Sería posible pensar que Alejandro Magno, a pesar de los éxitos bélicos de su juventud y del ejército extraordinario que había formado, a pesar de las fuerzas dirigidas a la transformación del mundo que sentía en su interior, hubiera permanecido en el Helesponto y no lo hubiera cruzado nunca y, además, no a causa del miedo o de una voluntad débil, sino a causa de su apego a la tierra.