Lista de Poemas
Explora poemas de nuestra colección
José Martí
La Imagen Del Rey, Por Ley,
La imagen del rey, por ley,
Lleva el papel del Estado:
El niño fue fusilado
Por los fusiles del rey.
Festejar el santo es ley
Del rey: y en la fiesta santa
¡La hermana del niño canta
Ante la imagen del rey!
Lleva el papel del Estado:
El niño fue fusilado
Por los fusiles del rey.
Festejar el santo es ley
Del rey: y en la fiesta santa
¡La hermana del niño canta
Ante la imagen del rey!
700
Francisco Villaespesa
A Rogelio Buendía Manzano Poeta Joven
Si yo fuese un orfebre florentino,
sobre el cristal de una esmeralda clara
con unción religiosa, cincelara
la línea audaz de tu perfil latino.
Y en el más puro oro, en el más fino,
después, como una lágrima engarzara
la verde gema, para que brillara
en medio de tu seno alabastrino.
Y si fuera pintor, ¡con qué cuidado,
con mi pincel, por el amor guiado,
diluiría en la cándida vitela
de un abanico tu sutil figura,
entre el rosa fragante y la frescura
de un florido paisaje de acuarela!
sobre el cristal de una esmeralda clara
con unción religiosa, cincelara
la línea audaz de tu perfil latino.
Y en el más puro oro, en el más fino,
después, como una lágrima engarzara
la verde gema, para que brillara
en medio de tu seno alabastrino.
Y si fuera pintor, ¡con qué cuidado,
con mi pincel, por el amor guiado,
diluiría en la cándida vitela
de un abanico tu sutil figura,
entre el rosa fragante y la frescura
de un florido paisaje de acuarela!
307
Gerardo Diego
Sucesiva
Déjame acariciarte lentamente,
déjame lentamente comprobarte,
ver que eres de verdad, un continuarte
de ti misma a ti misma extensamente.
Onda tras onda irradian de tu frente
y mansamente, apenas sin rizarte,
rompen sus diez espumas al besarte
de tus pies en la playa adolescente.
Así te quiero, fluida y sucesiva,
manantial tú de ti, agua furtiva,
música para el tacto perezosa.
Así te quiero, en límites pequeños,
aquí y allá, fragmentos, lirio, rosa,
y tu unidad después, luz de mis sueños.
déjame lentamente comprobarte,
ver que eres de verdad, un continuarte
de ti misma a ti misma extensamente.
Onda tras onda irradian de tu frente
y mansamente, apenas sin rizarte,
rompen sus diez espumas al besarte
de tus pies en la playa adolescente.
Así te quiero, fluida y sucesiva,
manantial tú de ti, agua furtiva,
música para el tacto perezosa.
Así te quiero, en límites pequeños,
aquí y allá, fragmentos, lirio, rosa,
y tu unidad después, luz de mis sueños.
475
Salvador Díaz Mirón
Cintas De Sol
La joven madre perdió a su hijo,
se ha vuelto loca y está en su lecho.
Eleva un brazo, descubre un pecho,
suma las líneas de un enredijo.
El dedo en alto y el ojo fijo,
cuenta las curvas que ornan el techo
y muestra un rubro pezón, derecho
como en espasmo y ardor de rijo.
En la vidriera, cortina rala,
tensa y purpúrea cierne curiosa
lumbre, que tiñe su tenue gala.
¡Y roja lengua cae y se posa,
y con delicia treme y resbala
en el erecto botón de rosa!
se ha vuelto loca y está en su lecho.
Eleva un brazo, descubre un pecho,
suma las líneas de un enredijo.
El dedo en alto y el ojo fijo,
cuenta las curvas que ornan el techo
y muestra un rubro pezón, derecho
como en espasmo y ardor de rijo.
En la vidriera, cortina rala,
tensa y purpúrea cierne curiosa
lumbre, que tiñe su tenue gala.
¡Y roja lengua cae y se posa,
y con delicia treme y resbala
en el erecto botón de rosa!
1.457
José Antonio Ramos Sucre
El Páramo
EL PÁRAMO
Los huérfanos se han formado en las pradera
libres. Ejecutan solamente las veleidades de su albedrío.
Han descubierto los secretos de la medicina
rústica, mirando las costumbres de los animales. Discurren sobre
los ejemplares de la selva, desde el cedro hasta el hisopo, a semejanza
de Salomón, el monarca feliz. Un oso les ha cedido su caverna,
usando la condescendencia de un abuelo. Un pájaro estridente les
enseña el pronóstico de la lluvia.
Cantan en el retiro de la noche y el sapo verdinegro
danza en dos pies delante de una luna mortal.
Disipan las visiones de la sombra y del miedo
agitando en el aire un ramo de verbena céltica.
Se abstienen de encender lumbre en los días
sujetos a una constelación inicua. Una figura sangrienta,
vestida con la sotana de los supliciados, divide las fauces de la
tierra y se declara su progenitor.
Los huérfanos la ahuyentan
dirigiéndole motes indignos, reservados para el topo y
demás criaturas de vivienda sórdida.
Los huérfanos se han formado en las pradera
libres. Ejecutan solamente las veleidades de su albedrío.
Han descubierto los secretos de la medicina
rústica, mirando las costumbres de los animales. Discurren sobre
los ejemplares de la selva, desde el cedro hasta el hisopo, a semejanza
de Salomón, el monarca feliz. Un oso les ha cedido su caverna,
usando la condescendencia de un abuelo. Un pájaro estridente les
enseña el pronóstico de la lluvia.
Cantan en el retiro de la noche y el sapo verdinegro
danza en dos pies delante de una luna mortal.
Disipan las visiones de la sombra y del miedo
agitando en el aire un ramo de verbena céltica.
Se abstienen de encender lumbre en los días
sujetos a una constelación inicua. Una figura sangrienta,
vestida con la sotana de los supliciados, divide las fauces de la
tierra y se declara su progenitor.
Los huérfanos la ahuyentan
dirigiéndole motes indignos, reservados para el topo y
demás criaturas de vivienda sórdida.
459
José Martí
Por La Tumba Del Cortijo
Por la tumba del cortijo
Donde está el padre enterrado,
Pasa el hijo, de soldado
Del invasor: pasa el hijo.
El padre, un bravo en la guerra,
Envuelto en su pabellón
Alzase: y de un bofetón
Lo tiende, muerto, por tierra.
El rayo reluce: zumba
El viento por el cortijo:
El padre recoge al hijo,
Y se lo lleva a la tumba.
Donde está el padre enterrado,
Pasa el hijo, de soldado
Del invasor: pasa el hijo.
El padre, un bravo en la guerra,
Envuelto en su pabellón
Alzase: y de un bofetón
Lo tiende, muerto, por tierra.
El rayo reluce: zumba
El viento por el cortijo:
El padre recoge al hijo,
Y se lo lleva a la tumba.
726
Evaristo Carriego
La Enferma Que Trajeron Anoche
La enferma abrió los ojos cuando la hermana,
que aún no ha descansado ni un sólo instante,
decía sus temores al practicante
que pasa la visita de la mañana.
Desde que la trajeron ha rechazado
sin contestar palabra, todo remedio,
y por más que se hizo no hubo medio
de vencer un mutismo tan obstinado.
Y ahora, en la pesada semiinconsciencia
del último momento, su indiferencia
silenciosa parece ceder, por fin,
pero en los labios secos y en la mirada
sólo tiene un reproche de abandonada
para las compañeras del cafetín.
que aún no ha descansado ni un sólo instante,
decía sus temores al practicante
que pasa la visita de la mañana.
Desde que la trajeron ha rechazado
sin contestar palabra, todo remedio,
y por más que se hizo no hubo medio
de vencer un mutismo tan obstinado.
Y ahora, en la pesada semiinconsciencia
del último momento, su indiferencia
silenciosa parece ceder, por fin,
pero en los labios secos y en la mirada
sólo tiene un reproche de abandonada
para las compañeras del cafetín.
341
Oliverio Girondo
Nunca He Dejado De Llevar La Vida Humilde Que Puede Permitirse
3
Nunca he dejado de llevar la vida humilde que puede permitirse un
modesto empleado de correos. ¡Pues! mi mujer —que tiene la
manía de pensar en voz alta y de decir todo lo que le pasa por
la cabeza— se empeña en atribuirme los destinos más
absurdos que pueden imaginarse.
Ahora mismo, mientras leía los diarios de la tarde, me
preguntó sin ninguna clase de preámbulos:
«¿Por qué no abandonaste el gato y el hogar? ¡Ha de
ser tan lindo embarcarse en una fragata!... Durante las noches de luna,
los marineros se reúnen sobre cubierta. Algunos tocan el
acordeón, otros acarician una mujer de goma. Tú fumas la
pipa en compañía de un amigo. El mar te ha endurecido las
pupilas. Has visto demasiados atardeceres. ¿Con qué
puerto, con qué ciudad no te has acostado alguna noche?
¿Las velas serán capaces de brindarte un horizonte nuevo?
Un día en que la calma ya es una maldición, bajas a tu
cucheta, desanudas un pañuelo de seda, te ahorcas con una trenza
de mujer».
Y no contenta con hacerme navegar por todo el mundo, cuando hace
dieciséis años que estoy anclado en el correo:
«¿Recuerdas las que tenía cuando me conociste?... En ese
tiempo me imaginaba que serías soldado y mis pezones se
incendiaban al pensar que tendrías un pecho áspero, como
un felpudo.
»Eras fuerte. Escalaste los muros de un monasterio. Te acostaste con la
abadesa. La dejaste preñada. ¿A qué tiempo, a
qué nación pertenece tu historia?... Te has jugado la
vida tantas veces, que posees un olor a barajas usadas. ¡Con
qué avidez, con qué ternura yo te besaba las heridas!
Eras brutal. Eras taciturno. Te gustaban los quesos que saben a verija
de sátiro... y la primera noche, al poseerme, me destrozaste el
espinazo en el respaldo de la cama».
Y como me dispusiera a demostrarle que lejos de cometer esas
barbaridades, no he ambicionado, durante toda mi existencia, más
que ingresar en el Club Social de Vélez Sársfield:
«Ahora te veo arrodillado en una iglesia con olor a bodega.
»Mírate las manos; sólo sirven para hojear misales. Tu
humildad es tan grande que te avergüenzas de tu pureza, de tu
sabiduría. Te hincas, a cada instante para besar las hojas que
se quejan y que suspiran. Cuando una mujer te mira, bajas los
párpados y te sientes desnudo. Tu sudor es grato a las
prostitutas y a los perros. Te gusta caminar, con fiebre, bajo la
lluvia. Te gusta acostarte, en pleno campo, a mirar las estrellas...
»Una noche —en que te hallas con Dios— entras en un establo, sin que
nadie te vea, y te estiras sobre la paja, para morir abrazado al
pescuezo de alguna vaca...»
Nunca he dejado de llevar la vida humilde que puede permitirse un
modesto empleado de correos. ¡Pues! mi mujer —que tiene la
manía de pensar en voz alta y de decir todo lo que le pasa por
la cabeza— se empeña en atribuirme los destinos más
absurdos que pueden imaginarse.
Ahora mismo, mientras leía los diarios de la tarde, me
preguntó sin ninguna clase de preámbulos:
«¿Por qué no abandonaste el gato y el hogar? ¡Ha de
ser tan lindo embarcarse en una fragata!... Durante las noches de luna,
los marineros se reúnen sobre cubierta. Algunos tocan el
acordeón, otros acarician una mujer de goma. Tú fumas la
pipa en compañía de un amigo. El mar te ha endurecido las
pupilas. Has visto demasiados atardeceres. ¿Con qué
puerto, con qué ciudad no te has acostado alguna noche?
¿Las velas serán capaces de brindarte un horizonte nuevo?
Un día en que la calma ya es una maldición, bajas a tu
cucheta, desanudas un pañuelo de seda, te ahorcas con una trenza
de mujer».
Y no contenta con hacerme navegar por todo el mundo, cuando hace
dieciséis años que estoy anclado en el correo:
«¿Recuerdas las que tenía cuando me conociste?... En ese
tiempo me imaginaba que serías soldado y mis pezones se
incendiaban al pensar que tendrías un pecho áspero, como
un felpudo.
»Eras fuerte. Escalaste los muros de un monasterio. Te acostaste con la
abadesa. La dejaste preñada. ¿A qué tiempo, a
qué nación pertenece tu historia?... Te has jugado la
vida tantas veces, que posees un olor a barajas usadas. ¡Con
qué avidez, con qué ternura yo te besaba las heridas!
Eras brutal. Eras taciturno. Te gustaban los quesos que saben a verija
de sátiro... y la primera noche, al poseerme, me destrozaste el
espinazo en el respaldo de la cama».
Y como me dispusiera a demostrarle que lejos de cometer esas
barbaridades, no he ambicionado, durante toda mi existencia, más
que ingresar en el Club Social de Vélez Sársfield:
«Ahora te veo arrodillado en una iglesia con olor a bodega.
»Mírate las manos; sólo sirven para hojear misales. Tu
humildad es tan grande que te avergüenzas de tu pureza, de tu
sabiduría. Te hincas, a cada instante para besar las hojas que
se quejan y que suspiran. Cuando una mujer te mira, bajas los
párpados y te sientes desnudo. Tu sudor es grato a las
prostitutas y a los perros. Te gusta caminar, con fiebre, bajo la
lluvia. Te gusta acostarte, en pleno campo, a mirar las estrellas...
»Una noche —en que te hallas con Dios— entras en un establo, sin que
nadie te vea, y te estiras sobre la paja, para morir abrazado al
pescuezo de alguna vaca...»
649
Gerardo Diego
Revelación
Era en Numancia, al tiempo que declina
la tarde del agosto augusto y lento,
Numancia del silencio y de la ruina,
alma de libertad, trono del viento.
La luz se hacía por momentos mina
de transparencia y desvanecimiento,
diafanidad de ausencia vespertina,
esperanza, esperanza del portento.
Súbito, ¿dónde?, un pájaro sin lira,
sin rama, sin atril, canta, delira,
flota en la cima de su fiebre aguda.
Vivo latir de Dios nos goteaba,
risa y charla de Dios, libre y desnuda.
Y el pájaro, sabiéndolo, cantaba.
la tarde del agosto augusto y lento,
Numancia del silencio y de la ruina,
alma de libertad, trono del viento.
La luz se hacía por momentos mina
de transparencia y desvanecimiento,
diafanidad de ausencia vespertina,
esperanza, esperanza del portento.
Súbito, ¿dónde?, un pájaro sin lira,
sin rama, sin atril, canta, delira,
flota en la cima de su fiebre aguda.
Vivo latir de Dios nos goteaba,
risa y charla de Dios, libre y desnuda.
Y el pájaro, sabiéndolo, cantaba.
411
Salvador Díaz Mirón
A Gloria
No intentes convencerme de torpeza
con los delirios de tu mente loca:
mi razón es al par luz y firmeza,
firmeza y luz como el cristal de roca.
Semejante al nocturno peregrino,
mi esperanza inmortal no mira el suelo;
no viendo más que sombra en el camino,
sólo contempla el esplendor del cielo.
Vanas son las imágenes que entraña
tu espíritu infantil, santuario oscuro.
Tu numen, como el oro en la montaña,
es virginal y, por lo mismo, impuro.
A través de este vórtice que crispa,
y ávido de brillar, vuelo o me arrastro,
oruga enamorada de una chispa
o águila seducida por un astro.
Inútil es que con tenaz murmullo
exageres el lance en que me enredo:
yo soy altivo, y el que alienta orgullo
lleva un broquel impenetrable al miedo.
Fiando en el instinto que me empuja,
desprecio los peligros que señalas.
«El ave canta aunque la rama cruja,
como que sabe lo que son sus alas».
Erguido bajo el golpe en la porfía,
me siento superior a la victoria.
Tengo fe en mí; la adversidad podría,
quitarme el triunfo, pero no la gloria.
¡Deja que me persigan los abyectos!
¡Quiero atraer la envidia aunque me abrume!
La flor en que se posan los insectos
es rica de matiz y de perfume.
El mal es el teatro en cuyo foro
la virtud, esa trágica, descuella;
es la sibila de palabra de oro,
la sombra que hace resaltar la estrella.
¡Alumbrar es arder! ¡Estro encendido
será el fuego voraz que me consuma!
La perla brota del molusco herido
y Venus nace de la amarga espuma.
Los claros timbres de que estoy ufano
han de salir de la calumnia ilesos.
Hay plumajes que cruzan el pantano
y no se manchan... ¡Mi plumaje es de esos!
¡Fuerza es que sufra mi pasión! La palma
crece en la orilla que el oleaje azota.
El mérito es el náufrago del alma:
vivo, se hunde; pero muerto, ¡flota!
¡Depón el ceño y que tu voz me arrulle!
¡Consuela el corazón del que te ama!
Dios dijo al agua del torrente: ¡bulle!;
y al lirio de la margen: ¡embalsama!
¡Confórmate, mujer! Hemos venido
a este valle de lágrimas que abate,
tú, como la paloma, para el nido,
y yo, como el león, para el combate.
con los delirios de tu mente loca:
mi razón es al par luz y firmeza,
firmeza y luz como el cristal de roca.
Semejante al nocturno peregrino,
mi esperanza inmortal no mira el suelo;
no viendo más que sombra en el camino,
sólo contempla el esplendor del cielo.
Vanas son las imágenes que entraña
tu espíritu infantil, santuario oscuro.
Tu numen, como el oro en la montaña,
es virginal y, por lo mismo, impuro.
A través de este vórtice que crispa,
y ávido de brillar, vuelo o me arrastro,
oruga enamorada de una chispa
o águila seducida por un astro.
Inútil es que con tenaz murmullo
exageres el lance en que me enredo:
yo soy altivo, y el que alienta orgullo
lleva un broquel impenetrable al miedo.
Fiando en el instinto que me empuja,
desprecio los peligros que señalas.
«El ave canta aunque la rama cruja,
como que sabe lo que son sus alas».
Erguido bajo el golpe en la porfía,
me siento superior a la victoria.
Tengo fe en mí; la adversidad podría,
quitarme el triunfo, pero no la gloria.
¡Deja que me persigan los abyectos!
¡Quiero atraer la envidia aunque me abrume!
La flor en que se posan los insectos
es rica de matiz y de perfume.
El mal es el teatro en cuyo foro
la virtud, esa trágica, descuella;
es la sibila de palabra de oro,
la sombra que hace resaltar la estrella.
¡Alumbrar es arder! ¡Estro encendido
será el fuego voraz que me consuma!
La perla brota del molusco herido
y Venus nace de la amarga espuma.
Los claros timbres de que estoy ufano
han de salir de la calumnia ilesos.
Hay plumajes que cruzan el pantano
y no se manchan... ¡Mi plumaje es de esos!
¡Fuerza es que sufra mi pasión! La palma
crece en la orilla que el oleaje azota.
El mérito es el náufrago del alma:
vivo, se hunde; pero muerto, ¡flota!
¡Depón el ceño y que tu voz me arrulle!
¡Consuela el corazón del que te ama!
Dios dijo al agua del torrente: ¡bulle!;
y al lirio de la margen: ¡embalsama!
¡Confórmate, mujer! Hemos venido
a este valle de lágrimas que abate,
tú, como la paloma, para el nido,
y yo, como el león, para el combate.
1.865
Meira Delmar
El Regreso
Cada día que pasa,
cada día,
es más corto el camino
de regreso.
De repente la nave
romperá el horizonte
y la veré avanzar hacia la orilla
flamante de banderas.
Y en un instante el sol
habrá borrado
todos los años
que viví en la sombra.
cada día,
es más corto el camino
de regreso.
De repente la nave
romperá el horizonte
y la veré avanzar hacia la orilla
flamante de banderas.
Y en un instante el sol
habrá borrado
todos los años
que viví en la sombra.
763
Evaristo Carriego
Lo Que Dicen Los Vecinos
¡Bendito sea! Tan luego ahora
mostrarse adusta. ¡Quién lo diría:
ella que siempre conversadora
llenaba el patio con su alegría!
Es increíble lo que les cuesta
hacer que escuche si le hablan de esto,
ruegan, la apuran, y no contesta
ni una palabra: ¡Les pone un gesto!
Y en cuanto insisten se les resiente.
Muchos la encuentran desconocida,
y ¡Da una pena! Continuamente
la van notando más retraída
como si todo la incomodara.
Ya no es ni sombra de lo que fuera
en otros tiempos. ¡Qué cosa rara
que haya cambiado de tal manera!
¡Anda de triste! Y es bien sabido,
cualquier zoncera la vuelve idiota.
En pocos meses ha enflaquecido
tanto la pobre.
Por caprichosa
le pasa eso. Nadie la aguanta
Los de la casa se hallan perplejos:
¡Verla así desde que se levanta!
Esta mañana, sin ir más lejos,
como asaltada por una viva
duda que acaso fue pasajera,
¡La han sorprendido tan pensativa
en el descanso de la escalera!
mostrarse adusta. ¡Quién lo diría:
ella que siempre conversadora
llenaba el patio con su alegría!
Es increíble lo que les cuesta
hacer que escuche si le hablan de esto,
ruegan, la apuran, y no contesta
ni una palabra: ¡Les pone un gesto!
Y en cuanto insisten se les resiente.
Muchos la encuentran desconocida,
y ¡Da una pena! Continuamente
la van notando más retraída
como si todo la incomodara.
Ya no es ni sombra de lo que fuera
en otros tiempos. ¡Qué cosa rara
que haya cambiado de tal manera!
¡Anda de triste! Y es bien sabido,
cualquier zoncera la vuelve idiota.
En pocos meses ha enflaquecido
tanto la pobre.
Por caprichosa
le pasa eso. Nadie la aguanta
Los de la casa se hallan perplejos:
¡Verla así desde que se levanta!
Esta mañana, sin ir más lejos,
como asaltada por una viva
duda que acaso fue pasajera,
¡La han sorprendido tan pensativa
en el descanso de la escalera!
386
José Martí
El Enemigo Brutal
El enemigo brutal
Nos pone fuego a la casa:
El sable la calle arrasa,
A la luna tropical.
Pocos salieron ilesos
Del sable del español:
La calle, al salir el sol,
Era un reguero de sesos.
Pasa, entre balas, un coche:
Entran, llorando, a una muerta:
Llama una mano a la puerta
En lo negro de la noche.
No hay bala que no taladre
El portón: y la mujer
Que llama, me ha dado el ser:
Me viene a buscar mi madre.
A la boca de la muerte,
Los valientes habaneros
Se quitaron los sombreros
Ante la matrona fuerte.
Y después que nos besamos
Como dos locos, me dijo:
«¡Vamos pronto, vamos, hijo:
La niña está sola: vamos!».
Nos pone fuego a la casa:
El sable la calle arrasa,
A la luna tropical.
Pocos salieron ilesos
Del sable del español:
La calle, al salir el sol,
Era un reguero de sesos.
Pasa, entre balas, un coche:
Entran, llorando, a una muerta:
Llama una mano a la puerta
En lo negro de la noche.
No hay bala que no taladre
El portón: y la mujer
Que llama, me ha dado el ser:
Me viene a buscar mi madre.
A la boca de la muerte,
Los valientes habaneros
Se quitaron los sombreros
Ante la matrona fuerte.
Y después que nos besamos
Como dos locos, me dijo:
«¡Vamos pronto, vamos, hijo:
La niña está sola: vamos!».
856
Francisco Villaespesa
A Rogelio Buendía Manzano Poeta Joven
Un «¡espera!», un «¡recuerda!» es cuanto queda
de tu voz en mi oído... ¡todo es eso!
¡Nunca en tus labios floreció mi beso!
¡Jamás mis sueños perfumó la seda
de tus cabellos..! Bajo la arboleda
nos dijimos ¡adiós..! Y en un exceso
de orgullo y de rencor, quitose el preso
sus cadenas de rosas... ¡Dios conceda
a tu alma la dicha ambicionada!
Yo, en las frías tinieblas de la nada
con pasos de sonámbulo me pierdo...
¡Y aullando de dolor, sobre la arena
del pasado, mi vida es una hiena
devorando el cadáver de un recuerdo!
de tu voz en mi oído... ¡todo es eso!
¡Nunca en tus labios floreció mi beso!
¡Jamás mis sueños perfumó la seda
de tus cabellos..! Bajo la arboleda
nos dijimos ¡adiós..! Y en un exceso
de orgullo y de rencor, quitose el preso
sus cadenas de rosas... ¡Dios conceda
a tu alma la dicha ambicionada!
Yo, en las frías tinieblas de la nada
con pasos de sonámbulo me pierdo...
¡Y aullando de dolor, sobre la arena
del pasado, mi vida es una hiena
devorando el cadáver de un recuerdo!
354
Gerardo Diego
Insomnio
Tú y tu desnudo sueño. No lo sabes.
Duermes. No. No lo sabes. Yo en desvelo,
y tú, inocente, duermes bajo el cielo.
Tú por tu sueño, y por el mar las naves.
En cárceles de espacio, aéreas llaves
te me encierran, recluyen, roban. Hielo,
cristal de aire en mil hojas. No. No hay vuelo
que alce hasta ti las alas de mis aves.
Saber que duermes tú, cierta, segura
cauce fiel de abandono, línea pura,
tan cerca de mis brazos maniatados.
Qué pavorosa esclavitud de isleño,
yo, insomne, loco, en los acantilados,
las naves por el mar, tú por tu sueño.
Duermes. No. No lo sabes. Yo en desvelo,
y tú, inocente, duermes bajo el cielo.
Tú por tu sueño, y por el mar las naves.
En cárceles de espacio, aéreas llaves
te me encierran, recluyen, roban. Hielo,
cristal de aire en mil hojas. No. No hay vuelo
que alce hasta ti las alas de mis aves.
Saber que duermes tú, cierta, segura
cauce fiel de abandono, línea pura,
tan cerca de mis brazos maniatados.
Qué pavorosa esclavitud de isleño,
yo, insomne, loco, en los acantilados,
las naves por el mar, tú por tu sueño.
512
Salvador Díaz Mirón
Mística
Si en tus jardines, cuando yo muera,
cuando yo muera, brota una flor;
si en un celaje ves un lucero,
ves un lucero que nadie vio;
y llega una ave que te murmura,
que te murmura con dulce voz,
abriendo el pico sobre tus labios,
lo que en un tiempo te dije yo:
aquel celaje y el ave aquella,
y aquel lucero y aquella flor
serán mi vida, que ha transformado,
que ha transformado la ley de Dios.
Serán mis fibras con otro aspecto,
ala y corola y ascua y vapor;
mis pensamientos transfigurados,
perfume y éter y arrullo y sol.
Soy un cadáver ¿cuándo me entierran?
Soy un viajero ¿cuándo me voy?
Soy una larva que se transforma
¿cuándo se cumple la ley de Dios
y soy entonces, mi blanca niña,
celaje y ave, lucero y flor?
cuando yo muera, brota una flor;
si en un celaje ves un lucero,
ves un lucero que nadie vio;
y llega una ave que te murmura,
que te murmura con dulce voz,
abriendo el pico sobre tus labios,
lo que en un tiempo te dije yo:
aquel celaje y el ave aquella,
y aquel lucero y aquella flor
serán mi vida, que ha transformado,
que ha transformado la ley de Dios.
Serán mis fibras con otro aspecto,
ala y corola y ascua y vapor;
mis pensamientos transfigurados,
perfume y éter y arrullo y sol.
Soy un cadáver ¿cuándo me entierran?
Soy un viajero ¿cuándo me voy?
Soy una larva que se transforma
¿cuándo se cumple la ley de Dios
y soy entonces, mi blanca niña,
celaje y ave, lucero y flor?
1.696
José Antonio Ramos Sucre
El Derrotero De Camõens
EL DERROTERO DE CAMÕENS
Nos proponíamos visitar a un reyezuelo
timorato. Pendía del asentimiento de la Gran Bretaña.
Mandó, para facilitarnos el viaje, una
escolta de sus ministros, vestidos de seda amarilla. Montaban un barco
fluvial, canoa de guerra, semejante a una mariposa desplegada.
¡Tan original era el aderezo de sus velas!
Teníamos siempre a la vista alguna pagoda de
forma de campana, situada en una tregua del bosque. La naturaleza
tropical soltaba el coro de sus voces innumerables y lo gobernaba el
grito de un mono colgado por una sola mano. Los ministros del reyezuelo
aumentaban la batahola sonando una música de carraca y tambor.
Superamos los rodeos del majestuoso caudal de agua y
llegamos al palacio de nuestro personaje, edificio de estilo
quimérico, en medio de una salva de cañones desusados.
Los espantajos del sueño y las fieras del desierto
constituían los motivos ornamentales de la arquitectura. El rey
incorporaba su propio nombre, una serie de calificativos y atributos
sanguinarios, holganza de su vanidad ingenua.
Nos recibió cortésmente y se dio por
satisfecho con nuestro saludo prosternado. Nos recitó, en la
primera entrevista, los preceptos relativos a la cólera y al
orgullo, para darnos una idea de las doctrinas de su raza.
Nos invitó, la noche siguiente, al pasatiempo
de un drama. La decoración poseía un olvidado sentido
litúrgico y los parlamentos, iguales y prolijos,
componían la historia de una venganza. El conflicto se
desenlazaba por medio de un acaso inverosímil y la
ilusión dramática cedía el puesto a un
desmán efectivo. Una mujer del serrallo, malquista del rey,
desempeñaba el papel más odioso y fue enterrada viva.
Nos proponíamos visitar a un reyezuelo
timorato. Pendía del asentimiento de la Gran Bretaña.
Mandó, para facilitarnos el viaje, una
escolta de sus ministros, vestidos de seda amarilla. Montaban un barco
fluvial, canoa de guerra, semejante a una mariposa desplegada.
¡Tan original era el aderezo de sus velas!
Teníamos siempre a la vista alguna pagoda de
forma de campana, situada en una tregua del bosque. La naturaleza
tropical soltaba el coro de sus voces innumerables y lo gobernaba el
grito de un mono colgado por una sola mano. Los ministros del reyezuelo
aumentaban la batahola sonando una música de carraca y tambor.
Superamos los rodeos del majestuoso caudal de agua y
llegamos al palacio de nuestro personaje, edificio de estilo
quimérico, en medio de una salva de cañones desusados.
Los espantajos del sueño y las fieras del desierto
constituían los motivos ornamentales de la arquitectura. El rey
incorporaba su propio nombre, una serie de calificativos y atributos
sanguinarios, holganza de su vanidad ingenua.
Nos recibió cortésmente y se dio por
satisfecho con nuestro saludo prosternado. Nos recitó, en la
primera entrevista, los preceptos relativos a la cólera y al
orgullo, para darnos una idea de las doctrinas de su raza.
Nos invitó, la noche siguiente, al pasatiempo
de un drama. La decoración poseía un olvidado sentido
litúrgico y los parlamentos, iguales y prolijos,
componían la historia de una venganza. El conflicto se
desenlazaba por medio de un acaso inverosímil y la
ilusión dramática cedía el puesto a un
desmán efectivo. Una mujer del serrallo, malquista del rey,
desempeñaba el papel más odioso y fue enterrada viva.
408
Evaristo Carriego
Otro Chisme
¿Ahora el otro? Bueno, a ese paso
se han de contagiar todos, entonces. ¡Vaya
con la manía! Porque es el caso
que no transcurre un solo día sin que haya
sus novedades.
Nadie ha sabido
sacarle las palabras ¡Es ocurrencia:
servir de burla a cuanto malentendido
hay en Palermo! ¡Si da impaciencia
verlo! La causa, de cualquier modo,
no ha de ser para tanto:
pasarse horas enteras y, sobre todo,
¡Siempre con esa cara de Viernes Santo!
Pues ¡Lo que son las cosas!, Precisamente,
desde que aquella moza, que se reía
de su facha, muriera tan de repente,
anda así el hombre. ¡Bien lo decía
uno de sus amigos!
Medio enterado
de tal asunto, existe quien asegura
que noche a noche vuelve tomado.
No tiene compostura
¡Pobre! Ni loco
que estuviese. Por algo ya no se puede
aconsejarle que cambie un poco
¡Es indudable que lo hace adrede!
De ninguna manera piensa enmendarse:
no quiere escuchar nada
Y, aunque era de esperarse,
como con su conducta desarreglada
está hecho un perdido,
a quien poco le importa del qué dirán
a fin de cuentas, ha conseguido
que lo echen del trabajo por haragán.
se han de contagiar todos, entonces. ¡Vaya
con la manía! Porque es el caso
que no transcurre un solo día sin que haya
sus novedades.
Nadie ha sabido
sacarle las palabras ¡Es ocurrencia:
servir de burla a cuanto malentendido
hay en Palermo! ¡Si da impaciencia
verlo! La causa, de cualquier modo,
no ha de ser para tanto:
pasarse horas enteras y, sobre todo,
¡Siempre con esa cara de Viernes Santo!
Pues ¡Lo que son las cosas!, Precisamente,
desde que aquella moza, que se reía
de su facha, muriera tan de repente,
anda así el hombre. ¡Bien lo decía
uno de sus amigos!
Medio enterado
de tal asunto, existe quien asegura
que noche a noche vuelve tomado.
No tiene compostura
¡Pobre! Ni loco
que estuviese. Por algo ya no se puede
aconsejarle que cambie un poco
¡Es indudable que lo hace adrede!
De ninguna manera piensa enmendarse:
no quiere escuchar nada
Y, aunque era de esperarse,
como con su conducta desarreglada
está hecho un perdido,
a quien poco le importa del qué dirán
a fin de cuentas, ha conseguido
que lo echen del trabajo por haragán.
454
José Martí
Yo Que Vivo, Aunque Me He Muerto
Yo que vivo, aunque me he muerto,
Soy un gran descubridor,
Porque anoche he descubierto
La medicina de amor.
Cuando al peso de la cruz
El hombre morir resuelve,
Sale a hacer bien, lo hace, y vuelve
Como de un baño de luz.
Soy un gran descubridor,
Porque anoche he descubierto
La medicina de amor.
Cuando al peso de la cruz
El hombre morir resuelve,
Sale a hacer bien, lo hace, y vuelve
Como de un baño de luz.
709
Oliverio Girondo
Jamás Se Había Oído El Menor Roce De Cadenas
2
Jamás se había oído el menor roce de cadenas. Las
botellas no manifestaban ningún deseo de incorporarse. Al
día siguiente de colocar un botón sobre una mesa, se le
encontraba en el mismo sitio. El vino y los retratos envejecían
con dignidad. Era posible afeitarse ante cualquier espejo, sin que se
rasgara a la altura de la carótida; pero bastaba que un invitado
tocase la campanilla y penetrara en el vestíbulo, para que
cometiese los más grandes descuidos; alguna de esas
distracciones imperdonables, que pueden conducirnos hasta el suicidio.
En el acto de entregar su tarjeta, por ejemplo, los visitantes se
sacaban los pantalones, y antes de ser introducidos en el salón,
se subían hasta el ombligo los faldones de la camisa. Al ir a
saludar a la dueña de casa, una fuerza irresistible los obligaba
a sonarse las narices con los visillos, y al querer preguntarle por su
marido, le preguntaban por sus dientes postizos. A pesar de un enorme
esfuerzo de voluntad, nadie llegaba a dominar la tentación de
repetir: “Cuernos de vaca”, si alguien se refería a las
señoritas de la casa, y cuando éstas ofrecían una
taza de té, los invitados se colgaban de las arañas, para
reprimir el deseo de morderles las pantorrillas.
El mismo embajador de Inglaterra, un inglés reseco en el
protocolo, con un bigote usado, como uno de esos cepillos de dientes
que se utilizan para embetunar los botines, en vez de aceptar la copa
de champagne que le brindaban, se arrodilló en medio del
salón para olfatear las flores de la alfombra, y después
de aproximarse a un pedestal, levantó la pata como un perro.
Jamás se había oído el menor roce de cadenas. Las
botellas no manifestaban ningún deseo de incorporarse. Al
día siguiente de colocar un botón sobre una mesa, se le
encontraba en el mismo sitio. El vino y los retratos envejecían
con dignidad. Era posible afeitarse ante cualquier espejo, sin que se
rasgara a la altura de la carótida; pero bastaba que un invitado
tocase la campanilla y penetrara en el vestíbulo, para que
cometiese los más grandes descuidos; alguna de esas
distracciones imperdonables, que pueden conducirnos hasta el suicidio.
En el acto de entregar su tarjeta, por ejemplo, los visitantes se
sacaban los pantalones, y antes de ser introducidos en el salón,
se subían hasta el ombligo los faldones de la camisa. Al ir a
saludar a la dueña de casa, una fuerza irresistible los obligaba
a sonarse las narices con los visillos, y al querer preguntarle por su
marido, le preguntaban por sus dientes postizos. A pesar de un enorme
esfuerzo de voluntad, nadie llegaba a dominar la tentación de
repetir: “Cuernos de vaca”, si alguien se refería a las
señoritas de la casa, y cuando éstas ofrecían una
taza de té, los invitados se colgaban de las arañas, para
reprimir el deseo de morderles las pantorrillas.
El mismo embajador de Inglaterra, un inglés reseco en el
protocolo, con un bigote usado, como uno de esos cepillos de dientes
que se utilizan para embetunar los botines, en vez de aceptar la copa
de champagne que le brindaban, se arrodilló en medio del
salón para olfatear las flores de la alfombra, y después
de aproximarse a un pedestal, levantó la pata como un perro.
706
José Santos Chocano
Caupolicán
Ya todos los caciques probaron el madero.
«¿Quién falta», y la respuesta fue un arrogante:
«¡Yo!»
«¡Yo!», dijo; y, en la forma de una visión
de Homero,
del fondo de los bosques Caupolicán surgió.
Echóse el tronco encima, con ademán ligero,
y estremecerse pudo, pero doblarse no.
Bajo sus pies, tres días crujir hizo el sendero,
y estuvo andando... andando... y andando se durmió.
Anduvo, así, dormido, vio en sueños al verdugo:
él muerto sobre un tronco, su raza con el yugo,
inútil todo esfuerzo y el mundo siempre igual.
Por eso, al tercer día de andar por valle y sierra,
el tronco alzó en los aires y lo clavó en la tierra
¡como si el tronco fuese su propio pedestal!
«¿Quién falta», y la respuesta fue un arrogante:
«¡Yo!»
«¡Yo!», dijo; y, en la forma de una visión
de Homero,
del fondo de los bosques Caupolicán surgió.
Echóse el tronco encima, con ademán ligero,
y estremecerse pudo, pero doblarse no.
Bajo sus pies, tres días crujir hizo el sendero,
y estuvo andando... andando... y andando se durmió.
Anduvo, así, dormido, vio en sueños al verdugo:
él muerto sobre un tronco, su raza con el yugo,
inútil todo esfuerzo y el mundo siempre igual.
Por eso, al tercer día de andar por valle y sierra,
el tronco alzó en los aires y lo clavó en la tierra
¡como si el tronco fuese su propio pedestal!
680
Gerardo Diego
Giralda
Giralda en prisma puro de Sevilla,
nivelada del plomo y de la estrella,
molde en engaste azul, torre sin mella,
palma de arquitectura sin semilla.
Si su espejo la brisa enfrente brilla,
no te contemples ay, Narcisa, en ella,
que no se mude esa tu piel doncella,
toda naranja al sol que se te humilla.
Al contraluz de luna limonera,
tu arista es el bisel, hoja barbera
que su más bella vertical depura.
Resbala el tacto su caricia vana.
Yo mudéjar te quiero y no cristiana.
Volumen nada más: base y altura.
nivelada del plomo y de la estrella,
molde en engaste azul, torre sin mella,
palma de arquitectura sin semilla.
Si su espejo la brisa enfrente brilla,
no te contemples ay, Narcisa, en ella,
que no se mude esa tu piel doncella,
toda naranja al sol que se te humilla.
Al contraluz de luna limonera,
tu arista es el bisel, hoja barbera
que su más bella vertical depura.
Resbala el tacto su caricia vana.
Yo mudéjar te quiero y no cristiana.
Volumen nada más: base y altura.
502
Meira Delmar
El Milagro
Pienso en ti.
La tarde,
no es una tarde más;
es el recuerdo
de aquella otra, azul,
en que se hizo
el amor en nosotros
como un día
la luz en las tinieblas.
Y fue entonces más clara
la estrella, el perfume
del jazmín más cercano,
menos
punzantes las espinas.
Ahora,
al evocarla creo
haber sido testigo
de un milagro.
La tarde,
no es una tarde más;
es el recuerdo
de aquella otra, azul,
en que se hizo
el amor en nosotros
como un día
la luz en las tinieblas.
Y fue entonces más clara
la estrella, el perfume
del jazmín más cercano,
menos
punzantes las espinas.
Ahora,
al evocarla creo
haber sido testigo
de un milagro.
793
Evaristo Carriego
Mambrú Se Fue A La Guerra
«Mambrú se fue a la guerra» ¡Vamos, linda vecina!
¿Con su ronga catonga los chicos de la acera
te harán llorar, ahora? No seas sensiblera
y piensa que esta noche de verano es divina
y hay luna, mucha luna. ¡Todo por esa racha
de recuerdos que llevan sin traer al causante!
¡Todo por el veleta que fue novio o amante
allá, en tus más lejanas locuras de muchacha!
Que nunca en tantos años se te oyera una queja
y te afliges ahora, cuando eres casi vieja,
por quien, al fin y al cabo, ¿Dónde está, si es que está?
Seamos muchachitos Empecemos el canto
sin que te ponga fea, como hace poco, el llanto:
«¡Mambrú se fue a la guerra, Mambrú no volverá!»
¿Con su ronga catonga los chicos de la acera
te harán llorar, ahora? No seas sensiblera
y piensa que esta noche de verano es divina
y hay luna, mucha luna. ¡Todo por esa racha
de recuerdos que llevan sin traer al causante!
¡Todo por el veleta que fue novio o amante
allá, en tus más lejanas locuras de muchacha!
Que nunca en tantos años se te oyera una queja
y te afliges ahora, cuando eres casi vieja,
por quien, al fin y al cabo, ¿Dónde está, si es que está?
Seamos muchachitos Empecemos el canto
sin que te ponga fea, como hace poco, el llanto:
«¡Mambrú se fue a la guerra, Mambrú no volverá!»
442