El Bejín
EL BEJÍN
Yo vivía a la sombra de una iglesia en la
ciudad devota. El aire de un cielo desvanecido soliviantaba el polvo y
lo difundía en el ámbito severo.
Yo me encenagaba en los placeres de una vida libre y
perdía el sentido sorbiendo a solas un licor depravado.
Yo pertenecía a una fraternidad de pillos y
me criaba y me servía de su renombre. No conseguí
desempeñarme con lucimiento y refería gatadas, robos
pusilánimes.
El más fiel de mis compañeros me
dirigió en el asalto de un palacio. La aventura se
convirtió en mi arrepentimiento y en la pérdida de su
vida. Fue precipitado desde un ventanal.
Yo recogí en mi desván, esa misma
noche, un niño lacerado. Me llamaba soplando hipos y zollipos de
lástima y consuelo. Yo maldije sus ojos redondos y su nariz de
cigüeña. Su cabeza era un monte de pelo contumaz.
Me esforcé en facilitar su vida y en
prosperar su infancia y lo rodeaba con la solicitud de un
filántropo. Me enfadó con su voracidad y su
carácter espinoso y lo despedí llenándolo de
golpes.
El atropello de mi impaciencia trajo, según
mis conjeturas, un desenlace rápido. Yo porfío en
sustentar la identidad del amigo frecuente con el niño perverso.
Mi captura por los ministriles de la justicia
sobrevino el día siguiente de mi rabia. Fui instado a la
confesión por medio del azote y de la rueda. El cirujano me
retiró de la cámara del suplicio cuando el síncope
amenazaba la muerte.
El juez deslizó a compadecerme y
festejó el auxilio de una persona en el descubrimiento de mi
celda. Reprodujo el ademán y los hábitos de mi consejero
de antes.
Yo vivía a la sombra de una iglesia en la
ciudad devota. El aire de un cielo desvanecido soliviantaba el polvo y
lo difundía en el ámbito severo.
Yo me encenagaba en los placeres de una vida libre y
perdía el sentido sorbiendo a solas un licor depravado.
Yo pertenecía a una fraternidad de pillos y
me criaba y me servía de su renombre. No conseguí
desempeñarme con lucimiento y refería gatadas, robos
pusilánimes.
El más fiel de mis compañeros me
dirigió en el asalto de un palacio. La aventura se
convirtió en mi arrepentimiento y en la pérdida de su
vida. Fue precipitado desde un ventanal.
Yo recogí en mi desván, esa misma
noche, un niño lacerado. Me llamaba soplando hipos y zollipos de
lástima y consuelo. Yo maldije sus ojos redondos y su nariz de
cigüeña. Su cabeza era un monte de pelo contumaz.
Me esforcé en facilitar su vida y en
prosperar su infancia y lo rodeaba con la solicitud de un
filántropo. Me enfadó con su voracidad y su
carácter espinoso y lo despedí llenándolo de
golpes.
El atropello de mi impaciencia trajo, según
mis conjeturas, un desenlace rápido. Yo porfío en
sustentar la identidad del amigo frecuente con el niño perverso.
Mi captura por los ministriles de la justicia
sobrevino el día siguiente de mi rabia. Fui instado a la
confesión por medio del azote y de la rueda. El cirujano me
retiró de la cámara del suplicio cuando el síncope
amenazaba la muerte.
El juez deslizó a compadecerme y
festejó el auxilio de una persona en el descubrimiento de mi
celda. Reprodujo el ademán y los hábitos de mi consejero
de antes.