Lista de Poemas

Verano

Corrí
las persianas azules de la siesta
sobre el oasis del jardín.

En la colmena del reloj
se adormeció el enjambre de las horas.
Olía a trigo de setiembre el sol.

El verano adhería a los espejos
las burbujas del aire y el azul
de la sombra regaba de uvas sueltas
el mantel engomado de la luz.

Afuera, el ruido fresco
de la fuente mojaba
la arena del silencio
y el canto sin color de la cigarras.

Como una copa demasiado llena
el corazón se derramó del cuerpo.

Sentí
en el pecho un gran hueco feliz.

El musgo caminaba entre las losas.

Una paloma del jardín
se puso a picotear el tiempo
en el oro granado del maíz.
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Música

Amanecía tu voz
tan perezosa, tan blanda,
como si el día anterior
hubiera
llovido sobre tu alma...

Era, primero, un temblor
confuso del corazón,
una duda de poner
sobre los hielos del agua
el pie
desnudo de la palabra.

Después,
iba quedando la flor
de la emoción, enredada
a los hilos de la voz
con esos garfios de escarcha
que el sol
desfleca en cintillos de agua.

Y se apagaba y se iba
poniendo blanca,
hasta dejar traslucir,
como la luna del alba,
la luz
tierna de la madrugada.

Y se apagaba y se iba,
¡ay! haciendo tan delgada
como la espuma de plata
de la playa,
como la espuma de plata
que deja ver, en la arena,
la forma de una pisada.
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Sinceridad

Duerme, ya desnuda.
El sueño te viste
mejor que una túnica.
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La Doble

Era de noche tan rubia
como de día morena.


Cambiaba, a cada momento
de color y de tristeza,
y en jugar a los reflejos
se le iba la existencia,
como el niño que, en el mar,
quiere pescar una estrella
y no la puede tocar
porque su mano la quiebra.

De noche, cuando cantaba,
olía su cabellera
a luz, como un despertar
de pájaros en la selva,
y si cantaba en el sol
se hacía su voz tan lenta,
tan íntima, tan opaca,
que apenas iluminaba
el sitio que, entre la yerba,
alumbra al amanecer
el brillo de una luciérnaga.

¡Era de noche tan rubia
y de día tan morena!


Suspiraba sin razón
en lo mejor de las fiestas
y, puesta frente a la dicha,
se equivocaba de puerta.
No se atrevía a escoger
entre el oro de la mies
y el oro de la hoja seca,
y —tal vez por eso— no
supe jamás entenderla,
porque de noche era rubia
y de mañana morena...
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Llueve

Vas a llorar pronto.
Ya el cielo se hace
chiquito en tus ojos.
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La Colmena

Colmena de la tarde, diálogo en el vergel:
la palabra es abeja, pero el silencio es miel.
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Ruptura

Nos hemos bruscamente desprendido
y nos hemos quedado
con las manos vacías, como si una guirnalda
se nos hubiese ido de las manos;
con los ojos al suelo,
como viendo un cristal hecho pedazos:
el cristal de la copa en que bebimos
un vino tierno y pálido...

Como si nos hubiéramos perdido,
nuestros brazos
se buscan en la sombra... ¡Sin embargo,
ya no nos encontramos!

En la alcoba profunda
podríamos andar meses y años,
en pos uno del otro,
sin hallarnos...
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Encuentro

Estabas en mí —esperándote—
cuando te conocí.
Estaba ansioso de mí mismo,
imperfecto, increado, en ti.
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En Abril Se Vuelve

Regreso, otra vez y pienso...
—se piensa siempre, al volver—.
Un árbol... un cielo inmenso
y un corazón de mujer.

¿Un corazón o una cara?
—¿Quién pudiera responder?—
¿Un corazón o una cara?
Tal vez, sólo, una mujer...
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En Abril Sombra

¡Todavía más luz! Como el poeta,
piden luz nuestras almas solitarias.
¡Que se enciendan las lámparas,
y que se abran las ventanas!...

Y si no basta el sol para mirarnos
¡que se enciendan las almas!
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