Con La Flor Del Domingo

Jaime Sabines
Jaime Sabines
2 min min de lectura
Con la flor del domingo ensartada en el pelo, pasean en la alameda antigua.
La ropa limpia, el baño reciente, peinadas y planchadas, caminan,
por entre los niños y los globos, y charlan y hacen amistades, y
hasta escuchan la música que en el quiosco de la Alameda de Santa
María reúne a los sobrevivientes de la semana.
Las gatitas, las criadas, las muchachas de la servidumbre contemporánea,
se conforman con esto. En tanto llegan a la prostitución, o regresan
al seno de la familia miserable, ellas tienen el descanso del domingo,
la posibilidad de un noviazgo, la ocasión del sueño. Bastan
dos o tres horas de este paseo en blanco para olvidar las fatigas, y para
enfrentarse risueñamente a la amenaza de los platos sucios, de la
ropa pendiente y de los mandados que no acaban.
Al lado de los viejos, que andan en busca de su memoria, y de las señoras
pensando en el próximo embarazo, ellas disfrutan su libertad provisional
y poseen el mundo, orgullosas de sus zapatos, de su vestido bonito, y de
su cabellera que brilla más que otras veces.
(¡Danos, Señor, la fe en el domingo, la confianza en las
grasas para el pelo, y la limpieza de alma necesaria para mirar con alegría
los días que vienen!)
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