El Adiós

EL ADIÓS


A Francisco González León


Fuensanta, dulce amiga,

blanca y leve mujer,

dueña ideal de mi primer suspiro

y mis copiosas lágrimas de ayer;

enlutada que un día de entusiasmo

soñé condecorar,

prendiendo, en la alborada de las nupcias,

en el gro mobiliario de tu pecho

una fecunda rama de azahar;

dime: ¿es verdad que ha muerto mi quimera,

y el idólatra de tu palidez

no volverá a soñar con el milagro

de la diáfana rosa de tu tez?

(Así interrogo en la profunda noche

mientras las nubes van

cual pesadillas lóbregas, y gimen,

a distancia, unos huérfanos sin pan).

De las cercanas torres

bajo el fúnebre son

de un toque de difuntos, y Fuensanta

clama en un gesto de desolación:

«¿No escuchas las esquilas agoreras?

»¡Tocan a muerto por nuestra ilusión!

Me duele ser crüel

y quitar de tus labios

la última gota de la vieja miel.

»Mas el cadáver del amor con alas

con que en horas de infancia me quisiste,

yo lo he de estrechar

contra mi pecho fiel, y en una urna

presidirá los lutos de mi hogar».

(Hemos callado porque nuestras almas

están bien enclavadas en su cruz.

Me despido... Ella guía,

llevando, en un trasunto de Evangelio,

en las frágiles manos una luz.

Pero apenas llegados al umbral

—suspiro de alma en pena

o soplo del Espíritu del mal—,

un golpe de aire mata la bujía...

Aúlla un perro en la calma sepulcral).

Fue así como Fuensanta y el idólatra

nos dijimos adiós en las tinieblas

de la noche fatal...


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