Nadie puede desear lo que en el fondo le daña. Si en algunos seres humanos se produce esta apariencia —y quizá se produce siempre—, se explica porque «alguien» desea algo en el ser humano que, sin duda, es útil a ese «alguien», pero que a otro «alguien», que ha sido en cierta medida consultado para juzgar el caso, daña gravemente. Si el hombre, ya desde el principio, no se hubiera puesto de parte del segundo «alguien», el primero habría dejado de existir y, con él, el deseo.