Lista de Poemas
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Isabel Allende
Un hombre hace lo que
Carl Sagan
Aquí se encontraban las semillas
Pablo de Rokha
Oración A La Belleza
y tú arrullas maternalmente, maternalmente al pequeño idiota
RUBIO, con el problema azul de las últimas canciones...
* * *
A compas del minuto evolucionas, y eres eterna e INMUTABLE; tu actitud
asciende al PULPITO ideal de las estrellas y SANTIFICA los excrementos
del asno, nivela los fenómenos, el bien y el mal; y tus pies, llenos
de claridad, caminan sobre el dolor mineral de los pueblos colmando de
verdades la milenaria y vil, errante voz «del animal HUMANO»
* * *
Conmoción religiosa, trágica, dyonisiaca de la substancia
INNUMERABLE, espíritu del universo y pan del TRISTE, pan del TRISTE,
belleza, raíz de Dios, el temblor de su dedo enorme, la nocturna
luz MUERTA de sus pupilas inexistentes, mujer que enloqueciste con tus
caricias al mas GRANDE de los poetas: Satanás.
* * *
Lo verdadero es múltiple y tú UNA y MUCHAS, MUCHAS; tus
axiomas son absolutos frente a la vanidad del conocimiento, floreces por
encima de la verdad y constituyes, sollozando, la VERDADERA sensación
del COSMOS.
* * *
Ha treinta épocas, ha treinta épocas, tu ilusión
temblaba en los ELEMENTOS del orbe. ERES anterior a la materia,hoy, iluminas
el capullo irremediable de sus consecuencias, sus resultados conclusiones:
el automovil A LA LUNA, la pálida locomotora hija de metales grises,
la hulla y las aguas eximias y egregias, los aeroplanos errantes, y las
oscuras multitudes, las oscuras multitudes, las oscuras multitudes revolucionarias
conmoviendo LA SOCIEDAD con su ideal grandilocuente.
* * *
Belleza, prolongación de LO INFINITO y COSA inútil, belleza,
belleza, madre de LA SABIDURIA, colosal lirio de aguas y humo, aguas y
humo sobre un ATARDECER, extraordinario como el NACIMIENTO de un HOMBRE...
¿Qué quieres conmigo, belleza qué quieres conmigo?..
Alfred de Musset
Tened cuidado con el hombre
José Saramago
Qué diablos de dios es
Olga Orozco
Las Muertes
lápidas donde nunca ha resonado el golpe tormentoso de la piel
del lagarto,
inscripciones que nadie recorrerá encendiendo la luz de alguna
lágrima;
arena sin pisadas en todas las memorias.
Son los muertos sin flores.
No nos legaron cartas, ni alianzas, ni retratos.
Ningún trofeo heroico atestigua la gloria o el oprobio.
Sus vidas se cumplieron sin honor en la tierra,
mas su destino fue fulmíneo como un tajo;
porque no conocieron ni el sueño ni la paz en los infames lechos
vendidos por la dicha,
porque sólo acataron una ley más ardiente que la
ávida gota de salmuera.
Esa y no cualquier otra.
Esa y ninguna otra.
Por eso es que sus muertes son los exasperados rostros de nuestra vida.
Vicente García de la Huerta
Amor Constante
al mar peligros, pájaros al viento,
al sol su resplandor y movimiento,
y al fuego abrasador vivas centellas;
antes al campo producciones bellas,
al monte horror, al llano esparcimiento,
torpes envidias al merecimiento,
y al no admitido amor tristes querellas;
antes sus flores a la primavera,
ardores inclementes al estío,
al otoño abundancia lisonjera,
y al aterido invierno hielo y frío,
que ceda un punto de su fe primera,
cuanto menos que falte el amor mío.
Giacomo Casanova
La divisa que he adoptado
Aristóteles
... se habla de lo
Isabel Allende
Mi vida ha consistido en
Alfred de Musset
Sólo lo hermoso es cierto,
Pablo de Rokha
Genio Y Figura
El canto frente a frente al mismo Satanás,
dialoga con la ciencia tremenda de los muertos,
y mi dolor chorrea de sangre la ciudad.
Aún mis días son restos de enormes muebles viejos,
anoche «Dios» llevaba entre mundos que van
así, mi niña, solos, y tú dices: «te quiero»
cuando hablas con «tu» Pablo, sin oírle jamás.
El hombre y la mujer tienen olor a tumba,
El cuerpo se me cae sobre la tierra bruta
Lo mismo que el ataúd rojo del infeliz.
Enemigo total, aúllo por los barrios,
un espanto más bárbaro, más bárbaro, más bárbaro
que el hipo de cien perros botados a morir.
José Saramago
Pretendemos comprender la vida a
David Hume
...se supone que los vientos,
Giacomo Casanova
He escrito en frances, y
Vicente García de la Huerta
La Muerte De Hizán
y el ronco son de las armas
en los valles de Gumiel
eran saludos del alba,
que a ser testigo salía
de las victorias que alcanzan
contra las infieles lunas
las cuchillas castellanas.
Cuando el valeroso Hizán
sobre una fogosa alfana,
regalo de Hacén, alcaide
de Font-Hacén y la Adrada;
desnudo el nervioso brazo
y el albornoz a la espalda,
esgrime la muerte en una
tunecina cimitarra.
Crece la sangrienta lid,
y el suelo de sangre empapan
las azagayas moriscas
y las españolas lanzas.
Bórdase el campo a colores,
que antes fue todo escarlata,
de turbantes y almaizares,
de aljaiduces y almalafas.
Los golpes de las cuchillas,
cuando hieren o reparan,
el vecino monte atruenan
y el turbado ambiente inflaman.
Anima Hizán a los suyos
con su ejemplo y sus palabras,
y el valiente don Gutierre,
cuanto Hizán anima, mata.
Y cada español presume
que él solo por sí bastara
a derribar de Gumiel
las enemigas murallas;
y a coronar por sí solo,
según fía de su espada,
de cabezas berberiscas
las almenas de su patria.
Ni el número superior
sus alientos acobarda,
que a contrarrestar a muchos
pocos con justicia bastan.
llena de horror a este tiempo
la bellísima Daraja
con sus pensamientos tristes
también dudosa batalla.
Deja el ya enfadoso lecho,
y a una torre de su casa
más que el tierno amor la guía,
el duro temor la arrastra.
Descubre el sangriento campo,
y las haces mahometanas,
más que vencidas, deshechas,
dan a la fuga las plantas.
Descubre al gallardo Hizán,
que él solo la lid restaura,
y cuanto con ignominia
sus soldados desamparan.
Y en lágrimas y suspiros
abre salida a sus ansias;
unos, cual su amor, ardientes,
otras, cual su pena, amargas.
El corazón en el pecho
con tanta zozobra salta,
que parece pronostica
las desdichas que le aguardan.
Al tiempo que don Gutierre
entre todos se señala
y por largo trecho siembra
de víctimas la campaña.
Viendo ya que la victoria
orlar sus sienes prepara,
y que sólo Hizán sustenta
la ya perdida batalla;
por entre los enemigos
cual rayo ardiente se lanza,
y todo cuanto resiste
lo atropella y desbarata.
Huye el rigor de su brazo
la berberisca canalla,
y el que no huye de su vista
es que el temor le embaraza.
Entonces, el bravo Hizán,
con furia desesperada,
al ver cómo don Gutierre
tan reciamente le carga,
feroz le sale al encuentro,
mas con suerte tan escasa,
que, antes de sentir el golpe,
grabó en el suelo la estampa.
En el animoso pecho
abrió el hierro puerta franca,
y tan capaz como acaso
la abrió la envidia en el alma.
Las rotas calientes venas
purpúreos raudales manan,
que segunda vez tiñeron
las rojas flores de grana.
Al espectáculo triste
un mortal desmayo embarga
de la amante mora bella
las más envidiables gracias.
Y tanto el dolor creció
que, no cabiendo su extraña
pasión en todo su pecho,
la ahogaron sus mismas ansias.
Murió pues, dejando ejemplo
que de amor la fuerza blanda
en el pecho más esquivo
más profundamente labra.
Y los fuertes castellanos,
gloriosos de su jornada
y ricos de gozo, vuelven
a ver los muros de Aranda.
Isabel Allende
No pertenezco a ninguna parte,
Carl Sagan
Según Demócrito había que disfrutar
Alfred de Musset
Se puede amar sin sufrir
Pablo Neruda
Por Qué Se Queda En Los Ramajes
hasta que las hojas se caen?
Y dónde se quedan colgados
sus pantalones amarillos?
Verdad que parece esperar
el Otoño que pase algo?
Tal vez el temblor de una hoja
o el tránsito del universo?
Hay un imán bajo la tierra,
imán hermano del Otoño?
Cuándo se dicta bajo tierra
la designación de la rosa?
Olga Orozco
Variaciones Sobre El Tiempo
te has vestido con la piel carcomida del último profeta;
te has gastado la cara hasta la extrema palidez;
te has puesto una corona hecha de espejos rotos y lluviosos jirones,
y salmodias ahora el balbuceo del porvenir con las desenterradas
melodías de antaño,
mientras vagas en sombras por tu hambriento escorial, como los reyes
locos.
No me importan ya nada todos tus desvaríos de fantasma
inconcluso,
miserable anfitrión.
Puedes roer los huesos de las grandes promesas en sus
desvencijados catafalcos
o paladear el áspero brebaje que rezuman las decapitaciones.
Y aún no habrá bastante,
hasta que no devores con tu corte goyesca la molienda final.
Nunca se acompasaron nuestros pasos en estos entrecruzados laberintos.
Ni siquiera al comienzo,
cuando me conducías de la mano por el bosque embrujado
y me obligabas a correr sin aliento detrás de aquella torre
inalcanzable
o a descubrir siempre la misma almendra con su oscuro sabor de miedo e
inocencia.
¡Ah, tu plumaje azul brillando entre las ramas!
No pude embalsamarte ni conseguí extraer tu corazón como
una manzana de oro.
Demasiado apremiante,
fuiste después el látigo que azuza,
el cochero imperial arrollándome entre las patas de sus bestias.
Demasiado moroso,
me condenaste a ser el rehén ignorado,
la víctima sepultada hasta los hombros entre siglos de arena.
Hemos luchado a veces cuerpo a cuerpo.
Nos hemos disputado como fieras cada porción de amor,
cada pacto firmado con la tinta que fraguas en alguna
instantánea eternidad,
cada rostro esculpido en la inconstancia de las nubes viajeras,
cada casa erigida en la corriente que no vuelve.
Lograste arrebatarme uno por uno esos desmenuzados fragmentos de mis
templos.
No vacíes la bolsa.
No exhibas tus trofeos.
No relates de nuevo tus hazañas de vergonzoso gladiador en las
desmesuradas galerías del eco.
Tampoco yo te concedí una tregua.
Violé tus estatutos.
Forcé tus cerraduras y subí a los graneros que denominan
porvenir.
Hice una sola hoguera con todas tus edades.
Te volví del revés igual que a un maleficio que se
quiebra,
o mezclé tus recintos como en un anagrama cuyas letras truecan el orden y cambian el sentido.
Te condensé hasta el punto de una burbuja inmóvil,
opaca, prisionera en mis vidriosos cielos,
Estiré tu piel seca en leguas de memoria,
hasta que la horadaron poco a poco los pálidos agujeros del
olvido.
Algún golpe de dados te hizo vacilar sobre el vacío
inmenso entre dos horas.
Hemos llegado lejos en este juego atroz, acorralándonos el alma.
Sé que no habrá descanso,
y no me tientas, no, con dejarme invadir por la plácida sombra
de los vegetales centenarios,
aunque de nada me valga estar en guardia,
aunque al final de todo esté de pie, recibiendo tu paga,
el mezquino soborno que acuñan en tu honor las roncas
maquinarias de la muerte,
mercenario.
Y no escribas entonces en las fronteras blancas “nunca más”
con tu mano ignorante,
como si fueras algún dios de Dios,
un guardián anterior, el amo de ti mismo en otro tú
que colma las tinieblas.
Tal vez seas apenas la sombra más infiel de alguno de sus perros.
José Saramago
Pienso que todos estamos ciegos.
Giacomo Casanova
El temeroso veneno llamado celos,
Vicente García de la Huerta
Hizán Y Daraja
el noble Gutierre marcha
sobre el campo de Gumiel
desde la fuerza de Aranda.
El más valiente caudillo,
de cuantos ve la campaña
desde el Duero al claro Tormes,
desde el Pisuerga al Adaja.
Monta una manchada yegua,
que riberas del Riaza
nació a ser exhalación
y asombro de las comarcas.
Lleva pendiente del hombro
una berberisca adarga,
a Celín ganada, jeque
de Medina y Almenara.
En la vigorosa diestra,
defensa ya de su patria,
rige el animoso joven
un recio roble por asta.
Una ancha cuchilla ciñe
en mil reencuentros probada,
contra las vidas alarbes
fatal segur de la parca.
Sale, pues, tan orgullosa
la juventud castellana,
que a mirar su bizarría
suspende el Duero sus aguas.
Los generosos caballos
marcial música compasan
al son del hierro que imprimen,
y al son del hierro que tascan.
Ya descubren de Gumiel
las ardientes atalayas,
y en los cultivados campos
las adultas mieses talan.
Sintiendo el rebato Hizán,
presuroso se levanta
a los brazos de la muerte
de los brazos de Daraja.
Daraja, deidad morisca,
de cuyo amor a las aras
seis años fueron de Hizán
servicios ofrendas vanas.
Al primer paso tropieza,
y requiriendo las armas,
herida la diestra mano,
con sangre el estrado mancha.
Túrbase la bella mora
con señales tan infaustas,
y de tan tristes acasos
tristes vaticinios saca.
Enmudécela el dolor;
pero una sola mirada
dijo de una vez más cosas
que dijeran mil palabras.
Cadenas hace sus brazos,
que el cuello de Hizán enlazan,
y de sus lágrimas tiernas
segundas cadenas labra.
Mas, viendo el valiente moro
que hace ya en el campo falta,
sus lágrimas reprimiendo,
así, al despedirse, la habla:
«No temas, Daraja bella,
que a los enemigos salga,
que a quien venció tus desdenes
no habrá que resista nada».
Salió al campo; y don Gutierre
al encuentro se adelanta,
y de los demás seguido,
la sangrienta lid se traba.
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