Quien se posee realmente a sí mismo, es decir, quien se ha conquistado definitivamente, considera en lo sucesivo que es privilegio suyo castigarse, indultarse, compadecerse a sí mismo. No necesita ceder eso a nadie, mas sí puede encomendarlo libremente a otro, por ejemplo, a un amigo. Pero sabe que con ello otorga un derecho y que sólo desde la posesión del poder pueden otorgarse derechos.