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Juan Luis Panero

Juan Luis Panero

qué Bien Lo Hemos Pasado Cariño Mío

Terribles son las palabras de los amantes,
aunque estén bañadas de falsa alegría,
cuando llega la desolada hora de la separación.
Fuera la lluvia galopa tercamente
y su eco retumba tras la ventana.
Los poderosos pájaros de la dicha
un breve instante anidaron en sus brazos
y dorados plumajes cubrieron los cabellos
que ahora sudor y hastío sólo guardan.
La estatua que quiso ser eterna
herida de reproches tiembla y cae.
Ya el combate de anhelo ha terminado
y húmedos restos las sábanas acogen.
Hombre y mujer en traje y documento
ceremoniosamente se despiden.
Sus manos por costumbre se enlazan
y banales sonrisas desfiguran sus labios.
Terribles son las palabras de los amantes
cuando llega la desolada hora de la separación.
Esqueletos de amor buscan nuevo refugio
y un jirón de ternura cuelga del viejo y gris perchero.
320
Francisco Villaespesa

Francisco Villaespesa

El Reloj

Tardes de Paz... Monotonía
de lluvia en las vidrieras...
Se extingue el humo gris del día...
¿En dónde están mis primaveras?

La lluvia es una fantasía,
de misteriosas encajeras...
Tú, que tejiste mi alegría,
¿tras qué cristal mi vuelta esperas...?

Lentas deslízanse en la alfombra
las tocas negras de la sombra;
viuda que no falta a la cita...

Igual que un pecho adormecido
el reloj tímido palpita...
¡Oh juventud! ¿Dónde te has ido...?
448
Gutierre de Cetina

Gutierre de Cetina

En Medio De Mi Mal Vino Cubierto

En medio de mi mal vino cubierto
un tan hermoso bien, tan dulce engaño,
que el alma enamorada de su daño
fue luego con el seso de concierto.

A tiempo vi el peligro descubierto,
que pudiera valerme del engaño
si consintiera Amor que en bien tamaño
tuviera la razón discurso cierto.

Si pudiera apartar del pensamiento
un temor peligroso, obscuro y triste,
¿con quién trocara yo mi buena suerte?

Mas no quiere el vencido sentimiento,
porque el alma que tal hábito viste,
no lo puede dejar salvo por muerte.
366
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Domingos De Provincia

En los claros domingos de mi pueblo es costumbre
que en la Plaza descubran las gentiles cabezas
las mozas, y sus ojos reflejan dulcedumbre
y la banda en el kiosko toca lánguidas piezas.

Y al caer sobre el pueblo la noche ensoñadora,
los amantes se miran con la mejor mirada
y la orquesta en sus flautas y violín atesora
mil sonidos románticos en la noche enfiestada.

Los días de guardar en los pueblos provincianos
regalan al viandante gratos amaneceres
en que frescos los rostros, el Lavalle en las manos,

camino de la iglesia van las mozas aprisa;
que en los días festivos, entre aquellas mujeres
no hay una cara hermosa que se quede sin misa.
399
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Nocturno

NOCTURNO


Quise hospedarme solo en la casa de portada
plateresca.

Me esforcé mucho tiempo restableciendo el uso
de los cerrojos. Mis pasos herían el suelo sonoro y
descomponían la vieja alfombra de polvo.

Sujetos de formas vanas apagaban los fanales al
empezar la noche, rodeándome de tinieblas agónicas, y el
edificio de dos pisos desaparecía en la semejanza de una
cabellera desatada por el huracán.

Yo esperaba ansiosamente un prodigio.

He visto una mujer de fisonomía noble, de
rasgos esculpidos por la memoria de un pesar. Ocupaba una rotura
súbita de la sombra y acercaba el rostro a la cabecera de un
féretro.

La fractura de una fiola de cristal despedía
un sonido armonioso y la fantasmagoría zozobraba en la oscuridad
impenetrable.


400
Ismael Enrique Arciniegas

Ismael Enrique Arciniegas

Éxtasis

Leía y meditaba. Era la hora
En que el alma en la carne se ajiganta.
El sol caía en la naciente sombra;
La tarde se apagaba.

Meditaba, y mi espíritu subía,
Subía como al cielo se alza el águila;
Me asomé al infinito, y vi tinieblas,
Y me perdí en la nada.

Sentí hervidero de astros en la sombra,
Y pregunté al vacío ¿dónde se halla
Esa luz creadora que los mundos
De entre el caos levanta?

Y subía, y subía... Lo impalpable
A mis ojos abríase sin vallas;
Y en la sombra, sondando lo infinito,
Mi espíritu flotaba.

De repente la luna alzó su disco.
Brotaron las estrellas a miriadas;
Y la noche me habló con su silencio,
¡Y Dios habló a mi alma!
649
Juan Luis Panero

Juan Luis Panero

Memoria De La Carne

Por la noche, con la luz apagada,
miraba a través de los cristales,
entre los conocidos huecos de la persiana.
Como un rito o una extraña costumbre
la escena se repetía, día tras día,
igual siempre a sí misma.
Frente a frente su ventana,
la veía aparecer y bajo la tenue claridad de la luz,
lentamente, irse haciendo desnuda.
Sus ropas caían sobre la silla,
primero grandes, luego más pequeñas,
hasta llegar al ocre color de su cuerpo.
Andando o sentada, sus movimientos tenían
la inútil inocencia del que no se cree observado
y la imprevista ternura del cansancio.
Cuando todo volvía a la oscuridad,
los apresurados golpes del corazón
se aquietaban con una sosegada plenitud.
De quien así, ocultamente deseé,
nunca supe su nombre
y el romper de su risa es aún el vacío.
Sin embargo allí, en la perdida frontera de los catorce
años,
por encima del Latín imposible
y de los misteriosos números de la Química,
el temblor detenido de mis manos,
la turbia fijeza de mis ojos sobre ella, permanecen,
dando fe de aquel tiempo, memoria de la carne.
434
Nicomedes Santa Cruz

Nicomedes Santa Cruz

Congo Libre

Mi madre parió un negrito
al divorciarse de su hombre,
es congo, congo, conguito,
Y Congo tiene por nombre.

Todos piden que camine
y lo parieron ayer.
Otros, que se elimine
sin acabar de nacer...

¡Ay Congo,
Yo sí me opongo!

El mundo te mira absorto
por tu nacimiento obscuro.
Te consideran aborto
por tu gatear inseguro.

¡Ay Congo,
Cuánto rezongo!

Yo he visto blancos nacer
en condiciones iguales,
y sus tropiezos de ayer
se consideran normales.

Mi Congo, congolesito
que Congo tiene por nombre,
hoy día es sólo un negrito
mañana será un gran hombre:
A las Montañas Mitumba
llegará su altiva frente,
Y el caudaloso Luaba
Tendrá en sanguíneo torrente.

¡Sí Congo,
Y no supongo!

África ha sido la madre
que pariera en un camastro
Al niño Congo, sin padre,
Que no desea padastro.

¡África, tierra sin frío,
madre de mi obscuridad;
cada amanecer ansío,
cada amanecer ansío,
cada amanecer ansío
tu completa libertad!
1.307
Gutierre de Cetina

Gutierre de Cetina

Ay, Qué Plazo Tan Largo Y Tan Extraño

¡Ay, qué plazo tan largo y tan extraño,
ay, qué término luengo y enojoso,
ay, qué tiempo prolijo y trabajoso,
ay, qué tardío remedio a tan gran daño!

¡Ay, salud perezosa y con engaño,
ay, cruel dilatar tan peligroso,
ay, pesado esperar triste y forzoso
ay, qué día mayor que el mayor año!

Si el sol para el extraño nacimiento
del hijo de Alcumena anduvo errando,
en una dos jornadas convirtiendo,

¿por qué no pasa agora en un momento
ésta que tanto bien va dilatando,
o hace que la pase yo durmiendo?
289
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Pobrecilla Sonámbula

POBRECILLA SONÁMBULA


A Pedro de Alba

Con planta imponderable

cruzas el mundo y cruzas mi conciencia,

y es tu sufrido rostro como un éxtasis

que se dilata en una transparencia.

¡Pobrecilla sonámbula!

Pareces, en tu ruta de novicia,

ir diciendo al azar: «No me hagáis daño;

temo que me maltrate una caricia».

Devuelves su matiz inmaculado

al paisaje ilusorio en que te posas

y restituyes en su integridad

inocente a los hombres y a las cosas.

Así cruzas el mundo,

con ingrávidos pies, y en transparencia

de éxtasis se adelgaza tu perfil,

y vas diciendo: «Marcho en la clemencia,

soy la virginidad del panorama

y la clara embriaguez de tu conciencia».


398
Mario Benedetti

Mario Benedetti

Semántica Práctica

Sabemos que el alma como principio de la vida
es una caduca concepción religiosa e idealista
pero que en cambio tiene vigencia en su acepción segunda
o sea hueco del cañón de las armas de fuego
hay que reconocer empero que el lenguaje popular no está rigurosamente al día
y que cuando el mismo estudiante que leyó en konstantinov que la idea del alma es fantástica e ingenua
besa los labios ingenuos y fantásticos de la compañerita que no conoce la acepción segunda
y a pesar de ello le dice te quiero con toda el alma
es obvio que no intenta sugerir que la quiere con todo el hueco del cañón.
732
José Lezama Lima

José Lezama Lima

Retrato De Don Francisco De Quevedo

Sin dientes, pero con dientes
como sierra y a la noche no cierra
el negro terciopelo que lo entierra
entre el clavel y el clavón crujiente.

Bailados sueños y las jácaras molientes
sacan el vozarrón Santiago de la tierra.
Noctámbulo tizón traza en vuelo ardientes
elipses en Nápoles donde el agua yerra.

Muérdago en semilla hinchado por la brisa
risota en el infierno, el tiburón quemado
escamas sueltas, tonsura yerto.

En el fin de los fines ¿qué es esto?
Roto maíz entuerto en el faisán barniza
y en la horca se salva encaramado.
640
Ismael Enrique Arciniegas

Ismael Enrique Arciniegas

La Flauta Del Pastor

Una flauta en la montaña...
es la flauta del pastor...
la luna los campos baña...
¡Vuelve el antiguo dolor!

Esa música que viene
un recuerdo a despertar,
¡cuán honda tristeza tiene!
¡cómo hace a solas llorar!

Cogiendo en el huerto
flores una mañana la vi.
La misma canción de amores,
cogiendo flores, le oí.

Tocando, en la noche en calma,
su flauta sigue el pastor.
Llora el recuerdo en el alma...
¡Volvió el antiguo dolor!
668
Francisco Villaespesa

Francisco Villaespesa

El Jardín De Lindaraja

De la tarde de octubre bajo la luz gloriosa,
en la fuente de mármol que el arrayán orilla,
diluyen los cipreses su esmeralda herrumbrosa
y la arcada del fondo su tristeza amarilla.

Rosales y naranjos... Mustio el jardín reposa
en un verdor que el oro del otoño apolilla...
¡Sólo, a veces, se enciende la llama de una rosa,
o el oro polvoriento de una naranja brilla!

Mas, dentro de este otoño, hay tanta primavera
en gérmenes; y es todo tan dulce y apacible,
que antes de abandonarlo, mi corazón quisiera,

oyendo el melodioso suspirar de la fuente
y soñando con una Lindaraja imposible,
sobre este viejo banco dormir eternamente...
312
Gutierre de Cetina

Gutierre de Cetina

En El Gozo Mayor, En El Contento

En el gozo mayor, en el contento
de mayor calidad que se desea,
en el bien que no hay bien que igual le sea,
y en la gloria mayor de mi tormento,

me sale de través un pensamiento,
¡ay Dios, qué gran error, qué cosa fea!,
y me hace creer que nos lo crea.
¡Ved cuál queda con esto el sentimiento!

Me dice que es ficción, que es una sombra,
cierto disimular, falsa apariencia,
que no viene de amor tales afectos.

Y el alma que de tal visión se asombra,
tanto le amarga al gusto esta dolencia
que apenas siente el bien de estos efectos.
334
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Viaje Al Terruño

VIAJE AL TERRUÑO



A Enrique Fernández Ledesma.


INVITACIÓN

De tu magnífico traje

recogeré la basquiña

cuando te llegues, o niña,

al estribo del carruaje.

Esperando para el viaje

la tarde tiene desmayos

y de sus últimos rayos

la luz mortecina ondea

en la lujosa librea

de los corteses lacayos.

No temas: por los senderos

polvosos y desolados,

te velarán mis cuidados,

galantes palafreneros.

Y cuando con mil luceros

en opulento derroche

se venga encima la noche,

obsequiará tus oídos

con sus monótonos ruidos

La serenata del coche.
EN CAMINO

Al fin te ve mi fortuna

ir, a mi abrigo amoroso,

al buen terruño oloroso

en que se meció tu cuna.

Los fulgores de la luna,

desteñidos oropeles,

se cuajan en tus broqueles

y van por la senda larga,

orgullosos de su carga,

los incansables corceles.

De la noche en el arcano

llega al éxtasis la mente

si beso devotamente

los pétalos de tu mano.

En la blancura del llano

una fantasía rara

las lagunas comparara,

azuladas y tranquilas,

con tus azules pupilas

en la nieve de tu cara.

La aurora su lumbre viva

manda al cárdeno celaje

y al empolvado carruaje

un rayo de luz furtiva.

Surge la ciudad nativa:

en sus lindes, un bohío

parece ver que del río

el cristal rompen las ruedas,

y entre mudas alamedas

se recata el caserío.

Como níveo relicario

que ocultan los naranjales,

del coche por los cristales

¿no distingues el Santuario?

Del esbelto campanario

salen y rayan los cielos

las palomas con sus vuelos,

cual si las torres, mi vida,

te dieran la bienvenida

agitando sus pañuelos.
LLEGADA

Por las tapias la verdura

del jazmín cuelga a la calle,

y respira todo el valle

melancólica ternura.

Aromarán la frescura

de tus carrillos sedeños

los jardines lugareños,

y en las azules mañanas

llegarán a tus ventanas,

en enjambre, los ensueños.

Escucharás, amor mío,

girando en eterna danza

la interminable romanza

de las hojas... Y en el frío

mes de diciembre sombrío,

en el patriarcal sosiego

del hogar, mi dulce ruego

ha de loar tu belleza

cabe la muda tristeza

del caserón solariego.

Esparcirán sus olores

las pudibundas violetas

y habrá sobre tus macetas

las mismas humildes flores:

la misma charla de amores

que su diálogo desgrana

en la discreta ventana,

y siempre llamando a misa

el bronce, loco de risa,

de la traviesa campana.

A tus plácidos hogares

irán las venturas viejas

como vienen las abejas

a buscar los colmenares.

Y mi cariño en tus lares

verás cómo se acurruca

libre de pompa caduca,

al estrecharte mi abrazo

en el materno regazo

de la aromosa tierruca.


463
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

La Guerra

LA GUERRA


El hombre de inteligencia rudimentaria salió
a cazar lejos de su llanura inundada, al empezar el día de una
época primitiva.

Dirigió sus pasos a un desfiladero de origen
volcánico, donde habitaban dragones crispados y aves deformes y
perezosas.

Escogió, durante el trayecto, las piedras
más sólidas, para armar su honda.

Emitió gritos con el mayor aliento, usando
las manos a guisa de tornavoz.

Otro hombre apareció, vestido de una zamarra
y aparejado a la lucha. Vociferaba desde la cima de un monte. Su rostro
se perdía en el bosque del cabello y de la barba.

El combate duró, sin decidirse, un tiempo
indefinido. Hilos de sangre pintaban la cara y el pecho de los rivales.

Una mujer falseó cautelosamente el pie del
defensor y lo precipitó desde la altura. Se vengaba de una
sumisión abyecta.

El vencedor la toma bajo su autoridad e impone sobre
sus hombros la suma del botín. La dirige hacia la llanura por
una cuesta breve.

Se despreocupa de la espalda abrumada y de los pies
sangrientos de la cautiva.


422
Ismael Enrique Arciniegas

Ismael Enrique Arciniegas

En Colonia

En la vieja Colonia, en el oscuro
rincón de una taberna,
tres estudiantes de Alemania un día
bebíamos cerveza.

Cerca, el Rhin murmuraba entre la bruma,
evocando leyendas,
y sobre el muerto campo y en las almas
flotaba la tristeza.

Hablamos de amor, y Franck, el triste,
el soñador poeta,
de versos enfermizos, cual las hadas
de sus vagos poemas:

«Yo brindo —dijo— por la amada mía,
la que vive en las nieblas,
en los viejos castillos y en las sombras
de las mudas iglesias;

»Por mi pálida Musa de ojos castos
y rubia cabellera,
que cuando entro de noche en mi buhardilla en la
frente me besa».

Y Karl, el de las rimas aceradas,
el de la lira enérgica,
cantor del Sol, de los azules cielos
y de las hondas selvas,

el poeta del pueblo, el que ha narrado
las campestres faenas,
el de los versos que en las almas vibran
cual músicas guerreras:

«Yo brindo —dijo— por la Musa mía,
la hermosa lorenesa,
de ojos ardientes, de encendidos labios
y riza cabellera;

»por la mujer de besos ardorosos
que espera ya mi vuelta
en los verdes viñedos donde arrastra
sus aguas el Mosela».

«¡Brinda tú!»—me dijeron—. Yo callaba
de codos en la mesa,
y ocultando una lágrima, alcé el vaso
y dije con voz trémula:

«¡Brindo por el amor que nunca acaba!»
y apuré la cerveza;
y entre cantos y gritos exclamamos:
«¡Por la pasión eterna!».

Y seguimos risueños, charladores,
en nuestra alegre fiesta...
Y allí mi corazón se me moría,
se moría de frío y de tristeza.
805
José Lezama Lima

José Lezama Lima

Octavio Paz

En el chisporreo del remolino
el guerrero japonés pregunta por su silencio,
le responden, en el descenso a los infiernos,
los huesos orinados con sangre
de la furiosa divinidad mexicana.
El mazapán con las franjas del presagio
se iguala con la placenta de la vaca sagrada.
El pabellón de la vacuidad oprime una brisa alta
y la convierte en un caracol sangriento.
En Río el carnaval tira de la soga
y aparecemos en la sala recién iluminada.
En la Isla de San Luis la conversación,
serpiente que penetra en el costado como la lanza,
hace visible las farolas de la ciudad tibetana
y llueve, como un árbol, en los oídos.
El murciélago trinitario,
extraño sosiego en la tau insular,
con su bigote lindo humeando.
Todo aquí y allí en acecho.
Es el ciervo que ve en las respuestas del río
a la sierpe, el deslizarse naturaleza
con escamas que convocan el ritmo inaugural.
Nombrar y hacer el nombre en la ceguera palpatoria.
La voz ordenando con la máscara a los reyes de Grecia,
la sangre que no se acostumbra a la tenaza nocturnal
y vuelve a la primigenia esfera en remolino.
El sacerdote, dormido en la terraza,
despierta en cada palabra que flecha
a la perdiz caída en su espejo de metal.
El movimiento de la palabra
en el instante del desprendimiento que comienza
a desfilar en la cantidad resistente,
en la posible ciudad creada
para los moradores increados, pero ya respirantes.
Las danzas llegaron con sus disfraces
al centro del bosque, pero ya el fuego
había desarraigado el horizonte.
La ciudad dormida evapora su lenguaje,
el incendio rodaba como agua
por los peldaños de los brazos.
La nueva ordenanza indescrifrable
levantó la cabeza del náufrago que hablaba.
Sólo el incendio espejeaba
el tamaño silencioso del naufragio.
781
Nicomedes Santa Cruz

Nicomedes Santa Cruz

Al Compás Del Socabón

Al compás del socabón
con décimas del Perú,
conserva la tradición
Nicomedes Santa Cruz.
1.342
Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

Ser Una Casta Pequeñez

SER UNA CASTA PEQUEÑEZ...


A Alfonso Cravioto


Fuérame dado remontar el río

de los años, y en una reconquista

feliz de mi ignorancia, ser de nuevo

la frente limpia y bárbara del niño...

Volver a ser el arrebol, y el húmedo

pétalo, y la llorosa y pulcra infancia

que deja el baño por secarse al sol...

Entonces, con instinto maternal,

me subirías al regazo, para

interrogarme, Amor, si eras querida

hasta el agua inmanente de tu pozo

o hasta el penacho tornadizo y fágil

de tu naranjo en flor.

Yo, sintiéndome bien en la aromática

vecindad de tus hombros y en la limpia

fragancia de tus brazos,

te diría quererte más allá

de las torres gemelas.

Dejarías entonces en la bárbara

novedad de mi frente

el beso inaccesible

a mi experiencia licenciosa y fúnebre.

¿Por qué en la tarde inválida,

cuando los niños pasan por tu reja,

yo no soy una casta pequeñez

en tus manos adictas

y junto a la eficacia de tu boca?


381
Gutierre de Cetina

Gutierre de Cetina

Tiéneme En Duda Amor, Por Más Tormento

Tiéneme en duda Amor, por más tormento,
si será o no será lo que deseo;
del sí casi ningún camino veo,
del no dejo engañarme el pensamiento;

del sí le viene esfuerzo al sufrimiento,
del no mayor terneza en lo que creo;
con el sí me regalo y me recreo
cuando del no me asombra el sentimiento.

Mi cuidado, que más tal duda piensa,
dice que un cierto no, no me conviene,
y del incierto sí se desagrada.

Y el alma que entre el sí y el no suspensa
dudando vive, por mejor lo tiene
que el peligro de ser desengañada.
321
Mario Benedetti

Mario Benedetti

Ahora Todo Está Claro

Cuando el presidente carter
se preocupa tanto
de los derechos

humanos
parece evidente que en ese caso
derecho
no significa facultad
o atributo
o libre albedrío
sino diestro
o antizurdo
o flanco opuesto al corazón
lado derecho en fin

en consecuencia
¿no sería hora
de que iniciáramos
una amplia campaña internacional
por los izquierdos

humanos?
714
Ismael Enrique Arciniegas

Ismael Enrique Arciniegas

En El Silencio

Cortina de los pilares
es la enredadera verde.
¡Cuál se amontonan pesares
cuando la ilusión se pierde!

¿Ya olvidaste la canción
que decía penas hondas?
De un violín el grato son
se oía bajo las frondas.

Suspendida del alar
lucía mata de flores.
¿Ya olvidaste aquel cantar,
cantar de viejos amores?

De noche en el corredor
te hablaba siempre en voz baja.
¡Cómo murió nuestro amor!
¡Qué triste la noche baja!

Por el patio van las hojas...
en sombras está el salón...
¡Qué tristes son las congojas
de un herido corazón!
648