Lista de Poemas

Fábula De Polifemo Y Galatea

Estas que me dictó, rimas sonoras,

Culta sí aunque bucólica Talía,

Oh excelso Conde, en las purpúreas horas

Que es rosas la alba y rosicler el día,

Ahora que de luz tu niebla doras,

Escucha, al son de la zampoña mía,

Si ya los muros no te ven de Huelva

Peinar el viento, fatigar la selva.


Templado pula en la maestra mano

El generoso pájaro su pluma,

O tan mudo en la alcándara, que en vano

Aun desmentir el cascabel presuma;

Tascando haga el freno de oro cano

Del caballo andaluz la ociosa espuma;

Gima el lebrel en el cordón de seda,

Y al cuerno al fin la cítara suceda.


Treguas al ejercicio sean robusto,

Ocio atento, silencio dulce, en cuanto

Debajo escuchas de dosel augusto

Del músico jayán el fiero canto.

Alterna con las Musas hoy el gusto,

Que si la mía puede ofrecer tanto

Clarín —y de la Fama no segundo—,

Tu nombre oirán los términos del mundo.


I


Donde espumoso el mar sicilïano

El pie argenta de plata al Lilibeo,

Bóveda o de las fraguas de Vulcano

O tumba de los huesos de Tifeo,

Pálidas señas cenizoso un llano,

Cuando no del sacrílego deseo,

Del duro oficio da. Allí una alta roca

Mordaza es a una gruta de su boca.


Guarnición tosca de este escollo duro

Troncos robustos son, a cuya greña

Menos luz debe, menos aire puro

La caverna profunda, que a la peña;

Caliginoso lecho, el seno obscuro

Ser de la negra noche nos lo enseña

Infame turba de nocturnas aves,

Gimiendo tristes y volando graves.


De este, pues, formidable de la tierra

Bostezo, el melancólico vacío

A Polifemo, horror de aquella sierra,

Bárbara choza es, albergue umbrío

Y redil espacioso donde encierra

Cuanto las cumbres ásperas cabrío,

De los montes esconde: copia bella

Que un silbo junta y un peñasco sella.


Un monte era de miembros eminente

Este que —de Neptuno hijo fiero—

De un ojo ilustra el orbe de su frente,

Émulo casi del mayor lucero;

Cíclope a quien el pino más valiente

Bastón le obedecía tan ligero,

Y al grave peso junco tan delgado,

Que un día era bastón y otro cayado.


Negro el cabello, imitador undoso

De las oscuras aguas del Leteo,

Al viento que lo peina proceloso

Vuela sin orden, pende sin aseo;

Un torrente es su barba, impetuoso

Que —adusto hijo de este Pirineo—

Su pecho inunda— o tarde, o mal, o en vano

Surcada aun de los dedos de su mano.


No la Trinacria en sus montañas, fiera

Armó de crueldad, calzó de viento,

Que redima feroz, salve ligera

Su piel manchada de colores ciento:

Pellico es ya la que en los bosques era

Mortal horror al que con paso lento

Los bueyes a su albergue reducía,

Pisando la dudosa luz del día.


Cercado es, cuando más capaz más lleno,

De la fruta, el zurrón, casi abortada,

Que el tardo otoño deja al blando seno

De la piadosa yerba encomendada:

La serva, a quien le da rugas el heno;

La pera, de quien fue cuna dorada,

La rubia paja y —pálida turora—

La niega avara y pródiga la dora.


Erizo es, el zurrón, de la castaña;

Y —entre el membrillo o verde o datilado—

De la manzana hipócrita, que engaña,

A lo pálido no, a lo arrebolado,

Y de la encina honor de la montaña,

Que pabellón al siglo fue dorado,

El tributo, alimento, aunque grosero,

Del mejor mundo, del candor primero.


Cera y cáñamo unió —que no debiera—

Cien cañas, cuyo bárbaro rüido,

De más ecos que unió cáñamo y cera

Albogues, duramente es repetido.

La selva se confunde, el mar se altera,

Rompe Tritón su caracol torcido,

Sordo huye el bajel a vela y remo:

¡Tal la música es de Polifemo!


Ninfa, de Doris hija, la más bella,

Adora, que vio el reino de la espuma.

Galatea es su nombre, y dulce en ella

El terno Venus de sus Gracias suma.

Son una y otra luminosa estrella

Lucientes ojos de su blanca pluma:

Si roca de cristal no es de Neptuno,

Pavón de Venus es, cisne de Juno.


Purpúreas rosas sobre Galatea

La Alba entre lilios cándidos deshoja:

Duda el Amor cuál más su color sea,

O púrpura nevada, o nieve roja.

De su frente la perla es, eritrea,

Émula vana. El ciego dios se enoja,

Y, condenado su esplendor, la deja

Pender en oro al nácar de su oreja.


Invidia de las ninfas, y cuidado

De cuantas honra el mar deidades, era;

Pompa del marinero niño alado

Que sin fanal conduce su venera.

Verde el cabello, el pecho no escamado,

Ronco sí, escucha a Glauco la ribera

Inducir a pisar la bella ingrata,

En carro de cristal, campos de plata.


Marino joven, las cerúleas sienes,

Del más tierno coral ciñe Palemo,

Rico de cuantos la agua engendra bienes,

Del Faro odioso al promontorio extremo;

Mas en la gracia igual, si en los desdenes

Perdonado algo más que Polifemo,

De la que, aún no le oyó, y, calzada plumas,

Tantas flores pisó como él espumas.


Huye la ninfa bella: y el marino

Amante nadador, ser bien quisiera,

Ya que no áspid a su pie divino,

Dorado pomo a su veloz carrera;

Mas, ¿cuál diente mortal, cuál metal fino

La fuga suspender podrá ligera

Que el desdén solicita? ¡Oh cuánto yerra

Delfín que sigue en agua corza en tierra!


Sicilia, en cuanto oculta, en cuanto ofrece,

Copa es de Baco, huerto de Pomona:

Tanto de frutas ésta la enriquece,

Cuanto aquél de racimos la corona.

En carro que estival trillo parece,

A sus campañas Ceres no perdona,

De cuyas siempre fértiles espigas

Las provincias de Europa son hormigas.


A Pales su viciosa cumbre debe

Lo que a Ceres, y aún más, su vega llana;

Pues si en la una granos de oro llueve,

Copos nieva en la otra mil de lana.

De cuantos siegan oro, esquilan nieve,

O en pipas guardan la exprimida grana,

Bien sea religión, bien amor sea,

Deidad, aunque sin templo, es Galatea.


Sin aras, no: que el margen donde para

Del espumoso mar su pie ligero,

Al labrador, de sus primicias ara,

De sus esquilmos es al ganadero;

De la Copia a la tierra poco avara

El cuerno vierte el hortelano, entero,

Sobre la mimbre que tejió prolija,

Si artificiosa no, su honesta hija.


Arde la juventud, y los arados

Peinan las tierras que surcaron antes,

Mal conducidos, cuando no arrastrados,

De tardos bueyes cual su dueño errantes;

Sin pastor que los silbe, los ganados

Los crujidos ignoran resonantes

De las hondas, si en vez del pastor pobre

El céfiro no silba, o cruje el robre.


Mudo la noche el can, el día dormido

De cerro en cerro y sombra en sombra yace.

Bala el ganado; al mísero balido,

Nocturno el lobo de las sombras nace.

Cébase —y fiero deja humedecido

En sangre de una lo que la otra pace.

¡Revoca, Amor, los silbos, o a su dueño,

El silencio del can siga y el sueño!


La fugitiva Ninfa en tanto, donde

Hurta un laurel su tronco al Sol ardiente,

Tantos jazmines cuanta yerba esconde

La nieve de sus miembros da una fuente.

Dulce se queja, dulce le responde

Un ruiseñor a otro, y dulcemente

Al sueño da sus ojos la armonía,

Por no abrasar con tres soles el día.


Salamandria del Sol, vestido estrellas,

Latiendo el Can del cielo estaba, cuando

—Polvo el cabello, húmidas centellas,

Si no ardientes aljófares, sudando—

Llegó Acis, y de ambas luces bellas

Dulce Occidente viendo al sueño blando,

Su boca dio, y sus ojos, cuanto pudo,

Al sonoro cristal, al cristal mudo.


Era Acis un venablo de Cupido,

De un Fauno —medio hombre, medio fiera—,

En Simetis, hermosa Ninfa, habido;

Gloria del mar, honor de su ribera.

El bello imán, el ídolo dormido,

Que acero sigue, idólatra venera,

Rico de cuanto el huerto ofrece pobre,

Rinden las vacas y fomenta el robre.


El celestial humor recién cuajado

Que la almendra guardó, entre verde y seca,

En blanca mimbre se lo puso al lado

Y un copo, en verdes juncos, de manteca;

En breve corcho, pero bien labrado,

Un rubio hijo de una encina hueca,

Dulcísimo panal, a cuya cera

Su néctar vinculó la primavera.


Caluroso, al arroyo da las manos,

Y con ellas, las ondas a su frente,

Entre dos mirtos que —de espuma canos—,

Dos verdes garzas son de la corriente.

Vagas cortinas de volantes vanos

Corrió Favonio lisonjeramente,

A la de viento, cuando no sea cama

De frescas sombras, de menuda grama.


La Ninfa, pues, la sonora plata

Bullir sintió del arroyuelo apenas,

Cuando —a los verdes márgenes ingrata—

Segur se hizo de sus azucenas.

Huyera... mas tan frío se desata

Un temor perezoso por sus venas,

Que a la precisa fuga, al presto vuelo

Grillos de nieve fue, plumas de hielo.


Fruta en mimbre halló, leche exprimida

En juncos, miel en corcho, mas sin dueño;

Si bien al dueño debe, agradecida,

Su deidad culta, venerado el sueño.

A la ausencia mil veces ofrecida,

Este de cortesía no pequeño

Indicio la dejó —aunque estatua helada—

Más discursiva y menos alterada.


No al Cíclope atribuye, no, la ofrenda;

No a Sátiro lascivo, ni a otro feo

Morador de las selvas, cuya rienda

El sueño aflija, que aflojó el deseo.

El niño dios, entonces, de la venda,

Ostentación gloriosa, alto trofeo

Quiere que al árbol de su madre sea

El desdén hasta allí de Galatea.


Entre las ramas del que más se lava

En el arroyo, mirto levantado,

Carcaj de cristal hizo, si no aljaba,

Su blanco pecho de un arpón dorado.

El monstruo de rigor, la fiera brava

Mira la ofrenda ya con más cuidado,

Y aun siente que a su dueño sea devoto,

Confuso alcaide más, el verde soto.


Llamáralo, aunque muda; mas no sabe

El nombre articular que más querría,

Ni lo ha visto; si bien pincel suave

Lo ha bosquejado ya en su fantasía.

Al pie —no tanto ya, del temor, grave—

Fía su intento; y, tímida, en la umbría

Cama de campo y campo de batalla,

Fingiendo sueño al cauto garzón halla.


El bulto vio y, haciéndolo dormido,

Librada en un pie toda sobre él pende

—Urbana al sueño, bárbara al mentido

Retórico silencio que no entiende—:

No el ave reina, así el fragoso nido

Corona inmóvil, mientras no desciende

—Rayo con plumas— al milano pollo,

Que la eminencia abriga de un escollo,


Como la Ninfa bella —compitiendo

Con el garzón dormido en cortesía—

No sólo para, mas el dulce estruendo

Del lento arroyo enmudecer querría.

A pesar luego de las ramas, viendo

Colorido el bosquejo que ya había

En su imaginación Cupldo hecho

Con el pincel que le clavó su pecho,


De sitio mejorada, atenta mira,

En la disposición robusta, aquello

Que, si por lo suave no la admira,

Es fuerza que la admire por lo bello.

Del casi tramontado Sol aspira

A los confusos rayos su cabello;

Flores su bozo es cuyas colores,

Como duerme la luz, niegan las flores.


(En la rústica greña yace oculto

El áspid del intonso prado ameno,

Antes que del peinado jardín culto

En el lascivo, regalado seno.)

En lo viril desata de su vulto

Lo más dulce el Amor de su veneno:

Bébelo Galatea, y da otro paso,

Por apurarle la ponzoña al vaso.


Acis —aún más, de aquello que dispensa

La brújula del sueño, vigilante—,

Alterada la Ninfa esté o suspensa,

Argos es siempre atento a su semblante,

Lince penetrador de lo que piensa,

Cíñalo bronce o múrelo diamante:

Que en sus Paladiones Amor ciego,

Sin romper muros introduce fuego.


El sueño de sus miembros sacudido,

Gallardo el joven la persona ostenta,

Y al marfil luego de sus pies rendido,

El coturno besar dorado intenta.

Menos ofende el rayo prevenido,

Al marinero, menos la tormenta

Prevista le turbó, o pronosticada:

Galatea lo diga, salteada.


Más agradable, y menos zahareña,

Al mancebo levanta venturoso,

Dulce ya conociéndole y risueña,

Paces no al sueño, treguas sí al reposo.

Lo cóncavo hacía de una peña

A un fresco sitial dosel umbroso,

Y verdes celosías unas yedras,

Trepando troncos y abrazando piedras.


Sobre una alfombra, que imitara en vano

El tirio sus matices —si bien era

De cuantas sedas ya hiló gusano

Y artífice tejió la Primavera—,

Reclinados, al mirto más lozano

Una y otra lasciva, si ligera,

Paloma se caló, cuyos gemidos

—Trompas de Amor— alteran sus oídos.


El ronco arrullo al joven solicita;

Mas, con desvíos Galatea suaves,

A su audacia los términos limita,

Y el aplauso al concento de las aves.

Entre las ondas y la fruta, imita

Acis al siempre ayuno en penas graves:

Que, en tanta gloria, infierno son no breve

Fugitivo cristal, pomos de nieve.


No a las palomas concedió Cupido

Juntar de sus dos picos los rubíes

Cuando al clavel el joven atrevido

Las dos hojas le chupa carmesíes.

Cuantas produce Pafo, engendra Gnido,

Negras víolas, blancos alhelíes,

Llueven sobre el que Amor quiere que sea

Tálamo de Acis y de Galatea.


II


Su aliento humo, sus relinchos fuego

—Si bien su freno espumas— ilustraba

Las columnas, Etón, que erigió el Griego,

Do el carro de la luz sus ruedas lava,

Cuando de amor el fiero jayán ciego,

La cerviz oprimió a una roca brava,

Que a la playa, de escollos no desnuda,

Linterna es ciega y atalaya muda.


Árbitro de montañas y ribera,

Aliento dio, en la cumbre de la roca,

A los albogues que agregó la cera,

El prodigioso fuelle de su boca;

La Ninfa los oyó, y ser más quisiera

Breve flor, yerba humilde y tierra poca,

Que de su nuevo tronco vid lasciva,

Muerta de amor, y de temor no viva.


Mas —cristalinos pámpanos sus brazos—

Amor la implica, si el temor la anuda,

Al infelice olmo, que pedazos

La segur de los celos hará, aguda.

Las cavernas en tanto, los ribazos

Que ha prevenido la zampoña ruda,

El trueno de la voz fulminó luego:

Referillo, Piérides, os ruego.


«¡Oh bella Galatea, más süave

Que los claveles que tronchó la aurora;

Blanca más que las plumas de aquel ave

Que dulce muere y en las aguas mora;

Igual en pompa al pájaro que, grave,

Su manto azul de tantos ojos dora

Cuantas el celestial zafiro estrellas!

¡Oh tú, que en dos incluyes las más bellas!


»Deja las ondas, deja el rubio coro

De las hijas de Tetis, y el mar vea,

Cuando niega la luz un carro de oro,

Que en dos la restituye Galatea.

Pisa la arena, que en la arena adoro

Cuantas el blanco pie conchas platea,

Cuyo bello contacto puede hacerlas,

Sin concebir rocío, parir perlas.


»Sorda hija del mar, cuyas orejas

A mis gemidos son rocas al viento:

O dormida te hurten a mis quejas

Purpúreos troncos de corales ciento,

O al disonante número de almejas

—Marino, si agradable no, instrumento—,

Coros tejiendo estés, escucha un día

Mi voz, por dulce, cuando no por mía.


»Pastor soy, mas tan rico de ganados,

Que los valles impido más vacíos,

Los cerros desparezco levantados

Y los caudales seco de los ríos;

No los que, de sus ubres desatados,

O derivados de los ojos míos,

Leche corren y lágrimas; que iguales

En número a mis bienes son mis males.


»Sudando néctar, lambicando olores,

Senos que ignora aun la golosa cabra

Corchos me guardan, más que abeja flores

Liba inquïeta, ingenïosa labra;

Troncos me ofrecen árboles mayores,

Cuyos enjambres, o el abril los abra,

O los desate el mayo, ámbar distilan,

Y en ruecas de oro rayos del Sol hilan.


»Del Júpiter soy hijo, de las ondas,

Aunque pastor; si tu desdén no espera

A que el monarca de esas grutas hondas

En trono de cristal te abrace nuera,

Polifemo te llama, no te escondas,

Que tanto esposo admira la ribera

Cual otro no vio Febo más robusto,

Del perezoso Volga al Indo adusto.


»Sentado, a la alta palma no perdona

Su dulce fruto mi robusta mano;

En pie, sombra capaz es mi persona

De innumerables cabras el verano.

¿Qué mucho, si de nubes se corona

Por igualarme la montaña en vano,

Y en los cielos, desde esta roca, puedo

Escribir mis desdichas con el dedo?


»Marítimo Alción, roca eminente

Sobre sus huevos coronaba, el día

Que espejo de zafiro fue luciente

La playa azul de la persona mía;

Miréme, y lucir vi un sol en mi frente,

Cuando en el cielo un ojo se veía:

Neutra el agua dudaba a cuál fe preste:

O al cielo humano o al cíclope celeste.


»Registra en otras puertas el venado

Sus años, su cabeza colmilluda

La fiera, cuyo cerro levantado,

De helvecias picas es muralla aguda;

La humana suya el caminante errado

Dio ya a mi cueva, de piedad desnuda,

Albergue hoy por tu causa al peregrino,

Do halló reparo, si perdió camino.


»En tablas dividida, rica nave

Besó la playa miserablemente,

De cuantas vomitó riquezas grave,

Por las bocas del Nilo el Oriente.

Yugo aquel día, y yugo bien suave,

Del fiero mar a la sañuda frente

Imponiéndole estaba, si no al viento,

Dulcísimas coyundas mi instrumento,


»Cuando, entre globos de agua, entregar veo

A las arenas ligurina haya,

En cajas los aromas del Sabeo,

En cofres las riquezas de Cambaya:

Delicias de aquel mundo, ya trofeo

De Escila, que, ostentado en nuestra playa,

Lastimoso despojo fue dos días

A las que esta montaña engendra Harpías.


»Segunda tabla a un ginovés mi gruta

De su persona fue, de su hacienda:

La una reparada, la otra enjuta,

Relación del naufragio hizo horrenda.

Luciente paga de la mejor fruta

Que en yerbas se recline, en hilos penda,

Colmillo fue del animal que el Ganges

Sufrir muros le vio, romper falanges:


»Arco, digo, gentil, bruñida aljaba,

Obras ambas de artífice prolijo,

Y de Malaco rey a deidad Java

Alto don, según ya mi huésped dijo,

De aquél la mano, de ésta el hombro agrava;

Convencida la madre, imita al hijo:

Serás a un tiempo, en estos horizontes,

Venus del mar, Cupido de los montes».


Su horrenda voz, no su dolor interno

Cabras aquí le interrumpieron, cuantas

—Vagas el pie, sacrílegas el cuerno—

A Baco se atrevieron en sus plantas.

Mas, conculcado el pámpano más tierno

Viendo el fiero pastor, voces él tantas,

Y tantas despidió la honda piedras,

Que el muro penetraron de las yedras.


De los nudos, con esto, más suaves,

Los dulces dos amantes desatados,

Por duras guijas, por espinas graves

Solicitan el mar con pies alados:

Tal redimiendo de importunas aves

Incauto meseguero sus sembrados,

De liebres dirimió copia así amiga,

Que vario sexo unió y un surco abriga.


Viendo el fiero Jayán con paso mudo

Correr al mar la fugitiva nieve

(Que a tanta vista el Líbico desnudo

Registra el campo de su adarga breve)

Y al garzón viendo, cuantas mover pudo

Celoso trueno, antiguas hayas mueve:

Tal, antes que la opaca nube rompa

Previene rayo fulminante trompa.


Con violencia desgajó infinita

La mayor punta de la excelsa roca,

Que al joven, sobre quien la precipita,

Urna es mucha, pirámide no poca.

Con lágrimas la Ninfa solicita

Las deidades del mar, que Acis invoca:

Concurren todas, y el peñasco duro

La sangre que exprimió, cristal fue puro.


Sus miembros lastimosamente opresos

Del escollo fatal fueron apenas,

Que los pies de los árboles más gruesos

Calzó el líquido aljófar de sus venas.

Corriente plata al fin sus blancos huesos,

Lamiendo flores y argentando arenas,

A Doris llega que, con llanto pío,

Yerno lo saludó, lo aclamó río.

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Cuatro O Seis Desnudos Hombros

Cuatro o seis desnudos hombros
De dos escollos o tres
Hurtan poco sitio al mar,
Y mucho agradable en él.

Cuánto lo sienten las ondas
Batido lo dice el pie,
Que pólvora de las piedras
La agua repetida es.

Modestamente sublime
Ciñe la cumbre un laurel,
Coronando de esperanzas
Al piloto que le ve.

Verdes rayos de una palma,
Si no luciente, cortés,
Norte frondoso, conducen
El derrotado bajel.

Este ameno sitio breve,
De cabra, apenas montés
Profanado, escaló un día
Mal agradecida fe;

Joven, digo, ya esplendor
Del Palacio de su Rey,
El hueco anima de un tronco
Nueve meses habrá o diez,

A quien, si lecho no blando,
Sueño le debe fiel,
Brame el Austro, y de las rocas
Haga lo que del ciprés.

Arrastrando allí eslabones
De su adorado desdén,
Hierbas cultiva no ingratas
En apacible vergel.

¡Oh, cuán bien las solicita
Sudor fácil, y cuán bien
Émulas responden ellas
Del más valiente pincel!

Confusas entre los lirios
Las rosas se dejan ver,
Bosquejando lo admirable
De su hermosura cruel

Tan dulce, tan natural,
Que abejuela alguna vez
Se caló a besar sus labios
En las hojas de un clavel.

Sierpe de cristal, vestida
Escamas de rosicler,
Se escondía ya en las flores
De la imaginada tez,

Cuando velera paloma,
Alado, si no bajel,
Nubes rompiendo de espuma,
En derrota suya un mes,

Le trajo, si no de oliva,
En las hojas de un papel,
Señas de serenidad,
Si el arco de Amor se cree.
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A Un Tiempo Dejaba El Sol

A un tiempo dejaba el Sol
Los colchones de las ondas,
Y el orinal de mi alma
La vasera de su choza;

Él porque tres veces quiere
En las tres lucientes bolas
De la torre de Marruecos
Ver su caraza redonda;

Y ella porque sus corderos,
En tanto que el Alba llora,
Se longanicen las tripas
De esmeraldas y de aljófar,

A cuenta de los poetas
Que baratan estas joyas
Entre los que en avellanas
Les pagan a «qué quiés, boca».

De luz, pues, y de ganado
Se cubre la vega toda,
Y el aire de la armonía
Que despide una zampoña,

Profundamente tañida
De un cuitado que la sopla,
Quizá tan profundamente
Que no hay Judas que la oya.

Guarda el pobre unas ovejas,
Si el que se las deja solas
Las guarda, y a sus rediles
No las vuelve, o vuelve pocas;

Culpa de un Dios que, aunque ciego,
Clava una saeta en otra,
Y calienta, aunque desnudo,
El muro helado de Troya

(Cuando criminante y bella
Salió ministrando aljófar),
Del sacro Betis la Ninfa
Que vio España más hermosa;

Tan celada de su padre,
Que el lado aún no le perdona,
Y si hay sombras de cristal,
La Ninfa se ha vuelto sombra.

Viola en las selvas un día
En una virginal tropa
De secuaces de Diana,
Saeteando una corza.

Nunca la viera el cuitado,
Y no dejara en mal hora
Por el campo su hacienda,
Por el río su memoria.

Desde entonces los carneros
Van perdiendo sus esposas,
Y de lanas de bayeta
Les va el lobo haciendo lobas.

Río abajo, río arriba,
Pasos gasta, viento compra,
Que se venden por suspiros
Y valen misericordia.

Tantos días, tantas veces
Oyó su voz lagrimoso
El río desde su urna,
Que un día sacó la cholla,

Y le halló entre unos carrizos
Ventoseando unas coplas,
En favor a lo que dicen
De su húmida señora,

Que lo oía entre unos sauces
Haciendo desdén y pompa
Del pastor y de sus versos,
Zahareña y gloriosa.

De las plumas de una mimbre
Cortó el viejo dos garzotas,
Y en el envés de la Ninfa
Me las desnudó de hojas.

Cansado, pues, el pastor
De invocar piedad tan sorda,
De mi bella pastorcilla
El dulce favor implora.

Un rato le ruega humilde
Que su lira sonorosa
Al aire haga y al río
Cualque suave lisonja.

Condescendió con sus ruegos
Cloris, y luego a la hora
yerba y flores a porfía
le tejieron una alfombra.

Pulsó las templadas cuerdas,
y al punto el cielo se escombra,
el aire se purifica,
la ribera se convoca.

Las Ninfas que de aquel soto
los muchos árboles honran,
vistiéndose miembros bellos
desnudan cortezas toscas.

A un verde arrayán florido
Se casaron dos palomas,
Blancas señas de que el aire
La madre de Amor corona.

Un dulce lascivo enjambre
De hijuelos de la Diosa,
Vertiendo nubes de flores
Jazmines llueven y rosas.

Sofrenó el Sol sus caballos
Para oír a mi pastora,
Tanto, que besó algún signo
Las caderas luminosas;

Y fue tal la sofrenada,
Que con las lucientes colas
Ensuciaron y aun barrieron
Dos tachones de la zona.

Su verde cabello el Betis
Descubrió, y su barba undosa,
Y el húmido cuerpo luego
Vestido de juncos y ovas.

La hija aguarda que el padre
Todo el campo reconozca,
Y a las detenidas aguas
fía luego la persona.

Salió de espumas vestida,
y por lo que es vergonzosa,
calzada una celosía
de caracoles y conchas.

¡Oh, lo que diera el pastor
por ser aquel día babosa
de algún caracol de aquellos!...
Mas quédese aquí esta historia.
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Los Montes Que El Pie Se Lavan

Los montes que el pie se lavan
En los cristales del Tajo,
Cuando las frentes se miran
En los zafiros del cielo,
Tiranizados tenía
Un cerdoso animal fiero,
Terror del campo, y rüina
De venablos y de perros.
Buscándole errante un día
Se perdió un galán montero,
Segunda envidia de Marte,
Primer Adonis de Venus.
Escalando la montaña,
Y penetrando sus senos,
Le dejó la blanca Luna
Y le halló el luciente Febo.

¡Oh, perdido primero
Tras un jabalí fiero,
No te pierdas ahora
Tras esa, que te huye, cazadora!


La luz le ofreció una Ninfa,
Que en duda pone a los cerros,
A cuál se deban sus rayos,
Al Sol o a sus ojos bellos.
De tres arcos viene armada,
El uno contra los ciervos,
Contra los hombres los dos,
Blanco el uno, los dos negros.
De un cordón atraillado
Un diligente sabueso,
El viento solicitaba,
Y desafiaba al viento.
Apenas vio al joven, cuando
Las cumbres vence huyendo;
Él la sigue, ambos calzados,
Ella plumas y él deseos.

¡Oh, perdido primero
Tras un jabalí fiero,
No te pierdas ahora
Tras esa, que te huye, cazadora!


Flores le valió la fuga
Al fragoso, verde suelo,
Varias de color, y todas
Hijas de su pie ligero.
A las malezas perdona
Mal su fugitivo vuelo.
Ellas, sí, al coturno de oro
Engastes del cristal tierno.
«¡Oh, cobarde hermosura!
—Dice el garzón, sin asiento—
No huyas de un hombre más
Que sabes huir del tiempo.»
Volviendo los ojos ella
Por flecharle más el pecho,
De que le alcance aún su voz
Acusa al aire con ceño.

¡Oh, perdido primero
Tras un jabalí fiero,
No te pierdas ahora
Tras esa, que te huye, cazadora!
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Que Pida A Un Galán Minguilla

Que pida a un galán Minguilla
Cinco puntos de jervilla,
Bien puede ser;
Mas que calzando diez Menga,
Quiera que justo le venga,
No puede ser.

Que se case un don Pelote
Con una dama sin dote,
Bien puede ser;
Mas que no dé algunos días
Por un pan las damerías,
No puede ser.

Que la viuda en el sermón
Dé mil suspiros sin son,
Bien puede ser;
Mas que no los dé, a mi cuenta,
Porque sepan dó se sienta,
No puede ser.

Que esté la bella casada
Bien vestida y mal celada,
Bien puede ser;
Mas que el bueno del marido
No sepa quién dio el vestido,
No puede ser.

Que anochezca cano el viejo,
Y que amanezca bermejo,
Bien puede ser;
Mas que a creer nos estreche
Que es milagro y no escabeche
No puede ser.

Que se precie un don Pelón
Que se comió un perdigón,
Bien puede ser;
Mas que la biznaga honrada
No diga que fue ensalada,
No puede ser.

Que olvide a la hija el padre
De buscarle quien le cuadre,
Bien puede ser;
Mas que se pase el invierno
Sin que ella le busque yerno,
No puede ser.

Que la del color quebrado
Culpe al barro colorado,
Bien puede ser;
Mas que no entendamos todos
Que aquestos barros son lodos,
No puede ser.

Que por parir mil loquillas
Enciendan mil candelillas,
Bien puede ser;
Mas que, público o secreto,
No haga algún cirio efeto,
No puede ser.

Que sea el otro Letrado
Por Salamanca aprobado,
Bien puede ser;
Mas que traiga buenos guantes
Sin que acudan pleiteantes,
No puede ser.

Que sea médico más grave
quien más aforismos sabe,
Bien puede ser;
mas que no sea más experto
el que más hubiere muerto,
No puede ser.

Que acuda a tiempo un galán
con un dicho y un refrán,
Bien puede ser;
mas que entendamos por eso
que en Floresta no está impreso,
No puede ser.

Que oiga Menga una canción
Con piedad y atención,
Bien puede ser;
Mas que no sea más piadosa
A dos escudos en prosa,
No puede ser.

Que sea el Padre Presentado
Predicador afamado,
Bien puede ser;
Mas que muchos puntos buenos
No sean estudios ajenos,
No puede ser.

Que una guitarrilla pueda
Mucho, después de la queda,
Bien puede ser;
Mas que no sea necedad
Despertar la vecindad,
No puede ser.

Que el mochilero o soldado
Deje su tercio embarcado,
Bien puede ser;
Mas que le crean de la guerra
Porque entró roto en su tierra,
No puede ser.

Que se emplee el que es discreto
En hacer un buen soneto,
Bien puede ser;
Mas que un menguado no sea
El que en hacer dos se emplea,
No puede ser.

Que quiera una dama esquiva
Lengua muerta y bolsa viva,
Bien puede ser;
Mas que halle, sin dar puerta,
Bolsa viva y lengua muerta,
No puede ser.

Que el confeso al caballero
Socorra con su dinero,
Bien puede ser;
Mas que le dé, porque presta,
Lado el día de la fiesta,
No puede ser.

Que junte un rico avariento
Los doblones ciento a ciento,
Bien puede ser;
Mas que el sucesor gentil
No los gaste mil a mil,
No puede ser.

Que se pasee Narciso
Con un cuello en paraíso,
Bien puede ser;
Más que no sea notorio
Que anda el cuerpo en purgatorio,
No puede ser.
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Las Flores Del Romero

Las flores del romero,
Niña Isabel,
Hoy son flores azules,
Mañana serán miel


Celosa estás, la niña,
Celosa estás de aquel
Dichoso, pues le buscas,
Ciego, pues no te ve,
Ingrato, pues te enoja,
Y confiado, pues
No se disculpa hoy
De lo que hizo ayer.
Enjuguen esperanzas
Lo que lloras por él,
Que celos entre aquéllos
Que se han querido bien,

Hoy son flores azules,
Mañana serán miel.


Aurora de ti misma,
Que cuando a amanecer
A tu placer empiezas,
Te eclipsan tu placer,
Serénense tus ojos,
Y más perlas no des,
Porque al Sol le está mal
Lo que a la Aurora bien.
Desata como nieblas
Todo lo que no ves,
Que sospechas de amantes
Y querellas después,

Hoy son flores azules,
Mañana serán miel
.
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En Los Pinares De Júcar

En los pinares de Júcar
Vi bailar unas serranas,
Al son del agua en las piedras
Y al son del viento en las ramas.
No es blanco coro de ninfas
De las que aposentan el agua
O las que venera el bosque,
Seguidoras de Dïana:
Serranas eran de Cuenca,
Honor de aquella montaña,
Cuyo pie besan dos ríos
Por besar de ellas las plantas.
Alegres corros tejían,
Dándose las manos blancas
De amistad, quizá temiendo
No la truequen las mudanzas.
¡Qué bien bailan las serranas!
¡Qué bien bailan!

El cabello en crespos nudos
Luz da al Sol, oro a la Arabia,
Cuál de flores impedido,
Cuál de cordones de plata.
Del color visten del cielo,
Si no son de la esperanza,
Palmillas que menosprecian
Al zafiro y la esmeralda.
El pie (cuando lo permite
La brújula de la falda)
Lazos calza, y mirar deja
Pedazos de nieve y nácar.
Ellas, cuyo movimiento
Honestamente levanta
El cristal de la columna
Sobre la pequeña basa.
¡Qué bien bailan las serranas!
¡Qué bien bailan!

Una entre los blancos dedos
Hiriendo negras pizarras,
Instrumento de marfil
Que las musas le invidiaran,
Las aves enmudeció,
Y enfrenó el curso del agua;
No se movieron las hojas,
Por no impedir lo que canta:



    Serranas de Cuenca
    Iban al pinar,
    Unas por piñones,
    Otras por bailar.

    Bailando y partiendo
    Las serranas bellas,
    Un piñón con otro,
    Si ya no es con perlas,
    De Amor las saetas
    Huelgan de trocar,
    Unas por piñones,
    Otras por bailar.

    Entre rama y rama,
    Cuando el ciego dios
    Pide al Sol los ojos
    Por verlas mejor,
    Los ojos del Sol
    Las veréis pisar.
    Unas por piñones,
    Otras por bailar.
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En Dos Lucientes Estrellas

En dos lucientes estrellas,
Y estrellas de rayos negros,
Dividido he visto el Sol
En breve espacio de cielo.

El luciente oficio hacen
De las estrellas de Venus,
Las mañanas como el alba,
Las noches como el lucero,

Las formas perfilan de oro,
Milagrosamente haciendo,
No las bellezas oscuras,
Sino los oscuros bellos;

Cuyos rayos para él
Son las llaves de su puerto,
Si tiene puertos un mar
Que es todo golfos y estrechos.

Pero no son tan piadosos,
Aunque sí lo son, pues vemos
Que visten rayos de luto
Por cuantas vidas han muerto.
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Sobre Unas Altas Rocas

Sobre unas altas rocas,
Ejemplo de firmeza
Que encuentra noche y día
El mar, estando quedas,
Aquel pescadorcillo,
A quien su ninfa bella
Dejó el año pasado,
La red sobre la arena,
¡Oh, cómo se lamenta!

De una parte las aguas,
De otra parte las fieras,
Y de entrambas el viento
Le escuchan y se enfrenan;
Que a todas ellas hacen
Igual sabrosa fuerza,
Lo dulce de la voz,
La razón de las quejas.
¡Oh, cómo se lamenta!

«¿Hasta cuándo, enemiga,
Competirá en dureza
Tu duro corazón
Con las más duras piedras?
¿Hasta cuándo harás
Al son de mis querellas
Lo que al latido hace,
De los canes, la cierva?»
¡Oh, cómo se lamenta!

«Hoy hace, ingrata, un año
Que huyendo ligera,
No te conoce el suelo,
Y atrás el aire dejas;
Hoy hace un año, ingrata,
Que el mar, como por pena
De que tú no las pisas,
Azota estas riberas».
¡Oh, cómo se lamenta!

«Tu vuelo en todo el mundo,
Por olas o por tierra,
Lo más ligero alcanza,
Lo más libre sujeta.
Si aquesta se te escapa,
Di, Amor: ¿qué te aprovechan
Los vuelos de tus alas,
Las puntas de tus flechas?»
¡Oh, cómo se lamenta!
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Lloraba La Niña

Lloraba la niña
(Y tenía razón)
La prolija ausencia
De su ingrato amor.
Dejóla tan niña,
Que apenas creo yo
Que tenía los años
Que ha que la dejó.
Llorando la ausencia
Del galán traidor,
La halla la Luna
Y la deja el Sol,
Añadiendo siempre
Pasión a pasión,
Memoria a memoria,
Dolor a dolor.
Llorad, corazón,
Que tenéis razón.


Dícele su madre:
«Hija, por mi amor,
Que se acabe el llanto,
O me acabe yo.»
Ella le responde:
«No podrá ser, no:
Las causas son muchas,
Los ojos son dos.
Satisfagan, madre,
Tanta sinrazón,
Y lágrimas lloren
En esta ocasión,
Tantas como dellos
Un tiempo tiró
Flechas amorosas
El arquero dios.
Ya no canto, madre,
Y si canto yo,
Muy tristes endechas
Mis canciones son;
Porque el que se fue,
Con lo que llevó,
Se dejó el silencio,
Y llevó la voz.»
Llorad, corazón,
Que tenéis razón.
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