Lista de Poemas
El Alcázar De Sevilla Romance Primero
Con que se ilustra Sevilla,
Deliciosos sus jardines,
Su excelsa portada rica.
De maderos entallados
En mil labores prolijas,
Se levanta el frontispicio
De resaltadas cornisas;
Y hay en ellas un letrero
Donde, con letras antiguas,
Don Pedro hizo estos palacios
Esculpido se divisa.
Mal dicen en sus salones
Las modernas fruslerías;
Mal en sus soberbios patios
Gente sin barba y ropilla.
¡Cuántas apacibles tardes,
En la grata compañía
De chistosos sevillanos
Y de sevillanas lindas,
Recorrí aquellos verjeles,
En cuya entrada se miran
Gigantes de arrayán hechos
Con actitudes distintas!
Las adelfas y naranjos
Forman calles extendidas,
Y un oscuro laberinto
Que a los hurtos de amor brinda.
Hay en tierra surtidores
Escondidos; se inprovisan,
Saltando entre los mosaicos
De pintadas piedrecillas.
Y a los forasteros mojan,
Con algazara y con risa
De los que, ya escarmentados,
El chasco pesado evitan.
Álvaro De Luna Romance Cuarto La Plaza
Ya el fatal momento llega,
Y Don Álvaro de Luna
Sin turbarse oye la seña.
Recibe la Eucaristía,
Y en Dios la esperanza puesta,
Sereno baja a la calle,
Donde la escolta le espera.
Cabalga sobre su mula,
Que adorna gualdrapa negra,
Y tan airoso cabalga,
Cual para batalla o fiesta.
Un sayo de paño negro,
Sin insignia ni venera,
Es su traje, y con el garbo
Que un manto triunfal, lo lleva;
Y sin toca ni birrete,
Ni otro adorno, descubierta,
Bien aliñado el cabello,
La levantada cabeza.
Las dos padres franciscanos
Se asen de las estriberas,
Y hombres de armas, en buen orden,
Le custodian y le cercan.
Así camina el Maestre,
Con tan gallarda presencia
Y con tan sereno rostro,
Que impone a cuantos le encuentran.
Sus enemigos no osan
Clavar la vista soberbia
En él, como consternados
Ya de su venganza horrenda:
Sus partidarios parecen
Decirle con mudas lenguas,
Que aun morirán por salvarle
Y encenderán civil guerra.
Y aquel silencio terrible
Por todas las calles reina,
Que o gran terror o despecho
Grande siempre manifiesta.
Silencio que solamente
De cuando en cuando se quiebra
Con la voz del pregonero,
Que a los más valientes hiela.
Diciendo : «Esta es la justicia
Que facer el Rey ordena
A este usurpador tirano
De su corona y sin hacienda».
Siempre que oye el Condestable
Este vil pregón, aprieta
La mano del padre Espina,
Que en voz sumisa le esfuerza.
Arriba, a la triste plaza,
Que ha pocos días le viera
Tan galán en el torneo,
Con tal poder y opulencia.
El apretado concurso
El cuadrado espacio llena;
Vese una masa compacta
De rostros y de cabezas;
Parece que el pavimento
Se ha elevado de la tierra,
que casas y palacios,
Su basa han hundido en ella.
Un callejón, que tapiales
De hombres apiñados cierran,
Sirviéndole de linderos
Lanzas en vez de arboleda,
Ofrece paso hasta donde
Lecho de muerte descuella,
En mitad del gran gentío,
Que como la mar olea.
El reducido tablado,
Enlutado con bayetas,
Una. gran tumba, parece
Que el pueblo en hombros sustenta.
Sobre él está colocado
Un altar, a la derecha,
De terciopelo vestido;
Y entre amarillas candelas,
Cuya, luz el sol deslustra
Y arder el viento no deja,
Un crucifijo de plata
En cruz de ébano campea.
Yace un ataúd humilde
Colocado a la izquierda:
Cerca de él se ve una escarpia
En un pilar de madera;
Y en medio, de firme, un tajo,
Delante una almohada negra,
Y una hacha, en cuya cuchilla
Los rayos del sol reflejan.
Álvaro De Luna Romance Tercero Las Calles – La Capilla – El Palacio
Mira la muerte segura,
El declinar de la tarde
Solemnidad tiene mucha
En el sol, que va a ponerse,
Y espeso vapor ofusca
(Semejante a un rey que el trono
A su pesar desocupa,
Y dignidad conservando
Del mundo huye, y se sepulta
Donde los hombres no advierten
Su dolor y desventuras),
Con honda atención los ojos
Clavó don Alvaro de Luna.
Así que lo vió traspuesto
Lanzó un suspiro de angustia,
Como el que lanza el amante,
Cuando el horizonte oculta
El bajel, en que su amada
Los desiertos mares surca
Para no volver. Ansioso
Lleva sus miradas mudas
A los montes apartados,
Cuyas cumbres aun relumbran,
A los ya enlutados bosques,
A las calladas llanuras,
A los altos campanarios
Que entre nieblas se dibujan.
Retardar el despedirse
De la perspectiva augusta
Que presenta el universo,
Parece que sólo busca,
Y al notar que poco a poco
La luz menguante y confusa
Del crepúsculo confunde
La escena que la circunda,
Piensa ya ver de la muerte
La terrible sombra, en cuya
Obscuridad para siempre
Corre a hundirse, y se atribula.
Sus pensamientos penetran
Los doctos frailes, y endulzan
Con eternas esperanzas
Su meditación profunda
Álvaro De Luna Romance Segundo El Camino
De lejos por el camino,
Y al tropel que la levanta
Borra y tiene confundido.
En ella relampaguea,n
Reflejos de acero limpio,
Y forman un trueno sordo
Herraduras y relinchos.
Dando lugar a que lleguen,
Los religiosos franciscos,
A lento paso se ponen
Y atrás miran de continuo.
Álvaro De Luna Romance Primero La Venta
Y en las márgenes del Duero,
Hubo (aun escombros lo dicen)
Una venta en otro tiempo.
A su puerta una mañana
Estaba sentado un lego
De San Francisco, tres mulas
De los ronzales teniendo.
De la venta en la cocina
Se hallaban dos reverendos,
De una sartén apurando
Magras con tomate y huevos.
De maestresala servía,
Sin caperuza, el ventero,
Que solícito llenaba
Las tazas del vino añejo.
Era el uno el padre Espina,
Predicador del convento
Del Abrojo; el otro un fraile
Anciano, de ciencia y peso.
El Conde De Villamediana Romance Cuarto Final
Adornada de arabescos
Y follajes primorosos,
Con oro y esmaltes hechos,
Y cuya baranda rica
Daba hacia el jardín pequeño,
En que el caballo de bronce
Estuvo por largo tiempo,
Sin más luz que la, que esparce
La luna en mitad del cielo,
Esperando a alguien la Reina
Está turbada, y con miedo.
Del concurso de la danza
Y de la orquesta el estruendo ¡
Que los salones ocupa,
Oye resonar de lejos;
Y aunque sabe que notada
Ha de ser su ausencia presto,
Por dar al Conde un aviso
Atropella todo riesgo.
Siglos los instantes juzga
Con mortal desasosiego,
Y en el barandal dorado
Palpitante apoya el pecho.
Mira, al ecuestre coloso,
Inmóvil, obscuro, enhiesto,
Entre laureles y murtas,
Y tiembla ¡ infelice! al verlo.
Alza a la pálida luna
Los ojos de llanto llenos,
Y se extravía su mente,
Por precipicios horrendos.
Sin rumor y de puntillas,
Como fantasma o espectro,
En el corredor entróse
La parte obscura siguiendo,
Un hombre embozado: llega
Por detrás en gran silencio
A la Reina, que, de espaldas
Estando, no pudo verlo,
Y le tapa el noble rostro
Con dos manos como hielo;
pero delicadas manos
Que agita un temblor ligero.
Quién pudiera aproximarse
A dama de tal respeto,
Sino el amante dichoso
Con tan inocente juego?
Así lo pensó ella misma,
Pues aunque al primer momento
De sorpresa, lanzó un grito,
Pronto sobre sí volviendo:
«Déjame Conde prorrumpe
Con dulces lánguidos ecos;
No es esta ocasión de burlas,
Pues es de infortunios tiempo.
Déjame y escucha, Conde».
Libre la dejan en esto
Las manos que la cegaban,
Y se encuentra sola ¡cielos!
Con su marido, que arroja
Por los ojos rabia y fuego.
Queda la infeliz difunta;
Mas tienen el privilegio
Las hembras del disimulo,
Y en los críticos encuentros
Mucha mayor agudeza
Que el hombre de más ingenio.
Al oír que el Rey pregunta
Con voz como voz de infierno,
«Yo Conde?... ¿Yo?» En sí tornando
La Reina, responde presto:
«Sí, señor, de Barcelona...
Y se complace mi pecho
Con tal título, afirmado
Con vuestro poder y esfuerzo,
Después que habéis reprimido
La rebelión de aquel pueblo».
Quedó pasmado el Monarca.
«Discreta sois por extremo
Repuso, y tras pausa leve,
Mas qué infortunio tenemos?
«Ya alentada la señora,
Pues siempre el paso primero
Es el trabajoso, dijo:
«No faltan, señor, por cierto;
Dígalo Flandes perdida,
Y de Nápoles los reinos,
«Donde un ambicioso intenta
Arrebatarnos el cetro;
Milán, donde la peste
Está tanto estrago haciendo,
«Y Portugal vacilante,
Do traidores encubiertos...»
Aquí atajóla Filipo
Con voz de lejano trueno.
«Basta, pues, basta, señora;
Sois francesa, bien lo veo;
Tenéis interés muy grande
En mi honor y en el del reino.
«Veréis que uno y otro al punto
Para aquietaros sostengo,
Y que lavaré con sangre
La mancha que advierta en ellos».
Calló, y una atroz mirada
Con el rostro descompuesto,
Que pareció más terrible
De la luna a los reflejos,
Clavó en la Reina; mirada
Que destrozó aguda el seno
De la infeliz, pues, temblando,
Cayó sin sentido al suelo.
El Conde De Villamediana Romance Tercero El Sarao
Se desmorona, y el borde
Toca de una sima horrenda,
Duermen en pueriles goces,
Entre placeres se aturden,
Deleites sólo conocen,
Sin cuidarse del peligro,
El Rey de España y sus nobles.
Así una casa se quema,
Así desdichas atroces
Sobre una Infeliz familia
El ciego destino pone;
Y en tanto el imbécil ríe,
Duerme el embriagado joven,
Y el niño con sus juguetes
Es el más feliz del orbe.
Si alegre fué todo el día
Con públicas diversiones,
Con saraos y luminarias
No lo fué menos la noche.
El pueblo las anchas calles
En gozosas turbas corre,
Para ver iluminadas
Las casas de los señores.
En las plazas principales
Suenan músicas acordes,
Y farsas se representan
Del Rey celebrando el nombre.
El Conde De Villamediana Romance Segundo Las Máscaras Y Cañas
Y llenóse la gran plaza
Con el pueblo y con la corte,
Cual lo estuvo la mañana.
Magníficas son las fiestas
Que la regia villa paga,
Para celebrar el nombre
Del poderoso Monarca
De clarines y timbales
Al son que asorda las auras,
Y al de orquestas numerosas,
Que entonan guerrera marcha,
En orden y a lento paso
Numerosas mascaradas
Entran por partes distintas,
Y al Rey y a la Reina acatan.
De los reinos diferentes
Que el reino forman de España,
Ostenta cada cuadrilla
Distintivos y antiguallas,
Arbolando un estandarte
Con el blasón de sus armas,
Y de su música propia,
Al compás de las sonatas,
Mézclanse ligeras luego,
Formando mímica danza.,
En concertado desorden
De figuras ensayadas.
Los cascos y coseletes
De la indómita Cantabria;
De los fieles castellanos
Las dobles cueras y calzas;
Las fulgentes armaduras,
De los infanzones gala,
Del ligero valenciano
Los zaragüelles y mantas;
De chistosos andaluces
Los sombrerones y capas,
Y las chupas con hombreras
Y con caireles de plata;
Los turbantes granadinos,
Jubas, albornoces, fajas;
Los terciopelos y sedas
De vestes napolitanas;
De la Bélgica los sayos
Con sus encajes y randas;
Los milaneses justillos
Con las chambergas casacas,
Y las esplendentes plumas
Teñidas de tintas varias,
Con los arcos y las flechas
Que el cacique indiano gasta,
Forman un todo indeciso
Que cubre la extensa plaza
De movibles resplandores,
De confusión bigarrada.
Parece que está cubierta
Con una alfombra persiana,
Cuyos matices se mueven
Al conjuro de una maga.
Aquí añafiles moriscos,
Allí tamboril y gaita,
Más allá trompas guerreras,
Acá sonorosas flautas;
Las antárticas bocinas
En un lado, las guitarras
Y crótalos en el estoy,
Los caracoles de caza
Forman estruendo confuso
En que ya el acorde falta,
Y que llenando el espacio
Aun más aturde que halaga.
Por fin, terminado el baile,
Sepáranse las comparsas
Y hacia lados diferentes,
En orden puestas, descansan.
Y cada una se dirige,
Según la suerte la llama,
A saludar a los Reyes
Con solemnidad y pausa;
Y doblando la rodilla,
Ofrecen a su Monarca
Un rico don de productos
De aquel reino que retratan.
Despejando luego todas,
El circo desembarazan
A los nobles caballeros
Que salen a correr cañas,
Por la izquierda y la derecha
A un tiempo entraron galanas
Dos diferentes cuadrillas,
Que a unirse en el centro marchan.
Compónese cada una,
Compitiendo en garbo y gala,
De doce nobles jinetes,
Que de dos en dos avanzan.
El Conde de Orgaz, mancebo
De gentileza y de gracia,
Es caudillo de la una;
De la otra es Villamediana.
Aquél, en caballo negro,
Enjaezado de plata,
De terciopelo amarillo
Con celestes cuchilladas,
Vestido sale: figura
Con argentinas escamas
Peto y espaldar, y azules
Lleva plumas y gualdrapa.
Este, en un caballo blanco,
Cuya crin el oro enlaza,
Ostenta un rico vestido
De terciopelo escarlata:
El arnés de hojuelas de oro,
Y de rica seda blanca,
Con brillantes bordaduras,
Los afollados y faja.
Unidas las dos cuadrillas,
Hacia el regio balcón ambas,
Al paso, la pista siguen
De los jefes que las mandan;
y e, concurso, en gran silencio,
Curioso a la vista, clava
De los dos gallardos Condes
En las brillantes adargas;
Pues logrando de discretos
Y de, enamorados fama,
Interesa a todo el mundo
Ver las empresas que sacan.
Es la de Orgaz una hoguera
De la que el vuelo levanta
El fénix con este mote:
Me (la vida quien me abrasa.
Un letrero solamente
Es la de Villamediana,
Que dice: Son mis amores...
Y luego reales de plata
Puestos cual si fueran letras,
Con que aquel renglón acaba.
La empresa de Orgaz la entienden
Todos, y aciertan la llama
Que le da vida y le quema.
La (¡el de Villamediana
Despierta más confusiones,
Aunque es en verdad bien clara.
Propensión funesta tiene
El joven galán que alcanza
Favores de una señora,
A la par hermosa y alta,
De publicarlos al punto
Y de sacarlos a plaza:
Vanidad de enamorados
Que en peligros no repara.
Muchos el sentido entienden
Que las monedas declaran,
Por miedo disimulan
Y de explicarlo se guardan.
Otros, necios, se calientan
Los cascos por descifrarla.
Son mis amores dinero,
Repiten; pero no cuadra
Con el carácter del Conde
Esta explicación villana.
Mis amores efectivos
Son, dicen otros, ¡bobada!
Velasquillo el contrahecho,
Enano y bufón, que alcanza,
No sin despertar envidia,
Gran favor con el Monarca,
A disgusto de los grandes
En el balcón regio estaba,
Malicias diciendo y chistes
Con insolencia y con gracia.
Y o por faltarle su astucia
Entonces, o porque trata
De vengarse del desprecio
Con que la Reina le acaba,
O porque ve de mal ojo
Al noble Villamediana,
O por gusto de hacer daño,
Que es de tales bichos ansia,
Dijo: «Ta, ta; ya comprendo
Lo que dice aquella adarga:
Son mis amores reales»,
soltó la carcajada.
Trémulo el Rey y amarillo,
Y conteniendo la saña,
«Pues yo se los haré cuartos»,
Respondió al punto en voz baja.
Lo oyó la Reina, y quedóse
Inmóvil como una estatua,
Pálida como la muerte,
Hecha pedazos el alma.
El Conde De Villamediana Romance Primero Los Toros
Todo Madrid celebrando
Con un festejo los días
De su rey Felipe cuarto.
Este ocupa, con la Reina
Y los jefes de palacio,
El regio balcón, vestido
De tapices y brocados.
En los otros, que hermosean
Reposteros y damascos,
Los grandes con sus señoras,
Y los nobles cortesanos,
Ostentan soberbias galas,
Terciopelos y penachos;
Las damas y caballeros
Llenan los segundos altos,
Y de fiesta gran gentío
Los barandales y andamios,
Jardín do a impulsos del viento
Ondean colores varios.
Ante la Panadería,
Del balcón del Rey debajo,
Y de espalda a la barrera
En la arena del estadio,
La guardia tudesca en ala,
Parece un muro de paño
Rojo y jalde, con cornisa
Hecha de rostros humanos,
Sobre la cual vuelan plumas
En lugar de Jaramagos,
Y brillan las alabardas
Heridas del sol de Mayo.
Los alguaciles de corte,
Con sus varas en la mano,
A la jineta en rocines,
Están en fila a los lados.
El Rey, la Reina, los grandes,
Las damas, los cortesanos,
Los tudescos y alguaciles,
El inmenso pueblo, y cuantos
En la plaza están, los ojos
Tornan de Toledo, al arco,
Por cuya barrera asoma
Un caballero a caballo.
Vese en medio de la arena,
Furia y humo respirando,
Los ojos como dos brasas,
Los cuernos ensangrentados,
Con la pezuña esparciendo
Ardiente polvo, el más bravo
Retinto, a quien dió Jarama
Hierba encantada en sus campos.
Aun no estrenó la almohadilla
De su cuello erguido y alto
Hierro alguno, ni ha embestido
Una sola vez en vano.
Entre capas desgarradas
Y moribundos caballos,
Se ostenta como el guerrero
Que se corona de lauro,
Entre rendidos pendones,
Sobre muros derribados;
Del genio del exterminio
Parece emblema y retrato.
El Sombrero Romance Tercero La Mañana
Una luz parda y siniestra;
A mostrarse en vagas formas
Ya los objetos empiezan.
Espectáculo espantoso
Ofrece Naturaleza,
Las olas como montañas,
Movibles y verdinegras,
Se combaten, crecen, corren
Para tragarse la tierra,
Ya los abismos descubren,
Ya en las nubes se revientan,
Rómpense en las altas rocas
Alzando salobre niebla,
Y la playa arriba suben,
Y luego a su centro ruedan
Con un asordante estruendo:
Silba el huracán, espesa
Lluvia el horizonte borra,
Y lo confunde y lo mezcla.
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