Escritas

Lista de Poemas

Estas Que Ofrezco, No Son Composiciones Acabadas

Estas que ofrezco, no son composiciones acabadas: son, ¡ay de
mí! notas de imágenes tomadas al vuelo, y como para que
no se escapasen, entre la muchedumbre antiática de las calles,
entre el rodar estruendoso y arrebatado de los ferrocarriles, o en los
quehaceres apremiantes e inflexibles de un escritorio de comercio
—refugio cariñoso del proscripto.

Por qué las publico, no sé: tengo un miedo pueril de no
publicarlas ahora. Yo desdeño todo lo mío: y a estos
versos, atormentados y rebeldes, sombríos y querellosos, los
mimo, y los amo.

Otras cosas podría hacer: acaso no las hago, no las intento
acaso, robando horas al sueño, únicas horas mías,
porque me parece la expresión la hembra del acto, y mientras hay
qué hacer, me parece la mera expresión indigno empleo de
fuerzas del hombre. Cada día, de tanta imagen que viene a
azotarme las sienes, y a pasearse, como buscando forma, ante mis ojos,
pudiera hacer un tomo como éste, ¡pero el buey ara
con el arpa de David, que haría sonora la tierra, sino con el
arado, que no es lira! ¡Y se van las imágenes, llorosas y
torvas, desvanecidas corno el humo: y yo me quedo, congojoso y triste,
como quien ha faltado a su deber o no ha hecho bien los honores de la
visita a una dama benévola y hermosa: y a mis solas, y donde
nadie lo sospeche, y sin lágrimas, lloro.

De estos tormentos nace, y con ellos se excusa, este libro de versos.

¡Pudiera surgir de él, como debiera surgir de toda vida,
rumbo a la muerte consoladora, un águila blanca!

Ya sé que están escritos en ritmo desusado, que por esto,
o por serlo de veras, va a parecer a muchos duro. ¿Mas, con
qué derecho puede quebrar la mera voluntad artística, la
vulgar sujeción a tradiciones extrañas e infecundas, la
forma natural y sagrada, en que, como la carne de la idea, envía
el alma los versos a los labios? Ciertos versos pueden hacerse en toda
forma: otros, no. A cada estado de alma, un metro nuevo. Da el amor
versos claros y sonoros, y no sé por qué, en esas horas
de florescencia, vertimiento, grata congoja, vigor pujante y generoso
reboso del espíritu, recuerdo esas gallardas velas blancas que
en el mar sereno cruzan por frente a playas limpias bajo un cielo
bruñido. Del dolor, saltan los versos, como las espadas de la
vaina, cuando las sacude en ellas la ira, como las negras olas de
turbia y alta cresta que azotan los ijares fatigados de un buque
formidable en horas de tormenta.

Se encabritan los versos, como las olas: se rompen con fragor o se
mueven pesadamente, como fieras en jaula y con indómito y
trágico desorden, como las aguas contra el barco. Y parece como
que se escapa de Los versos, escondiendo sus heridas, un alma
sombría, que asciende velozmente por el lúgubre espacio,
envuelta en ropas negras. ¡Cuán extraño que se
abrieran las negras vestiduras y cayera de ellas un ramo de rosas!

¡Flores del destierro!

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Vierte, Corazón, Tu Pena

Vierte, corazón, tu pena
Donde no se llegue a ver,
Por soberbia, y por no ser
Motivo de pena ajena.

Yo te quiero, verso amigo,
Porque cuando siento el pecho
Ya muy cargado y deshecho,
Parto la carga contigo.

Tú me sufres, tú aposentas
En tu regazo amoroso,
Todo mi amor doloroso,
Todas mis ansias y afrentas.

Tú, porque yo pueda en calma
Amar y hacer bien, consientes
En enturbiar tus corrientes
Con cuanto me agobia el alma.

Tú, porque yo cruce fiero
La tierra, y sin odio, y puro,
Te arrastras, pálido y duro,
Mi amoroso compañero.

Mi vida así se encamina
Al cielo limpia y serena,
Y tú me cargas mi pena
Con tu paciencia divina.

Y porque mi cruel costumbre
De echarme en ti se desvía
De tu dichosa armonía
Y natural mansedumbre;

Porque mis penas arrojo
Sobre tu seno, y lo azotan,
Y tu corriente alborotan,
Y acá lívido, allá rojo,

Blanco allá como la muerte,
Ora arremetes y ruges,
Ora con el peso crujes
De un dolor más que tú fuerte,

¿Habré, como me aconseja
Un corazón mal nacido,
De dejar en el olvido
A aquel que nunca me deja?

¡Verso, nos hablan de un Dios
Adonde van los difuntos:
Verso, o nos condenan juntos,
O nos salvamos los dos!
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Sueño Con Claustros De Mármol

Sueño con claustros de mármol
Donde en silencio divino
Los héroes, de pie, reposan:
¡De noche, a la luz del alma,
Hablo con ellos: de noche!
Están en fila: paseo
Entre las filas: las manos
De piedra les beso: abren
Los ojos de piedra: mueven,
Los labios de piedra: tiemblan
Las barbas de piedra: empuñan
La espada de piedra: lloran:
¡Vibra la espada en la vaina!:
Mudo, les beso la mano.

¡Hablo con ellos, de noche!
Están en fila: paseo
Entre las filas: lloroso
Me abrazo a un mármol: «¡Oh mármol,
Dicen que beben tus hijos
Su propia sangre en las copas
Venenosas de sus dueños!
¡Que hablan la lengua podrida.
De sus rufianes! ¡Que comen
Juntos el pan del oprobio,
En la mesa ensangrentada!
¡Que pierden en lengua inútil
El último fuego!: ¡Dicen,
Oh mármol, mármol dormido,
Que ya se ha muerto tu raza!»

Échame en tierra de un bote
El héroe que abrazo: me ase
Del cuello: barre la tierra
Con mi cabeza: levanta
El brazo, ¡el brazo le luce
Lo mismo que un sol!: resuena
La piedra: buscan el cinto
Las manos blancas: ¡del soclo
Saltan los hombres de mármol!
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Tiene El Leopardo Un Abrigo

Tiene el leopardo un abrigo
En su monte seco y pardo:
Yo tengo más que el leopardo,
Porque tengo un buen amigo.

Duerme, como un juguete,
La mushma en su cojinete
De arce del Japón: yo digo:
«No hay cojín como un amigo.»

Tiene el conde su abolengo:
Tiene la aurora el mendigo:
Tiene ala el ave: ¡yo tengo
Allá en México un amigo!
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Mucho, Señora, Daría

Mucho, señora, daría
Por tender sobre tu espalda
Tu cabellera bravía,
Tu cabellera de gualda:
Despacio la tendería,
Callado la besaría.

Por sobre la oreja fina
Baja lujoso el cabello,
Lo mismo que una cortina
Que se levanta hacia el cuello.
La oreja es obra divina
De porcelana de china.

Mucho, señora, te diera
Por desenredar el nudo
De tu roja cabellera
Sobre tu cuello desnudo:
Muy despacio la esparciera,
Hilo por hilo la abriera.
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En El Extraño Bazar

En el extraño bazar
Del amor, junto a la mar,
La perla triste y sin par
Le tocó por suerte a Agar.

Agar, de tanto tenerla
Al pecho, de tanto verla
Agar, llegó a aborrecerla:
Majó, tiró al mar la perla.

Y cuando Agar, venenosa
De inútil furia, y llorosa,
Pidió al mar la perla hermosa,
Dijo la mar borrascosa:

«¿Qué hiciste, torpe, qué hiciste
De la perla que tuviste?
La majaste, me la diste:
Yo guardo la perla triste».
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Cuando Me Vino El Honor

Cuando me vino el honor
De la tierra generosa,
No pensé en Blanca ni en Rosa
Ni en lo grande del favor.

Pensé en el pobre artillero
Que está en la tumba, callado:
Pensé en mi padre, el soldado:
Pensé en mi padre, el obrero.

Cuando llegó la pomposa
Carta, en su noble cubierta,
Pensé en la tumba desierta,
No pensé en Blanca ni en Rosa.
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Pinta Mi Amigo El Pintor

Pinta mi amigo el pintor
Sus angelones dorados,
En nubes arrodillados,
Con soles alrededor.

Pínteme con sus pinceles
Los angelitos medrosos
Que me trajeron, piadosos,
Sus dos ramos de claveles.
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Cultivo Una Rosa Blanca

Cultivo una rosa blanca,
En julio como en enero,
Para el amigo sincero
Que me da su mano franca.
Y para el cruel que me arranca
El corazón con que vivo,
Cardo ni oruga cultivo:
Cultivo la rosa blanca.
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¿del Tirano? Del Tirano

¿Del tirano? Del tirano
Di todo, ¡di más!, y clava
Con furia de mano esclava
Sobre su oprobio al tirano.

¿Del error? Pues del error
Di el antro, di las veredas
Oscuras: di cuanto puedas
Del tirano y del error.

¿De mujer? Bien puede ser
Que mueras de su mordida;
¡Pero no empañes tu vida
Diciendo mal de mujer!
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