Velhice e Envelhecimento
Jorge Luis Borges
1929
en la pieza que da al último patio;
ahora la vecina casa de altos
le quita el sol, pero en la vaga sombra
su modesto inquilino está despierto
desde el amanecer. Sin hacer ruido,
para no incomodar a los de al lado,
el hombre está mateando y esperando.
Otro día vacío, como todos.
Y siempre los ardores de la úlcera.
Ya no hay mujeres en mi vida, piensa.
Los amigos lo aburren. Adivina
que él también los aburre. Hablan de cosas
que no alcanza, de arqueros y de cuadros.
No ha mirado la hora. Sin apuro
se levanta y se afeita con inútil
prolijidad. Hay que llenar el tiempo.
El rostro que el espejo le devuelve
guarda el aplomo que antes era suyo.
Envejecemos más que nuestra cara,
piensa, pero ahí están las comisuras,
el bigote ya gris, la hundida boca.
Busca el sombrero y sale. En el vestíbulo
ve un diario abierto. Lee las grandes letras,
crisis ministeriales en países
que son apenas nombres. Luego advierte
la fecha de la víspera. Un alivio;
ya no tiene por qué seguir leyendo.
Afuera, la mañana le depara
su ilusión habitual de que algo empieza
y los pregones de los vendedores.
En vano el hombre inútil dobla esquinas
y pasajes y trata de perderse.
Ve con aprobación las casas nuevas,
algo, tal vez el viento sur, lo anima.
Cruza Rivera, que hoy le dicen Córdoba,
y no recuerda que hace muchos años
que sus pasos la eluden. Dos, tres cuadras.
Reconoce una larga balaustrada,
los redondeles de un balcón de fierro,
una tapia erizada de pedazos
de vidrio. Nada más. Todo ha cambiado.
Tropieza en una acera. Oye la burla
de unos muchachos. No los toma en cuenta.
Ahora está caminado más despacio.
De golpe se detiene. Algo ha ocurrido.
ahí donde ahora hay una heladería,
estaba el Almacén de la Figura.
(La historia cuenta casi medio siglo.)
Ahí un desconocido de aire avieso
le ganó un largo truco, quince y quince,
y él malició que el juego no era limpio.
No quiso discutir, pero le dijo:
Ahí le entrego hasta el último centavo,
pero después salgamos a la calle.
el otro contestó que con el fierro
no le iría mejor que con el naipe.
No había ni una estrella. Benavides
le prestó su cuchillo. La pelea
fue dura. En la memoria es un instante,
un solo inmóvil resplandor, un vértigo.
Se tendió en una larga puñalada,
que bastó. Luego en otra, por si acaso.
Oyó el caer del cuerpo y del acero.
Fue entonces que sintió por vez primera
la herida en la muñeca y vio la sangre.
fue entonces que brotó de su garganta
una mala palabra, que juntaba
la exultación, la ira y el alivio.
tantos años y al fin ha rescatado
la dicha de ser hombre y ser valiente
o, por lo menos, la de haberlo sido
alguna vez, en un ayer del tiempo.
Jorge Luis Borges | "Poesia Completa", págs. 371, 372 e 373 | Debolsillo, 3ª. edição, 2016
Amália Bautista
A foto
Tira-me uma dessas fotos que tiras,
embacia a objectiva, desfoca
um pouco e mede mal a luz. Agora
que termina o dia não é difícil
eu sair favorecida. Que os traços
se suavizem, que todas as rugas
da alma e do contorno dos olhos
desapareçam e que quem me veja
pense que posso merecer a pena.
E sobretudo, que o que impressione
nessa foto não seja eu, que estou
ali, mas os teus olhos que a tiraram.
Jorge Luis Borges
Un ciego
cuando miro la cara del espejo;
no sé qué anciano acecha en su reflejo
con silenciosa y ya cansada ira.
Lento en mi sombra, con la mano exploro
mis invisibles rasgos. Un destello
me alcanza. He vislumbrado tu cabello
que es de ceniza o es aún de oro.
Repito que he perdido solamente
la vana superficie de las cosas.
El consuelo es de Milton y es valiente,
Pero pienso en las letras y en las rosas.
Pienso que si pudiera ver mi cara
sabría quién soy en esta tarde rara.
Jorge Luis Borges | "Poesia Completa", pág. 414 | Debolsillo, 3ª. edição, 2016
Jorge Luis Borges
1972
sería un profundo corredor de espejos
indistintos, ociosos y menguantes,
una repetición de vanidades,
y en la penumbra que precede al sueño
rogué a mis dioses, cuyo nombre ignoro,
que enviaran algo o alguien a mis días.
Lo hicieron. Es la Patria. Mis mayores
la sirvieron con largas proscripciones,
con penurias, con hambre, con batallas,
aquí de nuevo está el hermoso riesgo.
No soy aquellas sombras tutelares
que honré con versos que no olvida el tiempo.
Estoy ciego. He cumplido los setenta;
no soy el oriental Francisco Borges
que murió con dos balas en el pecho,
entre las agonías de los hombres,
en el hedor de un hospital de sangre,
pero la Patria, hoy profanada quiere
que con mi oscura pluma de gramático,
docta en las nimiedades académicas
y ajena a los trabajos de la espada,
congregue el gran rumor de la epopeya
y exija mi lugar. Lo estoy haciendo.
"La rosa profunda" (1975)
Jorge Luis Borges | "Poesia Completa", pág. 415 | Debolsillo, 3ª. edição, 2016
Jorge Luis Borges
Sueña Alonso Quijano
sueño de alfanjes y de campo llano
y se toca la barba con la mano
y se pregunta si está herido o muerto.
¿No lo perseguirán los hechiceros
que han jurado su mal bajo la luna?
Nada. Apenas el frío. Apenas una
dolencia de sus años postrímeros.
El hidalgo fue un sueño de Cervantes
y don Quijote un sueño del hidalgo.
El doble sueño los confunde y algo
está pasando que pasó mucho antes.
Quijano duerme y sueña. Una batalla:
los mares de Lepanto y la metralla.
"La rosa profunda" (1975)
Jorge Luis Borges | "Poesia Completa", pág. 404 | Debolsillo, 3ª. edição, 2016
Jorge Luis Borges
Un mañana
de Quien, ya cumplidos mis setenta años
y sellados mis ojos,
me salva de la venerada vejez
y de las galerías de precisos espejos
de los días iguales
y de los protocolos, marcos y cátedras
y de la firma de incansables planillas
para los archivos del polvo
y de los libros, que son simulacros de la memoria,
y me prodiga el animoso destierro,
que es acaso la forma fundamental del destino argentino,
y el azar y la joven aventura
y la dignidad del peligro,
según dictaminó Samuel Johnson.
Yo, que padecí la vergüenza
de no haber sido aquel Francisco Borges que murió en 1874
o mi padre, que enseñó a sus discípulos
el amor de la psicología y no creyó en ella,
olvidaré las letras que me dieron alguna fama,
seré hombre de Austin, de Edimburgo, de España,
y buscaré la aurora en mi Occidente.
En la ubicua memoria serás mía,
patria, no en la fracción de cada día.
Jorge Luis Borges | "Poesia Completa", pág. 408 | Debolsillo, 3ª. edição, 2016
Rui Costa
breve ensaio sobre a potência 26
Ser adulto é quase impossível no mundo
só imberbe. Acreditas mais num ficheiro
Microsoft do que nas salmodias da tua avó.
O novo deus do mundo será um adolescente
com jeito para a música e o cabelo a imitar
os heróis da manga. A luz desloca-se com
pressa para chegar antes de envelhecer.
Fernando Pessoa
When slattern Time, worn out with toil of wearing,
With loose‑tied pack shall trudge upon my years,
And I shall feel that forced occasion nearing
That despair's self (that must live to be) fears,
I, being beggared of all wealth of hope -
So prodigal have I to wishes been -
Shall with known uselessness for the coin grope
To pay that the hour’s ending be serene.
I shall not enter the great silent cave
With curious ardour, or ease out of sun,
But all that with me I shall then still have
Will be a coward rage that all is done.
No hope the cave's a passage shall control
Fear of the immediate night of the shown hole.
Jorge Luis Borges
Elogio de la sombra
puede ser el tiempo de nuestra dicha.
El animal ha muerto o casi ha muerto.
Quedan el hombre y su alma.
Vivo entre formas luminosas y vagas
que no son aún la tiniebla.
Buenos Aires,
que antes se desgarraba en arrabales
hacia la llanura incesante,
ha vuelto a ser la Recoleta, el Retiro,
las borrosas calles del Once
y las precarias casas viejas
que aún llamamos el Sur.
Siempre en mi vida fueron demasiadas las cosas;
Demócrito de Abdera se arrancó los ojos para pensar;
el tiempo ha sido mi Demócrito.
Esta penumbra es lenta y no duele;
fluye por un manso declive
y se parece a la eternidad.
Mis amigos no tienen cara,
las mujeres son lo que fueron hace ya tantos años,
las esquinas pueden ser otras,
no hay letras en las páginas de los libros.
Todo esto debería atemorizarme,
pero es una dulzura, un regreso.
De las generaciones de los textos que hay en la tierra
sólo habré leído unos pocos,
los que sigo leyendo en la memoria,
leyendo y transformando.
Del Sur, del Este, del Oeste, del Norte,
convergen los caminos que me han traído
a mi secreto centro.
Esos caminos fueron ecos y pasos,
mujeres, hombres, agonías, resurrecciones,
días y noches,
entresueños y sueños,
cada ínfimo instante del ayer
y de los ayeres del mundo,
la firme espada del danés y la luna del persa,
los actos de los muertos,
el compartido amor, las palabras,
Emerson y la nieve y tantas cosas.
Ahora puedo olvidarlas. Llego a mi centro,
a mi álgebra y mi clave,
a mi espejo.
Pronto sabré quién soy.
Jorge Luis Borges | "Poesia Completa", págs. 333 e 334 | Debolsillo, 3ª. edição, 2016
Jorge Luis Borges
El guardián de los libros
la recta música y las rectas palabras,
los sesenta y cuatro hexagramas,
los ritos que son la única sabiduría
que otorga el Firmamento a los hombres,
el decoro de aquel emperador
cuya serenidad fue reflejada por el mundo, su espejo,
de suerte que los campos daban sus frutos
y los torrentes respetaban sus márgenes,
el unicornio herido que regresa para marcar su fin,
las secretas leyes eternas,
el concierto de orbe;
esas cosas o su memoria están en los libros
que custodio en la torre.
Los tártaros vinieron del Norte
en crinados potros pequeños;
aniquilaron los ejércitos
que el Hijo del Cielo mandó para castigar su impiedad,
erigieron pirámides de fugo y cortaron gargantas,
mataron al perverso y al justo,
mataron al esclavo encadenado que vigila la puerta,
usaron y olvidaron a las mujeres
y siguieron al Sur,
inocentes como animales de presa,
crueles como cuchillos.
En el alba dudosa
el padre de mi padre salvó los libros.
Aquí están en la torre donde yazgo,
recordando los días que fueron de otros,
los ajenos y antiguos.
En mis ojos no hay días. Los anaqueles
están muy altos y no los alcanzan mis años.
Leguas de polvo y sueño cercan la torre.
¿A qué engañarme?
La verdad es que nunca he sabido leer,
pero me consuelo pensando
que lo imaginado y lo pasado ya son lo mismo
para un hombre que ha sido
y que contempla lo que fue la ciudad
y ahora vuelve a ser el desierto.
¿Qué me impide soñar que alguna vez
descifré la sabiduría
y dibujé con aplicada mano los símbolos?
Mi nombre es Hsiang. Soy el que custodia los libros,
que acaso son los últimos,
porque nada sabemos del Imperio
y del Hijo del Cielo.
Ahí están en los altos anaqueles,
cercanos y lejanos a un tiempo,
secretos y visibles como los astros.
Ahí están los jardines, los templos.
"Elogio de la sombra" (1969)
Jorge Luis Borges | "Poesia Completa", págs. 316 e 317 | Debolsillo, 3ª. edição, 2016
Pablo Neruda
Cabeça de Pássaros
veio ver-me no final do dia
com mais brancura na cabeça
cheia de pássaros ainda.
Tem pombas amarelas
dentro de seu nobre crânio,
estas pombas circundam-no
dormindo no anfiteatro
de seu cerebelo-pombal,
e depois o íbis escarlate
passeia por sobre sua testa
uma besta ensanguentada.
Ah, que opulento privilégio!
Levar perdizes, codornizes,
proteger faisões vistosos
plumagens de ouro que repelem
o foguetório terreno,
mas também pardais, aves
azuis, calhandras, canários
e carpinteiros, pintarroxos,
carriças, diucas, rouxinóis.
Dentro de sua clara cabeça
que o tempo cobriu de luz
o cavalheiro Marcenac
com seu celeste passaredo
vai pelas ruas. E de repente
as pessoas imaginam ouvir
súbitos cânticos selvagens
ou clarinadas do amanhecer,
mas como ele não sabe disso
continua seu passo transitório
e por onde passa seguem-no
pálidos olhos assustados.
O cavalheiro Marcenac
já dormiu em Saint Denis:
há um grande silêncio na casa dele
porque sua cabeça está repousando.
Pablo Neruda
Outro Castelo
sou feito de roupa, reumatismo,
papéis rasgados, encontros esquecidos,
pobres signos rupestres
no que foram pedras orgulhosas.
No que ficou o castelo da chuva,
a adolescência com seus tristes sonhos
e aquele propósito entreaberto
de ave estendida, de águia no céu,
de fogo heráldico?
Não sou, não sou o raio
de fogo azul, cravado como lança
em qualquer coração sem amargura.
A vida não é a ponta de um punhal,
não é um golpe de estrela,
mas um gastar-se dentro de um vestuário,
um sapato mil vezes repetido,
uma medalha que se vai oxidando
dentro de uma caixa escura, escura.
Não peço nova rosa nem dores,
nem indiferença é o que me consome,
mas cada signo que se escreveu,
o sal e o vento borram a escrita
e a alma agora é um tambor calado
à margem de um rio, daquele rio
que estava ali e ali continuará sendo.
Carlos Drummond de Andrade
Equívoco
O chapéu era branco e dele passarinhos
saíam para a glória, transportando-me ao céu.
A neblina gelou-me até os nervos e as tias.
Fiquei na praça oval aguardando a galera
com fiscais que me perdoassem e me abrissem os rios.
Um jardim sempre meu, de funcho e de coral,
ergueu-se pouco a pouco, e eram flores de velho,
murchando sem abrir, indecisas no mal.
Ressurgi para a escola, e de novo adquiri
a ciência de deslizar, tão própria de meus netos:
Sou apenas um peixe, mas que fuma e que ri,
e que ri e detesta.
Luís Filipe Castro Mendes
Glosa a uns versos de Nemésio
Se com quase quarenta anos mal começa,
ovo de tanta coisa, o coração,
que direi hoje, com quase sessenta anos?
Que névoa fria cerca agora o coração
e que voz de dentro resiste a essa névoa,
pois o amor não pára enquanto continuar
o mundo?
Abre os olhos, meu amor:
o mundo é vasto e diverso e brilha
por entre a névoa mais densa.
António Ramos Rosa
Alberto Burri
a ferida e a faca
a cicatriz na parede
um saco que se rasga um campo
uma costura um caminho de poeira
Entre o trabalho e o encanto
sem veemência
a carne da escrita
o vestuário remendado
sobre o corpo vermelho
Uma cor de ferrugem nas palavras
a terra a noite o fogo
Uma velha idade adormecida
um ardor subtil e violento
a incisão que rasga a pele antiga
para restaurar a integridade viva
Carlos Drummond de Andrade
Dentaduras Duplas
Dentaduras duplas!
Inda não sou bem velho
para merecer-vos. ..
Há que contentar-me
com uma ponte móvel
e esparsas coroas.
(Coroas sem reino,
os reinos protéticos
de onde proviestes
quando produzirão
a tripla dentadura,
dentadura múltipla,
a serra mecânica,
sempre desejada,
jamais possuída,
que acabará
com o tédio da boca,
a boca que beija,
a boca romântica ?. . . )
Resovin! Hecolite!
Nomes de países?
Fantasmas femininos?
Nunca: dentaduras,
engenhos modernos,
práticos, higiênicos,
a vida habitável:
a boca mordendo,
os delirantes lábios
apenas entreabertos
num sorriso técnico,
e a língua especiosa
através dos dentes
buscando outra língua,
afinal sossegada...
A serra mecânica
não tritura amor.
E todos os dentes
extraídos sem dor.
E a boca liberta
das funções poético-
sofístico-dramáticas
de que rezam filmes
e velhos autores.
Dentaduras duplas:
dai-me enfim a calma
que Bilac não teve
para envelhecer.
Desfibrarei convosco
doces alimentos,
serei casto, sóbrio,
não vos aplicando
na deleitação convulsa
de uma carne triste
em que tantas vezes
me eu perdi.
Largas dentaduras,
vosso riso largo
me consolará
não sei quantas fomes
ferozes, secretas
no fundo de mim.
Não sei quantas fomes
jamais compensadas.
Dentaduras alvas,
antes amarelas
e por que não cromadas
e por que não de âmbar?
de âmbar! de âmbar!
feéricas dentaduras,
admiráveis presas,
mastigando lestas
e indiferentes
a carne da vida!
Vasco Graça Moura
Auto-retrato com a musa
vejo-me ao espelho: a cara
severa dos sessenta,
alguns cabelos brancos,
os óculos por vezes
já mais embaciados.
sobrancelhas espessas,
nariz nem muito ou pouco,
sinal na face esquerda,
golpe breve no queixo
(andanças da gilette).
ia a passar fumando
mais uma cigarrilha
medindo em tempo e cinza
coisas atrás de mim.
que coisas? tantas coisas,
palavras e objectos,
sentimentos, paisagens.
também pessoas, claro,
e desfocagens, tudo
o que assim se mistUra
e se entrevê no espelho,
tingindo as suas águas
de um dúbio maneirismo
a que hoje cedo. e fico
feito de tinta e feio.
2
quem amo o que é que pode
fazer deste retrato?
nem sabê-lo de cor,
nem tê-lo encaixilhado,
nem guardá-lo num livro,
nem rasgá-lo ou queimá-lo,
mas pode pôr-se ao lado
e ter prazer ou pena
por nos achar parecidos
ou não achar. quem amo
não fica desenhado,
fica dentro de mim
e é quando mais me apago
e deixo de me ver
e apenas me confundo,
amador transformado
na própria coisa amada
por muito imaginar.
assim nem john ashberry,
nem o parmegianino,
nem espelho convexo,
nem mesmo auto-retrato.
só uma sombra que é
na sombra de quem amo
provavelmente a minha.
3
quem amo tem cabelos
castanhos e castanhos
os olhos, o nariz
direito, a boca doce.
em mais ninguém conheço
tal porte do pescoço
nem tão esguias mãos
com aro de safira,
nem tanta luz tão húmida
que sai do seu olhar,
nem riso tão contente,
contido e comovente,
nem tão discretos gestos,
nem corpo tão macio
quem amo tem feições
de uma beleza grave
e música na alma
flutua nas volutas
de um madrigal antigo
em ondas de ternura.
é quando eu sinto a musa
pousando no meu ombro
sua cabeça, assim
me enredo horas a fio
e fico a magicar.
Pablo Neruda
No Entanto Me Movo
opinei diante de um sábio
que me examinou sem paixão
e demonstrou que eu estava errado.
Talvez não havia salvação
para meus dentes avariados,
um por um se extraviaram
os fios de minha cabeleira,
melhor era não discutir
sobre minha traquéia cavernosa,
enquanto o sulcado coração
estava cheio de advertências
como o fígado tenebroso
que não me servia de escudo
ou este rim conspirativo.
E com minha próstata melancólica
e os caprichos de minha uretra
me conduziam sem apuro
a um analítico final.
Olhando cara a cara o sábio
sem decidir-me a sucumbir
mostrei-lhe que podia ver,
palpar, ouvir e padecer
em outra ocasião favorável.
E que me deixasse o prazer
de ser amado e querer:
procuraria algum amor
por um mês ou por uma semana
ou por um penúltimo dia.
O homem sábio e desdenhoso
olhou-me com a indiferença
dos camelos pela lua
e decidiu orgulhosamente
olvidar-se de meu organismo.
Desde então não estou seguro
se eu devo obedecer
a seu decreto de que eu morra
ou se devo sentir-me bem
como meu corpo me aconselha.
E nesta dúvida não sei
se dedicar-me a meditar
ou alimentar-me de cravos.
Carlos Drummond de Andrade
Três No Café
a mosca tenta
pousar no torrão de açúcar sobre o mármore.
Enxoto-a. Insiste. Enxoto-a.
A luz é triste, amarela, desanimada.
Somos dois à espera
de que o garçom, mecânico, nos sirva.
Olho para o companheiro até a altura da gravata.
Não ouso subir ao rosto marcado.
Fixo-me na corrente do relógio
presa ao colete; velhos tempos.
Pouco falamos. O som das xícaras,
quase uma conversa. Tão raro
assim nos encontrarmos frente a frente
mais que por minutos.
Mais raro ainda,
na banalidade do café.
A mosca volta.
Já não a espanto. Queda entre nós,
partícipe de mútuo entendimento.
Então, é este o mesmo homem
de antes de eu nascer
e de amanhã e sempre?
Curvado.
Seu olhar é cansaço de existência,
ou sinto já (nem pensar) a sua morte?
Este estar juntos no café,
não hei de esquecê-lo nunca, de tão seco
e desolado — os três
eu, ele, a mosca —:
imagens de mera circunstância
ou do obscuro
irreparável sentido de viver.
Neide Archanjo
No jardim do mosteiro
silêncios envolvem o monge
e seu livro de horas.
Ele sabe da sombra infinita
que espera lá fora.
É velho o monge
e morrerá com ele
alguma frase em latim
uma entonação gregoriana
seu rosário suas sandálias
e um pouco de mim.
Poema integrante da série I - Da Morte.
In: ARCHANJO, Neide. Tudo é sempre agora. Posfácio de Júlio Diniz. São Paulo: Maltese, 1994
Adélia Prado
Sala de Espera
tão dura com minha gula.
Nem me adiantou envelhecer,
partes de mim seguem adolescentes,
estranhando privilégios.
Nunca me senti moradora,
a sensação é de exílio.
Criancinha de peito, essa já sabe,
seu olhar muda quando desmamada.
Tudo é igual a tudo,
mas por agora a unidade nos cega,
daí o múltiplo e suas distrações.
Deus sabe o que fez.
Mesmo com medo escrevo
que é 1º de julho de 2011.
Parece póstumo, parece sonho.
Alguma coisa não muda,
minha fraqueza me põe no caminho certo.
Deus nunca me abandonou.
Adélia Prado
Avós
pintas marrons como ovinhos de codorna.
Crianças acham engraçado
e exibem as suas com alegria,
na certeza — que também já tive —
de que seguirão imunes.
Aproveito e para meu descanso
armo com elas um pequeno circo.
Não temos proteção para o que foi vivido,
insônias, esperas de trem, de notícias,
pessoas que se atrasaram sem aviso,
desgosto pela comida esfriando na mesa posta.
Contra todo artifício, nosso olhar nos revela.
Não perturbe inocentes, pois não há perdas
e, tal qual o novo,
o velho também é mistério.
Adélia Prado
Capela Sistina
do ‘r’ impossível à sua língua gentia,
o padre falava perturbado de pânico:
‘Eternidade! Palavra horível! Preparai-vos!’
Circundava-o e a nós no apertado redil
a própria mão de Deus.
Então o que fazer com pastos,
grinalda de nuvens sobre os morros,
neblina criando abismos,
inefáveis belezas entre véus?
Que palavras escuras eram aquelas
sopesadas de raios?
Eternidade? E a relva?
E repousar nela sem interdições,
sem ninguém me gritar: ô preguiçosa.
Céu de estrelas, sustos novos,
calores bons e esquisitos à vista de meninos.
As axilas da mãe me protegiam,
virtuoso amuleto o cinto com que o pai me batia.
Eles não iam morrer.
Estávamos seguros contra Deus e a eternidade horrível.
Até que dormiram pela última vez
e pela primeira vez eu fiquei velha.
Minha casamata agora,
as axilas do Deus de Michelangelo,
profundas, musculosas, bravas,
abundantes do suor de quem trabalha duro.
— Uma doutrina severa faz sofrer,
mas a ninguém perderá se for doutrina bela.
Carlos Drummond de Andrade
Idade Madura
desaprendidas na idade madura.
Já não quero palavras
nem delas careço.
Tenho todos os elementos
ao alcance do braço.
Todas as frutas
e consentimentos.
Nenhum desejo débil.
Nem mesmo sinto falta
do que me completa e é quase sempre melancólico.
Estou solto no mundo largo.
Lúcido cavalo
com substância de anjo
circula através de mim.
Sou varado pela noite, atravesso os lagos frios,
absorvo epopéia e carne,
bebo tudo,
desfaço tudo,
torno a criar, a esquecer-me:
durmo agora, recomeço ontem.
De longe vieram chamar-me.
Havia fogo na mata.
Nada pude fazer,
nem tinha vontade.
Toda a água que possuía
irrigava jardins particulares
de atletas retirados, freiras surdas, funcionários demitidos.
Nisso vieram os pássaros,
rubros, sufocados, sem canto,
e pousaram a esmo.
Todos se transformaram em pedra.
Já não sinto piedade.
Antes de mim outros poetas,
depois de mim outros e outros
estão cantando a morte e a prisão.
Moças fatigadas se entregam, soldados se matam
no centro da cidade vencida.
Resisto e penso
numa terra enfim despojada de plantas inúteis,
num país extraordinário, nu e terno,
qualquer coisa de melodioso,
não obstante mudo,
além dos desertos onde passam tropas, dos morros
onde alguém colocou bandeiras com enigmas,
e resolvo embriagar-me.
Já não dirão que estou resignado
e perdi os melhores dias.
Dentro de mim, bem no fundo,
há reservas colossais de tempo,
futuro, pós-futuro, pretérito,
há domingos, regatas, procissões,
há mitos proletários, condutos subterrâneos,
janelas em febre, massas de água salgada, meditação e sarcasmo.
Ninguém me fará calar, gritarei sempre
que se abafe um prazer, apontarei os desanimados,
negociarei em voz baixa com os conspiradores
transmitirei recados que não se ousa dar nem receber,
serei, no circo, o palhaço,
serei médico, faca de pão, remédio, toalha,
serei bonde, barco, loja de calçados, igreja, enxovia,
serei as coisas mais ordinárias e humanas, e também as excepcionais:
tudo depende da hora
e de certa inclinação feérica,
viva em mim qual um inseto.
Idade madura em olhos, receitas e pés, ela me invade
com sua maré de ciências afinal superadas.
Posso desprezar ou querer os institutos, as lendas,
descobri na pele certos sinais que aos vinte anos não via.
Eles dizem o caminho,
embora também se acovardem
em face a tanta claridade roubada ao tempo.
Mas eu sigo, cada vez menos solitário,
em ruas extremamente dispersas,
transito no canto do homem ou da máquina que roda,
aborreço-me de tanta riqueza, jogo-a toda por um número de casa,
e ganho.