Bajo La Ráfaga De Arena
BAJO LA RÁFAGA DE ARENA
Una muchedumbre de hormigas había practicado
sus galerías en el suelo de nuestra tienda de campaña.
Insinuaban en las venas una saliva cáustica. Nos
defendíamos sufriendo un barniz general de aceite de palma.
La aridez consentía apenas el sicomoro y el
áloe.
Visitábamos profundamente los desiertos de
una raza infeliz para abastecernos de marfil y de cortezas perfumadas.
Esperábamos aumentar en una sola vez los tesoros del comercio y
los recursos de la medicina. Las preseas de la flora debían
usarse en la mitigación de los dolores humanos.
Los naturales se habían dividido en facciones
y se consumían en una guerra ilimitada. El vencedor acarreaba
lejos los prisioneros, donde no podían desertar, y los
vendía para la esclavitud. Una sola cuerda los juntaba por el
cuello. El espanto dominaba en las aldeas reducidas a cenizas.
Unos ciegos habían sido desviados de la
muerte o del cautiverio. Los recogimos para llevarlos a un lugar
habitado y feraz, donde pudieran vivir de la compasión.
Navegamos a la sirga, por un río seco, durante la semana.
Nos anunciamos por medio de cohetes al divisar el
vecindario de casas de paja, en donde esperamos alojar los desvalidos.
Las casas de paja, de un dibujo circular, se prolongaban en aposentos
subterráneos.
Un ministro del rey vino a preguntarnos el objeto de
nuestro viaje. Yo lo insté a mediar en obsequio de mi
interés civilizador
El rey me llamó a su presencia y me
regaló un caudal de resinas, de bálsamos y de hojas.
Aproveché la entrevista para despertar su misericordia,
refiriéndole el caso de los ciegos.
Se holgó extremadamente de saberlo y
decidió mostrarme al punto los méritos de su presente.
Ensayó con los desgraciados los efectos de las hojas
narcóticas y murieron en medio de un embeleso.
Una muchedumbre de hormigas había practicado
sus galerías en el suelo de nuestra tienda de campaña.
Insinuaban en las venas una saliva cáustica. Nos
defendíamos sufriendo un barniz general de aceite de palma.
La aridez consentía apenas el sicomoro y el
áloe.
Visitábamos profundamente los desiertos de
una raza infeliz para abastecernos de marfil y de cortezas perfumadas.
Esperábamos aumentar en una sola vez los tesoros del comercio y
los recursos de la medicina. Las preseas de la flora debían
usarse en la mitigación de los dolores humanos.
Los naturales se habían dividido en facciones
y se consumían en una guerra ilimitada. El vencedor acarreaba
lejos los prisioneros, donde no podían desertar, y los
vendía para la esclavitud. Una sola cuerda los juntaba por el
cuello. El espanto dominaba en las aldeas reducidas a cenizas.
Unos ciegos habían sido desviados de la
muerte o del cautiverio. Los recogimos para llevarlos a un lugar
habitado y feraz, donde pudieran vivir de la compasión.
Navegamos a la sirga, por un río seco, durante la semana.
Nos anunciamos por medio de cohetes al divisar el
vecindario de casas de paja, en donde esperamos alojar los desvalidos.
Las casas de paja, de un dibujo circular, se prolongaban en aposentos
subterráneos.
Un ministro del rey vino a preguntarnos el objeto de
nuestro viaje. Yo lo insté a mediar en obsequio de mi
interés civilizador
El rey me llamó a su presencia y me
regaló un caudal de resinas, de bálsamos y de hojas.
Aproveché la entrevista para despertar su misericordia,
refiriéndole el caso de los ciegos.
Se holgó extremadamente de saberlo y
decidió mostrarme al punto los méritos de su presente.
Ensayó con los desgraciados los efectos de las hojas
narcóticas y murieron en medio de un embeleso.