La Cuestación

LA CUESTACIÓN


Salía de mi celda, en anocheciendo, a juntar
limosnas para el enterramiento de los supliciados y el consuelo de sus
hijos. Las recibía copiosamente de los próceres de la
ciudad, amigos de la diversión y el riesgo, atentos al mejor
provecho de la hora presente, según la costumbre de los paganos
y la advertencia de sus autores mendaces. La mañana eclipsaba a
menudo las antorchas vigilantes de la orgía, cuando no declaraba
las víctimas de la sensualidad o permitía reconstituir,
en vista de una carroza volcada, la riña de los satélites.

El cielo habría llovido sus meteoros
fulminantes sobre la ciudad incrédula, si no estuviera presente
la doncella de mirada atónita y rostro exangüe, ejemplo de
una fraternidad religiosa y de su ley estricta. Volaba sobre la tierra
nefanda y su voz prevenía el ademán del homicida.

Pertenecía a un linaje de caballeros, los
más entusiastas de una cruzada, lisonjeados con la promesa de
una corona en ultramar. Satisfacía una penitencia
atávica, motivada por una de sus abuelas, el hada Melusina,
acusada de mudar la mitad del cuerpo, un día de la semana, en
una cauda lúbrica de sirena.

La devoción de la doncella redime sus deudos
de la visita de un fantasma. El hada Melusina, resentida con sus
descendientes, frecuentaba las torres de sus palacios, amenazando
calamidades.


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