mi reino queda perdido.
Pondré mi espada por medio, que me sirva de testigo.»
Y salióse hacia el jardín sin ser de nadie sentido.
Rebullíase la infanta tres horas ya el sol salido;
con el frior de la espada la dama se ha estremecido.
—Levántate, Gerineldo, levántate, dueño mío,
la espada del rey mi padre entre los dos ha dormido.
—¿Y adónde iré, mi señora, que del rey no sea visto?
—Vete por ese jardín cogiendo rosas y lirios;
pesares que te vinieren yo los partiré contigo.
—¿Dónde vienes, Gerineldo, tan mustio y descolorido?
—Vengo del jardín, buen rey, por ver cómo ha florecido;
la fragancia de una rosa la color me ha devaído.
—De esa rosa que has cortado mi espada será testigo.
—Matadme, señor, matadme, bien lo tengo merecido.
Ellos en estas razones, la infanta a su padre vino:
—Rey y señor, no le mates, mas dámelo por marido.
O si lo quieres matar la muerte será conmigo.
898
Gerardo Diego

Gerardo Diego

Amor

Era el mes que aplicaba sus teorías
cada vez que un amor nacía en torno
cediendo dócil peso y calorías
cuando por caridad ya para adorno
en beneficio de esos amadores
que hurtan siempre relámpagos y flores

Ella llevaba por vestido combo
un proyecto de arcángel en relieve
Del hombro al pie su línea exacta un rombo
que a armonizar con el clavel se atreve
A su paso en dos lunas o en dos frutos
se abrían los espacios absolutos

Amor amor obesidad hermana
soplo de fuelle hasta abombar las horas
y encontrarse al salir una mañana
que Dios es Dios sin colaboradoras
y que es azul la mano del grumete
—amor amor amor— de seis a siete

Así con la mirada en lo improviso
barajando en la mano alas remotas
iba el galán lacrándole el aviso
de plumas blancas casi gaviotas
por las calles que huelen a pintura
siempre buscando a ella en cuadratura

Y vedla aquí equipando en jabón tierno
globos que nunca han visto las espumas
vedla extrayendo de su propio invierno
la nieve en tiras la pasión en sumas
y en margaritas que pacerá el chivo
su porvenir listado en subjuntivo

Desde el plano sincero del diedro
que se queja al girar su arista viva
contempla el amador nivel de cedro
la amada que en su hipótesis estriba
y acariciando el lomo del instante
disuelve sus dos manos en menguante

«A ti la bella entre las iniciales
la más genuina en tinta verde impresa
a ti imposible y lenta cuando sales
tangente cuando el céfiro regresa
a ti envío mi amada caravana
larga como el amor por la mañana

Si tus piernas que vencen los compases
silencioso el resorte de sus grados
si más dificil que los cuatro ases
telegrama en tu estela de venados
mis geometrías y mi sed desdeñas
no olvides canjear mis contraseñas

Luna en el horno tibio de aburridas
bien inflada de un gas que silba apenas
contempla mis rodillas doloridas
así no estallen tus mejillas llenas
contempla y dime si hay otro infortunio
comparable al desdén y al plenilunio

Y tú inicial del más esbelto cuello
que a tu tacto haces sólida la espera
no me abandones no Yo haré un camello
del viento que en tus pechos desaltera
Y para perseguir tu fuga en chasis
yo te daré un desierto y un oasis

Yo extraeré para ti la presuntuosa
raíz de la columna vespertina
Yo en fiel teorema de volumen rosa
te expondré el caso de la mandolina
Yo peces te traeré (entre crisantemos)
tan diminutos que los dos lloremos

Para ti el fruto de dos suaves nalgas
que al abrirse dan paso a una moneda
Para ti el arrebato de las algas
y el alhelí de sálvese el que pueda
y los gusanos de pasar el rato
príncipes del azar en campeonato

Príncipes del azar Así el tecleo
en ritmo y luz de mecanografía
hace olvidar tu nombre y mi deseo
tu nombre que una estrella ama y enfría
Príncipes del azar gusanos leves
para pasar el rato entre las nieves

Pero tú voladora no te obstines
Para cantar de ti dame tu huella
La cruzaré de cuerdas de violines
y he de esperar que el sol se ponga en ella
Yo inscribiré en tu rombo mi programa
conocido del mar desde que ama»

Y resumiendo el amador su dicho
recogió los suspiros redondeles
y abandonado al humo del capricho
se dejó resbalar por dos rieles
Una sesión de circo se iniciaba
en la constelación decimoctava
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Meira Delmar

Meira Delmar