Escritas

Lista de Poemas

El Enlace

¡Qué lejos, azul, el cielo,
de la tierra pobre! Pero
los dos son el día bueno.
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La Que Habla

Cállate, por Dios, que tú
no vas a saber decírmelo.
Deja que abran todos mis
sueños y todos tus lirios.

Mi corazón oye bien
la letra de tu cariño.
El agua lo va temblando
entre los juncos del río,
lo va estendiendo la niebla,
lo están meciendo los pinos
(y la luna opaca) y el
corazón de tu destino...

¡No apagues por dios, la llama
que arde dentro de mí mismo!
¡Cállate por dios, que tú
no vas a poder decírmelo!
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La Ausencia

Cuando el amor se va,
parece que se inmensa.

¡Cómo le aumenta el alma
a la carne la pena!

Cuando se pone el sol
lo ahondan las estrellas.
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Patio Primero

Silencio. Sólo queda
un olor de jazmín.
Lo único igual a entonces,
a tántas veces luego...
¡Sinfin de tanto fin!
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Las Ilusiones

—No era nadie. El agua.


—¿Nadie?
¿Que no es nadie el agua?


—No
hay nadie. Es la flor.


—¿No hay nadie?
Pero ¿no es nadie la flor?

No es nadie. Era el viento.


—¿Nadie?
¿No es el viento nadie?


—No
hay nadie. Ilusión.


—¿No hay nadie?
¿Y no es nadie la ilusión?
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Azucena Y Sol

Nada me importa vivir
con tal de que tú suspires,
(por tu imposible yo,
tú por mi imposible)

Nada me importa morir
si tú te mantienes libre
(por tu imposible yo,
tú por mi imposible)
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Mi Oasis

Qué trasparente amor,
en la cálida tarde tranquila,
el del azul y yo.

Mi pena viene y va.
Mas la mira una estrella suave
y se pone a cantar.
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El Adolescente

El alba me sorprende
buscando entre los lirios
la huella de tu paso.

¡Imajen del naciente,
que yerras en los hilos
del renacer temprano!

¿En dónde el blanco tenue
que luzca en el sol fino,
por el frescor morado?
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Ese Día, Ese Día

¡Ese día, ese día
en que yo mire el mar —los dos tranquilos—,
confiado a él; toda mi alma
—vaciada ya por mí en la Obra plena—
segura para siempre, como un árbol grande,
en la costa del mundo;
con la seguridad de copa y de raíz
del gran trabajo hecho!

—¡Ese día, en que sea
navegar descansar, porque haya yo
trabajado en mí tanto, tanto, tanto!

¡Ese día, ese día
en que la muerte —¡negras olas!— ya no me corteje
—y yo sonría ya, sin fin, a todo—,
porque sea tan poco, huesos míos,
lo que le haya dejado yo de mí!
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El Llegado

No me mirarán diciendo: «¿Qué
eres?»,
sino sin curiosidad y noblemente.

Porque yo seré también de los quietos,
y ya no tendré difíciles los pensamientos.

Mis ojos serán, tranquilos, los suyos.
Los miraré sin preguntas, uno en lo uno.
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