Edgar Brau

Edgar Brau

n. 1958 -- --

Edgar Brau es un poeta cuyo trabajo se caracteriza por una profunda exploración de la condición humana, la memoria y la identidad. Su poesía a menudo se adentra en paisajes interiores y exteriores, tejiendo imágenes evocadoras y un lenguaje cuidado para construir atmósferas de introspección y reflexión. Sus versos invitan a la meditación sobre el tiempo, la fugacidad de la existencia y la búsqueda de sentido en un mundo complejo, abordando temas universales desde una perspectiva íntima y personal. La obra de Brau se distingue por su lirismo y su capacidad para conectar con las emociones del lector.

n. 1958-01-01, Resistência

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El Dios olvidado , de El Viaje

La débil voz se confundía con el rumor del oleaje, que ascendía como una plegaria por los flancos verdosos y herrumbrados de la montaña. El titán retiró la mano del rostro y atisbó el cielo. El joven, entretanto, continuaba balbuceando su nombre. Después se adelantó unos pasos y se afirmó en una saliente de la roca; desde allí siguió nombrando al dios. Este permanecía con la cabeza vuelta hacia arriba. Desde esa posición su mirada se encontró con la del joven, y por un instante tuvo la impresión de observarse a sí mismo con los ojos del otro. Se volvió hacia un lado y cerró los ojos. El joven comenzó a hablar atropelladamente. Pero Prometeo no lo escuchaba: sumergido en sus recuerdos, buscaba un momento. Halló, al cabo, las tinieblas acogedoras en las que un yo agradecido se había disuelto lentamente, al fin olvidado. Se aventuró un poco más... justo hasta el borde donde empezaba el acoso de la agitación, del dolor... Regresó de inmediato a su refugio de sombra. Pero otro acoso llegaba hasta ese sitio de dicha: el acoso de una tozudez candorosa, que insistía en su llamado... Se volvió otra vez y abrió los ojos: el asombrado rumor de un mundo parecía crepitar en torno del joven, cuya mirada era radiante. Los cerró nuevamente. Enseguida fue sobresaltado por un chillido; sus manos se crisparon y una mueca de dolor le desfiguró el rostro. Después de un momento giró hacia el joven, que trataba de hacerse entender, y le hizo una seña para que cesara de hablar; luego le mostró las cadenas. El joven, cuyo semblante se iluminó de inteligencia, le contestó con un gesto y abandonó su sitio. Empezó a trepar cuidadosamente, aferrado a la roca. Prometeo lo alentaba con señas. Al final llegó junto al titán. Un filoso escalonamiento de precipicios refulgía alrededor de la roca. El joven se incorporó para tirar de las cadenas; pero se detuvo al ver que Prometeo trataba de unir los brazos. Las miradas se encontraron. Y aun cuando el joven percibió el empujón, sus ojos no se apartaron de esa mirada triste que lo acompañó al abismo.
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Poemas

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El Dios olvidado , de El Viaje

La débil voz se confundía con el rumor del oleaje, que ascendía como una plegaria por los flancos verdosos y herrumbrados de la montaña. El titán retiró la mano del rostro y atisbó el cielo. El joven, entretanto, continuaba balbuceando su nombre. Después se adelantó unos pasos y se afirmó en una saliente de la roca; desde allí siguió nombrando al dios. Este permanecía con la cabeza vuelta hacia arriba. Desde esa posición su mirada se encontró con la del joven, y por un instante tuvo la impresión de observarse a sí mismo con los ojos del otro. Se volvió hacia un lado y cerró los ojos. El joven comenzó a hablar atropelladamente. Pero Prometeo no lo escuchaba: sumergido en sus recuerdos, buscaba un momento. Halló, al cabo, las tinieblas acogedoras en las que un yo agradecido se había disuelto lentamente, al fin olvidado. Se aventuró un poco más... justo hasta el borde donde empezaba el acoso de la agitación, del dolor... Regresó de inmediato a su refugio de sombra. Pero otro acoso llegaba hasta ese sitio de dicha: el acoso de una tozudez candorosa, que insistía en su llamado... Se volvió otra vez y abrió los ojos: el asombrado rumor de un mundo parecía crepitar en torno del joven, cuya mirada era radiante. Los cerró nuevamente. Enseguida fue sobresaltado por un chillido; sus manos se crisparon y una mueca de dolor le desfiguró el rostro. Después de un momento giró hacia el joven, que trataba de hacerse entender, y le hizo una seña para que cesara de hablar; luego le mostró las cadenas. El joven, cuyo semblante se iluminó de inteligencia, le contestó con un gesto y abandonó su sitio. Empezó a trepar cuidadosamente, aferrado a la roca. Prometeo lo alentaba con señas. Al final llegó junto al titán. Un filoso escalonamiento de precipicios refulgía alrededor de la roca. El joven se incorporó para tirar de las cadenas; pero se detuvo al ver que Prometeo trataba de unir los brazos. Las miradas se encontraron. Y aun cuando el joven percibió el empujón, sus ojos no se apartaron de esa mirada triste que lo acompañó al abismo.
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